INFERNUM. REDEMPTIONIS.
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.
Capítulo 16
La vacía profundidad de la noche.
Un tímido llamado a la puerta en la suit interrumpió el sueño de los huéspedes. Ya era casi medio día, pero la pareja no había despertado todavía; no era solo la obvia consecuencia de la apasionada noche que habían compartido, sino también era por la liberación del estrés experimentado durante el último mes.
-Candy, olvidamos pedir que no nos molestaran.
-Archie, estoy cansada, no puedo abrir los ojos – confesó ella mientras se acurrucaba en el cálido cuerpo masculino.
-Perdóname, Candy, aún estás sobreponiéndote y yo…
Ella ya no lo escuchó, volvió a quedarse dormida en los brazos de Archie. El llamado a la puerta cesó y él se sintió aliviado. Miró su reloj, aunque era bastante tarde no se atrevía a interrumpir el sueño de Candy. Peinó su cabello con veneración absoluta, disfrutando todavía del cansancio que su prometía había ocasionado en él. A pesar de su intimidad, Archie aún no lograba creer que tanta felicidad fuese posible. El sonido de un mensaje de whatsapp llamó su atención. Era de Terry.
-¡Rayos! Olvidé decirle que su chica es mi chica hoy – Archie sonrió divertido, comenzaba a disfrutar este extraño juego con Terry. Se sintió como un adolescente. Leyó el mensaje con una sonrisa expectante.
-Archie, no quiero los detalles, solo estoy sospechando que mi novia me está siendo infiel esta mañana.
-No te daría los detalles ni por todo el oro del mundo. Solo debes saber que tu novia me ha hecho el hombre más feliz – le respondió con una sonrisa enamorada.
-La muy ladina. Dile que hemos terminado; que me ha perdido para siempre – Terry en realidad se sentía aliviado: su amor por Candy no lo lastimaba.
-Se lo diré en cuanto despierte.
-¡¿Aún sigue dormida?! Eso es demasiada información. ¡Auch!
-Lo siento, Terry. No fue mi intención.
-Estaré en el teatro. No sé si quieran despedirse antes de volver a Chicago, pero me gustaría verlos una vez más. Si no pueden esperar para cenar conmigo, no se preocupen, dejaré instrucciones con el portero de que los deje pasar para recoger las cosas de mi novia.
-Exnovia.
-¿Ya no la vas a compartir conmigo? – Terry agregó un emoticón de súplica.
-Ya no.
-Ni hablar. Ella se lo pierde. Envíame un mensaje para saber si cenaremos juntos o no. Yo invito.
-Lo haré. Gracias por todo, Terry.
-Fue un placer… y no sabes cuán placentero fue. No creo que mi novia te lo confiese.
-¡Terry!
-Está bien… para que sepas lo que se siente. Buen día.
Archie nunca había conversado de esa forma con nadie. Ni siquiera con Paul, que se decía, era su mejor amigo. Con Terry todo era mucho más natural, más fluido. Quizás su tío tenía razón: quizás podrían ser buenos amigos. Trataría de mantener la mente abierta con su rival de amores.
Por su parte, Terry pensaba igual. Su amistad con Albert era sumamente buena y fuerte. Ellos se consideraban hermanos; sin embargo, con Archie era distinto. Archie incluso ahora le inspiraba el deseo de bromear, de molestarlo, pero nunca ya, de lastimarlo. Tal vez el elegante pudiera ser un buen amigo.
Terry aprovechó el momento para llamar a Albert. Tenía mucho interés en saber qué era lo que había ocurrido. Sabía que Albert había vuelto a Londres, sin embargo, estaba seguro que él sabría cualquier cosa que hubiese ocurrido para que Archie hubiese vuelto a Nueva York y Candy estuviera con él. Necesitaba saber si Neal había recibido su merecido.
-Hola, Terry – la voz de Albert era seria. Como si su amigo lo hubiese interrumpido en algo importante, pero sin ser inoportuno.
-Vaya, parece que estabas esperando mi llamada.
-Así es. Adivinaba que pronto sonaría mi teléfono – Albert hizo una pausa muy breve antes de compartir con Terry lo que había ocurrido –. Cuando Archie volvió a Chicago lo estaba esperando el informe del sombrero blanco que había contratado. No había ninguna fotografía en los dispositivos electrónicos de Neal. George me comentó que en ese momento Archie se puso como loco, probablemente por el estrés al que ha estado sometido, primero con el derrame, luego las averiguaciones y para finalizar, con la enfermedad de Candy. No hubo nada ni nadie que lo detuviera, tomó su auto y manejó a Florida. Tú sabes cómo se pone cuando se enoja, es impulsivo, no piensa, no mide las consecuencias, solo ataca. Y tratándose de Candy, es peor…
-Dímelo a mí – Terry tuvo un DejaVú de la ocasión en que Archie lo confrontó por la expulsión de Candy.
-Vas a decir que estoy loco, pero en ocasiones me parece que cuando se molesta y debe defenderse no es solo él; me parece que hay una mezcla de la personalidad justiciera de Anthony, la persistencia de Stear y su propio arrebato. Sinceramente, no quisiera nunca estar en los zapatos de quien sea el objeto de su enojo. Sucede que Archie se escabulló en casa de Neal y lo obligó a darle las fotografías que estaba buscando; ya sabes: Muy a su estilo.
-Ahora Archie tendrá más problemas de los que ya tenía.
-Estoy francamente preocupado, Neal necesitará rehabilitación.
-No me sorprende, Archie es un buen peleador.
-Comprendo a mi sobrino; no soportó las fotografías que vio. Me dijo que son realmente grotescas. Estaba muy herido; todo lo que le sucede a Candy él lo sufre. No sabes cómo sufrió cuando la enviaron a trabajar a la hacienda de la familia a México. Su carta era la más desgarradora de las tres que recibí cuando supo que ella había sido secuestrada.
-¿De qué me hablas, Albert? – Terry estaba impactado.
Recordó cuando Stear le dijo que ella había sufrido toda su vida y que por eso deseaban que fuera feliz. Una vez más llegó a la misma conclusión: no tenía una clara idea de hasta dónde había sido su sufrimiento. Se sintió aliviado de saberla feliz.
-Son historias del pasado, Terry; ahora lo importante es que Neal no volverá a lastimarla.
-Pero Archie…
-Él estará bien. Tiene pruebas en contra de Neal, con respecto al derrame. Ya te enterarás.
-Entonces, ¿crees que Neal no volverá a lastimar a Candy?
-Estoy seguro. Ya no preocupes más.
-¿Cuándo debe presentarse Archie en la corte?
-Esta semana. Ahora mismo el departamento jurídico se encuentra preparando la defensa. Parece que están muy optimistas.
-Me alegro mucho. Entonces ya no te quito tu tiempo.
Los amigos se despidieron con cortesía. La única opción de Terry fue meditar sobre los acontecimientos. Al parecer, el elegante Archivald Cornwell podía sacrificar su glamour enredándose en peleas clandestinas. De pronto, el prometido de Candy le agradaba un poco más. Tenía que reconocerlo. Salió rumbo al teatro siempre meditando en sus últimas semanas.
El auto de Terry, tal como suele suceder en el género masculino, era su orgullo. Él manejaba un auto clásico, un Lamborghini que había sido de su abuelo y lo cuidaba como si tuviera vida propia. Todos sus acabados, por supuesto que eran los originales, lo único que había hecho, era enviarlo una vez cada año a Italia para actualizarlo en sistemas de navegación y mecánico. Incluso el señor Lamborghini le había ofrecido comprarlo, pero Terrence se negaba, como era de esperarse.
El guapo actor se detuvo peligrosamente en un crucero. Iba tan absorto en sus pensamientos que no notó que el semáforo estaba en rojo y un grupo reducido de peatones cruzaba la calle. Frente a él estaba un indigente que empujaba un carrito de supermercado. El hombre se había paralizado ante el inminente peligro de ser arrollado y en su rostro se reflejaba la molestia hacia el conductor.
Ese extraño golpeó el auto con su puño enojado y eso fue suficiente para que Terry Grandchester abandonara la seguridad del interior del auto y saliera resoplando quién sabe cuántos improperios en contra del hombre que ya lo miraba con un extraño semblante.
-¡¿Pero qué es lo que te has creído?! – Terry tomó al hombre por las solapas del remiendo de abrigo y de inmediato se arrepintió.
Del hombre brotaba un hedor que repelía a toda persona cerca de él. Era alto y blanco, sonrió con autosuficiencia, como retándolo a una gesta, pero sin decir palabra alguna. Sus dientes, aunque estaban sucios, eran perfectos, como si un buen ortodoncista hubiera trabajado en ellos. Lo que alguna vez habían sido unas exclusivas gafas de Browne, tenían unidos la montura y las patillas con unos pequeños alambres de cobre. El azul zafiro de Terry penetró entonces en la oscuridad de los irises que lo miraban todavía retándolo, intentando zafarse del amarre de las fuertes manos. Terry sintió su piel erizarse cuando las fuertes manos cubiertas con unos horribles y roídos guantes de este hombre envolvieron las suyas. Todo lo tomó por sorpresa. De pronto el duque de Grandchester palideció mientras que finalmente el extraño lo liberaba, abandonaba su carrito justo frente al bello Lamborghini y continuaba su camino a paso rápido.
Terry quiso seguirlo, pero el resto de los automovilistas lo apremió a que se quitara del camino porque lo estaba obstruyendo, todos con aquel lenguaje propio de las calles de Nueva York.
Terry quitó apresurado el carrito del supermercado que el indigente había dejado frente a su auto, subió lo más pronto que pudo a su auto y se desvió, tratando de seguirlo. Pero era demasiado tarde ya. El hombre era realmente veloz y se había deslizado entre los transeúntes con rapidez, o definitivamente se había escondido de él. La única verdad era que el corazón de Terry latía apresurado solo de pensar en aquella extraña y vacía sonrisa. Este encuentro era demasiado fuera de lo común.
En la suite del hotel, Archie ya estaba listo para salir a comer. Se detuvo junto a la puerta del baño con las manos en los bolsillos de su pantalón observando a su prometida con fuego en la mirada. El atlético cuerpo de Archie era realmente impresionante, así como las bellas facciones de su rostro.
Archie estaba tan enamorado de ella; finalmente la vida había sido justa con ellos. La vida y Albert, por supuesto, porque al enviarlo a auditar la recóndita mina la había reencontrado. Estar tan cerca de ella había sido suficiente para curar el enojo en que se había sumergido por años y el afecto se había reavivado, hoy la amaba mucho más, no deseaba que nada la apartara de su lado. De eso, Neal Legan podía dar buena cuenta. Archie incluso sentía envidia de la toalla que usaba al secarse y de ese labial natural que acariciaba sus labios. Él había esperado demasiado tiempo para hacer lo que le había prometido antes de conciliar el sueño y no daría marcha atrás.
Candy estaba frente al tocador en el baño, tratando de terminar de arreglarse para salir con él.
Archie se acercó con aire felino. Sonrió complacido ante su fácil presa. Tomó con delicadeza su cabello para hacerlo a un lado y dejar descubierto su cuello… para él, para su lujuria, para sus concupiscencias; para ese neandertal que de pronto se apoderaba de sus pensamientos y deseos. La respiración de Archie penetró la piel de la rubia y potencializó sus sensaciones.
-Ven aquí, Candy – susurró.
Ella sonrió nerviosa, sintiendo un escalofrío en la nuca y lo miró por el espejo. Él acarició el cuello con sus dedos varoniles.
-Aún no estoy lista y me imagino que tienes hambre, que debes comer.
-Sí. Quiero comer… pero no precisamente un plato de ensalada – él rodeó su cintura con las manos y la acercó seductoramente a él. Lo que quiero, es mirarte desnuda, así, de día, con el sol aterrizando en tu piel mientras estoy dentro de ti.
Archie alcanzó el lóbulo de la oreja con sus labios y lo succionó sin delicadeza, explorando su cuello, descendiendo lenta y pausadamente entre besos y delicadas mordidas. Ella sintió que estaba en el cielo, sintió que explotaría.
-Te deseo – le confesó.
Ella se entregó a la multitud de sensaciones que Archie despertaba. Todo era perfecto, su aroma, sus palabras, su voz, incluso, era mezcla delicada de whisky y menta en sus besos.
-Me imagino que podemos esperar para comer.
-Hasta ahora, no me he muerto por comer un poco más tarde – él sonrió seductor mientras acariciaba el rostro de Candy con una mirada profunda –. Me gusta – murmuró.
Extendió sus largas manos abracando su cintura y la curva de su espalda. Hundió sus dedos en su cadera y luego ascendió hasta los hombros. Archie ya no podía esperar, con manos expertas le quitó el vestido por encima de la cabeza y luego desabrochó su sujetador. Ya no se puso a admirar que era de negro encaje, él lo que más deseaba era tener frente a sí la desnudez de sus pechos firmes y voluptuosos.
Archie descendió su cabeza para alcanzar sus labios. Le acarició los pechos mientras la besaba más profundamente y siguió bajando sus manos hasta desnudarla por completo. Ella lo beso mientras que él la desnudaba, iniciando también con la tarea de desnudarlo a él. Habían hecho el amor muchas veces, pero siempre era diferente, el deseo que sentían uno por el otro parecía que jamás disminuiría. Él la amaba con pasión y con dulzura. Sus cuerpos se comunicaban perfecto. La besó nuevamente, con caricias atrevidas y ella le devolvió cada caricia hasta que la pasión ardió fuertemente.
Archie había descubierto esos puntos que la llevaban al éxtasis. Le hizo el amor hasta que se quedaron sin aliento y cayeron exhaustos uno al lado del otro sobre las sábanas.
Sonrieron como niños traviesos cuando la alarma les recordó la reservación que tenían. Definitivamente, la perderían.
-Creo que tendremos que buscar otro lugar para comer – le dijo Archie – se levantó y la tomó de la mano.
-Debo bañarme nuevamente.
-No. Solo aséate lo necesario. Me gusta que huelas a mi – Archie la besó y ella incrementó el encuentro.
-Candy, si seguimos a este ritmo jamás vamos a comer.
-No tengo hambre.
-Mentirosa. Anda, apresúrate.
Candice regresó al baño, se aseó y retocó su maquillaje. En eso estaba, cuando Archie se acercó a ella como un niño travieso.
-Tengo un regalo para ti – extendió una bella pulsera de oro blanco con grandes eslabones. De cinco eslabones colgaban una rosa, un avión, una A, una linda gatita y una espada.
-Es hermosa, Archie. Gracias – Archie no tuvo que explicar el significado de cada uno de los dijes que colgaban de la pulsera. Ella se conmovió y besó sus labios con delicadez.
-Sabía que te gustaría: Una gatita rodeada de sus cuatro paladines. Permíteme… me faltaron estos dos – Archie tomó la pulsera en incluyó en ella dos delicados atrapa ángeles – ya está, es para que nuestros dos ángeles favoritos puedan quedarse contigo.
La pareja se abrazó con nostalgia y con dulzura. Estuvieron en silencio durante el abrazo, con sus corazones en algún atardecer de Lakewood y en algún lugar de un lejano y bélico mar.
Después de comer en el restaurante del hotel, Archie y Candy fueron al departamento de Terry para recoger sus cosas. Y luego, sin mencionar más, Archie compró unas bellas orgquídeas para Candy y condujo hasta el Ayuntamiento de Nueva York.
-¿Archie, de verdad vamos a casarnos?
-Por supuesto, mi amor… ¿Te has arrepentido?
-No. Claro que no – ella le sonrió traviesa.
-Me siento como cuando nos escondimos bajo la mesa de Lakewood. Como si estuviéramos haciendo una travesura.
-No es ninguna travesura, Candy – él la miró profundamente – es lo más serio que jamás he hecho. No te apartarás nuevamente de mi lado. Hoy serás mi esposa.
Con los nervios a flor de piel, Archie y Candy se casaron en una sencilla ceremonia. Solos, con un par de testigos completamente desconocidos que encontraron en un corredor, pero que al ver el brillo de sus ojos no dudaron ni por un minuto en apoyarlos. Candice se sorprendió cuando en contraste con la austera ceremonia, Archie sacó las dos más bellas alianzas que jamás hubiese visto. La de Archie era una banda dorada con acabado martillado y la de ella eran cuatro bandas apilables, dos de las cuales eran réplicas de las de Archie. Las otras dos bandas eran de oro de 18 kilates y rodio, con pequeños diamantes que combinaban perfecto con su anillo de compromiso.
Los novios se habían casado en el Ayuntamiento más cercano a Broadway. Archie lo pensó así para tener la oportunidad de despedirse de Terry y agradecerle por las atenciones a Candy. Ambos lucían radiantes cuando caminaron tomados de la mano hacia las escaleras internas del antiguo edificio.
El teléfono celular de Archie comenzó a sonar. Esta vez era Paul, que de inmediato adivinó que su amigo estaba mucho más que feliz.
-Archie, necesito que revises por favor el Enterprise Requirements Planning. Hay algunos requerimientos de las plataformas que debes autorizar con urgencia.
-Querido Paul, te acabo de ascender a CEO interino – le contestó con una enorme sonrisa –. No quiero saber de plataformas, de petróleo, de pozos… y mucho menos en el día de mi boda. Así que autoriza tú los requerimientos y nos vemos mañana por la tarde.
-¡Pero jefe…! – Paul ya no pudo decir más, su amigo había colgado el teléfono sin más explicación – ¡Un momento! ¡Archie se casó! – el grito de euforia y entusiasmo de Paul se escuchó por todo el edificio –. Esos requerimientos serán autorizados, aunque tenga que despertar a tu padre, Archie. Ya lo verás. Y te la voy a cobrar muy caro.
Archie le acababa de dar una tarea casi imposible porque su cuenta no estaba habilitada para esos menesteres. El Data Warehouse de Paul era mucho más limitado que el de su jefe.
-Archie, no creo que Paul pueda autorizar esos requerimientos – le dijo Candy entre risas cuando él la tomó en sus brazos para bajar las últimas escaleras antes de salir del edificio.
-¡Claro que lo hará! Aunque a decir verdad no sé cómo.
-¿Por qué le pediste que lo hiciera él? Tú podrías autorizarlos desde tu Ipad.
-Es una prueba. Él debe mover cielo tierra para autorizarlos. Si no lo logra, estaremos en dificultades; pero sé que lo hará. Cuando lo haga, quizás lo nombre CEO de planta. En nadie confío más que en él, después de mi tío.
-Eres muy inteligente, Archie.
-¿Me merezco un beso, señora Cornwell?
-¿Un beso? No.
-¿No?
Candice besó apasionada el lóbulo de la oreja de su esposo.
-No tienes idea de lo que te voy a hacer esta noche – amenazó.
-¡Candy! – Archie fingió escandalizarse y ella respondió con una coqueta sonrisa.
Él ya no pudo evitarlo y correspondió con un beso. Tenerla cargando en sus brazos, besarla y poder llamarla esposa, era para Archie la plenitud de gozo. Nada podría hacerlo más feliz.
Llegaron hasta la fachada principal del Ayuntamiento y ella abrió la puerta. Una delicada brisa les dio la bienvenida. El vestido de Candy flotaba con el viento mientras que ella sostenía en sus manos el ramo de orquídeas que Archie le había obsequiado. Lucían bellos, con porte, con la felicidad en sus manos. Con el futuro brillando para ellos.
Archie giró con su esposa en sus brazos y ella se aferró a su cuello. Su cristalina risa llamó la atención de aquel hombre indigente que pasaba por ahí, empujando un carrito de supermercado, con un abrigo de diseñador roído por el tiempo, con unos guantes de lana más viejos que Matusalén. Esa sonrisa lo transportó a algún lugar lejano en otro tiempo muy antiguo. Tiempo y lugar que en su mente no lograban tomarse de la mano. El hombre se escondió con prontitud tras una bella estatua de la justicia que adornaba el patio principal. No pudo evitar continuar mirando a esa feliz pareja y sobre todo, no podía rehusarse a escuchar esa cristalina risa que de alguna manera le daba una sensación de bienestar.
Adivinó que eran recién casados. Vio al esposo colocar a la chica rubia sobre el piso y luego ella se estiró para depositar un beso en los labios del hombre que la aprisionaba en sus brazos y del que solo podía mirar la espalda. Él la tomó de la mano y caminaron sin prisa por la avenida. El hombre los siguió a la distancia; había algo que lo atraía hacia ellos. Su profunda mirada estaba clavada ahora en el caballero que se esmeraba por cuidar y proteger a la blonda novia.
El corazón de Archie entonces comenzó a palpitar con cierta fuerza, como si un antiguo llamado tocara a su puerta. Era algo sumamente extraño. Se sintió completo, complementado más bien. Justificó su sensación a causa de la algarabía que vivía con su reciente matrimonio, pero la piel de su nuca ardía, como si un fuego abrasador lo estuviera envolviendo. Archie buscó la fuente de esa sensación y miró hacia todos lados, incluso se detuvo sin dejar de proteger a su esposa y miró hacia atrás; entonces el indigente usó una jardinera para esconderse y Archie alcanzó a ver su movimiento.
-Candy, será mejor que nos apresuremos.
-¿Pasa algo, Archie?
-No, claro que no – Archie no quiso preocuparla – pero seguramente Terry ya nos está esperando para la cena, ya sabes cómo son los ingleses.
-Es verdad.
La pareja renovó su andar, aún faltaba un tramo considerable para llegar al auto de Archie y él no dejaba de preocuparse. Seguía percibiendo el peso de una mirada a su espalda y en lo único que podía pensar era en proteger a Candy.
Volvió a buscar la fuente de sus sensaciones y encontró al mismo indigente. Ahora el hombre estaba más cerca de ellos que la última vez y Archie ya no tuvo duda de que los estaba siguiendo.
-Crucemos la avenida, Candy – le pidió sin darle explicaciones, con la esperanza de que el hombre detrás de ellos se diera por vencido – ¿dónde rayos está la policía cuando la necesitas? – masculló entre dientes.
Hizo doblar a Candy en una esquina y se metieron al primer café que encontraron. Será mejor que llames a Terry, Candy. Explícale que tardaremos unos minutos en llegar.
-¿Qué es lo que sucede, Archie? Me estás poniendo nerviosa.
Archie la mantuvo segura en su abrazo, mientras que ella marcaba el número telefónico de Terry. Ellos habían entrado a un Starbucks, así que los clientes fueron de ayuda para esconder a la pareja mientras que Archie miraba hacia la ventana. Su piel se erizó cuando distinguió que el indigente estaba justo fuera de la ventana de espaldas al café, mirando hacia todos lados casi con desesperación. Archie sabía que los estaba buscando. Ahora él era quien lo observaba desde un lugar seguro, así que se dio el lujo de analizarlo sin decirle a Candy absolutamente nada para no preocuparla.
Pero el corazón no puede ser engañado. Un dulce sentimiento paralizó al menor de los Cornwell mientras observaba con detenimiento los elegantes movimientos del extraño hombre. Este no era un indigente común; pese a su sucia melena y su descuidada barba, su andar era con clase, la barbilla siempre estaba paralela al suelo, su espalda totalmente recta, la apertura de sus piernas era perfecta para el andar que la tía abuela siempre les había enseñado. El viejo abrigo tenía una firma exclusiva en su manga derecha.
Archie se acercó a la ventana siempre cuidando de no ser visto. Al parecer el hombre sabía que estaba siendo observado porque estaba buscando la fuente con urgencia; con la misma urgencia que Archie la había buscado minutos atrás. Los ojos de miel de Archie se quedaron asombrados cuando se acercó lo suficiente para ver en la montura de los viejos anteojos la firma de un diseñador muy conocido por su familia. Candy estaba justo detrás de él, sin entender absolutamente nada.
-Terry dice que no nos preocupemos, pero que tú deberás pagar la cuenta.
Archie no respondió y eso ya fue preocupante para Candy. En ese momento, el hombre en la calle giró hacia el café y escudriñó sin disimulo a quienes estaban dentro. Fue uno por uno, buscando lo que había perdido.
Finalmente, sus ojos, tristes, vacíos, tan negros como una noche tempestuosa se toparon con dos gotas de miel que lo miraban asombrado desde el interior del café, con esa mujer de risa cristalina tomada de la mano.
-Stear – logró decir Archie, ocasionando que Candice levantara la vista y la fijara nerviosa en el punto hacia donde su esposo miraba.
-Stear – repitió ella. Su mirada denotaba el más puro asombro mientras una mezcla de confusión, alivio y consuelo se entretejía dentro de ella.
Alistair miró a su hermano con los ojos llenos de miedo. Dio un par de pasos para alejarse de la ventana del establecimiento sin ser capaz de desviar la profundidad de su escudriño de la pareja que lo miraba casi con piedad. No pudo soportarlo. Al siguiente segundo lanzó una mirada de despedida y salió corriendo, tratando de perderse entre la multitud peatonal.
-¡Stear! – por fin las piernas de Archie pudieron moverse.
-¡Archie!
Archie la tomó de la mano y comenzaron a correr tan rápido como el paso de Candy se los permitía. Ella se sentía como un papalote de la mano de Archie. Pero Alistair era más veloz que la pareja y no atendía al llamado de ninguno de los dos.
El piloto no quería detenerse, no se detendría. No los inmiscuiría en su miseria. Había vivido bajo un puente desde que llegó del medio oriente por más de quince años. El ejército lo había dado por muerto, pero unos pescadores lo habían salvado y él había vuelto por su cuenta a América. Llegó a Nueva York y ya no quiso terminar su viaje hasta Chicago.
-Candy, vuelve al café y dile a Terry que venga a buscarte. No estés sola en la calle. Necesito ir tras él – Archie soltó su mano y siguió corriendo, sin perder de vista a hermano.
Ella comprendió de inmediato la urgencia de las instrucciones de Archie. Era obvio que no le gustaba dejarla en la calle, pero confiaba en que estaría bien. Ahora, la prioridad era ese hombre escurridizo que se negaba a detenerse.
Candy entró al Starbucks y se sentó en una mesa aislada. De inmediato marcó el teléfono de Terry con manos temblorosas. Sentía que su corazón seguía corriendo detrás de Stear.
-No debí dejar solo a Archie, no debí dejarlo solo – se decía mientras intentaba marcar el número correcto.
El teléfono se cayó de sus manos y tuvo que volver a intentarlo.
-Hola, Candy – la voz de Terry no era muy amigable. Como buen inglés, la impuntualidad lo ponía de muy mal humor.
Candice balbuceó unas palabras y el duque de Grandchester comprendió que ella no estaba nada bien.
-Candy, no escuché absolutamente nada de lo que dijiste. Por favor, tranquilízate.
Ella volvió a tratar de hilar sus ideas, pero lo único que comprendió Terry fue que la pecosa estaba fuera de sí y que Archie la había dejado sola. Eso fue suficiente para que de inmediato abriera su aplicación de Buscar Amigos. Afortunadamente, no estaba muy lejos de ella.
-Candy, no te muevas de donde estás, ahora llego – Terry salió corriendo del lugar dejando una cantidad considerable por el pago de su consumo mientras esperaba.
En cuanto llegó a la calle tomó un taxi, porque esperar al valet parking significaría una pérdida de valiosos minutos y luego tendría que agregar el tiempo que tardaría en estacionarse y correr hacia Candy.
-¡Maldición! Si Neal se ha aparecido por aquí lo mataré – se dijo antes de llegar hasta al café –. No, eso no es posible, Neal necesita rehabilitación. No puede ser eso.
-Si el elegante se ha atrevido a lastimarla, ahora sí no la dejo ir – recapacitó.
Cuando llegó al café la encontró con los nervios de punta. Tuvo mucho miedo. Ella no estaba en condiciones de tener emociones fuertes.
-¡Candy! – la llamó, sin embargo, ella no respondió al llamado. Tenía su vista en sus zapatos y se abrazaba a sí misma con fuerza.
-¡Candy! – insistió Terry. Ella seguía sin responder. Terry se agachó para buscar sus ojos. Descubrió que era un manojo de nervios y que se estaba esforzando por no llorar.
-Hola, Candy – le sonrió con dulzura, la tomó de la mano y la sacó del lugar.
La llevaría a su departamento porque aquí estaban llamado la atención. Ella se dejó guiar como si fuera una niña perdida. Tomó nuevamente un taxi y fue por su auto hasta el restaurante donde los había estado esperando.
Nadie dijo nada durante el trayecto. Candice no había abierto la boca. No tenía idea de lo que sentía. Estaba muy preocupada por Archie y por supuesto que había sido un shock ver a uno de sus mejores amigos, a quien consideraba su hermano, en condiciones de indigente, pero lo peor había sido que él huyera de ellos cuando se vio descubierto. ¿Por qué Stear huyó de ellos? Ni siquiera tuvo tiempo de recapacitar sobre su falsa muerte. En todo lo que podía pensar era en el sufrimiento que vio en los antes hermosos y expresivos ojos de Alistair.
Al parecer, Candy solo estaba esperando sentirse segura para derrumbarse. En cuanto entró en el departamento de Terry se dejó caer en sus brazos sin decir absolutamente nada, solo llorar con mucho sentimiento.
-¡Voy a matar a Archie en cuanto lo vea! ¿Pero qué es lo que se ha creído? – sentía a Candy descontrolada y eso lo irritaba aún más.
La dejó llorar hasta que se cansó, hasta que ya no tuvo más lágrimas. No le hizo preguntas, solo la llevó hasta el diván favorito de Candy y se aseguró de que estuviera cómoda.
Se sentó mucho tiempo frente a ella. Terry no pensaba en Archie, en lo único que podía pensar era en que Candy estuviera bien. La observó por un par de horas pacientemente, hasta que ella fue más dueña de sí misma.
-¿Qué hora es, Terry?
-Son casi las diez de la noche, Candy.
-Archie no se ha comunicado, debemos buscarlo.
-¿Qué fue lo que ocurrió, Candy? ¿Por qué estás esperando que Archie se comunique si te dejó sola en la calle?
-Tuvo que dejarme.
Candy explicó a Terry lo que había sucedido ya un poco más dueña de sus emociones. Él la escuchó con asombro. No tuvo problemas en creer la historia porque él mismo se había encontrado con Stear unas horas atrás.
-¿Dónde está Archie, Candy? Por favor, mira tu teléfono.
-No puedo, se descargó la pila.
Por su parte, Archie había tratado de seguir el paso de su hermano, llamándolo, pero no había logrado darle alcance, ni había logrado que se detuviera. Lo siguió hasta una peligrosa zona de indigentes. Su imagen elegante y snob contrastaba con la de los hombres que lo miraban cautelosos mientras él se abría paso en ese extraño mundo. Tuvo miedo, por supuesto; pero estaba seguro que su hermano haría lo mismo por él. No le importaba absolutamente nada perder su reloj, su ropa, su dinero o lo que fuera, con tal de recuperar a su hermano. Caminó sigiloso, con el recelo del peligro al que se estaba enfrentando. Vio la comunicación corporal de los habitantes del lugar, supo que era inevitable, que tendría que enfrentarse a ellos antes de continuar adentrándose en ese extraño mundo.
-Me parece que aquí hay un principito que se ha escapado de su palacio – un hombre se acercó a él con una mueca de burla, mientras hacía una reverencia.
-¡Apártate de mi camino! – Archie miró fijamente y sin miedo al susodicho. Sabía que demostrar miedo era lo peor que podía hacer.
-Tienes que pagar una cuota, si quieres pasar – le dijo otro cerrándole el paso.
Archie no respondió, los estudió con su mirada. Tenía a cinco tipos alrededor de él, cuyas miradas denotaban que no tenían buenas intenciones. Pero escapar no era una opción. Se plantó sobre sus pies con equilibrio, sin demostrar temor y cerró sus puños.
-El principito cree que puede salir de aquí – se mofó uno de ellos mientras se acercaba estudiando a su oponente.
Lo atacó con un golpe de pelea callejera que fue muy bien esquivado por Archie.
Archie se enfrascó con él en una pelea exprés, pues rápidamente dejó a su oponente mal herido. Cuando el resto del grupo distinguió que Archie no era una presa fácil, decidieron atacarlo todos juntos en una lucha desigual que por supuesto, Archie no pudo enfrentar. Sucumbió ante el terrible maltrato y los certeros golpes de tal forma que después de unos minutos estaba en el piso sintiendo todo su cuerpo destrozado. Con un par de hilos de sangre brotando de su boca y con uno de sus ojos hinchado a causa de un fuerte golpe.
Los hombres entonces comenzaron a buscar cualquier cosa de valor que el hombre elegante tuviera encima. Comenzaron por sus zapatos, su cartera y su cinturón. Pero Archie llevaba muchas cosas de valor consigo, como su teléfono, su argolla de matrimonio, las mancuernillas y un discreto fistol con el emblema de su familia en su saco.
-Devuélvanle sus pertenencias – exigió una voz que todos reconocieron como autoritaria.
-Claro que no, sargento. El principito esté lleno. Es una mina de oro.
Archie, tirado en el suelo, apenas y se atrevió a mirar hacia su hermano. Había reconocido su voz.
-He dicho "Devuélvanle sus pertenencias" – exigió.
Lo primero que hizo, fue arrebatar la argolla de matrimonio que uno de ellos ya tenía en su mano y luego tomó la cartera. Extrajo todo el dinero que su hermano llevaba consigo y lo extendió a los indigentes.
-¿Eso es todo el dinero? ¿Ya nadie usa efectivo? – reclamó.
-El teléfono. Dame el teléfono – sin pensarlo dos veces, el hombre que tenía el teléfono lo devolvió.
-Pueden quedarse con el resto. El príncipe es mío – les advirtió y los hombres no tuvieron más opción que renunciar a su botín – ¡Ahora, largo de aquí! – les ordenó y ellos obedecieron.
Alistair se agachó para levantar a su hermano. Archie hizo un esfuerzo para ponerse de pie quejándose de un golpe directo al hígado. Su hermano rodeó sus hombros con el brazo Archie y lo tomó de la cintura.
-¿Puedes caminar? – El horrible aroma que Stear desprendía le causó náuseas a Archie, pero el piloto solamente sonrió.
-Es un repelente natural, por protección – le explicó un poco perturbado – tendrás que soportarlo porque solo conmigo es la única forma que salgas vivo de aquí. Y vamos a caminar un largo tramo, así que es mejor que te comportes como hombrecito - ¡Vamos, camina, Archie!
-Stear… - Archie era incapaz de hablar. El golpe le dolía mucho.
Su hermano no había comprendido hasta qué grado lo habían lastimado; no, hasta antes de ver que Archie comenzaba a vomitar sangre.
-¡Rayos, Archie! ¡Nunca sabes cuándo detenerte! ¡No tenías nada que venir a hacer aquí! – lo regañó como si aún fueran unos niños. Archie no tenía la fuerza para defenderse.
Stear tomó el teléfono de su hermano y se frustró de inmediato.
-¿Cómo diablos funciona esto? - Ya era demasiado tarde, Archie ya no pudo caminar.
-No llames a Candy, llama a Terry – le suplicó antes de desvanecerse en los brazos de Stear.
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De mi escritorio: Ya empiezo a cerrar las historias. Creí que solo necesitaría un par de capítulos cuando terminé el pasado, pero me parece que no. Me parece que requeriré un poco más. Sinceramente, lo pensé mucho antes de traer a Stear, pero al final no me resistí. Stear le quitaría mucho peso de encima a su hermano, pero primero tendré que quitarle el peso de encima a Stear. Gracias por leer y gracias por sus reviews; los leo todos y son un gran aliciente para continuar escribiendo, reciban un abrazo con cariño.
Luz, muchas gracias por tu bello mensaje de ánimo para continuar con esta historia.
Malinalli, 5 de mayo de 2018. Torreón, Coahuila, México.
