Capítulo 13

Si hay un lugar adecuado para flirtear ese sin duda sería salir a dar un paseo a caballo. Estar rodeada por la naturales le da un toque por así decirlo romántico..

Tras despedirse de Kanna y sus padres, quienes salieron antes del amanecer. Así que tras una última mirada con su ex prometido subió rápidamente a su habitación a cambiarse de atuendo. Aquella mañana saldría a montar a caballo y tal como lo planeó con Danniel, lo más probable es que Inuyasha no se iba a resistir dejarla sola.

Esto podría ser brillante o demasiado estúpido, pero lo cierto es que estaba a punto de cometer una locura y aun así no podía dejar de sentir unos nervios terribles mientras meditaba entre sus expectativas ante lo que podría pasar en realidad. Su plan de seducción lo llevaría a cabo a partir de esa mañana. Claro, no por algo se había quedado platicando a hora no muy adecuada con una de las empleadas de Kikyo.

¿Estarías preparada para perder el corazón?

Aquella pregunta formulada por Danniel, no dejaba de carcomerle la mente.

― ¿A caso estas preparada? – se preguntó a ella misma, mientras observaba su atuendo de montura en un espejo.

Bueno, técnicamente su corazón se lo había dado hace ya mucho tiempo, cuando su padre le anunció que no era falta que buscara marido, pues él ya había pactado un matrimonio con su mejor amigo. Desde el primer momento en que lo vio, con sus ojos dorados y esa sonrisa devastadora fueron suficientes para perderlo y terminar enamorada de él.

Podría llamarse ingenua, si acaso estúpida. Pero muchas veces se imaginó como sería su vida de casada con él. Si, tal vez él nunca le demostró amor, simplemente había sido cortes y amable con ella. Manteniendo el porte de perfecto caballero mientras paseaba con ella en distintos bailes o mientras daban un paseo.

Se había ilusionado como una ingenua ante su boda, cuando seguramente todo Londres hablaba a sus espaldas de las inmensas amantes que su prometido tenía. Hasta que, aquel fatídico día… ¡faltando un día para la boda! Lo había encontrado en brazos de esa odiosa viuda.

Así que, si, estaba preparada y no sería ella quien perdiera el corazón, la razón y sobre todo terminara loco y estúpido ante el amor.

Porque ese sería él.

No ella.

Sabía que no podía huir como la cobarde que era. Que probablemente sus padres estarían aguardando su regreso, seguramente no y si lo hacía o una de dos, la obligaban a casarse de inmediato debido al escándalo que ocasionó o probablemente terminaría en un convento. Tal vez este último no era una mala opción, después de todo no tenía muchas.

― No― se dijo así misma– Tal vez no.

Llamaron a la puerta y el principal pensamiento de Kagome fue que probablemente era él quien lo hacía. Pero dejó escapar una exhalación cuando vio a Danniel entrar en la habitación sin esperar a que le diera autorización.

― ¡Ya está todo listo, señorita!

Ella asintió nerviosamente, girando sobre sus talones para mirar a la mujer que le había dado toda clase de consejos. Ojalá su madre no hubiese sido tan cerrada como ella. Si, en un principio se escandalizó, inclusive hasta quiso taparse los oídos al no poder soportar lo que decía, pero su curiosidad pudo más.

Kagome asintió de manera vacilante. Estaba nerviosa y se podía ver a simple vista. Se debatía entre el no y sí.

― No sé si pueda hacerlo. Después de todo no soy experta en esto.

La mujer arqueó una ceja ante la respuesta de la joven. Avanzó hacía ella para componerle algún cordón mal hecho.

― No veo a la misma dama de anoche – comentó – Decida a poner en su lugar a su prometido.

― Ya no más. No es mi prometido.

Danniel torció el labio. Era evidente que no le creía.

― Dejara de ser su prometido cuando su propio padre o incluso él mismo vizconde lo den por finalizado. – arqueó una ceja – Créame, para un caballero primero esta su reputación y orgullo. Y estoy segura de que ninguno cederá. Así que, su destino aún podría estar atada con él.

Tomó el sobrero que había sobre la cama y le ayudó a ponérselo. Estaba tan concentrada en lo que hacía que Kagome se permitió obsérvala con determinación. Era una mujer muy hermosa, seguramente en su juventud había atraído a muchos caballeros. ¿Su padre figuraba en su lista? No – negó una vez más – su padre tenía una inmensa devoción, amor hacia su madre. No existía otra mujer que su propia esposa.

Eso era lo que ella buscaba. Ser la única en la vida de un hombre. No solo una mujer que se encargaba de un hogar, de dar hijos y todo lo que conllevaba eso. Ser una igual en la vida de ambos.

― Le garantizo que nada malo va a pasar.

Ella torció el labio. Bueno, no es que fingir una caída sea bueno ¿Qué pasaba si se rompía el cuello todo por jugarle a la dama en apuros?

Ya una vez lo había hecho, aunque esa vez no había estado fingiendo. Él la había salvado de ahogarse. ¿Qué pensaría de ella? ¿Qué era una torpe?

― No eres tú quien se va a caer del caballo – la miró fijamente.

― Sólo busque un lugar cómodo que soporte la caída.

Mientras se dejaba atar el sobrero por ella. No dejaba de pensar en las siguientes dos lecciones.

― ¿Cuáles son las otras dos lecciones? – preguntó curiosa.

La mujer se alejó para comprobar el atuendo de Kagome. Agachándose para alaciar con la mano algunas partes que estaban arrugadas. La vio esbozar una sonrisa pícara, mientras levantaba la cabeza y la miraba.

― ¿Segura que desea saberlo?

Asintió una vez más.

― Pues esperé hasta en la noche – le guiñó un ojo – Y le dije que la siguiente lección será hoy en la misma hora.

― ¿No puedes darme un adelanto?

― No – Danniel negó – Porque se escandalizaría y esta primera parte del plan no le saldría bien. Debe estar concentrada.

Juntas salieron de la habitación y cuando tocaron el último peldaño, Melissa se acercó a ellas y le entregó una nota. Se sorprendió al ver su nombre escrito en una pulcra letra.

― Lo acaban de traer hace unos momentos.

Kagome contempló tanto a Melissa como Danniel, estas dos no se habían apartado de ella hasta esperar a que abriera la carta. Y así lo hizo. Melissa estaba más impaciente que Danniel. La veían fruncir el cejo y después abrir la boca.

― La baronesa Higgins ofrecerá este viernes una mascarada.

― Esa mujer es apasionada de las mascaradas – puntualizó con despreció Melissa ― ¿Qué no sabe más temas?

Danniel esbozó una media sonrisa y le pidió la invitación a la joven. Mientras leía el nombre. Era evidente que ya se había enterado de que su padre era un conde. Seguramente desearía hacer las paces con ella.

― Lady Higgins puede resultar un poco hipócrita – explicó Danniel – Pero no demasiado estúpida – le entregó la invitación – Tal vez su sobrino le ha dicho quién es en realidad usted. Hasta me puedo imaginar su mirada aborregada.

― ¡Danniel! ¡Por favor! – exclamó Melissa ― ¡Es una baronesa!

― ¿Y que con eso? – Danniel frunció el cejo – No olvides como se ha comportado con Lady Evans en todo este tiempo. Incluso me atrevo a decir que por su culpa la pequeña Kanna no había podido hablar. Desde que Lady Kagome cruzó las puertas de esta casa todo cambió para bien.

Miró a la joven y bajando un poco más la voz le dijo:

― Mándele su gratitud y su asistencia. Después arruínele todo sus adornos florarles.

Se dispuso a caminar hasta la cocina, pero se detuvo en medio del pasillo y observo a las dos mujer.

― Pero….― alzó un dedo – Una mascarada puede resultar perfecto para su plan. Invite a su "no prometido".

Tanto ella como Melissa intercambiaron unas cuantas miradas. Pero cuando ella estuvo a punto de aconsejar a la dama, una voz que provenía a sus espaldas la interrumpió de golpe. Se giró y se encontró con el Lord Taisho.

― Milady, Milord – dijo antes de retirarse.

Inuyasha la recorrió de pies a cabeza. Con el ceño fruncido levemente. Tenía los brazos cruzados mientras analizaba a la mujer que tenía en frente. Kagome se puso nerviosa de repente. En realidad, si era el hombre más atractivo de todo Londres. Ahora estaba segura porque algunas damas suspiraban por los rincones de cada salón cada vez que lo veían.

― ¿A dónde planeas ir? – preguntó serio.

Kagome miró su atuendo y se encogió de hombros.

― Creo que a salir a montar.

― No puedes ir – negó.

― Según parece no pedí tu autorización.

― Lo sé – se encogió de hombros despreocupado – Pero no puedes ir sola.

― Saldré a dar un paseo a caballo – ella dio un paso en su dirección – Con o sin tu aprobación.

Mientras ambos discutían, las dos mujeres contemplaban la conversación entre esa pareja.

― ¡Eres terrible Danniel! – exclamó Melissa.

― ¡Y eso que solo es el principio! – ella esbozó una sonrisa – Si sigue así, no tardará mucho en tenerlo rendido a sus pies.

Inuyasha frunció el cejo ante el descaro de su pequeña prometida. Estaba perdiendo la paciencia y de hecho si por él fuese la tomaría y la metería en el primer carruaje para llevarla hasta Londres y continuar con la absurda boda.

Pero por primera vez no tenía nada que decir, cuando vio una nota que tenía en la mano y se la arrebató ante el asombro de Kagome.

― ¡Vaya! – dijo mientras leía la carta ― ¡Ya hasta te invitan a mascaradas!

― Te recuerdo que es gracias a ti y a tu estúpida boca.

Él frunció el cejo, acercándose a ella, acorralándola entre las escaleras y su cuerpo.

― Te recuerdo que soy tu prometido. Cuida esa lengua afilada. Qué dirán tus padres.

Kagome respiró con dificultad, se estaba sintiendo abrumada al sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Su aroma madera y otra esencia comenzaban a inundar sus fosas nasales y por consiguiente estaba nublándole la mente. Desviándola de su objetivo.

Bajó un poco la cabeza ¡No llevaba pañuelo! Y podía ver los tres botones de su camisa desabrochados, revelando un poco su torso. Nunca había visto algo así.

Melissa y Danniel que seguían viendo esa danza de duelo asintieron al mismo tiempo.

― Si – dijo convencida Melissa ― Ambos van a caer en esto.

― ¿Verdad que sí? – Danniel movió las cejas de arriba abajo en un gesto divertido – Sé muy bien cuando hay atracción – observó a la pareja y le recordó a su juventud – Y entre ellos hay más que eso.

Ojalá nunca hubiese envejecido, aún recordaba la sensación de estar enamorada. Un hermoso sentimiento del que ella no estaba permitida. Pero no lo hizo, amó y fue el último hombre en su vida hasta que se alejó por completo de su vida. Deseaba en el fondo que esa pareja tuviera un final distinto. Que en realidad ella pudiera hacerlo cambiar. Así que desde donde estaba le enviaba su buena suerte a la joven.

Kagome trató de tomar su concentración. La verdad es que se había desviado un poco de su objetivo. Así que lo apartó levemente y se alejó de las escaleras y de él. Comprobó su atuendo y trató de controlar su respiración. Podía sentir sus mejillas arder, solo esperaba que no lo notara.

― Tienes dos opciones – dijo tranquilamente – Uno: acompañarme, dos: quedarte aquí y por último sumergirte en tu enfado.

― Son tres.

― No – ella negó – Son dos.

Suspiró frustrado al ver esa mujer desesperante. ¿Desde cuándo se había vuelto una descarada en toda regla?

― Muy bien – Inuyasha asintió – Augurada aquí. Te acompañaré.

Lo vio subir escaleras arribas y mientras veía desaparecer su figura por el pasillo no puedo evitar esbozar una sonrisa. Había mordido el anzuelo tal y como lo había planeado. Aunque debía admitir que el hecho de acorralarla en las escaleras no estaba en él.

Pasaron varios minutos hasta que lo vio bajar nuevamente. Se había cambiado su saco negro por uno verde color olivo y ahora llevaba unas botas de cuero negro.

― Listo. Vamos a dar tu paseo a caballo.

― Lo dices como si no lo desearas. – comentó, mientras aceptaba sin ningún problema el brazo que él le ofrecía.

― No – negó – La verdad no.

Kagome se detuvo y se apartó un poco.

― Si no quieres ir ya te dije que no es obligación.

Xxx

Bostezó, la verdad que el paseo estaba resultando demasiado aburrido. Debía seguir el paso de Inuyasha, que para su parecer era fastidiosamente lento. Era mejor ir a contra viento, pero seguramente se escandalizaría por su modo de montar. Si se había rehusado a que montara a horcajadas de la yegua que generosamente le habían prestado en las caballerizas de Kikyo Evans.

Por el rabillo de su ojo lo observaba de vez en cuando. Montaba con suma elegancia. ¿Había algo que ese hombre no hiciera nada bien?

― Si ya tuviste suficiente de este absurdo paseo, te sugiero regresar.

― No – se apresuró a negar – De eso nada. El paseo está siendo sumamente….― hizo una leve pausa – Gratificante.

Entonces él la observó y sus ojos dorados brillaron bajo los rayos del sol.

― Mujer, debo decir que mientes terrible.

― ¿Se nota la diversión?

Él alzó una ceja y torció la boca.

― Eres un libro abierto.

Era el momento de comenzar, solo debía buscar un lugar blando donde caer tal y como le había dicho Danniel.

― ¿Una carrera? – preguntó emocionada.

― No soy de carreras.

― ¿En serio? – arqueó una ceja ― ¿Me lo dice el hombre que se acostó con una mujer un día antes de su boda?

― Kagome – le llamó la atención. Le dolía que le recordaran su estúpido desliz y más la mujer con la que se supone se casaría.

― ¿Mande? – respondió descaradamente.

La miró y se aclaró la garganta. Podía ver como un pechón de rebelde de su cabello peleaba con el viento. Se veía muy hermosa.

― ¿Planeas ir a ese estúpido baile? – prefirió cambiar de tema astutamente.

Kagome acarició el lomo de la yuega blanca en la que iba montada. Tal vez sí, pero si lo haría era para vengarse de todos los desplantes que esa malévola mujer le había hecho a Kikyo y a Kanna.

― Tal vez – sonrió descaradamente – Te recuerdo que culpable de que sepan mi verdadera identidad es toda tuya. Si no hubieras abierto la boca nadie se hubiera enterado de que soy la hija de un conde que huyó de su boda.

Antes de que él se adelantara y se rehusara a que fuera, lo invitó. Después de todo no tenía remedio, él podría negarse a que fuera y la verdad no tenía deseos de ir sola, acompañada de Melissa o Danniel.

― ¿A caso pensabas que te iba a dejar ir sola? – la miró

Kagome roló los ojos y se encogió de hombros.

― La verdad no. – respondió con sinceridad.

― Y estas en lo correcto.

Se miraron el uno al otro, perdiéndose en sus miradas. El viento volvió a soplar, moviendo las hojas de los árboles.

― Entonces… ¿Aun sigue disponible esa carrera? – él fue el primero en romperlo.

― Solo si tú quieres – ya le daba igual.

― De acuerdo.

Inuyasha asintió mientras analizaba el campo. Viendo cuales puntos serían seguros para ella y así, poder evitar una catástrofe.

― Acomódate bien al caballo – la miró – Y eso me refiero a horcajadas.

Kagome sonrió ante la expectativa y no dudó en hacerlo. La verdad es que era una experta jinete y eso muy pocos lo sabían. Su pulso latía descontroladamente mientras miraba a Inuyasha.

― ¿Vez aquel árbol?

Ella asintió, mientras veía un inmenso árbol que se encontraba a una distancia considerablemente lejana. Pero en realidad buscaba un terreno blando donde poder fingir una caída.

― El que llegue primero gana.

― De acuerdo – dijo ella, pero en realidad no veía el árbol, sino más bien su objetivo.

― A las tres…― dijo Inuyasha.

― ¡Tres!

Pero antes de que pudiera contar Kagome había salido disparada. Inuyasha permaneció ahí, sin moverse, le daría un poco de ventaja. Al fin de cuentas la alcanzaría en tan solo un par de segundos.

La miró, pero frunció el cejo, la mujer iba demasiado rápido que no midió sus movimientos.

― ¡Kagome! – gritó, mientras ponía en marcha su propio semental. ― ¡Detén ese animal!

Era inútil, no podía escucharla. Su corazón latió con fuerza, de preocupación cuando vio como empezaba a inclinarse lentamente hacia un lado y caía hacía la tierra.

― ¡Maldición!

Ni siquiera detuvo su propio caballo cuando ya había pegado un salto y corría hacia ella. Lo primero que comprobó era que no tuviera sangre. La tomó entre sus brazos y apoyó su cabeza en uno de ellos. Mientras que con la otra mano la analizaba.

― ¡Kagome!

La preocupación ahí seguía. Temblaba incluso de hasta medio. La mujer que tenía entre sus brazos yacía inocente.

― ¡Kagome! – volvió a gritar su nombre ― ¡Abre los malditos ojos!

Pero escuchó una risa femenina y al bajar la vista se encontró con sus ojos chocolate y una sonrisa de oreja a oreja.

― Creo que perdió, señor Taisho.

― ¡Eres una…!

― ¿Una qu…

Pero no hubo espacio para una palabra más. El entorno que los rodeaba se había borrado. E Inuyasha hizo lo que estaba deseando desde que la vio aquella mañana.

Él la besó.

Y ella se dejó ser.