Capítulo 15
Probablemente era el vestido más espectacular que había visto en toda su vida. Danniel le había tenido que hacer unos ajustes para que le quedara a la perfección. Pero debía admitir que mostraba más de lo que debía. Estaba escandalosamente escotado y es corsé que llevaba bajo de él realzaba más sus pechos.
Por no decir que ceñía muy bien a su cintura.
―Se le ve magnifico. – comentó ella, observándola con admiración.
― ¡Me siento desnuda! – respondió, tratando de luchar con su corsé y su respiración ―Mi madre ya me habría mandado a un convento por esto.
Giró de un lado para comprobar su estado, después del otro. Si, seguramente la habría mandado lejos de Inglaterra por esto. Esperaba que no le llegara ningún comentario en absoluto.
―Si – asintió la mujer – Pero ella no está aquí y yo no soy su madre.
Ella se acercó a Kagome y con tanta familiaridad se recargó en sus hombros. Mientras juntas observaban sus reflejos en el espejo.
―Eres como un ángel caído – le guiñó un ojo – Estoy segura de que romperá muchos corazones. Recuerde las enseñanzas, todas ellas la llevan hasta aquí.
Kagome asintió.
― ¿Cuál es la tercer parte del plan?
―Eso solo le concierne a usted y al vizconde. – le susurró al oído.
No se había permitido pensar en él hasta esta noche, que la ex cortesana se lo mencionaba. De hecho, trataba de evitarlo a toda costa y si estaban en una misma habitación su conversación no duraba menos de cinco minutos ya que se le hacía una eternidad estar a su lado.
Jamás imaginó que su propio cuerpo la traicionara al reaccionar cada vez que lo veía. Podría incluso hasta sentir como se saltaba varios latidos su corazón con solo verlo serio con aquellos ojos bonitos o de la manera en que fruncía el cejo mientras leía un periódico. Pero nada la había preparado para su sonrisa, una devastadora sonrisa que podría arrasar todo a su paso.
Era peligroso para ella y para su salud mental. Si quería seguir con su objetivo de no casarse realmente estaba haciéndolo mal. Todo lo estaba llevando de vuelta al principio, que era a él.
Pero era solo por venganza, seducirlo, enamorarlo. Esas eran sus excusas. Porque no quería aceptarlo que seguía enamorada de él desde ese día que supo que estaban comprometidos.
Aquí la cuestión era ¿Quién realmente iba a enamorarse?
Llamaron a la puerta y entró Melissa, esbozando una sonrisa al verla.
―Luce hermosa milady – dijo la mujer – Pero debo decirle que el vizconde ya la está esperando.
Señaló la puerta y las otras dos siguieron el movimiento.
―Bien – asintió nerviosa – Ya es hora.
―Le ayudaré a ponerse las alas.
Caminaba impaciente de un lado a otro en la recepción, podría haber hecho huyo y no le importaba. Observó su reloj, iban retrasados diez minutos. Aunque por él mejor, desde que conoció a esa fastidiosa mujer lo único que deseaba era que permaneciera alejado de él. Aunque evidentemente aquella noche debía hacer una excepción.
Pero lo cierto es que no estaba nervioso por la puntualidad sino por la expectativa de ver lo que Kagome llevaría puesto aquella noche. Había logrado esquivarlo durante estos días, pero solo por esa noche permanecería a su lado y no podría seguir evitándolo más.
No recordaba haber estado tan impaciente, solo apuraba a su madre y a sus hermanas cuando salían de paseo. En el pasado, cuando él y la viuda Ramsey compartieron momentos íntimos jamás se había puesto tan ansioso, tardándose las horas en arreglar un simple peinado, pero nunca se atrevió o más bien se detuvo a admirarla por unos instantes. Para él solo había sido una amante y ya.
Cansado de seguir dando vueltas sin parar se detuvo y ahora recargaba su espalda contra la pared. De vez en cuando su mirada observaba hacía arriba para ver si ella no bajaba. Suspiró, volvió a sacar su reloj de bolsillo.
Veinte minutos de retraso.
Golpeaba distraídamente el talón con la pared. Si Lady Evans viera esto seguramente lo reprendería. Por fin solo faltaban unos cuantos días para el regreso de su inseparable amigo, Naraku, y con eso le volvería a proponer a Kagome regresar a Londres.
¿Está vez aceptaría?
Frunció el cejo al ver una hebra de hilo sobresalir del borde de su manga derecha y sin miramientos la arrancó de un solo tirón. No sabía que hacer, hacía donde mirar. Por ejemplo, su antifaz, que descansaba en una mesita junto a la entrada. Un reloj de pared que no dejaba de sonar.
Volvió a mirar hacia arriba.
Aun nada de ella.
Como ya no quiso seguir esperando era momento de subir y apresurar a la mujer que se arreglaba. El mundo se detuvo cuando uno de sus pies tocó el primer peldaño. Abrió la boca con un bobo ante el resplandor que se encontraba frente a sus ojos. La recorrió con descaro, lentamente. Primero de arriba, después de abajo. Ahora justo más que nunca necesitaba una copa de licor porque sentía la boca seca.
Kagome sintió su mirada y agradeció el punto donde se encontraba porque así él no podría ver sus mejillas rosadas. Recordó el vestido que llevaba esa noche, pues la propia Danniel había mostrado varios. Claro, su favorito fue en un principio el verde esmeralda, pero en cuanto sus ojos observaron uno plateado se quedó deslumbrada ante él. Incluso la misma Danniel le había confeccionado unas alas de ángel que estaban colgadas en el armario. Lo demás habían sido ajustes a la tela ya que le había quedado un poco grande.
Pero Inuyasha parpadeó, era como ver a un ángel. Se había permitido observar con descaro aquel enloquecedor escote. Decía enloquecedor porque seguramente sería su tormento durante la noche y el resto de sus días. No podría ver otra cosa que el nacimiento de sus pechos. Aunque no todo era eso, su melena la había compuesto en un sencillo peinado, únicamente la acompañaba una tiara plateada y lo demás era suelto. Un cabello largo y ondulado que caía como cascada.
¿Cómo sería enredar sus manos en aquella melena, mientras se deshace de ese vestido?
Inclinó levemente la cabeza, como si con eso fuera a borrar ese pensamiento. Pero era evidente que toda la noche pensaría en ella. En su piel. En su bello rostro cubierto por un maldito antifaz a juego con su vestido. Pero sobre todo en su cuerpo. De hecho, no le importaba en que orden pensaría primero.
Lo más frustrante es que pasaría toda una noche tratando de ahuyentar a uno que otro bastardo que intentara acercarse a ella para bailar. No, eso no pasaría, porque no se desprendería de ella en toda la noche.
En un abrir y cerrar de ojos ella estaba junto a él (un poco más de lo permitido) tanto así que inclinó un poco el cuerpo hacía atrás. Recibió el dulce impacto de su aroma y tuvo que apretar las manos en forma de puños, temía no tenerlas controladas.
Ella esbozaba una enigmática sonrisa. Parecía tranquila ya que su respiración era serena. En cambio, para él era como si estuviera al borde de un maldito acantilado.
― ¿Nos vamos? – preguntó con otra angelical sonrisa.
¿Estaba siendo consciente del impacto que ella producía en él? No, no creía que ella fuera capaz de usar esa belleza para seducirlo y si lo estaba haciendo ni cuenta se pudiera dar.
Asintió como un inútil, de pronto comenzaba a sentirse cuando era joven. Un joven estúpido que pregonaba amor a la primera mujer que se le cruzaba por la vista. A la primera mujer que veía y seducía.
―Ehh…― balbuceó algo inaudible y movió la cabeza hacia ambos lados.
― ¿Está bien, milord? – preguntó Kagome "inocentemente". Agitando sus espesas pestañas.
―Si, estoy bien – logró formular una frase – Vamos tarde. Seguramente la baronesa se ofenderá si llegamos tarde – extendió un brazo para que ella lo aceptara.
Kagome miró el brazo y después a Inuyasha y con una sonrisa, lo aceptó.
―Y no me digas "Milord"
― ¿No le gusta, milord? – lo retó.
―Kagome― la miró severo.
―Bueno – ella se encogió de hombros – Ya vámonos.
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Agitó su abanico mientras contemplaba la pista de baile y todos los presentes en aquel salón. Algunos caballeros conversaban y reían en una carcajada sonora. Las madres casaderas buscaban la atención de un Lord. Mientras que otras mujeres criticaban la vestimenta de otras y lo sabía por la expresión en sus facciones aun y con sus antifaces.
La orquesta no dejaba de tocar mientras que un grupo bailaba en medio de la pista.
Hacía un calor infernal, afortunadamente el vestido tenía una tela muy ligera y esto hacía menos insoportable el calor. Claro, eso no quería decir que fuese cómodo porque el corsé la estaba matando.
Agradeció cuando Inuyasha le extendió una bebida refrescante, mientras que él llevaba un vaso de whisky.
―Gracias – dijo mientras le daba un sorbo a la bebida.
Entonces, quiso esconderse detrás de él cuando vio acercarse a la baronesa junto a su sobrino Bankotsu. Únicamente la habían visto en la entrada, pero según se veía, estaba dispuesta a ofrecerles un poco de su atención.
No quería, solo estaba por compromiso. Porque Bankotsu era su amigo, no por ella.
―Milady – saludó con una reverencia el joven duque, quien ahora se dignaba a ver a Inuyasha – Milord.
Inuyasha únicamente asintió sin regresar el saludo y se pegó un poco más a Kagome.
― ¿Les está siendo favorable la velada? – preguntó orgullosa la baronesa.
Kagome iba a dar una respuesta educada, pero Inuyasha se le adelantó.
―No. – dijo tajante, entornando los ojos hacia la mujer – El calor está siendo insoportable.
Kagome lo miró, de hecho, todos lo hicieron y un caballero externo a la conversación se inclinó hacia él.
―Es lo mismo que digo caballero. Esta siendo un calor de los mil demonios. Sin mencionar el calor que generan las velas – miró a su alrededor ― ¿Cuántas velas tuvo que poner milady?
La baronesa solo apretaba los puños. Por lo visto odiaba a Inuyasha, seguramente tacharía su nombre en las próximas mascaradas que dé.
―Le diré al servicio que abra las ventanas. – respondió entre dientes.
Pero la baronesa miró a Kagome, estaba decidida a cambiar de tema. Alejar a ese vizconde de la hija de un conde. Ya estaba haciéndose planes, quería a esa joven como esposa de su sobrino. Imaginándose como sería pasar un día de campo con los condes.
―No la he visto bailar, milady.
Ahora la que se sintió incómoda a su pregunta había sido la propia Kagome.
―Es que yo…― hizo una pausa y buscó apoyo en Inuyasha – Yo no bailo.
―Tonterías – negó la baronesa – Baile con mi sobrino – tomó del hombro a Bankotsu – Es un bailarín muy hábil. Últimamente rehúye de los bailes y por usted hizo una excepción.
― ¡Ja!
Todos voltearon a ver a Inuyasha y simplemente él se cruzó de brazos y se apuró en tomar su bebida.
―Sería para mí un placer, milady.
Al sentirse presionada por esa mujer y por su amigo el duque, no tuvo más remedio que aceptar esa invitación forzada. Solo planeó quedarse parada en los rincones del salón, claro, si Inuyasha la invitaba a bailar aceptaría.
―Sí – asintió al fin – Sería un honor.
Dejó su bebida en una charola que había inclinado un mesero. Aceptó el brazo de Bankotsu y la guio hacia el centro de la pista.
Pero cuando Inuyasha iba a dar un paso al frente para evitar eso, la baronesa, quien se había puesto a su lado. Extendió un brazo para evitar que eso hiciera.
―No me agrada Lord Taisho – se sinceró con él.
Él frunció el cejo.
―El sentimiento es mutuo, milady.
―Qué bueno que seamos sinceros – dijo la mujer, mientras saludaba de lejos a un invitado – Pero lo soporto porque trajo a la joven Higurashi.
Inuyasha miró a Kagome, quien bailaba con aquel duque. Apretó tanto el vaso que llevaba en su mano que al final este cedió, rompiéndose en mil pedazos y causándole algunos cortes.
―Mi sobrino me contó la historia que comparte con la dama.
Si, seguía siendo su prometida hasta que lograra llevarla al altar. Porque eso es justamente lo que pretendía hacer.
―Pero debo decirle que desista. ¿Qué puede ofrecer un vizconde que no pueda tener un duque? – miró a la pareja que bailaba – Admítalo, mi sobrino puede ofrecerle mejor vida que usted.
Comenzó a apartarse de él y lo miró por ultima vez.
―Será mejor que no interfiera en mis planes, milord.
―Ni usted en los míos.
Kagome ni siquiera escuchaba la conversación de Bankotsu, solo asentía y esbozaba una sonrisa por compromiso. Mientras observaba a Inuyasha y a la baronesa conversar. Algo seguramente le había dicho como para disgustarlo. Lo conocía, había aprendido a observarlo en silencio como para saber que estaba muy molesto.
Se detuvo cuando lo vio alejarse de los invitados.
―Si me disculpa….
―Lord Lexington ¿Me concede un baile con la dama?
Vio a un hombre que claramente podría ser su padre. Tenía ojos verdes y su cabello ya tapizado por algunas canas.
―Lady Higurashi – dijo Bankotsu – Permítame presentarle al duque Devonshire.
―Un placer milady – le hombre le hizo una reverencia ― ¿Me concede este baile?
No tuvo más remedio que aceptar, ya que sintió entre la espada y la pared. Pero aun así no dejaba de preocuparse por Inuyasha, a quien no lo veía por ninguna parte.
― ¿Busca a alguien, milady?
Ella sonrió y solo pudo responder algo.
―Solo miraba este magnífico esplendor, milord.
El hombre, que no se veía tan viejo no pudo más que reír ante aquella respuesta.
―Es usted una señorita con educación. Pero hay que ser sinceros entre nosotros, esta fiesta realmente es en un asco.
― ¡¿Verdad que sí, milord?!
Él volvió a reír, nunca había visto a ese hombre, claro, si costumbraba a frecuentar Londres.
―Perdone si soy un poco irrespetuoso o si mi comentario se puede mal interpretar.
La hizo girar y Kagome siguió mirando hacia ambos lados. ¿Dónde estaba?
―Con ese vestido me recuerda a una mujer que conocí hace mucho.
Dejó de buscarlo en cuanto el caballero frunció esas palabras. Ahora su atención estaba fija en el duque.
― ¿En serio?
Las mejillas arrugadas del hombre se sonrojaron en cuanto ella lo miró. Podría la música sonar, pero la conversación estaba centrada en ellos dos.
―Me temo que una conversación mía no sea apropiada para una dama.
Ella se encogió de hombros, después de haber escuchado mucho de Danniel, ya nada le podría sorprender.
―Deberá saber, que cuando un hombre esta solo. – carraspeó – Me refiero a que aun no se encuentra casado. Busca compañía de varias mujeres o de una sola.
― ¿Una amante? – cortó ella.
El hombre, avergonzado, asintió.
―Pero no confunda. Cuando un hombre encuentra a la mujer de su vida, no existe para él, nadie más que ella.
Kagome suspiró, pensando en Inuyasha. ¿Podría haber cambiado si en estos momentos estuviesen casados?
― ¿A dónde quiere llegar, milord?
―Aquí – dijo el caballero – Hace tiempo conocí a una hermosa mujer. Le regalé un vestido idéntico al que lleva usted.
Ella levantó la vista, pues era imposible que hubiese más diseños como este vestido. Era único a lo que Danniel le había dicho. Ahora si que estaba más atenta.
―La amé ― continuó él – Pero a pesar de ser un hombre adulto. La sociedad, mi madre todo eso hizo presión. – suspiró triste – No pude luchar por ella, porque sabía que la sociedad la rechazaría. Así que ella hizo lo más sensato por los dos. Tomó la decisión de irse.
― ¿Y usted que hizo?
Kagome miró la cara triste del duque. Se veía en él un tormento. ¿Sería este el ultimo amante que tuvo su amiga?
―La dejé ir. Me casé, mi esposa falleció hace cinco años. Y desde ese día no paro de buscarla. Todo me ha llevado hasta aquí, espero encontrarla.
La música se detuvo él le hizo una reverencia.
―Por eso, al verla con ese vestido, me recordó mucho a ella.
No podía decirle nada sobre Danniel, una porque no le correspondía arreglar los problemas sentimentales de otros cuando ella aun ni arreglaba los suyos. Tras un ultimo despido, salió en busca de Inuyasha. Pero no lo veía por ningún rincón, ni por los salones donde los caballeros fumaban. De pronto observó una puerta balcón y decidió salir de ahí. Seguramente había salido a tomar aire fresco.
Pero ni por los al rededores de la imperiosa casa se veía. Tal vez estaba alejado de todo, tal vez en la oscuridad de los jardines. Tragó saliva con dificultad. De pronto su corazón comenzó a latir con fuerza. ¿Y si se había quedado de ver con una mujer? El recuerdo de él con Lady Ramsey se hizo presente. Ese momento que los había llevado hasta aquí.
Todo podría pasar.
Entonces, armándose de valor decidió atravesar todo el jardín para adentrarse en la oscuridad. Apartaba la mano de algunas ramas que le tapaban su campo de visión. Entonces se detuvo, junto una fuente de un ángel estaba ahí. Pero frunció el cejo al ver que llevaba una mano vendada con un poco de sangre.
― ¿Qué te paso?
Él, que no se había dado cuenta que estaba ahí, giró lentamente la cabeza para verla y se encogió de hombros.
―Nada.
― ¿Cómo que nada? – ella ya estaba frente a él en tan solo dos zancadas – Déjame ver.
Inuyasha negó.
― ¡Que no es nada!
Pero no estaba dispuesta a tener más que esa respuesta, así que comenzó a forcejear con él para que lo dejara ver. Inuyasha comenzó a retroceder para que ella no se acercara, pero la tenía demasiado cerca. Entonces, ella tropezó con una piedra, cayendo en su pecho, él a su vez perdió el equilibrio con una banca que había tras de él y así, juntos cayeron a unos arbustos. Él la había sostenido fuerte de la cintura para evitar que se lastimara, pero, aun así, se llevó la mayor parte. Pues amortiguó con su espalda la caída de ambos.
Sus respiraciones eran agitadas, más la de él.
La luz de la luna hacia contraste con sus pieles.
Él la miró y sus ojos brillaron. No esperaba tenerla así, en un baile, en un jardín, arriesgando su reputación aún más.
― ¿Estas bien? – preguntó preocupado.
Ella, que tenía ambas manos apoyadas a su pecho y con un vestido desparramado por todas partes, solo pudo asentir.
―Si ¿Y tú?
Hubo silencio. Solo sus respiraciones reinaban en espacio. Sus miradas se encontraron una vez más. Inuyasha levantó una mano para retirarle el absurdo antifaz que cubría su hermoso rostro. Ella hizo lo propio con el de él. Entonces Kagome hizo algo que a Inuyasha lo vio obligado a perder el control.
Se mordió el labio inferior.
Llevó una mano hasta su nunca, perdiéndose entre las hebras de su cabello largo. Atrayéndola hacia él, hacia sus labios. Kagome se deshizo entre esos brazos, esos besos. apretando sus delgados dedos en el borde de su chaleco.
De un solo movimiento ya estaba arriba de ella. Devorando esos labios que tanto había deseado probar desde la ultima vez que lo hizo. La respiración cada vez era más pesada. La ansiedad de querer tocarla era más fuerte que la maldita razón. Debía recordar donde estaban, pero esos labios aterciopelados, esos pequeños gemidos que se escapaban de ellos habían sido su perdición.
Detuvo un por un momento el beso y con la yema de un dedo fue recorriendo su cuello hasta llegar al centro de su pecho. En ningún momento habían perdido la vista del uno del otro.
―Ese vestido está siendo mi maldita perdición toda la noche – confesó en un susurró.
Mientras jugueteaba con el borde del escote. Sus pechos subían y bajan, en una respiración acelerada, convirtiéndolos en más apetecibles.
― ¿Qué te pasó en la mano? – preguntó, como para desviar la atención.
― ¿Importa eso ahora? – lo vio arquear una ceja.
Kagome negó, antes de cerrar los ojos y sentir como abarcaba uno de sus pechos con una mano. Poco a poco fue bajando el vestido hasta descubrir sus pechos y llevarse uno a la boca. Ella se arqueó ante él. Debatiéndose entre el no y el sí. Si, que continuara con su exploración, con esas caricias que la estaban volviendo loca y no, porque no era un lugar producente.
Pero por primera vez deseaba sentir lo que otras mujeres experimentaban estando entre sus brazos.
Ni siquiera quería ver sus alas, seguramente estaban rotas. Seguramente todo el vestido y ella eran un completo desastre.
Aunque eso no importaba, podía lidiar con eso, pero por ahora, estaba entre sus brazos.
Su otra mano encontró el dobladillo de su vestido, subiéndolo sin ninguna piedad hasta el centro de su cuerpo. Estaba demasiado excitado, deseaba hundirse en ella hasta que ambos fuesen uno.
La sintió arquear la espalda cuando presionó su erección junto a su entrada.
¿Qué estaba haciendo?
Otra vez la voz de su conciencia estaba haciendo acto de presencia.
¡Es la hija de un conde!
¡Merece respeto!
¿Desde cuando había tenido conciencia? ¿Desde cuando a él le importaba tomar lo que deseaba? Claro, era porque Kagome era una mujer diferente y era verdad, no merecía ser tomada de esa manera, en un jardín tan vulgar como ese.
Apartó su mano de sus caderas, le compuso el vestido y la ayudó a ponerse de pie.
―Esto no es correcto – dijo él – Debemos regresar a casa. Le informaré al cochero.
Le ayudó a componerse el vestido junto con las alas y ambos salieron por caminos separados. Los pensamientos de Kagome eran un más de emociones. Quería seguir estando en sus brazos. Quería una vez más esos besos.
De regresó a casa, él se encerró en la biblioteca. Kagome fue a su habitación y Danniel le ayudó a quitarse el vestido. No hizo ningún comentario al ver algo de tierra en las alas. Tal vez mañana. Pero aun con las velas apagadas y preparada para dormir, no podía hacerlo.
Se incorporó en la cama.
¿Por qué se había detenido con ella en dos ocasiones?
¿Por qué con ella sí y otras no?
Pero
¿Cómo sería estar, aunque fuera una noche así, con él?
¿Cómo sería entregarse a él?
¿Qué quedaría toda la noche preguntándose a sí misma eso o era mejor averiguarlo?
Se puso una bata, miró por ambos lados del pasillo para ver si no había nadie y bajó con cuidado las escaleras. La casa estaba en completa soledad y la única fuente de luz provenía en de la biblioteca.
Él estaba sentado sobre el escritorio, mirando hacia la nada y con un vaso de whisky en la mano. Aun sentía un leve temblor en su mano y no por la herida, sino por lo que estuvo a punto de hacer con ella en un jardín, en un baile y con el peligro de que pudieran ser descubiertos. Claro, si esto hubiese sido así, no habría pasado nada, después de todo ella era su prometida y podría sacar una licencia especial.
Debía admitir así mismo que estaba perdiendo la razón por ella. Estaba casi al borde de la locura por ella. Nunca se paró a pensar que terminaría (por que debía confesarlo para si mismo) que se estaba enamorando de ella, si es que ya lo estaba y apenas cuenta se daba de eso.
¿Cómo le haría entrar en razón?
Ya era hora de volver a Londres y continuar con la boda.
Pero ¿Cómo?
¿Cómo la haría comprender?
Tal vez una muestra de amor. Tal vez ganarse su confianza, porque hasta ahora no había hecho nada de eso. Únicamente la tenía bajo amenaza con llevarla a Gretna Green. Además, tenía que regresar. En parte estaba preocupado por su madre y sus hermanas.
Soltó una profunda bocanada al mismo tiempo que escuchaba como la puerta de abría y cerraba de golpe. Alzó la vista y se encontró con Kagome. Pero no era el hecho de que estuviera ahí, sino el simple hecho de estar con su ropa de dormir.
La recorrió lentamente con su mirada. Sintió como su piel se le ponía de gallina. Como los latidos del corazón se disparaban sin control casi al grado de colapsar. Mientas que la respiración era un sube y baja, haciendo cada vez más imposible respirar.
Debía regresarla a su habitación, no por el bien de ella, sino por el suyo propio.
"Trata de ser un maldito caballero por primera vez"
su cordura una vez hizo eco en su mente.
Dejó el vaso de whisky sobre la mesa, rompiendo el silencio que había en la biblioteca.
―Deberías estar durmiendo – fue su único comentario.
―Pero debemos hablar. – protestó.
―Mañana – la miró – Cuando estés…repuesta.
―Lo estoy.
Alzó una ceja al escuchar la altanería de aquella mujer. La verdad no se lo estaba poniendo fácil. Y no era tan caballeroso después de todo.
―Por favor – suplicó – Mañana hablamos. – insistió.
La miró acercarse lentamente a él. Con esa condenada bata que se movía al copas de sus caderas. Apretó la mandíbula, mientras empezaba a contar.
1,2,3…19
¿Qué seguía?
Ah si…. 20….21…
― ¿Qué hay si no quiero hacerlo?
Se detuvo justo frente a él, casi pegada a su cuerpo. Su esencia, su voz….todo lo envolvía y transportaba a otro universo. Era una hechicera que lo había logrado seducir.
Cerró los ojos.
¿En qué cuenta iba?
Tal vez de contando de cinco en cinco podría ayudarlo a mantener concentrado, lejos de sus pensamientos pecaminosos.
30…35…40….
Kagome estaba siendo consiente del poder que estaba efectuando en él y eso le encantó. Lo vio cerrar los ojos y ese momento lo aprovechó en acercarse a él y rozar sus labios con los de él.
― ¡Por favor! – suplicó al sentir ese roce.
― ¿Quieres que me vaya? – le susurró en la oreja.
Esas lesiones no las había tomado por parte de Danniel, pero suponía que eso podía volver loco a cualquier hombre.
La verdad no, pero era por el bien de ambos.
―Si – asintió – No es correcto. Esto es peligroso y porqué….
― ¿Y por qué?
Se quedó callado cuando al abrir los ojos se encontró con sus ojos chocolate. ¿Qué quería decir? Seguramente alguna estupidez.
55…60…65
― ¡POR QUÉ SI NO TE VAZ COMETERÉ UNA LOCURA CONTIGO! – exclamó mirándola fijamente.
Inuyasha alzó una ceja cuando ella la vio sonreír. ¿Se estaba burlando de él? ¿Del martirio por el que lo estaba haciendo pasar?
77….80….
― ¿Y porque no la cometemos juntos?
100….
¡Al demonio con la cuenta! ¡No tenía tiempo para llegar a mil!
La miró serio, pero después el caballero serio y recto que trataba de ser fue remplazado por otro caballero, uno peligroso. Uno por el que toda mujer suspiraba. Sus ojos parecían cambiar de dorado a rojo intensos. Kagome sintió temor, pero al mismo tiempo placer. Ya no había marcha atrás, ella misma lo había provocado.
Casi pega un salto cuando sintió sus fuertes brazos abrazarla por la cintura para atraerla más hacia é, Kagome apoyó la palma de sus manos en ambos hombros. Antes de reclamar sus labios y que ambos estuvieran perdidos, Inuyasha pegó su frente en la de ella.
―Te lo estuve advirtiendo.
Fueron sus únicas palabras antes de reclamar sus labios.
Holiiis!
Ay perdón, pero ya llevaba 14 hojas, así que se los dejo tal vez para mañana (viernes de lemon como dirían mis chic s de Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma) o el fin de semana… no sé, soy demasiado impredecible.
Una cosa, tal vez ya lleguemos al final del fic, he estado pensando en cómo lo voy llevando, así que prepárense, podríamos estar en la última recta.
Gracias por sus lindos comentarios, las y los quiero mucho.
