INFERNUM. REDEPMTIONIS.
Capítulo 5
Siempre tuvieron París
Archivald Cornwell Andrew se sentía apesadumbrado. Quizás había cometido el peor de todos sus errores. Se miró frente al espejo, desconociendo por completo la sonrisa esbozada por sus labios, como un relámpago, apareciendo de improviso, fuerte, luminoso y amenazante al mismo tiempo. Archie sentía que esa sonrisa lo amenazaba, aunque intentase esconderla en el fondo de su alma, en esa agobiante tempestad que se arremolinaba con más y más fuerza a cada momento.
Su fe había perecido hacía ya varios ayeres y su constante compañera había sido esa actitud desenfadada que nada tenía que ver con la calidez que embargaba su pecho esta noche. Esa era su zona segura: el desenfado, el casi desenfreno, el saberse deseado por la socialité sin la necesidad de tener que echarse encima un compromiso serio ¿para qué comprometerse si podía complacerse con la mujer que él deseara? Bueno, en realidad eso no era tan exacto… un momento, no con todas las que él deseara, tenía que aceptarlo.
Sería mejor no volver a pensar en ella. Todo había pasado ya, esta noche había sido tan solo la forma de lograr que ella tuviese comida caliente en el estómago antes de dormir y nada más. ¿París? París había sido un sueño, tan solo un sueño en el que jamás volvió a pensar.
Decidió que era tiempo de descansar. Mañana su mente estaría despejada y él podría volver a la normalidad. Terminaría esa auditoría que su tío le había pedido y después desaparecería del lugar para no volver jamás.
Se metió a la cama decidido a descansar, sin siquiera adivinar que antes de conciliar el sueño tendría que dar varias vueltas y, que a la mañana siguiente, unas enormes ojeras darían cuenta de ello.
Candy, por su parte había tenido mejor suerte. Debido a que no estaba acostumbrada a cenar, esa noche se había sentido sobrepasada y tan solo con cerrar los ojos ya había viajado a los dominios de Morfeo.
Esa mañana Archie dejó su cama con una extraña sensación de bienestar. Se sentía como un péndulo; tan solo antes de dormir se congratulaba de que solo debía pasar una semana cerca de Candy y esta mañana deseaba no tener que marcharse nunca. Suspiró fuerte, resignado al torrente de sentimientos que se arremolinaba dentro de él. Esperaba que Paul hubiese terminado todos los pendientes que le había encargado la tarde anterior y que pudiese examinar su informe en las primeras horas del día. En ello precisamente iba pensando mientras con cuidado manejaba por las calles llenas de charcos todavía.
Aún no se familiarizaba del todo con la pequeña ciudad, así que llevaba su atención en el camino, tratando de reconocer y memorizar al mismo tiempo. Sus ojos se clavaron entonces en la pareja que caminaba sin prisa por la acera. Prestó atención en la familiar figura masculina: Era Paul, que extrañamente cargaba la horrenda mochila de cierta mujer rubia con ojos de gata. Aunque no lo deseaba del todo, posó su vista en ella; Candy se veía sonriente y lozana, como si estuviese disfrutando la compañía del caballero que seguramente debía decirle algo muy gracioso pues justo en el momento en que Archie los alcanzaba con el auto ella había soltado una enorme carcajada. Vio entonces cómo su asistente recargaba su mano suavemente en el hombro Candy sin que a ella pareciera molestarle.
-Si la están pasando tan bien, pues que sigan caminando -por un instante había pensado en la posibilidad de llevarlos en el auto hasta la mina, que aún estaba algo lejos, sin embargo, al notarlos tan cómodos mutuamente, decidió que podían caminar -que lo disfruten- pensó antes de acelerar.
Estacionó su auto con cierta desesperación, casi rechinando los neumáticos, salió presuroso, con pasos largos y bruscos, para dirigirse a su improvisada oficina.
-Si Paul no terminó el informe, esta vez sí lo despido -se sorprendió por sus pensamientos, pero no los cambió. El ruido de las ruedas de su Pilot Case de la casa Louis Vuitton llamó la atención aún más que el día anterior. Archie no se dio por enterado, entró a su oficina y antes de sentarse en su escritorio ya estaba sacando su laptop para encenderla.
Mientras el dispositivo tomaba su natural tiempo de arranque, Archie fue hasta la cafetera:
-Si Paul olvidó dejar la cafetera lista, esta vez sí lo despido -para su sorpresa, la cafetera estaba lista; al lado reposaba una elegante bolsa de café artesanal de Coatepec, Veracruz, (donde quiera que eso estuviese) al que se había hecho adicto desde la última vez que visitó la hacienda de la familia en México. Paul se encargaba personalmente, de que no faltara.
Faltaban unos minutos todavía para la hora de entrada de su asistente.
Archie se sentó frente a su computadora, abrió su cuenta de correo electrónico y con ojos curiosos miró la lista de su bandeja de entrada. Al mismo tiempo, sin tocar la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja, apareció Paul ¿acaso sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas? Archie no quiso pensar en ello. Lo miró con seriedad por un instante y regresó a su tarea:
-Paul, estoy buscando el informe que te pedí -le urgió sin saludar-.
-¡Hola, Paul! Buenos días -respondió el asistente con sarcasmo- ¿qué tal encontraste el hotel? -agregó en la misma línea, sin poder abandonar la sonrisa que decoraba su rostro.
Archie no respondió. Estaba enojado, enfadado, pero no comprendía por qué. Continuó simulando que estaba trabajando.
-¿Jefe, has conversado ya con esa gatita sensual? -Paul ignoró la urgencia de Archie por su trabajo y continuó -deberías hacerlo, es una mujer increíblemente sexy y lo mejor de todo es que parece no darse cuenta.
No hubo respuesta nuevamente, sin embargo, escondido detrás de la pantalla de su laptop, Archie hizo una pausa casi imperceptible para apretar los puños sin levantar la vista.
-¿Enviaste el informe, Paul? -la voz sonaba áspera, casi descortés.
-He venido caminando con ella. Fue una suerte que la encontrara. Salí de mi hotel y de pronto ahí estaba ella, pasando presurosa hacia el trabajo -Paul ignoró la solicitud de Archie, quien comenzaba a exasperarse.
-Paul -esta vez Archie levantó la voz más de lo normal, sus ojos estaban encendidos. Un buen observador habría notado que había levantado su ceja izquierda más de lo normal, clara señal de que estaba molesto, sin embrago, en su casi éxtasis, Paul no lo notó.
-Archie, Archie, Archie, trabajas demasiado -suspiró tratando de olvidarse de un par de ojos verdes que lo emocionaban- envié el informe desde anoche, antes de ir al hotel. Creí que lo verías anoche porque tenías urgencia de estudiarlo, por eso puse una copia para tu cuenta personal además de la institucional - Paul hizo un gran esfuerzo para no continuar hablando de lo embelesado que la doctora White lo había dejado.
Archie no tuvo otra opción más que tratar de disimular su desconcierto por su distracción; fijó los ojos nuevamente en su bandeja de entrada, sus dedos buscaban con nerviosismo tocando aquí y allá sobre la pantalla, sin embargo abría y cerraba correos sin saber en cuál detenerse. Paul notó algo extraño en su jefe, su amigo más bien.
-¿Estás bien, Archie? -por fin Paul pudo concentrarse en su trabajo – estás actuando raro, te urgía ver el informe. Tenía la idea de que anoche mismo me responderías. ¿No lo leíste? ¿Por qué?
Obviamente Archie no respondería a su asistente. No estaba obligado a responderle y, además, jamás le diría que dejó de leer el urgente informe por ir a cenar con la gatita de la que tanto hablaba.
Para Paul era algo nuevo que su jefe no le respondiera, sobre todo, tratándose de mujeres. Siempre era el primero en festejarle sus conquistas, eran una especie de club exclusivo y sin excepción, se vanagloriaban mutuamente de las mujeres con quienes salían.
Paul, se quitó el saco para colgarlo en un perchero. No se atrevió a girar hacia Archie, estaba sumido en sus propios pensamientos. En lo único que podía pensar era en que probablemente sus épocas de Don Juan estaban agonizando porque finalmente había encontrado a su Doña Inés.
-¿Por qué no? -se preguntó con sus ojos bailando emocionados.
Se sentó en su escritorio y comenzó a analizar los reportes financieros de los últimos meses. El Retorno Sobre la Inversión era bastante bueno, sin embargo, la mayor parte de las utilidades estaban destinadas a pagar las deudas de la compañía. Era necesario determinar si con el pago de esas deudas, valdría la pena la inversión en la compra.
Archie, por su parte, estaba más enfocado en la productividad, la capacidad instalada y los pronósticos de ventas. Le echó un vistazo al Plan Maestro y a su presupuesto. Quedó gratamente sorprendido por las proyecciones, mas no lograba concentrarse del todo, el recuerdo de Candy lo asaltaba de vez en cuando para robarle la calma.
Archivald era un profesional, se levantó del escritorio y se dirigió hacia la ventana. Sus tiempos de Lakewood eran solo recuerdos infantiles que no tenían por qué venir a robarle la calma. Él era un hombre de mundo, exitoso, deseable y acechado. Eso no tenía que olvidarlo. Podría tener lo que quisiera y a quien el deseara; ¿la gatita disfrazada de médico? ¿la de sonrisa radiante, con esa mezcla de sabor a infancia y seductora madurez? ¿esa? ¿la que amaba con la inocencia de la infancia, con el arrebato de las hormonas de la adolescencia, con la sensatez de un adulto? ¿esa? ¿la que amaba? ¡No! ¡por supuesto que no, eso era un absurdo! Archivald Cornwell Andrew no amaba más esos rizos que bailaban con el viento, esas pecas incontables que parecían el firmamento; si él quisiera, podría descubrir nuevas constelaciones y ponerles nombres. ¿Pero qué estaba pensado? ¿cómo se atrevía a pensar en ella después de los años invertidos en olvidarla? ¡pero hay que ver la armonía del movimiento de su cadera! ¡la gracia con que luce su talle, el esfuerzo que debe hacer para no alargar la mano y atraerla hacia él! ¡la tentación de sus labios, como cerezas cuando los frunce! Esas miradas que conservan el aire aristócrata al que había renunciado, sobre todo cuando las dirige a los hombres.
-¡Maldita sea, debo terminar el trabajo y salir de aquí cuanto antes! -Archie se aflojó el nudo de su corbata y ese fue la primera alarma para Paul. Jamás Archie luciría una prenda fuera de línea.
La segunda alarma para su asistente fue la cantidad de veces que tuvo que decirle que su tío estaba al teléfono.
-Lo siento, señor Williams, el señor Cornwell acaba de salir de la oficina sin decirme nada -Albert notó el nerviosismo en la voz del otro lado de la línea, seguramente el pobre hombre creería que terminaría regañado.
-No te preocupes, Paul. Solo dime si mi sobrino está bien -indagó con falsa inocencia y con la misma sonrisa de triunfo que no lo había abandonado desde que Archie aceptó ir a esa mina.
-¿Eh? Sí, por supuesto -respondió nervioso, seguro de que su voz había temblado.
-De acuerdo, por favor, no duden en llamar si necesitan algo -William Albert de inmediato descubrió que el asistente de su sobrino había vacilado en su respuesta y amplió su sonrisa, como si disfrutara del sufrimiento de Archie.
-Seguro, señor, así será -Paul colgó el teléfono y secó el sudor en su frente. Por un momento quiso ir en busca de Archie para ponerlo sobre aviso pero de inmediato rectificó, quizás era mejor dejarlo solo, estaba actuando muy raro.
El teléfono celular de Archie comenzó a sonar de nuevo, miró su teléfono para esta vez ver una fotografía de su tío en el Kilimanjaro, recordó que le había comentado sobre su viaje, así que decidió adelantarse.
-Hola, tío -trató de actuar tan natural como le fue posible- ¿cómo te va con tu proyecto?
Albert comprendió el juego de su sobrino y lo dejó continuar con él.
-Pues tan bien como nos es posible, Archie. A pesar de nuestros esfuerzos por reforestar no podemos detener el calentamiento global.
-Es una pena tío -en este punto Archie no tuvo que actuar, él mismo había donado una considerable cantidad de su dinero para ayudar a su tío en el proyecto que encabezaba.
-Así es, Archie, los famosos campos de hielo en la cumbre del Kilimanjaro dejarán de existir, según los expertos entre el 2020 y el 2050. Ya casi nunca nieva, debido al calentamiento global -Albert se sentía frustrado y enojado-, estamos tratando de mejorar la regulación bioclimática del ciclo hidrológico pero ya el ecosistema está muy dañado.
-Parece ser que hemos empezado a tener conciencia demasiado tarde de lo que le estamos haciendo al planeta -su voz sonó también muy triste, esa fue la entrada para las nuevas instrucciones de Albert.
-Escucha, Archie. Quiero que te asegures que la mina tiene potencial no solo económico -casi sentenció-; quiero que me asegures que es sustentable, quiero saber que no lastimaremos el ecosistema, quiero que me digas que habrá equilibrio.
-Tío, aún no he conversado con el jefe de Ingeniería Ambiental, ni siquiera lo convoqué a la reunión.
-Pues te estás tardando, Archie. Eso es tan importante como las utilidades.
-Entiendo. Cuenta con ello -su tío tenía razón, ¿cómo es que no había pensado en eso?
-En muchas organizaciones, el Jefe de Seguridad es quien coordina también los esfuerzos por conservar el ambiente -Archie sintió que su tío lo estaba poniendo a prueba, era imposible que no supiera que se refería a Candy. Albert, por su parte, sabía que su sobrino era muy listo y no vio la necesidad de continuar fingiendo, esto era muy importante para él, y sabía que Candy también compartía con él el amor por la naturaleza –. Dile a Candy que te pase un informe detallado del cumplimiento de las normas ambientales y, si no es así, que te explique las razones por las que no se han llevado a cabo y que diseñe un plan de acción. Eres Black Belt, seguro que comprenderás perfecto sus acciones correctivas.
-Sí, tío. Así lo haré – Archie frunció el ceño. Otra vez su tío le había tomado por la sartén, ¿cómo la hace? ¿cómo lo logra? Ojalá algún día él pudiera ser tan buen estratega y líder como William Albert Andrew.
Después de un corto silencio, William carraspeó del otro lado de la línea.
-Archie, no es por eso que te he hablado, aunque me alegra que el tema haya salido a flote – su voz se había apagado y Archie casi pudo adivinar la razón. Se había detenido en un pasillo, ni siquiera supo cómo había llegado tan lejos de las oficinas corporativas y estaba en el área de producción. Sin darse cuenta, justo frente a la oficina de Candice White.
El edificio estaba vacío porque siempre, los ingenieros estaban en el área de extracción y solo usaban sus oficinas para crear los reportes; entendían que su trabajo no estaba frente a un escritorio, sino controlando su proceso de producción.
Candy era la única que estaba sentada en su escritorio aquella mañana. Escuchó una voz familiar y prestó atención: Era la voz de Archie, que de pronto sonaba apagada y sin vida.
-Tío, no -dijo en voz baja, pero no lo suficiente para que del otro lado de la puerta, que estaba entre abierta no lo escuchara la médico que se había acercado con curiosidad. Iba a alejarse, pero la voz de Archie estaba forzada a mantenerse con coherencia, la intención de alejarse se había tornado en la necesidad de sentirse cerca de él. El corazón de la rubia se había apretujado dentro de su pecho, ella se llevó las manos a su corazón, como si quisiera protegerlo, como si quisiera disminuir la molestia que le ocasionaba sin siquiera comprender la razón.
-Tío… -por un momento la voz de Archie se apagó. Era como si finalmente estuviera dejado ir esa esperanza, que muy en el fondo, él sabía que era una falsa esperanza, era tan solo la negación de un evento que ya era un hecho; su hermano había muerto varios años atrás y él tenía que comprenderlo.
Stear jamás volvería.
Archie recordó dónde se encontraba y entró en la puerta frente a él que estaba etiquetada como el baño de hombres. Candice comprendió el movimiento y se atrevió a asomarse al pasillo; con pasos vacilantes y temerosos se acercó a la puerta cerrada, del otro lado escuchó que Archie había terminado la llamada y, aunque se estaba esforzando por no llorar, la médico sabía que era imposible; la discreción del hombre no era suficiente para ocultar de Candy su pesar.
Ella dudó sobre lo que podía hacer. Deseaba tener el valor de abrir la puerta y compartir con él este momento doloroso; recordó su infancia, cuando muchísimos años atrás Archie había llorado con ella la pérdida de Anthony allá en Lakewood, recordó su voz llamándola al intentar ir tras ella para consolarla en el rancho de Tom, lo recordó en aquel balcón de su cuarto en el San Pablo, aun llorando también por la pérdida de su primo. Si él había llorado tanto por Anthony, quizás no era capaz de comprender la profundidad de su dolor ante la muerte de su compañero de vida, su hermano mayor, Stear; el único que era capaz de prevenirlo de las consecuencias de sus errores y arrebatos. Seguramente debía estar sufriendo mucho. Candice no supo cuánto tiempo estuvo frente a esa puerta tratando de tomar una decisión.
La puerta se abrió de pronto. Tras la puerta estaba Archie, con una sonrisa irónica, recién compuesto. Ella notó que había lavado su cara.
-Archie -se atrevió a llamarlo con reserva.
El hombre la saludó únicamente con una inclinación de su cabeza. No dijo nada. Sus ojos, dulces como la miel tan solo una noche anterior, hoy eran ámbar encendido. Caminó por el pasillo, erguido y fuerte tratando de alejarse de ella.
-Todos se van, todos se han ido. Anthony, Stear y Annie -la figura de la médico, mirándolo con una caridad que el hombre rechazaba vino a su mente -ella también se fue hace mucho tiempo. Todos se marcharon, me dejaron solo.
Los raudos pasos de Archie lo dirigieron a su oficina, este era el segundo día de su estancia, la caminata había logrado calmarlo un poco, sin embargo, aún sentía una opresión en su pecho que no disminuía. Le era difícil dejar atrás toda esperanza de localizar a su hermano muerto. Sin embargo, estaba seguro que su tío tenía razón: debía dejar ir a su hermano sin resentimiento ni amargura, para que pudiera encontrar un poco de paz. Su grave problema era que no sabía dónde encontrar el solaz que tanto buscaba.
Cuando abrió la puerta de su oficina la encontró sola, lo primero que hizo fue cerrar las persianas de su ventana y aprovechó el reflejo para alinear ligeramente su cabello. Entonces, el reflejo le devolvió también la imagen de su florete recargado en la pared, justo detrás de su escritorio y, sin pensarlo dos veces, se acercó hasta él mientras aflojaba una vez más el nudo perfecto de su corbata que recién había acomodado en el baño; sintió cómo la adrenalina comenzaba a correr por su cuerpo cuando finalmente tuvo en sus manos su preciado florete. Sin extraer la hoja de la funda se puso en guardia; esta era una usual actividad a la que recurría cuando deseaba liberarse del estrés. En un segundo estaba practicando ataques directos, con pase o a contrapase y después siguió un toque con coupé. Archivald empezaba a respirar agitado; por un instante se imaginó, como siempre, con su más caro adversario y realizó ante esa visión un toque con oposición apartando a un lado con un giro el arma del duquesito. Usualmente descargaba en esa figura que despreciaba cualquiera que fuera su frustración. Esta vez no podía asegurar si sus sentimientos provenían de la soledad en la que se había sumergido o de unos ojos verdes cercanos pero al mismo tiempo ausentes.
Candy abrió la puerta sin llamar. Había disfrutado por algunos segundos del espectáculo antes de que Archie descubriera su intromisión. Cerró la puerta y se recargó en ella, sin atreverse a decir palabra alguna, Archie, sumido en sus vejaciones, confundió la silueta femenina con una más de sus visiones. Aún extasiado, extrajo su florete de la funda y, sin abandonar su papel de esgrimista comenzó un masculino y elegante paso en marcha; Candy debía aceptar que ese movimiento era uno de sus favoritos, el rostro de Archie se había encendido nuevamente y desarrolló un magistral toque con pase, decidido a insertar el sable en el corazón de la visión que lo atormentaba, quizás así podía terminar con todo de una vez por todas.
En fracciones de segundos su sable describió un círculo para de inmediato proyectar la punta hacia el pecho de la rubia, al mismo tiempo, una débil voz abandonó la garganta de Candy.
-Archie -fue apenas un murmullo, pero para Archie ello sonó como un grito desesperado capaz de regresarlo a la realidad, justo a tiempo para detener su movimiento.
La punta de su florete se detuvo milagrosamente en el pecho de la intrusa rasgando tan solo un poco la fuerte camisa industrial. Ella no podía mover su pecho, ni si quiera se atrevía a respirar por miedo al florete de Archie que se había congelado directo hacia su corazón, sentía las palmas de sus manos extendidas totalmente sobre la puerta, huyendo del arma frente a ella. Él no estaba menos sorprendido; en esas fracciones de segundo tuvo el temor más grande de su vida. También se quedó sin respiración, su florete era una extensión perfecta de su brazo; si no hubiese sido tan diestro, seguramente todo habría terminado en una terrible desgracia. Sus ojos estaban llenos de fuego, su respiración se había agitado terriblemente, su brazo estaba firme sosteniendo la hoja; la miró ahí, pálida como la nieve, asustada, temblando. Su cerebro no podía ordenarle a su brazo que se moviera. Se miraron a los ojos y después, por fin pudieron respirar. Archie alejó el sable de entre los senos de Candy e interrumpió la posición de esgrimista. Ella estaba acorralada, justo como él siempre la había deseado. Ni por un segundo sus miradas se habían desviado, cuando Candy sintió alejarse la hoja del arma recuperó el color y las mejillas tornaron su rubor. Sus manos seguían aferradas a la puerta a cada costado de su cuerpo, el abdomen estaba contraído y las rodillas le temblaban. Había tenido mucho miedo.
Archie estudió la palidez en la mujer, la respiración agitada que se esforzaba por disimular, le parecía escuchar el fuerte palpitar de sus corazones. Sus ojos se fijaron en el corte de la camisa; la visión de ese par de firmes senos lo transportaron del infierno al cielo en un momento. Ella era una presa y él era un cazador. Sin soltar el florete se acercó hasta ella y cerró por completo toda distancia. No cabría ningún alfiler entre ambos. No dijo nada. Recargó su peso con el brazo libre sobre la puerta y, conservando el silencio se dedicó a descifrar lo que sus ojos de esmeralda le gritaban; su rostro estaba a escasos centímetros, podría contar una por una las espesas pestañas que se negaban a moverse. Candy escuchó el golpe del florete contra el piso al mismo tiempo que sintió la mano de Archie atraerla con decisión hacia su cuerpo. Ella estaba acorralada, el peso del cuerpo de Archie se recargó sobre el cuerpo de la rubia empujándola sobre la puerta. Después le pareció recordar dónde se encontraban y sin soltar su cintura la separó de la puerta, puso el seguro y se entregó a un beso que no fue para nada suave ni cortés. Ella llevó sus manos a sus brazos y se aferró a ellos correspondiendo al beso en la adrenalina del momento. Ambos percibieron la urgencia de su encuentro y trataron de corresponder la demanda, la fiereza, la fuerza. Nunca fue suave, ellos fueron agresivos desde el inicio; como si dos volcanes explotaran al unísono, sintieron la lava de uno mezclarse con la del otro. Sus lenguas se exploraron, sus brazos se empeñaban en unirlos con inistencia como, si quisieran convertirse en un solo ser, ella se puso de puntitas para postergar la gloria de ese beso y él usó ambas manos para sostenerla de la cintura, aferrándose a ella por más tiempo. Sus labios comenzaron a doler, Archie sentía que lastimaba a Candy con la fuerza de su encuentro, pero al mismo tiempo recibía delicadas mordidas en sus labios y comenzaba a bendecir el dolor que le causaban.
Temían separarse, se besaban sin la intención de terminar, ni siquiera interrumpirlo. Candy percibió la fuerza de su atracción finalmente encontrar una salida, la había guardado en lo más profundo de su ser desde aquélla última charla que tuvo con su hermana.
La figura de este hombre había comenzado a torturarla desde hacía mucho tiempo antes; ella ya no recordaba cómo había comenzado. En lo único que podía pensar era que cada vez que necesitaba ayuda, era Archie quien acudía a protegerla. Albert se había dedicado por completo a los negocios y a sus viajes, y eran solo Archie y Candy. Recordó sus largas charlas por los jardines de Lakewood, su grata compañía en las silenciosas calles de Chicago cada vez que terminaba su guardia y se dirigía a su pequeño departamento, las noches de películas, los boletos VIP que siempre conseguía para los conciertos de su banda favorita, su temerario esfuerzo al ayudarla a cambiar un neumático de su viejo Chevrolet. Aquella noche se había quitado su fina camisa para no ensuciarla ocasionando que todos los colores de la entonces enfermera se le subieran al rostro; ella había querido disimular, pero sin duda él la había descubierto pues le sonrió casi con compasión, le quitó la camisa de sus manos y no le perdió la vista de decepción cuando sus fuertes pectorales iban desapareciendo mientras abrochaba uno a uno los botones con una sonrisa complacida. Esa fue la noche en que su entendimiento fue abierto y comprendió que ese joven, finalmente, con su paciencia, perseverancia y buenos modos había ganado su corazón. Desgraciadamente, Annie también estaba con ellos aquella noche y no perdió un solo detalle. La misma conversación del colegio San Pablo se había repetido y todo lo que Candy podía procesar era esa tonta súplica de "No me quites a Archie".
-Annie, lo tuyo con Archie terminó hace mucho tiempo -había respondido, sorprendida de que nuevamente su hermana se atreviera a pedir tales deseos.
-Lo sé, Candy, pero por favor, déjame reconquistarlo. No te pongas en medio, por favor, Candy -la trémula voz y los llorosos ojos de Annie la exasperaban, pero la chica, no pudo articular palabra, le dio la espalda. Esta vez no estaba dispuesta a caer en su súplica absurda.
En la mente de la pareja se arremolinaron los recuerdos de su último encuentro hacía casi veinte años atrás:
A la siguiente mañana de la súplica de Annie, cuando aún no amanecía, Candice escuchó un insistente llamado en su puerta, con su bata puesta todavía atendió y al abrirla fue la sonriente y relajada figura de Archie la que apareció. Tenía un paraguas en la mano, era diciembre, vestía una elegante gabardina Burberry y un cabello largo perfectamente peinado.
-Ven Candy, te invito a cenar -le dijo sumamente feliz.
-¡Archie! -ella se sorprendió- ¿querrás decir que me invitas a desayunar, no Archie?
-No. Dije bien, te invito a cenar -repitió insistente- usa ropa abrigadora.
-¿Qué estás planeando, Archie?
-No pierdas tiempo, Gatita -le urgió entusiasmado y ella se apresuró como respuesta.
Nerviosa había buscado en su vestidor lo mejor que poseía. Quería lucir bella, femenina, quería agradarle, quería gustarle. Cuando salió a su encuentro él la miró de pies a cabeza y le silbó con aprobación. Después se acercó y besó su mano, en aquél viejo ritual que tanto disfrutaban. Esta vez no dejó de mirarla a los ojos mientras sus labios acariciaban la blanca mano.
-Luces hermosa -ofreció su brazo con gallardía y ella lo aceptó.
-Jamás pierdes tus buenos modales.
-Jamás, y mucho menos contigo. Tú mereces ser tratada de lo mejor.
Esa mañana Archie la sorprendió con el jet de la familia listo para llevarlos al JFK en Nueva York. Para su sorpresa, la presencia de Archie la acaparó a tal grado que ni por un minuto recordó que Broadway era el hogar de cierto actor que había adorado. Terry Grandchester estaba casado con Susana Marlowe desde hacía un par de años, ella se había entrevistado con él en Chicago cuando su compañía de teatro había visitado la ciudad y le había puesto punto final a su sufrimiento. Aquello era un lindo recuerdo.
Del JFK tomaron el Concord a París y ya por la tarde estaban instalados en un lujoso hotel cuyo nombre no recordaba, pues lo único que estaba en su mente era el paseo por el Sena desde la Iglesia de Nuestra Señora hasta la Torre Eiffel. Archie habría preferido no caminar, pero no hubo nada que convenciera a su invitada de evitarlo, sus zapatos eran cómodos, y la distancia les pareció un suspiro. Empezaron temprano su improvisado paseo y se detuvieron cada vez que quisieron con el pretexto de contemplar los históricos edificios frente a ellos. Pero su recuerdo más hermoso era sentir la calidez del cuerpo de Archie en su espalda cuando sus brazos la rodeaban con dulzura indescriptible en el Puente de la Artes mientras miraban la hermosa panorámica de la Isla de la Cité. Candy, en repetidas ocasiones podría haber jurado que sentía la respiración de Archie sobre su cuello mientras descansaba delicadamente su cabeza sobre sus hombros, sin decir nada, no era necesario, él ya le había dicho todo lo que sentía por ella en cada gesto, en cada atención, incluso, en cada frustración. Ella recibía sus atenciones sin objeción; él la atraía, la cuidaba, la protegía, era su amigo, la llenaba de dulzura, le hacía saber que todo estaría siempre bien porque él estaba ahí para ella cada vez que lo necesitara y festejaba con ella sus triunfos; le hacía saber una y otra vez cuánto la admiraba y le apoyaba en sus sueños, incluso en los más locos sin invadir su autonomía, la reconocía como libre e independiente, y por eso, le había dicho, la adoraba.
Esa tarde, Archie finalmente la había besado, aquél fue un beso casto, lleno de ternura y emociones. Ella se sentía enamorada y plena, aunque le besó sin pedirle que fuera su novia, como se acostumbraba hace veinte años, ya no hizo falta, ella correspondió a cada caricia y a cada beso que continuó.
A regañadientes continuaron su camino hasta su destino, pero cuando llegaron a Campo Marte, Archie tomó en sus brazos a Candice con el pretexto de que ella estaba muy cansada, la verdad era que a estas alturas su felicidad era tan grande por tantos besos fortuitos que todos los sentimientos del joven se manifestaron en las risas ocasionadas por la pareja mientras se acercaban a la Torre Eiffel. Cenaron en el 58 Tour Eiffel y volvieron al hotel. No quisieron separarse durante la noche, usaron solo la suit que se había reservado para Candy, que era la mejor del hotel y se metieron a la cama sin desvestirse para dormir abrazados. Para Archie fue un suplicio que la mejor noche de su vida no terminara en una entrega total, pero la amaba de tal forma que podía esperar, tal como ella lo deseaba, hasta que su amor fuera bendecido en la iglesia; la atrajo hacia sí con ternura y disfrutó de su respiración, de su aroma, de la tibieza de su cuerpo y de la tranquilidad de su semblante.
A la tarde siguiente regresaron a Chicago cargados de planes y emociones. Se comerían al mundo. Archie olvidó que ella nunca lo había mirado, que él solo había sido el buen amigo. Ella lo amaba. De eso estaba seguro y nada podría apartarla de su lado.
Tras estacionar el auto frente al edificio de departamentos de Candy, Archie se bajó para abrir la puerta y le extendió la mano para ayudarla a salir, ella aceptó la gentileza con una sonrisa y antes de cualquier otro movimiento, escucharon la voz de Annie que los saludaba.
Annie se veía cansada. Ninguno dijo nada, sin embargo Archie y Candy, por el aspecto de Annie dedujeron que ella había pasado varias horas esperando por ellos. En su rostro se reflejaban los celos. Estaba seria, pero controlada. Por instinto, Archie tomó la mano de Candy con fuerza y ternura al mismo tiempo sin dejar de mirar a Annie a los ojos, no quería perderse ni un ápice de sus reacciones. Candy sonrió nerviosa, pero sintió cómo Archie la atraía hacia él y eso la reconfortó.
-Hola, Annie -la voz de Archie, aunque amable, sonó fría y distante.
-Archie -fue la única respuesta de la joven morena, era un hecho que estaba sufriendo.
Archie sabía que lo mejor era enfrentarla, aunque eso le doliera. Sin soltar la mano de Candy abrió la cajuela del auto y sacó una pequeña maleta que ella había usado durante el viaje; tenía la idea de que era mejor que Annie se enterara que habían pasado juntos la noche.
Annie le pidió Candy hablar a solas con ella. Su actitud era un tanto manipuladora, pero eran hermanas y Candy y Archie sabían que esta conversación se daría tarde o temprano, así que prefirieron que fuera lo más pronto posible. El joven se despidió de ella con un dulce y tierno beso, sin saber que sería la última vez que la viera antes del funeral de quien en ese momento sería su futura esposa.
En la intimidad de su departamento Candice volvió a sentir el frío de aquella noche neoyorkina. Annie se había retirado ya y la había dejado sola. Le había revelado que estaba asustada porque recientemente le habían dado un cruel diagnóstico. Estaba enferma y no había nada que pudiera hacer. Para la rubia aquello fue como un balde de agua fría, pronto perdería a su hermana, la que adoraba a pesar de todo y al mismo tiempo, esa noche ya había perdido a Archie. Nuevamente se sacrificaría. Lo había hecho por una desconocida y por supuesto que permitiría que su hermana fuera feliz los últimos días de su vida. Le prometió a Annie que no volvería a hablar con Archie, que se alejaría.
La siguiente mañana comenzó su autoexilio. Recordó la mina en el fin del mundo y hasta allá dirigió sus pasos. Con el tiempo renunció a su apellido, esa era la única manera de evitar las reuniones familiares a las que era solicitada y de las que cada vez le era más complicado ausentarse; se le habían terminado los motivos. Fue una dura decisión; mas la consideró necesaria. Archie la enloquecía, lo adoraba y esos sentimientos no eran propios hacia un hombre casado, mucho menos si era el esposo de su hermana. Se convirtió en su fiel seguidora, eso no le hacía daño a nadie. Había seguido cada paso de Archie, era la primera en ver cada fotografía publicada en Instagram y tenía un álbum privado en su cuenta de Facebook con fotografías recuperadas de la red. En ocasiones soñaba que era una de sus fans y que podía dejarle abiertamente mensajes coquetos, sin embargo, siempre volvía a la realidad. Guardó dentro de sí el recuerdo de aquella noche en París. Archie nunca tuvo una explicación. Ella jamás respondió una sola de sus llamadas, solo desapareció de su vida y él se quedó con la idea de que nunca había sido suficiente para ella.
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De mi escritorio: Muchísimas gracias por su paciencia para esperar las actualizaciones de esta historia. De verdad, me cuesta mucho trabajo encontrar un momento apropiado para darle vida a mis ideas porque trabajo mucho. Me disculpo por ello. Son en verdad increíbles al leer la historia. En ocasiones me pregunto si no tienen que volver a leer todos los capítulos cada vez que actualizo para ubicarse :(
Esta historia es diferente porque, no sé si ya se dieron cuenta, pero es la primera que escribo en que Candy no lleva el papel principal. Esta historia gira en torno a Archie.
Nuevamente, todo mi agradecimiento hacia ustedes hoy y siempre.
Malinalli. Torreón, Coa, 24 Abril 2017.
