No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Sarah J. Maas. Yo solo me divierto un poco.

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Jacob Black corría por el parque, Bella permanecía a su lado. El aire frío de la mañana era como fragmentos de cristal en sus pulmones; su aliento se nublaba delante de él. Ellos se habían puesto encima todo lo que podían sin llegar a agobiarse, sobre todo capas de camisetas y guantes, pero aún con el sudor recorriendo su cuerpo, Jacob estaba congelado.

Jacob sabía que Bella también estaba congelada, su nariz estaba rosada, el color aumenta en sus mejillas, y sus orejas brillaban al rojo vivo.

Notando que la miraba fijamente, ella le dirigió una sonrisa, aquellos impresionantes ojos turquesas llenos de luz.

— ¿Cansado? — ella bromeo. —Yo sabía que tú no te habías molestado en entrenar mientras yo estaba lejos.

Él soltó una sonrisa entrecortada.

—Tú seguramente que no entrenaste mientras estabas en tu misión. Esta es la segunda vez esta mañana que he tenido que ir más despacio por ti.

Una mentira descarada. Ahora ella le siguió el ritmo fácilmente, ágil como un ciervo saltando a través de los bosques. A veces él encontraba enormemente difícil no mirarla, mirar la manera en que ella se movía.

—Sigue diciéndote eso, — ella dijo, y corrió un poco más rápido.

Él aumentó su velocidad, no quería que ella le dejase atrás. Los siervos habían limpiado un camino cubierto de nieve a través del parque, pero el suelo seguía todavía helado y resbaladizo bajo sus pies.

Él se estaba dando cuenta más y más últimamente, cuánto odiaba cuando ella le dejaba atrás. Cómo odiaba sus salidas a aquellas malditas misiones y sin contactar con él durante días o semanas.

No sabía cómo o cuándo había sucedido, pero de algún modo había comenzado a preocuparse por si ella regresaría o no. Y después de todo lo que ellos habían soportado juntos…

Él había matado a Felix en el duelo. Lo mató para salvarla. Una parte de él no se arrepentía, lo volvería a hacer en un instante.

Pero la otra parte aún le despertaba en medio de la noche, empapado de sudor que se sentía como la sangre de Felix.

Ella le miró.

— ¿Qué pasa? —

Él luchó contra la creciente culpabilidad.

—Mantén tus ojos en el camino o te resbalaras.

Por una vez, ella le obedeció.

— ¿Quieres hablar de ello?

Sí. No. Si había alguien que pudiera comprender la culpa y la rabia que él confrontaba cuando pensaba en cómo había matado a Felix, sería ella.

— ¿Con qué frecuencia, — dijo entre respiraciones, — piensas en la gente que has matado?

Ella giro su cabeza hacia él, entonces redujo la marcha. Él no tenía ganas de parar, y podría haber seguido corriendo, pero ella lo agarró del codo y le obligó a hacer una pausa.

Sus labios formaron una delgada línea.

— Si piensas juzgarme antes de que haya tomado el desayuno no es de ninguna manera una buena idea-

— No, — él la interrumpió, jadeando fuerte. – No, yo no quise que significara como… –Tomó unas cuantas respiraciones. — No te estoy juzgando.

Si sólo pudiera recobrar el maldito aliento, él podría explicar lo que él había querido decir.

Sus ojos estaban tan congelados como el parque que le rodeaba, pero entonces ella inclinó su cabeza hacia un lado.

— ¿Esto es sobre Felix?

Escucharla decir su nombre hacia que su mandíbula se apretara, pero logró asentir con la cabeza.

El hielo en sus ojos se derritió completamente. Odiaba la simpatía en su cara, la comprensión.

Él era el Capitán de la Guardia, tenía que matar a alguien en algún momento. Ya había visto y hecho lo suficiente en nombre del rey, había luchado contra hombres, les había hecho daño. Así que no debería ni siquiera tener estos sentimientos, no debería estar diciéndole a ella, especialmente.

Había una línea entre ellos, en algún lugar, y estaba bastante seguro de que él había estado conformándose cada vez más estos días.

—Nunca voy a olvidar a la gente que he matado, — dijo ella. Su aliento permanecía en el aire entre ellos. — Incluso a los que maté para sobrevivir. Aún veo sus rostros, aún recuerdo el golpe exacto que los mató. — Miró a los árboles esqueléticos. — Algunos días, parece como si otra persona hizo esas cosas. Y la mayoría de esas vidas, me alegra que terminaran. Sin importar la causa, sin embargo, todavía se llevan una parte de mi cada vez. Así que no creo que jamás los olvide.

Encontró su mirada de nuevo, y él asintió.

—Pero, Jacob, — dijo ella y apretó su agarre en su brazo, un agarre que ella no se había dado cuenta que había estado aguantando. — Lo qué pasó con Felix, eso no fue un asesinato, o incluso un asesinato a sangre fría. — Él trató de dar un paso atrás, pero se mantuvo firme. — Lo que hiciste no fue deshonroso, y yo no lo estoy diciendo porque era mi vida la que estabas salvando. — Se detuvo durante un largo momento.

— Nunca olvidarás la muerte de Felix, — dijo al fin, y cuando sus ojos se encontraron, su corazón golpeaba tan fuerte que podía sentirlo por todo su cuerpo, — pero yo nunca olvidaré lo que hiciste para salvarme.

La necesidad de inclinarse hacia su calor era asombrosa. Él dio un paso atrás, lejos del agarre de su mano, obligándose a asentir otra vez.

Había una línea entre ellos. El rey no podría llegar a pensar dos veces acerca de su amistad, pero cruzar esa línea final podría ser mortal para los dos, podría hacer que el rey se cuestionara su lealtad, su posición, todo.

Y si alguna vez tendría que escoger entre el rey y Bella… Él rezaría al Wyrd para que nunca se encontrase ante esa decisión. Permanecer firmemente en este lado de la línea era la opción lógica. Lo único honorable, además, desde Edward…

Había visto la manera en que Edward todavía la miraba. Él no quería traicionar a su amigo de esa manera.

—Bueno, — Jacob dijo con una ligereza forzada, — Supongo que tener al asesino de Adarlan en deuda podría serme útil.

Ella le hizo una reverencia.

—A tu servicio.

Esta vez, su sonrisa era auténtica.

—Vamos, Capitán, — dijo ella, empezando un movimiento lento. —Tengo hambre y no me apetece que mi trasero se congele aquí fuera.

Él soltó una risa bajo su aliento, y corrieron a través del parque.

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Cuando ellos terminaron de correr, las piernas de Bella estaban temblando y sus pulmones estaban tan en carne viva por el frío y el esfuerzo que ella pensó que podrían estar sangrando. Ellos redujeron su paso enérgico cuando se dirigieron hacia el cálido interior del palacio, y el gigante desayuno que ella estaba muy impaciente por devorar antes de ir de compras.

Ellos entraron en los jardines del castillo, abriéndose paso a través de los senderos de grava y los setos elevados. Ella mantuvo sus brazos cruzados. Incluso con los guantes, sus dedos estaban congelados. Y sus oídos realmente le dolían. Tal vez ella empezaría a usar una bufanda sobre su cabeza, aunque Jacob la molestaría despiadadamente sobre eso.

Ella miró de reojo a su compañero, quién se había quitado la ropa revelando una camiseta empapada de sudor aferrada a su cuerpo. Ellos rodearon un seto, y Bella rodó sus ojos cuando vio lo que la esperaba en el camino de delante.

Cada mañana, cada vez más mujeres encontraban excusas para caminar por los jardines justo después del amanecer. Al principio, habían sido sólo algunas mujeres jóvenes, quienes miraban a Jacob y su ropa sudada, ceñida, y se detenían. Bella podía jurar como sus ojos saltaban fuera de sus cabezas y sus lenguas rodaban por el suelo.

A la mañana siguiente, ellas aparecían en el camino otra vez, vistiendo mejores ropas. Al día siguiente, más chicas aparecían.

Y luego varias más. Y ahora cada camino desde el parque hacia el castillo tenía al menos un conjunto de mujeres jóvenes patrullando, esperando a que él caminara por ahí.

—Oh, por favor, — siseó Bella cuando pasaron dos mujeres, quienes levantaron su mirada hacia él y pestañearon.

Ellas debían de haberse despertado antes del amanecer para vestirse tan elegantes.

— ¿Qué? — preguntó Jacob, levantando sus cejas.

Ella no sabía si él no se había dado cuenta, o no quería decir nada, pero…

— Los jardines están bastantes concurridos durante las mañanas de invierno, — dijo cuidadosamente.

Él se encogió de hombros.

— Algunas personas se vuelven un poco locas encerrándose dentro todo el invierno.

O simplemente disfrutaban mirando al Capitán de Guardia y sus músculos.

Pero todo lo que ella dijo fue:

— Claro, — y luego cerró su boca.

No había ninguna necesidad de indicarle lo obvio. Sobre todo, cuando algunas mujeres eran extraordinariamente guapas.

— ¿Hoy vas a ir a Rifthold para espiar a Garrett? — Jacob preguntó en voz baja, cuando el camino estaba afortunadamente libre de risas, chicas ruborizadas.

Ella asintió.

— Quiero conocer sus planes, así que probablemente lo seguiré de cerca.

— ¿Por qué no te ayudo?

—Porque no necesito tu ayuda.

Ella sabía que probablemente lo interpretaría como arrogancia, y en parte lo era, pero…si él se implicaba, entonces las cosas se complicarían cuando llegara el momento de llevar de contrabando a Garrett a un lugar seguro.

Sobre todo, después de que ella supo la verdad sobre él, y conoció los planes que tenía el rey en mente.

—Sé que no necesitas mi ayuda. Sólo pensé que tal vez querías…— su voz se fue apagando, entonces movió su cabeza, como si se estuviera regañando a sí mismo.

Ella se encontró queriendo saber lo que él había estado a punto de decir, pero era mejor dejar el tema.

Ellos rodearon otro seto, el interior del castillo estaba cerca ella casi gimió al pensar en esa calidez deliciosa, pero entonces…

—Jacob, — la voz de Edward atravesó la fría mañana.

Entonces ella gimió, un sonido apenas audible.

Jacob le disparo una mirada perpleja antes de que ellos se dieran la vuelta para encontrarse a Edward dando zancadas hacia ellos, acompañado de un joven rubio. Ella nunca había visto al joven, quien vestía con elegancia y parecía de la misma edad que Edward, pero Jacob se puso rígido.

El joven no parecía una amenaza, aunque ella sabía bien que no se debía subestimar a nadie en un palacio como éste. Él sólo llevaba una daga en su cintura, y su cara pálida parecía bastante jovial, a pesar del frío de la mañana de invierno.

Ella encontró a Edward mirándola con una media sonrisa, un brillo divertido en sus ojos que hacía que ella quisiera abofetearle.

Entonces el príncipe miró a Jacob y soltó una sonrisita.

— Y aquí estaba yo, pensando que todas las mujeres estaban tan temprano por mí y Alistair. Cuando todas ellas cojan un cruel resfriado, dejaré que sus padres sepan que ha sido culpa tuya.

Las mejillas de Jacob se sonrojaron un poco. Así que él no era tan ignorante sobre su público de esta mañana como la había hecho creer

—Lord Alistair, — dijo firmemente al amigo de Edward, y se inclinó.

El joven rubio se inclinó hacia Jacob.

— Capitán Black.

Su voz era bastante agradable, pero algo en ella la hizo vacilar. No era la diversión o la arrogancia o la ira… ella no sabría cómo decirlo.

—Permíteme que te presente a mi primo, — le dijo Edward a ella, palmeando el hombro de Alistair, — Señor Alistair Cullen de Meah. — Él extendió su mano a Bella. — Alistair, esta es Lillian. Ella trabaja para mi padre.

Ellos todavía usaban su seudónimo siempre que ella no se encontrara con miembros de la corte, aunque todos sabían hasta cierto punto que ella no estaba en el palacio por tonterías administrativas o políticas.

—Un placer, — dijo Alistair, inclinándose. — ¿Hace poco qué has llegado a la corte? No creo que te haya visto en años anteriores.

Sólo la manera en la que habló le dijo a ella lo bastante sobre su historia con las mujeres.

—Llegué este otoño, — dijo ella en voz baja.

Alistair le dio una sonrisa de cortesía.

— ¿Y qué clase de trabajo haces para mi tío?

Edward cambió de postura, y Jacob se quedó muy quieto, pero Bella le devolvió la sonrisa y dijo:

— Entierro a los oponentes del rey donde nadie nunca los encontrará.

Alistair, para su sorpresa, realmente se rió. Ella no se atrevió a mirar a Jacob, estaba convencida de que la regañaría por esto más tarde.

—Había oído sobre el campeón del rey. No pensé que sería alguien tan… encantadora.

— ¿Qué te trae al castillo, Alistair? — exigió el capitán.

Cuando Jacob la miraba de esa manera, ella normalmente encontraba la forma de correr en la otra dirección.

Alistair sonrió otra vez. Sonrió demasiado, y muy suavemente.

—Su Majestad me ha ofrecido un puesto en su consejo. — Los ojos de Jacob miraron a Edward, quien se encogió de hombros confirmándolo. —Llegué ayer por la noche, y voy a empezar hoy.

Jacob sonrió, si tú podías llamarlo así. Más bien enseño sus dientes.

Sí, ella definitivamente correría si Jacob la miraba de esa manera.

Edward también entendió la mirada, y soltó una sonrisita.

Pero antes de que el príncipe pudiera hablar, Alistair la estudió un poco más, muy fijamente.

— Quizás tú y yo deberíamos trabajar juntos un poco, Lillian. Tu posición me intriga.

Ella no se opondría a trabajar con él, pero no de la manera en la que Alistair quiso decir. Su manera incluiría una daga, una pala, y una tumba en perfecto estado.

Como si él pudiera leer sus pensamientos, Jacob presionó su mano en su espalda.

— Llegamos tarde al desayuno, — él dijo, inclinando su cabeza hacia Edward y Alistair. — Enhorabuena por tu puesto. — Sonó como si se hubiera tragado una leche rancia.

Cuando ella dejó que Jacob la condujera al interior del castillo, se dio cuenta de que estaba desesperada por tomar un baño. Pero esto no tenía nada que ver con su ropa sudada, y todo con la sonrisa empalagosa y los ojos distraídos de Alistair Cullen.

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Edward miró a Bella y a Jacob desaparecer detrás de los setos, la mano del capitán seguía en el centro de su espalda. Ella no hizo nada para apartarla.

—Una elección inesperada debe hacer tu padre, incluso con esa competición. — reflexionó Alistair al lado de él.

Edward notó su enfado antes de que él contestara. Al él nunca le había gustado su primo, a quien sólo había visto dos veces al año cuando crecía.

Jacob realmente odiaba a Alistair, y siempre que él intervenía en la conversación, era por lo general con frases como "el desgraciado intrigante," y "llorica, imbécil consentido." Al menos, esto es lo que Jacob había estado soportando desde hace tres años, después de que el capitán había golpeado a Alistair en la cara con tal fuerza que el joven se desmayó.

Pero Alistair se lo merecía.

Se lo merecía lo suficiente que no había interferido con la excelente reputación de Jacob y más tarde con el nombramiento de Capitán de Guardia. En todo caso, esto había favorecido a la reputación de Jacob entre los guardias y la baja nobleza.

Si Edward se armara de valor, le preguntaría a su padre en que estaba pensando cuando nombró a Alistair en el consejo. Meah era pequeña, aunque una próspera ciudad costera de Adarlan, pero no tenía un verdadero poder político, aún no tenía un ejército permanente, salvo los guardias de la ciudad.

Alistair era el hijo del primo de su padre; tal vez el rey sintió que necesitaba un poco más de sangre Cullen en la sala del consejo. Todavía, Alistair era inexperto, y siempre parecía más interesado en las chicas que en la política.

— ¿De dónde es la campeona de tu padre? — preguntó Alistair, llamando la atención de Edward haciéndolo que regresara al presente.

Edward se dio la vuelta hacia el castillo, dirigiéndose a una entrada diferente a la que habían utilizado Jacob y Bella.

Él todavía recordaba la forma en que ellos se leían abrazados cuando él entró en la habitación de ella después del duelo, hace dos meses.

—La historia de Lillian sólo te la puede contar ella, — mintió Edward.

No le apetecía explicar la competencia a su primo. Ya era lo suficientemente malo que su padre le ordenara caminar con Alistair esta mañana. La única cosa que había merecido la pena había sido ver a Bella plantear las formas de enterrar al joven Lord.

— ¿Ella es sólo de uso personal de tu padre, o también está al servicio de los otros concejales?

— ¿Has estado aquí por menos de un día, y ya tienes enemigos que apartar, primo?

—Nosotros somos Cullen, primo. Siempre tendremos enemigos que apartar.

Edward frunció el ceño. Aunque era cierto. Dijo:

— Su contrato es exclusivamente con mi padre. Pero si tú te sientes amenazado, entonces yo puedo asignar al Capitán Black-

—Oh, por supuesto que no. Era simplemente curiosidad.

Alistair era como un dolor en el culo, y demasiado consciente del efecto que tenían sus miradas y su nombre Cullen en las mujeres, pero era inofensivo. ¿No?

Edward no sabía la respuesta, y no estaba seguro, aunque quisiera.

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Su sueldo como Campeona del rey era considerable, y Bella gastaba hasta el último centavo. Zapatos, sombreros, túnicas, vestidos, joyas, armas, adornos para su pelo, y libros. Libros y libros y libros. Muchos libros que hicieron que Sue tuviera que subir otra librería a su habitación.

Cuando Bella regresó a su habitación por la tarde, cargando cajas con sombreros, bolsas coloridas llenas de perfumes y dulces, y paquetes de papel marrón con los libros que ella estaba deseando leer, a ella casi se la cae todo al ver a Edward Cullen sentado en su vestíbulo.

—Oh Dios mío, — dijo él, cogiendo todas sus compras.

Él no había visto ni la mitad. Esto era solo lo que ella podía llevar. Más cosas habían sido pedidas, y se entregarían pronto.

—Bien, — dijo él cuando dejo las bolsas en la mesa, casi cayéndose un montón de papel de seda y cintas, —al menos hoy no estás llevando el negro espantoso.

Ella le hecho una mirada sobre su hombro cuando se enderezó.

Hoy ella llevaba puesto un vestido lila y marfil, un poco brillante para el final del invierno, pero se lo puso con la esperanza de que la primavera llegara pronto. Además, vestida tan bien garantizaba el mejor servicio de las tiendas que ella había visitado.

Para su sorpresa, muchos de los comerciantes la recordaban de años atrás, y habían creído su mentira sobre un largo viaje al sur del continente.

— ¿Y a qué debo este placer? — Ella se desató su capa de piel blanca, otro regalo para sí misma, y la echo en una de las sillas de alrededor de la mesa del vestíbulo. — ¿No te vi esta mañana en el jardín?

Edward permaneció sentado, con una familiar, juvenil sonrisa en su cara.

— ¿No les permiten a los amigos visitarse más de una vez al día?

Ella apartó la mirada.

Ser amiga de Edward no era algo con lo que estaba segura que podía lidiar. No cuando siempre tenía ese brillo de color zafiro en sus ojos, y no cuando él era el hijo del hombre que le había arrebatado su destino de sus manos. Pero en los dos meses desde que ella había terminado lo que había pasado entre ellos, a menudo se había encontrado echándole de menos.

No los besos y el coqueteo, sólo a él.

— ¿Qué quieres, Edward?

Un destello de ira atravesó su cara, y él se levantó.

Ella tuvo que inclinar su cabeza hacia atrás para mirarlo.

—Dijiste que todavía querías ser mi amiga. — Dijo en voz baja.

Ella cerró los ojos por un momento.

—Lo dije.

—Así que eres mi amiga, — él dijo, elevando su tono. — Cena conmigo, juega al billar conmigo. Dime qué libros lees, o compras, — añadió con un guiño en dirección a sus bolsas.

— ¿Ah sí? — ella preguntó, forzándose a darle una medio sonrisa. — ¿Y tienes tanto tiempo estos días que tú puedes otra vez pasar horas conmigo?

—Bien, yo tengo mi multitud habitual de chicas para atender, pero siempre puedo buscar tiempo para ti.

Ella pestañeó hacia él.

—Realmente me honras. — En realidad, pensar en Edward con otras mujeres hacía que ella quisiera romper una ventana, pero no sería justo dejarle saber esto.

Ella hecho un vistazo al reloj de la pequeña mesa de al lado de la pared.

—Tengo que volver a Rifthold ahora mismo, — dijo.

No era una mentira.

Ella todavía tenía unas pocas horas de luz, suficiente tiempo para observar la casa adosada y elegante de Garrett antes de arrastrarle por unas horas hasta conseguir su habitual paradero.

Edward asintió, su sonrisa se desvanecía.

El silencio permaneció, solo interrumpido por el tictac del reloj de la mesa. Ella cruzó sus brazos, recordando cómo había olido, cómo habían sabido sus labios. Pero esta distancia entre ellos, este horrible vacío que se extendía cada día, era lo mejor.

Edward dio un paso más cerca, exponiendo sus palmas hacia ella.

— ¿Quieres que yo luche por ti? ¿Es lo que quieres?

—No… — ella dijo en voz baja. —Sólo quiero que me dejes en paz.

Sus ojos parpadearon con las palabras que no dijo. Bella le contemplo, sin moverse, hasta que silenciosamente se fue.

Sola en el vestíbulo, Bella apretó y aflojó sus puños, de repente indignada con todos los preciosos paquetes de la mesa.

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