Contrario a lo que Karissa pensó, su día estaba tranquilo y sin inconvenientes.

Había despertado debido a que las sábanas se resbalaron de la cama, y le entró el frío. Según el reloj que tenía a su lado, eran las 05:00.

Bostezó con pereza.

Se levantó de la cama, se duchó y siguió su rutina diaria. En cuanto salió de su cabaña, fue recibida por la brisa fresca acompañada del ligero aroma a fresas impregnado en el ambiente.

A paso lento se dirigió a la playa, disfrutando de aquella sensación de paz que tenía desde que despertó. Pensando en ello, quizás fuera el hecho de que en la noche pudo darle un gran susto a aquel bravucón idiota.

Rió un poco mientras recordaba la cara de aquel tipo, tan pálida como una hoja de papel y con una mueca de horror que le causaba gracia.

Se sentó en la arena sin importarle demasiado si se ensuciaba la ropa. Atrajo sus piernas a su pecho y puso sus brazos sobre sus rodillas, mirando el mar, embelesada.

"La marea está tranquila" Pensó. Una sonrisa se abrió camino en su rostro. Ese tipo de ambientes le traía recuerdos.

Le recordaba cuando Chris y ella se escapaban de casa un fin de semana para ir a un rancho cerca de un riachuelo con el director de la escuela de Chris, Tyler Davis. Su madre siempre se ponía furiosa con su hermano por ser tan irresponsable como para escapar así de casa y sin decir nada, pero aún así no dejaron de hacerlo.

El señor Davis había sido alguien muy cercano a ellos dos, siendo el único que sabía cómo era la relación entre los Rodríguez. Él murió cuando Karissa tenía 12, y ella había querido contactar a Chris para decirle, sin conseguir nada más que una mirada indiferente de su madre y los intentos de Amira por hacerla sentir mejor.

Ahhh, Amira. Realmente, Karissa no podía haber pedido una mejor amiga. Esa castaña con mirada asesina y actitud mandona que podía transformarse de un león furioso y hambriento a un indefenso y mimoso gatito.

Sin duda era una persona peculiar con su manía de peinar su pelo al impacientarse o ponerse nerviosa. También tendía a entrar en modo de histeria cuando veía la más mínima nube en el cielo, pues no le agradaba mucho la lluvia.

Eran tantas las cosas que conformaban la persona que era su mejor amiga, y Karissa las sabía todas. ¿Cómo no saberlas? Amira era quien cuidaba de ella cuando enfermaba, quien estaba ahí cuando le daban sus ataques de pánico y quien siempre la apoyaba en todo. Lo mínimo que podía hacer era conocer cada parte de su retorcido carácter y escuchar pacientemente sus quejas sobre lo molestos que son los profesores.

Sonrió con cariño, pensando en las miles de veces que Amira se quedaba a su lado cuando se sentía mal, justo como lo había hecho hace sólo unos días.

Amira tenía un pequeño complejo de madre, o eso era lo que Karissa pensaba. Desde luego, ella nunca se lo diría a la hija de Apolo.

Ciertamente, Amira tendía a actuar como una madre sobre protectora, exagerando en más ocasiones de las que podría contar. No le molestaba, sin embargo, pues sabía que le salía por impulso. Es más, le agradaba el hecho de que se preocupara, le hacía sentir querida y protegida.

Esa dependencia que tenía hacia Amira le iba a traer problemas en un futuro, lo tenía muy en claro, y estaba dispuesta a afrontarlo. No iba a separarse de su amiga a menos que ella así lo quisiera, lo cual dudaba con creces.

Levantó la mirada al cielo, apreciando el sol saliente que iluminaba todo. Quizás ya fuera momento de hacer algo productivo y entrenar, como le había dicho Clarisse.

Se levantó con pesar, caminando hacia la arena. Con cada paso su determinación disminuía un poco más, hasta que se detuvo completamente a pensar si debería hacerlo o no.

Pensó un rato, y tomó su decisión.

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Cuando Amira se levantó, eran las 06:37 y la mayoría de sus hermanos ya estaban despiertos. Los legados y hijos de Febo también estaban despiertos, y sin duda era porque estaban acostumbrados a un horario más estricto.

Amira gruñó con molestia, estaban algo llenos en la Cabaña 8.

Después de haberse aseado y vestirse, suspiró con desgano mientras observaba el por ahora vacío campamento. Empezó a pasearse por los campos de fresas, y sintió curiosidad al pensar en el hijo de Dionisio, Pólux.

Le habían contado que tenía un gemelo que se llamaba Cástor, pero que había muerto durante la Guerra Titan. Eso explicaría la taciturna actitud del tipo. Ella estaría mucho peor si fuera él, y la verdad le daba lástima, un sentimiento que trataba de apartar de su mente, pues le molestaría que tuvieran lastima de ella.

Salió de ahí mientras sacudía la cabeza. Mientras menos pensara en eso, mejor.

Estaba pasando cerca de la Cabaña 3 cuando vio a Percy salir de ahí con cara de no haber dormido en toda la noche, y tenía toda la pinta de haber sido así.

Su cabello estaba más revuelto que de costumbre y unas ojeras gigantes adornaban su rostro.

—Buenos días— Percy saludó. Iba hacia el lago, supuso Amira. Se encogió de hombros y siguió paseándose por el campamento. Poco a poco, todos empezaron a salir de las cabañas, y se iniciaron las inspecciones.

No prestó atención al hecho de que quizás dejó su cama un poco desordenada antes de irse y emprendió el camino a la cabaña de Hades, para despertar a Karissa.

No hubo necesidad de hacerlo, ya que cuando estaba por tocar la puerta, Karissa la abrió. Tenía el cabello húmedo y se le pegaba al cuello.

Ambas se quedaron congeladas en su sitio, sorprendidas ante la repentina aparición de la otra.

—Creí que estarías dormida— Amira reaccionó, mirándola con una ceja alzada.

Karissa sonrió.

—Hoy me levanté temprano y estuve casi todo el tiempo en la playa.

—Hm...

Amira no se veía muy convencida, pero no dijo nada.

Ambas empezaron a caminar al pabellón en completo silencio que a Karissa le pareció incómodo. Se separaron para ir a sus respectivas mesas, y definitivamente estaba agradecida de haberse librado de aquel tenso ambiente.

Era como si Amira supiera que había algo que no le estaba diciendo. Siempre hacía lo mismo, y sinceramente era injusto -y bueno, algo escalofriante también-.

Empezó a comer con lentitud, pensando en las habilidades telepáticas de Amira cuando Nico y Hazel se sentaron a sus lados con tan diferentes humores que se sintió abrumada.

Nico tenía las cejas tan fruncidas que temía que se le rompería la cara de un momento a otro, sus hombros estaban tensos y sus labios formados en una línea indiferente.

Hazel por su lado se veía completamente alegre y, ajena al ánimo de su hermano, sonreía y hablaba con Karissa como si nada. Sus ojos brillaban con felicidad, como si todo fuera bueno en la vida y no existiera ningún tipo de cosa que pudiera ponerla de mal humor.

—Buenos días...— Saludó a Nico con algo de duda, esperando que la bomba no explotara en su cara. Él la miró de reojo antes de concentrarse en matar al pedazo de carne en su plato con el tenedor.

—Hola.

Después de haber respondido tan fríamente a su hermana empezó a murmurar por lo bajo cosas en italiano y algunas otras en inglés que reconocía como: "Buenos días mi culo" y "Voy a matar..."

Después de unos minutos de agujerear la carne, Nico se levantó sin decir una palabra a sus hermanas y salió del pabellón.

Karissa miró a Hazel, confundida.

—¿Qué le pasa?

—Está teniendo problemas con algo. No te preocupes, lo superará— Sonrió ella.

Suspiró y miró su plato. De repente no tenía tanto apetito.

Tiró el resto de su comida como ofrenda y salió del pabellón. Por un momento consideró el seguir a Nico, pero al instante se negó a hacerlo.

Con un suspiro se dirigió a la arena, quizás su decisión no había sido la mejor, pero no iba a echarse atrás después de haber elegido.

Se puso su armadura bajo la mirada atenta de Clarisse. Por alguna razón, Karissa tenia un pequeño presentimiento de qué era lo que ella quería.

Los pusieron a todos en parejas, y lamentablemente, Karissa tuvo que ir con Percy. Si hubiera sido cualquier otro día, ella no hubiera tenido problema alguno, pero justo en ese momento Percy parecía estar muy distraído. Temía que se le fuera la mano y ella terminara herida.

Toda esa semana había parecido muñeca de trapo por las cosas que le pasaban. Primero las heridas de la pelea con Clarisse, después lo del resfriado y anoche había quedado molida con el uso de sus poderes -que eran espeluznantes, por cierto-.

"Espero que mi madre me haya comprado seguro de vida" Pensó mientras se imaginaba el rostro de Amira si descubría lo que pensaba en ese instante.

¡No seas tan negativa, estúpida!

El entrenamiento comenzó y Percy demostró que no estaba tan dormido como se veía. Esquivaba los mandobles de Karissa con facilidad y lograba asestarle unos cuantos golpes.

En algún momento todos pararon sus propios enfrentamientos para poder ver la pelea entre ambos, siendo ellos inconscientes del público que tenían. Bueno, Percy era inconsciente de los espectadores.

No pudo seguir concentrándose en la multitud que los miraba debido a que Percy a hizo caer. Rodó sobre sí misma y se levantó con rapidez, percatándose de que los reflejos de Percy parecían estar dormidos.

Karissa se movió a la izquierda con rapidez al darse cuenta de la dirección del golpe que Percy quería darle, y antes de poder reaccionar ya le había golpeado el brazo con la parte plana de la espada, mandando a la espada de Percy lejos de él y haciendo que se sorprendiera lo suficiente como para patear su rodilla. Percy cayó al suelo y Karissa puso su espada en su cuello, con la adrenalina llenando sus sentidos y siendo plenamente consciente de que Travis acababa de dejar caer su botella de agua con la boca abierta.

La respiración de ambos era acelerada y los dos parecían igual de sorprendidos.

Karissa rápidamente retiró su espada y se arrodilló junto a Percy mientras le ayudaba a incorporarse.

—Oh por dios— Jadeó horrorizada y empezó a inspeccionar al hijo de Poseidón en busca de alguna herida —, lo siento tanto, te juro que no era mi intención. Oh dios, oh dios...

Percy seguía en alguna clase d shock, mirándola con los ojos bien abiertos.

Clarisse se acercó a ambos, tirándole una botella de agua al sorprendido chico.

—Buen trabajo, novata. Estás aprendiendo— Karissa se quedó en blanco, con los ojos fijos en la hija de Ares y la mandíbula floja —, sigue así. Ustedes dos descansen un rato. ¡Bien todos, regresen a sus posiciones!

Un abucheo de descontento se escuchó, pero se callaron al instante para evitar la furia de Clarisse, aunque se veía de buen humor.

Karissa le pasó la espada a Percy, observando su expresión ahora más calmada, fijándose en los detalles de su rostro. Como esos gigantescos círculos que rodeaban sus ojos verdes y la palidez de su piel.

—¿Te sientes bien, Percy?— La preocupación era palpable en su tono de voz, lo cual pareció llamar la atención del hijo de Poseidón, quien le sonrió.

—Sí, tranquila. Sólo... Estoy algo sorprendido.

—Yo también lo estoy.

Se quedaron en silencio, observando como todos entrenaban. Karissa se limpió el sudor de la frente con el dorso de su mano. Estaba realmente cansada, tanto, que no quería levantarse a buscar una toalla porque sentía que sus piernas no iban a responder y se caería de culo.

Sintió un peso encima, tocó su cabeza, tomando la toalla que alguien le había dado y volteó a mirar a quien estaba a su izquierda. Era Nico.

Parecía de mejor humor que cuando estaba en el pabellón. Incluso le estaba sonriendo.

—Esa fue una buena pelea— Reconoció, sonriéndole. Karissa empezó a frotar la toalla contra su cara, buscando ocultar el sonrojo que empezaba a aparecer.

Escuchó una risita que provenía de su derecha, o bueno, más específicamente: que provenía de Percy.

El tipo parecía completamente relajado ahora, con una sonrisa en los labios y acostado en el piso.

Nico rodó los ojos y se sentó junto a su hermana.

—De verdad fue una buena pelea— Afirmó Percy, asintiendo para sí mismo. Miró a Karissa y le dedicó una brillante sonrisa —, y tú eres muy buena también, Karissa.

Su sonrisa casi deja ciega a Karissa, pero no podía apartar la mirada de él. Era la primera vez que conocía a alguien con una sonrisa tan cálida y sincera, aparte de Amira, por supuesto. Percy era guapo. Bastante. Lo suficiente como para que Karissa lo admitiera, aunque fuera solo para ella. Pero sin duda su sonrisa era hermosa.

—Deja de coquetear con mi hermana, Jackson— La vocecita mandona de Chris interrumpió sus pensamientos, y cuando procesó sus palabras, hizo que sus mejillas se calentaran aún más.

Percy miró a Chris con confusión, sin dejar de sonreír.

—¿Coquetear? ¿A qué te refieres? Sólo le dije la verdad.

Él definitivamente era ajeno al efecto que tuvo su sonrisa en Karissa.

Chris bufó.

—Aléjate de ella, Jackson— Le advirtió. Volteó a ver a Karissa con expresión alegre y le felicitó por su desempeño. Era sorprendente su habilidad para cambiar de facetas tan rápido.

Nico se reía por lo bajo, cubriendo su boca con su mano, pero Karissa podía ver sus hombros sacudiéndose.

—No te rías, Nico...— Murmuró, ocultando su cara en la toalla una vez más.

Para cuando el entrenamiento acabó, Amira ya se había llevado a Karissa sin dejarla siquiera despedirse de su hermano y de Percy.

Prácticamente corrieron hacia el campo de arquería. De acuerdo, Amira corrió y arrastró a Karissa con ella.

—Me vas a explicar ahora mismo cómo fue que venciste a Percy. Ya.

—No tengo idea de qué pasó— Alzó las manos y le miró fijamente con sus ojos negros, esperando no ser sometida a un interrogatorio —. Simplemente me movía y cuando me dí cuenta él ya estaba en el piso.

Amira no le creyó y trataba de sacarle información que no tenía. Al parecer, era imposible que Karissa pudiera vencer a Percy en un combate. Y bueno, ella también lo había considerado imposible hasta que sucedió.

—Escucha, él se veía muy cansado, ¿De acuerdo?— Karissa suspiró, tratando de soltarse del agarre de Amira en su brazo —. De seguro tenía sueño y por eso no estaba alerta.

Por suerte, eso pareció convencer a Amira...

Los demás campistas empezaban a llegar, incluyendo a Percy, a quien Karissa no había visto practicar el tiro con arco ni una vez.

Pues bueno, tampoco fue emocionante verlo cuando casi le abre un agujero en la cabeza a Travis.

Le miró con escepticismo, demasiado sorprendida para reaccionar.

"Quién diría que el gran héroe sería incapaz de lanzar una flecha"

Amira bufó a su lado.

—No creí que alguien pudiera ser tan malo en algo— Comentó, evaluando al hijo de Poseidón. Sus ojos brillaban y Karissa tenia el pequeño presentimiento de que estaba divirtiéndose con la situación.

Percy disparó otra flecha que iba en dirección a Malcolm, quien la esquivó sin más, sin siquiera voltear a mirarlo.

Debía ser divertido para Amira el mirar las expresiones de susto que ponían las personas al casi ser atravesadas por una flecha.

Suspiró y preparó la flecha, apuntó y lo único que sintió fue el roce de algo contra su mejilla derecha, logrando exaltarla. Soltó el arco y se tocó la mejilla, sintiendo al instante el líquido caliente y la pequeña apertura en su piel.

Jadeó con sorpresa mirando a Percy con los ojos como platos, recibiendo una mirada igual de sorprendida.

Percy y Quirón se apresuraron a su lado, uno viéndose apenado y el otro con resignación en la mirada. Quirón puso una mano en el hombro de Karissa, con una sonrisa tranquila.

—¡Oh dioses, lo siento mucho! ¿Te encuentras bien?

—Will, ven aquí, por favor— El hijo de Apolo se acercó con una gasa en una mano y alcohol en la otra. Vertió el alcohol en la gasa y empezó a limpiar la herida de Karissa. Cuando se aseguró de que la herida estaba completamente libre de infecciones y le puso una tirita.

—Gracias Will— Karissa dijo, moviendo su mano y tocando su cara con cuidado, acariciando la bandita que cubría la herida.

—No hay de qué— Sonrió y se fue, tomando su arco para practicar él también. Amira regañaba a Percy a unos metros de ella y Quirón los miraba con resignación, mientras trataba de calmarla.

Cuando Karissa se acercó, la hija de Apolo tomó su mano y se la llevó lejos de Percy.

Al término de la clase, Amira se distrajo hablando con uno de sus hermanos -Austin, si no mal recordaba- y Karissa empezó a caminar a los establos para ver a los pegasos. Estaban en silencio, completamente calmados. Se acercó a Blackjack con timidez, temiendo su reacción, pero el equino se mantuvo tranquilo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, estiró la mano y le miró.

—¿Está bien si te acaricio? Solo un rato.

El pegaso se movió y empujó a Karissa con su cabeza con poca fuerza, pero suficiente para que se echara hacia atrás. Ella rió, tocando la cabeza de Blackjack.

Permaneció de esa manera un rato, acariciando al pegaso, hasta que empezaron a llegar los campistas. Pudo distinguir entre las personas a los otros romanos que acompañaban al bravucón del día anterior. Se sintió incómoda cuando notó que la mayor parte de las personas se le quedaban mirando. Quizás había sido así desde antes y sólo en ese momento se daba cuenta. Suspiró y soltó a Blackjack, bajo la mirada crítica de todas esas personas, justo como en la escuela.

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Karissa disfrutaba de un delicioso almuerzo cuando Amira se sentó a su lado con una gran sonrisa, acompañada de una chica de pelo rosado.

Parpadeó confundida.

—Tranquila, no tienes daltonismo ni nada parecido, mi cabello es rosa. Lo teñí— La chica habló, sonriendo ante la perplejidad de Karissa. Sus ojos azules estaban puestos en los negros de Karissa y poseían un brillo de diversión que le recordó un poco a los hijos de Hermes —. Mi nombre es Giselle Schmidt, hija de Hécate.

—Karissa Rodríguez— Giselle rió.

—Sé quién eres. Le diste una paliza a Damien anoche, te felicito por eso.

—Así que ese es su nombre...

Para sorpresa de Karissa, el entablar una conversación con Giselle no le parecía difícil en lo absoluto. Encontraba su compañía agradable y le parecía una buena chica, aún con su invasión del espacio personal. Para la hora de la cena Karissa podía decir que tenía una nueva amiga. Estaban dirigiéndose al pabellón cuando Percy apareció de la nada, sosteniéndose de sus rodillas, jadeando y con sudor en la frente.

—Karissa, te estaba buscando.

Recuperó un poco el aliento y se puso frente a ella, mirándola a los ojos con pena.

—Lamento lo que sucedió en la mañana. Perdón. Debí ser más cuidadoso.

Karissa sonrió y asintió, alzando los hombros.

—No tenias que disculparte, pero si te hace sentir mejor, entonces te perdono.

Percy rió con nerviosismo.

—Normalmente no soy tan malo.

—Lo imagino— "Mejor le sigo la corriente, no quisiera que su orgullo quede más herido" —, bueno, vamos, debemos cenar y Amira tiene hambre.

— Yo no...— Su propio estomago la interrumpió, haciendo reír a los otros semidioses. Bufó y les dio la espalda —. Bueno ya, muévanse. Amira tiene hambre.

Karissa rió y empezó a caminar, hablando con Percy sobre su nula capacidad para emplear un arco de manera correcta.

Al llegar al pabellón, cada quien se dirigió a sus respectivas mesas, y Karissa se vio rodeada por un ambiente depresivo cuando se sentó frente a Nico. Bueno, depresivo no era exactamente la palabra, más bien... Oscuro.

Karissa se estremeció al ver la mirada de Nico. Sus oscuros ojos se centraban en algún punto de la mesa, su ceño estaba fruncido y sus manos, apoyadas en la mesa, estaban blancas de tanto apretarlas.

Miró a Hazel. Ella observaba a Nico con sus grandes ojos dorados, sin perder ni un detalle de la imagen frente a ella.

Karissa suspiró y empezó a comer sin entusiasmo. Nico había estado normal en la mañana, cuando estaban en el entrenamiento de combate, entonces, ¿Qué le había sucedido?.

Quizás debería preguntarle...

No. No, no. Si Nico no quería decir nada, ella no iba a presionarlo.

Como decía Amira: No puedes obligar a las personas a hablar sobre lo que no quieren. Si no dicen nada, espera a que te lo digan. A la fuerza nada es bonito.

Se levantó después de comer y se dirigió a dar su ofrenda a su padre. Sin embargo, antes de irse del pabellón puso su mano en el hombro de Nico, sonriéndole.

Él solo la miró, pero no retiró su mano, cosa que tomó como una buena señal.

Salió tarareando una melodía al azar, y se acercó a Travis Stoll con curiosidad, notando que en las manos llevaba una caja de cartón de tamaño considerable.

—¿Travis? ¿Qué es eso?— Preguntó, mirando la caja.

El hijo de Hermes sonrió y respondió con tono malicioso.

—Es una obra maestra, es lo único que te puedo decir.

—¿De acuerdo...?

Travis rió y le susurró con un gesto de que guardara silencio.

—Mañana te enterarás, obviamente no puedes decir nada sobre esta conversación.

Se alejó rápidamente y Karissa no tuvo tiempo de pensar en el significado detrás de esas palabras.

—¡Karissa!— Percy la llamó. Volteó a mirarlo, percatándose del rubio a su lado y el chico de rasgos asiáticos –que se veía bastante intimidante con su altura y todos esos músculos- que venía detrás de ambos —. Quiero presentarte a Jason Grace, hijo de Júpiter y a Frank Zhang, hijo de Marte.

Júpiter. ¿Júpiter? Sí, Júpiter. ¿De qué se le hacía conocido?.

Oh.

Oh.

Jason le sonrió, estirando su mano hacia ella.

—Hola, gusto en conocerte. He oído mucho sobre ti— Se mantuvo quieto, esperando que Karissa estrechara su mano. La hija de Hades reaccionó, extendió su brazo para apretar la mano del rubio, sintiéndose un poco incómoda con las miradas que estaba recibiendo de parte de algunos otros romanos que pasaban cerca de ellos. Luego miró a Frank, recordando que Hazel le había mencionado en varias ocasiones y que Nico le había llamado el bueno para nada novio de Hazel.

Después de tan tensa situación, Karissa pudo caer en cuenta de que el hijo de Júpiter no era para nada el idiota arrogante que había pensado que era.

—…Y entonces Jason no le regaló nada a su novia, quien es hija de Afrodita, porque se había pasado la semana entera jugando con Percy al Call of Duty. Desde entonces, cada vez que se reúnen a jugar algo, los acompaña alguien para asegurarse de que no se excedan y se olviden del mundo exterior.

Está bien, quizás si era un poco idiota pero no como ella creía.

Frank resultaba ser alguien con una personalidad tranquila que no combinaba con su gran tamaño, diferente a Damien, el bravucón.

Jason y Percy rieron avergonzados, tratando de cambiar el tema mientras le daban miradas de fingido dolor al hijo de Marte. Karissa rió, sin embargo, no pudo ignorar el comentario de un chico a sus espaldas.

—¿Lo ves? De seguro está tratando de escudarse con el pretor Zhang para asegurarse de que Damien no le dará una paliza junto a los otros, lo más probable es que Lord Hades se hubiera sentido avergonzado y por eso le envió una ayuda— Sus palabras estaban llenas de malicia, pero no estaba segura de si se suponía que ella tenía que escuchar, pues el chico paso por su lado sin dirigirle una mirada.

Se encogió de hombros, no era muy diferente a estar en la escuela de nuevo, cuando todos solían hablar a sus espaldas y en su cara, quedándose con las ganas al ver que ella no respondía a sus comentarios hostiles.

Amira ya les habría respondido, incluso, a esas alturas ya estaría recurriendo a la violencia. Se sintió desorientada, dándose cuenta de que en esos instantes Amira no estaba con ella, como si no hubiera sido consciente de ese hecho.

Ausentemente siguió a los tres semidioses, sentándose junto a los hijos de Júpiter y Poseidón, ya que Frank había ido con Hazel, en la fogata bajo la atenta mirada de Chris.

—Oye Karissa, ¿Te encuentras bien?, Te vez algo pálida— Amira debió haber escuchado la pregunta desde donde quiera que estuviera, pues pudo escuchar su voz exclamando un "¡¿Qué?!". Percy la miraba, igual que Jason, con genuina preocupación. Ahora que se fijaba, Percy se veía mucho mejor que en la mañana, menos cansado y, sorprendentemente, sin las grandes ojeras que adornaban su rostro.

—Sí, estoy bien, es sólo… Creo que la comida no me sentó muy bien, pero no es nada.

Que mentira tan descarada la suya, Amira no le habría creído ni por un segundo, pero ellos no eran Amira, y no la conocían ni la mitad de bien para saber que estaba mintiendo. Sus pensamientos se vieron interrumpido por una voz firme.

—Karissa Rodríguez, hija de Hades— Quien hablaba era una chica, se mirada seria y cabello oscuro y trenzado, ella estaba de pie frente a ella y a su lado estaban Frank y Damien —, soy la pretora Reyna Ramírez. Junto con el pretor Frank, te ofrecemos las más sinceras disculpas en nombre de todo el Campamento Júpiter por el grosero comportamiento de Damien Gellers.

Karissa sintió su mandíbula aflojarse de la sorpresa. ¿Se estaban disculpando? ¿Con ella? Definitivamente tenía que ser un sueño, pues iban dos veces ese día que se disculpaban con ella. ¡Eso no era normal, simplemente no formaba parte de su rutina!

Reyna miró significativamente a Damien, quien tenía una mueca de molestia en la cara. El tipo suspiró.

—Lamento haberte dicho todas esas cosas, estuvieron fuera de lugar, mis palabras fueron ofensivas y discriminadoras, no solo para ti sino también para Hazel Levesque y Nico di Angelo. Lo siento mucho.

Bien, bien, bien, bien. No. Simplemente no. Demasiado extraño. Podía sentir la mirada de todos sobre ella, realmente no sentía que debía rechazar sus disculpas pero de parte de ese chico todo sonaba tan falso… Pero si las rechazaba, podría ofender a los pretores y a todos los romanos. Oh no. Mucha presión para ella.

Recordó una vez en la que un niño había cortado su pelo en el quinto grado. La maestra había obligado al niño a disculparse frente a los padres de ambos y sus compañeros, pero ella le había dicho que no y le sacó la lengua. Con lágrimas en los ojos, se dio la vuelta y se fue a casa con su madre, quien la castigó por no haberse comportado. Al día siguiente, en su escritorio habían cartitas de las niñas que estaban enamoradas del chico que le cortó el cabello, expresando lo malagradecida que había sida por no aceptar sus disculpas y lo grosera que fue al sacarle la lengua. Todos empezaron a excluirla otra vez, e incluso cuando había que realizar una actividad en grupos, Karissa quedaba por fuera y hacía todo sola. Cuando su cabello empezó a crecer, lo cortó de nuevo para recordarse que no se podía confiar en nadie realmente.

Sintió el sudor bajar por su espalda y supo que estaba perdida. Un escalofrío recorrió su cuerpo y sintió su corazón en la garganta, latiendo desbocado. Por primera vez se dio cuenta de que en realidad no conocía a nadie en ese lugar, esas personas no iban a dudar en juzgar y enojarse y pelear con ella y…

Y quedaría sola otra vez.

Sus manos temblaban, su boca estaba repentinamente seca y sentía que le faltaba el aire. Quiso golpearse por no haberlo visto venir, pero entonces recordó vagamente que sus ataques eran rebeldes y aparecían repentinamente. Bajó la mirada a su regazo, sosteniéndose de sus piernas, solo para sentir como perdía el equilibrio, pero no llegó a tocar el piso, pues Jason y Percy la sostenían mientras decían algo que no pudo entender bien.

No quiero quedarme sola. No me agrada la soledad. No se alejen de mí.

Por favor.

Podía sentir su cuerpo sacudirse con violencia, pero las manos de Jason la retuvieron en su lugar. Se removió en su puesto, respirando dificultosamente, sintiendo su cuerpo ligero.

Un calor familiar la rodeó, y ella se aferró a aquella sensación de tranquilidad. De alguna forma, ya sabía que era Chris. Pudo escuchar que alguien le decía al oído un tranquila cariño, no te va a pasar nada, no te vamos a dejar. Indudablemente, esa era Amira. Con el pasar de los minutos, con ayuda de esos brazos consoladores y palabras dulces, pudo calmarse lo suficiente para mirar a su alrededor.

Que sorpresa, estaba en la enfermería.

Amira y Chris estaban a su izquierda, en la cama, y Quirón se encontraba a su lado. La hija de Apolo sonrió, acariciando su pelo. Chris estaba completamente pegado a ella, abrazándola.

—¿Estás mejor ya, cariño?— Su voz era suave, como cuando estaba dormida y no quería despertarla. Se veía calmada, pero la preocupación estaba grabada a fuego en esos ojos.

Karissa se aclaró la garganta, sintiendo la boca igual de seca que antes.

—Sí, yo… Sí. Estoy bien. ¿Cuánto tiempo duró esta vez?

—Media hora.

Abrió los ojos con sorpresa, sorprendida ante la duración de su achaque.

—¡Eso…! ¡Eso hace más tiempo que antes!, ¿Por qué…?

—No lo sé— Amira respondió incluso antes de que terminara la pregunta. Ella se levantó, mirando a Chris—. Como sea, debes tener sed, Chris y yo te traeremos algo de tomar y un poco para picar.

Antes de que pudiera protestar, jaló al hijo de Hermes y lo levantó, arrastrándolo fuera de la enfermería, dejando al centauro y a Karissa solos.

—Entonces, Karissa, ¿Desde cuándo sufres estos ataques de pánico?

La mirada de Quirón era serena y comprensiva, y Karissa sabía que él no iba a juzgarla. Recordó unas palabras de su padre.

"Si hay alguien en quien puedes confiar en el Campamento Mestizo, es en Quirón."

—Empezó hace tres años, el doctor dijo que la causa eran los distintos cambios que estaba sufriendo mi vida, empezando por la ausencia de mí hermano— Suspiró y se acomodó mejor en la cama, recordando las palabras del médico —. Dijo que uno de los factores que lo provocaron pudo ser el estrés que tenía cuando después de un acontecimiento todos empezaron a alejarse de mí, de manera que probablemente haya desarrollado miedo al abandono. Y bueno, la situación de hoy en la fogata me incomodó bastante, me recordó a eso que sucedió, a pesar de que fue hace mucho, y me sentí… Bajo presión.

El centauro se mantuvo en silencio, asintió y le sonrió. Puso una mano en su hombro y le dio un apretón, como lo había hecho ella con Nico. Ella le devolvió la sonrisa y él habló.

—En un rato vendrá un hijo de Apolo a hacerte un chequeo para determinar si te puedes ir, claro, si lo deseas, puedes quedarte para evitar alguna sorpresa— Aclaró con tono conciliador antes de retirarse.

Karissa lo pensó. No quería ser una molestia para sus hermanos, ni mucho menos para los hijos de Apolo, pero la idea de quedarse ahí la hacía sentir más segura, y de alguna manera, sentía que estaba más cerca de Amira que estando en su cabaña.

Después de que Ellie le hiciera el chequeo y confirmara que todo estaba bien, él le preguntó si quería irse, a lo que ella respondió de forma negativa.

—De acuerdo, el turno nocturno me toca a mí, así que estaré por aquí. Si necesitas algo, no dudes en pedirlo— Sonrió y desapareció por ahí, mirando unos papeles que tenía en la mano.

Amira le pidió permiso a su hermano para quedarse bajo la excusa de que ayudaría a cuidar a Karissa. Nico y Hazel le dieron las buenas noches y le aseguraron que irían a visitarla en la mañana.

Karissa se durmió mientras miraba a Amira pasear con medicamentos en las manos, convencida de que debía escuchar a sus instintos de vez en cuando.