02.


La siguiente vez que Kurt vio a su profesor de matemáticas, fue en el aula de ciencias, después de que sus clases habían acabado. En el salón no habían más de diez estudiantes, todos con pinta de no querer estar allí. El chico entró, caminando lentamente y se ubicó en el pupitre frente al escritorio de su maestro. Intentó mantenerse sereno, mientras él llegaba, sacando entre tanto su libreta de apuntes y un par de lápices.

Recordó porqué había caído en la burda mentira de no entender la clase, cuando su imponente profesor ingresó al salón, deslumbrándolo con su impecable sonrisa, y sus trabajados bíceps que sobresalían de la camiseta polo que traía puesta. Aunque la tarde no estaba del todo calurosa, a Kurt le dieron ganas de abanicarse con sólo verlo. Los pantalones color caqui del señor Anderson se pegaban firmemente a sus muslos y el adolescente sintió de pronto la boca seca. Era demasiado atractivo para su propio bien, o para el bien de Kurt. Casi chocó los cinco mentalmente consigo mismo por fingir su estupidez, ya que aquel espectáculo no tenía precio.

- Buenas tardes – saludó el hombre, con su habitual cortesía – Veo que tenemos una gran asistencia hoy.

Kurt se volvió a mirar los pupitres vacíos tras de él. Si esa era una gran asistencia, no quería saber lo que sería una mala.

El señor Anderson se sumió en una extensa y detallada explicación de lo que era una ecuación que Kurt podría hacer con los ojos vendados. Sabía que era una locura perder su tiempo con un taller que no necesitaba en absoluto, sólo por mirar a su nuevo maestro, pero quién podría culparlo, cuando el sujeto estaba para comérselo con zapatos incluidos.

- ¿Algún voluntario para resolver este ejercicio? – el hombre escrutó el salón, con ojos esperanzados - ¿Alguien? – Kurt miró hacia sus desinteresados compañeros de aula, con los pies picando por ponerse en pie - ¿Kurt? – oyó la dulce voz del profesor, diciendo su nombre, como si depositara toda su confianza en la buena voluntad del joven.

- ¿Uh? – el chico volteó a ver al frente con sus ojos abiertos en sorpresa. Él no esperaba que recordara su nombre.

- ¿Quieres venir al frente? – el chico de pelo castaño asintió, con las mejillas comenzando a ruborizarse.

Recibió el marcador de la mano de su maestro, rozando intencionalmente los dedos con él, para tocarle con disimulo.

La ecuación frente a sus ojos era simple, al punto que podría saber el valor de "x" sin necesidad de hacer el desarrollo del ejercicio, pero como deseaba seguir viendo a su profesor en camisetas de manga corta, sonriéndole como un dios griego, debía pretender no saber.

Garabateó indeciso un par de números, borrándolos luego, poniendo su mejor cara de inocencia, sabiendo lo bien que esa expresión le salía.

- ¿Qué ocurre? – susurró, prácticamente, el señor Anderson junto a él, erizándole los bellos de la nuca al menor.

- Es… es sólo que… no estoy muy seguro – dijo el chico, mordiendo el marcador, en un gesto que suponía ser sexi.

- Lo que escribiste, antes de borrar… estaba bien – comentó, dándole una sonrisa para infundirle ánimos. Kurt sintió que podía besarlo ahí mismo frente a todos.

- Okay – siseó en cambio, volviendo a borrar el desarrollo mal hecho. Reescribió los números, esta vez correctamente, pero anotó una respuesta errónea para el valor de la incógnita.

- Hmm… - el maestro puso una mano en su barbilla y observó los garabatos de Kurt, para luego volver a mirarlo a él - ¿Estás seguro de esa respuesta? – Kurt negó lentamente, agitando sus pestañas – Revísalo nuevamente – pidió. Kurt fingió analizar la ecuación, y gesticuló como si hubiera encontrado el error, dándole una pequeña sonrisita traviesa al señor Anderson. Entonces, escribió el valor correcto de "x" – Eso es… muy bien… - lo felicitó, recibiendo el marcador de vuelta de las manos de Kurt – Este es un error muy común… – continuó hablando para el resto de la clase, por lo que al chico no le quedó más que volver a su asiento – Muchos de ustedes logran tener un buen desarrollo del ejercicio, pero erran en el resultado final, porque no prestan suficiente atención a los signos…

La clase continuó, mientras que los ojos de Kurt siguieron en todo momento los movimientos de su profesor. El chico estaba fascinado, y su mente rememoraba las fantasías de su ducha caliente del día anterior. Era consciente que debía mantener las imágenes a raya, si no deseaba tener una erección en medio de la clase de reforzamiento. Cuando finalmente, el taller acabó, el maestro se encargó de darles a cada uno un cuadernillo de ejercicios.

- Recuerden que deben traer este cuadernillo el viernes, con las páginas 22 y 23 resueltas – informó, antes de que todos los chicos se marcharan. Kurt, deliberadamente, tardó más de lo necesario en guardar sus cosas, tirando sus lápices al suelo, fingiendo torpeza - ¿Qué te ha parecido el taller de reforzamiento, Kurt? – preguntó el señor Anderson, poniendo las manos en los bolsillos de su pantalón, logrando que su trasero destacara aún más en su ajustada prenda.

- Y-yo… si, ha… ha ido bien… - tartamudeó, acomodando la tira del bolso sobre su hombro, casi sin poder despegar sus ojos de la parte baja de su maestro.

- Te dije que sería de ayuda – nuevamente, la sonrisa encantadora de su maestro, deslumbró a Kurt; haciéndolo sonreír ampliamente sin poder siquiera evitarlo.

- Gracias, señor Anderson – murmuró, mirándolo con intensidad. El hombre abrió la boca para decir algo, pero se distrajo con la expresión intensa de Kurt.

- Hmp… - aclaró su garganta con una tosecita, volteándose para recoger sus cosas también – Nos vemos mañana, Kurt.

El chico salió del salón con las mejillas sonrojadas y una traviesa sonrisa adornando su pálido rostro de porcelana. Volteó a ver por última vez a su querido maestro, quien, coincidentemente, también lo observaba. El profesor bajó la mirada rápidamente, y Kurt suspiró. Tal vez su tonto plan, pueda resultar, después de todo.

Los otros días, no fueron diferentes. Cuando se trataba de su clase avanzada de matemáticas, Kurt mantenía un perfil bajo, para no llamar la atención y dejar en evidencia frente a sus compañeros que lo conocían y sabían lo bueno que era en matemáticas, que estaba fingiendo. Además de que su amiga Rachel estaba todo el tiempo mirándolo como si pudiera leer su retorcida mente adolescente.

Era cuando llegaba al aula de ciencias, luego que las clases acabaran, que su teatro iniciaba realmente, pretendiendo tener dudas todo el tiempo, logrando que su maestro pasara más tiempo en su pupitre, que frente a los demás, impartiendo la clase de reforzamiento. Blaine tampoco hacía un gran esfuerzo en alejarse o conservar la distancia con el chico, pues cada vez que notaba el ceño fruncido en confusión en la cara de Kurt, se acercaba sin ser llamado, para ayudarle a resolver cualquier conflicto que pudiera tener. El castaño tardaba siempre en meter sus cosas al bolso, quedándose hasta que sólo estuviera su maestro y él, para tener una breve plática, en donde las miradas decían mucho más que las palabras. Al término de la primera semana, Kurt ya sabía que el hombre, motivo de sus fantasías, se llamaba Blaine; nombre que él se había encargado de elogiar, asegurándole a su profesor que era muy lindo y que le quedaba bien; además de haber averiguado que venía de Westerville y que rentaba un pequeño departamento cerca de la zona comercial, mientras terminaba el curso, que su color favorito era el morado y que era un gran admirador de la música orquestada y del jazz. Kurt se sentía satisfecho del gran avance que había hecho, cuando pensó que todo era una pérdida de tiempo en un principio.

La semana siguiente, Kurt asistió puntualmente al taller de reforzamiento, confirmando que él era el único yendo allí por voluntad propia. Blaine entró al salón con una pequeña caja, llena de caramelos, los cuales pretendía usar para hacer sus clases un poco más interactivas y didácticas.

- Buenas tardes, chicos – saludó como solía hacer, depositando la caja sobre su escritorio. Los ojos curiosos de Kurt observaron el paquete con interés – Hoy tendremos una ronda de actividades… con dulces premios - El castaño se dijo a sí mismo, que su maestro era el premio mayor – Cada uno de ustedes pasara a resolver un ejercicio y por cada respuesta correcta, tendrán uno de estos – el hombre tomó uno de los caramelos rojos del interior de la caja, enseñándolo al salón.

Esa fue tal vez la clase más participativa que el señor Anderson había tenido en los tres meses que llevaba impartiendo el taller de reforzamiento. Kurt, sin embargo, no pudo evitar demostrar parte de sus habilidades, llevándose una gran cantidad de caramelos en recompensa por sus acertadas respuestas. Nuevamente el chico esperó a que el salón se vaciara.

- Debería traer este tipo de premios más seguido, para tenerlos a todos atentos a la clase – bromeó el mayor, recogiendo un par de papeles y guardándolos en su maletín de cuero.

- Tal vez… - Kurt sonrió, agradecido de que su tartamudeo inicial se acabara a la hora de hablar con su maestro – En lo personal, amo estos caramelos – en un gesto que no pretendía ser insinuante en absoluto, el chico desenvolvió el dulce de color rojo, llevándoselo a la boca, para luego lamer el resto de uno de sus dedos. Blaine siguió todo el movimiento de sus labios atentamente, lo cual no pasó desapercibido para Kurt.

Cuando el chico percibió que tenía un pequeño efecto en su maestro, no dudó medio segundo en pasar su lengua lentamente por su labio inferior, saboreando la dulzura que el caramelo le dejó. Su maestro aclaró su garganta y forzó una sonrisa, para disimular su aturdimiento.

- M-me quedan… me quedan algunos… si quieres – ofreció torpemente, tomando la caja y acercándose a Kurt – Sólo… no los comas todos de una vez – advirtió como si de un dentista se tratara.

- Gracias, señor Anderson – susurró, con la voz grave, intentando sonar sexi.

- N-no… no es nada – el hombre se rascó la nuca y terminó de recoger sus cosas – Hasta mañana, Kurt.

Esta vez, fue el profesor quien se retiró primero, dejando a un acalorado Kurt guardando caramelos en su bolso.

Las actividades con premios se habían vuelto algo recurrente para el profesor Anderson, quien había encontrado fascinante ver a Kurt comer los caramelos, con sus rosados labios humedecidos por su lengua. El hombre sabía que no podía dejar ir sus pensamientos mucho más allá, pero el chico era tan cautivador, siempre mirándolo con esos profundos ojos azules llenos de inocencia y pureza, mientras su boca decía cosas cargadas de un doble sentido que le agitaba las hormonas.

El día viernes decidió comprar una gran bolsa de paletas, de lo cual se arrepintió en cuanto vio la forma en que el castaño chico decidió comerla.

Kurt había sido el primero en ganar su merecido premio, recibiendo de las manos del señor Anderson una paleta de fresa. No esperó ni un segundo para quitarle el envoltorio, y llevarse a la boca el redondo caramelo, saboreándolo con placer, frente a la mesa del profesor, donde solía sentarse. Lamió el dulce, sacándolo de su boca y volviéndolo a meter, despreocupadamente, hasta que sus ojos ingenuos captaron la mirada de Blaine sobre él.

Blaine se maldijo a sí mismo, por la fatal idea de comprar precisamente aquellos caramelos. Nunca pensó que algo tan inocente como su alumno comiendo un caramelo, pudiera encenderlo a tal punto. Casi podía imaginarlo haciendo maravillas con esa lengua en otras circunstancias. Cuando los pantalones comenzaron a incomodarle, se vio obligado a concentrar su mirada en algo más, si no deseaba quedar totalmente expuesto como un enfermo pervertido delante de su clase.

Para prevenir cualquier oportunidad de cometer una locura, recogió sus cosas antes de darles la salida a la clase, retirándose junto con todos sus alumnos, evitando quedar a solas con Kurt y las fantasías de su cabeza.

Ciertamente llevaba demasiado tiempo solo, luego de haber terminado su última relación de casi dos años. Habían pasado casi siete meses, y como no le quedaba mucho tiempo después del trabajo, no salía a conocer gente. Tal vez ya fuera hora de hacerlo, antes de que las ganas de seguir mirando a su alumno, lo desquiciara. Pero, se le hacía tan difícil quitarse la imagen mental del chico lamiendo animadamente la redondez del caramelo, con sus ojos profundos y azules. Era tan hermoso y perfecto para Blaine, que temía estar metiéndose en algo peligroso.

-o-

Aquella semana, Kurt tampoco fue al ensayo del coro, y su amiga Rachel no pudo dejarlo pasar tan fácilmente. Ella estaba segura que algo estaba entreteniendo demasiado a su amigo y quería averiguar qué era.

- Es la segunda vez, Kurt – insistió la morena, caminando con el castaño hacia la cafetería – Y tu jamás habías faltado a un ensayo, en estos tres años.

- Lo sé, es sólo que tuve cosas que hacer – se excusó vagamente, sabiendo que no podía confesarle la verdad a Rachel – Eso es todo.

- ¿Cosas que hacer? – cuestionó la chica, poniendo los brazos en jarras, con una expresión de total incredulidad pintada en el rostro - ¿Acaso estaban rematando alguna tienda de ropa exclusiva, o qué? Tú no eres así, y estoy segura de que te pasa algo.

- Deja de imaginar cosas, Rach – la cortó el chico – Nada pasa, créeme.

- ¿Son los chicos del equipo? ¿Se están metiendo contigo? – su voz cambió a un tono preocupado.

- Dios, no… - se escandalizó el chico – Si algo así pasara, tú serías la primera en enterarte.

- Tal vez… - la chica se quedó pensativa por un rato, antes de añadir – Sólo, ven a los ensayos y ya deja ese misterio que te traes.

- Lo haré, tranquila – aseguró el chico, con tal de quitarse a su amiga de encima.

Y tal como prometió, ese viernes esperó por que el taller de reforzamiento acabara, para tener un breve momento a solas con su maestro. Éste en un principio intentó escabullirse, pero Kurt lo retuvo.

- ¡Señor Anderson! – lo llamó, por sobre el bullicio del salón vaciándose. Lo tomó suavemente del brazo y el hombre volteó sorprendido.

- Kurt… ¿Q-qué necesitas? – balbuceó, mirando a los demás alumnos salir del aula.

- Yo… tengo algo que decirle – la mente hábil del mayor, voló lejos, imaginando diversos motivos para que el chico le dijera eso. Lo primero que le vino a la mente, es que se confesaría; pero luego de considerarlo demasiado temerario, para la inocente timidez característica en el chico, lo descartó.

- Dime, ¿de qué se trata? – Blaine se esforzó en sonar normal, a pesar de las conjeturas que su cabeza no paraba de hacer.

- Oh, es sólo que… - Kurt jugueteó distraídamente con el pañuelo atado en su pantalón – Estoy en el club Glee, y tenemos ensayo los jueves… - explicó, aliviando la maraña de pensamientos que su profesor tenía – Ya me he saltado dos ensayos por venir al taller de reforzamiento, y me preguntaba si… ¿Podía hacer una excepción conmigo, al menos los días jueves?

- Por supuesto, Kurt… este taller sólo es obligatorio para algunos chicos – informó – Aquellos que están reprobando la clase normal de matemáticas, o quienes pertenecen a algún equipo y necesitan mantener cierto rango de calificaciones… - la sonrisa cordial volvió a su rostro, mientras observaba el alivio en los ojos de Kurt – Puedes ir tranquilo.

- Gracias, señor Anderson – el chico se mantuvo en silencio, sólo mirándolo.

- Me gustaría oírte cantar – soltó de improviso el maestro, encendiendo una llama en los ojos del menor – Digo, debes… debes ser muy bueno en eso – añadió, algo avergonzado el hombre.

- Quizás… algún día… en un karaoke o algo… - sugirió el castaño, coqueto.

- Sí, seguro – asintió Blaine, bajo el hechizo de los ojos de Kurt.

- De acuerdo, entonces… - el chico se acercó a su profesor, con un objetivo en mente. Con movimientos vacilantes, envolvió al hombre con sus delicadas manos, en un abrazo simple. Blaine sintió que su cuerpo se crispaba por completo al contacto con su alumno. Kurt se separó, no sin antes depositar un dulce beso en la mejilla de su maestro. La cabeza del profesor, terminó por estallar al sentir los suaves labios del chico sobre su piel – Nos vemos el lunes, señor Anderson – el castaño susurró las palabras, con voz baja y sugerente.

Cuando el chico se fue, con una sonrisa divertida en el rostro, Blaine soltó el aire que había contenido. Se sentía como un completo idiota, por permitir que un adolescente tuviera ese efecto en él, como si el profesor fuera un chiquillo virgen. Se miró el bulto en los pantalones y maldijo nuevamente. Necesitaría una ducha fría.

Kurt llegó a su casa y a la carrera se encerró en su cuarto, como había hecho varias veces, desde que estaba yendo al taller de reforzamiento; puso el seguro a la puerta y se deshizo de sus pantalones. Con su mano ansiosa, envolvió la longitud de su miembro y se acarició a si mismo con avidez. El recuerdo de su profesor de matemáticas llegó a su mente, junto con un sinfín de vívidas fantasías. No estaba seguro de cuánto tiempo soportaría esto, ni si se podría contener la siguiente vez que lo viera. El señor Anderson lo tenía al borde, con su sonrisa y sus ojos avellana… con su cuerpo, que parecía hecho para pecar… Oh, Kurt quería morder ese fruto prohibido, demasiado. Jadeó de deseo cuando sentía que su orgasmo se aproximaba, produciéndole un calor en el estómago. En su mente, la boca de su maestro envolvía diligentemente su pene, succionando con rudeza. La potencia de esa imagen mental, lo llevó a derramarse con dos empujes más, en su mano y en el piso.

Blaine, en la soledad de su departamento, imitó el actuar de su alumno, metiéndose bajo la ducha y bombeando su miembro rápidamente, en busca de quitarse las ganas que lo carcomían por dentro, de apoderarse del inocente cuerpo de Kurt. Su cabeza lo atormentaba con las más calientes posiciones en las que podría cogerse a su alumno, que no duró mucho tiempo antes de venirse contundentemente sobre su mano. Estaba perdiendo el juicio y no sabía cómo detenerlo.