Capítulo 31
Hasta pronto
—¿Estás segura de que quieres hacerlo así?
—Sí —masculló Rachel sin ni siquiera mirarla a los ojos —, no podría soportarlo.
—Ok. Tus maletas ya están en el ferry. Espero que tengas un buen viaje, Rachel.
—Gracias Spencer. ¿Puedes, puedes hacerme un último favor?
—Claro. Aún estás en la isla. Sigues estando bajo mi responsabilidad.
—No quiero que lo hagas como recepcionista, sino como como amiga de Quinn —tragó saliva tras buscar algo en el interior de su bolso.
—Dime.
—No dejes que me odie, por favor. Sé que lo que estoy haciendo está mal, y es probable que no lo llegue a entender nunca, pero tengo que hacerlo así. Y sé que me va a odiar. No dejes que lo haga.
—Quinn no te va a odiar, Rachel. Es probable que quiera destruir el hotel cuando se entere que te marchas ya, sin que ella lo sepa. Pero terminará aceptándolo y volverá a recuperar su vida. Al fin al cabo, te vas igual que llegaste, sin que lo supiera.
—Entrégale esto cuando regrese al hotel. Asegúrate de que le es imposible alcanzarme cuando lo hagas. ¿De acuerdo?
—Claro —musitó aceptando un sobre que Rachel sujetaba temblorosa.
—Bien. Gracias, gracias por todo. Será mejor que embarque ya.
—Sí, a menos que quieras perder el vuelo.
Dudas, temor y una horrible sensación de saber que aquello iba a terminar pasándole factura. Se sentía despreciable en aquel instante, pero tenía que hacerlo. Y no solo lo hacía por ella, sino que también lo hacía por Quinn.
Nada de influencias. Esa era la premisa que ambas acordaron para lograr hasta donde eran capaces de hacerlas llegar aquellos sentimientos mutuos. Y al igual que el estar solas, que el vivir alejada de tu familia o necesitar el amor como nunca antes lo habían necesitado, una despedida a los pies de un embarcadero, también suponía una influencia para las dos.
Para Rachel, porque sabía que despedirse de Quinn era algo para lo que no estaba preparada, y que probablemente la haría arrepentirse de volver a su vida.
Y para Quinn, porque le había demostrado que era capaz de cualquier cosa por hacerle caso a su corazón, y no podía soportar que volviese a sufrir un fracaso como el que ya tuvo con aquella misma chica que ahora la despedía en el embarcadero.
Quinn viajó a aquella isla por Spencer, y no obtuvo los resultados que había anhelado. Rachel no quería que Quinn sintiese aquel mismo impulso con ella. Prefería que aquellos sentimientos madurasen y se hiciesen fuertes, y para ello solo necesitaban algo de tiempo, y distancia. Mucha distancia.
—Espero volver a verte —dijo Rachel ofreciéndole la mano a Spencer, que sin dudarlo la aceptó con firmeza.
—Yo también lo espero, Rachel. Ha sido un placer tenerte en el hotel, y conocerte en persona. Cuídate mucho.
—Tú también, cuídate Spencer —balbuceó segundos antes de soltar su mano y emprender el corto trayecto que la separaba del ferry.
Volvía al principio, al mismo lugar en el que aquella aventura comenzó. Volvía al barco que quince días atrás la había llevado hasta allí, y lo hacía para regresar al avión que la trasladaría a su rutina diaria, a su mundo.
Sin embargo, lo hacía con una sensación muy diferente a la que tenía cuando llegó. Su corazón no iba lleno de orgullo y soberbia por aquel viaje a costa de Jesse y su circo mediático. No vestía el miedo de saber que estaba a solas en aquella isla del océano Índico. No tenía la sensación de estar perdida, ni siquiera el asfixiante calor le suponía agobio alguno.
Rachel volvía a subir a aquel barco y lo hacía perfectamente adaptada a la luz de aquel sol, al reflejo del mismo en el agua y sabiendo respirar aun cuando era más agua que oxigeno lo que flotaba en el ambiente.
Lo hacía sin miedo. Tras haber conocido a las tortugas más grandes que jamás había visto, de subir a una montaña y haber nadado en alta mar. Después de haber descubierto que no solo había estrellas en el cielo, y que había islas fantasmas. Se marchaba de allí con una herida de guerra en forma de picadura de pez León, y por supuesto, con el corazón completamente renovado.
No había atardecer ni amanecer en aquella isla que pudiese lograr que su corazón palpitase más fuerte que cuando pensaba en ella. Había llegado sin nada en su interior, y se marchaba con dos corazones, aunque uno de ellos, el suyo propio, estuviese sufriendo la culpa de sus propias decisiones.
Imaginar la reacción de Quinn al enterarse de su marcha rompía cualquier indicio de calma en su ser.
Tres horas más tarde, cuando el reloj estaba a punto de marcar las 12 del mediodía, era Spencer quien, tras una exhaustiva búsqueda de Quinn, llegaba a su hogar, en la pequeña aldea de La Passe.
Aquella carta que Rachel le había entregado, quemaba tanto en sus manos que temía por no ser capaz de entregársela a su receptora.
A pesar de todo lo que podría aparentar, Quinn era una de las personas más especiales de su vida, de su mundo, y verla sufrir no era de su agrado. Aunque en cierto modo entendía la situación y comprendía la decisión de Rachel como algo sensato.
Acceder al interior de la casa nunca supuso un problema para ella. Era la única, además de Quinn, que tenía un juego de llaves para poder acudir allí siempre que lo necesitase. Sin embargo, y a pesar de poder entrar como y cuando quisiera, su llamada no se hizo de rogar una vez que ya había abierto la puerta. Pero no obtuvo respuesta alguna.
Quinn aquel día comenzaba su turno de trabajo a las 3 de la tarde, y lo hacía solo para asistir a una reunión, por lo que, si quería entregarle la carta, debía adelantarse antes de que ésta acudiese al hotel para la supuesta despedida de Rachel.
—¡Quinn! —exclamó con más vehemencia, adentrándose hacia el salón y la cocina— ¿Estás aquí?
No necesitó respuesta. El movimiento en el porche trasero llamó la atención de la recepcionista, y pronto pudo descubrir como la rubia permanecía sentada en la hamaca, con la mirada perdida en el horizonte—. Quinn —musitó esta vez con algo más de dulzura— ¿Qué haces aquí?
—Esperar.
—¿Esperar a qué?
—A que vinieses —respondió sin mirarla. Su semblante serio seguía fijo en el horizonte, en las olas que llegaban continuamente a la orilla de aquella solitaria playa.
—¿Me esperabas?
—Tienes algo para mí. ¿No es cierto?
—¿Cómo lo sabes? —cuestionó acercándose lentamente mientras sacaba el sobre de su bolso.
—A pesar de lo que pueda aparentar, no soy estúpida —respondió—. Hay personas que creen demasiado en los épicos finales de las películas, o en los romances de novelas. Yo no. No saldría corriendo por la playa para evitar que el barco zarpara, ni tampoco iba a llegar al aeropuerto en el último instante para evitar el vuelo —tragó saliva—. Yo solo me conformo con un abrazo y un hasta pronto.
—Intuyo, intuyo que ya lo sabes —balbuceó mostrándole la carta.
—Ilusa Berry. Nadie en su sano juicio y en plenas facultades físicas, es capaz de dormir mientras ella escribe sobre la mesa. Más que nada porque sus murmullos suenan igual que las notas que canta. Se perciben sin ser oídos.
—No, no entiendo nada, Quinn.
—La vi levantarse esta mañana, pero ella pensaba que yo estaba dormida —comenzó a explicar—. Buscó una hoja, y comenzó a escribir eso que supuestamente me vas a entregar, o al menos eso espero que sea. Luego salió a la playa y habló contigo por teléfono. Le escuché decir la hora en la que salía el ferry. Cuando volvió a la cama, me despertó con un beso, o al menos eso creyó, y me confirmó que su barco salía tres horas más tarde de lo que le había escuchado decirte. Me pidió que nos despidiésemos en la playa, para evitar que lo pasase mal en el embarcadero —tomó aire—, y supe que pensaba marcharse sin darme opción a decirle adiós.
—¿Y no le dijiste nada? ¿Has permitido que se vaya con esa sensación?
—Es lo que quería —la miró por primera vez—. Es lo que ella deseaba hacer y no soy quién para evitarlo. A mi manera, ya me despedí de ella sin que lo supiera.
—Dios, te juro que cuanto más lo intento, menos lo entiendo. Pero bueno es tu vida, son tus decisiones y tú misma debes cargar con las consecuencias que traigan tus actos —musitó justo a su lado—. Toma, aquí tienes su carta. Y por si acaso, te digo que Rachel estaba realmente afectada por marcharse así.
—Lo sé. A pesar de todo, Rachel es débil y ambas sabemos que, con esa decisión, ella lo va a pasar peor de lo que imagina. Su conciencia tiene casi la misma potencia que su voz —sonrió débilmente—. Nunca aprenderá.
—¿No estás molesta con ella?
—No. Ya te lo he dicho, es su decisión y yo misma fui quien le dijo que echarnos de menos, era la mejor respuesta a nuestras dudas. Evidentemente, esto nos va a servir.
—¿Ya la echas de menos?
No respondió. Quinn desvió la mirada hacia el móvil que permanecía sobre una silla a su lado, y de nuevo la regresó hacia el frente, esta vez buscando algo en el cielo.
Spencer, conociéndola como la conocía, sabía que algo estaba esperando, y no tardó en imitar su gesto, esperando que fuese ella quien tomase la decisión de responder a su pregunta.
Pasaron casi cinco minutos así, en absoluto silencio y contemplando el horizonte cuando algo llamó la atención de ambas en el cielo.
La sonrisa débil que antes se había dibujado en el rostro de Quinn, se trasformó en una leve mueca de pena, y un temblor de labios que presagiaba la llegada de algunas lágrimas.
Contuvo suficiente la respiración para que aquello no sucediera.
—¿Es ella? —susurró Spencer tras contemplar como a lo lejos, la silueta de un avión ya se dibujaba en el cielo y ponía rumbo hacia el norte.
—Si mis cálculos no fallan —respondió tras soltar un suspiro—, sí, tiene que ser ella.
No supo que decir.
Spencer no era buena con las palabras cuando de ánimos se trataban, y supo que lo mejor que podía hacer en aquel instante, era dejar que Quinn estuviese a solas, con ella misma. Que pudiera desahogarse como creyese oportuno, y, sobre todo, que tuviese intimidad para leer aquella carta.
La rubia ni siquiera se movió cuando Spencer se decidió a dejarle un beso en la cabeza, y abandonaba su hogar sin más palabras. Y lo agradeció.
Quinn agradeció aquel gesto, y que supiera respetar su momento.
Tal vez no era trágico, ni dramático. Solo era una simple despedida que no llegó a producirse, y que tocaba de lleno su corazón. Pero Quinn necesitaba esos minutos a solas hasta recuperar su vida. Necesitaba ese tiempo para comprender que nada de lo que había sucedido, fue un error, y que aquello solo era un pequeño trámite más que debía superar, para disfrutar del amor. Como siempre había deseado.
Esperó a que el avión desapareciese por completo antes de dirigir la mirada hacia el papel que ya permanecía entre sus manos. Y lo hizo porque por alguna extraña razón, sabía que Rachel estaría mirándola, buscándola desde alguna de aquellas ventanitas. Preguntándose cual, de aquellas islas, era la suya. Cuál era su hogar.
20 de Julio, La Digue.
Mi querida Quinn.
Ni siquiera sé si tengo fuerzas para escribirte estas líneas. Lo cierto es que lo hago tal y como surge, sin siquiera planearlo.
Estoy en la isla más hermosa e impresionante que jamás imaginé que pudiese existir. Estoy en un lugar que podría considerarse como el paraíso terrenal. El agua, la arena, el cielo, la naturaleza, todo aquí es perfecto. Todo aquí es impresionante y hace que tu alma se llene, que veas la verdadera belleza del mundo que, con tanto empeño, tratamos de destruir. Sin embargo, ninguna de esas imágenes tan idílicas, ninguno de esos animales tan extraordinarios, ni la magia del sol cuando se va a dormir, o cuando despierta, es comparable a la visión que tengo en estos momentos.
Me pregunto qué estarás viviendo en tus sueños, mientras yo te observo dormir, desnuda sobre mi cama, con el pelo alborotado y esa paz que transmite tu respiración. Y me pregunto cómo voy a poder soportar la espera de volver a verte así. De volver a tenerte para mí durante toda la noche. Me pregunto cómo voy a ser capaz de recordar tus besos, y no romper la distancia para sentirlos sobre mis labios.
Quinn, hace tanto tiempo que te conozco, y sé tan poco de ti, que mis ganas por que mañana vuelvas a estar en mi cama, se hacen casi insostenibles. De hecho, ni siquiera sé cómo soy capaz de estar aquí sentada, escribiendo, cuando el sol aún ni siquiera ha despertado, y no entre tus brazos, compartiendo ese sueño que te hace sonreír por momentos.
Supongo que la conciencia no me iba a permitir marcharme de esta isla sin explicarte mi decisión, ya que sé que soy incapaz de hacerlo mirándote a los ojos. Y no porque sea una cobarde, sino porque sé que, si lo hago, no tendré fuerza de voluntad para subirme a ese barco. No podré verte en la playa mientras me alejo. De hecho, lo pienso y ya me duele.
Es probable que pienses que esto es demasiado, que es imposible que mi corazón pueda vibrar así en tan poco tiempo, pero te aseguro que no me importa que así lo pienses. Nunca antes me había sentido así, y ni siquiera estoy segura de saber que es ese verdadero amor, del que escriben los poetas, o suena en las canciones.
No tengo ni idea de lo que es, Quinn, pero sí sé que es real. Si sé que quiero volver a verte así, junto a mí. Si sé que quiero que me mires con deseo, que me abraces, que me beses y me cuides. Es lo único que quiero, y es por eso por lo que he tomado esta decisión.
Sabes que una vez amé, y desde entonces no lo he vuelto a hacer. Sin embargo, mi mayor recuerdo de ese amor, no es su hermosa sonrisa, o tal vez nuestra primera vez juntos, ni siquiera es lo afortunada que me sentía al tomar su mano y pasear junto a él. Todos esos recuerdos quedaron en un segundo plano, porque mi consciencia, en contra de mi voluntad, se empeña en recordar aquel estúpido día en el que decidió despedirse de mí, y dejarme marchar.
Ahora, nunca más podré sustituir ese recuerdo por otro, porque nunca más volveré a verle. Pero la vida sigue, y me ha dado la oportunidad de empezar algo que, estoy segura, me va a hacer grande, especial. Y no quiero que el destino me vuelva a regalar una escena como aquella.
Si dentro de unas horas mi avión cae sobre el océano, cerraré los ojos y te recordaré así, dormida sobre mi cama, después de haber vivido una noche llena de besos, de caricias, de sentirme especial solo porque me miras.
Recordaré algo que me hará sonreír. Te recordaré en paz, y no en un puerto mientras me dices adiós.
No quiero eso, Quinn. Y te pido, te suplico que lo entiendas y me des ese regalo.
Puede que cuando estés leyendo esta carta, la rabia o la desilusión se hayan apoderado de ti, y ni siquiera querrás recordar mi nombre. Pero yo necesito que así sea, y así será.
No quiero seguir escribiendo, porque es probable que despiertes en unos minutos, y quiero ser yo quien lo haga con un beso.
Solo te pido que sepas entender mi situación, y al menos me des esa oportunidad de intentar hacerte feliz, aunque 14.000 kilómetros nos separen.
Prometo que tendrás noticias mías en cuanto llegue a Nueva York. Solo espero recibir tu respuesta.
Cuídate mucho, Quinny. Y gracias por hacerme especial.
Rachel B. Berry
