Cuando Karissa despertó y miró el techo blanco, naturalmente su primer pensamiento fue: estoy muerta y ahora vago sin rumbo como un alma en pena.

Claro, hasta que miró a su costado y descubrió a Amira.

Tenía la cara escondida en sus brazos cruzados que estaban apoyados en la cama, su respiración era lenta y calmada, y de su boca entreabierta salían ligeros suspiros.

Karissa sonrió. Rememoró los sucesos de la noche anterior y suspiró, sin dejar caer su sonrisa. Miró por la ventana, desde donde podía ver a Peleo muy tranquilo mientras custodiaba el Vellocino de Oro, era ya de día y según sus cálculos debían de ser las siete de la mañana.

Puso su mano en uno de los brazos de Amira, sacudiéndola con suavidad.

—Amira, despierta. Ya es de día, es tarde.

La castaña se despertó sobresaltada, mirando a Karissa con los ojos bien abiertos.

—¿Qué pasó?, ¿Te sientes bien?, ¿Tienes dolores?.

Al parecer, su intento por despertarla de manera tranquila había sido un fracaso. Le sonrió con tranquilidad, negando con la cabeza.

—No, me siento bien. Gracias por quedarte conmigo.

—No seas ridícula, claro que me quedaría contigo. No agradezcas por algo como eso— Frunció el ceño y frotó sus ojos, intentando espantar el sueño. Bostezó y miró alrededor —. Ya es tarde... Ve a bañarte, te espero en pabellón.

Karissa dejó caer su cabeza.

—Me sentiría mejor si me quedara aquí...

—No. Vamos, levántate.

Tomó su brazo y la levantó sin esfuerzo, pero con cuidado. Empezó a jalar de ella, llevándola a la Cabaña 13, saludando a Travis y Connor por el camino.

Karissa entró a su cabaña, no tan sorprendida ante la ausencia de sus hermanos. Se dio un baño rápido, se cepilló y peinó su cabello, vistiéndose sin realmente ver qué se ponía.

Pensó en hacerse la enferma, pero sabía que Amira no se iba a tragar eso. Gruñó con fastidio, pero igual salió de la cabaña, mirando a Amira con un puchero. Por supuesto que no iba a esperarla en el pabellón mientras que ideaba una manera de escapar.

La hija de Apolo negó con la cabeza, volviendo a tomar su brazo, dejándola a merced de sus viles intenciones.

Bien, quizás estaba siendo un poco dramática, pero de verdad que no quería ver a nadie en esos instantes.

Chris se acercó a ellas, sonriendo alegremente.

—Buenos días, chicas.

—Buenos días.

Ambas respondieron automáticamente, una más alegre que la otra.

Cualquiera que pasara por ahí, se daría cuenta inmediatamente de el contraste de humores en esa escena.

Dos personas felices de la vida, en su burbuja del amor y felicidad, escupiendo flores y respirando arco iris.

Y otra persona, rodeada de un ambiente depresivo, con su alma saliendo de ella en cada suspiro desganado.

Pero claro, esa era Karissa exagerando.

Los tres semidioses se dirigieron al pabellón, en donde se separaron. Pudo comprobar que sus pensamientos eran acertados, pues todos murmuraban y la miraban, algunos más disimulados que otros. Comió en compañía de Hazel, quien le explicó que Nico había salido esa mañana a realizar una tarea que le asignó su padre, y asintió con desánimo.

Su ya de por sí nulo humor se hizo pedazos cuando Reyna entró al pabellón junto a Frank. Sus mejillas se sonrojaron con la vergüenza de haber entrado en ese estado frente a ellos después de que le pidieron disculpas estaba haciendo que su cerebro entrara en corto circuito. Escondió su cara en su pelo y comió lo más rápido posible, dejando una generosa cantidad de comida para ofrendar a su padre.

Se levantó y se dirigió a la hoguera, realizó su ofrenda, pensando en su padre y en el comentario de aquel chico.

"Lamento no ser digna, padre."

Se dio la vuelta y empezó a caminar fuera del pabellón, directo a la playa, con la esperanza de que Amira no la encontraría en ese lugar si se escondía lo suficientemente bien.

Fue detenida por alguien, sin embargo.

—¡Karissa! ¡Ven aquí, quiero presentarte a unos amigos!— Giselle tomó su mano y la arrastró en dirección al lago, con una sonrisa en el rostro.

Karissa se quedó en blanco, dejándose llevar por la hija de Hécate. Creía que después de la noche anterior la consideraría una rarita, como todos lo hacían, pero al parecer ella era diferente.

Se detuvieron junto a dos chicos. Ambos poseían una presencia sutil, pero fuerte, hablaban con sonrisas en sus atractivos rostros y se sintió abrumada por el sentimiento que la invadió. Era como si estuviera una y otra vez viendo un gran paisaje, hipnotizada por la belleza.

El chico rubio fue el primero en notarlas, saludando a Giselle como quien le habla a su mejor amigo de la vida.

—Hola cariño, ¿Es ella?— Preguntó, con sus ojos color caoba mirando a Karissa con algo indescifrable que la hizo estremecerse. No podía desviar la mirada de él, y cuando lo lograba, el chico castaño captaba su atención.

Giselle asintió, soltando a Karissa.

—Karissa, él es Michael Ross, hijo de Hímero, el Dios de la atracción sexual— Señaló al rubio, quien le sonrió con cordialidad y luego señaló al castaño —, y él es Danny Brown, hijo de Afrodita.

Bueno, eso explicaba mucho. Excepto el hecho de que no lo había visto desde que llegó al Campamento, ni siquiera de reojo.

No había hablado mucho con los hijos de dioses como aquellos, de hecho, solo había hablado pocas veces con Lacy, la hija de Afrodita, y sabía de parte de Amira que Drew era una verdadera arpía.

Su reacción ante la sola presencia de aquellos guapos chicos definitivamente no era normal, mucho menos si te fijaras en el hecho de que solo hace minutos estaba deprimida por culpa de algo que no era enteramente su culpa.

Y ahora sentía su sangre arder como si su cuerpo entero gritara "OH POR DIOS".

Lo cual era muy notable que estuviera haciendo.

Ambos chicos saludaron, evaluando a Karissa con ojo crítico. Giselle sonreía ampliamente, como diciendo: Ahora háganse amigos.

Karissa sonrió ligeramente, cosa que pareció más una mueca en su sonrojado rostro.

—Soy Karissa Rodríguez, un placer conocerlos.

Los dos se miraron un largo rato antes de sonreír y mirar a Karissa.

—El placer es nuestro— Michael dijo, pasando un brazo sobre los hombros de la hija de Hades, acercando sus rostros, logrando que ella abriera sus ojos con sorpresa, enrojeciendo aún más.

Danny, por su parte, tomó su mano con delicadeza y la besó, con sus ojos claros fijos en los de ella.

A lo lejos Karissa pudo escuchar la risa estridente de Giselle y no pudo importarle menos, pues estaba muy concentrada en el calor que hacía y en lo cerca que estaba el rostro de Michael.

Estaba empezando a sudar cuando sintió que alguien la jalaba lejos de aquellas atractivas facciones y el calor disminuía.

—¡Son unos idiotas!— La voz de Chris se alzó, y cuando lo miró, este estaba frente a Michael y Danny, con el ceño fruncido.

Volteó a quien aún la sostenía del brazo. Era Amira, a su lado estaba Percy, y ambos la miraban con preocupación.

—¿Estás bien, cariño?— Amira le quitó el cabello de la cara, analizando sus expresiones. Percy, en cambio, miraba con desaprobación a Michael y Danny mientras eran regañados por Chris.

—Como sea cariño, vámonos— Amira dijo, empujándola hacia la arena. Karissa asintió, aún embobada y juntas se dirigieron a la arena para empezar su entrenamiento, teniendo de instrumental la hermosa voz de Clarisse. Se colocaron las armaduras, y esperaron junto a los demás a la llegada de la hija de Ares.

Ese día, Clarisse se veía de un particular mal humor, los puso a todos en parejas desde el inicio, sin molestarse en decir otra cosa. Karissa quedó con Jason, Amira con Damien, Giselle estaba emparejada con Chris y Percy terminó junto a un chico de Deméter. Clarisse, por su parte, fue junto a uno de sus hermanos y el entrenamiento empezó.

Claramente, no fue tan fácil luchar contra Jason puesto que él se veía mucho más atento que Percy el día anterior. Logró atinarle unos golpes, pero él los devolvía con el doble de fuerza y rapidez. Naturalmente, no pudo seguirle el ritmo por mucho tiempo y en un descuido suyo, Jason la tenía contra el piso y con su espada peligrosamente cerca de su cara.

El rubio le ofreció su mano para ayudarla a levantarse y ella la aceptó, jadeando con cansancio.

—Nada mal— Le sonrió. Ella murmuró un fatigado gracias, mientras intentaba recuperar el aliento.

Fueron a sentarse un poco alejados de los demás, observando a todos, pero más que nada mirando a Clarisse, quien parecía estar dándole una paliza a su hermano.

Karissa tragó con dificultad el agua, pensando en lo suertuda que fue cuando peleó con Clarisse, puesto que en ese instante ella se veía como que podría matar a su hermano. Su hermano de más o menos dos metros -sin exagerar, en serio-, que era mucho más experimentado que Karissa y mucho más fuerte también. Entonces, si Clarisse hubiera peleado con ella de esa manera, tan furiosa e impulsiva, justo en ese instante estaría en el Inframundo junto a su padre, probablemente incómoda.

Empezó a buscar a Amira, y la encontró teniendo un momento complicado con el hijo de Marte, Damien. Obviamente, el tipo ese esquivaba cada mandoble de Amira, como si pudiera adivinar sus movimientos, lo cual era fácil ya que ella parecía estar dejándose llevar por la molestia que ese tipo le causaba. Era algo extraño, la verdad, puesto que la hija de Apolo no solía actuar sin pensar. Aunque a veces parecía lo contrario, Amira la verdad analizaba cada una de sus acciones, y eso solo demostraba que a pesar de todo era una persona amable -incluso cuando respondía de mala manera o trataba mal a las personas-, debido a que Amira se metía en problemas seguido en la escuela por defender a los chicos o chicas que eran molestados. Cada dos o tres días Karissa podría notar los moretones y las heridas que la hija de Apolo se causaba cuando peleaba con alguien, pero aunque la reprendiera, ella seguía haciendo lo mismo.

"Lo admitas o no, Amira, eres una persona noble en el fondo, pero no quieres que nadie lo vea, y por eso te ocultas en tus malas actitudes." Le había dicho Karissa una vez. Amira la había mirado con el ceño fruncido, sin refutar sus palabras, pero tampoco aceptándolas, solo guardando para sí misma su opinión.

Sin embargo, desde que llegaron al Campamento Mestizo, Amira había estado mucho más relajada. Sonreía a menudo, no actuaba de mal humor -la mayor parte del tiempo-, hablaba con las personas, se veía más... Feliz. No sabía el por qué, y aún así, optó por no decir nada para no arruinar el encanto. No le importaba quedarse callada si eso significaba que su amiga sería feliz.

Amira era una persona mucho más complicada de lo que dejaba ver a los demás, eso Karissa lo sabía de antemano, pero no le molestaba. Había aprendido a lidiar con ella, tal como ella aprendió a lidiar con Karissa.

Siguió observando los movimientos de Amira, y pronto llegó a la conclusión de que estaba fingiendo todo. ¿El objetivo? Lograr que Damien bajara la guardia para tomarlo desprevenido y ganar ventaja, o, para noquearlo de un golpe.

Karissa no sabía cuál sería mejor.

Si hacía lo primero, se ensañaría con el pobre diablo, dejándolo más muerto que vivo y luego Quirón la reprendería. Si hacia lo segundo, Quirón la regañaría por sobrepasarse en el entrenamiento, además de que no habría podido desquitarse con Damien.

Decidió que seguro Amira elegiría lo primero.

Y así fue. Con rapidez impresionante, Amira le empujó con fuerza, desarmándolo, para luego empezar a golpear su torso con la parte plana de la espada -lo cual seguro no era dañino, pero la ayudaba a quitarse la ira de encima-, y finalizó con un puñetazo en la cara, que aterrizó en su ojo derecho.

Damien sostuvo su cara entre sus manos mientras Amira se alejaba a tomar agua, y era revisado por uno de los hijos de Febo. Karissa la miraba con una sonrisita de complicidad que le fue devuelta. La hija de Apolo se sentó junto a ellos, saludando a Jason.

—Eso fue fantástico— La felicitó, a lo que Amira le sonrió, comprobando de nuevo el punto de Karissa. En otra ocasión, Amira hubiera resoplado, quitándole importancia al cumplido realizado. Jason sonrió de igual manera —. ¿Dónde aprendiste a pelear así?

Amira se encogió de hombros.

—Por ahí.

Fue su vaga respuesta, el rubio no preguntó nada más, y los tres se sumieron en un silencio tranquilo.

Al final del entrenamiento, Karissa le dijo a Amira y Jason que le pediría a Jake Mason que afilara a Kalosýni, lo cual era mentira puesto que la espada estaba perfectamente bien, pero no tenían por qué saberlo.

Empezó a buscar a Malcolm con la mirada, más cuando recorrió todo el Campamento sin resultados, caminó hacia Annabeth, quien estaba sentada cerca del muro de lava.

—Annabeth, ¿Has visto a Malcolm?

La hija de Atenea se vió sorprendida, pero aún así respondió.

—Bueno, hace un rato estaba en el lago.

Karissa asintió, sonriendo.

—¡Gracias!— Le gritó mientras se iba a la dirección indicada.

Ciertamente, ahí estaba el mentado rubio. Hablaba con Lacy, la hija de Afrodita, y parecían muy cómodos. Se sintió mal por interrumpir, pero de todas maneras le llamó con nerviosismo.

El chico se levantó, pidiéndole a Lady que esperara un minuto, y se acercó a ella.

—Hey Karissa, ¿Pasa algo?— Alzó una ceja, mirándola interrogante.

—Quería pedirte un favor...— Las mejillas de Karissa enrojecieron con vergüenza, pero sin perder tiempo empezó a explicarle la situación. Malcolm la observaba con entendimiento al final de su relato. Se quedó en silencio por varios minutos, y Karissa empezaba a mirar con inquietud a la chica que esperaba por él. Malcolm sonrió.

—De acuerdo— Él asintió para sí mismo, como pensando en los pros y contras, pareciendo satisfecho con sus conclusiones —. Nos vemos mañana a las 06:00. Sé puntual.

Karissa abrió los ojos con sorpresa, se quedó en blanco por segundos, para luego asentir con entusiasmo.

—¡Sí! ¡Ahí estaré! ¡Hasta luego!

Se fue con una amplia sonrisa, despidiéndose de Lacy también, corriendo al campo de tiro con arco.

Karissa se sentó en la mesa de Hades, moviendo el brazo en círculos para quitarse el calambre muscular que se cargaba de tanto tensar el brazo para tirar la flecha. Hazel se sentó a su lado, sonriendo empática.

—Nico y yo fuimos a visitarte en la mañana, pero aún dormías y Kayla nos dijo que debías descansar un poco más— Comentó Hazel, con la mirada fija en la mesa de Hermes. Entonces, Karissa recordó una extraña conversación que tuvo con Travis el día anterior. Abrió los ojos con sorpresa, buscando al idiota con la mirada, encontrándolo entre Chris y Connor, sonriendo maliciosamente.

Esa sonrisa definitivamente no podía significar algo bueno. Ellos definitivamente habían hecho algo. Sí, ellos, porque estaba segura de que Connor y Travis habían metido a Chris en todo ese lío.

Trató de serenarse, pensando que quizás estaba malinterpretando las sonrisitas de los hijos de Hermes, puesto que siempre tenían esa picardía en la mirada, pero le fue imposible cuando escuchó a la cabaña de Deméter gritar.

Katie Gardner entró al pabellón con la cara distorsionada de la furia, pisando fuerte hacia la mesa de Hermes, donde Travis y Connor ocultaban una sonrisa de complicidad.

—¡USTEDES!— Ella los señaló, y se lanzó contra los Stoll, pero Pólux, el hijo de Dionisio, la detuvo antes de que se agarrara a golpes con los hijos de Hermes. Todos los campistas se levantaron de sus mesas, y empezaron a tratar de calmar a los sulfurados hijos de Deméter -y unos que otros de Ceres- que seguían llegando desde su cabaña en contra de los Stoll — ¿¡CÓMO SE ATREVIERON!?

Los gritos de todos estaban causando un gran alboroto, y Karissa estaba segura de que no podía escuchar sus propios pensamientos, sin embargo, todos se callaron en cuanto Quirón apareció -y obviamente, los hijos de Deméter y Ceres seguían sedientos de sangre-.

El centauro se veía calmado como siempre, pues de seguro ya sabía por donde iba la cosa. Aún así, miró con desaprobación a Katie, probablemente por su arranque de ira.

—Travis, Connor, Chris y Katie, por favor vengan conmigo.

Los cuatro semidioses siguieron al centauro, pero tres de ellos tenían grandes sonrisas que delataban su culpabilidad sin siquiera habérselo preguntado.

Los hijos de Deméter junto a sus hermanos romanos, sentándose en su mesa, empezando a comer de mala gana, y echándoles miradas de reojo a la cabaña de Hermes.

Karissa parpadeó varias veces, sin creerse del todo que aquello hubiera sucedido en tan poco tiempo.

Poco a poco, todos fueron dejando el pabellón, pero Karissa se quedó, pensando en lo caótico del asunto. Debió haber supuesto que Travis no haría nada bueno con esa caja que tenía el día anterior, más aquella sonrisa misteriosa pero traviesa. ¡Eran factores tan obvios! ¡Debió haberle avisado a Quirón sobre los planos maléficos de los Stoll, y quizás así podría haberle ahorrado los problemas cardíacos -que seguro acababa de desarrollar- a Katie!

—Ow...— Se quejó de forma lastimera, pegando su frente a la mesa. Bueno, lo hecho -o no hecho, en su caso- hecho estaba, no podía volver el tiempo atrás para detener a los hijos de Hermes de hacer esa jugarreta, ni mucho menos para decirle a Katie que se cuidara de los Stoll y pusiera trampas en toda la cabaña de Deméter.

Ni siquiera para eso sirves.

Abrió los ojos desmesuradamente, levantando la cabeza con rapidez para mirar a la dueña de esa voz, pero no había nadie. Suspiró, levantándose y dirigiéndose a la hoguera a hacer su ofrenda.

"Perdóname padre."

No sabía por qué pedía perdón a alguien que apenas conocía, sin embargo, sentía que lo decepcionaba de alguna manera, y el hecho de que ese dios de una retorcida manera lograba hacerla sentir querida, como su madre nunca había hecho, lograba hacerla sentir culpable.

Salió del pabellón, aparentando normalidad, caminando hacia Amira, quien estaba en frente de la armería.

Karissa se detuvo a su lado.

—Hey, ¿Qué haces?— Amira estaba ahí, mirando fijamente la entrada de la armería, y si no fuera por su pecho subiendo y bajando, Karissa habría pensado que estaba muerta.

Amira respiró hondo.

—Pues nada, que llevo aquí un tiempo ya y no he elegido un arma— La hija de Apolo suspiró, revolviendo su cabello con inquietud. Karissa se acercó a ella y empezó a peinar su cabello castaño con sus dedos.

—¿Y por qué no has entrado a ver las armas?

—No lo sé...

Ambas suspiraron, mirando la entrada del lugar. Karissa reposó su barbilla en el hombro de Amira.

—Te acompañaré— Sugirió. Ella asintió, pero no se movió ni un centímetro. Karissa tomó su mano y empezó a jalarla hacia la armería. Ahí se encontraron a Jake, hijo de Hefesto, quien las saludó y les preguntó en qué podía ayudarlas. Karissa, viendo que Amira no pensaba hablar, respondió —. Estamos aquí para conseguirle un arma a Amira.

Jake rió.

—Esperemos que no sea tan complicado como contigo, Karissa— Volteó hacia Amira —. La mayor parte de los hijos de Apolo usan sólo sus arcos y flechas, pero por lo que puedo ver, tú no quieres eso, ¿Me equivoco?

Amira negó.

—Quiero una espada— Jale asintió y empezó a rebuscar entre los estantes, Karissa estaba mirando algunas hachas cuando la escuchó murmurar —. No es como si pudiera usar al arco y las flechas en estos momentos.

Estaba por decir algo, pero el hijo de Hefesto le acercó a Amira una espada de bronce celestial que era el doble de ancha que Kalosýni y mucho más larga.

Amira la tomó, pero cuando movió el brazo hacia la derecha la espada casi sale volando fallando de quitarle el brazo a Karissa solo por centímetros.

Karissa tragó con dificultad, mirando a su amiga.

—Es muy pesada.

La hija de Hades suspiró, tenía el presentimiento de que sería un largo día.

Amira se dejó caer sobre su trasero en la mesa de Apolo, haciendo un puchero con la boca mientras servía la comida en su plato de mala gana.

Eso pareció llamar la atención de Will, puesto que se acercó a ella, quitando a Austin de su lado para él tomar su puesto. Le sonrió, pero ella se vio incapaz de devolver su gesto.

—¿Estás bien Amira?

Esa pregunta a su vez captó el interés de sus demás hermanos -griegos y romanos-, quienes voltearon a verla, guardando silencio.

Amira suspiró.

—Sí... No es nada— Empezó a comer, ignorando las miradas que le lanzaban. Se sentía ligeramente indignada de no haber podido encontrar un arma, pero sabía que de elegir una libremente, elegiría un arco y flechas, pero su pequeño problema visual le afectaba más de lo que en un principio pensó.

Le lanzó una mirada a Karissa, quien comía junto a Hazel en la mesa de Hades, sus ojos se fijaron -aunque algo dificultosamente- en Travis y Connor, los cuales tenían unas sonrisas en sus rostros, al igual que Chris. Parecía ser que el castigo que les había impuesto Quirón no les afectaba mucho, o simplemente el placer de haber hecho la primera broma del verano los tenía muy satisfechos.

Sinceramente, a Amira le parecía que se habían pasado de la raya con los hijos de Deméter. Bien, hubiera sido aceptable llenar su cabaña de espuma, brillos e incluso pintura, pero tirarles moscas blancas y cochinillas en sus plantas mientras todos estaban en la hoguera ya era otra cosa.

En su humilde opinión, si hubiera sido Katie Gardner, les habría pateado el trasero a los Stoll y a Chris por semejante jugarreta y les hubiera metido las benditas insectos por donde no les llega el sol.

Claro, ella no era quien para meterse, y si Quirón ya había cerrado el asunto entonces menos aún haría algo.

Echó una ojeada a la mesa de Ares, topándose con Clarisse -la cual seguía de pésimo humor-. La chica tenía un gran ceño fruncido, acompañado de una mueca en sus labios y hostilidad destilando de cada uno de sus poros, Amira sabía, que cada pequeño gesto que ella hacía reflejaba su mal humor, y cada vez parecía que sus hermanos se alejaban más de ella, aunque tuvieran que sentarse en el piso.

Amira terminó su plato de comida, se levantó y llevó su ofrenda a su padre, murmurando un seco: Apolo, para luego seguir su camino hacia Karissa, quien ya estaba a punto de salir del pabellón.

—¡Karissa!

Ella se detuvo, volteando a ver a su amiga con una sonrisa que Amira le devolvió. Se colgó de los delgados hombros de Karissa, empezando a hablar sobre algo al azar, más que nada para distraerse a sí misma que por estar realmente interesada en el tema. Ambas salieron de esa manera del pabellón, riéndose ante los chistes de Amira sobre algo que ni siquiera estaba consciente de haber dicho. Mientras caminaban, un destello rosa llamó la atención de Amira, y rápidamente reconoció ese rosa como el cabello de Giselle. Le era curioso que su cabello se viera tan suave y sano, además de que estaba perfectamente teñido. Jaló a Karissa con poca fuerza, pero la suficiente para que supiera que quería que la acompañara.

En cuanto estuvieron frente a la hija de Hécate, Amira le pasó los brazos por los hombros, como había hecho con Karissa. Pero ella, distraída como iba, perdió el equilibrio, de manera que ambas cayeron estrepitosamente al suelo.

Resultaba gracioso desde el punto de vista del espectador. Amira tirada sobre Giselle, quejándose de la poca estabilidad de esta última, mientras Giselle tenía la cara enterrada en el piso, de seguro comiendo tierra. Karissa escuchó a varios reír, pero a ella no le causó gracia.

Ayudó a las dos chicas a levantarse, sintiendo pena por el rostro enrojecido de Giselle, mientras ella acuchillaba mentalmente a la hija de Apolo.

La pelirosa suspiró, sonriendo ante las disculpas despreocupadas de Amira.

—¿Y bien? ¿Qué querías Amira?