Amira dejó salir un sonido muy parecido a un gato siendo estrangulado, echándose hacia atrás con el rostro distorsionado en una mueca horrorizada mientras llevaba sus manos a su pecho.
Apolo se acercó a ella, preocupado, pero se detuvo cuando Will le negó con la cabeza. El Jefe de Cabaña le sonrió a su hermana, con los nervios de punta. Él mismo recordaba cuando había conocido a su padre: los nervios, la incredulidad, el asombro... Eso era algo que todo semidiós había sentido alguna vez en su -corta- vida, añadido a un poco de resentimiento y enojo que eran de lo más comprensibles.
—A-Amira —alzó las manos, moviéndose lentamente, como si estuviera tratando con un animal asustadizo que le iba a desgarrar la cara, ella lo miró y le gruñó, por un momento tuvo la sensación de que iba a sisear como un gato. Will se echó hacia atrás con un alarido asustado, ganándose una mirada incrédula de su padre.
El dios empujó a su hijo a un lado, poniéndose de cuclillas frente a su hija.
—¿Quieres hablar un rato? —su tono de voz era suave, y Amira parecía ser la única sorprendida con el comportamiento de su progenitor. Asintió, aún dudosa, y Apolo se levantó, ofreciéndole su mano para ayudarla. Amira se levantó, sin tomar la mano de Apolo, para luego salir sin decir palabra alguna, sintiendo las miradas de sus hermanos en su nuca.
Salió, sintiendo la brisa fría del lluvioso clima en su rostro, se frotó las manos en el pantalón, sintiendo el sudor en ellas como si fueran una plaga. Sabía que estaba nerviosa, el calor incómodo en su cuello lo decía todo, y como extra estaba el molesto palpitar acelerado de su corazón que le pegaba en el pecho como un martillo.
Apolo alzó una ceja, mirando a su hija tratar de sacudirse los nervios de encima. Se paró frente a ella, con las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—Caminemos.
Amira lo miró, ausente, para luego sacudir la cabeza con violencia, siguiéndolo a paso rápido.
Karissa seguía tendida en el suelo, mirando las nubes inquietas moviéndose lentamente en el cielo cuando percibió los pasos acelerados dirigiéndose a ella. O bueno, a todos lados.
Se incorporó apoyándose en sus codos, pero se quedó en blanco cuando cayó en cuenta de qué era lo que estaban viendo sus ojitos.
Habían semidioses por todos lados, corriendo, saltando, unos con horror en los rostros, otros con las manos sosteniendo sus cabezas con fuerza, algunos cacheteando a otros, incluso podía ver desde donde estaba a Travis y Connor sacudiendo a un hermano suyo y a un muy alterado Chris siendo tranquilizado por Clarisse-
Pausa. Rebobinando. Reproduciendo con mucha lentitud.
Chris alterado, con Clarisse calmándolo.
¿Más lento? De acuerdo.
Chris.
Alterado.
Y.
Clarisse.
Calmándolo.
Había algo en esa oración que no cuadraba en lo más mínimo. Karissa no sabía si reír o llorar ante las distintas escenas que se desarrollaban frente a ella, pero decidió simplemente ir a ver exactamente qué sucedía en el Campamento. Después de sacudirse la ropa, caminó lentamente hacia su hermano, manteniendo su distancia para garantizar su seguridad. Le lanzó una mirada a Clarisse, quien jaló a Chris hacia Karissa.
El hijo de Hermes frunció el ceño en dirección a su novia, pero igual se quedó junto a Karissa.
—¿Qué pasa? —cuestionó Karissa con la curiosidad presente en su voz. Chris apretó los dientes con tanta fuerza que ella podría jurar que alguno se le rompió.
—Parece que Zeus estaba muy furioso por la insubordinación de Amira y quería otorgarle un castigo —a Karissa se le hacía muy conocida esa historia—, llamaron a Quirón al Olimpo, para discutir y eso, pero entonces Apolo salió en defensa de Amira y algunos dioses se le unieron.
Karissa asintió lentamente, procesando la información, con los ojos bien abiertos. Chris se veía realmente irritado, así que lo más probable era que hubiera sucedido algo grande.
El mayor suspiró con fuerza, como si le doliera lo que estaba a punto de decir.
—Zeus tuvo un pequeño ataque de ira hacia esos dioses y creyó que sería buena idea el otorgarles el castigo de quedarse en el Campamento con nosotros por una semana sin poder usar sus poderes —para cuando terminó la oración, Chris tenía una graciosa vena saltando en su cuello, y Karissa pensaba que Zeus era realmente una reina del drama que tuvo un achaque otra vez.
¿Castigo? ¿Ese? ¿Se estaría quedando sin imaginación el pobre loco?
Sacudió la cabeza, mirando al cielo con cautela, aún le daba algo de pavor el bendito Rey de los Dioses.
Miró a su hermano nuevamente, fijándose de que parecía estar sufriendo, aunque también tenía pinta de estar sosteniendo un monólogo consigo mismo.
—Y... ¿Quiénes son esos dioses?
La pregunta fue como un detonador para la bomba de tiempo que era Chris.
—¡Jajá! ¡¿A que no adivinas quiénes?! —rió histérico—. ¡Pues son nada más y nada menos que Hermes, Deméter, Poseidón y Apolo! ¡La noticia del siglo!
Karissa se echó hacia atrás, observando a su hermano tener un episodio psicótico. En un milisegundo, Clarisse estaba a su lado, tratando de calmarlo nuevamente. Frunciendo el ceño, la hija de Hades se dirigió a la Cabaña de Apolo, segura de que Amira iba a estar teniendo una crisis. Abrió la puerta con más violencia de la que hubiera querido, observando los rostros inquietos de los ocupantes de dicha Cabaña, Will se levantó, sonriendo nervioso.
—K-Karissa —vaciló, para luego tomar aire—. ¿Puedo ayudarte?
—¿Dónde está Amira?
Will tragó saliva.
—B-Bueno, verás...
—¡Maldita sea!
Giselle levantó la cabeza en dirección a Karissa, a quien ni una vez había oído maldecir. La hija de Hades se había sentado a su lado, murmurando improperios mientras golpeaba sus dedos contra su pierna. Se veía particularmente molesta en esa ocasión, con las cejas fruncidas y los músculos tensos. Giselle alzó las cejas, debatiéndose si preguntar o no por la razón de su enojo. Al final, decidió arriesgarse.
¿Qué es la vida sin riesgos, después de todo?
—¿Te pasa algo, Kari-?
—¡Amira está sola con Apolo! ¡No me molestaría si ella pensara antes de actuar, pero conociéndola se que se peleará con el dios y eso sólo va a causar problemas! ¡No quiero que se meta en problemas cuando yo ya me metí en problemas!
La vida sin riesgos sonaba como algo muy lindo a oídos de Giselle. Debería empezar a ponerla en práctica de vez en cuando.
—Eh... —dudó antes de hablar, un poco incómoda por la mirada enojada de Karissa. Claro, de lejos se veía normal, pero si te acercabas y mirabas directo en esos ojos negros podías ver un brillito de ira muy bien disimulada junto a un pequeño deje de preocupación -y unas pequeñas ganas de matar a alguien-. Já. Terrorífico. Un adjetivo que definitivamente no iba con Karissa—. Bueno, la verdad, hace un rato la vi pasar junto a Lord Apolo y... Se veía muy tranquila a decir verdad.
Karissa entrecerró los ojos.
—De acuerdo, quizás algo alterada —añadió con rapidez—, pero no creo que sea algo para preocuparse.
Karissa suspiró, rascándose la cabeza. Estaba preocupada, era obvio. El problema era que no sabía exactamente por qué. Sentía el corazón estrellándose con fuerza contra su pecho, acompañado de una vocecita que le susurraba que esa charla entre Apolo y Amira no terminaría nada bien. Respiró sonoramente, levantándose, caminando en dirección al lago bajo la mirada de Giselle.
Giselle cerró su libro sobre sus piernas y, sorprendida e intrigada ante la actitud de Karissa, se levantó de igual forma, siguiéndola. Sin embargo, no pudo dar más de un par de pasos, puesto que fue tacleada por un cuerpo muy familiar para ella.
Sintió el impacto contra el suelo, mucho más fuerte que cuando se caía ella sola, obviamente por los 66 kilos de masa muscular de aquella personita sumados a su propio peso.
—¡Ay!
—¡Gizzy! ¿Qué haces?
Si no estaba segura antes de quién era su atacante, entonces ese ridículo sobrenombre se lo confirmó. Pateó lejos a Danny, quitándoselo de encima para sostener su costado derecho, doliéndose del golpe que se dió por culpa de su estúpido amigo. Giselle golpeó a Danny en la pierna cuando escuchó sus carcajadas, tratando de aparentar estar enfadada, pero a ella también se le escaparon unas risitas que la delataban.
—¿Qué le pasaba a Karissa, Gizzy?
—Verás, parece que Amira y Karissa comparten un complejo de madres.
—¿Qué? Creí que era sólo Amira.
—Lo sé, es raro, ¿Cierto?
Karissa se sentó a orillas del lago, mirando el agua moverse con parsimonia, pensando en la inmortalidad del cangrejo... Mentira, seguía pensando en Amira y ese mal presentimiento que tenía. Quisiera poder estar con ella y asegurarse de que no pasaría nada, pero no se sentía bien el interrumpir aquella plática padre-hija. Karissa estaba felicitándose por su gran autocontrol, pues aún no saltaba sobre el Dios y su hija para entrometerse. Aún.
Seguía mirando fijamente al agua, cuando un gracioso puñado de agua saltó en el aire, quedándose encima del lago. Karissa parpadeó. El agua empezó a tomar formas. Primero un cíclope, luego un Pegaso, después un sátiro y por último una náyade.
El pequeño hilo de agua se acercó a Karissa, y ella, boquiabierta, estaba a punto de tocarlas cuando el agua formó una palabra.
"Anímate"
Sus ojos se abrieron con sorpresa y su boca cayó hasta el Tártaro. Escuchó unas risitas detrás de ella y cuando giró la cabeza divisó a Jason y Percy a unos cuantos pasos detrás de ella. Ambos chicos se sentaron a sus lados, dejándola en medio de ellos.
—Vamos Karissa, sonríe —dijo Percy, empujando el hombro de Karissa con el suyo. Jason sólo la miraba, lo que la hacía sentir ligeramente incomoda. Karissa suspiró.
—¿Por qué tan decaída? —Jason se acercó más a ella, mirando a sus ojos directamente con tanta intensidad que no pudo evitar desviar la mirada a otro lugar. Por otro lado, Percy seguía empujando su hombro, lo cual se hacía cada vez un poco más molesto. Quería fruncir el ceño y gritarle a Percy, pero eso sería tan grosero que hasta ella se sentiría ofendida.
—Es sólo... Amira está hablando con su padre ahora y tengo miedo de que él diga algo que pueda herirla —bien, eso no era exactamente lo que sentía, pero lejos no estaba.
Jason acarició su mandíbula y Percy dejó de empujarla.
—Bueno, supongo que es normal que te preocupes... Ahora que lo pienso, los dioses no tienen mucho tacto, ¿Cierto Percy?
Percy hizo una mueca de resignación.
—Bueno... —alargó la "e" como para darle dramatismo al asunto—. Solo diré que no saben cómo tratar con sus hijos... O con ningún mortal, en realidad.
Eso calmaba mucho a Karissa. En serio. Miles y miles de horribles escenarios pasaban por la mente de Karissa ante las afirmaciones tan útiles de Percy y Jason. ¿Y si salía el tema de la madre de Amira? ¿Y si él quería hablar de todo lo que Amira pasó hace dos años? ¿Y si quería hablar sobre sus problemas de visión? ¿Qué tal si le echaba aquello en cara?
¿Qué haría Amira si Apolo quería hablar sobre cada cosa que tocaba sus nervios?
De acuerdo, pregunta estúpida.
Muy obviamente se alteraría, empezaría a ponerse agresiva, expulsaría veneno hasta por los poros, y probablemente hablaría demás, por lo cual seguro se arrepentiría luego. Una Amira arrepentida y enojada no era buena, ni para ella misma, ni para Karissa, ni para nadie en general.
Karissa se levantó de golpe, con los ojos bien abiertos y completamente horrorizada ante la idea de una semana o más con su amiga enfadada y sacando sus frustraciones a base de peleas y comentarios pasivo-agresivos. Si se peleaba con Clarisse o con algún romano o...
—No, no, no, no, no, no, no puedo dejar que eso pase, debo detenerlo, dios, dios, dios...
Estaba empezando a caminar, llevando su mano a su cabello para revolverlo con desesperación cuando Percy y Jason se metieron en su camino, sacándola brevemente de su monólogo.
—Tranquilízate Karissa, seguro que no pasa nada —sonrió Percy mientras Jason ponía sus manos en los hombros de Karissa, masajeando con firmeza sus músculos tensos —, ¡Hay que ser positivos en esta vida!
"Espero que conserves tu positividad cuando te desfigure la cara a golpes." Hubiera dicho Amira en su lugar con cara de matona de barrio.
Pero Amira estaba ocupada.
¡Hablando con su padre!
—Ven Karissa, vamos a otro lugar...
Jason empezó a arrastrar a Karissa en dirección a la playa con Percy detrás de ellos. Karissa sólo se dejó llevar para no cometer una estupidez de la cual podría arrepentirse. Ejemplo, salir corriendo a buscar a Amira y faltare el respeto al dios que la ayudó con su ataque de pánico y la trajo de vuelta al Campamento.
¡Agh! ¡Desearía saber algo de Amira!
Como si los dioses hubieran observado detenidamente su desesperación rayando la locura, escuchó una risa muy conocida cuando llegaban a la playa. Echó un vistazo por el rabillo del ojo y miró al origen de dicha risa.
Ahí estaba Amira, riendo como quien no quiere la cosa con un chico rubio que le daba la espal-
Oh.
Apolo.
¿Amira riendo con Apolo?
Se quedó congelada en su sitio sin saber exactamente si debería acercarse, pero entonces Percy la empujó suavemente para que siguiera caminando y ella se movió, desviando la mirada de su amiga para mirar mejor donde pisaba y ahorrarse la vergüenza de una caída épica. Se taladró el cerebro pensando si estaba bien dejarlos: Amira estaba riendo pero bien podía enojarse con facilidad. Jason les comentó lo calmada que se veía el agua ese día, sacándola de sus pensamientos brevemente. Percy respondió en voz baja que de seguro su padre estaba burlándose de Zeus al estar calmado con el supuesto castigo que le habían impuesto, a lo que Karissa rió, sacudiendo la cabeza.
Si Amira podía encargarse de Karissa, entonces podría hacerlo consigo misma también.
—¿Por qué no estás con tu padre, Percy? —preguntó Karissa sentándose en el piso, siendo seguida por los dos muchachos.
Percy suspiró.
—Estuve un rato con él pero... no es fácil. Cada vez que hablaba con él era sólo por unos minutos, así que, saber que tengo un tiempo ilimitado -en lo que cabe- para hablar con él es... extraño.
—¿Pero lo harás? Hablar con él.
—Tal vez. Si estoy de humor.
Karissa iba a abrir la boca para hablar cuando algo húmedo le tocó el cuello. Se sobresaltó, volteando para mirar lo que la había asustado, encontrándose con un gracioso chorrito de agua danzando detrás de ella que luego empezó a pasear sobre la cabeza de los tres semidioses. Después de un rato de observar el agua hipnotizada, un destello llamó su atención. Era un rayo que se dirigía al chorrito de agua, y cuando se juntaron, la electricidad se paseó por el agua con fluidez en un juego de luces azules y blancas que cautivó a Karissa. Y entonces, apareció una esquelética mano que golpeó el agua, deshaciendo el espectáculo.
Los tres parpadearon exactamente tres veces, mirando la arena mojada por el agua que cayó, para luego mirar al esqueleto frente a ellos igual de sorprendidos.
Repentinamente, del esqueleto salió una voz enojada que era imposible de no reconocer.
—Jackson y Grace, no traten de maravillar a mi hermana con sus truquitos baratos. Mantengan su espacio, que los estoy mirando y no soy el único.
El esqueleto se deshizo en un instante, cayendo al suelo rápidamente, sin Dejar reaccionar a ninguno.
Después de unos minutos de silencio en honor a sus mentes en estado de shock, Jason fue el primero en hablar.
—Quién diría que Nico es tan sobre protector.
Los otros dos asintieron lentamente, aún procesando la información recibida.
Para cuando Amira cayó en cuenta de que sí, por primera vez en toda su miserable vida estaba hablando con su padre, ya era hora de la cena y estaban entrando al pabellón. Sus sentimientos estaban confusos con respecto a la situación: quería darle un abrazo al dios, pero al mismo tiempo quería darle un puñetazo en el rostro. Y es que, ¿cómo puede ser tan cara dura para venir y hablarle como si nada? Pero entonces mira su rostro y piensa que ese es su padre, a quien recriminó por su ausencia en la oscuridad de su habitación incontables veces, y está ahí, sonriendo y haciendo chistes malos para que ella suelte alguna risita.
De repente ya no importa tanto que él no aparezca en sus sueños, porque está ahí, con ella. No le importa porque pasó todo el día con la aburrida, malhumorada Amira en lugar de estar con los atentos solecitos que rondan la enfermería y el campo de arquería, y eso alivia un poco ese malestar que siempre ha tenido en su aquel rincón de su mente. Ya no le importa el oráculo, ni que Calypso le haya caído tan mal sin razón aparente, ni que Quirón pudiera estar en problemas.
Muy tranquila se sentó junto a su padre –se sentía muy bien poder decir eso, aunque tuviera esa incomodidad de cuando no te acostumbras a decir una palabra especifica, como Mamihlapinatapai-, en la mesa de Apolo, donde habían unos cuantos chicos extra, así como faltaban algunos de sus hermanos,ignorando intencionalmente las miradas que le lanzaba Damien desde la mesa de Ares. Llevaba esa actitud hostil desde que Amira lo venciera en el entrenamiento días antes, pero no era como si a ella le importara. Nadie le dijo que se metiera con Karissa, y meterse con Karissa era ganarse el rencor de Amira con ganas, sin importar que Karissa ya le hubiera demostrado que no era tan fácil de someter, así que hey, de todas maneras lo terminaría machacando. Le lanzó una mirada a las demás mesas, esperando verla en la de Hades, y llevándose una sorpresa cuando la encontró en la mesa de Deméter hablando con Katie Gardner junto a Giselle y Danny. Amira entrecerró la mirada, esperando que el cuerpo del hijo de Afrodita se encendiera en llamas en ese mismísimo instante.
De nuevo, meterse con Karissa era estar en la lista negra de Amira, y eso no era bueno.
Apolo miraba a Amira de reojo, hablando con Kayla acerca de su nueva amiga, Addie Kramer, una mortal, pero también echándoles un ojo a sus demás hijos por todo el pabellón. En opinión de Apolo, la regla de separar a todos por progenitor divino nunca debió existir, así que simplemente decidió expresar dicha opinión en el Consejo de los Doce que se realizó ante la... imprudencia de su querida hija. Había que admitir que a ella no le faltaban las agallas, y varios dioses se lo hicieron saber en su descenso al Campamento. Al menos no estaba solo, pensó, mirando esta vez a Poseidón. Él, junto a Hermes y Deméter fueron los únicos que apoyaron a Amira, y se oponían a cualquier tipo de castigo para con la semidiosa. Apolo sabía que Atenea estuvo muy cerca de pronunciarse en contra de Zeus, pero Deméter la calló con una mirada: no podían bajar los Doce a la tierra, y ya era muy riesgoso estar ellos cuatro en el Campamento. Mejor prevenir que lamentar, y eso Atenea lo sabía, siendo la diosa de la sabiduría.
Suspiró contento mientras observaba a sus hijitos tan tranqui-
—¡QUÍTENLE EL TENEDOR! ¡QUE LE QUITEN EL TENEDOR!
—¡¿POR QUÉ NO VIENES Y SE LO QUITAS TÚ?!
—¡AMIRA SUÉLTALO!
Apolo parpadeó, levantándose. Amira estaba siendo sostenida apenas por Percy, Jake –hijo de Hefesto, sino mal recordaba- y Malcolm –de Atenea, a juzgar por sus ojos irritados-. Karissa, la amiguita de Amira estaba tratando de meterse en medio de ella y un hijo de Marte. Apolo entrecerró la mirada: ¿no era ese el mismo con el que se había peleado la mocosa de Hades?
—¡TÚ QUIERES QUE YO TE MATE AQUÍ Y AHORA, ESCORIA! —vociferó Amira con la delicadeza de una princesa de barrio latino. Ah, qué bonita su hijita. El hijo de Marte se veía tan arrogante en ese instante, con su sonrisa petulante y as manos en las caderas, fuera del alcance de Amira, que Apolo quiso tener sus poderes por un instante solo para poder fulminarlo en un santiamén.
Poseidón miraba a su hijo pelear con la muchacha de Apolo, algo sorprendido de la fuerza de esa niña. Estaba el fornido hijo de Hefesto, el cerebrito de Atenea y, claro, su hijo Percy, pero esa chica parecía decidida a barrer el piso con ese chico de Marte –aprovechando así de una vez le sacaba un ojo con el tenedor-, y empezaba a dudar que ellos pudieran detenerla por mucho.
Hermes parecía divertirse bastante con la situación, viendo que reía con sus hijos no muy lejos –aunque había uno particularmente amargado en una esquina junto a la asesina del Drakon, la hija de Ares-, y Deméter miraba decepcionada a esa joven señorita comportarse de esa forma, sacudiendo la cabeza con desaprobación.
Poseidón se levantó de su sitio junto a Jason, dirigiéndose a los semidioses conflictivos, sabiendo que Apolo no iba a hacer nada por retener ni calmar a la chiquilla. Sin embargo, cuando estaba a unos metros de ellos, Amira se soltó de los tres muchachos que la sostenían, dejando caer el tener en pos de meterle un sendo golpazo en el rostro al grandulón romano, dándole luego una patada increíble en sus joyas familiares, tanto así que cayó como saco de basura al piso, sosteniendo su nariz. Rápidamente, unos cuantos romanos fueron a socorrer a su compañero caído, al tiempo que Amira resoplaba:
—Imbécil.
Y se marchó con Karissa, dejando a los demás para recoger el desastre y auxiliar al herido. Aunque aparentemente nadie aparte de los lacayos del tipo pensaban echarle una mano. Poseidón se encogió de hombros, yendo a sentarse con Jason nuevamente mientras Apolo volvía a su conversación con Kayla acerca de la familia de Addie, quien era por lo visto la chica perfecta para Kayla.
Como que empezaba a shippear a esas dos y eso que aún no conocía a la chica esa.
Esa noche la hoguera parecía particularmente contenta y brillante, con la presencia de los dioses y sus interacciones más o menos normales para con sus hijos y los demás semidioses. Y bueno, tenían que admitir que se sentía bien poder pasar un rato con sus hijos sin tener que actuar con frialdad, sin poder darles aunque sea un abrazo. Deméter casi no soltaba a ninguno de sus hijos; Hermes estaba con sus chicos –los que lo recibían- y todo era risas y chistes; Poseidón no hablaba de mucho con Percy, pero el silencio entre ambos era cómodo con uno que otro chiste, o intercambiando sus comentarios sarcásticos; y Apolo, pues él estaba cantando a toda voz con sus queridos hijos, con el brazo izquierdo en los hombros de Ellie y el derecho en los de Alan, sonriendo de oreja a oreja. Amira, contagiada por su alegría, cantaba de igual forma con Karissa, su rabieta contra Damien ya superada, pero nunca olvidada.
¡Qué noche tan especial aquella!: los dioses y semidioses unidos como la familia que desearían ser siempre, en un momento efímero que no sería olvidado por ninguno de ellos; un recuerdo que pasaría de ellos a sus hijos, aquel momento cuando pudieron compartir con aquellos dioses amables, traviesos y exasperantes que sorprendentemente los trataron con calidez y ternura. Y les contarían de los rostros melancólicos de los que recuerdan a quienes debieron vivir para ver ese momento, pero que no podrían ya apreciar tanta felicidad en algo tan trivial como cantar viejas canciones pasadas de moda hace mucho. Y les contarían sobre la sonrisa en los labios de Quirón, que observaba a todos esos niños que ha visto crecer tener algo de paz en sus turbulentas vidas. Les contarían sobre las lágrimas que se derramaron esa noche por tantos héroes que jamás habrían terminado de la forma en que lo hicieron si hubieran tenido un momento como ese con sus padres divinos. Les contarían sobre el bello brillo de las estrellas y la luz de la luna que pasaba a través de las ventanas de las cabañas cuando todos reunidos con sus hermanos –griegos y romanos- escuchaban historias de sus padres.
Y reirían, y recordarían, y jamás olvidarían que aunque los dioses no estuvieran presentes siempre, ellos estarían ahí, escuchando sus plegarias a pesar de que no respondan.
Era la única forma de no volverse locos por el dolor de la pérdida con que lidiaban todos desde hacía tiempo. Era la única forma de convencerse de que habían hecho lo correcto en defender el Olimpo aquella vez en Manhattan, aquellos cuarenta semidioses reunidos con una esperanza que por poco pierden.
Ojalá pudieran verlo, pensó Percy Jackson, mirando el fuego de la hoguera danzar sin parar. Ojalá pudieran todos aquellos fallecidos ver la sincera y pura felicidad de los dioses solo por compartir esos momentos con ellos. Unos momentos que para los dioses eran efímeros, y que podían darles tan intensa alegría. Sonrió, cantando al pegajoso ritmo de I love it de Icona Pop.
Ah, ciertamente, una noche especial.
Y cuando Amira fue a dormir, soñó con canticos en fluido griego que asemejaban a una canción de cuna, soñó con ojos brillantes a la luz del sol mañanero en el balcón de su habitación y con miles de fotografías sacadas de una polaroid vieja y guardadas en una caja de madera.
Soñó con la felicidad durmió tranquilamente hasta después de las seis, y cuando Will fue a levantarla, no estaba molesta.
Estaba contenta.
