No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Sarah J. Maas. Yo solo me divierto un poco.

.

.

.

Jacob sabía que Bella estaba de mal humor sin siquiera hablar con ella. En realidad, no se había atrevido a hablarle desde antes que el baile hubiera comenzado más que para posicionarla afuera en el patio, escondida en las sombras de un pilar. Unas pocas horas en la noche invernal la enfriarían. Desde su lugar adentro, metido en una alcoba cerca de una entrada de servicio, podría mantener un ojo en el resplandeciente baile frente a él, así como a la asesina de pie montando guardia justo fuera de las imponentes puertas del balcón. No es que no confiara en ella, pero teniendo a Bella en uno de esos estados lo ponían al borde, también.

Ella actualmente estaba apoyada contra el pilar, de brazos cruzados, no escondiéndose en las sombras, como le había dicho. Él podía ver los zarcillos de su respiración enrollándose en el aire nocturno, y la luz de la luna brillando en la empuñadura de una de las dagas que llevaba a su lado.

El salón de baile había sido decorado en colores azul glacial y blanco, con franjas de seda flotando desde el techo y ornamentadas bolas de cristal colgaban en medio. Era algo sacado de un sueño de invierno, y era en honor a Anthony de todas las personas. Unas pocas horas de entretenimiento y una pequeña fortuna gastadas para un chico que actualmente estaba de mal humor en su pequeño trono de cristal, bajando dulces por su garganta mientras su madre le sonreía. Nunca le diría a Edward, pero Jacob temía el día en que Anthony creciera y se convirtiera en un hombre. Lidiar con un niño mimado era más que suficiente, pero un líder mimado y cruel sería completamente otro tema. Entre él y Edward esperaban poder ver cualquier corrupción que estuviera ya pudriendo el corazón de Anthony, una vez que Edward ascendiera al trono.

El heredero estaba en la pista de baile, cumpliendo con sus obligaciones con la corte y la corona bailando con cualquier dama que demandaba su atención. Las cuales, como era de esperar, eran casi todas. Edward actuaba bien su papel y sonreía durante los valses, una agraciada y competente pareja, ni una vez quejándose o rechazando a una dama. El baile finalizó, Edward reverenció a su pareja, y antes de que pudiera dar un paso, otra cortesana estaba haciendo una reverencia frente a él. Si Jacob hubiera estado en los zapatos de Edward ya se hubiera quejado, pero el príncipe solo sonrió, tomó la mano de la dama y la balanceó sobre el suelo.

Jacob miró afuera otra vez y se enderezó. Bella no estaba en el pilar.

Ahogó un gruñido. Mañana, tendrían una agradable y larga conversación sobre las reglas y las consecuencias de abandonar los puestos durante sus obligaciones de guardia.

Una regla que él estaba rompiendo, se dio cuenta mientras se deslizaba fuera de la alcoba y hacia la puerta que había sido dejada entreabierta para dejar pasar aire fresco en el cálido salón de baile. ¿A dónde diablos había ido? Tal vez ella había visto alguna señal de problemas, no era que alguna vez hubiera habido un ataque en el palacio, y no era que alguien fuera tan estúpido como para intentarlo durante un baile real. Pero aun así puso una mano en la empuñadura de su espada mientras se acercaba a lo alto de los escalones que bajaban hacia el jardín escarchado. Ella había estado parada justo aquí, y-

Jacob la vio. Bueno, ciertamente ella había abandonado su puesto. Pero no para enfrentar una amenaza potencial. Jacob cruzó sus brazos. Bella había abandonado su puesto para bailar. La música era lo bastante fuerte que llegaba ahí y al pie de la escalera, Bella bailaba consigo misma. Ella incluso sostenía el borde de su capa oscura como si fueran las faldas de un vestido de noche, su otra mano puesta en el brazo de una pareja invisible. Él no sabía si debería reír, gritar, o solo regresar dentro y fingir nunca haberla visto. Ella giró, un elegante movimiento que la trajo cara a cara con él, y se detuvo. Bueno, la última opción ya no era una posibilidad. Reír o gritar, entonces. Aunque ninguna se sentía apropiada ahora. Incluso en la luz de luna, él pudo ver su ceño.

—Estoy totalmente aburrida y casi muerta de frío— dijo ella, soltando su capa.

Él permaneció arriba de los escalones, solo mirándola.

—Y es tu culpa, —continuó ella, metiendo sus manos en sus bolsillos. — Me hiciste venir aquí afuera, y alguien dejó la puerta del balcón abierta, por lo que pude oír esa hermosa música. — El vals seguía sonando, llenando el frío aire alrededor de ellos con su sonido. — Así que realmente deberías reconsiderar a quien culpar. Es como poner a un hombre hambriento frente a un festín y decirle que no coma. Lo que, por cierto, realmente hiciste cuando me hiciste ir a aquella cena estatal.

Ella estaba murmurando, y su cara estaba lo suficientemente oscura para que él supiera lo mortificada que estaba de que la hubiera atrapado. Él mordió su labio para evitar sonreír y bajó los cuatro escalones hacia el camino de grava del jardín.

—Eres la mayor asesina en Erilea, ¿y sin embargo no puedes montar guardia por unas pocas horas?

— ¿Qué hay allí para vigilar? — ella siseó — ¿Parejas escondiéndose para acariciarse el uno al otro entre los setos? ¿O a su Alteza Real, danzado con cualquier dama elegible?

— ¿Estas celosa?

Ella ladró una risa.

— ¡No! Dioses, no. Pero no puedo decir que sea particularmente divertido observarlo. O mirar a cualquiera de ellos divirtiéndose. Pienso que estoy más celosa de ese gran buffet que nadie está tocando.

Él se rió y lanzó una mirada a lo alto de los peldaños, al patio y a las puertas del salón más allá. Él ya debería haber regresado dentro. Pero aquí estaba, pisando esa línea de la que no podía alejarse. Se las había arreglado para permanecer en este lado de la línea la noche anterior, incluso aunque verla llorando durante la canción de Renee Goldsmith lo había conmovido hasta los huesos, fue como si hubiera encontrado una parte de él que no se había dado cuenta que estuviera perdida. La había hecho correr una milla más esta mañana, no para castigarla por ello, sino porque no podía dejar de pensar en la forma en ella lo había mirado.

Ella suspiró ruidosamente y estudió la luna. Era tan brillante que ahogaba las estrellas.

—Escuché la música y solo quería bailar por unos pocos minutos. Para solo… olvidar todo por un vals y fingir ser una chica normal. Así que...— ella lo miró —gruñe y regáñame por eso. ¿Cuál será mi castigo? ¿Tres millas extra mañana? ¿Una hora de ejercicio? ¿La armería?

Había una especie de sombría amargura en sus palabras que no le sentó bien. Y sí, ellos tendrían una conversación acerca de abandonar sus puestos, pero en este momento... En este momento... Jacob cruzó la línea.

—Baila conmigo— dijo, y extendió una mano hacia ella.

Bella miró la mano extendida de Jacob.

— ¿Qué?

La luz de luna atrapó sus ojos dorados, haciéndolos brillar.

— ¿Qué no entendiste?

Nada. Todo. Porque cuando lo dijo, no había sido de la manera en que Edward le había pedido bailar en el baile de Yulemas. Esa apenas había sido una invitación. Pero esto... Su mano se mantenía extendida hacia ella.

—Si mal no recuerdo, —ella dijo, alzando su barbilla, — en el baile de Yulemas, te pedí bailar, y tú te negaste rotundamente. Dijiste que era demasiado peligroso para nosotros que nos vieran bailando juntos.

—Las cosas son diferentes ahora—. De nuevo, otra declaración encubierta que no podía empezar a ordenar ahora.

Su garganta se apretó y miró hacia su mano, salpicada con callos y cicatrices.

—Baila conmigo, Bella—, dijo de nuevo, su voz áspera.

Cuando sus ojos encontraron los de él, se olvidó del frío, de la luna, y del castillo de cristal cerniéndose sobre ellos. La biblioteca secreta y los planes del rey y Mort y Elizabeth se desvanecieron de la nada. Ella tomó su mano, y solo estaba la música y Jacob. Sus dedos eran cálidos, incluso a través de sus guantes. Él deslizó su otra mano alrededor de su cintura mientras ella ubicaba una de las suyas en su brazo. Ella alzó su vista hacia él cuando comenzó a moverse, un paso lento, luego otro, y otro, acomodándose al tranquilo ritmo del vals.

Él la miró de vuelta, ninguno de ellos sonriendo, de alguna manera más allá de sonreír en ese momento. El vals se alzó, más alto, más rápido, y Jacob la guió en él, nunca tropezando. Su respiración se volvió desigual, pero no podía apartar su mirada de él, no podía dejar de bailar. La luz de luna y el jardín y el brillo dorado del salón de baile se oscurecieron, ahora a millas de distancia.

—Nunca seremos un chico y chica normales, ¿o sí? —, se las arregló para decir.

—No—, dijo él, sus ojos llameantes, —no lo seremos.

Y luego la música explotó alrededor de ellos, y Jacob la llevó con ella, girándola tanto que su capa se desparramó alrededor de ella. Cada paso era impecable, letal, como la primera vez que habían fintado juntos hace tantos meses. Ella sabía cada paso suyo y él los de ella, como si hubieran bailado ese vals juntos toda su vida. Más rápido, nunca vacilante, nunca apartando su mirada. El resto del mundo se convirtió en nada. En ese momento, luego de 10 largos años, Bella miró a Jacob y se dio cuenta que estaba en casa.

.

.

.

Edward Cullen estaba de pie en la ventana del salón de baile, mirando a Bella y a Jacob bailar más allá en el jardín, sus capas oscuras y ondeando alrededor de ellos como si no fueran más que dos fantasmas girando a través del viento. Luego de horas de bailar, se las había arreglado para liberarse de las damas que demandaban su atención, y había venido a la ventana para tener un muy necesitado aire fresco. Había tenido intención de salir, pero los había visto. Eso había sido suficiente para detener sus pasos, pero no suficiente para alejarse. Él sabía que debería. Debería alejarse y pretender que no había visto eso, porque, aunque era solo un baile...

Alguien pisó junto a él, y miró hacia arriba a tiempo para ver a Rosalie detenida en la ventana. Luego de meses de poco frecuentar la corte debido a la masacre rebelde en Eyllwe, ella había hecho una aparición esta noche. Estaba resplandeciente en un vestido cobalto con acentos de hilo dorado, su cabello enrollado y trenzado en una corona sobre su cabeza.

Sus delicados aretes dorados brillaron en la luz del candelabro, dirigiendo sus ojos a su elegante cuello. Rosalie era fácilmente la mujer más hermosa en el salón, y él no había dejado de notar cuantos que muchos hombres, y mujeres, la habían estado mirando toda la noche.

—No les causes problemas— dijo silenciosamente, su acento marcado, pero mejorado desde que había llegado a Rifthold.

Edward alzó una ceja. Rosalie trazó un patrón invisible en el panel de cristal.

—Tú y yo... siempre estaremos apartados. Siempre tendremos...— ella buscó la palabra. —Responsabilidades. Siempre tendremos cargas que nadie más puede entender. Que ellos, — ella inclinó su cabeza hacia Jacob y Bella, —nunca entenderán. Y si lo hicieran, entonces no las querrían.

Ellos no nos querrían, quieres decir.

Jacob giró a Bella, y ella se movía suavemente en el aire antes de volver a sus brazos.

—Ya he decidido continuar, —dijo Edward con igual silencio.

Era la verdad. Se había despertado esta mañana sintiéndose más ligero de lo que se había sentido en semanas. Rosalie asintió, el oro y joyas en su cabello titilando.

—Entonces te agradezco por ello. — Ella trazó otro símbolo en la ventana. —Tu primo, Alistair, me dijo que tu padre ha aprobado el plan del Concejal Barren para aumentar las filas de Calaculla, para expandir la labor de campo para acomodar... más... personas.

Él mantuvo su cara inexpresiva. Había demasiados ojos sobre ellos.

— ¿Alistair te dijo eso?

Rosalie bajó su mano de la ventana.

—Él quiere que le diga a mi padre que apoyo su agenda, hacer que mi padre haga la expansión tan fácil como sea posible. Me rehusé. Él dice que hay una reunión del Consejo mañana en la que votarán los planes de Barren. No se me permite asistir.

Edward se concentró en su respiración.

—Alistair no tenía derecho de hacer eso. Nada de eso.

—Entonces, ¿lo detendrías? —. Sus ojos oscuros se fijaron en su cara. —Háblale a tu padre en la reunión del consejo, convence a los demás para decir no.

Nadie excepto Bella se atrevía a hablarle de esa manera. Pero su audacia no tenía nada que ver con su respuesta cuando dijo:

—No puedo.

Su cara se calentó mientras las palabras salían, pero era la verdad. Él no podía hacer frente a Calaculla, no sin causar problemas a él y Rosalie. Ya había convencido de dejar sola a Rosalie. Demandar que cerrase Calaculla podría forzarle a escoger lado... y tomar una decisión que podría destruir todo lo que tenía.

— ¿No puedes, o no quieres? — Edward suspiró, pero ella lo cortó. —Si Bella fuese enviada a Calaculla, ¿La liberarías? ¿Pondrías un alto al lugar? Cuando la sacaste de Endovier, ¿Pensaste dos veces en los cientos de personas que dejaste atrás? — Él había, pero...pero no tanto como debió. —Inocentes trabajan y mueren en Calaculla y Endovier. Cientos. Pregúntale a Bella sobre las tumbas que cavan, príncipe. Mira las cicatrices en su espalda y date cuenta que lo que por lo que ella ha pasado es una bendición comparado con lo que la mayoría aguanta. — Tal vez ya se había acostumbrado a su acento, pero podía jurar que ella estaba hablando más claramente. Rosalie apuntó al jardín, a Bella y Jacob, que habían terminado de bailar y estaban hablando. —Si ella fuera regresada, ¿La liberarías?

—Por supuesto que lo haría— dijo cuidadosamente. —Pero es complicado.

—No hay nada complicado. Esa es la diferencia entre lo bueno y lo malo. Los esclavos en esos campos tienen personas que los aman tanto como amaste a mi amiga.

Él miró alrededor de ellos. Las damas estaban mirando con ansia desde detrás de sus abanicos, e incluso su madre había notado su larga conversación. Afuera, Bella había retomado su puesto en el pilar. En el otro lado del cuarto, Jacob se deslizó por una de las puertas del patio y ocupó su lugar en la alcoba, sin expresión, como si el baile nunca hubiera pasado.

—Este no es el lugar para esta conversación.

Rosalie lo miró por un largo momento antes de asentir.

—Tienes poder en ti, príncipe. Más poder del que te das cuenta—. Ella tocó su pecho, trazando un símbolo allí, y algunas de las damas de la corte jadearon. Pero los ojos de Rosalie estaban fijos en los suyos. —Duerme— ella susurró, palmeando su corazón, —Aquí. Cuando el tiempo llegue, cuando despierte, no temas—. Ella retiró su mano y le dio una sonrisa triste. —Cuando sea el tiempo, te ayudaré.

Con eso, se alejó de los cortesanos dividiéndose antes de desaparecer. Se quedó mirando a la princesa, preguntándose qué significaban sus últimas palabras.

Y por qué, cuando las había dicho, algo profundo dentro de él, algo antiguo e inactivo había abierto un ojo.

.

.

.

Uhhhhh! ¿qué será? ¿qué será? Jeje no olviden dejar sus comentarios :3

¡Nos leemos pronto!