ꟷ ¡Claro que te ayudaré! Es una de las mejores ideas para hacer felices a los niños ꟷ, respondió Abril encantada con la idea.

A pesar de que aún faltaban tres semanas para el cumpleaños, Leonardo quería hacerla antes de que el efecto en sus hermanos pasara, así que Abril le sugirió una semana para los preparativos. Casey y Usagi fueron invitados a la fiesta, Abril se encargó de la preparación del pastel y Leonardo de la decoración, Usagi y Casey reunían ideas para la diversión durante la fiesta. Todo quedó listo en la madrugada de aquel día para que cuando los chicos despertaran todo estaría preparado.

Cuando los chicos despertaron y no vieron a su hermano mayor, comenzaron a llamarlo para verlo, de inmediato Leonardo acudió.

ꟷ Buenos días niños ꟷ, les dijo el mayor a sus pequeños, todos sonrieron al verlo y Mikey extendió sus bracitos para que su hermano lo cargara.

ꟷ ¿Saben que días es? ꟷ les preguntó el mayor.

ꟷ No… ꟷ respondieron al fin después de pensar unos segundos.

ꟷ ¿Nos tienes una sorpresa, Leo? ꟷ preguntó el de rojo, la mirada en Leo le decía que pronto habrían de tenerla.

ꟷ Si… ¿quieren ir a ver la sorpresa?

ꟷ ¡SI! ꟷ respondieron los chicos, Rafael y Donatelo corrieron hacia la cocina, Leonardo iba detrás de ellos con Mikey aún en sus brazos.

Los chicos no entraron a la cocina porque todas las luces estaban apagadas y les daba un poco de miedo, pero cuando su hermano se acercó ellos ya no temían y esperaron a que Leonardo encendiera la luz.

ꟷ ¡Sorpresa! ¡Feliz cumpleaños! ꟷ los invitados exclamaron con entusiasmo al encenderse las luces. Los chicos se asustaron un poco, pero al ver el enorme pastel en la mesa, los globos y los regalos, olvidaron su sobresalto de inmediato.

ꟷ ¡Oh! ¡Qué pastelote! ꟷ exclamó Donnie al ver el enorme postre.

ꟷ ¿Eso es para mí? ꟷ preguntó Rafael mirando una de las cajas en la mesa.

ꟷ ¡Quero astel! ꟷ gritaba Mikey casi zafándose de los brazos de su hermano mayor.

Leonardo sentó a sus hermanitos a la mesa mientras Abril cortaba el pastel y servía a todos, Leonardo comía con tanto entusiasmo como los más chicos, mirándolos comer, pero sin permitirles hartarse, quería que jugaran antes de repetir el postre.

Casey y Usagi, después de comer, organizaron los juegos para los pequeños. Ponían música para que todos bailaran y la cortaban para que se quedaran quietos, el que se movía, perdía. Les daban pistas para que encontraran un tesoro perdido, el cual era un cofre de madera pequeñito lleno de dulces. Guerritas con globos llenos de agua, abrir los regalos, volver a comer pastel, ver una película traída por Casey, divertirse con todos los juguetes llevados por Usagi de su otro mundo. Todo ese día estuvo lleno de diversión y sorpresas, los chicos gastaron todas sus energías en risas, comida deliciosa, juegos y sonrisas, la felicidad era la dueña absoluta en aquel hogar.

Para el final del día Casey y Usagi se acercaron a Leo.

― Amigo, es un gran trabajo el que realizas, pero siento que es demasiado para ti ―, le decía el samurái ―, yo te podría ayudar con uno de ellos, si me lo permites podría llevarme a alguno y cuidarlo como mi discípulo mientras aún es pequeño ―. Leonardo se sorprendió al escuchar esta propuesta.

― Pienso lo mismo, Leo ―, secundó Casey ―, podrías darme a alguno, seguro que a cualquiera le encantaría pasar unos días libre en la granja de la abuela, Abril y yo cuidaríamos bien de él ―. La creciente sorpresa en Leonardo no se podía ocultar.

― Les agradezco sus buenas intenciones, pero de verdad no creo que sea necesario. No, yo no tendría corazón para separarlos ni para separarme de alguno.

― Leo, el separarlos no significaría que no los amas, pero mírate, cada día luces más y más agotado. De acuerdo, no digas nada, sólo piénsalo, sabemos que por voluntad no lo harías, pero son muchos para que los cuides tú solo.

Leonardo miraba a sus hermanitos, Rafa y Donnie estaban jugando con los obsequios que habían recibido mientras que Mikey comenzaba a dormitar en una de las esquinas del sofá de la sala.

― No, definitivamente no amigos, les agradezco en el alma sus ofrecimientos y su preocupación, pero yo nunca los separaría, después de la muerte de nuestro sensei ellos son lo único que me queda, lo único por lo que tengo que vivir, deben permanecer juntos, el que vuelvan a ser unos niños es una nueva oportunidad para que tengan una vida tranquila aunque sea por unas semanas, es lo que yo deseo ―. Les respondía tranquilo y sonriente, una reacción que los amigos ya esperaban de él.

― Esta bien Leo, pero por favor, ante cualquier dificultad que tengas recuerda que te puedes apoyar en nosotros, nunca lo dudes ―. Le recordó su amigo humano.

― Es una lástima que no aceptes, sería un gran honor tener a un miembro del clan Hamato bajo mi tutela ―, dijo el conejo con sinceridad.

― Gracias Usagi, gracias Casey, gracias Abril ―, y con un abrazo se despedían, después de la fiesta de cumpleaños que mucho habían disfrutado los pequeños.

Tan pronto como Leonardo terminó de despedirse de todos sus buenos amigos, se dirigió de nuevo a su hogar por el elevador de la guarida y cuando se acercó al sofá pudo ver a sus tres pequeños acurrucados unos con otros, durmiendo placenteramente, su corazón se llenó hasta el borde de la ternura más pura.

― "No, jamás podría separarlos, estamos destinados a estar juntos y eso me llena de alegría, tal vez suene egoísta porque la ciudad se verá en la necesidad de cuidarse a sí misma por un buen tiempo, pero los pequeños de mi alma merecen una vida tranquila y dichosa... Lástima que sólo quedan dos semanas de esta felicidad, la extrañaré, pero no puedo negar que extraño a mis hermanos "normales"."

Cargando uno a uno de los niños en sus brazos, Leonardo los llevó a su habitación y los acostó en su cama, arropándolos y antes de dormir los observó por largos minutos, dejó salir un suspiro de una linda derrota, sus hermanos eran los legítimos dueños de todo su amor, tuvieran la edad que tuvieran, siempre iban a ser la prioridad en su vida.

…..

Después de un par de días, Donatelo no paraba de mostrarle a su hermano mayor el libro de constelaciones que le habían regalado. Las pintaba y cada que podía le rogaba a su hermano mayor que lo llevara un ratito fuera de la guarida para observarlas. Pero el mayor posponía la salida pues quería que pudiera verlas sin ningún peligro acechándolos, así que planeaba la mejor ruta para que el pequeño genio y los demás pudieran ver aquella hermosa vista en todo su esplendor.

Un portabebés, invención de Leonardo, le permitiría cargar a sus tres pequeños al mismo tiempo, Mikey por delante frente a su pecho, mientras que Rafa y Donnie detrás sobre su caparazón, pudiendo mirar por encima de sus hombros. El joven líder conocía bien las zonas por las cuales los miembros del Pie y los Dragones Púrpuras casi no se dejaban ver. Con un plan que Leonardo estaba convencido de que era el más seguro para él y sus pequeños, ya estaba listo para llevarlos a pasear la siguiente noche.

― ¿Quieren ir de paseo para ver las estrellas? ― Aquella pregunta logró que tres pares de ojitos miraran con ilusión al mayor después de que cenaron.

― ¡SI! ― gritaron todos al mismo tiempo.

Leonardo ya había buscado en un cuarto que les servía de ático, la ropita de cada uno de ellos para llevarlos bien arropados. Pantaloncitos y pequeños suéteres viejos pero bien abrigadores lucían todos ellos, no había zapatitos, pero Leonardo le puso a cada uno de ellos gruesos calcetines para mantener sus piecitos gozando de una cómoda temperatura.

Colocando a Rafa y a Donnie en el portabebés para abrochar bien las correas de seguridad, Leonardo se lo puso para después colocar a Mikey quien le tendía sus bracitos delante de él. Convencido de que todos estaban bien asegurados, Leonardo tomó sus katanas y por esa ocasión las portaba como los antiguos samuráis, al lado de su cintura.

Los chicos estaban maravillados de todo lo que sus ojos podían observar, Leonardo al inicio había subido poco a poco al edificio para que sus niños no se asustaran por la altura, pero a medida que la altura se incrementaba, también lo hacía la emoción en las voces de los pequeños. Minutos después Leonardo ya saltaba de edificio en edificio escuchando con satisfacción las exclamaciones de emoción y admiración de los niños.

Desafortunadamente las exclamaciones de entusiasmo fueron escuchadas por un par de secuaces de Destructor quienes por alguna mala broma del destino se encontraban ahí y al verlo pasar desde lejos pensaron enseguida en el momento de la venganza, tenían una gran oportunidad después de observar que el pequeño grupo familiar ahora estaba formado sólo de un adolescente y tres niños. Un Leonardo al cuidado de los pequeños hermanos era presa fácil, debían llamar a su maestro, de seguro él disfrutaría mucho el momento de la captura de sus enemigos.

Con la agilidad que proporciona una venganza pronta a satisfacerse, la noticia corrió como la pólvora hasta Destructor mientras un par de Foot Ninjas seguían a Leonardo con cautela.

― ¡Maestro! ― exclamó un guardia entrando sin anunciarse a la presencia de Destructor, seguro de que la noticia de que era portador era más que suficiente para interrumpir las meditaciones del villano.

― ¡Dije que no quería que se me molestara! ― gritó Saki, su rostro mostrando de inmediato el ceño fruncido que hacía juego con una mirada amenazante y los labios apretados, pero antes de que pudiese descargar su ira sobre el mensajero, aquel de inmediato le contó lo que sucedía.

Destructor no daba crédito a su buena suerte, sin perder tiempo y guiado por todos los centinelas que tenía en cada edificio, pronto llegó a un lugar cercano para poner una trampa.

Concentrado en disfrutar de la alegría de los chicos, Leonardo no dejaba de sonreír, de observar y escuchar cada una de las palabras de sus pequeños, pero aquella felicidad no habría de durarle…

― ¡Más alto! ¡Más alto, Leo! ― pedía Rafa llenándose de emoción, mientras Mikey se limitaba a expresar su asombro con gestos maravillados y miradas ávidas de curiosidad.

― ¡Mira que linda estrella! ― exclamó Donnie mirando hacia arriba para después recargar su cabecita en el hombro de su hermano mayor como agradecimiento, pero extrañamente Leonardo no contestó, en ese instante su sexto sentido se había puesto en alerta.

Sin contestar las preguntas de los chicos, Leonardo descendió con rapidez hasta un callejón bastante obscuro para entrar al sistema de alcantarillado, los niños de inmediato protestaron, pero Leonardo les impuso silencio con tanto miedo en su voz, que a pesar de querer seguir quejándose, los niños de inmediato supieron que debían obedecer.

La próxima entrada al alcantarillado estaba a unos cuantos pasos, pero antes de que Leonardo pudiera estar lo bastante cerca para levantarla, los pies de una persona se posaron encima de la enorme tapa metálica. Era Destructor.

Haciendo uso de toda su sangre fría, Leonardo miró de inmediato todos sus alrededores para juzgar su situación: nada bueno le auguraba la vista de ese callejón atestado de enemigos sedientos de venganza.

― He de decirte, mi querido Leonardo, que la suerte no siempre habría de estar del lado de ustedes, malditos reptiles, es hora de que sepas que todos los planes que tú y tus... ahora renacuajos han hecho fracasar, se pagan con la vida ―, el tono en la voz de Destructor prometía lo peor para todos ellos.

Leonardo estaba lleno de angustia por lo que pudiese pasar con sus niños, pero delante del enemigo no lo demostraba, de inmediato y a pesar de que todos sus hermanitos lo tenían abrazado de cierta forma que él podía sentir que todos temblaban de miedo, atacó a los soldados que estaban detrás de él, tratando de abrirse paso para que nadie pudiera herir a los chicos.

Al inicio parecía que el joven líder estaba lográndolo, podría salir huyendo y salvarse, pero el destino, como bien dijo Saki, no estaba esa noche del lado de los inocentes. Un dardo que logró atravesar su piel de una de sus piernas, logró que Leonardo cayese de rodillas, en cuanto sus piernas no pudieron sostenerlo, varios soldados lo sujetaron de sus brazos, algunos otros, cortaban las correas de seguridad que mantenían a sus hermanitos cerca de él.

Leonardo suplicó que no les hicieran daño, pero uno de los soldados que tenía a Rafael sujeto del cuello, lo azotó contra al suelo, el pequeño se lastimó su tobillo y comenzó a llorar por el dolor; otro soldado más había dejado a Donnie en el suelo y amenazaba con aplastarle la cabecita con su pesada bota y el pequeño Mikey lloraba al sentir las garras de Destructor cortarle ligeramente la piel de su bracito. El maligno amo del Clan del Pie mostraba en ese momento la más enorme sonrisa de satisfacción y crueldad en su rostro que imaginarse puede.

― ¡NOOOO! ― Leonardo sintiendo los efectos de la adrenalina combinada con la furia, logró lo impensable y se liberó de inmediato de todos los soldados que lo sujetaban, pero tres dardos más habrían de dejarlo fuera de combate y sin sentido. El hermano mayor sucumbió, no sin antes suplicar por la vida de sus tres bebés una vez más.

…..

La inconciencia fue la peor enemiga de Leonardo, al despertar estaba encerrado en los calabozos de la guarida de Destructor. Apenas abrió los ojos comenzó a ser consciente de donde estaba y de lo que había sucedido, cuando recordó lo último se levantó tan repentinamente que decidió no hacer caso de un dolor de cabeza, un pecho adolorido debido a los golpes y varias heridas superficiales en su cuello y sus hombros que fueron el resultado del poco cuidado de los soldados al cortar las correas, todo eso no importaba, lo que realmente quería saber era dónde y cómo estaban sus hermanos.

― ¡DESTRUCTOR! ¡GANASTE! ¡ME TIENES AQUÍ! ¡TERMINA TU VENGANZA CONMIGO Y DEJA A MIS HERMANOS IRSE! ― gritaba yendo tan lejos como sus cadenas lo permitían, pero no lo dejaban acercarse a las rejas que formaban parte de su prisión, por más que gritó, amenazó y suplicó por horas no obtuvo respuesta. Rindiéndose momentáneamente al cansancio trató de concentrarse, pero era inútil, su mente no paraba de imaginar lo que ese maldito hacía con sus hermanos, esperaba poder verlos, pero era angustiante no poder hacerlo.

― "¿Qué les han hecho?" "Por favor, por favor, que estén bien…" ―, eran sus pensamientos.

Durante tres días que para cualquiera son interminables, lo fueron más para Leonardo estando inmerso en ese mar de preocupación. Durante ese tiempo examinó toda su celda en busca de alguna salida, inspeccionó todos los eslabones de sus cadenas en busca de alguna grieta o algo que pudiera ayudarlo a liberarse, pero el metal no presentaba ningún defecto. Para el inicio del cuarto día el ninja de azul ya tenía las marcas de esa angustia marcadas a fuego en todo su rostro, además de la falta de sueño y el hambre. De pronto una figura entraba a su celda, obligándolo a entrecerrar sus ojos debido a la brillante luz que la puerta abierta dejaba entrar.

― Pero que miserable te ves Leonardo, no cabe duda de que no ha quedado nada de ese gallardo ninja, en fin, eso te lo mereces, debiste aceptar mi oferta de unirte a mi cuando pudiste, ahora no tienes opción ―, Destructor dijo al fin después de observar con burla la mirada hostil del hermano mayor de sus pequeños prisioneros.

― Mis hermanos… ¿Dónde están mis hermanos? ― Preguntó al fin el joven líder tratando de no mostrar lo mucho que lo habían consumido esos tres días. Destructor caminaba de un lado a otro como pensando si debía contestarle o no.

― ¡ELLOS SON INOCENTES! ¡LIBÉRALOS! ― Exigió al fin el ninja de azul levantándose amenazador. Finalmente, Destructor se detuvo y lo miró complaciente.

― Eso es, quiero que me supliques por sus vidas o su rápida e indolora exterminación…

― No te atrevas Destructor, o si no...

― Esto es lo que vas a hacer mi estimado Leonardo ― siguió su némesis, ignorando momentáneamente aquella amenaza ―, se fiel a mí, obedéceme sin cuestionarme y tus hermanos serán libres, no te prometo hacer lo mismo contigo pues has de saber que de esta organización sólo muerto podrás terminar.

Aunque su honor le exigía no traicionar las enseñanzas de su difunto padre, Leonardo no lo pensó y se arrodilló frente a su nuevo maestro.

― Maestro Destructor, haré lo que me pida, solo libérelos, quiero estar seguro de que lo hará y que ellos estarán bien ―, pidió Leonardo con el tono más humilde que pudo darle a su voz.

― Muy bien, primero obedece y te permitiré verlos; es más, tú mismo podrás llevarlos al lugar que creas conveniente para después regresar. ¿Qué te parece? ― Destructor no podía negar lo mucho que lo complacía escuchar esa voz revestida de humildad y aunque Leonardo lo intentaba ocultar, también reflejaba su miedo y su extenuación.

― Es magnánimo Maestro Destructor ―, Leonardo se sentía humillado, pero no debía pensar en él, había tres vidas por las que hacer lo que fuera. La sonrisa de satisfacción de Destructor nunca lo dejó, con una patada hizo que su prisionero cayera al suelo de bruces.

― Hagamos una prueba, besa la punta de mi zapato ―. Destructor le ordenó acercando su pie al rostro de Leo. Al ver la mínima duda de Leonardo, Destructor lo pateó en el rostro.

― Esto tendrá un gran castigo ―. Destructor murmuró con ira y sin añadir nada más, se retiró.

― ¡MAESTRO, POR FAVOR REGRESE! ― Pero no hubo respuesta, un par de horas después uno de los subalternos llegó entregando a Leonardo una bandeja con comida, una sopa con carne, un vaso de agua y una pieza de pan.

― El Maestro Destructor te manda que comas esto ―, fue lo único que aclaró el hombre sin hacer caso de la insistencia de Leonardo por querer saber sobre sus pequeños.

Razonando que Destructor no tenía la menor intención de envenenarlo, pues muerto no podía servirle de nada, Leonardo aspiró el aroma de la comida que aunado a esa idea lo convenció de comer, sin mencionar que ya habían transcurrido cuatro días sin que él probara bocado alguno. Terminó unos minutos después, esperando tener las fuerzas suficientes para obedecer a Destructor y poder ver a sus hermanitos.

Pero en la siguiente ocasión no fue Destructor el que hizo acto de presencia en su calabozo, dos soldados fueron por él. Sin quitarle las cadenas de sus muñecas y tobillos, los soldados casi arrastraron a la tortuga a la presencia de Destructor. Leonardo esperaba ver aunque fuera por unos segundos a sus pequeños.

Al entrar en el enorme salón que servía a Destructor de oficina, Leonardo inspeccionó hasta el último rincón con su mirada, pero no había nadie más. Una vez frente a su nuevo amo, Destructor ordenó que le quitaran las cadenas a su nuevo esclavo. Hasta saber con certeza si los niños estaban bien, Leonardo permaneció tranquilo en su sitio.

― Me has hecho enfadar mucho con tu duda en la última ocasión, Leonardo, eso ante mis ojos no es un insulto sino un ultraje a mi voluntad que debe ser obedecida al instante. Te daré otra oportunidad y si vacilas aunque sea un segundo, mandaré por uno de tus hermanos y será degollado en tu presencia, ¿entendido? ― Leonardo asintió, esta vez no habría de dudar.

Esperando la orden, Destructor lo miró fijamente para no perder ni un gesto en su semblante y de pronto ordenó: ― Mata al soldado que está a tu derecha.

El hombre de negro retrocedió espantado, aquella reacción puso en funcionamiento las costumbres honorables de Leonardo de no matar sino era absolutamente necesario y por ello no obedeció. Una daga atravesó el espacio y le atravesó la garganta al soldado quien cayó de espaldas dejando escapar gemidos de dolor mientras un enorme charco de sangre se formaba alrededor de su cabeza. Leonardo lo miró con horror.

― ¡Te lo advertí! ― de inmediato Saki hizo una seña al otro soldado quien, escarmentado por el ejemplo de su compañero, de inmediato se dirigió a la puerta de la oficina de Saki y preguntó: ― ¿Cuál de todos debo traer?

― ¡NO! ¡POR FAVOR MAESTRO, NO LO HAGA! ― imploró Leonardo cayendo de rodillas justo después de que varios ninjas invisibles lo mantuvieron quieto y lejos de Saki ― ¡Deme tiempo, es muy pronto para mí para liberarme de las costumbres que tengo! ¡Se lo ruego, téngame paciencia!

Saki no parece hacer caso del ruego de Leonardo y ordena: ― ¡Qué sea Miguel Ángel!

― ¡POR FAVOR! ― Saki saborea cada segundo de esa odiada voz que así resuena en sus oídos, la voz de su antiguo enemigo rogando por piedad.

Continuará...