INFERNUM. REDEPMTIONIS.

Capítulo 4

Caer con alas

El silencio era incómodo dentro del auto, afuera la lluvia no ofrecía tregua alguna; los limpia parabrisas estaban en la velocidad máxima y sin embargo no eran suficientes para mantener la visibilidad en el camino. Archie estaba muy preocupado, no conocía el lugar y su copiloto, parecía no tener idea de qué hacer. Condujo a la mínima velocidad, esforzándose por la seguridad, Candy por su parte, consideraba que eso era lo mejor. Su voz rompía el silencio solo de vez en cuando para darle alguna observación. Archie seguía las instrucciones sin perder la vista del camino, estaba demasiado alarmado por el torrente de agua sobre su parabrisas.

Finalmente llegaron a una modesta vivienda, muy pequeña, a Archie le pareció más una vieja casa de muñecas, su casa del árbol seguramente era más grande que la vivienda de Candy. Candy sonrió con agradecimiento y de inmediato se sorprendió cuando vio a Archie bajarse del auto a pesar del aguacero para rodearlo y abrirle la puerta. Él estaba empapado, había apagado las luces del auto y ahora abría la puerta para extenderle la mano. La acompañó hasta la puerta de su casa sin esforzarse ya, de manera alguna, de protegerse de la gélida agua. Su fino cabello era una cascada lisa, sus labios estaban titiritando y su ropa estaba igualmente empapada. Llevaba sobre sí la espantosa mochila de Candice y esperaba con urgencia para que ella abriera la puerta.

La invitación de Candice para pasar era obvia. Él necesitaba refugiarse. La lluvia no permitiría que continuara conduciendo hasta la casa que había conseguido por esa semana.

Cuando entró a la casa no estaba listo para lo que encontraría dentro. Era una vivienda de tan solo un par de habitaciones. Incluso, el departamento que ella había habitado en Chicago parecía una mansión en comparación de esta casa de muñecas. Se detuvo en la puerta, sobre un pequeño tapete con la leyenda "Hogar dulce Hogar" sin atreverse a dar un paso más allá. Sentía que si él entraba, Candice debería salir. Ella por su parte, se dirigió a una mesa plegable que estaba justo a la ventana de la pieza principal, la dispuso con el rostro ruborizado, sabía que Archie se sentiría incómodo, aunque tenía una leve esperanza de que aquél joven adaptable que ella conocía viviera aún dentro de él. Decidió concentrarse en desplegar la mesa en silencio total; ¿por qué hoy era tan complicada esta tarea si siempre lo hacía incluso con los ojos cerrados? Candice tuvo que disimular el dolor en su dedo causado por el atrape de las bisagras de la mesa.

Al desplegar la mesa, se desplegaron también un par de bancos que estaban doblados estratégicamente como parte de una sola pieza con la mesa, Archie la miró con seriedad, aún sin poder moverse del tapete. Sintió una gota de agua abandonar su cabello y pasearse lentamente por su espalda, le causó escalofríos y trató de disimularlos.

-Por favor siéntate, Archie- Candy le sonrió con cortesía -siento mucho no ofrecerte las comodidades a las que estás acostumbrado- la sinceridad en las palabras de Candy sacudieron a Archie. Era un desgraciado ¿cómo es que la había forzado a disculparse nuevamente con su actitud?

No se atrevió a decir nada. En realidad ella tenía razón: No estaba cómodo, así que no mentiría diciéndole tal cosa. Se limitó a asentir con su cabeza y se sentó en el austero banco de madera, pero de inmediato se levantó para quitarse el saco que estaba empapado.

Ella había entrado a la siguiente pieza y salió enfundada en unos jeans holgados y una vieja sudadera, se había secado el cabello con una toalla solamente, así que se hizo una coleta alta maltrecha.

Archie seguía en silencio, con su saco en la mano. No se atrevía ni siquiera a respirar. Cuando la vio aparecer, arreglándose aún su cabello, apretó el saco para disimular su nerviosismo. ¿Pero qué rayos estaba pensando cuando entró en esa casa de muñecas? Un relámpago apareció iluminando la noche y después el estruendoso ruido del trueno.

-Cierto, la tormenta- pensó, mientras colocaba todo el peso de su cuerpo sobre la mesa.

-¿Prefieres té o café?- la voz de Candice le pareció muy cálida, las murallas que estaban en su corazón no soportarían por mucho tiempo si seguía ahí. Cerró sus ojos tras la pesada y húmeda cortina de su cabello, tratando de no ser descubierto, sus manos comenzaban a temblar emocionadas, como si se gobernaran solas querían alcanzar uno, tan solo uno de los rizos cobrizos que jugueteaban sobre el rostro de ella.

-¿Archie?- ella estaba confundida, quizás él no había comprendido su sencilla invitación.

-Té, por favor- fue la seca respuesta al sentirse descubierto. No se atrevió a mirarla, bueno, al menos no la miró directamente, porque el rabillo de su ojo seguía cada movimiento de la rubia mujer.

La vio dar unos pasos hacia el área que ella usaba como cocina, tomó una vieja tetera y sacó una parrilla eléctrica. Hasta ese momento reparó en que no había ni estufa ni refrigerador. Por alguna razón no tuvo el deseo de protegerla, de hecho, le pareció muy fuerte y muy independiente; sus movimientos eran vigorizantes, decididos y firmes. Ya no era esa Gerente de Seguridad Industrial que había roto todos los registros de disculpitis.

Tras poner la tetera, Candy se giró hacia su huésped y le pidió el saco, pero Archie no comprendió, solo la miró con la mano extendida.

-Archie, por favor, dame tu saco- ella habló más fuerte. Esta fue la única forma en que el visitante se lo entregara.

Ella lo tomó y delicadamente lo puso en un perchero cerca de la puerta.

Un viento frío irrumpió en la habitación abriendo la ventana y la pareja se estremeció al instante. Candice puso atención en la ropa mojada de Archie y de inmediato fue a su habitación en busca de algo que pudiera compartir con él. Abrió la puerta de un pequeño y viejo ropero, el aroma de la madera le dio miedo, obviamente la ropa estaría impregnada del aroma y no sabía si eso molestaría o no a su invitado.

No tenía un extenso guardarropa, así que rápidamente encontró lo que buscaba; algo que aseguraba, estaba a la altura de Archivald Cornwell Andrew; aunque era bastante vintage, por cierto. Ella sonrió con nostalgia, llevó la prenda a su nariz para respirar su aroma y la abrazó hacia su pecho. Después suspiró y fue al encuentro de Archie.

-Archie, usa esto- su voz era otra vez de súplica, nerviosa, incómoda más bien.

Él la miró confundido, la prenda que Candy le ofrecía lo sacudió. ¿Por qué Candice White creería que su vieja chamarra del San Pablo, aunque muy fina y cara, podría ser usada por él?

-¡Vamos, usa esto!- ella insistió, pero esta vez agregó una tímida sonrisa que por poco desarma a Archie al mirarla con las manos extendidas hacia él.

Él no estaba seguro de la idea de Candy, sus manos no se movían, no comprendía nada. Entonces ella extendió una primera prenda masculina delante de los ojos del gomoso, era una playera escolar en perfectas condiciones, después extendió la chamarra, tomando la prenda de cada uno de sus hombros para mostrarla.

El hombre se puso a la defensiva al comprender que era una chamarra de talla y corte masculinos. De ninguna manera usaría nada que hubiese sido usado por cierto duquesillo de pacotilla. Sin embargo,- después Candy giró la chamarra para mostrar la espalda de la prenda y Archie pudo leer su apellido "Cornwell". La hermosa miel de sus ojos brilló con la sorpresa y de inmediato se puso de pie para aceptar las prendas que Candy le ofrecía.

-Es una suerte que Stear sea más alto que tú- dijo sin poner atención en el uso del tiempo presente.

Archie ya había empezado a desabrochar su camisa sin el menor pudor, se la quitó y de inmediato vistió la playera de manga larga que era el uniforme deportivo. Sintió alivio. Después, sin hacer comentario alguno, tomó la chamarra escolar de Stear y la vistió. Candy tenía razón, era una suerte que su hermano fuera más grande y además usara ropa holgada porque casi veinte años después, él podía estar tibio y seco. Lo curioso, era que comenzaba también a sentir tibio su corazón.

-¿Cómo es que…?- Archie se detuvo sin terminar su pregunta, pero Candice adivinó la continuación.

La mujer se encogió de hombros sin atreverse a mirarlo a los ojos, le dio la espalda para revisar la tetera; su voz sonó triste e insegura.

-¿Recuerdas aquélla tarde en que buscamos a Annie bajo la lluvia?

¿Recordar la tarde en que buscaron a Annie bajo la lluvia? ¿Ella no se refería a aquélla tarde como la ocasión en que él le abrió su corazón, sino como la tarde de Annie perdida en la lluvia? Inexplicablemente sintió un golpe de decepción en su pecho. De alguna forma contuvo la respiración. ¡Diablos! Si a ella no le importaba ese pequeño detalle que era el más valioso para Archivald, pues él no permitiría que le afectara. La voz de Candice había madurado, era sensual, aunque ella no lo percibiera; sintió que su piel se erizaba cuando ella continuó:

-Yo estaba empapada. Cuando saliste a encontrarte con Annie, Stear me protegió de la lluvia, se quitó estas prendas y me las hizo vestir- de pronto una risilla diáfana y divertida inundó la habitación -recuerdo a la hermana Margaret sonrojarse cuando me vio sin mi uniforme, vistiendo la ropa de Stear. Debiste verme, parecía que usaba un minivestido.

Candy acercó el juego de té hasta la mesa en que esperaba Archie mientras continuaba hablando, aunque Archie ya no comprendía bien lo que pasaba, estaba absorto tratando de imaginar a Candy en minivestido; ella tenía razón: debió verla.

-La hermana Margaret vio a Stear semidesnudo; iba a regañarnos pero él le dijo que yo había comenzado a resfriarme y por eso me había dado su ropa seca- los ojos de la mujer brillaban con los recuerdos revividos y su voz bailoteaba divertida-. No sabes, yo estaba muy nerviosa y sonrojada, sentía la temperatura en mi cabeza, miraba a Stear igual o más sonrojado que yo. La hermana se compadeció de nosotros y nos hizo ir a nuestras habitaciones a cambiarnos. Después de ponerme un uniforme seco fui a la enfermería. Cada vez que le decía a Stear que le devolvería su ropa él me decía que ni se me ocurriera; me la regaló, dijo que él tenía otra chamarra y que no era fan de su clase de deportes.

Archivald Cornwell ya no escuchó el final del relato. Sus locos celos lo estaban llevando a preguntarse: ¿dónde se había quitado Candice el uniforme, por qué Stear nunca le comentó nada, hasta qué altura sus piernas habían quedado descubiertas y por último, por qué rayos él había tenido que ir en busca de Annie Britter?.

-Maldición- fue la única palabra que se le vino a la mente mientras sorbía un poco su té.

Por alguna razón ese relato no le había hecho gracia a Archie; se sorprendió apretando el puño de la mano que escondía bajo la mesa. Ya no comprendía qué era lo que más le molestaba, la loca historia que ella le había relatado, o los hechos que había omitido de aquélla tarde tan importante para él.

Archivald Cornwell recorrió con discreción la modesta vivienda. No había más muebles que esa mesa y otra pequeña en la cocina, en donde ella tenía solo un poco de té, café y crema en polvo. En la ventana había una diminuta maceta con violetas y eso era todo. No había lugar para guardar una despensa decente, seguramente ella comía todos los días en la mina. ¿Pero si eso era así, entonces, qué cenaría? ¿acaso ella pensaba irse a la cama sin cenar después de la jornada laboral tan pesada que había tenido?

Él se había enterado de que habían estado dinamitando la mina y sabía que ella debía supervisar las actividades. De verdad que esta mujer era muy testaruda. Se preguntó qué era lo que hacía con el dinero que ganaba y de alguna forma supo la respuesta de forma espontánea. Sí, ni siquiera había que pensar demasiado para adivinar el destino de su salario.

A él seguramente lo estaba esperando la empleada que habían contratado con un buen corte, un buen vino y una deliciosa guarnición; mientras que Candice iría a la cama con el estómago vacío. Tomó con elegancia irrepetible en nadie más la taza de té y le dio otro sorbo sin decir nada. Había olvidado que la cocina no era el fuerte de su anfitriona, el té estaba hirviendo y no sabía a prácticamente a nada; la primera vez que lo sorbió estuvo a punto de escupirlo, pero sus buenos modales no se lo permitieron, se tragó el sorbo de té y limpió sus labios con una modesta servilleta que Candice había colocado cerca de él.

Candice ya no dijo palabra alguna, se sentía fuera de lugar. Miró las espesas pestañas que enmarcaban esos varoniles ojos café preguntándose dónde estaba aquél paladín que por años había sido uno de sus mejores amigos. Ya no quiso decir nada más, quizás con su parloteo había cansado a Archie. Era extraño como se sentía. Tenía que admitir que se había puesto al inicio demasiado cómoda delante de quien prácticamente se había convertido en un extraño aunque fuese tan importante para ella. La mujer no percibió que sus labios tenían una mueca nueva y triste.

-Candy, acompáñame a cenar- Archie trató de sonar amable. Tenía también sentimientos encontrados, se felicitaba por haber encontrado la forma de que ella no fuera a la cama sin cenar y al mismo tiempo se odiaba porque temía su propia vulnerabilidad delante de ella.

Candice se sorprendió por la repentina invitación; ciertamente Archie no había sido el amigo de siempre, pero había algo en la invitación que la hizo estremecer y sin detenerse a pensarlo aceptó salir con él. Ya la lluvia había disminuido su fuerza y la suave brisa con olor a tierra mojada penetraba en los sentidos de Archie y Candy.

-Iré a mi auto, ahí tengo siempre ropa seca- sin decir más, Archivald abandonó la estancia gallardo y airoso.

-¡Qué tonta! ¿por qué no pensé que Archie siempre estaría preparado para estas ocasiones? Moriría antes de perder su glamour- Candy hizo ademanes elegantes en su andar, burlándose de Archie mientras se dirigía a su recámara en busca de algo qué ponerse. Sabía exactamente lo que buscaba.

Encontró en su ropero un vestido de Channel, era bastante clásico y atrevido al mismo tiempo, de estilo más bien casual, con los hombros descubiertos, ceñido al cuerpo, de largo debajo de la rodilla; la altura perfecta para coquetear sin gritar "quiero todo contigo esta noche". Tenía muy pocos zapatos formales, ese sería un gran problema, sin embargo, recordaba que había guardado justo lo que necesitaba para esta noche. Del fondo de su ropero sacó una elegante caja de la firma Atwood, dentro reposaba un par de hermosas zapatillas rojas de plataforma, de pulsera delicada, con un alto y fino tacón dorado.

Mientras se vestía presurosa dentro de su pequeña recámara, escuchó la puerta principal abrirse, era Archie, que un tanto incómodo entró y colocó una elegante maleta pequeña en la mesa, extrajo una camisa y un abrigo.

Archivald podía escuchar el taconeo de la rubia que iba de un lado a otro de su habitación; era obvio que no había aprendido a ser ordenada porque la escuchaba hablarse en voz baja repitiendo una y otra vez dónde rayos había dejado su maquillaje, luego dónde estaba su peine y finalmente, dónde estaba su broche para el cabello.

Archie, sin meditarlo, empezó a disfrutar el resonar del taconeo. Adivinaba que los zapatos debían ser muy altos; él había salido con muchas mujeres, así que se atrevió a apostar que los zapatos de Candy debían ser de tacón de aguja del número 12, al menos.

Cuando Candice apareció, tenía su pelo recogido en un irreverente chongo alto que dejaba algunos mechones libres enmarcando su rostro. Archivald se quedó de una sola pieza, otra vez ese terrible e incontrolable cosquilleo que lo delataba en su rostro se hizo presente pero ella no se dio por enterada; estaba muy ocupada tratando de alcanzar la clavija de la estufa eléctrica para desenchufarla.

-¿Pero qué es lo que esta mujer quiere conseguir? ¿de verdad no se da cuenta de que con esos zapatos habría dejado atrás a cualquier cortesana?- Archie trató de controlar su deseo enorme de atraparla; tuvo que reconocer que Candice continuaba haciendo estragos sus esfuerzos de autocontrol. Las mujeres con zapatos altos eran su debilidad, pero Candice White en zapatos rojos altos… ella era la peor de todas, ella era su perdición.

Archivald terminó de colocarse el abrigo y después tomó de las manos de Candy el abrigo rojo que ella llevaba en las manos para colocárselo. Él podría tener cierto resentimiento hacia su acompañante, pero sería un caballero en cada momento.

No pudo evitar pensar en aquélla chica inconsciente y delirante de rojo abrigo en sus brazos una gélida mañana de invierno en Chicago. Sacudió su cabeza tratando de expulsar semejantes recuerdos. Ella no estaba delirante, ella vibraba, estaba llena de vida y… muy importante… ¡no estaba en sus brazos!

-Otra vez, maldición- se dijo en su fuero interno -¿y a quien le importa?

Se colocó detrás de ella y guio los femeninos brazos de la chica a través de la manga del abrigo. El delicado y sutil aroma de su perfume agradó al magnate. Ella estaba tan cerca, él deseaba besar la nívea torre de su cuello y sus hombros desnudos, apretó el abrigo sin darse cuenta y terminó con la tarea que lo torturaba delicadamente. Con el movimiento, sus dedos rozaron la blanca piel descubierta de Candy y una feroz corriente eléctrica recorrió entonces el cuerpo de Archie, justo cuando él imaginó que todo se había terminado, la mujer se volvió hacia él con una enorme sonrisa.

-Gracias, Archie- y ahí estaba otra vez ese cosquilleo lleno de deseo reprimido por años y años.

Candice se giró hacia la puerta, no estaba usando bolso de mano, no tenía ninguno que pudiera verse bien con su atuendo, Archie se apresuró a abrir la puerta, pero antes, levantó su mano hasta Candy para poner en su lugar un riso que había atrapado un botón de accesorio en el abrigo.

-¡Cielos, estoy actuando como un puberto!- Archie se autocompadeció. ¿Qué diablos estaba haciendo aquí, con la mujer más indeseable en el mundo para él?-. Debo estar loco- se repitió murmurando- habría sido mucho mejor regresar para volver a empaparla y después disfrutar mi travesura riendo en mi cama.

- ¿Qué dices, Archie?- Candice se giró para verlo a los ojos.

-¿Eh? Nada- él se sintió descubierto -que por favor me guíes, que me digas un buen lugar para cenar. Le ofreció su brazo caballerosamente y ella lo aceptó.

El rostro de Archivald era de seriedad absoluta; sentía que se estaba traicionando. Tantos años de triunfo sobre el recuerdo de esta mujer rubia, tanta fingida indiferencia al hechizo de este par de esmeraldas destellantes y vibrantes que ella echaba por la borda con tan solo haber aparecido.

-¿Pero cuál puede ser el problema? Sólo estoy asegurándome de que la hermana de Annie cene -se justificó- una hermana sexy con altos tacones rojos, que hace que mi corazón brinque como en mis mocedades, pero no es nada importante.

Candice sabía muy bien el tipo de lugares que agradarían a Archivald. Lo condujo hasta un pequeño restaurante, sobrio y elegante al mismo tiempo. Estaba prácticamente vacío. Una hostes amable recibió a la pareja; conocía a la doctora, pero jamás la había visto tan bien acompañada. Miró a Archie y le dirigió una sonrisa coqueta que no significó absolutamente nada para el hombre de negocios, él estaba acostumbrado a ese tipo de flirteo, incluso de los hombres. La joven mujer hizo una excepción y los condujo personalmente hasta una mesa acogedora, un mesero los siguió para atenderlos de inmediato; el joven mesero iba a realizar la cortesía de retirar la silla a la dama, pero Archie se lo impidió con un ademán y él mismo retiró la silla de Candice.

-Gracias- fue la sincera respuesta de la médico ante la caballerosidad de Archie.

Archie no dijo nada, se sentó frente a su compañera. Ella era tan hermosa.

El mesero les entregó la carta y se retiró con una reverencia tras la señal de Archie que le indicaba que necesitaría tiempo antes de ordenar.

Tan solo habían transcurrido unos segundos cuando Chris, un hombre de origen alemán, dueño del lugar, se acercó para dar la bienvenida a sus distinguidos comensales. Los rumores sobre la visita de Archie se habían esparcido y los lugareños se sentían complacidos con atenderle. Chris intercambió algunas palabras en su lengua materna con Candy y ella respondió en un perfecto y fluido alemán. Archie se descubrió maravillado y disfrutando del acento de Candy. Ella era divertida intentado copiar el acento inglés, era increíblemente sexy expresándose en francés, pero, definitivamente, escucharla hablar alemán la convertía en una mujer determinada y fuerte. Archie, se supo perdido por la forma en que ella humedecía sus labios en medio de cada frase; tenía que disimularlo. Tuvo que ajustarse el pantalón por debajo de la mesa porque la visión de su acompañante esta noche, con ese acento alemán era un desafío totalmente erótico.

Las manos de Archie continuaron con vida propia y reclamaban la necesidad de alcanzar, por lo menos, una de las blancas manos de Candy. De preferencia, aquella misma mano que alguna vez se había atrevido a besar, la del inmaculado recuerdo de un beso infantil y etéreo que ningún beso infecto había profanado. A fin de distraerse, Archie comenzó a dirigir su mirada por el restaurante. Candy había hecho muy buena lección. Era un lugar con luz tenue, ambientado de tal forma que los comensales podían identificarse con el trabajo de las minas que era la fuente de la economía del lugar. Archie notó que las responsables de la media luz del lugar eran las lámparas montadas en las paredes, todas ellas eran antiguas lámparas de mano que en su momento habrían funcionado con petróleo para acompañar a los mineros en su trabajo, hoy, obviamente eran lámparas eléctricas de luz amarilla.

El nombre del lugar era "Fuego en el cielo", y no fue sino hasta que Archie miró la hermosa lámpara que ocupaba el lugar principal en el techo, que prestó atención al original nombre del restaurante. Era una lámpara hermosa, blanca, que contrastaba armoniosamente con la austeridad del aire minero. Estaba hecha de innumerables cristales de Bohemia que reflejaban la tenue luz de varias velas que al mismo tiempo que alumbraban, convertían el restaurante en un lugar cálido. Los ojos de Archie por un momento se perdieron en los cristales que reflejaban una luz ocre a semejanza de un delicado y travieso caleidoscopio.

No había un mejor lugar en el que quisiera estar. Se sintió cómodo y tenía una hermosa compañera para cenar.

-¿Así que viajaste en el jet privado? – ella lo miró con curiosidad, realmente interesada en lo que Archie pudiera decirle.

-¿Eh?- Archie no había escuchado la pregunta de Candy.

-Que viajaste en el jet de tu familia. Me es complicado saberte volando, siempre lo evitas.

Archie se sintió un tanto incómodo de que Candice lo conociera tan bien. Usualmente, en la primera cita, Archie se dedicaba a deslumbrar a las chicas con sus dotes de Don Juan, pero con Candy era diferente; ella ya lo conocía, no había nada que él pudiera hacer que ella no supiera ya. Archie tuvo que aceptar que esta vez no tenía la sartén por el mango; de hecho, sintió que brotaba de la sartén para caer en el fuego. Se encogió de hombros con cierta indiferencia por sus propios pensamientos, hizo un elegante movimiento para retirar un mechón de cabello que caía sobre sus ojos y suspiró sin siquiera darse cuenta. No dio respuesta alguna, no porque fuese grosero, sino porque sus pensamientos se habían desviado de la curiosidad de Candy hacia su frustración porque no hubiese nada de él que ella no supiera ya.

-¿Archie?- la voz de Candy era la de una mujer, no la de la jovencita traviesa que él recordaba.

-Lo siento, Candy. ¿Qué decías?

-Que me es complicado imaginarte subiendo al jet.

-¿Candy, has visto los despeñaderos que hay en el camino por carretera? -frunció el entrecejo y sin esperar respuesta, agregó-: Pero qué tonto; por supuesto que los has visto.

Como única respuesta, había un signo de interrogación en el rostro de la médico. A Archie le pareció la cosa más dulce jamás vista. Pero hizo uso de toda su fuerza para no dejarle ver sus pensamientos.

-Candice, si voy a caer, prefiero caer con alas -su voz sonó seca, sin emociones.

Ella ya no hizo comentarios al respecto. Entendía perfecto la alegoría de Archie; él tenía razón.

Con un bien estudiado movimiento que a Candy le recordó a la tía abuela Elroy Andrew, Archie hizo un llamado al mesero para iniciar con el servicio.

Ambos se sintieron extraños durante el resto de la noche. Ella le parecía sensual, lo hipnotizaba totalmente. En sus ojos se reflejaba la pureza. Tuvo que ajustarse nuevamente el pantalón; estaba avergonzado de sí mismo por las reacciones de su cuerpo, reacciones de las que tendría que ocuparse cuando estuviese a solas esta noche, en la intimidad de su recámara, con sus pensamientos viajando a una época lejana pero vigente.

Antes de retirase del lugar, Chris se despidió de la doctora con tres besos, al más puro estilo europeo, rogándole que volviera pronto. Archie giró sobre sus talones con fingida indiferencia; en realidad se sentía orgulloso de la hermosa e inteligente mujer que le había acompañado. Abrió la puerta del auto y ella se introdujo con gracia; no cabía duda, había renunciado a su noble apellido, pero ella seguía siendo una Andrew.

Hicieron el viaje de regreso en completo silencio, sin embargo, no era un silencio pesado. Se sentían aliviados, incluso felices, pero no podían demostrarlo.

Al despedirse, en el umbral de la puerta, tras ella agradecer su gentileza, Archie le extendió la mano a modo de despedida y ella se la estrechó. Él se esforzó por no ser rudo y no aplicar demasiada fuerza. Hizo un esfuerzo sobre humano para no prestar atención a la corriente eléctrica que recorrió sus venas, encendiendo su sangre por el suave contacto de la delicada y blanca piel de Candy.

-Buenas noches, Candy.

-Buenas noches, Archie.

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Malinalli. Torreón, Coa, 08 Marzo 2017.