INFERNUM. REDEPMTIONIS.
Capítulo 8
Nuestra historia
Para Archivald Cornwell había sido un triunfo sobre sí mismo dar su brazo a torcer y reconocer que necesitaba a Candy en su vida. Era necesario olvidar; olvidar que durante años ella no tuvo ojos para él, olvidar esos celos que en ocasiones lo enloquecían cuando recordaba toda la atención que le había brindado a Terrence, olvidar el deseo de poner su florete en el pecho de Terry y olvidar que ella había desaparecido sin explicación alguna.
Valía la pena olvidar si tras esa puerta encontraba la felicidad plena al lado de la mujer de su vida. Estaba sentado en su oficina, ya Paul se había encargado de llevar su equipaje a la avioneta, excepto el florete que Archie usaba siempre; nadie podía tocarlo, era una regla no escrita.
-Lo siento Anthony – dijo con una media sonrisa y un descarado humor negro – "El que se fue a la villa perdió su silla".
En realidad a Archie no le parecía desagradable hablarle de ese modo a su primo muerto. Estaba seguro de que si viviera, le diría exactamente lo mismo.
-Está bien, Anthony, no te enojes – miró al cielo con un nuevo brío – cuidaré de ella. Siempre supiste que la amo.
Inexplicablemente, aunque estuviese tratando con todas sus fuerzas de comprender que Alistar había muerto, no podía hablarle igual que a Anthony; le llevaría algún tiempo aceptarlo por completo.
Al final sonrió, su vida había dado un hermoso giro y se sentía pleno, dispuesto a volver a comenzar. Tenía treinta y cuatro años, podía tener muchos hijos, quizás una docena; de preferencia, todas niñas para pasear rodeando su casa con un rifle al hombro: ¡Ay de aquél que se atreviera a romper el corazón de alguna de sus niñas! ¡Ay del que se atreviera a lastimarlas! Mejor aún: ¡Ay del que se atreviera siquiera a mirarlas!
Estaba tan entusiasmado con sus fantasías que casi había olvidado que debía preparar un exhaustivo reporte para los inversionistas la siguiente semana a fin de reunirse con ellos el fin de mes. Había dejado para el final los indicadores financieros, esos no se los había delegado a nadie. Paul había tomado a última hora la gestión ambiental y sus colaboradores se distribuían las certificaciones de calidad, la mercadotecnia y la producción. Hacia el final de la semana, los números arrojaban que trabajaban sobre el punto de equilibrio aún con una eficiencia del ochenta por ciento, que tenían buenas utilidades, aunque la inversión del pago de la deuda se recuperaría hasta después de casi cinco años.
Sin embargo, el crecimiento económico una vez recuperada la inversión estaba muy por encima de la media; sobre todo, si la organización continuaba sumergida en el Kaizen, el Justo a Tiempo, en el resto de los principios de manufactura esbelta y la administración de clase mundial. Sería un buen negocio, siempre que los inversionistas estuviesen dispuestos a esperar unos pocos años. De aceptar el proyecto, seguramente tendría que empezar a trabajar en la planeación estratégica.
Archie, ya no podía más. Candy no había respondido su llamada y este era su último día en la mina; era ya casi la hora de la salida y no sabía nada de ella. Caminó presuroso hacia el área de producción; encontró a Frank ocupado en dar instrucciones a algunos subordinados en un pasillo, ambos hombres se miraron con recelo mientras Archie seguía su camino.
-El marcador está a mi favor – meditó travieso -. Anoche el ingenierito hizo un par de puntos bailando pegado con mi gatita – eso no le agradó mucho al guapo ejecutivo –. Neandertal guapo, uno; ingenierito feo, aburrido y maltrecho, dos. ¡Ah! Pero después yo dormí con ella. Neandertal varonil, guapo y sexy: ¡100 puntos!; ingenierito feo: se queda con dos puntos. ¡Oh, sí!
Archie llegó hasta la oficina de Seguridad Industrial y encontró el escritorio de Candy vacío y muy ordenado, como si nadie hubiera trabajado en él durante el día.
-¿Está buscando a la doctora Candice? – un minero ya entrado en años lo miró con cortesía y con una pícara sonrisa.
-Así es… -¿acaso era tan obvio?
-Esta mañana estuvo en el consultorio. Nos llamaron para unos estudios antropométricos ¡vaya usted a saber qué es eso!, la pobre ha tenido mucho trabajo – el hombre le señaló el camino hacia el consultorio médico.
Archie se apresuró por el pasillo. Sentía su rostro ardiendo completamente sonrojado.
Cuando llegó al consultorio se sorprendió de encontrar las luces apagadas. Llamó pero nadie respondió. Para su sorpresa, con solo girar la perilla la puerta se abrió; por una pequeña ventana entraba un poco de luz solar y sus ojos pudieron percibir la silueta de Candy dormida, exhausta, recargando todo su peso sobre su escritorio. Ella no debería estar ahí; ella debería estar adornando una cama con sábanas de seda o con fino lino egipcio, acurrucada, tranquila, descansada, sexy, ardiente… ¡Basta! Si seguía con esos pensamientos se olvidaría que estaban en un lugar de trabajo y la tomaría de una vez por todas. Hizo un esfuerzo muy grande por contener su deseo, no quería que Candice reconociera lo que la naturaleza hacía con él cada vez que ella estaba cerca, estaba por ajustarse su pantalón -sí, una vez más- cuando escuchó su nombre salir ardientemente de los labios de Candice.
-Archie, oh Archie – la escuchó murmurar con tal erotismo que todo su esfuerzo por mantenerse coherente estuvo a punto de irse por la borda.
Su virilidad estaba lista, toda la sangre había reaccionado, ardía de tal manera que casi pierde el control, quiso poseerla, explotar con ella, vivir lo que ambos soñaban.
Aunque estaba mareado, logró comportarse. ¿Qué hacer? Despertarla, por supuesto, pero primero debía ser dueño de sí mismo para no sucumbir a los deseos que ella despertaba.
En eso estaba cuando un débil gemido surgió de la mujer, con tal placer, que fue imposible que Archie no sonriera. Se sintió el rey del mundo.
-Archie, Archie…
La vio estirarse, parpadear y bostezar.
Al notar que no estaba sola, abrió mucho los ojos y se levantó de un salto de la silla mientras ahogaba un grito.
-Tranquila, Candy, soy yo, Archie.
Candy estaba sorprendida. Archie la había visitado en sus sueños tan solo unos instantes antes. La había hecho suya, la había amado; ella se había entregado a él con la inocente iniciativa de satisfacerlo en todos sus deseos. Ojalá que su nombre no se haya escapado de sus labios mientras dormía, y mucho menos, esos gemidos que Archie provocó en ella durante semejante sueño.
-¿Candy, te sientes bien? – Archie trató de no pensar en lo que acababa de escuchar, lo último que deseaba era incomodarlo. Era increíble cómo esta mujer lo hacía comportarse de formas que él desconocía. Podía ser tierno y dulce con ella.
Ella parpadeó rápidamente, con su mirada fija en los hermosos ojos de Archie que la miraban de una forma pocas veces vista. Se frotó los ojos antes de responder:
-Sinceramente, me siento agotada – Archie se fue al cielo; ¡la había dejado agotada… y sin siquiera tocarla! Eso es la gloria.
-¿Has estado aquí por mucho tiempo, Candy?
-Desde que llegué esta mañana.
Los ojos de Archie empezaban a acostumbrarse a la obscuridad y ahora, con la poca luz del sol que lograba filtrarse era capaz de distinguir un hermoso ramo de rosas rojas, con una tarjeta firmada por Paul. Ya no quiso leer lo que la tarjeta pudiese expresar, sintió un vuelco en el estómago y un dejo de celos. Tendría que hablar pronto con su asistente.
Candice se levantó y encendió la luz. Cerró sus ojos y trató de calmarse, pero era muy difícil. Aún sentía esa delicada humedad entre sus piernas a causa de las imágenes en su sueño y ver a Archie, ahí, frente a ella, tan guapo, tan varonil y con esa sonrisa de antaño, la encendía. Era estopa. Si Archie soplaba, ella ardería inclusive entre tanta fatiga.
-¿Candy? – Archie le apartó el pelo de la cara, luego tomó su rostro entre sus manos y le acarició su mejilla con la yema de sus pulgares.
Le fue imposible comprender lo que la médico decía. Se apoyaba contra él como si las fuerzas la hubiesen abandonado. Archie comenzó a preocuparse. Trató de moverla para llevarla hasta la camilla y como respuesta, ella se sujetó a él con más firmeza, como si no quisiera que la soltara. Él disfrutó esa dulce sensación y la recibió con mayor fuerza aspirando el olor de su pelo. Las formas del pequeño cuerpo de Candy se amoldaban perfecto a las de él, se complementaban, eran uno.
Sin liberarla, se las arregló para llevarla a la camilla, la cargó delicadamente y la acostó.
-No soy médico, pero es obvio que estás agotada – Archie frunció el ceño mientras acariciaba el rostro de Candy.
-Estoy bien Archie, solo debo comer un poco, no te preocupes.
-¿Comer? ¿Es que acaso no has comido todavía? Ya pasó la hora de salir.
-No tuve tiempo de comer, estuve muy ocupada -eso no le gustó nada a Archivald, nunca había comprendido ese proceder. Él era más práctico.
-¿Qué desayunaste?
Candy desvió la mirada. Conocía muy bien a Archie y no tenía nada de ganas de que la regañara como si fuera una parvulita. Además estaba muy enojada por su gracioso escape de esta mañana ¿se mete a su cama y luego se va sin despedir? El semblante de la rubia cambió de pronto. Archie tuvo que adivinar sus pensamientos. Hizo a un lado el disgusto de la joven por su desaparición y sacó del bolsillo de su pantalón un chocolate.
-¿Recuerdas esos panecillos que comimos debajo de la mesa en aquél baile? Pensé que te gustaría algo dulce.
-¿Archie, a qué has venido, qué quieres de mí? – había reproche en las palabras de Candy. Su semblante estaba pálido. No había comido en todo el día porque nada se le había apetecido.
-¡Candy! – él no estaba preparado para semejante pregunta. No imaginó que esa charla pendiente fuese a ser tan pronto.
La joven presionó un botón y la parte superior de la cama se levantó de tal forma que Candy quedó reclinada, con sus ojos a la altura de los de Archie.
-Me tratas con brusquedad delante de mis compañeros de trabajo después de años de no vernos, luego eres cortés conmigo y me invitas a cenar; al siguiente día me ignoras, ni siquiera me saludas, pero unas horas más tarde casi me clavas tu florete en mi corazón, me besas como si quisieras devorarme y minutos más tarde eres frío como el hielo otra vez. Después eres formal delante de Patty y por la noche alivias mis heridas. Entonces, transcurre otro día, te presentas en mi casa a horas no apropiadas, me dejas que te bese y aún más: me correspondes, te metes en mi cama, me haces sentir segura, pero despierto y te has ido… solo faltó que encontrara unos billetes en la almohada.
Candice había expuesto sus emociones. Sus ojos estaban rojos, pero ni una sola lágrima se había asomado. Tenía la mirada profunda, clavada amenazante en los sorprendidos ojos de Archie. No se amedrentó ni siquiera un poco, no se desvió. No permitió que ese nudo en la garganta la traicionara, aunque sus mejillas se habían encendido.
-Preciosa – fue en lo único que pudo decir Archie ante la imagen y eso encendió aún más a Candy. ¿Cómo podía decirle algo así en semejante momento?
Transcurrieron unos segundos y Candy ya no pudo sostener su mirada. La desvió en dirección opuesta de Archie sin esperanza alguna de que él respondiera. Estaba muy débil y agotada, poco o nada sabía él de las emociones que se habían apoderado de ella desde que él apareciera en esa sala de juntas. Poco o nada sabía de sus charlas frente al espejo ensayando monólogos que jamás diría. Poco o nada sabía del entusiasmo que sus besos despertaban. Poco o nada sabía de las lágrimas escondidas tras ese rostro sonriente.
Archie se había mantenido en silencio. Nunca había sido su intención lastimarla. Se odió por causar semejante estado en la mujer que adoraba. Es cierto que había sido un irresponsable en los últimos años con su vida privada, hasta un libertino con su vida sexual… quizás se había convertido en un miserable egoísta incapaz de pensar en alguien más que no se llamara Archivald Cornwell Andrew. Sin embargo, todo eso había sido una mentira, él hoy quería vivir nuevamente.
Desde el rincón más profundo de su ser salió la respuesta clara, diáfana y presta. Él la reconoció y tomó valor para darle forma en sus labios. Extendió su mano y con delicadeza la obligó a mirarlo.
Cuando Candy se encontró con sus ojos, reconoció la dulzura que siempre lo había acompañado; era extraño, había un cierto brillo de determinación amalgamado a esa dulzura. Fue como si el tiempo hubiese retrocedido para mostrarle la sonrisa de aquél chico que conoció en el portal de agua, el que le regaló un pastelillo y se escondió con ella para disfrutarlo, el que fue capaz de diseñarle un hermoso vestido de fiesta en un instante… y también vio la determinación de aquél que la declaró "No quiero perderte…" en una tarde londinense.
-Pregúntame una vez más, mi niña… -pidió él casi sin poder hablar, con las palabras entrecortadas.
Ella se sintió extraña de ser llamada de tal forma a estas alturas de su vida.
-Pregúntame una vez más, pero sin todo ese discurso de reproche, por favor – insistió mirándola fijamente. Ella comprendió que Archie deseaba dejar todo atrás.
-¿Qué es lo que quieres de mí?
Archie se quitó los Prada que protegían sus ojos y los guardó en el bolsillo externo de su saco. Se acercó a ella decidido, sin pestañar, con las emociones a flor de piel:
-Lo quiero todo. Lo mismo que he querido siempre; solo que ahora lo quiero con más fuerza – la atmósfera era tal y las palabras sonaron tan sinceras y demandantes que Candy se quedó sin habla –. Lo quiero todo – repitió con vehemencia, sintiendo todo el rubor en su rostro.
-¿Y qué ha sido toda esta actitud tuya hacia mí todos estos años?
-Vamos Candice, no comencemos con reproches – él trató de sonar tan sincero como le fue posible – recuerda que cosechamos lo que sembramos. Solo me alejé de ti… corrijo – la fuerza de la verdad se asomó en sus palabras – me alejaste. Aún recuerdo las más de veinte llamadas que te hice cada día por cerca de seis meses… luego disminuyeron gradualmente, hasta que un año más tarde de que te alejaras comprendí que no responderías, que debía darte tu espacio y jamás volví a llamarte.
-Un año… - fue lo único que Candice pudo repetir.
-Un año de buscarte y luego, otro año de esperarte.
Ella ya no fue capaz de decir más. Sabía que él estaba hablando con la verdad. El silencio se prolongó más de lo debido.
-Después, lo confieso, fue un año de engañarme, de odiarte y finalmente, otro año de compromiso con Annie. Y en esos cuatro años, Candy; siempre desee que volvieras – no había ni siquiera un dejo de reproche en las palabras de Archie; eran solo las palabras que debían ser dichas antes de continuar – tragó saliva y remató –: y para serte totalmente sincero, incluso en mi matrimonio siempre supe que el día que volvieras dejaría a Annie sin mirar atrás, por ti, solo por ti…
Fue tal el derroche de sinceridad que se sintió desnudo delante de ella.
-Presiento que el resto de la historia ya la conoces: Me alejé de mi familia, incluso me alejé de mi esposa… éramos dos extraños. Cuando ella murió me sentí libre; solo que exageré en esa libertad, casi la confundo con libertinaje – una sonrisa tempestuosa apareció en su rostro-. La verdad es que siempre te he amado, al menos ese chico que tú conoces siempre te ha amado… ese chico que solo aparece si tú estás aquí… el chico que verdaderamente soy, el chico que quiero ser por siempre, porque a decir verdad, Candy, se requiere de mucha energía ponerte una máscara de hierro cada día y evitar que esa máscara te consuma.
-Archie… yo… - ese nudo en la garganta le impidió continuar.
-No digas nada, no fui yo quien te pidió explicaciones, sé lo que pasó…
-Déjame terminar…
-No. Porque dirás que lo sientes. Dirás que estás arrepentida de lo que hiciste – aunque parezca ilógico, su actitud era de total paz.
Ella enmudeció. Solo apretó la mano de Archie.
-Candy, tú no lo sientes. Casi puedo jurar que lo volverías a hacer. Esa eres tú, Candy… y así te amo. De hecho, creo que por eso te amo. Porque eres capaz de sacrificarte por quienes amas.
-Eres muy bueno, Archie…
-¡Claro que no! ¿Crees que fue fácil llegar a esta conclusión? Cuando me enteré me molesté mucho contigo… otra vez… y quiero que sepas que recién lo supe.
-¿Entonces? No te entiendo… ¿Qué haces aquí?
-Ya te lo dije: Te quiero a ti.
-Pero te he lastimado.
-Sí. Y mucho.
-Deberías dejarme, alejarte de mí. Yo solo he recibido cosas buenas de ti, desde el primer día.
-No lo has entendido, Candy. Incluso eso amo de ti. Quiero estar contigo sin olvidar lo que ha pasado… es decir… quiero que me dejes amarte con todo. Con tus virtudes y con tus desaciertos. Quiero que me dejes amarte con nuestra historia. Quiero que entiendas que en todo este tiempo te he amado siempre y estar contigo será una maravillosa continuación… de la misma historia… - besó sus manos con suma ternura y adoración – una bellísima historia, nuestra historia.
-¿Cómo podremos estar juntos sin olvidarlo? – ella aún no comprendía hasta qué grado era el amor de Archie. Era algo distinto. Quizás cualquier otro le habría dicho "Olvidemos lo pasado; construyamos de aquí en adelante", sin embrago no era el caso de Archie.
-Podemos perdonar. Perdonar no es olvidar. Perdonar es sanar sin sentir rencor hacia quien te hirió. Tomemos lo que hemos pasado para fortalecer lo que viene.
-¿Tú podrás perdonarme?
-Ya lo he hecho, de otro modo, no estaría aquí, de eso puedes estar segura – Archie la atrajo hacia él en un cálido abrazo - ¿Y tú, Candy, puedes perdonarme?
-Tú no me has hecho nada, Archie…
-He sido un desorden en mi vida…
-Pero nunca has actuado en contra mía…
-Bueno, si no te has enterado de todas las mujeres con las que me he acostado y eso no te ha lastimado, entonces…
-¡Ni lo repitas! Claro que lo he sabido y claro que me ha lastimado.
-Precisamente por eso lo hice: Sabía que te enterarías, quería lastimarte – confesó un tanto avergonzado.
-¡Archie! – ella quiso zafarse de su abrazo, pero él se lo impidió incrementando su contacto.
-Entonces… ¿me perdonas? – él levantó el mentón de Candy para obligarla a mirarlo.
-¡Archie! – ella se abrazó a él… no podía pronunciar esas palabras.
-Dilo, Candy, debes decirlo…
-¿Quién soy yo para perdonar? Basta con decirte que no hay problema. Que se ha quedado atrás.
-Eres una chica que fue herida y debe perdonar.
-Solo Dios puede perdonar.
-Si solo Dios pudiera perdonar, no nos habría mandado perdonarnos los unos a los otros. ¿Me perdonas?
-¡Oh, Archie! Por supuesto, que te perdono – Candy sintió cómo los colores se le subieron al rostro.
-Entonces, podemos continuar nuestra historia – él besó la frente de Candy. Sabía que si besaba sus labios no saldrían del consultorio por unas horas - ¿cómo te sientes, puedes caminar?
-Creo que sí.
-¡Diablos! – respondió con falsa frustración –. Yo deseaba sacarte en mis brazos.
Ella sonrió mientras se ponía de pie buscando aún el soporte del brazo de Archie.
-Ven conmigo a Chicago, Candy, por favor…
-¿A Chicago? No. A Chicago no – ella se puso de inmediato a la defensiva.
-¿Qué quieres decir con eso de "a Chicago, no"?
Ella no respondió, tan solo inclinó la cabeza avergonzada.
-¿Candy? – Archie la sintió estremecerse en sus brazos. Algo la incomodaba, la asustaba de hecho.
-No me preguntes, Archie, por favor – apenas se escuchó su voz. Ya estaba temblando.
-¿Secretos entre nosotros? – él se detuvo para obligarla a mirarlo y entonces vio una mirada diferente en ella. La fuerte, la optimista, la divertida… no estaba… ella estaba: temerosa.
-Por favor, Archie…
Él comprendió que Candy no deseaba hablar de ello. La miró fijamente a los ojos, la vio sufriendo; él no deseaba verla sufrir. Pensó con prontitud y un brillo apareció en sus ojos con esperanza y picardía.
-Entonces viste ropa abrigadora, te llevaré a cenar.
Una sonrisa hermosa y deslumbrante adornó el rostro de Candy. Archie supo que viviría para hacerla sonreír; su sonrisa le causaba mucho bienestar.
Ella no pudo negarse más. Hizo planes en un segundo. Tenía muchos días de vacaciones acumulados y su jefe le había incluso suplicado que los tomara. Eran diez años sin vacacionar.
-Tu jefe ya debe haber salido – Archie hizo una mueca de desagrado, tendré que robarte.
-¡No! – ella sonrió ante su idea – mi jefe nunca sale temprano. Seguro que aún lo encuentro en su oficina si me apresuro.
-Te acompaño, si no lo encuentras, te robo – bromeó.
Archie recibió un mensaje de su piloto diciéndole que ya tenía todo listo.
-Candy, la avioneta está lista.
-¿Volarás nuevamente?
-Contigo no tengo miedo.
-¿Y tu auto?
-Le diré a Paul que lo maneje de regreso. Estará muy feliz de hacerlo – miró a Candice ceremonioso – claro, hasta que se entere que tú viajarás conmigo en plan de placer. Espero que no quiera lanzarlo al despeñadero – ella sonrió débilmente, no había dado importancia a los avances de Paul.
-Aún no sé qué es lo que le diré a mi jefe para explicarle. ¿Qué puede ser tan urgente?
-Vamos, algo se nos ocurrirá en el camino. Afortunadamente tienes tu trabajo al día.
Fueron presurosos. Era un largo camino hasta el corporativo y debían desplazarse caminando. Para cuando llegaron a su objetivo estaban muy cansados.
Antes de tomar el elevador que los conduciría al último piso, el teléfono de Candy comenzó a sonar, sin embargo, para cuando la doctora lo localizó en su nuevo bolso de mano ya la llamada estaba perdida.
-Era Albert – Candice volvió a guardar su teléfono, más tarde le regresaría la llamada. Entonces, el teléfono de Archie sonó.
Archie quiso ignorarlo, pero sabía que su tío insistiría hasta que le respondiera. Resignados, se abstuvieron de entrar al elevador para que Archie contestara la llamada.
-Tío – Candy quiso darle su espacio, pero Archie la detuvo de la mano. Más de un curioso se giró a mirarlos con disimulo.
-Archie… - Candy se sonrojó, indicándole con la mirada que recordara que estaban en público en un centro de trabajo y Archie hizo caso omiso.
Mantuvo la mano de Candy aferrada a él mientras escuchaba con atención las instrucciones de su tío. Ella ya no insistió porque notó cómo se descompuso ligeramente el rostro de Archivald. Aunque la aferraba a él, estaba serio y no dejaba de mirarla.
-Se lo diré. Entiendo – ella puso atención a la conversación cuando Archie fijó sus ojos en ella – Sí. Sí, tío – pausa – de hecho, aquí está conmigo – pausa – de acuerdo. Te veremos pronto.
-Candy – le dijo algo triste – ya tienes la perfecta razón para ausentarte de tu trabajo – ella no comprendía nada, pero tuvo un raro presentimiento.
-No entiendo.
-En una semana se leerá el testamento de Alistar. Como sabes, recibimos nuestras herencias cuando volvimos del San Pablo. El notario ha pedido que estés presente pero antes quiere entregarnos unas cartas. Parece que Patty también debe estar ahí.
-Archie, lo siento tanto – ella lo abrazó olvidando ahora las miradas que estaban fijas en ellos.
-Lo sé – logró decir en medio de su tristeza-. El tío hace las cosas rápido. Apenas antes de venir le envié el acta de desaparición de Stear y ya ha hecho oficial su muerte. Pero salgamos de aquí – como un buen Andrew, mantuvo la cordura y regresaron al elevador con paso firme. Solo Candy podía notar que Archie temblaba ligeramente.
-¿Archie, tengo que ir a Chicago? – ella sonó indecisa. Estaba por arrepentirse.
-Sí Candice – y ahí estaba nuevamente esa cara de conejito acorralado.
-¿Y estarán ahí los Legan?
-Por supuesto que no. No creo que Stear haya dejado algo para ellos.
-¿Entonces no tengo que verlos? - ¿había alivio en el rostro de Candy? Archie tomó nota de que ese apellido debía pronunciarse lo menos posible ante Candy, pero debía advertirle:
-Candy, ellos forman parte del clan. Antes de la lectura del testamento habrá un servicio fúnebre. Hace tiempo que rompí toda comunicación con mi familia, incluyéndolos, sin embargo, en estos casos, es imposible hacerse a un lado.
-Entiendo – ahora fue el turno de Archie de sentir temblar a Candy nuevamente. Algo había en ella. Patty tenía razón: ella estaba rota. Él debía ganarse su confianza para que ella se abriera a él. Quería saber qué había pasado con ella desde su separación.
La puerta del elevador se abrió, el jefe de Candy estaba esperando, pero la mujer le pidió hablar con él por unos minutos. Aunque se sorprendió por la relación de Candice con la familia Andrew y aunque ella era un elemento clave en su equipo de trabajo, se sintió complacido de saber que tomaría unas vacaciones. No quiso echar a volar a su imaginación, para él, el hecho de que Archivald Cornwell la llevara en su avioneta era más que lógico cuando supo el asunto que la obligaba a ausentarse. Buscó entre sus papeles, buscando un formato de vacaciones, estaba seguro que tenía uno a la mano. Archie se sorprendió al notar que no tenían un software que cumpliera con esas funciones; aún hacían las cosas a la antigua. Después de encontrar lo que buscaba, el jefe comenzó a buscar una pluma, se sentía nervioso de tal situación frente a Cornwell. Lo miró sonrojado y Archie se apiadó de él:
-Aquí tiene – Archie le extendió la estilográfica que siempre lo acompañaba y sonrió: al parecer él también se negaba a actualizarse en algunos aspectos. ¿Quién usa estilográficas en pleno siglo veintiuno? Se dijo que debía modernizarse y con gusto se la obsequió al jefe de planta antes de abandonar la oficina. El ingeniero estaba muy agradecido, nunca había usado un objeto bañado en oro para escribir.
Tal como Archie lo había predicho, a Paul le entusiasmó mucho llevar el auto de Archie a Chicago, después de todo, ¿cómo despreciar un auto de edición limitada que desarrolla seiscientos ochenta caballos de fuerza, de dos motores y hermosamente diseñado en biplaza? Casi lo besa debido a su extremo entusiasmo. Esperó impaciente a su jefe en el hangar del pequeño aeropuerto para que Archie le llevara el auto de ensueño; ahí estaba también Isabela, quien había dado por hecho ante sus colegas que ella viajaría con Archie en la avioneta. A decir verdad, a los ejecutivos les había parecida graciosa, por no decir ridícula, la esperanza de Isabela, se despidieron de ella y se dirigieron a la estación de tren sin tratar de convencerla de que les acompañara. La chica se había vestido de manera muy sexy, no precisamente con ropa de viaje, miraba el reloj con impaciencia y a Paul con aires de superioridad.
Pronto el flamante auto plateado aparecería frente a ellos
Archie no quería perder tiempo en falsas poses. Bajó de su auto con un nuevo brillo en sus ojos. Isabela había notado a la distancia que él no estaba solo, aunque no lograba reconocer quién era la mujer que lo acompañaba. Candice aceptó la gallardía de Archie cuando extendió su mano para ayudarla a salir del auto; él se sentía el hombre más afortunado del planeta, estaba orgulloso de Candy, siempre lo había estado. Ella se puso nerviosa cuando Archie no soltó su mano. Él estaba demasiado feliz, finalmente ellos habían hablado y estaban juntos de nuevo. La vida era hermosa, como lo era aquélla mañana en que la conoció en el portal de agua. Él defendería su amor de todas las Isabelas, de todos los Pauls y de todos los Franks que se cruzaran por su camino. Creyó pertinente dejar las cosas claras de una vez por todas, sobre todo por Paul, a quien consideraba de verdad un gran amigo.
Abrazó a Candy, la sintió nerviosa, ella era tan adorable… sonrió al adivinar el bochorno que ella debería estar sintiendo. Y después, por Paul y solo por él, se esforzaría por explicar la presencia de la rubia. Le pidió con una seña que se acerca a ellos y su asistente se apresuró a hacerlo.
-Candy… - comenzó, sin embargo se turbó un poco – es decir, la doctora Candice White ha aceptado ser mi novia - ¡diablos, no imaginé que fuera a ser tan difícil!
-Tu novia, Archie, pero si apenas la conoces – la protesta vino de Isabela, quien no se había quedado atrás y cuya furia en los ojos solo logró poner a Archie a la defensiva. Miró a Candy con desprecio por encima del hombro-.
-Archie… - Paul en realidad no se sentía ofendido en lo más mínimo. Solo estaba sorprendido; aunque eso sí… habría preferido que su amigo hubiese sido sincero con él.
Archie, con una firme voz le pidió a Isabela que guardar su distancia con ellos, la mujer no tuvo más remedio que obedecer. Sin liberar la mano de Candy tomó a Paul por el brazo y lo invitó a caminar para separarse de Isabela y hablar en privado.
-Paul, Candy y yo nos conocemos desde que éramos niños y desde entonces la he amado, cada segundo, cada minuto, cada hora… ella es el amor de mi vida… de cada día.
-Jefe, no tienes que explicarme nada; basta ver la luz en el semblante de ambos, basta ver el brillo de sus ojos para saber lo suficiente – hubo una sonrisa de clara resignación que apareció en el amigo de Archie – será mejor que suban a la avioneta porque el capitán debe estar desesperado – comprendía que no era el lugar ni el momento para hacer preguntas, aunque tenía mucha curiosidad. Estaba seguro que llegaría el momento adecuado para escuchar esa historia. Por lo pronto, Candy tenía en su mano el florete de Archie, eso era una señal de cuán importante era ella para su amigo.
Archie entregó las llaves de su auto a Paul no sin antes darle una y mil recomendaciones. Su chofer solo había traído el auto; aquel mismo día había regresado a Chicago con nuevas instrucciones. Archie se sentía un poco nervioso, nadie más había conducido esa belleza, pero esperaba que Paul fuera prudente.
Tan pronto la avioneta despegó, Paul encendió el auto sin responder las preguntas de Isabela, no había tenido más remedio que llevarla de copiloto. Tan solo se atrevió a darle una advertencia:
-Jamás había visto así a mi jefe, Isabela. Ándate con cuidado.
-Pero no entiendo nada, ella es una desconocida.
-No, Isabela – Paul estaba a punto de decir más, pero una llamada entró en el auto de Archie.
-Buenas noches, señor Andrew –.
-Hola, Paul, estoy buscando a mi sobrino. No me responde su teléfono.
-El señor Cornwell está regresando a Chicago en la avioneta, seguramente habrá apagado su teléfono. Me pidió que llevara su auto.
-¿En la avioneta? No esperaba que se atreviera a viajar dos veces en menos de siete días en la avioneta, eso sí que es una novedad.
Paul no respondió el comentario, comprendió que no le correspondía.
-¿Estuviste con él hasta que abordó la avioneta, Paul?
-Por supuesto, señor Andrew. Deberá estar llegando a Chicago en un par de horas.
-Paul, estoy también tratando de localizar a mi hija, la señorita Andrew. ¿Sabes si viene con él? – Paul ni siquiera sabía que el señor Andrew tuviese una hija, no sabía que hubiese sido casado, la pregunta lo tomó por sorpresa, no respondió por unos segundos -¿Paul, sigues ahí? – preguntó con cortesía.
-Eh… sí. Sí, señor, Andrew, sigo aquí.
-¿Entonces, sabes si la señorita Andrew viaja con mi sobrino? – Paul e Isabel se miraron desconcertados. Ella se encogió de hombros sin poder ayudarlo.
-¿Su… su hija, señor Andrew? No hay ninguna niña viajando con el señor Cornwell – respondió un tanto nervioso.
-Lo siento, Paul, me refiero a la doctora Candy; Candice White Andrew – hubo un dejo de orgullo en la forma en que Albert repitió el nombre.
-Candy – la voz le tembló ligeramente, pero trató de actuar con naturalidad – sí. Sí, señor Andrew. La doctora Candy está viajando con el señor Cornwell en la avioneta.
-Muchas gracias, Paul – el asistente era muy hábil y notó una fiesta en la voz de Albert. No entendía absolutamente, nada.
-¿Entonces… esa doctora insípida es prima de Archie? ¿Cómo pueden enamorarse dos primos?, No estamos en el siglo pasado…
-Por favor, Isabela, guarda silencio, no sabemos nada, no podemos opinar.
-¿Pero es que acaso no escuchaste? Seguro que esa tal Candy es el producto de alguna aventura de puberto del señor Andrew.
-Isabela, te aconsejo que te guardes todos tus comentarios al respecto si no quieres tener problemas.
-¿Pero no te parece…? – ya no pudo terminar. Paul frenó el automóvil. Se bajó, le abrió la puerta y le extendió la mano para que saliera del auto.
La chica se desconcertó. Salió del auto esperando alguna parada improvisada, pero vio a Paul dirigirse de nuevo hacia la puerta del piloto.
-¿Qué pasa, Paul?
-Isabela, no pienso meterme en un lío con mis jefes a causa de tu indiscreción, no participaré en tus comentarios absurdos que no son de nuestra incumbencia. Ni siquiera voy a escucharlos.
-¿Qué quieres decir, Paul? ¿Acaso vas a dejarme aquí?
-El próximo tren a Chicago es a la media noche.
-Pero entonces llegaré a las siete de la mañana – protestó.
-Toma un taxi lo más pronto posible a la estación. No es bueno que una chica tan hermosa y vestida… como tú… esté sola en este lugar. Que tengas muy buen viaje. Te veré en la oficina.
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De mi escritorio: Amigas, hermosas, muchas gracias por sus mensajes de retroalimentación. Los leo todos, aunque me sea imposible responderlos. De verdad, para mí son un gran apoyo; me emociona leerlos, me río con sus ocurrencias y me siento humilde y agradecida por sus bellos comentarios a mi trabajo.
Déjenme compartirles algo: Esta semana, mientras escribía, especialmente la escena en que Archie y Candy llegan al hangar, mi hija menor de once años, que sabe que escribo y de hecho me impulsa a hacerlo, tomó mi escrito comenzó a escribir la escena, me pidió que no lo borrara, "Yo también quiero que me lean alrededor del mundo" dijo con una sonrisa. Le prometí que no lo borraría, así que he aquí la idea de mi hija pequeña para esa escena:
El le dijo "Hola, ¿qué hace?" XDD y luego comieron un poco de pan :v y luego fueron raptados por aliens.
Malinalli. Torreón, Coa., 19 Junio 2017.
