Amira parpadeó rápidamente, mirando la figura de Will Solace frente a su rostro, con una expresión demasiado alegre para alguien que se levantaba antes de que saliera el sol –porque sí, Will despertaba antes que todos y eso le daba escalofríos-. Y es que, vamos, si todos ellos despertaban a una hora anormal para los demás, entonces Will era un vampiro porque estaba ya bañado y vestido para cuando sus hermanos se sacudían el sueño de encima. A Amira la asustaba un poco, si debía ser sincera. La falta de sueño era nociva para la salud, y Will, como aspirante a doctor e hijo de Apolo, tenía que ser consciente de eso.

Suspiró, empujando la cara de Will con su mano. Miró la hora en el reloj de la pared. Las 05:34.

Gruñó y se incorporó en su cama, detallando a sus demás hermanos, quienes ya estaban peleando para ver quien tomaba el baño primero. Era increíble que todos tuvieran tanto animo apenad despertar. Bien, Amira se levantaba temprano, pero cuando su reloj biológico empezaba a sonar, y decidía abrir los ojos por voluntad propia.

En serio, le molestaba que interrumpieran su sueño como ninguna otra cosa.

Mientras Austin le daba empujones a Gary enfrente de la puerta, Amira aprovechó que estaban distraídos para tomar sus cosas y entrar al baño con tranquilidad, ganándose las mirada atónita de sus hermanos.

Will rió, mientras los demás resoplaban con enojo infantil.

Después de diez minutos, Amira salió del baño, con el cabello ligeramente húmedo, vestida y arreglada. Salió de la cabaña, mirando el vacío campamento, pensando en lo bien que le haría a Karissa levantarse temprano (si ella no podía dormir en paz, Karissa tampoco). Sacudió la cabeza, sonriendo, empezó a caminar a los campos de fresas. Recientemente había tomado una pequeña manía de ir ahí cuando estaba aburrida, por lo cual se pasaba la mayor parte de las mañanas en ese lugar, saludando a los hijos de Deméter que se encontraba por ahí cuidando los cultivos.

Mientras paseaba, se encontró pensando en su madre. Seguro estaba preocupada allá en Aruba. Muy preocupada.

Estaba casi segura de que uno de sus pequeños peones que le echaba el ojo cada tanto ya le había informado a su madre que no estaba nunca en casa desde hace un tiempo ya. Probablemente cuando la viera empezaría a regañarla, fingiendo estar preocupada para luego castigarla y decirle que tenia que irse pues tenía que seguir trabajando. Bien, ¿Cómo la castigaría si no estaba en casa? Fácil, le quitaría algunos servicios de los que ella disfrutaba, como por ejemplo el Internet, la televisión y de seguro ordenaría cortar el agua caliente. O quizá pusiera en práctica aquella manera de tortura que solía usar en ocasiones: Cuando le asignaba un perrito guardián para que evitara que Amira saliera de su casa a menos que fuera a la biblioteca (Y sólo si era por menos de una hora).

Suspiró, ninguno de los castigos de su madre eran placenteros, no tenía ganas de ser víctima de ellos nuevamente, pero suponía que lo tendría un poquito merecido. Mira que irte sin decir nada de su casa, sin tener un celular y que nadie pueda encontrarte puesto que estás bajo protección mágica, eso sería razón suficiente para que Amira matara a Karissa.

Amira se detuvo y miró a su alrededor, percatándose de que estaba bastante metida entre los cultivos de fresas. Empezó a alzarse en puntillas para ver en donde estaba, pero fue en vano. En ese tipo de situaciones era que maldecía su baja estatura.

—Hmmm... —miró detrás de ella. Bien, eran cuatro direcciones. Adelante, atras, izquierda y derecha. Rápidamente pensó, e hizo lo más lógico que le llegó a la mente—. De tin marín de do pingüé...

—No creo que de esa manera encuentres la salida...

Amira chilló, volteándose a toda rapidez, casi tirando al chico detrás de ella. Se alejó y suspiró con alivio cuando lo reconoció.

—Pólux...

Él sonrió. Miró por encima de ella, estirando el cuello.

—Ve derecho por allá.

Se dio la vuelta y se fue, despidiéndose con la mano. Amira parpadeó, sorprendida ante aquella aparición del hijo de Dionisio, a quien apenas había visto unas pocas veces desde su llegada al campamento. Frunció el ceño casi imperceptiblemente y comenzó a caminar en la dirección que Pólux había indicado.

Después de unos minutos, pudo salir del campo de fresas con éxito y sin haberse comido ni una -tal vez una o dos-, dándose cuenta de que quizá había estado un poco más de la cuenta entre los cultivos, pues ya todos empezaban a salir de sus cabañas. Preguntó la hora a Dianne, hija de Iris, y abrió los ojos como platos cuando se dio cuenta de lo tarde que era y que debía despertar a Karissa.

Le agradeció y salió corriendo hacia la cabaña trece, casi estrellándose contra la puerta antes de abrirla agresivamente, casi cayéndose de boca al piso.

Todo para encontrarse a Karissa ya bañada, vestida y peinada, tomando su anillo de la mesita de noche junto a su litera.

Karissa entrecerró los ojos, mirándola como si fuera una alucinación. Amira cruzó los brazos, tratando de aparentar que no había cruzado todo el campamento para ir a despertarla, o sino, Karissa empezaría con su típico "Ya estoy un poco grande, mamá" y sus burlas infantiles.

(Casi cierra los ojos con fuerza, horrorizada, pues había sonado casi igual que su madre)

—¿Acaso te enfermaste de nuevo? —arqueó una ceja, detallando a su amiga-hija para asegurarse de que no estaba enferma.

Karissa frunció los labios.

—No, no me he enfermado. ¿Tan extraño es que me levante temprano?

—Sí.

Karissa suspiró, pero no dijo nada más. Amira la miró fijamente, estaba segura de que la pelinegra le estaba ocultando algo, pero bueno, pocas veces había podido sacarle algo en contra de su voluntad. Karissa tenía una voluntad de hierro y si a eso le sumabas el hecho de que era terca como una mula, tenias un resultado que en ocasiones le agradaba y en otras la hacían querer jalarse cada cabello hasta quedarse calva.

Amira dejó caer sus brazos a sus costados, decidiendo no insistir por el momento. Si Karissa era terca, Amira lo era el doble, no por nada nadie le llevaba la contraria en el instituto.

Sonrió y señaló la puerta con la cabeza:

—Vamos a comer.

La hija de Hades asintió, siguiendo a su amiga. Cuando salieron, ya todo era un desastre nuevamente, griegos y romanos por todos lados, corriendo de un lado a otro, riéndose, peleándose, gritando.

Amira quiso rodar los ojos, como lo haría normalmente si la escena fuera en la escuela, pero fue incapaz de hacerlo. No era tonta, ella sabía perfectamente que estar en el campamento la afectaba de de manera positiva, era consciente de que ahora sus sonrisas eran menos sarcásticas y más alegres y todo era gracias a esos tontos hermanos suyos.

Bien, Austin y Gary eran unas molestias, Will era demasiado feliz para estar bien de la cabeza, Kayla siempre hallaba la manera de molestarla con algo, Matt era muy presumido, Terrence tarareaba una melodía diferente cada vez que lo veía, y los demás eran lo suficientemente insanos como para no prestarles mucha atención, pero si había algo que todos tenían en común, era que la recibieron con los brazos abiertos desde que había llegado, se preocupaban por ella, y trataban de hacer que sonriera aunque fuera por cosas tontas.

Así que sí, sus hermanos eran los principales responsables de que ahora fuera más feliz.

Amira y Karissa llegaron al pabellón, separándose para ir a sus mesas. Era una regla tonta, si le preguntabas a Amira, pero reglas eran reglas, aunque nunca le hubieran gustado, y meterse con un dios era diferente a meterse con los profesores mortales. Se sentó con sus hermanos, gruñéndole a Terrence que se moviera a otro lado, pues ella quería sentarse al borde de la mesa -más que nada para terminar de comer y correr a hablar con Karissa nuevamente-.

Empezó a servirse la comida que iba a ingerir, deseando que su vaso estuviera lleno de jugo de piña. En medio de estar llevándose un trozo de comida comida la boca, su mirada captó a Pólux, sentado junto a Dakota, semidiós romano, en la mesa de Dionisio. Bajó su mano lentamente, observándolo comer con lentitud. De repente, él la miró también, con curiosidad.

"¡Amira Loux, no hagas una estupidez! ¡Detente, detente ahora!" Alguna pequeña, muy pequeña parte de su cerebro que aún estaba cuerda, le advirtió, pero hizo caso omiso.

Se levantó, llamando la atención de sus hermanos. Tomó su comida y bebida, y empezó a caminar.

"¡¿Qué haces?! ¡Párate ya, Amira!"

Ignoró esa vocecita increíblemente parecida a la de Karissa, y siguió caminando, esta vez llamando la atención de los demás campistas. Su mirada estaba fija en Pólux, quien pareció darse cuenta de cuáles eran sus intenciones, pues negaba con la cabeza fervientemente.

También lo ignoró.

Se detuvo al llegar a la mesa de Dionisio, para sentarse muy tranquilamente, oyendo el jadeo colectivo de sorpresa. Pólux y Dakota la miraban con los ojos bien abiertos, igual que la mayoría de los demás semidioses presentes. Amira no miró a Quirón, no queriendo verlo enojado, pero si observó a Karissa: Tenía la boca abierta, el tenedor a medio camino de su boca, y la miraba como quien mira a un fantasma.

Sin embargo, eso no duró mucho, pues la hija de Hades se levantó con emoción y casi dando saltitos se sentó junto a Amira, tomando un sorbo de su agua de sabor mandarina. Luego, Giselle se levantó con efusividad, sentándose al otro lado de Amira, murmurando algo sobre hermanos idiotas.

Poco a poco, todos empezaron a cambiar de asientos, queriendo estar con sus amigos. Los truenos resonaron encima de todos, y empezó a llover de manera casi dramática, haciendo que algunos volvieran a sus asientos iniciales, pero Amira no se movió, ni tampoco Karissa, y Giselle, bueno, Giselle sólo siguió el ejemplo de las dos nuevas.

"Que divertido será este verano" pensó la hija de Hécate, sonriendo alegremente, pasando por alto los truenos que azotaban el siempre despejado cielo del campamento.