INFERNUM. REDEMPTIONIS.

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Capítulo 15

Reconstruir

Advertencia: Este capítulo tiene una escena de naturaleza erótica. Si esas escenas te ofenden o dañan tu pudor, por favor, no lo leas.

Candy pasó la noche descansando. Su sueño fue profundo y relajado. Los caballeros que cuidaban de ella optaron por obedecer las instrucciones del médico y fueron a descansar al departamento de Terry, sin embargo, muy temprano por la mañana Albert y Terry se levantaron para ir al hospital. Ni siquiera se dieron tiempo para desayunar. Lo primero que hicieron fue pedir informes en el hospital y se llenaron de optimismo cuando los informes fueron muy positivos. Afuera la mañana era un poco fría y nublada, como casi siempre los eran las mañanas neoyorkinas.

Archie no tuvo más remedio que aceptar a regañadientes quedarse en el departamento. Era bastante espacioso y lujoso. Por todos lados estaba la huella de grandes obras de teatro y una que otra película. Se dijo que invadiría por un momento la sala de video juegos del actor, se veía a simple vista que no la usaba. Archie se preguntó cuándo había sido la última vez que había tomado uno de esos controles en sus manos. El plan era hacer cualquier cosa para no pensar. Paul había regresado a Chicago para retroalimentarlo con los pendientes que le quitaban el sueño.

-Debo pasar a comprar flores para mi novia – Terry no perdió la oportunidad de molestar a Archie – me parece que le gustan las rosas – agregó socarrón – las compraré rojas, por supuesto.

-Camina Terry, deja en paz a mi sobrino – Albert lo tiró del brazo y lo llevó a la puerta del departamento antes de que Archie pudiera decir una palabra.

-¡No te enojes, Albert! Solo estoy cuidando de la chica de nuestras vidas. Me dieron mi papel, ahora déjenme disfrutarlo… ¿quién sabe? Quizás hasta le robe un beso – fingió una voz de Don Juan que no se la creyó ni él mismo.

-¡No te atrevas, Grandchester!

-¿Por qué no, Cornwell? Estoy representando una comedia y a mí me han enseñado que debo ser convincente – le guiñó el ojo en son de burla – la voy a besar hasta que no pueda respirar – en su sonrisa había un desafío, pero Archie sabía que estaba bromeando, así que solo optó por respirar profundo mientras desaparecían tras la puerta.

Finalmente, era bueno que bromearan, necesitaban inyectarle a Candy un poco de alegría.

El guapo actor cumplió su palabra. Llegó al hospital guiando algunos jóvenes con enormes ramos de rosas rojas. Terry llevaba en los brazos un oso de peluche que sostenía un cojín en forma de corazón, bastante cursi por cierto, con las letras "ILY". Terry estaba vestido con unos jeans y un suéter que ceñía ligeramente su cuerpo, dando una vista espectacular a las enfermeras.

-Terry, me parece que has exagerado – lo riñó Albert un tanto divertido con las ocurrencias de su amigo.

-Albert, por favor… siempre quise regalarle rosas a Candy, tener un noviazgo normal con ella y llegar a su casa con un oso de peluche… no me regañes – los ojos de Terry eran de nostalgia pura, como si quisiera cobrarle a la vida los detalles que no tuvo con él.

-Pero ese oso es demasiado grande, tendremos que sacarla del cuarto para que el oso entre. Tendremos que quitarla de la cama para que el oso "duerma" – le señaló.

-Es que este oso representa todos los osos que no le regalé. Ya sé que irá a parar a la basura cuando Candy deje el hospital, pero no me importa, lo podemos donar al área de pediatría para algún niño que vaya a casa.

-¿Y qué me dices de las rosas? Gastaste una fortuna.

-No te preocupes, pueden llevarlas a los cuartos de maternidad en cuanto Candy salga. Lo importante es que ella sonría. Si estas rosas y este oso le arrancan una sonrisa, habrá valido la pena.

-Terry, estás loco. Las cosas que haces por Candy de verdad son graciosas. ¡Quién te viera!

-¿Crees que aun pueda quitársela a tu sobrino? ¿Qué tal que consigo el premio mayor? ¡No me digas que tú no lo harías si pudieras!

-¡Cállate Terry, te van a escuchar las enfermeras!

Los dos guapísimos hombres llegaron hasta la estación de enfermeras arrancando suspiros.

La misma enfermera de la guardia del día anterior los recibió. Era una mujer madura, quizás en sus cuarentas, bastante grande de talla, muy amable y de aparente origen latino.

-Buenos días, señorita – Albert sabía perfecto cómo tratar a las mujeres, así que Terry le permitió abrirse paso. La sonrisa de su amigo era de verdad cautivadora, lo sabía por la tonta sonrisa en los labios de la interpelada y por el leve sonrojo en sus mejillas.

Albert le sonrió amablemente, tomó una de las rosas del desfile de jóvenes que los acompañaban y se la obsequió a la enfermera.

-Hemos venido a visitar a la doctora Andrew.

-¿Quiénes son ustedes? – ella preguntó por mero protocolo.

-Yo soy… yo soy su hermano – mintió.

-Y yo soy su prometido – dijo Terry en su papel.

-¿Su prometido? ¿Y qué pasó con el bombón de anoche? – preguntó incrédula y curiosa.

-Bueno, a él lo mandamos a descansar. Hoy es mi turno – dijo Terry descaradamente encogiéndose de hombros y regalándole otra flor.

-¿Así que se turnan? – preguntó con coquetería.

-Así es… - explicó Terry con tono solemne y pícaro.

-¿Y en dónde se forma uno para tomar turno? – preguntó sugestiva, bromeando a todas luces.

Terry se puso tan rojo como un tomate y Albert no pudo evitar soltar una carcajada. Las enfermeras tuvieron que callarlo, aunque su orden no era muy convincente porque todas le sonrieron con beneplácito.

-¿Usted también se turna? – preguntó la enfermera en el mismo tono.

Fue el turno de Terry de burlarse de su amigo.

-Uhmmm…. Creo que será mejor que pasemos – Albert trató de controlar el sonrojo que le causó la indiscreta pregunta de la enfermera. Llamaron a la puerta, pero no esperaron por la respuesta.

-Candy – Terry dio en el clavo. Los ojos de la médico se abrieron emocionados y una sincera sonrisa agradecida apareció iluminando el cuarto cuando los jóvenes entraron con las docenas de rosas rojas.

-Terry, no debiste… Ay, Terry, lo siento tanto. Por favor, perdona tantas molestias que te he causado.

-Solo si dejas que el señor oso te haga compañía – negoció. Mientras que los jóvenes abandonaban el cuarto.

-¡Gracias! ¡Jamás nadie me había regalado un peluche! ¿Cómo se llama? – Terry creyó ver una niña dentro de ese cuerpo de treinta cuatro años. No pudo evitar sentir ternura por ella.

-¿No es obvio? Se llama "señor oso" ¿No te parece original?

-Sí, por supuesto. Muy original.

Terry se acercó y depositó un beso en la frente de Candy.

-Me alegro mucho que te guste. Porque te gusta, ¿verdad?

-Claro que sí, Terry. Gracias.

La voz de Candice había sido débil desde el inicio de la conversación, pero se esforzaba por sonreír, al menos un poco. Terry puso el oso en el piso y luego acarició la frente de Candy, haciendo a un lado algunos mechones de su cara. Ella lo miró agradecida.

-Debo estar horrible ¿verdad?

-Uhmmmm… pues pareces una mona, como siempre, así que no te preocupes mucho.

-Eres un grosero, Terry.

-Tengo una sorpresa para ti, Candy.

-¿Otra?

-Sí, pero prométeme que estarás tranquila – la sonrisa en el rostro de Terry animó mucho a Candy.

-Ya puedes pasar, Albert.

Por la puerta surgió la gallarda silueta de William Albert Andrew, sonriendo con mucha ternura.

-Albert – Candy estaba a punto de llorar, pero él se lo prohibió con voz apacible.

-Candy, por favor, evita emociones fuertes. No te exaltes.

-Debes estar muy molesto conmigo, Albert.

-Por supuesto que no. Yo confío en ti y ahora lo único que me importa es que estés bien.

-¿No me vas a pedir ninguna explicación?

-Claro que no. Estoy seguro que tienes poderosos motivos para estar en Nueva York, pero por el momento no hablaremos de eso.

-Terry, no debiste llamar a Albert, solo tuve un poco de temperatura.

El comentario los sorprendió. No habían decidido si le dirían a Candy cuán delicado era su estado. Se miraron sin saber qué responder sopesando cualquier posible respuesta. En ese justo momento el médico entró y saludó.

-Doctora, por favor, debe mantenerse tranquila. Permanecerá al menos una semana en el hospital en recuperación. Si todo sale bien, entonces podrá ir a casa.

El médico hizo una pausa para mirar el electrocardiograma, su faz era de seriedad absoluta al interpretar la gráfica. Candy era una mujer brillante, así que adivinó que algo no andaba muy bien. Le pidió con amabilidad mirar por ella misma el historial de la gráfica y el médico aceptó.

-Doctor, ¿Cómo están las coronarias?

-Excelentes. No hay nada grave en ellas.

-Entiendo.

Terry y Albert se sintieron frustrados. Ninguno de los dos había pensado en las habilidades médicas de Candice. No pudieron ocultarle nada. Candy miró sus rostros y sonrió despreocupada.

-Tranquilos. Lo único que debo hacer es descansar un poco y estaré como nueva – un relámpago de tristeza atravesó el rostro de Candy. Fue obvio que su pensamiento había sido para Archie.

Las enfermeras jamás habían visto tantas docenas de rosas en el cuarto de un paciente. Todo el pasillo tenía el aroma de rosas y ellas abrieron las puertas de algunos pacientes a quienes el ruido del pasillo no les molestaba, para que también se deleitaran con el aroma.

Tras hablar con el médico, los caballeros supieron que al parecer ya el peligro había pasado. La estancia de Candy en el hospital era para su recuperación, el cual sería de una a cuatro semanas, todo dependía de ella, de la fuerza de su cuerpo. Ello los relajó mucho más; estaban seguros que Candy era fuerte y decidida, quizás en una semana estaría de vuelta en casa. Se sintieron aliviados y se dieron a la tarea de animar a Candy.

-Ya escuchaste lo que dijo el doctor, Candy. Si sigues todo al pie de la letra, quizás en dos semanas estés totalmente recuperada. Dijo que es muy raro que los pacientes vuelvan a sufrirlo en su vida. Debes ser una buena paciente, prométemelo, Candy, por favor – Terry Grandchester sonó más suplicante que nunca, la tomó de la mano y la miró fijamente.

-Claro que sí, Terry. Te lo prometo – respondió.

Una vez que fue declarada fuera de peligro, al siguiente día, Albert volvió a Londres y Archie a Chicago sin que Candice se enterara que había estado pendiente de su salud, elevando enésimas oraciones al cielo, rogando porque la salud de Candy mejorara.

No deseaba dejar a Candy en Nueva York sin antes verla y abrazarla; tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad y todo su deseo por el bienestar de Candice para abandonar la ciudad en la más completa penumbra emocional.

-Grandchester, confío en que por primera vez en tu vida dejarás de ser un malcriado y te comportarás como un caballero – le advirtió en un mensaje de whatsapp que le envió antes de que llegara con Candice del hospital.

Se puso de todos los colores cuando su teléfono vibró con la respuesta:

-Parece que hay que enseñarte que en la guerra y en el amor todo se vale. Quizás le tome la palabra y acepte su propuesta de matrimonio. Después de todo… no todos los días la mujer de tu vida se pone frente a ti en bandeja de plata.

A Archie le pareció escuchar la voz de su hermano mayor pidiéndole que fuera prudente, que confiara en Terry, que no era tan malo; así que no respondió el mensaje con agresión, tan solo le rogó por enésima ocasión que por favor cuidara de ella y que no permitiera que Neal se le acercara.

-No hagas nada estúpido con respecto a Neal, si se acerca a ustedes. Créeme que yo también quisiera acabar con él.

-No te lo prometo. Espero que no se le ocurra, porque no sé lo que haría – fue su respuesta.

Y era verdad: Recordaba cómo lo castigo cuando en el San Pablo él y sus amigos se mofaban de Candy por ser huérfana… así que no sabría qué haría para hacerlo pagar la terrible bajeza en la cual no quería ni pensar.

Candy parecía bastante tranquila ahora. Quizás, haberse alejado finalmente había sido algo bueno para ella. Aunque, a decir verdad, odiaba que esa sonrisa no llegara a ser aquella deslumbrante luz que él conocía muy bien.

A Terry no le afectaba en lo más mínimo volver al hospital cada día. En el San José había estado internada Susana tras su terrible accidente, sin embargo, el cerebro de Terry estaba tan ocupado cuidando de Candy que jamás dio importancia al antigua nexo con el lugar. Él no necesitaba esperar por la hora de visitas, porque era él quien cuidaba de Candy; estaba pagando el mejor cuarto del hospital para la estancia de la pecosa. Solo la dejaba sola cuando tenía que acudir al teatro a algún ensayo; la obra no había sido estrenada, así que su único compromiso por el momento en la compañía era ser puntual a los ensayos.

-Terry, estuviste fabuloso como el Rey Lear – exclamó Candy cuando lo vio leyendo la aclamada obra del Bardo de Avón – no importa el personaje, tú lo dotas de una personalidad única y difícil de olvidar.

-Muchas gracias.

-Aun te recuerdo como el Rey de Francia, lucías espléndido.

-Nunca me habías hablado de eso. Aquella noche estuviste en una sección muy lejana al escenario.

-Sí, sin embargo, tu actuación fue tan magnífica que desde cualquier lugar se apreciaba tu talento. Lo recuerdo como si recién hubiese terminado la función – Candy cerró los ojos y sonrió con nostalgia – el público te amó desde el primer momento. No sabes qué orgullosa me sentía de ti, Terry.

-Si hubiese sabido que estabas mirando, me habría esforzado mucho más, te lo aseguro – Terry cerró su libro y se acercó a ella, recordar lo que sintió aquella noche, la desesperación por llegar al hospital Santa Juana, la emoción con que la esperó y la decepción al no verla revivió en él arrebatos que quería mantener bajo control.

Su intensa mirada se clavó en los ojos de Candy, buscando, tratando de encontrar en ella un poco del entusiasmo que siempre tenía para él. Acunó su rostro entre sus manos; ella las sintió tibias, muy tibias. No podía desviar su mirada. Él quería robarle un segundo beso, pero se detuvo cuando no encontró la mirada que había solo para él en los recuerdos caros que él guardaba.

-Candy – le dijo con voz profunda – te conozco tan bien. Recuerdo cómo se ven tus ojos en el amanecer escocés, recuerdo tu figura bajo la lluvia, aún siento tu cuerpo en contacto con el mío cabalgando en esa soleada tarde de mayo en el colegio..

-Terry – apenas un murmullo salió de labios de la rubia.

-Han pasado ya veinte años, sin embargo, a mí me parece que el tiempo que te perdí es solo un mal sueño, quisiera volver a sentirte en mis brazos, ya no como aquélla hermosa jovencita con quien me gustaba bromear, sino como la mujer maravillosa en la que te has convertido. Siempre supe que serías esplendorosa. Una de esas mujeres que quitan el aliento aún sin decir una sola palabra. Y no me equivoqué.

Ella ya no se atrevió a decir nada. Se sentía peor, porque sus planes de venir y seducirlo no eran justos, comenzó a sentirse agobiada y Terry la tomó en sus brazos arrepentido.

-Lo siento, Candy. No debí, por favor, tranquilízate.

-Perdóname, Terry. Yo vine aquí sin saber qué hacer. Sólo sabía que podía confiar en ti – pareciera que todo estaba claro entre ellos. Pareciera que Candice comprendía que Terrence no se tragaba sus pretensiones.

-Por supuesto, Candy. Tú eres mi brisa de verano escocés, aunque ya no estemos juntos, sigues manteniendo cálido mi corazón, incluso cuando te vas.

Terrence acarició dulcemente una mejilla de Candy, cuidando de guardar en su memoria tan preciado momento. Adoraba sus pecas, se habían suavizado ligeramente, pero seguían ahí y eso lo enloquecía.

-Debemos procurar tu bienestar, pecosa. Después ya veremos qué haremos. Sé que estás loca por mí, que te mueres por mí, que te soy irresistible…

-¡Terry, no cambias! – ella se divirtió con sus aires de grandeza y sonrió mientras él la liberaba lentamente, con renuencia más bien.

-¿Me dirás qué es lo que sucedió con el elegante? ¿Por qué ya no lo quieres? – trató de que su acento le restara importancia para que ella no se estresara con tener que dar una explicación en el caso de que no quisiera – yo siempre he sabido que no hay punto de comparación entre él y yo, sin embargo, me pareció que tú estabas loca por él… más loca que de costumbre y mira que eso es mucho decir.

Como única respuesta, Candy guardó silencio.

-Dime si quieres que lo ponga en su lugar. Le daré su merecido si te ha hecho llorar.

-No, Terry. Archie me adora. Jamás me lastimaría.

Y eso fue todo lo que la pecosa dijo. Terry quería saber qué era eso de lo que Candice deseaba proteger a Archie, pero ella se mantuvo renuente a tocar el tema y Terrence tuvo que darse por vencido para dejarla descansar.

-Candice, eres la mujer más fuerte que jamás he conocido.

Los días pasaron en el mismo tono. Archie llamaba a Terry con frecuencia o le enviaba mensajes para que lo mantuviera al tanto de la salud de Candy. Acordaron que mantendrían el teléfono de Candy apagado para desesperar a Neal, seguramente tendría que salir de su madriguera si no lograba comunicarse con ella. Después de una semana Candice pudo dejar el hospital, no sin antes escuchar una y mil recomendaciones médicas sobre el cuidado que debía tener con la doctora.

Para la semana dos, Candice se sentía muy recuperada. Terry se arriesgó a invitarla a salir durante la semana tres.

-¿Qué es lo que deseas hacer, Candy?

-¿Qué te parece si vamos a Central Park y andamos en bicicleta?

-Yo creí que te gustaría que te llevara a algún sitio caro, para cenar y tratarte como a una princesa.

-Gracias, Terry. Lo que más deseo es hacer algo que me conecte contigo.

-Vayamos, pues a Central Park, llevemos una canasta y hagamos un picnic cerca del lago.

-¡Un picnic!

-Por supuesto, lo prometido es deuda.

-¡Oh, Terry, lo recuerdas!

-Recuerdo cada promesa que te hice, y pienso cumplir con todas… incluso con la de casarme contigo – flirteó con ella.

La pareja se vistió de forma cómoda y casual para pasar un día fuera de serie al aire libre. Lo primero que hicieron fue un paseo; entraron por la esquina sureste, fueron a paso lento por el el estanque The Pond hasta que alcanzaron al pintoresco Gapstow Bridge. Ahí se detuvieron por un momento, porque Terry no deseaba que Candice se agitara. La sentía ausente, seguramente estaba pensando en Archie, porque, aunque ella era parlanchina, hoy en día ella casi no hablaba. Terry la llevaba del brazo como perfecto pretexto para sentirla cerca, le habría gustado tomarla de la mano, pero quizás eso podría asustarla, así que se conformó con sentir que ella se apoyara en él.

-Gracias, Terry.

-Candy, si vuelves a agradecerme voy a molestarme contigo.

-Me has cuidado mucho, déjame agradecerte cada vez que quiera – le regaló una bella sonrisa y eso reventó las barreras de protección de Terry.

Ambos se recargaron mirando hacia el estanque, les parecía más de su estilo que mirar hacia la cortina de rascacielos a su espalda. Terry se animó a hablarle de su amor, quizás esta sería la última vez.

-Sabes que te amo, Candy.

-No sé cómo puedes amarme, después de haberme apartado de ti por tanto tiempo.

-Ahora sé que te apartaste de todos – Terry se encogió de hombros restando importancia – espero que hayas estado bien.

Él prestó atención a la reacción de Candy, quería ver hasta dónde ella confiaba en él.

-Me dice Albert que te has dedicado a estudiar y a trabajar mucho, no sé cuántos logros académicos puso en su lista, pero me parece que te has convertido en una autoridad en lo que haces – había orgullo en sus palabras – la verdad, nunca esperé menos de ti. Te pensaba triunfando, siempre dirigiendo y sirviendo.

-Terry, me sobreestimas.

-No. Ya te dije que te amo, por favor, Candy… - su rostro era de seriedad absoluta, se acercó a ella peligrosamente – ¿te gusta que te lo repita?

-No deberías amarme, vas a sufrir – ella detuvo su avance sin atreverse a mirarlo a los ojos.

-No. No sufriré. Mi amor ha evolucionado – le confesó con voz de terciopelo, como una caricia -. Ya no es solo el eros el que gobierna lo que siento por ti. Si así fuese, entonces, por supuesto que sufriría de saberte enamorada de otro hombre. Con los años, mi amor se ha convertido también en agape. Y ese amor es el que me permite ser feliz si tú eres feliz, es el que me mueve para servirte, para cuidarte, para protegerte. Debes entender que mi amor no me hace sufrir, Candy.

Candy ya no supo qué responder. Sabía que aún en su adolescencia Terry había madurado mucho y que lo que sentía en aquél entonces por ella tenía también mucho de agape, porque se había sacrificado para que ella permaneciera en el San Pablo, incluso, renunció a su ilustre y noble apellido por ella. Terry le ofreció de nuevo su brazo y continuaron hasta llegar a los Victorian Gardens pero continuaron su camino hacia The Mall.

-¡Oh, Terry! Son únicos – ella no sabía para dónde mirar primero. El paseo estaba lleno de talentosísimos artistas callejeros con diferentes habilidades. Había dibujantes, pintores, músicos, bailarines, acróbatas… de todo, los ojos brillaron como los de una colegiala.

-¡Candy! ¿Dónde quieres poner tu puesto?

-Terry, yo no soy una artista – respondió sin comprender.

-¡Bueno, pero eres una mona pecas, una señorita Tarzán, seguro que me pagarían muy bien solo por verte! – Terry sonrió por su broma y continuó – "Pase usted. Mírela usted. Es un espécimen muy raro. Una mona pecosa. La hija escondida de Tarzán" – gritó llamando la atención de quienes pasaban a su lado. Y luego corrió para alejarse de ella.

-¡Terry! ¡Me las pagarás! – le gritó y corrió hacia él, pero él se detuvo para que ella no se fatigara y la abrazó con fuerza. Adoraba abrazarla, aunque ya no le diría nada de sus sentimientos. La miró penetrantemente y luego recobró la compostura – sigamos, Candy. Aún tenemos muchas cosas para ver.

Había a lo lejos un hombre vestido tan elegantemente que Candy no pudo evitar pensar en su Archie, de pronto se quedó paralizada y su nombre se escapó de sus labios, como una bella caricia.

-Tranquila, Candy. Si el elegante te ama tanto como dice, seguro que solo te está dando tu espacio. No creo que esté pensando en dejar que te salgas con la tuya.

-Pero debe hacerlo. Debe dejarme ir – dijo con tristeza, con su pensamiento a millas de distancia - ¡Terry, cásate conmigo!

-Sí, Candy… tendré que sacrificarme – le dijo con aires de mártir – nos casaremos cuando tu dispongas – siguió el juego, aunque él sabía que eso jamás sería.

-¿Estás seguro? ¿Cuándo yo lo decida?

-Así es…

-¡Vamos ya! – ella lo tomó de la mano y tiró de él.

-¡Espera!

-¡Tú dijiste!

-¿Qué te pasa, Candy? ¿Qué prisa tienes?

-¡Pronto será la audiencia! ¡Archie necesita esos papeles!

-¿Qué estás diciendo, Candy?

-¡Terry! – ella ya no pudo más. Se aferró a él y él la recibió en sus brazos, tratando de hablarle con suavidad para tranquilizarla –. Cuéntame todo Candy. Confía en mí. Yo haré lo que tú quieras, pero por favor, confía en mí. Me lo merezco. Si voy a apoyarte, merezco saber por qué.

Terry llamó a su chofer para que les llevara la canasta de picnic al Boathouse, y se sentaron a la orilla del lago para esperarlo. Media hora más tarde estaban sentados mirando a las parejas que remaban mientras saboreaban un poco de fruta y quesos.

Candice narró a Terry solo lo que concierne a los papeles sobre el sabotaje del accidente en la plataforma petrolera, obviamente, se guardó todo acerca de su mala experiencia con Legan; por dos razones, la más importante, ella como mujer deseaba ser discreta y la segunda, conocía a Terry muy bien y temía su reacción. Seguramente si hubiese sabido que él estaba al tanto, habría abierto su corazón, pero hasta ahora, ella solo había compartido su experiencia con Archie.

Terrence la escuchó con atención. Obviamente se molestó mucho con el plan de Legan y con sus acciones; guardó silencio por un momento, mirando hacia el lago frente a ellos.

-Gracias, Candy. Ahora me siento mucho mejor. Ya no me siento como una pieza que alguien mueve, sino como quien mueve las piezas. Moveremos las piezas, le haremos creer a Legan que su plan funciona…

-Terry – murmuró ella.

-Pero prométeme que estarás tranquila ¿de acuerdo?

La tarde pasó con mayor tranquilidad. Terry y Candy eran los mismos buenos amigos de siempre. Aunque por más que Terry se esforzó porque ella sonriera, no logró que la felicidad se le escapara por los poros. En ocasiones ella estaba ausente, solo pensando en Archie, lo amaba, él era lo más importante y lo extrañaba irremediablemente.

En cuanto llegaron al departamento de Terry se liberó una fuerte lluvia. A Candy le pareció extraño encontrar un delicioso aroma proveniente de la cocina. Terry fue hasta allí y de inmediato un joven muy amable empezó a llevar algunas viandas al comedor principal. En la cocina estaba un chef que de vez en cuando trabajaba para Terry, había preparado algunos cortes, algunas verduras, cremas y un poco de pasta. Todo estaba delicioso, ella se notaba un poco más tranquila. Se sentía liberada al haber sido sincera con Terry, sin embargo, le seguía preocupando la proximidad de la fecha.

Poco tiempo después, tras un delicioso baño, ya estaba lista para ir a la cama, sin embargo, el sueño no la visitaba. Dio varias vueltas en la cama, se sentía inquieta sin saber por qué. Afuera, la lluvia se había convertido en una tormenta eléctrica, el cielo se iluminaba con los constantes relámpagos y los truenos no la arrullaban en lo más mínimo.

Se levantó de la cama y decidió disfrutar de la vista nocturna de Nueva York bajo la lluvia. Miró hacia la acera y su corazón brincó emocionado cuando descubrió el auto de Archie estacionado frente al edificio de departamentos de Terry. Luego tuvo miedo, no quería que Neal cumpliera con sus amenazas, cerró la cortina a prisa dispuesta a llamar a Terry para que le pidiera que se alejara. Se puso sus pantuflas, pero no pudo evitar el deseo de mirar una vez más por la ventana. Esta vez vio a Archie fuera de su auto, usando su hermosa gabardina. Su pose era de derrota, adivinaba que sus ojos estaban tristes, Candy sintió el inmenso deseo de correr hacia él y abrazarlo con fuerza, pero trataba de resistirse.

Lo vio caminar hacia el centro de la acera mirando siempre hacia el departamento de Terry. Sus hombros estaban caídos, con su cabello cayendo sobre su rostro y hombros en una cascada completamente mojada porque no estaba usando paraguas. Un rayo iluminó la escena y Candy notó el desasosiego de su rostro. Archie estaba sufriendo, ella lo sabía y eso era algo que no podía permitir.

De Archie no tenía ni un solo mal recuerdo, ni un solo sin sabor. Él siempre había procurado solamente su felicidad desde que la conoció, ella fue quien se alejó de él, fue quien lo abandonó y con todo y eso, años después, su amor seguía tan vivo y vibrante como siempre. ¿Cómo podía verlo sufrir de tal manera? ¿Por qué había confiado en Terry para que fuese su cómplice y no podía darle a Archie la misma oportunidad? ¡Vaya que había sido una tonta!

Candice se apresuró a salir del departamento. Se envolvió en una elegante gabardina también, cambió su calzado por unas cómodas botas de tacón pequeño y corrió hacia el elevador. Le parecía que no era lo suficientemente rápido. En cuanto estuvo en el recibidor del edificio ya no pudo ver a Archie, sintió una profunda tristeza invadiéndola, pero un poco después lo vio de pie fuera de su auto, recargando su peso en la portezuela.

Ella salió del edificio ante el asombro del portero. La calle estaba vacía. Se paró en la banqueta mirando hacia Archie, quien estaba del otro lado de la acera. Él sintió su mirada sobre él y la buscó sin atreverse a acercarse, aunque solo con el cruce de su mirada ya se sentía completo nuevamente. Cuando ella vio que él no se movía supo de inmediato que la distancia debía ser vencida solo por ella. Prestó atención en el auto estacionado y de inmediato lo imaginó manejando todo el trayecto desde Chicago solo para verla.

Bajó de la banqueta y caminó hacia él sin dejar de mirarlo a los ojos.

Él escudriñó su figura. Se sintió aliviado de verla mejor. La vida volvió a su alma cuando la escuchó decir su nombre.

-¡Archie! – ella se acercó a él y él la asió con firmeza hacia su pecho. No le permitió decir nada más, comenzó a comérsela a besos con desesperación pura. La lluvia mojaba su rostro y pronto ella estaba tan empapada como él, pero ni por un segundo separaron sus labios, por el contrario, permitieron que sus lenguas exploraran mutuamente sus bocas, hasta casi llevarlos al éxtasis. Como era de esperarse, con semejante reencuentro, Archie sucumbió de inmediato a su naturaleza y ella frotó su cuerpo sensualmente al de él.

-Espera, Candy, tengo algo para ti – su voz era ronca y sus ojos ardientes mientras le entregaba un sobre amarillo grande con varios papeles – sube, aquí podrás verlos – abrió la puerta de su auto y en pocos minutos ya estaba manejando por la avenida Broadway rumbo al hotel Casablanca.

En el auto Candice descubrió que se trataba de todo lo que Legan poseía para chantajearla. Había algunas fotografías que la sonrojaron por completo.

-Archie, ¿tú viste estas fotografías? ¿cuántos más las vieron?

-Sí, Candy, tuve que verlas mientras las buscaba – explicó – el sombrero blanco que contraté encontró limpios los dispositivos de Neal. Él no tenía nada electrónico, así que me vi forzado a enfrentarlo. Lo único que el sombrero blanco encontró fueron estos papeles con respecto al accidente en la plataforma.

-¿Lo enfrentaste?

-Por supuesto. Neal es… ¿Cómo te explico? Neal es un poco débil. Fue relativamente fácil convencerlo de que me entregara lo que buscaba una vez que él y yo estuvimos solos frente a frente.

-¿Qué tan fácil fue, Archie?

-Uhmmm… digamos que tendrá que estar en recuperación física por unos meses.

Candice supo que Archie no deseaba hablar de ello. Se acercó y besó su mejilla dulcemente mientras un par de gruesas lágrimas abandonaban sus ojos. Archie tampoco pudo evitar las lágrimas en sus propias mejillas, buscó la mano de Candy y la besó con adoración, después ya no dijo nada más.

Cuando estuvieron en la suit presidencial Archie ya no pudo resistirse. Levantó a Candice en sus brazos hasta depositarla suavemente de pie al lado de la cama. La besó con mayor demanda que nunca y mientras lo hacía deshizo uno a uno los botones de la gabardina de Candy, quien correspondía a sus besos con la misma demanda que él. Descubrió que bajo la gabardina ella solo estaba usando un coordinado bastante atrevido, de color verde botella. Eso lo enloqueció por completo.

Guio una de sus varoniles manos por el cuello de Candice, posó su dedo índice delicadamente recorriendo su vena yugular mientras que ella arqueaba su espalda para ofrecerse a la vista de Archie. Besó su cuello, que le sabía a gloria y lentamente retiró las mangas de la gabardina para dejar que cayera al suelo. Ella era perfecta para él. De pronto muchas imágenes de la adolescente y la joven asaltaron su memoria; se vio admirándola por años en silencio. No podía creer que ella finalmente estuviera con él.

Se detuvo para recorrer su cuerpo con sus ojos desde sus perfectas piernas hasta el rubor en sus mejillas. Después ella se llenó de valor y empezó a desnudarlo lentamente. ¡Cuánto amaba Archie esa personalidad apasionada de Candy! Ella solo pudo despojarlo de su camisa y su cinturón porque él ya no lo soportó y la llevó delicadamente a la cama. Sabía que no podía amarla de forma desbocada esta noche, sabía que debía ser tierno y cuidadoso, así que la trató como el tesoro más valioso, la mujer más delicada del planeta.

Se colocó a horcadas sobre ella, regocijándose en la pasión de sus esmeraldas. Siempre que ella mordía su labio inferior con inocente sensualidad lo enloquecía. Besó sus senos a través de la tela de su sostén y eso trajo a Candy nuevas emociones. Jamás pensó ella que terminaría la noche en brazos de Archie, pero se sentía muy bien su peso sobre ella; era cálido y fuerte. Verlo rendido, explorando su cuerpo, declarándose su dueño era para Candice un privilegio.

Archie besó cada centímetro del pecho de Candy, la escuchó lanzar gemidos placenteros y se deleitó en ellos. Después la despojó de su sostén para mirar sus pechos y perderse entre ellos. La giró para recorrer también besar su espalda colocando su virilidad a punto de explotar sobre sus nalgas, pero se negó a dejarse llevar tan rápidamente. Su húmeda lengua recorrió la espalda que adoraba mientas que con sus manos jugueteaba pellizcando los botones rosas de sus suaves montes. Ella era el amor de su vida, el placer que le causaba hacerla suya era indescriptible.

-Candy, me enloqueces – le confesó con voz suave en su oído mientras hacía a un lado su pelo para saborear el lóbulo de su oreja y la parte de la nuca. Ella respondió con un placentero gemido y una sonrisa de satisfacción.

Archie viajó lentamente al sur, recorriendo con su lengua lentamente el centro de su espalda, agitado, con esfuerzo por contenerse, recorriendo con sus manos las suaves curvas de la cintura y la cadera de la mujer que adoraba.

Cuando llegó a la cadera la desnudó por completo. Sintió la piel del trasero firme y redondo de ella y la acarició con lujuria desmedida mientras la llenaba de besos atrás de sus rodillas. Luego sus dedos se movieron diestros acariciando el sexo de Candice. Se negó a quitarle las botas… abrió gentilmente sus piernas con las suyas y le regaló la más deliciosa sesión de cunnilingus, chupando, frotando, lamiendo y mordisqueando en distintos grados de intensidad con su boca, sus labios, sus dientes… exploró con seducción la vulva, la entrada de su vagina y su clítoris. Archie no reparó en confesarle a Candice cuánto gustaba de tener su sexo en su boca. Recorrió con su lengua los labios menores para llenarla de satisfacción, ella, por instinto levantaba su cadera para darle libre acceso. Él disfrutó de cómo los labios menores se hincharon al mismo tiempo que su nombre tomaba forma en los ardientes labios de Candy. Después de un tiempo de tanto placer, Archie comenzó a desnudarse por completo, y luego volvió a su tarea para besar, acariciar y mordisquear con su lengua el suave botón que corona esa zona, lo oprimió suavemente con su lengua, lo oprimió con rapidez, lo oprimió con hambre hasta que el convulsionado cuerpo de Candy le exigía que la penetrara. Archie se posó sobre ella, de espaldas, la penetró y la hizo suya mientras sus dedos continuaban estimulando el placer de Candy; ella se entregó ardiente y apasionada, exigiendo por más, sujetándose de las sábanas, temblando del placer que le provocaba el hombre que amaba. Archie respondió a sus demandas moviéndose velozmente con fuerza dentro de ella. Sujetándola firme hacia él, besando su cuello… ella giró su cabeza para ofrecerle sus labios y la unión de sus bocas y sus sexos los llevó al cielo. Ambos gritaron su placer enamorados, extasiados y satisfechos y luego cayeron rendidos uno en los brazos del otro.

-Candy, casémonos hoy mismo – le suplicó.

-¡Archie!

-Cuando amanezca te haré mi esposa, Candy. Recuerda que fui criado por una tía del siglo pasado. Tener mujeres en mi cama nunca me causó remordimiento, pero tenerte a ti… - Archivald guardó silencio – es diferente, eres la mujer que amo y no me conformo. Además, estoy seguro que a la señorita Pony y a la hermana María no debe agradarles que vivamos juntos sin estar casados.

-Archie…

-Cuando amanezca, Candice White Andrew, te convertirás en Candice White Cornwell.

-Candice White Cornwell-Andrew

-Como quieras, pero Cornwell al fin y al cabo.

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

De mi escritorio: Muchas gracias por sus bellos mensajes de apoyo. Yo creo que un un par de capítulos por fin estaremos llegando a su fin. De verdad, no saben lo importante que es para mí leer sus reviews.

Malinalli, a 26 de marzo 2018. Torreón, Coahuila, México.