¡YAHOI!
¡WIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII! ¡Al fin se me ha dado por publicar! Lo sé, lo sé: demasiado tiempo y todo eso... Pero bueno, ya está aquí, ya llegó, patrulla ca- digo, el capítulo nuevo... (?).
Perdón, pero últimamente no hago más que escuchar (y ver) ciertos dibujos animados de ciertos perros... La maravilla de tener niños pequeños en casa xD.
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
¡Espero que os guste, gente!
9
Se mordió el labio inferior, observando el plano que tenía delante por enésima vez en el día. Cogió el lápiz y borró un nombre para poner otro. Luego también lo borró y escribió uno distinto, para después borrarlo y escribir el primero que había puesto.
Cogió la hoja tamaño A3 y la pegó a su rostro, escudriñando con sus inquisitivos ojos claros cada uno de los nombres que había a lo largo y ancho de aquel plano. ¿Estaría bien así? ¿No debería poner a la familia junta? ¿O sería como excluir a los demás de su círculo más íntimo? Sus amigos también eran importantes, al fin y al cabo…
―¡Hinata Hyūga!―Pegó un salto sobre la silla en que se encontraba sentada y, muy lentamente, se giró, encontrándose con el ceño fruncido de Ino y sus perfectos labios pintados de rojo torcidos en una mueca de total disconformidad y desagrado. Hinata trató de sonreír alegremente, pero desechó su intento al ver que solo conseguía hacer que la cara de su amiga se desfigurara aún más por la molestia―. ¡¿Estás revisando de nuevo los planos del salón?!―Hinata hizo una mueca.
―Solo quería comprobar que todo estuviera… ―En dos zancadas, Ino se personó a su lado y le arrancó el plano de la discordia de las manos, enrollándolo y guardándolo en un cajón al que posteriormente echó la llave, guardándose luego la misma en su escote. Hinata la miró boquiabierta e Ino levantó la barbilla, desafiándola―. No acabas de…
―¡No puedes estar aquí! ¡Y menos volver a cambiar la disposición de las mesas, de las sillas, de los invitados… ¡Creí que ya lo habíamos superado!
―Es evidente que no―susurró Hinata para sí. Ino la fulminó con la mirada.
―¿Dijiste algo?―Hinata apretó los labios.
―No. ―Ino asintió.
―Eso me pareció. Oh, mira, son las cuatro en punto. ¿No se suponía que debías estar con Konan y con Hanabi escogiendo tu vestido de novia?―Hinata retrocedió como si la hubiese golpeado.
―Eh… yo… bueno… ―Ino clavó sus ojos azules en ella―. Sí―contestó al fin, entre dientes, malhumorada. Luego, echando un vistazo al cajón en el que Ino había puesto a buen recaudo el plano del salón donde iba a llevarse a cabo su banquete de boda, no pudo resistirse a decir―: ¡Pero es mi boda!―Ino puso los ojos en blanco y suspiró.
―Pues claro que es tu boda.
―¡Entonces tengo derecho a-
―No. No lo tienes. No cuando has cambiado de opinión por lo menos quinientas veces en los últimos dos días. Razón por la cual Konan y yo nos hemos visto obligadas a tomar el asunto en nuestras manos. ¿Por qué no puedes ser más como Naruto? Él se está dejando manejar muy bien por Kushina. Sin una queja. ―Hinata giró la cabeza a un lado.
―Traidor―murmuró para sí. Ino ladeó la cabeza y puso una mano tras la oreja.
―¿Dijiste algo?―De nuevo, Hinata se tragó todas las palabras malsonantes que tenía atascadas en la garganta―una señorita jamás maldecía ni insultaba, dijo alguien en su cabeza con la voz sospechosamente parecida a la profesora de buenos modales que su padre había contratado cuando ella era pequeña―y volvió a negar con la cabeza.
―No. ―Ino asintió.
―Bien. Pues no tienes nada que hacer aquí. Ve a probarte montones de bonitos y preciosos vestidos de novia. Seguro que encontrarás alguno que logre hacer babear a tu prometido. ―Hinata frunció el ceño para acto seguido bajar la cabeza y suspirar.
No tenía sentido discutir con Ino. Además, sabía que la palabra final era suya, al fin y al cabo, la que se casaba era ella. Esbozando una sonrisa malvada, recogió su abrigo y su bolso y salió de la oficina.
Ya se cobraría su venganza. ¿Tal vez exigiendo servilletas color marfil a último momento en vez de las de color crema que ya tenía encargadas y en camino? ¿O escogiendo otras flores y haciendo así sudar a Ino porque la reputación de su floristería quedaría en entredicho si no era capaz de cumplir con un compromiso tan importante como el adquirido con una de las bodas más sonadas del país?
En su corazón sabía que no iba a hacer nada tan mezquino ni cruel. Ella no era así. Pero no podía evitar soñar con la venganza cuando no la estaban dejando hacer prácticamente nada más que escoger colores, texturas, un vestido y algunas chucherías más.
Era su boda. Y quería ser la que controlara hasta el más mínimo detalle. Al fin y al cabo, se suponía que las bodas estaban para satisfacer los deseos de la novia.
Mientras se montaba en el coche y conducía hasta la tienda de novias más antigua―y exclusiva―de Konoha se preguntó por qué demonios había accedido a dejar en manos de sus amigas y familiares todo lo relativo a la organización del evento más importante de su vida.
Ah, sí, ya lo recordaba: había sido una loca controladora insufrible los dos meses anteriores, encadenando crisis tras crisis nerviosa. Su padre incluso le había sugerido que se fuera de vacaciones―ella sola, sin su prometido y su bebé―y que cuando volviera ya lo tendrías todo listo y dispuesto. Solo tendría que vestirse, maquillarse, caminar hasta el altar y pronunciar el tan ansiado «Sí, quiero».
Miró para su anillo de compromiso y sonrió. Casarse con Naruto, el amor de su vida, el padre de su hijo, era uno de sus sueños hechos realidad. ¿Cuántas veces no había fantaseado con ello durante su adolescencia? Desde los doce años, y cada vez que soñaba despierta―lo cual ocurría a menudo, debía admitir―lo único que se imaginaba era precisamente eso: ella, vestida de blanco impoluto, él, impecable en un traje negro―a veces era un chaqué y otras un frac―y los dos declarándose amor eterno en una iglesia bien iluminada.
Sueños infantiles que por fin se harían realidad. Y sí, había luchado mucho por ello, por eso no entendía por qué demonios no la dejaban hacer. Todo tenía que ser perfecto ese día. Absolutamente perfecto. Tenía que demostrar a todo el mundo lo feliz que era y la maravillosa vida que había logrado construir junto al amor de su vida.
Aparcó el coche y dejó caer la cabeza contra el volante. Tal vez sí que se estaba pasando de la raya. Un poco. Se mordió el labio inferior y, sacudiendo la cabeza, abrió la puerta y saltó fuera del vehículo, agarrando su bolso en el proceso. En fin, ya pensaría en eso más tarde.
Ahora tenía por delante la ardua tarea de encontrar el vestido perfecto.
Porque no podía admitir nada por debajo de eso.
Perfección era su segundo nombre. Y pensaba hacer honor al mismo. Aunque fuese lo último que hiciera en su vida.
―Mmm… el negro es demasiado…
―¿Funerario?―Kushina fulminó con la mirada a su único hijo mientras, al otro lado de Naruto, vestido con un elegante chaqué negro, tosía para tratar de disimular una risa.
―Iba a decir sobrio. Se supone que tu boda tiene que ser un evento feliz, lleno de luz y de color. Pruébate el gris perla. Y luego el gris marengo. Quiero ver el contraste a ver cuál te queda mejor. ―Suspirando por paciencia, Naruto hizo lo que su amorosa madre le pedía.
Mientras se quitaba las prendas ayudado por uno de los empleados de la sastrería hasta la que su progenitora los había arrastrado a él y a su madre, un gorgojeo llamó su atención. Se asomó por detrás del biombo mientras se debatía por sacarse los pantalones.
―Uuuuuu… Te gusta esto, ¿verdad que sí? Sí, así, arre borriquito, arre burro, arre, arre borriquito que llegamos tarde… ―Alzó las cejas con diversión al ver la ligera incomodidad que su madre estaba provocando en los dependientes de la tienda que los atendían. Seguramente era la primera vez que se veían en la tesitura de tener que aguantar las órdenes y el escrutinio constante de una mujer con un bebé en brazos.
Pero Kushina se había negado en redondo a que Hinata se llevara a Boruto. Escoger el vestido de novia iba a ser mucho más complicado que el del novio. Hinata se merecía la experiencia completa, así que decidió que ella se ocuparía de nieto mientras tanto.
Terminó de cambiarse y salió de nuevo, mientras uno de los sastres le cepillaba los hombros con insistencia para eliminar cualquier posible arruga en la tela de la chaqueta. Se puso al lado de su padre, los dos rígidos y serios como estatuas, representando el papel que Kushina requería de ellos en ese momento. La pelirroja frunció los labios, disconforme con lo que veía. Naruto y Minato suspiraron al unísono y regresaron detrás de su biombo cada uno, para volver a probarse otro traje. Pero el gris marengo tampoco convenció a la mujer.
―No, demasiado… brillante. Tampoco es cuestión de robarle el protagonismo a Hinata. Oscuro. Debe ser un traje oscuro. Mmm… ¿Azul marino, tal vez? Oscuro―repitió mientras hacía rebotar a Boruto sobre sus rodillas para que el niño no empezase a aburrirse y a protestar en consecuencia.
―Por supuesto, señora. Si me dan un minuto… ―El dueño de la sastrería desapareció junto con uno de sus empleados para aparecer segundos después, portando un conjunto de chaqueta, chaleco, corbata y pantalón. Menos el chaleco―que era gris―el resto de las piezas eran azul marino, siendo la corbata un tanto más clara que la chaqueta el pantalón.
Naruto cogió la ropa y se la probó, preguntándose si este sería ya el definitivo. Cuando se puso frente a su madre para el escrutinio de rigor, los ojos violetas y expresivos de Kushina Uzumaki se abrieron. Una sonrisa curvó sus labios y un gritito de alegría escapó de su garganta. Se puso de pie con Boruto en sus brazos y dio un par de vueltas a su alrededor, inspeccionándolo con todo detalle.
―¡Sí, sí, sí! ¡Este es perfecto, perfecto! ¡Combina a la perfección con tu cabello y con tus ojos! ¡Oh, Hinata lo amará, estoy segura! Y te sienta tan bien… Estás guapísimo'ttebane. ―Naruto sintió su pecho hincharse ante los halagos de su madre.
―Kushina, no hace falta que lo mimes tanto, lo estás malcriando. ―Naruto fulminó a su padre con la mirada y Minato le sonrió con tranquilidad a modo de respuesta.
¿Y qué si lo malcriaba a sus casi treinta años? Era su único vástago, al fin y al cabo. Y las madres nunca dejaban de ser madres.
Además, cuánto más contenta estuviera su progenitora, antes podría irse de aquella maldita sastrería.
―De acuerdo, entonces. Señor, por favor, si es tan amable de subirse aquí un momento mientras ajustamos el traje para los arreglos pertinentes… ―Naruto sintió que el alma se le caía a los pies.
Resignado, subió a la peana que acababa de aparecer de Dios sabe dónde y trató de estarse quieto mientras lo pinchaban con agujas en diferentes pares de su cuerpo, algunas de las cuales ya no recordaba ni que las tenía.
Suspiró por milésima vez en el día.
Bueno, todo fuera porque su boda con Hinata saliese más que perfecta. Ella no se merecía menos.
Porque se lo merecía todo.
―Mmm… pareces un pastel con demasiada nata encima, hermana. ―Konan alzó una ceja en dirección a Hanabi. La joven se encogió de hombros con una mirada algo culpable en sus ojos perlados―. Claro que si es el que te gusta… ―Hinata dio una vuelta con el vestido que se estaba probando―algo harto difícil cuando la falda parecía más una carpa de circo que, bueno, una falda―y se miró en el espejo.
―No, tienes razón. Me queda fatal. ―Hanabi sonrió, satisfecha por haber acertado. Konan se levantó entonces del mullido sofá de terciopelo en el que estaban sentadas ella y Hanabi y se acercó al perchero del que colgaban la selección de vestidos que habían pasado la criba previa de la futura novia. Evaluó con ojo crítico todos y cada uno de ellos y al final se decidió por uno palabra de honor que tenía una chaquetilla a juego corta y otro de escote barco y manga francesa, liso y sin adornos, cuyo atractivo radicaba en la cola larga y ancha.
―Ten. Prueba con estos. ―Con un suspiro, Hinata cogió los dos trajes que su amiga le tendía y se metió de vuelta en el probador junto con una de las dependientas de la tienda, que la ayudó a desnudarse nuevamente y a vestirse.
―¿Crees que lo encontrará?―susurró Hanabi a Konan al otro lado de la cortina del vestuario en el que su hermana mayor terminaba de ponerse el primero de los trajes.
Konan suspiró.
―Lo hará, Hanabi. Puede que no hoy o mañana. Pero lo hará. A mí me llevó cuatro meses dar con el vestido perfecto. ―Hanabi parpadeó y la miró, con la boca ligeramente abierta.
―Bromeas. ―Konan negó, con una sonrisa adornando su hermoso y blanco rostro.
―No, es la verdad. Estaba harta de ver vestidos y más vestidos. Y me dije que el próximo que me quedara bien me lo compraría, aunque no fuese… el adecuado. Entonces, a punto de rendirme, lo encontré. En una tienda de segunda mano. Estaba en el escaparate, ahí, en un rincón apartado. La tela parecía algo gastada y no era de un blanco estrictamente puro, pero me enamoré de él. El precio era ridículamente barato para tan exquisita pieza. La dueña de la tienda no tenía ni idea de la joya que tenía. Así que me lo llevé, me lo probé y la modista hizo los arreglos oportunos.
―Oh, recuerdo que se armó mucho revuelo. Las revistas de moda decían que era algo único. ―Konan sonrió y asintió.
―Así es. Imitaba las túnicas femeninas de la época romana. Cosida a los hombros llevaba una capa como de tul que hacía las veces de cola. Como mi boda no fue en una iglesia, daba un poco igual que llevase o no los hombros descubiertos, así que fui tal cual. El único añadido que hice fue pedir que cosieran unos broches en los tirantes, justo en la unión entre la capa de tul y la tela del vestido. Fue mi algo nuevo. ―Hanabi no pudo evitar sonreír al ver la expresión melancólica y soñadora en los ojos de Konan.
―Bueno, vamos allá. ―La voz de Hinata las hizo girarse en su dirección. El vestido de la chaqueta corta le quedaba bien, considerablemente mejor que los otros veinte que se había probado ese día. Pero aun así la mueca en su cara daba muestra de su poco convencimiento de que ese fuera el vestido.
Konan suspiró y negó con la cabeza. Hinata asintió, conteniendo a su vez un suspiro de pura resignación. Hanabi las miraba a una y a otra. Ella no entendía mucho de bodas, por el momento, así que tampoco podía opinar mucho. Hinata se probó el segundo vestido, de un blanco marfileño. Se miró en el espejo, y tuvo que decir que le quedaba… perfecto. Habría que soltar algunas costuras, claro, y ajustar la falda a la forma de su cintura. Desgraciadamente, siempre había tenido más arriba que abajo…
Konan se levantó de su sitio nada más verla. Sonriendo, se acercó a ella y la hizo dar una vuelta completa antes de asentir.
―Sí, este es precioso, sencillo y totalmente de tu estilo. Aunque…
―Le falta algo. ―Hanabi enrojeció al ver que dos pares de ojos se volvían a mirarla―. Es… demasiado simple. Sí que es de tu estilo, hermana, pero…
―Tal vez… ―La voz de la dependienta que las atendía interrumpió el titubeo de Hanabi―. ¿Podríamos probar con un velo un poco más sofisticado?―Hinata miró el transparente tul carente de adornos que acompañaba al vestido e hizo una mueca.
―Sí, por favor. ¿Qué nos sugiere?―Aliviada y emocionada a partes iguales, la joven empleada desapareció a la carrera para volver minutos después jadeante y sosteniendo cuidadosamente entre sus brazos un largo velo cubierto enteramente de encaje. Maravillada, Hinata pasó la mano por la tela rugosa pero suave al tiempo. El intrincado patrón a base de flores le encantó. Era quizá algo cursi y muy visto, pero supo que era lo que buscaba para el día más importante de su vida.
Se dio la vuelta y, con la ayuda de Konan, la dependienta desenganchó el velo que llevaba en el pelo y colocó el que acababa de traer. Lo ahuecó y lo expandió en todo su esplendor y, solo entonces, Hinata se giró nuevamente al espejo.
Se quedó prendada de su imagen. Acarició con mimo el suave tejido del vestido y casi se le saltaron las lágrimas al volver a mirarse en el cristal dónde su reflejo se dibujaba.
Sí, definitivamente, podía trabajar con lo que sus ojos veían.
―Guau, estás preciosa―le dijo Hanabi, acercándose a ella visiblemente emocionada. Konan repasó hasta el más mínimo detalle para acto seguido cabecear afirmativamente.
―Hay que pulir algunos detalles, pero sí, es este.
―¿Es este?―preguntó Hinata, con el labio inferior temblándole. Konan y Hanabi sonrieron y asintieron a la vez.
Hinata rio entonces y dio una vuelta con el que ya era su vestido de novia mientras Hanabi aplaudía y Konan llamaba a la dependienta para que viniera a ajustarle el vestido.
Lo más importante ya estaba. Ahora, le quedaba tan solo esperar al día señalado.
Todo saldría bien y tendría su final feliz.
El más perfecto de todos los vividos hasta ahora.
―Eso es, caminen firmes y seguros. Señorita Hyūga, cabeza en alto… Eso es. Señor Uzumaki, deje de moverse, se lo ruego. El novio no puede parecer tan ansioso… ―Naruto fulminó con la mirada para el sacerdote que en teoría tenía que casarlos.
Ese día tenían el ensayo en la iglesia. Después tendrían que hacer un cursillo prematrimonial acelerado de tres días. Era la condición que el cura les había puesto o, sino, ya podían buscarse otro sitio para la boda. Naruto no quería retrasarlo más. Habían tenido que cambiar la fecha inicial de la celebración de su enlace por culpa de que Hinata no estaba aún totalmente recuperada. Afortunadamente, las invitaciones no habían sido enviadas todavía, así que tenían tiempo de sobra.
Eso había sido hacía tres meses. La única iglesia disponible para el día que finalmente escogieron―y solo porque alguna pareja había decidido cancelar y, por tanto, había un hueco libre en la apretada agenda del sacerdote al que ahora mismo deseaba asesinar―era en la que estaban ahora mismo. Pero el cura era un señor mayor chapado a la antigua. Se había santiguado al saber que «vivían en pecado» y que de esa «unión maligna» había salido un niño que «siempre llevaría la marca de la mala conducta de sus padres».
Naruto había estado listo para salir pitando de allí y buscar otro lugar para llevar a cabo la celebración de su matrimonio con Hinata. Pero esta le había clavado las uñas en el brazo diciéndole así que ni se le ocurriera moverse y, esbozando la sonrisa más falsa que jamás le había visto consiguió convencer al buen religioso de que precisamente por eso querían celebrar su casamiento como Dios mandaba: en la casa del señor. Además, ¿no era el santísimo padre un ser misericordioso que reconocía a aquellos que volvían al rebaño de buena fe?
Hasta ese momento, Naruto no le había tenido a su futura esposa. Pero en ese momento se dio cuenta de que debía tomar buena nota de nunca, jamás de los jamases, hacer enfadar a Hinata.
Ahora entendía por qué era tan malditamente buena llevando su pequeña empresa de decoración. Y no pudo evitar sentir un poquito de malvada―y sana―satisfacción al ver el rostro del sacerdote ponerse rojo por momentos. El hombre había tosido y finalmente accedido a su petición porque Hinata, con toda su―maléfica―buena educación había hecho que se quedara sin argumentos.
Y ahora le estaba lanzando una mirada de advertencia, una de esas que prometía muerte y destrucción como se le ocurriera estropear su evento especial. Dios, ojalá tuviese una máquina del tiempo para adelantarlo y así aparecer el gran día, ya vestido y de piel a un lado del atar, mirando a las puertas de la iglesia, dónde su preciosa y perfecta pronto esposa haría su entrada estelar, dejándolos a todos boquiabiertos y encandilados.
Hinata llegó a su altura y ambos se dieron la vuelta y se quedaron mirando para el sacerdote, que sonreía, satisfecho.
―¡Bien! ¡Magnífico! Me alegra comprobar que mis enseñanzas van calando en la feliz pareja. ―Naruto sintió la punta de un tacón hacer presión en su empeine. ¡Pero si no iba a decir nada! Desde luego, Hinata se estaba comportando como una arpía desquiciada. ¿Todas las bodas hacían a la novia perder la cabeza? ¿Y el cambio de personalidad brusco era un efecto secundario de los síntomas?―. Acuérdense de que mañana empezamos con el curso prematrimonial, aunque… ustedes se hayan saltado todos los pasos para ir directamente al final. ―Naruto se mordió la lengua por enésima vez en la tarde―. Estos jóvenes de hoy en día, ni la institución del sagrado matrimonio respetan… Todo lo quieren ya… A su manera, sin tener en cuenta las reglas… Ay, por qué no me has llamado aún a tu lado, señor…
―Con gusto te mando con él cuando quieras, viejo―murmuró Naruto. Hinata lo miró, irritada. El rubio se encogió de hombros―. ¿Qué? Solo estaba expresando que si tanto quiere ir a reunirse con su Dios…
―Naruto, basta. Estamos a una semana de la boda. Es imposible que encontremos otra iglesia a tiempo. ¿De verdad quieres tener que hacerme pasar por eso? ¿Innecesariamente?―Naruto respiró hondo y se frotó la frente, tratando de deshacer el nudo de tensión en sus sienes.
―No, nena, claro que no. Sé lo mucho que nos costó encontrar un día, pero me pregunto… ¿De verdad esto es lo que quieres?―Hinata lo miró sin comprender mientras recogía su abrigo y se lo ponía.
―¿A qué te refieres?―Naruto hizo un gesto hacia las puertas de la iglesia.
―Esto. Tanta… pompa y tantas reglas… ¿Por qué no nos casamos, no sé, en la playa o en algún hotel o incluso en el ayuntamiento? Sería más rápido y-
―Naruto. ―Él calló al escuchar su nombre ser pronunciado con un tinte de advertencia y animosidad en la normalmente dulce voz femenina―. Mis padres se casaron en una iglesia. Mis abuelos se casaron en una iglesia y, ¿sabes qué? ¡Mis bisabuelos también se casaron en una iglesia! ¡No pienso ser la única Hyūga que no se case como la tradición manda! ¡Y podrá ser loco y estúpido y todo lo que tú quieras! ¡Pero es mi boda y se va a celebrar donde yo quiera! ¡¿Estamos?!―Naruto se envaró y la miró, saludándola como si fuera un soldado militar ante su superior inmediato.
―¡Señora, sí, señora! ¡Se hará como usted diga!―Hinata asintió, para acto seguido darle la espalda para ir junto a su suegro, con quién había dejado a su pequeño Boruto mientras el resto participaba en el dichoso ensayo.
Una risa masculina lo sacó de su aturdimiento. Se giró, descubriendo a Hiashi, el padre de Hinata, mirándolo con compasión pero a la vez con diversión. Como si el hombre mayor supiera exactamente por lo que él estaba pasando.
―No te preocupes, hijo. Todas las mujeres enloquecen con los planes de boda. Su madre y yo incluso llegamos a plantearnos cancelar todo porque la tensión casi rompe lo que teníamos. Demasiadas expectativas que cumplir, demasiada presión para que todo salga perfecto. Especialmente cuando sois el foco de los periodistas de la prensa del corazón ahora mismo. ―Naruto respiró hondo y asintió.
―Lo sé. Por eso no se lo tengo en cuenta. Sé que, en cuánto pase todo esto y seamos al fin marido y mujer, las cosas se calmarán y todo volverá a ser como antes. Además, tendré la luna de miel para resarcirme'ttebayo. ―Hiashi hizo una mueca ante sus palabras.
―Esa, Naruto, era una información que no necesitaba. Ah, por cierto, igual llego un poco tarde, pero… le haces daño a mi hija y me aseguraré de torturarte, matarte y enterrar tu cadáver dónde nadie jamás lo encuentre. Lo sabes, ¿verdad?―Naruto tragó saliva y asintió.
―Lo sé. Pero ha de saber que… mi intención siempre ha sido, es y será, hacerla feliz. Para mí, Hinata y Boruto son mi prioridad número uno. ―Hiashi sonrió satisfecho al escucharlo hablar con tanta convicción y seriedad.
Le palmeó un hombro y se alejó. Naruto se giró entonces y sonrió al ver cómo su prometida y pronto esposa charlaba animadamente con sus padres mientras sostenía a un cansado Boruto contra su pecho, que apoyaba su rubia cabecita en uno de sus delicados hombros, con los ojitos prácticamente cerrados, listo para echarse una de sus largas y reparadoras siestas.
Se acercó a ella y le rodeó la cintura con un brazo al tiempo que besaba la cima de su cabeza.
―Deberíamos irnos, cariño. Parece que Boruto no puede más ya'ttebayo. ―Hinata miró para el lugar dónde su bebé se había acomodado y suspiró al ver que ya no se movía. Eso quería decir que su hijo estaba más cansado de lo que ella creía.
―Tienes razón. Será mejor llevarlo a casa. Kushina. Minato. Si nos disculpáis. ―Ambos sonrieron y negaron.
―No pasa nada, Hinata. Habrá más ocasiones de charlar. Adiós, Boruto, adiós.
―Dile adiós al abu, Boruto. Dile, adiós abu, adiós… ―El pequeño retiró su bracito y volvió a acomodarlo en su posición inicial bajo su cuerpo, como diciendo así que lo dejaran tranquilo. Naruto suspiró. Seguramente se quedaría dormido nada más arrancar el coche. Eso era un problema, porque luego, al sacarlo para meterlo en casa, teniendo que desvestirlo para bañarlo, echarle la crema y ponerle el pijama, seguramente espabilaría y luego a ver quién lo volvía dormir.
Las rutinas eran importantes para los bebés. Los hacían sentir seguros. Que todo fuese igual todos los días les daba la certeza de que todo estaba bien y de que nada malo pasaba.
Con otro suspiro, Naruto precedió a Hinata, que tapaba a Boruto con su abrigo para que no se enfriase en el corto trayecto desde la entrada de la iglesia hasta dónde había aparcado el coche. Esperó a que Naruto desbloqueara las puertas y luego acomodó a su hijo en la sillita para bebés correspondiente. Mientras, Naruto se sentaba en el asiento del conductor y encendía la calefacción. A pesar de ya estar en primavera hacía un frío que pelaba, especialmente a esa hora, que era cuando empezaba a oscurecer para que el día diera paso a la noche.
Finalmente, Hinata cerró la puerta de atrás y abrió la contigua para acomodarse en el asiento del copiloto y cerrar con un gran suspiro. El calorcito ya empezaba a notarse en el interior y lo agradecía después de probar el frío nocturno de Konoha.
Sonriente porque por fin podría irse a la comodidad y la tranquilidad de su hogar, Naruto giró la llave en el contacto y el motor rugió. Pisó el acelerador y movió el volante, maniobrando para poder incorporarse al tráfico.
Ay, qué ganas tenía de llegar a casa y darse un buen baño caliente. Con burbujas. Y con compañía, por supuesto.
Nada podría hacerlo más feliz que el que Hinata lo mimara y lo cuidara un poco.
Se lo merecía después de aguantar un día tan aburrido y tedioso.
Menos mal que uno solo se casaba una vez en la vida si tenía suerte de encontrar a la correcta.
Pero, por suerte, él había sabido acertar a la primera.
Sonrió ante su pensamiento.
Sí, Hinata era la correcta. Perfecta para él.
Y era total, completa y enteramente suya.
―Entonces… entienden que lo que han hecho está mal, ¿verdad? Y que… el coito… solo debería practicarse dentro del seno del matrimonio y con el único y exclusivo objetivo de la procreación. Traer hijos al mundo es el mayor acto de amor que una mujer puede hacer hacia Dios nuestro señor. Es su deber, por supuesto, al igual que lo será el educarlos y criarlos. El marido provee y la esposa obedece, cuida… ―Naruto sentía unas ganas tremendas de levantarse de la silla, gritarle cuatro cosas a ese sacerdote salido de una película de la Edad Media, agarrar a Hinata y largarse de allí más rápido que deprisa.
Pero Hinata no se lo perdonaría nunca. Ella siempre había tenido la ilusión de casarse en una iglesia―con él―y no iba a destrozar sus sueños solo porque se veía obligado a soportar una charla que ni siquiera su abuelo se habría atrevido a darle a su abuela.
Así que, desconectó su cerebro, asintiendo cuando Hinata le daba un codazo. Se concentró en pensamientos más placenteros. La luna de miel. La harían en Kiri. En los últimos años se había vuelto un destino muy popular de vacaciones. Su clima suave y sus preciosas playas era todo lo que unos recién casados deseaban.
Ya podía imaginarse tumbado en la suave arena, con Hinata a su lado bajo una sombrilla, protegiendo así su pálida piel de los rayos del sol. Él la ayudaría a esparcir la crema protectora sobre todo su cuerpo, claro, despertando así deseos que satisfarían luego en la casita a pie de playa que habían alquilado para la ocasión.
Había sido una muy buena elección, a su parecer. La casa se alquilaba por temporadas. Tenía todas las comodidades, además de la privacidad que ellos requerían. Ni siquiera tendrían que limpiar, ya que los dueños tenían contratado personal específico para llevar a cabo esas tareas.
Era un concepto novedoso dentro del turismo que cada vez se estaba extendiendo más y más. La pena es que no pudieran llevar a Boruto a disfrutar de su primera vez junto al mar, pero… si el sitio les gustaba―y Naruto estaba seguro de que así sería―tal vez podrían plantearse volver a alquilarlo durante el verano…
―… y espero que hayan entendido que un matrimonio se basa en la confianza. De la mujer hacia el marido. Si la primera cumple con todos sus deberes y obligaciones maritales, el segundo no tendrá nada que reprocharle ni tampoco buscará fuera… en fin, ya me entienden. Oh, miren, se nos ha acabado el tiempo. Mañana a la misma hora. No lo olviden. ―Naruto sintió un tirón en su brazo y se levantó al punto. Hinata sonrió al sacerdote.
―Muchas gracias por todos sus sabios consejos, padre. Nos vemos mañana.
―Si es que no lo asesino yo antes―murmuró Naruto para sí. Hinata le pellizcó el interior del brazo mientras terminaba de despedirse del cura y giraba con él para salir por fin del despacho parroquial.
Una vez fuera, ella misma tuvo que respirar hondo para calmarse. Naruto la miró con una ceja alzada, pero la joven Hyūga le devolvió una mirada feroz.
―Cállate. Ni una palabra. ―Naruto sonrió y levantó las manos a modo de rendición.
―No he dicho nada'ttebayo.
―Pero ibas a hacerlo. Te conozco y… Dios, ¿a quién quiero engañar? Yo también tengo ganas de volver a entrar ahí y asesinarlo―gruñó. Naruto no pudo evitar reír. Raras veces su dulce y tierna prometida hacía gala de ese carácter que mantenía bien escondido del mundo. Pero las pocas veces que lo dejaba salir… bueno… solo dría que se veía tremendamente sexy y deseable.
Se acercó a ella y la abrazó, estrechándola entre sus brazos.
―Solo unos días más, nena. Unos días más y luego, por fin, habrá terminado esta pesadilla. ―Hinata lo golpeó en el pecho con los puños.
―¿Nuestra boda te parece una pesadilla?―Naruto suspiró.
―No, claro que no. Nada más lejos de la realidad. Es solo que… no se te veía muy feliz ahí dentro. En serio, Hina, ¿por qué no podemos casarnos en otro sitio?
―No. Nos casaremos en una iglesia. Yo llevaré un vestido blanco y tú un traje que hará a todas las mujeres del país babear y ponerse verdes de envidia porque soy yo la que te tiene. ―Naruto sonrió ampliamente y bajó la cabeza para besarla.
―¿Te he dicho ya que me encanta esa vena vengativa que tienes?―Hinata enrojeció.
―N-no soy vengativa… ―Naruto rio.
―No, no lo eres. Normalmente. Pero desde que salió aquel artículo diciendo que me habías atrapado… ―Hinata torció los labios.
―Esa es una vil mentira. Ya llevábamos años juntos cuando me quedé embarazada de Boruto. ―Naruto suspiró. Lo cierto es que a él le había sentado mal no, lo siguiente. Que dijeran una cosa tan horrible de la mujer a la que amaba lo había hecho enfadar. Mucho.
Se había puesto en contacto con su abogado en el acto―que en este caso era Shikamaru―y habían presentado una demanda contra la revista por difamaciones y atentando a la intimidad. Es cierto que él era un personaje público, una celebridad dentro del mundo del deporte.
Pero Hinata no. Ella no tenía nada que ver en eso fuera de que era su futura esposa y la madre de su hijo. Su empresa de decoración era seguida por la crème de la crème de la alta sociedad, personas que valoraban mucho su intimidad y que no toleraban los cotilleos y los escándalos públicos. Aquel artículo había podido hacerle mucho daño a Hinata. Afortundamente, Konan, Ino y la propia Hinata se habían movido rápido para minimizar los posibles daños. Y el artículo deleznable en el que la tachaban casi de aprovechada y cazafortunas―sin caer en la cuenta de que ella misma era la heredera de uno de los hombres más ricos del país, mucho más que el propio Naruto―había quedado en el olvido al haber conseguido su propia primera plana en varias revistas serias de decoración y de arte.
Muchos de los clientes de Hinata habían aportado su granito de arena, también. Su padre ayudó y, por supuesto, los compañeros de equipo de Naruto le echaron una mano.
Pero a Hinata le habían afectado más de lo que debía las venenosas palabras de aquella periodista. A pesar de todo el terreno recorrido durante todos los años que llevaban juntos, todavía pervivía en lo más profundo de su interior aquella adolescente tímida e insegura que solo podía soñar con estar entre sus brazos.
Suspirando, Naruto le besó la coronilla y luego la soltó, dedicándole una amplia sonrisa.
―Vamos, nena, vayamos a casa. Papá y mamá dijeron que ellos se encargarían un rato más de Boruto. Así te dará tiempo a darte un relajante baño de burbujas. ―Hinata lo miró con adoración, como si acabara de bajarle la luna solo para ella.
―¿En serio? Oh, eso es justo lo que necesito, Naruto. Te amo. ―Naruto sintió a su corazón acelerarse, como cada vez que ella le decía esas palabras en voz alta.
Cogiéndole el rostro entre sus manos la besó con un poco más de brusquedad que anteriormente, haciéndole saber así no solo que era plenamente correspondida, sino lo mucho que le gustaba oír que lo amaba.
Al fin, se metieron en el coche y este partió, rumbo a su hogar.
Dónde Naruto pensaba prepararle a su chica el baño más relajante de todos los tiempos.
Solo por y para ella. Simplemente porque Hinata se merecía eso y más.
Mucho más.
―¡No voy a irme!―Konan y Yahiko pusieron los ojos en blanco. Los dos habían acudido a casa de Naruto y Hinata porque aquella noche tendría lugar la segunda cita más importante de sus vidas, según palabras de Yahiko:
La despedida de soltero.
Hinata había escogido a Konan para preparar la suya―ya que sabía que no organizaría ninguna locura―mientras que Naruto se había dejado guiar por los sabios consejos de Yahiko. No obstante, al enterarse de que Konan iba a llevar a su futura esposa a una de esas salas privadas en el club más exclusivo de la ciudad se había negado en redondo a irse y a dejar a su inocente prometida en manos de sus alocadas e impúdicas amigas.
―Naruto, no vas a poder evitarlo. Pasará. Y será mejor que lo aceptes. No será ni una noche entera…
―Por supuesto que no. Hinata tiene que dormir y descansar bien para mañana.
―¿Lo ves? Venga, vámo-
―¡He dicho que no y es que no'dattebayo! ¡Me niego!―Yahiko miró exasperado para Hinata, quién sintió que se ruborizaba.
―Hum… yo… bueno… no quisiera… ―Konan le dio un codazo y, finalmente, dejando escapar un gran suspiro, se acercó a su novio y le cogió las manos, convertidas en tensos puños―. Naruto―llamó, en tono suave. Los ojos azules del hombre al que amaba se clavaron en ella―. Solo serán unas cuántas horas, como dice Yahiko. Y te aseguro que no pasará nada imprudente. ¿Confías en mí?
―¡Confío en ti! ¡Es de ellas de quién no me fío!―dijo, señalando acusadoramente con un dedo hacia dónde Konan esperaba, haciendo alusión a ella y al resto de las amigas de su prometida.
Hinata respiró hondo. Podía comprenderlo. A ella tampoco le apetecía especialmente que Naruto se marchara a una despedida de soltero con sus amigos. Había oído demasiadas historias sobre clubes nocturnos, habitaciones de hotel y strippers―y prostitutas―como para no fiarse un pelo del resto del mundo. ¿De Naruto? Siempre. Sabía que él no la traicionaría. Jamás. Pero sus amigos… bueno… podía fiarse de Sasuke, Shikamaru y Chōji, por supuesto. Pero Yahiko y sus compañeros del equipo de fútbol eran harina de otro costal.
―Te prometo que, si no me lo paso bien, volveré a casa y te mandaré un mensaje de buenas noches. ―Hizo una mueca al oír las palabras de Hinata. Esa era otra tradición que le tocaba mucho la moral. ¿Por qué no podía dormir con su novia el día antes? Mala suerte y una mierda.
Pero todo era por Hinata, se dijo, por hacer realidad su sueño de la boda perfecto. Ahora, lo de la despedida de soltero…
―Vamos, hombre, no será para tanto. Solo unos cuántos amigos pasándolo bien. ―Naruto miró para Yahiko con mala cara. Este suspiró y levantó las manos―. Te juro que no será nada de lo que estás pensando. ―Naruto entrecerró los ojos en su dirección. Miró una última vez para Hinata quién le sonrió, alentadora. Tomó una respiración profunda y finalmente asintió. Yahiko casi se pone a hacer el baile de la victoria y, mirando para Hinata, articuló un «Gracias» solo con sus labios, todo mientras empujaba a un todavía molesto y disconforme Naruto hasta la salida.
Una vez los hombres desaparecieron dentro del coche de Yahiko y este se perdió en la lejanía, Konan abrazó a Hinata por los hombros y le sonrió.
―¿Lista para la diversión?―Hinata suspiró.
―Supongo… ―Konan le apretó los homros.
―Venga, lo pasaremos bien. ¿Cuánto hace que no tenemos una noche de chicas? Será como una fiesta de pijamas pero de adultos. ―Hinata la miró.
―¿Nada de… bailarines desnudos?―Konan apretó los labios para contener una risa.
―Para gran consternación de Ino y de Karui… No, nada de strippers buenorros ligeros de ropa. Eso es demasiado vulgar. Te prometo que solo habrá alcohol y alguna que otra conversación subida de tono. ―Hinata asintió y se dejó finalmente guiar por su amiga y socia de negocios hasta el coche. Una vez se acomodaron en el interior, Konan arrancó y se dirigió a la parte más nueva de Konoha, dónde destacaba el nuevo centro comercial―cortesía de su padre―y la zona de moda. Konan estacionó en el aparcamiento del club más privado y exclusivo de la ciudad y apagó el motor, saliendo fuera del coche. Hinata la siguió, todavía sin estar muy convencida.
Atravesaron la entrada sin problemas y se dirigieron a uno de los reservados en uno de los pisos superiores, dónde la gente podía alquilar salones privados para tener reuniones… íntimas. No solo de índole sexual, sino que, por lo que había oído, muchos hombres de negocios importantes preferían la privacidad de un club como aquel, dónde no llamabas al personal a menos que lo necesitaras y dónde no había ni cámaras de seguridad en los reservados, solo en los pasillos, para llevar a cabo los tratos más delicados y secretos.
Los tiempos cambian, suponía Hinata. Para todo y para todos.
Sus amigas ya estaban allí y la recibieron con gritos, chillidos y cálidos abrazos.
―¡Aquí está la novia!
―Que sepas que si quieres huir, aún estás a tiempo…
―Karui.
―Solo lo comentaba… ―Hinata miró con cariño cómo su amiga de la universidad se encogía de hombros.
―Estoy bien. Chicas, yo… ―Sin saber muy bien porqué, la emoción le cerró la garganta y tuvo que respirar hondo y tragar saliva varias veces antes de poder hablar con su voz normal de siempre―. Gracias… Por estar aquí hoy, por apoyarme y por no… por no traer hombres semidesnudos. ―Ino suspiró.
―Que conste que pensamos en saltarnos tu prohibición a la torera, pero aquí las señoritas perfectas no nos dejaron. ―Konan y Samui, a quienes iban dirigidos ese último comentario, fulminaron a la rubia con la mirada. Ino se encogió de hombros por toda respuesta.
―No necesitamos vulgaridades para pasarlo bien entre amigas, cerda. ―Hinata no pudo evitar sonreír al ver cómo el ceño de Ino se fruncía y sus mejillas se tornaban rojo manzana.
―Cómo si tú no quisieras ver unos abdominales de vez en cuando. Reconoce que Sasuke está algo fondón. ―Sakura arqueó una ceja.
―¿De verdad quieres jugar a ese juego, Ino? Porque si es así, dudo mucho que Sai-
―Basta―las cortó Hinata, en un tono autoritario y firme que las hizo callar en el acto. Ambas la miraron en el acto; Sakura parpadeó, algo sorprendida del efecto que su llamado había tenido en ella. Hinata sonrió amable a Sakura.
―Años de práctica con Naruto. ―Konan se echó a reír.
―Es fácil cuando les coges el truco, ¿verdad?
―Solo si son tan simplones como los vuestros. ―Hinata y Konan se miraron y volvieron a echarse a reír.
Con el ambiente ya más relajado, Hinata buscó un hueco en uno de los sofás y agarró un vaso dónde se echó un poco de vino.
―Bueno, empecemos, entonces, ¿qué queréis hacer?―Ante la pregunta inocente de la futura señora Uzumaki, Ino esbozó una lenta y traviesa sonrisa.
―Oh, no. Qué has hecho, Ino―dijo Sakura, mirándola con espanto. Todas las presentes volvieron lentamente la cabeza hacia Ino, con miedo y sospecha en sus ojos. A estas alturas, incluso Karui y Samui conocían perfectamente la vena malvada y juguetona de la Yamanaka.
―Oh, nada. Solo que… había oído de este juego, ya sabéis… y siempre quise probarlo con amigos. Porque para jugar solo de dos no vale. Me habría gustado que estuvieran también los chicos, ya sabéis, en plan reunión de antiguos alumnos del insti. Pero bueno, no todo se puede en esta vida. ―Ino dejó salir un suspiro la mar de dramático que hizo a Sakura, a Hinata y a Konan poner los ojos en blanco.
―Déjate de cuentos y cuéntanos de qué va ese juego tuyo. ―Por toda respuesta, Ino volvió a sonreír y se agachó para sacar una bolsa que estaba en el suelo, al lado del sofá y en la que nadie, hasta ahora, había reparado.
―Veréis… ―Sacó la caja del juego. Era rectangular, pequeña y de color azul. Las letras en amarillo con el nombre del juego destacaban. Ponía La encerrona y tenía dibujadas dos copas y un par de limones cortados a la mitad.
Sakura y Hinata dieron un respingo al imaginarse de qué podía tratar el dichoso juego. Sin embargo, no se quejaron ni dijeron nada y dejaron que Ino levantara la tapa, abriendo así la caja de pandora―o eso pensaron ellas en ese momento―y sacando varios montoncitos de tarjetas todavía plastificados―. Las reglas son sencillas. Establecemos un orden. Cada una va cogiendo una tarjeta y tiene que hacer lo que en ella pongan. Como seguramente habréis deducido, es un juego de beber, así que… dependerá de vuestro aguante. Gana la que quede en pie. ―Hinata parpadeó.
―Ino… me caso mañana. No puedo…
―Ya, lo sé. Tú puedes retirarte cuando quieras, Hina. Pero las demás… Bueno, ¿a que sería interesante ver quién tiene más aguante? ¿Eh, frentona? ¿Qué me dices?―Sakura se dijo que era una adulta hecha y derecha, responsable y con la cabeza en su sitio. Una mujer madura que no debía―ni quería―caer en una provocación tan burda de la que era su antigua mejor amiga y rival en el instituto.
Se dijo todo eso. Sin embargo, en algún rincón de mente, una vocecita interior le chilló que iba a enseñarle a esa cerda lo que era el aguante. Estaba segura de que la cafeína que le corría por las venas―la droga de cualquier médico durante la residencia―no dejaría que el alcohol venciera.
Elevó el mentón y miró con decisión para los ojos azules de la joven rubia.
―Dame una tarjeta. Voy a enseñarte lo que es el aguante. ―Ino palmeó feliz. Karui se sentó entre las dos mujeres, la mar de interesada en el juego, mientras las tres mujeres restantes―y las únicas con algo de cordura y madurez, al parecer, en sus cerebros―se miraban y suspiraban.
―No pienso emborracharme. No el día anterior a mi boda―susurró Hinata, con rotundidad. Konan asintió, apretándole el hombro.
―Deberíamos haberle dejado que trajera los strippers. Habría sido menos peligroso.
―Y menos vergonzoso. Ya no somos niñas. ―No obstante, se sentaron junto a sus amigas, dispuestas a participar de aquella diversión tan peculiar.
Después de todo, una solo tenía una despedida de soltera a lo grande una vez en la vida.
―¿Adónde me llevas?―Yahiko apretó el volante y se contuvo de poner los ojos en blanco por centésima vez en la última media hora. Había insistido en vendarle los ojos a su amigo y compañero de equipo para darle una sorpresa.
Lo cierto era que Naruto les había dejado pocas opciones para su despedida de soltero. Nada de strippers, prostitutas―aunque él mismo ya había descartado a las últimas, como buen hombre casado que ama a su mujer―, alcohol o clubs o discotecas. Quería algo tranquilo, pasarlo bien con sus amigos y celebrar su inminente enlace de por vida.
Yahiko sonrió. Sí. De por vida. Porque los hombres como Naruto o como él mismo estaban hechos para ser hombres de una sola mujer. La única. La correcta. No pudo evitar sentir un poco de melancolía al pensar en esos primeros años con su Konan, cortejándola, sintiendo las mariposas en su estómago junto con un miedo aterrador a meter la pata y hacer que huyera en la otra dirección sin mirar atrás.
Sacudió la cabeza, sonriente. Ah, el amor lo volvía a uno un poco cursi y tontorrón. Pero no cambiaría ni una pizca de todo eso por nada del mundo. Podían llamarlo idiota enamorado, calzonazos, marica o lo que quisieran―como ya había sucedido en otras ocasiones―que él seguiría pensando que encontrar a Konan y luchar cada día para conservarla era lo mejor que le había pasado en su vida.
Al fin divisó su destino y giró para tomar una curva y poder así estacionar el coche. Lo hizo tranquilo, con paciencia, ignorando la verborrea que salía de los labios de Naruto, que parecía tan impaciente como nervioso. Yahiko volvió a sonreír.
Abrió la puerta y bajó del coche. Naruto se sobresaltó al escuchar el sonido de la cerradura.
―¡Yahiko, me cago en tus muertos! ¡Ni se te ocurra dejarme aquí'dattebayo! ¡Yahiko!―El aludido suspiró y, mirando al cielo nocturno, pidió paciencia. Se dirigió al otro aldo del vehículo y abrió la puerta del lado de Naruto, quién, antes de que su amigo cambiara de opinión, bajó de un salto del coche, tambaleándose a causa de la falta de visión. Llevó las manos detrás de su cabeza y trató de deshacerse del nudo de la tela que le cubría los ojos y que su compañero de equipo había insistido en que se pusiera.
Yahiko no se lo impidió, esperando pacientemente a que las manos sudorosas y torpes del rubio terminaran su trabajo. Finalmente, los ojos azules se vieron al fin libres de su prisión y parpadearon ante la repentina luz artificial de las farolas que iluminaban las calles de la ciudad. Naruto paseó la vista por la zona en la que se encontraban, reconociéndola al instante. Se volvió a mirar a Yahiko, confundido.
―¿Qué hacemos en el campo?―Curvando los labios en una sonrisa misteriosa, Yahiko le pasó un brazo por los hombros y lo arrastró hacia la entrada del mismo. Sorprendido, Naruto vio cómo sacaba unas llaves del bolsillo trasero de sus vaqueros y abría, tan tranquilo.
―Sígueme, anda. Confía en mí. ―Todavía confuso, Naruto obedeció, en gran parte curioso por ver qué hacían en el campo del equipo la noche previa a su boda.
Atravesaron uno de los pasillos en penumbra que discurrían por debajo de las gradas. Finalmente, las luces del campo, las que se encendían durante los partidos si estos se alargaban hasta que la luna hacía desaparecer el sol, les dieron la bienvenida. Parpadeando y poniendo una mano sobre sus ojos para protegerse de la repentina claridad artificial, Naruto avanzó unos pasos.
Escuchó risas y voces masculinas. Gritos y algún que otro golpe. Preguntándose qué pasaba, bajó la mano y se sorprendió infinitamente al ver a todos sus amigos y compañeros de equipo reunidos en la parte correspondiente a los banquillos, dónde su propio equipo o el visitante, según fuera el caso, se reunía durante los partidos para discutir estrategias, calentar, recuperar fuerzas y dar ánimos a los que estuviesen en su lugar jugando en ese momento.
Dispuestas alrededor del banco dónde tantas veces había maldecido, descansado y echado agua por encima para hidratarse y calmarse, había neveras gigantescas, seguramente llenas de bebidas. Bolsas de la compra estaban tiradas junto con algún que otro paquete cuidadosamente envuelto que suponía contenía comida un poco más elaborada. También distinguió bolsas de la hamburguesería más famosa de Konoha, así como como de Ichiraku, su restaurante favorito y aquel en el que, casi once años antes―o doce, el tiempo pasaba volando―había tenido su primera cita con Hinata gracias a una especie de malentendido.
―¿Qué… ―Yahiko sonrió y se encogió de hombros.
―¿Me crees tan capullo como para llevarte a un club con strippers o prostitutas? Yo también estoy casado, amo a mi mujer y soy consciente del paso que vas a dar. No te niego que algunos de los chicos se quejaron vehementemente, pero cómo ellos no son tu más mejor amigo del mundo mundial, pues… ―Naruto alzó una ceja, divertido, ante su último comentario.
―¿Ah, sí? ¿Quién te ha dicho que lo seas?―Yahiko le devolvió la sonrisa amistosa.
―Bueno, a Sasuke y a Shikamaru no los ves mucho y apenas hablas con ellos de tus cosas. ―Naruto resopló.
―Solo porque el teme se pasa la vida de un lado a otro como si le fuera la vida en ello y Shikamaru es demasiado vago hasta para escuchar'ttebayo.
―¿Lo ves? Me estás dando la razón. Vamos, bajemos antes de que nos dejen sin papeo… ¡Horimiya, qué te dije de andar toqueteando la comida sin permiso! ¿Te has lavado las manos como un niño bueno?
―¡Joder, Yahiko, ni que fueses mi madre, tío!
―¡Aquí no se le hinca el diente a nada hasta que no os haya pateado el culo en unas cuántas yardas!
―¿Tú y cuántos más, abuelito?―Se burló uno de los integrantes más jóvenes de su equipo.
―Problemático. ¿De verdad vamos a correr y a sudar?
―¡Shikamaru, que no se te apague la llama de la juventud! ¡Naruto, eh, vamos! ¡Echemos una carrera alrededor del campo!
―¡Ponte a la cola, Lee! ¡Antes tengo que patearle el trasero! ¡Eh, Naruto! ¡Si logro meterte un tanto, me tienes que prometer que dejarás a Hinata en paz!
―Kiba, Hinata ya es adulta y puede tomar sus propias decisiones.
―¡Cállate, Shino! ¡Sigue siendo mi niña! ¿Verdad que sí, Akamaru?―El perro blanco ladró conforme, desde su cómodo lugar junto al muro, dónde se había acomodado seguramente para echar una siestecita.
Sonriendo y sintiendo el corazón en la garganta, Naruto sorteó de un salto el último tramo de escaleras hasta el campo. Vio un balón ir hacia su rostro y lo atrapó para luego alzar las cejas en la dirección de la que había venido, solo para descubrir a Sasuke observándolo, con un brillo de desafío en sus ojos negros. Sonriendo lentamente, pasándose la pelota de una mano a otra, Naruto fue hacia el Uchiha.
―¿Desafiándome, teme? ¿A la estrella del equipo?
―Hmp. Solo porque yo lo dejé antes, dobe. ―Naruto sonrió.
―¿Quieres comprobar cuán desacertada es tu suposición?
―¡Eh, que van a empezar sin nosotros!
―¡Capitán, los equipos!
―Naruto escoge primero, obviamente. Es el agasajado.
―Problemático… Quiero irme a mi casa a dormir…
―¡Naruto, escógeme! ¡Juntos seremos imparables!
Sonriendo, Naruto le dio un puñetazo a Yahiko en el hombro con los ojos picándole de emoción antes de aclararse la garganta y girarse hacia la impaciente fila de hombres llenos de energía deseosos de una buena pelea.
Sí, esto era perfecto.
Absolutamente perfecto.
Hinata sintió como poco a poco su cuerpo despertaba. La cálida luz del sol iluminaba y calentaba con sus rayos su cuerpo envuelto todavía en las suaves mantas de la cama de su habitación. Poco a poco, dejó que la neblina del sueño se disipase, obligando así a su mente a regresar poco a poco de la inconsciencia.
Parpadeando soñolienta, se dio la vuelta para mirar la hora en el despertador de su mesilla de noche. Los números fluorescentes, algo desvanecidos debido a la claridad de la mañana, le indicaron que era temprano. Hinata bostezó y se estiró. Era sábado. No tenía que madrugar ni tampoco trabajo pendiente…
Unos suaves golpes en la puerta de la habitación la hicieron fruncir el ceño. ¿Quién sería? Mirando a su lado, le extrañó ver el otro lado de la cama vacío. ¿Sería que Naruto ya se había despertado? ¿Tan pronto un sábado? Además, esta era también su casa―la casa de los dos―y esta su habitación, no necesitaba llamar para anunciar su presencia. Es más, no lo haría. Lo más seguro era que entrase todavía en calzoncillos o en pijama, rascándose la cabeza o cualquier otra parte del cuerpo, bostezando y refunfuñando por haberse despertado tan temprano sin motivo aparente.
Con cautela, se sentó en el borde de la cama. Los golpes sonaron, esta vez un poco más fuertes. Decidió contestar.
―¿Sí?
―¡Ah, estás despierta!―De pronto, la puerta de su habitación se abrió y Hanabi entró a toda prisa―. ¡¿Pero aún estás así?! ¡Vamos, venga! ¡Espabila!―Le arrancó la bata que pretendía ponerse de las manos y la empujó en dirección al baño privado de su habitación.
―Hanabi, ¿qué…
―¡Venga, venga, no hay tiempo para charlas! ¡Aún estamos en tiempo! ¡Tienes que darte un baño! Mientras lo haces, lo dispondremos todo para cuando termines. Oh, cierto ¡Nanako! Te encantará Nanako. Sabe hacer maravillas con las manos. Te dará un masaje facial. ―Una mujer de unos cuarenta años, vestida con unos vaqueros cómodos y una camiseta negra de manga corta con el logo de un afamado salón de belleza, entró a toda prisa en el cuarto, llevando con ella un par de maletines y una bolsa grande colgada del hombro.
―Señorita Hyūga, por aquí. Le prepararé el baño enseguida… ―La mujer se metió en el cuarto de baño sin esperarla.
―¡Nee-sama, espabila! ¡Estás en babia! ¡Vamos, vamos! ¡Camisón fuera!
―¡Hanabi, ¿qué…
―¡No tenemos tiempo para tu timidez innata! ¿Acaso no quieres llegar a tiempo? Personalmente, no me opondría a hacerle sudar un poco al hombre, así sabrá que no hay que dar las cosas por sentado, pero… Déjalo por ahí, Ayumi, gracias. ―Hinata vio cómo una chica más joven entraba en la habitación dando pasos lentos y cuidadosos, mientras sostenía una funda de ropa en sus manos. La colgó de la puerta del armario, abriéndola y enganchando el colgador en el borde de la misma. Luego alisó un poco la cobertura exterior―. No lo abriremos hasta el último momento, así no se estropeará… ¡Oh, el tocador está por ahí, Kana, gracias!
―¡¿Pero aún estás así?! ¡Hinata, no te dará tiempo'ttebane!―Hinata no supo si reír o llorar al ver entrar a Kushina, su suegra, en la habitación, con un montón de rulos en el pelo y andando como un pato, solo con los talones, puesto que en los pies llevaba unos separadores de dedos, como si se acabase de hacer la pedicura. Asimismo, las manos las llevaba estiradas y con los dedos separados, y de vez en cuando soplaba.
―¡Por el amor de Dios, Hina, apúrate!―Ino, en ropa interior, también tenía rulos en el pelo y una mascarilla de color verde cubriéndole el rostro que la hacía parecer una alienígena total.
―¿Qué…
―¿Qué estáis haciendo todas en la habitación de Hinata?―Hanabi resopló ante la―según ella―estúpida pregunta de Sakura.
―Intentar ponerla a punto, ¿tú qué crees, frentona? ¡Si no se da prisa!
―Dios mío, qué paciencia hay que tener con vosotras… ―Hinata sintió alivio recorrerla al ver, por fin, a Konan. Un poco de cordura no le venía nada mal en este momento―. Hinata, cariño, ¿estás bien?―Ella parpadeó. Tras pensarlo un segundo asintió, lentamente, al tiempo que paseaba la vista por el caos en que se estaba convirtiendo su normalmente tranquila habitación.
―Yo… no sé qué pasa… ¿por qué… ¿Qué hace toda esta gente…
―Se ha vuelto loca de remate. Sabía que lo del matrimonio era mala idea. Llamad al loquero y cancelad todo esta locura. Tranquila, Hinata, te cubrimos. No tienes porqué hacer nada que no quieras.
―Karui. ―La pelirroja, que tenía una toalla envuelta alrededor de la cabeza y estaba cubierta por un albornoz, miró para Samui, quien ya estaba ligeramente maquillada―. Cállate. ―Karui resopló.
―Solo decía…
―Cállate.
Por su parte, Hinata tardó tres segundos en procesar las palabras de su amiga de Kumo. Karui había dicho matrimonio… ¿matrimonio…?
¡Matrimonio!
¡Dios mío, matrimonio! ¡El suyo! ¡Su boda!
Aturdida, miró para su mano izquierda, dónde un precioso anillo de compromiso reposaba. Recordaba habérselo puesto el día anterior antes de dormir, pensando que así le daría dulces sueños al pensar en el futuro.
Un temblor asoló su cuerpo y su mente, manifestándose en un ligero tembleque de su labio inferior. Miró para los ojos perlas de su hermana, quién le sonrió, alentadora, al comprender por fin que ella ya recordaba.
―¡Mi boda!―chilló Hinata, poniéndose en pie de un salto―. ¡Mi boda con Naruto-kun! ¡Oh, Dios! ¡¿Cómo he podido olvidarlo?! ¡Yo… ¡¿Qué hora es?! ¡Seguro que tardísimo… ―Hanabi se levantó y le puso las manos en los hombros.
―Hermana, inspira, expira, inspira, expira… Eso es, despacio… Bien. Lo tenemos todo bajo control. Baño. Masaje facial. Paso a paso, ¿recuerdas? Mientras tú te bañas, nosotras también nos iremos preparando. Luego nos turnaremos para venir. Ah, papá dijo que quería verte antes de salir, así que nos esperará en la puerta de casa. ―Hinata asintió y se dejó guiar por su hermana menor al cuarto de baño, dónde la bañera ya humeaba con el agua caliente y las burbujas.
La actividad se volvió frenética desde ese momento: sus amigas corrían de un lado para otro, ayudándola y ayudándose entre ellas. Maquillando, dando retoques, echando cremas, abrochando vestidos, probando peinados, pintando uñas…
Lo peor fue escoger el peinado. Se pasó casi dos horas sentada frente al espejo del tocador, dejando que le dieran tirones, se lo moldearan―o hicieran el intento, ya que su melena lisa y lacia no se prestaba en absoluto los estilos más elaborados.
Al final, tanto la peluquera como ella decidieron que hacer una trenza francesa, sofisticada, elegante, sencilla y sexy―Hinata no sabía cómo una trenza podía ser sexy, pero no discutió el criterio de una profesional del gremio―, adornada con las mismas flores frescas que irían en su ramo.
Cuando llegó el momento de ponerse el vestido, no pudo evitar que el nudo de nervios en su estómago se tensase con más fuerza.
―Vas a estar preciosa, nee-sama. ―Sin poder articular palabra, Hinata dejó que su hermana la ayudase a ponerse el traje de novia. Finalmente, engancharon la diadema con el velo en su coronilla. Hinata, con cuidado, se miró en un espejo de cuerpo entero, con el ramo ya en las manos. Ino había escogido rosas en tonos blancos y azules, salpicado con algún amarillo en el verde que arropaba el arreglo principal.
Era perfecto. Estaba perfecta. Las lágrimas amenazaron con asomar a sus ojos, pero se negó a que salieran y arruinaran toda una mañana de duro trabajo.
Se giró y todas las mujeres presentes en la habitación soltaron un suspiro, incluso la dura Karui y la liberal de Ino. Todas estaban maravilladas. A su vez, Hinata las miró a ellas, sonriendo al verlas tan contentas y emocionadas por ella.
―Chi-chicas… Kushina… Hanabi… y-yo…
―Ea, ea, nada de lágrimas. O se te estropeará el maquillaje. Y no queremos que eso pase'ttebane. ―Kushina se acercó a ella y le envolvió los hombros con un brazo. Hinata inspiró hondo, buscando relajarse―. Vamos, tenemos que ponernos en marcha.
―Oh, es cierto, papá debe de estar dándose golpes contra la pared. ―Hinata miró para Hanabi.
―¿Tú crees?
―Nah. Papá es demasiado estoico como para eso. Pero seguro que bajo toda esa capa de rectitud y hielo está inquieto por la tardanza. ―Hinata rio.
Konan e Ino se apresuraron a ayudarla con la cola del vestido. Se pusieron detrás de Hinata y entre las dos la cogieron y la estiraron. Hinata empezó a andar con cautela, dando un par de pasos vacilantes y luego ya con más seguridad, irguiendo la espalda y bajando las escaleras hasta el vestíbulo, dónde, delante de la puerta abierta de la entrada, su padre se balanceaba sobre los talones, enfundado en un traje hecho a medida.
A su lado, el novio de Hanabi, Konohamaru, pareció de lo más aliviado al verlas aparecer. Hanabi fue con tranquilidad hacia él y le dio un beso, para acto seguido hacerle un gesto de ánimo a su hermana mayor.
Menos Konan e Ino, que eran las que la iban a ayudar con el bienvenido inconveniente de la cola de su vestido de novia, el resto de sus amigas fue despidiéndose y desapareciendo una a una. Solo quedaron ella, Kushina y Hiashi. Aunque la pelirroja enseguida se despidió de su futura nuera y de su pronto consuegro.
―Nos vemos en la iglesia, ¿vale? Estás preciosa, cielo. Vas a dejar a Naruto noqueado. ―Hinata esbozó una tímida sonrisa, con las mejillas rojas, en parte de esperanza y expectación y en parte de vergüenza. Con un último apretón a su mano, Kushina al fin se despidió y se metió en uno de los coches, dónde la habían estado esperando Karui y Samui. Este partió. Konan e Ino se apartaron un tanto, para dejarles intimidad a padre e hija en ese momento.
Hiashi la había estado observando todos aquellos minutos, grabando en la retina aquella imagen, la imagen de su hija mayor, uno de sus más preciados tesoros, en traje de novia y a punto de encaminarse al altar para casarse con el hombre de sus sueños.
―Hinata… ―La voz le salió más ronca de lo que pretendía y tuvo que aclararse la garganta antes de continuar―. Hinata, estás preciosa. ―La aludida sonrió.
―Gracias, papá. Tú también- ―Hiashi la cortó con un gesto de la mano.
―Hoy se trata de ti. No te fijes en nadie ni halagues a nadie que no seas tú. Hoy, se te permite ser egoísta, Hinata. Es tu día especial. ―Hinata quiso llorar por enésima vez en el día, pero, como las veces anteriores, apeló a toda su fuerza de voluntad para no dejar que estas salieran y empañaran aquel momento.
―Papá…
―Parece que fue ayer cuando te tuve en mis brazos por primera vez. Claro que yo no sabía nada de bebés. En aquella época, las cosas eran distintas. Cuando el médico salió y me dijo que eras una niña saludable, dos emociones se mezclaron en mi interior: alegría y temor. ―Hinata parpadeó, sorprendida por escuchar a su padre admitir algo así. Hiashi asintió―. Sí: estaba aterrado. No tenía ni idea de niñas. Nunca tuve hermanas y mi madre, tu abuela, bueno… era una mujer de su época. Pero cuando entré en la habitación y te vi en los brazos de tu madre… Todo cambió. Fue como si las estrellas se alinearan y mi mundo se llenase de colores nuevos. Eras la bebé más bonita de todas. Y no lo digo porque sea tu padre.
―Papá… ―Hinata sentía un nudo apretarle la garganta, incapacitándola para respirar. Era la primera vez que su padre se abría de esa manera con ella. Hiashi le pidió que lo dejase continuar.
―Tu madre estaba tan orgullosa de ti… Decía que lograrías grandes cosas porque ya de pequeña eras cabezota. Ibas a tu ritmo, sin prisas, pero no cejabas en tu empeño hasta salirte con la tuya. No obstante, eras capaz de hacer a un lado tus deseos si alguien necesitaba ayuda. Y eso, he decir con gran orgullo, no ha cambiado. ―Hinata tragó, visiblemente emocionada―. Solo… ojalá tu madre estuviera aquí para verte. ―Hinata no pudo más y se precipitó a abrazar a su progenitor, que le devolvió el gesto, no pudiendo evitar respirar fuerte por la nariz, como si él también se estuviera conteniendo de llorar.
Cuando se separaron, Hiashi puso un brazo de distancia entre ellos y sacó algo del bolsillo interior de la chaqueta de su impecable traje de marca hecho a medida. Un estuche alargado, de terciopelo azul y los bordes de plata. Hinata se fijó en que el terciopelo parecía un poco descolorido por el tiempo y la plata del borde estaba algo negra y vieja, como con arañazos y marcas de dedos, como si alguien la hubiese acariciado a menudo.
Finalmente, Hiashi abrió el estuche y le dio la vuelta para que Hinata pudiese ver su contenido.
―¿Papá…?
―Esta es la pulsera de pedida de tu madre. Se la regalé el día que le pedí que se casase conmigo. Ella no era mucho de llevar anillos, decía que le molestaban para hacer sus cosas. Así que, en su lugar, pensé que una pulsera le gustaría más. ―Hinata sintió que su labio inferior comenzaba a temblar―. Me gustaría que fuese tu algo viejo. El vestido es lo nuevo, tus amigas me aseguraron que ya llevas algo azul―Hinata no pudo evitar sonrojarse un poco al pensar en la liga que llevaba bajo la amplia falda del vestido que, efectivamente, era de color azul―así que solo te falta algo viejo. ―Sin poder esperar más, Hinata alargó una temblorosa mano y, con dedos igual de inestables, Hiashi tomó la pulsera, la colocó en torno a la delicada muñeca de su hija y se la abrochó. Le costó varios intentos, debido a la emoción del momento, que hacía que sus dedos temblasen más de lo debido, pero al fin lo consiguió.
Cuando se separaron nuevamente, Hinata contempló la pulsera en su muñeca y se dijo que era el toque final a lo perfecto que estaba saliendo todo.
―¡Vamos, vamos! ¡No te eches a llorar ahora!―Sin poder contenerse más, Ino interrumpió la conmovedora escena. Tras ella, Konan se secaba disimuladamente un par de lágrimas con un pañuelo desechable, mientras que Ino moqueaba y tenía los ojos vidriosos―. Oh, Dios, ya estoy llorando yo también. Señor Hyūga, le odio. ―Hinata estalló en una carcajada al escuchar a Ino, lo que sirvió para que todos empezaran a moverse de nuevo.
Hiashi se despidió de su hija con un fuerte abrazo y se metió en su propio coche, arrancando para ir a la iglesia. Konan e Ino se apresuraron a tomar de nuevo la cola del vestido de novia de Hinata y a ayudarla a acomodarse en la parte trasera del coche. Konan iría con ella en el asiento de atrás para sujetarla. Ino iría de copiloto al lado del conductor, que arrancó nada más las tres mujeres se sentaron y se abrocharon los cinturones.
Ya iban con algo de retraso y él tenía un estricto horario que cumplir.
―¡Tarda mucho! ¡¿Por qué tarda tanto?! ¡Ya debería estar aquí! ¡Shikamaru! ¡¿Qué hora es?!
―La misma que hace tres segundos. ¿Quieres calmarte, por el amor de Dios? Hinata aparecerá.
―¡¿Y tú qué sabes?! ¡Oh, Dios, ¿y si ha decidido plantarme en el último momento?! ¡¿Y si se ha dado cuenta de que soy un inútil que no vale nada y que en realidad no quiere casarse, ni formar una familia, ni tener hijos, ni-
―Sasuke. ―El Uchiha, sin perder tiempo, se movió discretamente hacia el costado de Naruto y le clavó el codo en las costillas con toda su fuerza, haciendo que el Uzumaki se quedara momentánea sin aire.
―¿No te has pasado un poco? Como luego no sea capaz de pronunciar los votos, Hinata te mata―dijo Yahiko, viendo lo blanco que se había vuelto el rostro del novio.
―Hmp. Se lo merece.
―Por problemático.
―Naruto, no te preocupes. Estoy seguro de que Hinata vendrá. Te ama. No te abandonará. ―Las palabras de Chōji calmaron un tanto su creciente nerviosismo.
―¿Tú crees? Bueno, es cierto que me ama, me lo ha dicho muchas veces, y Hinata no es de las que miente…
―Hijo. ―Naruto parpadeó y miró para su padre―. Cállate. ―El Uzumaki sintió que sus mejillas se tornaban rojas, como cuando era adolescente y su padre le pillaba en medio de una de sus payasadas.
No obstante, aquello sirvió para que se enderezara, respirando hondo y cuadrando los hombros. Tenían razón. Hinata vendría. Claro que vendría. Por supuesto que vendría. No iba a fallarle. No iba a desilusionarlo.
Porque lo amaba. Tenían un hijo juntos y querían pasar el resto de sus días en compañía del otro. No podía pensar en nada más hermoso ni…
La música del órgano interrumpió sus pensamientos. Nervioso, tragando saliva, clavó la vista en la puerta de la iglesia. El corazón le latía apresuradamente en el pecho, como un tambor de guerra, sintiendo sus poderosos latidos en todo su cuerpo, hasta en la punta de los dedos de los pies.
Por fin, tras lo que pareció una eternidad, la novia hizo su entrada estelar.
Lo dejó boquiabierto, sin aire, sin palabras y con el cerebro frito.
¿Aquella era su Hinata? Estaba… estaba… Santa María madre de Dios, no había suficientes palabras en el mundo para describirla. Ella caminaba hacia él del brazo de su padre, con la barbilla bien alta, la mirada clavada en la suya y sonriéndole con esa hermosa sonrisa suya que lo hacía sentir que podía mover montañas o separar las aguas como Moisés con solo una caída de pestañas o una palabra por su parte.
Al fin llegó a su altura. Hiashi le lanzó una mirada dura antes de besar a su hija en la mejilla y entregársela a él. Temblando, alargó la mano para tomar la de ella. La apretó con fuerza entre sus dedos, como si temiera que Hinata fuese a dar media vuelta y salir corriendo en cualquier momento. No obstante, se sorprendió al ver que sus dedos temblaban tanto como los suyos.
Durante varios segundos, se quedaron prendados de la mirada del otro, hasta que el cura carraspeó para llamar su atención. Emocionados, se giraron hacia el sacerdote y los invitados volvieron a sentarse entre murmullos y susurros de ropas.
―Queridos hermanos, estamos hoy aquí reunidos para unir en santo matrimonio a estos dos hijos de Dios, Naruto Uzumaki y Hinata Hyūga… ―La ceremonia comenzó. El cura dijo las palabras adecuadas en el momento adecuado. Se hicieron todos los ritos y, cuando llegó el momento de intercambiar los votos, ambos se volvieron para mirarse a los ojos el uno al otro.
―Hinata… yo… yo… te amo. ―Algunas risas y resoplidos resonaron en el interior de la iglesia, incluso le pareció oír un «Estúpido Naruto, cómo arruines esto te mato» que sonó sospechosamente con la voz de Sakura. Sin embargo, sacudió la cabeza y decidió volver a empezar―. Hinata, yo… no tengo… n-no tengo palabras para expresar todo lo que siento ahora mismo―tartamudeó―. Aún no me creo que me ames, que te hayas enamorado de mí, que me hayas aguantado todos estos años ni que hayas aceptado pasar el resto de tu vida, de nuestras vidas, juntos. Significas para mí más que mi vida o el aire que respiro. Eres… invaluable, preciosa para mí. Pero con eso no quiero decir que seas frágil, no. Porque también eres fuerte, valiente, tenaz y algo testaruda, cosa que me encanta, por cierto. ―Se escucharon algunas risas―. Eres… la mujer más increíble que conozco y, por todas tus cualidades y tus defectos, te amo. Y quiero pasar el resto de mi vida descubriendo hasta las partes más nimias de ti. ―Con lágrimas en los ojos, Hinata apretó el ramo que sostenía entre sus manos. Tuvo que hacer acopio de voluntad para no lanzarse a besarlo allí mismo, antes de que concluyera la ceremonia.
―¿Hinata?―Ella respiró hondo y asintió.
―Naruto, te amo. Te he amado desde que éramos adolescentes. Jamás hubiese pensado en aquella época, ni en mis más locos sueños, que tú pudieses verme como algo más que la chica rara del curso que se desmayaba o echaba a correr cada vez que la mirabas. ―Más risas―. Pero, por algún milagro del universo, me viste, me notaste. Y eso me hizo la chica más feliz del mundo. Yo pensaba que no duraríamos, que al cabo de unos meses te cansarías de mí y solo me quedaría tu recuerdo, el recuerdo de las salidas a tomar helado en el parque cogidos de la mano, de ir al cine a ver el último estreno de Marvel―las mujeres presentes pusieron los ojos en blanco―o de acompañarte a tus entrenamientos o a los partidos de fútbol con el equipo del instituto. Sin embargo, tú me sacabas de mi error una y otra vez, aunque me costó unos años creer, creer de verdad, que tú estabas tan enamorado de mí como yo de ti. Me viste, me viste cuando nadie más lo hacía, con mis virtudes y mis defectos. Y, por eso y por darme el regalo más maravilloso del mundo―ambos miraron un segundo hacia dónde Boruto estaba, inusualmente tranquilo, en el regazo de Hanabi―nuestro hijo, nuestro pequeño. Mitad tuyo, mitad mío. Te amo. Y quiero seguir descubriendo más cosas maravillosas. A tu lado. Por siempre. ―El sacerdote tuvo que sonarse disimuladamente la nariz antes de continuar.
―Bien… eh… los anillos… ―Minato se apresuró a llegar al lado de su hijo y sacó las dos sencillas alianzas de oro con sus nombres y la fecha de hoy grabadas del bolsillo de su pantalón. Se las entregó al rubio menor, quién las tomó con dedos temblorosos―. Repite después de mí: Yo, Naruto Uzumaki,
―Yo, Naruto Uzumaki…
―…Te quiero a ti, Hinata Hyūga…
―…Te quiero a ti, Hinata Hyūga…
―…Como esposa…
―…Como esposa…
―…y me entrego a ti…
―…y me entrego a ti…
―… y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad…
―… y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad…
―… en la salud y en la enfermedad…
―… en la salud y en la enfermedad…
―… y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.
―… y así amarte y respetarte todos los días de mi vida. ―Naruto, sosteniendo con toda la delicadeza y el amor que bullía en su interior la mano de Hinata, le deslizó despacio, sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para ello. Finalmente, terminó su tarea y la soltó, deseando poder prolongar ese contacto un poco más.
Ahora, fue el turno de Hinata de tomar y sostener su mano, con sus ojos perlas brillantes, expresando en ellos el mismo amor y la misma devoción que ella guardaba hacia él.
―Repite después de mí: yo, Hinata Hyūga…
―Yo, Hinata Hyūga…
―… te quiero a ti, Naruto Uzumaki…
―… te quiero a ti, Naruto Uzumaki…
―… como esposo…
―… como esposo…
―… y me entrego a ti…
―… y me entrego a ti…
―… y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad…
―… y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad…
―… en la salud y en la enfermedad…
―… en la salud y en la enfermedad…
―… y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.
―… y así amarte y respetarte todos los días de mi vida. ―Hinata deslizó con cuidado, despacio, la alianza en el dedo anular de Naruto, sintiendo un escalofrío de placer recorrerla cuando la joya alcanzó al fin su lugar de eterno reposo, de dónde jamás saldría denotando así que, por fin, Naruto era completa, absoluta y enteramente suyo.
Sin más dilación, el sacerdote prosiguió con la ceremonia, volviendo a preguntar si querían unirse en santo matrimonio. Ambos respondieron afirmativamente el tan ansiado «Sí, quiero». Finalmente, un ansioso Boruto, de la mano de su tía Hanabi, caminó con pasitos torpes hasta el altar, llevando en sus manitas un pequeño cojín de terciopelo donde reposaban las arras. Naruto y Hinata no pudieron evitar darle una caricia rápida, antes de enderezarse para continuar. Hanabi volvió rápido a su sitio con Boruto en brazos, susurrándole que había sido un niño muy bueno y que lo había hecho tan bien que luego le daría ración extra de helado de chocolate.
―Bendice, señor, estas arras que pone Naruto en manos de Hinata y derrama sobre ellas la abundancia de tus bienes.
―Hinata, recibe estas arras como prenda de la bendición de Dios y signo de los bienes que vamos a compartir. ―Naruto depositó el montoncito de monedas en manos de Hinata, haciéndolas tintinear al dejarlas caer. Respirando hondo, Hinata elevó las palmas y Naruto puso las suyas debajo, para que ella pudiera repetir la fórmula y el rito.
―Naruto, recibe estas arras como prenda de la bendición de Dios y signo de los bienes que vamos a compartir. ―Hizo lo mismo y las dejó caer en las manos del Uzumaki, que tembló un poco al sentir el peso y la frialdad del cobre contra su piel.
―El Señor confirme con su bondad este consentimiento vuestro que habéis manifestado ente la Iglesia y os otorgue su copiosa bendición. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. ―Se volvió hacia Naruto, que esperaba, con todo el vello de su cuerpo erizado―. Puedes besar a la novia. ―Sin poder evitarlo, tomó a Hinata bruscamente de la cintura con un brazo mientras que la otra mano tomaba su mejilla y elevaba su rostro. Gustosa, Hinata le pasó los brazos por el cuello, sonriendo, besando y dejándose besar por el hombre que ahora era su marido.
Los invitados se levantaron entre vítores y aplausos. Las mujeres lloraban y los hombres gritaban.
Pero nada de eso importaba a la pareja que se demostraba su amor con un perfecto y apasionado beso. Un amor que al fin se veía culminado.
Aunque para ellos aquel no era el final.
Solo era el principio.
El principio de una vida maravillosa que pensaban disfrutar juntos.
Incluso más allá de la muerte. Porque su amor era así de sólido, fuerte y apasionado.
Eran el uno para el otro.
Y siempre lo serían.
En cualquier vida que les tocara vivir siempre serían ellos.
Naruto y Hinata.
Solo ellos dos.
Fin
Pues eso... el final. El final... final xD.
Lo cierto es que ni yo tenía planeado que fuese el final. Siendo sincera, ni siquiera tenía pensado cuántos capítulos iban a ser. Tenía claro que no más de diez o doce, pero ya xD. Finalmente, cuando me puse a escribir este capítulo, la inspiración me dijo que porqué no. De todas maneras, en principio iba a ser un fanfic cortito, de unos cinco capítulos como mucho. Pero luego se alargó porque, bueno, a veces las historias tienen vida propia y los personajes deciden su propio rumbo xDDD.
Así que, cuando mi cerebro me dijo "Este tiene que ser el final y lo vas a terminar así" me dije que era absolutamente perfecto. El final que había querido desde el principio para mi OTP. Así que nada: ahí está.
Todavía falta el epílogo (sí, habrá epílogo, tranquilos) pero aún no sé ni cuándo, ni cómo, ni dónde (?) lo subiré. Apenas he podido sacar fuerzas y ganas para escribir este, así que dadme algo de tiempo para ordenar mis ideas ¿vale?
Ahora, pasando a lo importante: ¿me dejáis un review? Porque, ya sabéis:
Un review equivale a una sonrisa.
¡Muchísimas gracias por los suyos a: Flor, Hina002 y a Guest! ¡Muchísimas gracias, de verdad! ¡Sois los mejores y os agradezco un montón todas vuestras palabras bonitas! ¡Gracias, gracias y mil veces gracias!
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores, sí.
Acosadores, no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
P.D.: mañana por la mañana a primera hora, antes de desayunar, contesto los reviews. Prometido. Que además no tengo que salir a ningún sitio de mañana (en principio) y puedo dedicarme a ello xD. Ahora es tardísimo, las 0:21 y me toca madrugar xD.
