Cuatro llamadas pérdidas, y dos mensajes.

Definitivamente, Santana empezaba a superarla en pesadez, por mucho que lo negase. Aquellas llamadas eran la prueba necesaria para demostrarle que sí, y pensaba hacerlo en el mismo instante en el que le abriese la puerta.

Y es que aquellas cuatro llamadas no se habían producido a lo largo del día, o en el transcurso de varias horas, no. Aquellas cuatro llamadas más lo dos mensajes, llegaron al teléfono de Rachel en apenas 10 minutos, los mismos que ella había estado ocupando la línea mientras se trasladaba hacia su hogar.

Y lo peor es que no tenía motivo alguno para insistirle de aquella manera. Era Rachel Berry, y la puntualidad era uno de sus dones más destacados.

Llegaba con casi diez minutos de antelación a la cita, y sabía que iba a ser la primera en llegar al apartamento de la latina. No había motivo alguno para aquella tozudez de Santana, que no entendía que si estaba hablando por teléfono debía esperar a su turno, como cualquier otro ser humano.

Solo había una persona que tenía prioridad cada vez que la llamaba, y esa no era otra más que Quinn.

Daba igual si era de día o de noche, daba igual si estaba durmiendo o en alguna reunión, incluso llegó a salirse de una sesión de cine para atender a una de sus llamadas. Y es que, para Rachel, hablar a diario con Quinn era como su antídoto, o tal vez su morfina.

Apenas habían pasado dos meses desde que la vio por última vez en la isla, y creía que habían pasado años.

Y es que Quinn estaba completamente equivocada.

A Rachel le bastó un par de semanas en Nueva York para comprender que la quería, que deseaba seguir teniéndola en su vida y no como amiga, precisamente. Y fueron varias semanas, porque quiso atender a los consejos de la rubia, y dejar que el tiempo pasara para que la "supuesta" influencia que tanto mencionaba, no estuviese jugándole una mala partida. A Rachel tan solo le habrían sido suficientes un par de minutos lejos de ella, para saber qué era lo que quería. De hecho, se dio cuenta en el mismo instante en el que subió al avión en el aeropuerto de Praslin. Sin embargo, fue fuerte y persistente. Hizo caso a Quinn y mantuvo en secreto aquellos sentimientos hasta que no pudo más, y el tiempo los hizo salir a la luz.

No era la única.

Quinn tampoco pudo resistir la tentación de confirmarle que la echaba de menos, y no solo como amiga. Sus sentimientos, por mucho que tratase de analizarlos y llenarlos de lógica, lograron salir de ella en el mismo instante en el que Rachel le confirmó que se había enamorado, y que no había distancia, ni isla, ni influencia que estuviese provocando aquello.

Eran sus corazones los que habían elegido, y eran ellas las que tenían que buscarle una solución factible. La primera de ellas, su regreso a Nueva York para pasar las Navidades. Pero para aquello aún faltaban más de dos meses. Demasiado tiempo

—¡Por fin! —escuchó Rachel justo cuando llamaba a la puerta del hogar de Santana, y ésta se abría rápidamente— Oh dios. ¿Vas a estar así para siempre?

—¿Qué? Es la hora. No, mentira, llego con cinco minutos de adelanto ¿Qué quieres? Estamos en Nueva York y el tráfico es bastante intenso, por si no lo sabias.

—¿Diez minutos? —le replicó permitiendo que accediera al interior del apartamento— Diez malditos minutos hablando por teléfono. Espero que al menos estuvieses teniendo sexo, porque si no es así, no lo entendería.

—¿Qué dices de sexo? —respondió al tiempo que se desprendía de la chaqueta —, estaba manteniendo una conversación y no puedo cortar la llamada solo porque tú no puedas esperar cinco minutos.

—¿Con Quinn? —cuestionó curiosa mientras comenzaba a caminar de un lado hacia otro de la estancia.

—No, no era Quinn. Hablaba con April, la chica que conocí en la isla. Te he hablado de ella —dijo sin perder detalle de los movimientos de la latina. Estaba vistiéndose a marchas forzadas, o al menos eso parecía tras verla como se colocaba las botas casi sin detenerse.

—¿Tu fan/ amiga que hace fotografías raras?

—Sí, esa —musitó ignorando el sarcasmo que utilizaba Santana para dirigirse a April y Olivia.

—¿Y qué hablabas con ella?

—Asuntos nuestros… —Una mirada desafiante le bastó a Santana para lograr que Rachel no se guardase el motivo por el que había rechazado todas sus llamadas. Y Rachel no pudo contenerse— No es nada que te interese —añadió—, solo que un amigo mío productor está interesado en conocer a Olivia.

—¿Olivia? ¿La escritora londinense frustrada?

—¿Por qué tienes que hablar así de ellas? Son buenas chicas

—Es la única forma que tengo de recordar quien es quien. ¿Y qué pasa con esa chica? —ignoró la pequeña reprimenda de la morena.

—Pues que va a tener una entrevista de trabajo para ser guionista de la nueva productora de Jeremy Thomas, y April, que es su chica —aclaró para evitar una nueva ofensiva de Santana—, pues me estaba explicando todo, nada más.

—Así que esa estupidez hace que me rechaces las llamadas. Perfecto me parece perfecto.

—No seas idiota, es un tema importante para ellas y para mí. Y no te quejes, sabias que iba a venir a cenar con vosotros. ¿Para qué me llamabas? ¿Por qué tanta prisa? Y, por cierto, ¿dónde están Kurt y Britt? —lanzó una mirada a su alrededor. Era evidente que no había nadie más allí excepto ellas dos, y no era eso lo que habían acordado.

Fue Santana quien insistió en que aquella noche acudiese a cenar a su hogar con la intención de reunirse con Brittany, a quien hacía meses que no veía, y con Kurt, que estaba en la ciudad por unos asuntos familiares.

No era muy común que se reuniesen a cenar después de haber compartido apartamento durante sus primeros años en Nueva York. Solo en ocasiones especiales, como algunos cumpleaños o en Navidad. Pero aquel día, un miércoles cualquiera de finales del mes de septiembre, el único acontecimiento especial por el que se iban a reunir era la insistencia de Santana, y nada más.

Y allí estaba ella, pero no Kurt ni Brittany.

—Kurt está de camino, y Britt está esperándome en la estación.

—¿Esperándote?

—Sí, por eso te estaba llamando, porque tengo que salir a recogerla y no tenía ni idea de si vendrías ya o no —masculló tras colocarse bien el pelo.

—¿Entonces? ¿Vamos a buscar a Britt?

—Vamos no, yo voy a buscar a Britt —aclaró —. Tú vas a esperar aquí hasta que venga Kurt, si es que viene antes que nosotras.

—Pero… ¿Por qué no viene Britt sola? Estamos cerca de la estación.

—Odia los taxis de Nueva York —se excusó—. Y no voy a dejar a mi chica a solas en la gran manzana. ¿Ok?

—Ok, ok. Plan perfecto. Si lo llego a saber, salgo más tarde.

—Deja de quejarte, no te vas a aburrir —intervino con una traviesa sonrisa—. Mientras yo voy a por Britt, tú puedes ir colocando los platos en la mesa —le guiñó el ojo—, están encima de la isla de la cocina, y también las copas. Y bueno, la comida está lista, pero no la toques, de eso ya me encargo yo, luego.

—O sea —masculló sin perder de vista a Santana, y como ya se acercaba a la puerta, dispuesta a dejarla a solas—, que mi papel en esta cena, es la de preparar todo. Por eso quería que vinieras a tiempo ¿No es cierto?

—Eh no —respondió sonriente —, quería que vinieses con algo de tiempo porque quería reírme un poco de ti, pero la cosa se me complica. Te vas a librar.

—¿Reírte de mí? —cuestionó confusa, segundos antes de ver como Santana ya abría la puerta y estaba dispuesta a desaparecer del apartamento— ¿Por qué?

—¿Cómo no quieres que me ría si todo el mundo habla de Rachel Berry, la chica que salía con un gay y no lo sabía?

—Oh dios, basta Santana. No tiene gracia. Es un asunto delicado.

—Y tan delicado. Me pregunto qué pensará Quinn de todo esto.

—No piensa nada. Sabe que no puedo hacer nada más

Absolutamente nada, pensó cuando se lo explicó a la rubia por teléfono.

La decisión estaba tomada desde que pisó suelo neoyorkino, pero aquel asunto del romance entre ella y Jesse no iba a ser algo fácil de solucionar, básicamente porque los tabloides de cotilleos ya los tenían sentenciados.

Las fotos que ella misma había publicado durante su estancia en la isla, tratando de hacer creer que estaba junto a su chico, no fueron suficientes para acallar los rumores acerca de la homosexualidad de Jesse. Y a pesar de que se habían mostrado en público en varias ocasiones, no había mucho más que pudiesen hacer, a menos que terminasen casándose. Algo que Rachel ni siquiera contemplaba.

Tuvieron que pasar varias semanas hasta que decidieron hacer pública una ruptura amistosa, que no iba a perjudicar en absoluto sus carreras, pero que, inevitablemente, iba a provocar que los rumores tomasen más consistencia.

No era problema de Rachel, o al menos así lo pensaba ella. Suficiente había hecho ya durante un año y medio. Ahora todo quedaba en manos de Jesse y en su valentía por reconocer que estaba enamorado de un chico, aunque eso terminase por dejarla a ella como una completa ignorante. Al fin y al cabo, era la única que supuestamente no conocía la orientación sexual de su propio novio.

Pero no le importó en absoluto, excepto cuando alguien como Santana, no tenía impedimentos en bromear continuamente sobre ello. Tal y como hacía en aquel instante.

—Bueno, tal vez en Navidades, cuando ella esté aquí, podréis salir los cuatro juntos —se burló—. Sería tan bonito.

—Cállate, Santana —la interrumpió—. Si siques así, me marcho. ¿Entendido?

—Entendido —respondió sin poder contener la risa—. Ok, yo me marcho. Si tienes algún problema me llamas, no creo que tardemos demasiado.

—Está bien. Vamos, vete ya —masculló algo molesta por la broma.

—¡Adiós! —exclamó al tiempo que abandonaba el apartamento y cerraba la puerta tras ella, pero no duró demasiado. De hecho, a Rachel ni siquiera le había dado tiempo a moverse cuando Santana volvió a abrir la puerta y a asomar medio cuerpo tras ella— Eh Rachel, he olvidado comentarte algo.

—¿Qué pasa ahora?

—Verás, es probable que escuches ruidos en la habitación de invitados.

—¿Qué? —cuestionó lanzando la mirada hacia la puerta que daba acceso a la misma.

—Sí, bueno, en realidad no sé si está o no está, no he querido molestarla.

—¿Qué está quién? ¿Hay alguien ahí?

—Sí, una amiga. Anoche se nos hizo tarde y se quedó a dormir ahí.

—¿Anoche? —la miró confusa— ¿Aún está durmiendo? Santana son las 7 de la tarde.

—Tiene el sueño profundo —respondió conteniendo la risa—. De cualquier manera, no sé si está o no, solo quería que lo supieras no sea que te asustes si ves que de pronto aparece alguien en mitad del salón. De todas formas, si no sale, ni se te ocurra molestarla. No tiene buen despertar. De hecho, es peor que yo —sonrió traviesa.

—Pero…

—Nada —la interrumpió —, tú tranquila. No te hará nada si tú no le haces nada —le guiñó el ojo segundo antes de volver a tirar de la puerta— ¡Me voy!

No, no y no, pensó Rachel tratando de evitar que la puerta se cerrase, pero le fue imposible. Se había quedado inmóvil frente a ella mientras trataba de asimilar lo que le había contado. ¿Cómo iba a tener a una chica en la habitación durante todo el día, y no saber si estaba allí o no? No era normal, y mucho menos para alguien como Santana, que siempre estaba pendiente de todo cuanto le rodeaba. Ella era famosa, y que la dejasen en una casa a solas, con una desconocida, no tenía sentido alguno.

Algo sucedía, y como era normal no se iba a quedar allí sin hacer nada.

Dio varias vueltas por la estancia, organizando la mesa que ya permanecía casi predispuesta para la cena, descubriendo que es lo que había preparado Santana para comer, y terminó por dejar lista la botella de vino que iban a utilizar durante la velada. Todo aquello sin perder de vista la puerta de la habitación, desde donde no procedía ruido alguno.

Esperó a tener todo aquello listo, porque era la única forma de asegurarse de que el tiempo había pasado, y Santana ya estaría lo suficientemente lejos como para no pillarla haciendo lo que estaba a punto de hacer.

Y es que, si había algo que no había cambiado en Rachel Berry, era su infinita curiosidad. Su incuestionable necesidad por tener todo bajo control y no perder detalle de lo que sucedía a su alrededor. Y evidentemente, que hubiese alguien más en aquel apartamento, y fuese una desconocida para ella, suponía un plus de inseguridad que no estaba dispuesta a soportar.

Lo hizo casi sin mover el aire, como si sus pies no se posasen sobre el suelo de madera, sino que se deslizaban sobre él con tanta delicadeza, que el sonido era imperceptible.

Pausadamente fue acercándose a la puerta, donde pegó rápidamente su oído para tratar de distinguir algo en el interior.

Nada.

Silencio absoluto, roto solo por el ruido de algunos coches que traspasaban las ventanas. Rachel se aferró al pomo de la puerta, y con la misma sutileza con la que había ido caminando hacia ella, fue abriéndola para poder ver lo que se cocía en el interior.

Y fue la confusión lo que le provocó una sorpresa aún mayor. Allí no había nadie. Solo una cama hecha, y el mobiliario que ella reconocía perfectamente. Ni siquiera había indicios de que hubiese dormido alguien allí, excepto por un agradable olor a perfume que se expandía por el ambiente de la estancia.

Solo había dos opciones; O bien aquella chica de la que hablaba Santana se había marchado ya, o tal vez estaba siendo víctima de una broma de la latina, sabiendo que su histeria aumentaba en una situación como la que había descrito.

—Estúpida latina —masculló al tiempo se disponía a cerrar la puerta para regresar al salón, sin embargo, hubo algo que la detuvo en ese instante y la puerta no llegó a tocar la pared.

Un destello, algo que brillaba. Rachel había visto algo justo encima de la mesita de noche que acompañaba a la cama, pero sus ojos lo habían ignorado durante el barrido de la habitación.

Rachel volvió a abrir la puerta y descubrió como tenía razón, y algo que no pertenecía al mobiliario, descansaba sobre la mesilla.

No dudó en acercarse con curiosidad, pero no era consciente de que esa misma curiosidad, iba a esfumarse y a dar paso a un desconcierto que nunca había sentido.

—¿Qué diablos…?

Una tortuga. Rachel masculló al tiempo que se hacía con la pequeña figura de metal con forma de tortuga, y rápidamente la reconoció, aunque no de la forma en la que debería haberlo hecho.

Era igual. Aquella tortuga era igual que la que ella misma le regaló a Quinn. El tamaño, la forma que tenía, el metal, y para colmo las iniciales de LR (La Reunión) en la parte inferior, que descubrió tras el exhaustivo reconocimiento.

Ni siquiera lo pensó.

Tomó la pequeña tortuga y salió de la habitación dispuesta a hacerse con su teléfono y averiguar qué sentido tenía todo aquello.

Rachel dice:

No te vas a creer lo que he encontrado en el apartamento de Santana 19:11 pm

No sabía si iba a recibir respuesta alguna en aquel instante. De hecho, no sabía si Quinn iba a o no a tener el teléfono con ella. Llevaba tres días sin apenas tener noticias de ella por culpa de un curso que la tenía descubriendo una de las rutas más importantes en Madagascar. Pero Rachel no dudó en escribirle y en enviarle una imagen de la tortuga.

Para su sorpresa, la respuesta no tardó en llegar.

Quinn dice:

¿Qué hace Santana con eso? ¿Es original de aquí? 19:13 pm

Rachel dice:

Es original. No tengo ni idea de donde la sacó, supuestamente una amiga suya ha dormido aquí esta noche, y me la he encontrado en la habitación. Tal vez sea suya 19:14 pm

Quinn dice:

Tal vez 19:15 pm

Aquel tal vez, lejos de confundir más a Rachel, le hizo olvidar momentáneamente a la tortuga y la centró sobre la pantalla.

Acaba de ser consciente de que volvía a hablar con ella después de tres días, y una extraña sensación de angustia se apoderó de ella.

Rachel dice:

Me alegra volver a leerte ¿Qué tal el curso en Madagascar? 19:16 pm.

Quinn dice:

Agotador. Ahora mismo me siento como si hubiese recorrido medio mundo. Me temo que no vuelvo a ir allí 19:17 pm

Rachel dice:

Vaya. Espero que al menos puedas descansar antes de volver al trabajo 19:18 pm

Quinn dice:

Tranquila, descansaré mucho ¿Qué haces en el apartamento de Santana? 19:19 pm

Rachel dice:

Cena. Me llamó ayer y me obligó a venir a cenar. Kurt debe de estar al llegar, y ella ha ido a buscar a Britt a la estación. Le dan miedo los taxis 19:20 pm

Quinn dice:

Nunca cambiará. Tiene que ser divertido volver a cenar con ellas 19:20 pm

Rachel dice:

Es agotador. Ojalá estuvieses aquí, todo sería mucho mejor 19:21 pm

Quinn dice:

¿Te gustaría que estuviese ahí? 19:22 pm

¿Cómo no iba a desearlo? pensó Rachel mientras volvía a lanzar una mirada sobre la tortuga y sentía que un nudo se apoderaba de su garganta.

Quinn no lo sabía, pero su corazón se resentía y habían sido muchas las noches en las que terminó con lágrimas en los ojos tras haber hablado con ella, aferrándose a su almohada y maldiciendo que aquellos sentimientos hubiesen llegado cuando más lejos estaban la una de la otra.

¿Por qué no en el instituto? ¿Por qué no cuando ambas se veían a menudo en Nueva York? ¿Por qué en aquel instante y no en cualquier otro?

Aquellas preguntas lograban crear un vacío en su interior, pero inevitablemente terminaba llenándose cuando la oía o leía. Cuando cerraba los ojos y la imaginaba tal y como la vio la última vez, desnuda en su cama. Era imposible no seguir aferrándose a la ilusión de compartir aquellos sentimientos, cuando anhelaba tanto sus besos y sus caricias. Cuando recordaba como la miraba y sonreía. Cuando le regalaba uno de aquellos guiños que tanto descontrol provocaban en su cuerpo.

Rachel dice:

Daría lo que fuera porque estuvieses aquí 19:23 pm

Quinn dice:

Pronto 19:24 pm

A punto estuvo de no responder porque varios golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos.

Rachel no dudó en regresar a la habitación y dejar la pequeña tortuga en su lugar, evitando así cualquier tipo de enfrentamiento con Santana. Aunque estaba convencida de que quien llamaba a la puerta en ese instante, no era otro más que Kurt.

Rachel dice:

Ha llegado Kurt. A ver qué noticias me trae 19:25 pm

Quinn dice:

Ok. Disfruta de la cena y saluda a Kurt de mi parte 19:26 pm

Rachel dice:

Lo haré. Luego hablamos. Cuídate. 19:26 pm

Fue lo último que envió, y lo último que vio en su teléfono.

Quinn no respondió a aquel mensaje, probablemente porque quería que Rachel disfrutase de aquella reunión sin interrupción alguna. Y en ello pensaba Rachel cuando escuchó de nuevo los golpes sobre la puerta.

—¡Va! —exclamó mientras dejaba el teléfono en el interior de su bolso, y emprendía el breve trayecto que la separaba de la puerta. Apenas unos tres o cuatro metros de distancia. Una distancia mínima, apenas perceptible en el mundo real. Una distancia que, en ese preciso instante, abarcaba mucho más de lo que Rachel jamás imaginó. Alrededor de unos 14.000 kilómetros.