INFERNUM. REDEPMTIONIS.
Capítulo 7
Lujuria
¡Hola, Candy!
Este medio día recibí una llamada de mamá. Desde que la abuela Marta murió, papá no ha recuperado su buen ánimo. Mamá tuvo que llevarlo al hospital y yo he tenido que viajar urgentemente a Florida para ayudar a mamá. Otro día iremos de compras; recibe unos regalos que Archie te va a entregar, los compré para ti antes de que mamá llamara. Estoy segura que te van a gustar, son hermosos.
Por favor, cuida mucho de Archie. Él está muy solo. ¿Viste alguna fotografía de alguna mujer en su oficina o en su computadora? Creo que necesita una novia porque solo tiene amigas para… bueno… tú sabes para qué. Ya tiene treinta cuatro años y se niega a dejar su vida de gigoló (ojalá fueras indiscreta y le dijeras que lo he llamado así). ¡Disfrutaría tanto de su expresión!
No me despido porque estoy segura que te veré muy pronto.
Recuerda usar sombrero para cubrirte del sol, Patty.
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Candice no había tenido ningún encuentro con Archie durante este día. Tenía la sensación de que el guapo hombre de negocios la había estado evitando. Esta mañana, mucho antes de que el sol naciera había aparecido una nueva fotografía en Instagram. Archie siempre lucía impecable, y esta ocasión no había sido la excepción; su fotografía teniendo como fondo las luces de la mina era realmente hermosa y solo aparecía con la leyenda "Perdido…"; había sido inevitable ese nudo en el estómago cuando leyó las respuestas de sus seguidoras, todas muy acomedidas para buscarlo y ser sus guías. Aunque la verdad era que Candy sabía que nada podía describir mejor esa fotografía. Lo sabía perdido. Sintió angustia en su pecho y sus ojos se nublaron ligeramente.
Pronto Archie se iría nuevamente, quizás pasarían muchos años antes de volver a verlo. Fue hasta entonces que el pecho de la mujer se apretujó y su corazón se entristeció.
-Puedes vivir con la mitad de corazón que te queda. Siempre puedes vivir… -pensó apesadumbrada.
Siempre que estaba triste, sin excepción, Candy sentía la necesidad de comer algo. El día de trabajo había estado muy pesado y ella había tenido la salido tarde. Ya la noche había caído, su estómago comenzó a protestar, sin embargo, ella no sentía mucha prisa por satisfacer su hambre. Su estado de ánimo impedía que se le apeteciera cualquier cosa pero se esforzó por pensar en algo que pudiera calmar su hambre.
Se detuvo frente a un Starbucks y pidió un smoothie para llevar. La noche no podía ser más triste. Era una pena que no hubiese visto a Patty una vez más, le habría gustado abrazarla. De pronto volvió a pensar en la pronta e inminente partida de Archie y ese hueco en su estómago se trasladó a su corazón, se transformó en un nudo en la garganta y finalmente se reveló a través de una delicada perla húmeda que se deslizaba en su mejilla. De pronto el smoothie ya no se le apetecía tampoco.
Levantó la mirada y súbitamente ahí estaba la visión más gloriosa jamás contemplada: Era Archie, vestido de forma casual, saliendo de su precioso y valioso auto. El corazón de Candy se detuvo ¡Malhaya sea la impertinente lágrima! La secó con prontitud y luego se esforzó por esbozar una sonrisa, no cualquier sonrisa, claro que no: la mejor sonrisa de su repertorio.
-Por favor, Archie, mírame… mírame, mírame… aquí estoy… -ella no se percibió que esas palabras se habían escapado de su labios.
Entonces vio a Archie rodear su auto para dirigirse a la puerta del copiloto, la puerta se abrió y una larga y torneada pierna fue el preámbulo de la bella figura femenina que aceptó la galantería de tomar la mano de Archie para bajar del auto.
Candy se quedó estática antes de buscar la sombra más cercana para esconderse. ¿Por qué rayos la tierra no se había abierto para tragársela? Por algún extraño motivo no deseaba que él la viera, pero era demasiado tarde ya: en esa extraña e inexplicable comunicación, Archie había recibido el mensaje. La sentía, la percibía y fijó su vista justo hacia el origen de ese calor en su cuello. Sí, no podía haberse equivocado, solo ella ocasionaba que la temperatura se elevara de tal manera. La sabía ahí, aún antes de descubrirla. Por una fracción de segundos se turbó, sin embrago, volcó su atención hacia la joven, colocando además suavemente su mano en la espalda baja para guiarla.
Candy fue testigo de la extrema coquetería de Isabela. Quiso borrarle la seductora sonrisa de un solo golpe. ¿Pero qué estaba pensando? Candy se llevó sus dedos delicadamente a sus labios, reviviendo aquellos besos con que había temblado un par de días atrás.
-Parece que El Auditor va a dormir calientito esta noche -era la sarcástica voz de Frank que le ofrecía su brazo para acompañarla. La había notado desde el Starbucks y salió tras ella – escuché rumores de que ella ha decidido ser la nueva señora Cornwell. Le comentó a una de las secretarias que pronto El Auditor podrá disponer de la herencia de su hermano mayor – el tono en que la noticia era transmitida era como el de una revista rosa - ¿sabes que la herencia de los Cornwell es una de las más grandes de América? Me parece que solo la de su tío la supera. ¡Ja! – había cierto enfado en su voz – yo quisiera la décima parte de ese dinero. Esa chica, Isabela, sí que sabe volar muy alto. "Señora Cornwell". Creo que muchas chicas quisieran estar en su lugar esta noche.
Candy sintió un filo que la atravesaba de los pies a la cabeza. Odiaba la idea de que Archie pudiera quitarse el frío de su cuerpo, pero que hubiese alguien que le quitara el frío de su alma, eso era algo en lo que ni siquiera podía pensar. Odiaba pensar que Archie llevara a Isabela a la cama durante esta noche, pero que se la llevase para siempre, esa era la cosa más alarmante en la que jamás había pensado. Su corazón se encogió y de pronto un calor la sobrecogió explotando por cada poro de su piel.
-¿Ya cenaste, Candy, este restaurante bar es una buenísima opción, me acompañas? – había un tono travieso en la voz de Frank; sus ojos estaban encendidos mientras que le ofrecía su mano con una sonrisa retorcida.
Era como si él supiese que algo había entre esos dos y estaba disfrutando de poder regresarle a El Auditor los mismos celos que él había sentido cuando la arrancó de su compañía para llevársela a desayunar con él. Frank estaba en el juego; ese muñequito de pastel no le arrebataría a Candy. Él había esperado pacientemente una oportunidad por varios años y este señor no vendría de la nada para quitársela.
-Frank, no estoy vestida apropiadamente – ella quiso encontrar una excusa para declinar la invitación; aunque la verdad era que quería entrar ahí y seguir mirando a Archie. Estaba usando unos jeans y su camisa de minero abierta de los botones superiores.
-Relájate – él se atrevió a acercarse a la doctora y comenzó a desabrochar con naturalidad los botones inferiores.
Trató de no mirarla a los ojos para que ella no descubriera el deseo que sentía por llevársela no solo a la cama; sino infierno y al cielo al mismo tiempo. Lo hizo con prontitud; en un par de segundos todos los botones estaban desabrochados y con una pícara sonrisa Frank la invitó a quitarse la horrible camisa. Ella aceptó el reto divertida, estaba dispuesta a entrar ahí para llamar la atención de Archivald Cornwell y ni siquiera se sintió un poco mal por Frank, parecía adivinar que él sabía lo que ocurría y estaba de acuerdo con ella.
Bajo de la camisa Candy usaba una bella y sencilla blusa negra ceñida al cuerpo, con un escote discreto. Después Frank se atrevió a soltarle el cabello y lo peinó ligeramente con sus dedos. Era una suerte que no estuviera usando las botas industriales en esta ocasión, sino unos zapatos cómodos de oficina.
-Estás perfecta – la voz de Frank sonó seductora mientras guardaba la camisa de Candy en su mochila. Había un brillo de cazador en sus ojos -ahora solo sonríe, Candy – le recomendó mientras le ofrecía su brazo.
Archie por su parte estaba dispuesto a pasarla bien. Según él, Candy debía estar caminando rumbo a su casa y él tenía toda la noche para desnudar a la escultural mujer que se ofrecía a él con cada mirada. Esta era la penúltima noche que pasaba en Great Can y quería divertirse un poco. Hacía casi dos semanas que no tenía sexo y eso no podía ser posible. Debía corregir ese rumbo cuanto antes. Archie se sorprendió cuando analizó que sus planes no lo estaban excitando de la manera que él hubiese querido, pero prefirió no pensar en ello; seguramente, llegado el momento, él le demostraría a Isabela que la fama que lo precede es totalmente cierta y bueno, después de eso, quizás nuevamente volvería a sentirse vacío, pero esta noche él estaría vivo, aunque fuese por un breve momento.
Archie, había reservado una de las mejores mesas; no había mucha gente en el bar porque no era fin de semana, así que era hasta cierto punto sencillo ver entrar y salir a los clientes del lugar. Aunque estaba tratando de disfrutar la noche, por algunos pocos instantes su mente se iba hasta Candy y la sensación que tuvo de su profunda mirada fuera del bar. Fijó sus traviesos ojos en la hermosa mujer frente a él mientras que ella prácticamente exigía al mesero el servicio. Luego hizo un par de cometarios casuales halagando su cabello y sus grandes ojos.
En el otro lado del bar Frank estaba fraguando su plan para darle un gancho al hígado a Cornwell al menos por ese glorioso instante en que un macho se levanta y se reclama como alfa.
Sin hacer una pregunta previa, Frank tomó a Candy de la mano y la condujo hasta una pequeña pista de baile en un extremo del bar. Las notas musicales que flotaban en el aire eran de una vieja canción ochentera de Def Leppard llamada "Love Bites", por cierto, una de las favoritas de Archivald Cornwell quien la reconoció de inmediato tan pronto las primeras notas llegaron a sus oídos.
A Archie se le erizó la piel. Esa canción protestando por el amor, quejándose, diciendo una y otra vez que el amor duele, esa canción que siempre, al escucharla, sin excepción, lo conducía raudo al recuerdo de una mujer de ojos verdes que se moría por llevarse a la cama. Ojalá pudiera ir a buscarla y sacarla de esa horrible casa de muñecas y traerla a bailar con él, seguramente la ceñiría a su cuerpo sin delicadeza alguna y le devolvería todas las mordidas que su amor le había dejado. Miró con nostalgia hacia la pista de baile y fue entonces que la reconoció: Esos rizos rubios e irreverentes cayendo por la espalda esbelta solo podían ser de ella. Frank de inmediato percibió que Archie los había reconocido y disminuyó la distancia con su compañera de baile extendiendo su mano como si quisiera abarcar toda la espalda de la mujer y a su vez, llenarse de la tibieza de su cuerpo.
Archie tenía en su memoria los infantiles arrumacos entre Candy y Anthony y se llenaba de celos, pero nada lo había preparado para lo que sintió al ver a este ingenierito de quinta beberse el aroma del cabello de oro de Candy.
¿Quién podría adivinar que bajo esa horrible camisa de minero se escondía un talle tan diminuto y unos montes firmes y bellos? Y esos jeans tan ajustados, como si fueran una segunda piel, torneando esas largas piernas y revelando su trasero redondo del cual era imposible apartar la vista… esos jeans… esos jeans… esos jeans deberían estar prohibidos para Candy. Archie apretó sus puños mientras un extraño brillo en sus ojos se abría paso entre el ocre color del bar.
Por un momento estuvo así, con la vista clavada en las nalgas de Candy sin el menor pudor. No se preocupó por disimular la fuerte atracción que sentía hacia ella. Un calor ardiente entró por sus ojos y se distribuyó por su rostro, sonrojando sus mejillas, llenándolo de deseo y celos. ¡Diablos! Siempre tenía que ajustarse el pantalón cuando de Candy se trataba. Era imposible no reaccionar al fuerte deseo sexual que sentía por ella.
La canción terminó y alguien más puso otra moneda en la vieja Rockola con el mismo tono romántico y Frank siguió torturando a Archie bailando lento con su compañera de trabajo. A decir verdad, el ingeniero estaba en las nubes.
Isabela notó de inmediato el cambio de humor de Archie y siguió su mirada hasta descubrir el origen de los ásperos monosílabos con los que respondía su parloteo. Entonces, deseando recuperar la atención de Archie extendió su mano sobre la mesa para acariciar en círculos la mano masculina, sonriendo seductora y mostrando su generoso escote. Archie retiró su mano con brusquedad, estaba molesto. Deseaba que Candy se opusiera a los avances de Frank y el verla ahí, tan dispuesta, le encendía la sangre.
¿Pero cómo estar tan fuera de sí por una mujer como ella? ¿Acaso no estaba dicho ya, que ella no merecía ni siquiera un poco de todo el amor que él siempre le había profesado? Ella siempre lo había rechazado, ella siempre había puesto a alguien más antes que él. Todos lo eclipsaban delante de ella: Anthony, Terry y ahora… este fulano en cuyo nombre ya no quería pensar.
Sacó una buena cantidad de dinero, la puso sobre la mesa y se levantó decidido a abandonar el bar. Ni siquiera miró a Isabela, sol comenzó a caminar hacia la salida mientras que la joven lo seguía presurosa resonando sus tacones.
Archie la llevó a su hotel. Había sorteado todos los avances de la chica para seducirlo. No estaba de humor.
Sin darse cuenta había manejado hasta la casa de muñecas; la casa de su muñeca, más bien. Se estacionó sin saber qué hacer. Quería tener el valor de tocar la puerta y arrancarle la sexy ropa de dormir que seguramente la cubría y saborear su piel desnuda en cada centímetro. Pero quería ir más allá de eso: Sentía la necesidad de llenarse de ella más allá del sexo. La amaba más que a todo y a todos, la adoraba, aunque se esforzara por encontrar todas las razones para odiarla y rechazarla. ¡Maldita sea! ¡Maldito sea este sentimiento que lo atormentaba! ¡Maldito su deseo de hacerla suya! ¡Ella era feliz mientras que él seguía sumido en este huracán! El oxímoron estaba dentro de él, era una corriente helada de odio chocando con la corriente ardiente de deseo y el amor más puro jamás sentido por nadie.
Archie apagó las luces de su auto y recargó su espalda en el sillón. Cerró sus ojos. Tenía tantas cosas en qué pensar que sus pensamientos eran incapaces de detenerse. Urgía terminar su auditoría, tener el dictamen y salir corriendo; a la vez, quería alargar la tarea y no volver jamás a Chicago. Quedarse en el fin del mundo, si el fin del mundo era ella.
-Me voy a volver loco si no salgo de aquí. Debo huir de ella – Archie estaba a punto de encender las luces de su auto para retirarse cuando un auto apareció.
Frank acompañó a Candy hasta la puerta y ella se apresuró a entrar a su casa tras un cálido abrazo que de romántico no tenía nada. Después, el auto de Frank se perdió en la obscura calle y las luces de la casa de Candy se encendieron. Archie tuvo la esperanza de mirar un seductor espectáculo mientras Candy se ponía cómoda, sin embargo, la mujer era muy cuidadosa y Archie no pudo evitar decepcionarse.
Después de un largo debate, finalmente se decidió a tocar la puerta de Candy. Se armó de valor y caminó sin saber qué es lo que le diría; todo lo que deseaba era verla, tenerla cerca… quizás, dormir con ella. Está bien: dormir con ella era demasiado, se conformaría con una taza de ese horripilante te que ella seguramente le ofrecería. Lentamente caminó hasta el umbral de la puerta, y levantó el puño para tocar; su mano se quedó en el aire, fue incapaz de hacerlo. Ya casi era la una de la mañana. ¿Qué le diría? Maldijo una vez más su poco valor. Solo Candy lo ponía en ese estado.
Los ojos le brillaron al recordar los regalos que Patty había dejado para ella. Se volvió hacia su auto presuroso y con cierto entusiasmo, sentía su corazón latir a mil por hora, quizás sí podría dormir con ella después de todo.
-Ni lo pienses, Archie. Confórmate con la taza de té.
Tomó del maletero de su auto los presentes. Incluyendo un hermoso y fino bolso de trabajo que él mismo había elegido y comprado para Candy.
-Por favor, si vuelvo a ver esa horrible mochila la voy a despedazar. No le digas a Candy que es un presente de mi parte – le había pedido a Patty, aún con la idea de que sería ella quien entregara los regalos.
Archie caminó hacia el umbral de la puerta aún sin saber lo que diría. Era demasiado tarde, quizás no estaba pensando con coherencia, quizás sería demasiado obvio su latente interés por ella… ese interés que una y otra vez se esforzaba por esconder.
Tomó unos segundos antes de atreverse a llamar a la puerta. Recargó su cabeza en la puerta esforzándose por percibir algo del otro lado: un sonido, un aroma… cualquier cosa. Deseaba poder deshacerse de su coraza de una vez por todas, deseaba amarla esta noche, al menos por esta noche; aunque sabía que Candice White no era mujer de una noche.
Hacía muchos años que no sentía esas cosquillas en su estómago, el sudor de sus manos, su respiración asustada, su corazón henchido, como si quisiera escapar de su pecho. En semejante estado Archie llamó a la puerta. La luz se encendió Candice preguntó si era Frank quien tocaba. Ese nombre logró que Archie apretara los nudillos, sin embargo, se esforzó por ser amable.
-Candice, sé que es muy tarde – se excusó. Al diablo con todo… estaba descubierto, ella sabría que él la adoraba. La había besado y ahora estaba ahí: de pie, con varios regalos, a la puerta de su casa… a la una de la mañana, por cierto.
-¿Archie, qué haces aquí? Me alegra escucharte – una voz sorprendida, en un suave murmullo respondió. Ella sintió saltar su corazón.
El hombre carraspeó antes de continuar, mientras la figura de Candy, envuelta en una bata aparecía detrás de la puerta.
-Te vi en el bar y pensé que no te molestaría demasiado si te entregaba ahora mismo los presentes de Patty – extendió las bolsas de compras que llevaban los regalos y ella los aceptó un tanto confundida, pero se aseguró de sonreír.
-Gracias, has sido muy amable – Candice se apresuró a llevar los regalos a su pequeña recámara y después volvió tratando de cubrir la desnudez de su pecho. Se quedó a una distancia prudente de Archie, sin saber qué hacer, o qué decir.
Él la contempló sin poder hablar. El silencio no fue incómodo, fue como la antesala al fuego que los estaba devorando. Las palabras de Patty, lo golpeaban una y otra vez y el sentimiento de frustración que sintió ante tal revelación de pronto llenó todo su cuerpo.
Ella había tomado una decisión por sí misma, una decisión que les incumbía a ambos; aunque a decir verdad, no sabía qué habría hecho. Quizás también habría accedido al deseo de Annie. No podía saberlo, no estaba seguro. Lo único que sabía era la razón por la que Candice había desaparecido hace años; la comprendía, aunque no compartía su decisión.
-¿Archie?
Él volvió de sus meditaciones con un gran signo de interrogación en su rostro.
-¿Entonces?
-Lo siento Candice, no escuché – confesó.
-¿Te apetece una taza de té? – había una sincera sonrisa en el rostro de Candy.
-Te lo agradezco – titubeó. Quería arrancarle la poca ropa que la cubría y hacerla suya de una vez por todas –, es muy tarde, no debería estar aquí – lentamente, sin dejar de mirarla a los ojos, se acercó a la puerta. Por segunda vez en una sola noche, deseaba huir de ella.
-¿Archie, viniste hasta mi casa solo para entregarme los regalos de Patty? – y ahí estaba ese canto de sirena que lo aturdía de pies a cabeza. Los ojos de Candy suplicaban, su voz había sido queda, pero nuevamente había penetrado hasta la médula del hombre.
Él no dijo nada. Reconocía ese llamado. Se turbó.
-Candice – trató de disculparse con su mirada, sin atreverse a decir nada más. Sus pasos seguían caminando hacia atrás, buscando la puerta.
-Archie – ella dio un paso hacia él y entonces Archie sintió el frío de la puerta en su espalda – no quiero que te vayas.
Con delicadeza ella posó sus manos en la cintura de Archie y lo miró fijamente. Él se sintió perdido, sin saber qué hacer, aunque claro, eso era precisamente lo que él había venido buscando. Las manos femeninas eran fuego puro que lo quemaba. Ella fue audaz y se olvidó del prolongado escote de su bata, recargó suavemente su pecho en el pecho de Archie; las verdes esmeraldas eran un poco más obscuras, había un seductor desafío en ellas. Era una mujer de la misma edad que Archivald Cornwell, sabía lo que quería, pisaba fuerte el terreno que exploraba, estaba decidida a recuperar lo que era suyo. No lo pensó dos veces, estaba deseosa de volver a saborear la gloria de los labios de Archivald. Se puso de puntitas y besó con delicadeza y con miedo el labio inferior del hombre que estaba invadiendo su casa y su corazón. Él ya no pudo resistirse; la tomó entre sus brazos con mayor desesperación que nunca, la aprisionó, sintió como el fuego de esa rubia derretía el hielo que lo había poseído por tantos años. ¡Qué peligroso tenerla temblando ahora mismo! ¡Podría tomarla esta misma noche!
Satisfizo su prolongado deseo por ella jugueteando con los labios sensuales y maduros de Candy, besó cada centímetro de su rostro, jugueteó mordisqueando sus orejas, acariciando su cuello. Se abrió paso lentamente por el cuello, deleitó sus oídos con los sensuales gemidos femeninos, llevó sus audaces manos hasta los senos y los acarició sobre la bata, después, introdujo una a una sus manos bajo la bata sin encontrar resistencia y se sintió en el cielo cuando por vez primera tuvo entre sus dedos la dureza del pezón de la rubia que por años había adorado. Ella correspondió a cada una de las intromisiones de su visitante; lo alentó a continuar, quería entregarse a él. Por instinto, levantó una de sus piernas y alcanzó la cadera masculina para darle libre acceso a su entrepierna. Percibió la dureza de su miembro y enloqueció de placer, él atrajo su cadera con firmeza para demostrarle las reacciones de su cuerpo por ella. Entonces sus cuerpos explotaron y sus caderas comenzaron en embestirse buscándose con urgencia…
-Candy – ella no escuchaba, quería fundirse con él.
Él continuó besándola, perdido, disfrutando… y de pronto… súbitamente… sufriendo.
-Candy. No es el momento.
-Archie – Candice se sonrojó-. ¿En qué estaba pensando? ¿Qué es lo que he hecho? – la mujer se reprochaba su proceder. Seguramente Archie estaría pensando lo peor de ella.
Archie sabía que una vez que cruzara la línea con Candice ya jamás se separaría de ella. Pero antes de llegar a ese punto ellos tenían mucho de qué hablar. No quería construir sobre la arena; no con ella. Ella era la única con quien construiría con cimientos, con quien echaría raíces, a quien llevaría a su cama.
Archie vio la decepción en el rostro de Candy y se odió por eso.
-¿Candy, me dejas dormir contigo? – le suplicó.
Ella no comprendió: ¿Archie quería irse o quedarse?
Él no le dio tiempo de responder: Se quitó el saco y la corbata solamente. La tomó de la mano y la llevó hasta su recámara. Descubrió que la cama de Candy era de tamaño individual, pero no le importó. Ella estaba confundida, no se atrevía a decir nada, temía equivocarse. Archie quitó la bata de Candy. Sus ojos fueron fuego cuando vio su sexy camisón de dormir, aún estaba excitado y esa visión encendía su sangre. Sintió su erección echarlo de cabeza, más hizo un esfuerzo por comportarse con naturalidad.
-¿Recuerdas París? – Archie levantó la cobija invitando a Candy a entrar a la cama –. Es todo lo que necesito esta noche.
Y esa era la verdad: Archie deseaba saber que aún era capaz de controlar su deseo. Deseaba saber que su lujuria era tan fuerte como su amor.
Ella se sintió aliviada. Se metió en la cama y se sintió la mujer más afortunada cuando Archie, sin despojarse de su ropa, con una mirada de inocencia se acurrucó al lado de ella y la abrazó para dormir.
Candice durmió como hacía varios años no lo hacía. Fue diferente. No tuvo que estar alerta, atenta a cualquier ruido para protegerse de algún intruso. Esa noche, Archie estaba ahí, cuidando de ella; todo estaría bien.
Candice durmió profundamente, con una sonrisa… una sonrisa que desapareció cuando despertó sola. Archie se había marchado, no había dejado ni una nota… nada… absolutamente nada. La única prueba de que aquello no había sido un sueño era la fina corbata tirada en el piso.
Ella se arrodilló para tomarla en sus manos, el aroma del varonil perfume la invadió pero no le dio el menor consuelo. Besó la prenda delicadamente y se quedó en el piso por unos minutos, se sintió sola, más sola que nunca.
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Nada podría cambiar en su interior. Tenía miedo a relacionarse seriamente con Candy, aunque sus sueños eróticos fuesen cada vez más y más vivos… cada vez más frecuentes… cada vez más atrevidos. Sentía todavía la tibieza del cuerpo de Candy arropándolo durante la noche. Había sido incapaz de dormir, se había deleitado contemplado a Candice. Ella era tan pacífica mientras dormía. Memorizó cada uno de sus rasgos, contó sus pecas, acarició su cabello, la tuvo ceñida muy cerca de su cuerpo… fue la noche más maravillosa en su vida; aún mejor que aquélla noche parisina.
Estaba nuevamente solo en su oficina. Se había tomado un descanso. Candy había enviado el cumplimiento de las normas ambientales al día y no había absolutamente nada que implementar por el momento pues las acciones estaban al día y las medidas de contingencia eran claras y precisas. Su tío había tenido razón; esta mujer estaba interesada en la sustentabilidad tanto como él.
Archie miró nuevamente su florete y lo tomó. Practicó algunos pasos en marcha en un extraño fetichismo. Pensar que la punta de su florete había estado tan cerca de los senos que lo enloquecían lograba que los colores se le fueran a la cabeza y que su respiración se agitara tanto como en un encuentro de esgrima. De pronto, la voz de Candy diciendo su nombre para detenerlo se metió hasta sus huesos "Archie", había dicho temblando, en apenas un murmullo.
La voz de Candy, temerosa, acariciando su nombre, como si con los labios acariciara su piel, besando suavemente cada rincón de su cuerpo en una danza de amantes que se explora sin recato. Su memoria se liberó y recordó la fiereza de aquél beso. Después su imaginación voló y se vio sentándola en su escritorio y deslizándose entre sus piernas, colocando su virilidad muy cerca de ella, para que le temiera y lo amara al mismo tiempo. Sus ojos, convertidos en fuego, traspasarían a la mujer que deseaba mientras ella hundiría sus dedos en su pelo. Y luego bailarían sensuales deslizándose hasta sus brazos para arrancarle el saco y deshacer los botones de su camisa. Ella le terminaría de deshacer el nudo de la corbata y la arrojaría al piso desesperada, muy lejos, donde no estorbara, sin dejar de besarlo, de acariciarlo, de torturarlo con sus dientes. Pero él no sería el único torturado, porque ella no tendría oportunidad ante su dura virilidad amenazando entre sus piernas.
Archie libraría su cabello de esa horrible liga que impide la fiesta de sus rizos dorados que tanto adora y luego guiaría su dedo por su cuello, se deleitaría provocando el rubor de cada poro, en cada centímetro. Después, acariciaría con su aliento sus mejillas encendidas, su oreja… sentiría los poros de la piel de sus brazos explotar al erizarse y viajaría en su caricia hasta la garganta.
La timidez de Candy sería un obstáculo, pero él sabría disfrutar las leves y delicadas convulsiones provocadas por sus manos, por su respiración, por sus miradas, por la humedad de sus besos inmiscuyéndose en su boca. Delicadamente ella correspondería a sus dulces palabras susurradas con adoración plena para seducirla, para hacerla suya, para quemarla en el fuego que él había guardado para ella por años.
Archie sabía exactamente lo que le diría, la forma en que la tocaría, las miradas lascivas que serían por ella nada más, de tal manera que ella se lo creería. Sus experimentadas manos viajarían desde sus hombros hasta esos preciosos montes firmes, voluptuosos y maduros que lo enloquecían ahora mismo con solo recordarlos. Los dedos masculinos percibirían la dureza de su corona rosa firme y excitada por él y solo para él.
Le demostraría que ningún hombre jamás la había tocado ni la tocaría de tal manera. La prendería hasta enloquecerla y ella respondería para enloquecerlo a él. La besaría intensamente hasta que el calor fuera tan intenso que se quemaran y explotaran. Le parecía sentir la humedad de la lengua de Candy mezclándose con la de él con tal desesperación que no querrían besar a nadie más jamás.
Se apresuraría a desnudarla para cubrir su piel que lo torturaba desde muy joven con suaves besos. La recorrería delicadamente por todas sus formas. Robaría su pudor para tenerla abierta solo para él, deseándolo, necesitándolo, exigiéndolo… suplicándole que la hiciera suya, que terminara por fin esta larga espera.
Llegaría a ese sublime y excitante momento para reclinarla suavemente sobre su escritorio. Él la cuidaría para que ella estuviera cómoda y deseosa por él. Escucharía su nombre una y otra vez salir de los ardientes labios de Candice. Fantaseaba con verla indefensa con las piernas abiertas invitándolo entre jadeos a que la tomara con sus ojos obnubilados por la más grande lujuria y el más exigente deseo.
Se regalaría la imagen excitada de esta mujer que temblaría en sus brazos entre suspiros y gemidos. Disfrutaría verla curvar su espalda y entornar sus ojos mientras se sujeta a sus fuertes brazos en una clara invitación para invadirla, para declararse su dueño. Pensó en el maravilloso vaivén de sus pechos desnudos, en su respiración agitada, en el rubor de sus mejillas… él sería lento para permitirle disfrutarlo, ella era tan diferente, tan genuina, tan única… con ella no tendría prisa como solía tenerla con las invitadas a su departamento. A ella la bebería disfrutando cada sorbo. La tomaría, pecaría con ella hasta quedar satisfechos, chuparía todo su cuerpo, hasta que ella estuviera seca.
Él sería el amo de esta dulce gatita, de verdes ojos y cabello de sol. Él así y solo así sería el amo del universo.
Por supuesto… lo haría tan pronto pudiera hablar con ella y disculparse por no haberla despertado antes de salir de su casa. No había querido despertarla; ella realmente estaba disfrutando su sueño. Era muy tarde y él tenía que conducir para asearse antes de ir a la mina. Tenía la esperanza de que la gatita no se molestara por eso.
Tomó el teléfono, quería invitarla a ir con él. Quería llevarla a Chicago.
Esa mañana, en su cuenta de Instagram, apareció una fotografía de él a lado de su flamante auto: "Listo para el próximo viaje, me comeré el mundo… lo devoraré. He vuelto."
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De mi escritorio: Bueno… aquí con otra entrega de esta historia. Creo que por fin Archie empieza a quitarse la coraza. Veremos qué retos tiene que enfrentar esta pareja.
Muchas gracias por su paciencia en la espera de mis actualizaciones.
Abracitos.
Malinalli. Torreón, Coa., 14 Junio 2017.
