INFERNUM. REDEMPTIONIS.
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.
Capítulo 17
Bis vincit
Esta, la de Alistar Cornwell era una penumbra traicionera y discreta. Una de esas sombras que no cubren por completo. De esas que no te permiten ni que te pierdas, ni que te orientes. Stear había vivido en un constante vaivén de emociones en los últimos quince años.
Volvió por su cuenta a América, con el propósito de reunirse con su familia; sin embargo, durante el viaje se había encontrado con un inconveniente: un monstruo habitando dentro de él. No era él mismo, no eran sus deseos o sus convicciones, era el monstruo de la guerra del que no podía separarse; eran esas incesantes escenas de violencia y de miseria, esas en donde fue testigo de cómo un ser que se dice humano, se degrada hasta el punto que un animal es más misericordioso y sublime.
Había tratado con toda su determinación de olvidar. Olvidar que esos hombres a quienes llamó amigos habían sido sordos a su llamado, hiriendo y torturando, aún más sordos al clamor de piedad de sus víctimas. Stear, se había visto obligado a intervenir entre la tortura a la víctima y el insano gozo de sus compañeros. Los odió por eso y se odió a sí mismo.
Odiaba ese monstruo de ira que lo visitaba durante algunas las noches, o cuando los decibeles sobrepasaban los límites normales de la cacofonía. Odiaba el terrible dolor de cabeza que presionaba sus sienes, el recuerdo de los gritos de las víctimas, el estruendo de los bombardeos en que había participado y finalmente… lo torturaba el rostro de aquélla pequeña que a pesar de todo le sonreía en medio de las llamas mientras su avión se desplomaba en el golfo., irremediablemente, odiaba esos gritos desesperados a mitad de la noche, la ira que lo invadía, el inoportuno deseo de lastimar a quien estuviera frente a él. Odiaba… sí… odiaba sentir las manos de sus compañeros indigentes sosteniéndolo firmemente para que no causara daño.
Cuando todo acababa, se sentía perdido. Pasaban algunos minutos antes de comprender quién era o dónde estaba. Su mente le enviaba imágenes de memorias, algunas placenteras, de tiempos felices y otras crudas y violentas.
Ver a esa pareja no le dijo nada: Absolutamente nada. Fue esa risa transparente, cristalina y vibrante la causa de su atracción. Se sintió invadido por tal sentimiento de bienestar que en todo lo que podía pensar era en acercarse. Miró a ese hombre con curiosidad, se le veía pleno y cuando miraba a su esposa, parecía que quisiera poner a sus pies el mundo entero.
A Alistar lo invadió entonces un extraño sentimiento: por un momento único y nuevo, quiso ser ese hombre. No entendía nada. ¿Por qué una desconocida lo había atraído a tal punto? ¿Por qué deseaba arrebatarle a ese hombre la felicidad de sus ojos y ser él quien vistiera elegante girando con una esposa? ¿Por qué esa risa lo revitalizaba a tal grado? Se sentía feliz, muy feliz… y era una felicidad que se escapaba por cada poro de su cuerpo.
Vio esos ojos verdes y brillantes, acompañados de una ebúrnea sonrisa… era el mismo rostro que en las noches de arrebato lograba tranquilizarlo y guiarlo a tiempos pacíficos, donde la fiera de la guerra no lo alcanzaba.
Stear no había perdido la memoria. De ninguna manera. Solo tenía algunos momentos en que se sentía muy confundido. Eran momentos en que su mente no sabía discernir entre lo real y la fantasía, al menos eso era lo que se decía, porque, a decir verdad, todas sus memorias eran reales, las violentas y las pacíficas, solo había momentos en que él no era capaz de colocarlas en su lugar correcto. Afortunadamente, esos momentos eran muy escasos.
Siguió a la pareja casi con desesperación. No deseaba apartarse de ellos. No sabía quiénes eran, pero se sentía feliz y pleno por ellos. Quería arrancarle a esa chica de sus brazos, pero al mismo tiempo, disfrutaba de verlos tan juntos y tan enamorados. Por si las ya enormes confusiones de su mente no fueran suficientes, ahora agregaba unos por demás estúpidos celos.
Y fueron precisamente esos celos los que de pronto convirtieron ese sentimiento en algo añejo, los que guiaron su mente a momentos compartidos de desamor con ese hombre que orgulloso llevaba a su esposa de la mano. ¡Pero ahora los había perdido! ¿Dónde estaban? Se detuvo frente a un Starbucks buscando desesperado, mientras que su mente enviaba memorias de gritos y juegos infantiles.
"Archie, tengo un nuevo invento; esta vez he creado una máquina para hacer ejercicios"…
"¿Y sí funciona? No lo creo".
"Es mejor que aprendas a mirarla de lejos, como hago yo"…
"¿Te refieres a Candy?"
-Archie… Archie y Candy – susurró al viento completamente emocionado – finalmente lo lograste, hermano.
Stear se sorprendió deseando poder abrazar a su hermano. Se había mantenido lejos, protegiéndolo de no envolverse en su mundo obscuro y triste.
Por un momento su memoria fue clara pero ya era demasiado tarde. Los ojos de miel, los más más recurrentes en sus sueños lo miraban azorados, asustados y caritativos al mismo tiempo a través del escaparate del café. La miró entonces a ella y descubrió dolor… el más grande dolor que jamás hubiera visto. Y era por él… él la había lastimado. Prestó atención al reflejo de su imagen y se sintió avergonzado. ¿Cómo había permitido que ella lo viera así? En su peor estado: Como si él ya no fuera un hombre. ¡Maldita sea! ¡Debo desaparecer ahora mismo!
Stear corrió hasta su refugio. No quiso escuchar. Se negó a prestar atención a las voces que lo llamaban y corrían tras él como en un juego de niños. Su mundo ya no eran las camas suaves, los edredones de seda china o de lino egipcio; hacía tiempo que no sabía lo que era comer al menos tres veces al día y por supuesto, había olvidado la sensación de un buen baño. Llegó a su territorio rogando porque el snob de su hermano no se hubiera atrevido a pisar ese lugar donde el aroma a orines contaminaba el ambiente.
Por supuesto, eso era demasiado… Archie no se detuvo y Stear resopló esperando que su guardia hiciera lo suyo y le impidieran el tránsito en los dominios del sargento.
-Debí imaginarlo. ¡Diablos, Archie! – Stear descubrió que su hermano estaba siendo abatido y si no actuaba pronto seguro que no viviría para contarlo.
Y ahora lo tenía sufriendo en sus brazos, vomitando sangre, con sus ojos perdidos.
-¡Archie! – lo llamó casi desesperado – llevé en mi espalda a hombres más dañados que tú, pero que nunca dejaron de pelear, así que sé valiente y ayúdame a ayudarte. No es momento de perderte.
Su hermano abrió los ojos y aceptó el reto.
Stear lo puso de pie una vez más y comenzó a caminar a grandes y veloces zancadas. Era tal su adrenalina que no se dio cuenta que su hermano había dejado de cooperar y por su boca expulsaba un volumen superior de sangre.
Para su sorpresa, un imponente vehículo todoterreno se abrió paso en esa zona de indigentes.
-¡Stear! ¡Aquí! – lo llamó Terry.
Sin saber de dónde, el sargento reunió la fuerza suficiente para subir a su hermano al vehículo y luego subió como copiloto.
-¿Sabes dónde está el hospital más cercano, Terry?
-Sí, por supuesto, Stear.
Stear entró al hospital dando grandes voces, pidiendo ayuda, con su hermano en brazos.
-Sargento Cornwell ¿es otro de sus muchachos? – preguntó la enfermera de emergencias.
Archie tenía su rostro cubierto por su cabello. Él estaba sucio, golpeado e inconsciente.
-¡Es el bombón tres! – exclamó la mujer cuando pudo ver su rostro – seguro que lo asaltaron.
-Gracias por traerlo, sargento, nosotros nos haremos cargo.
Alistar no dijo nada. Solo miró hacia donde la camilla se había perdido, arrastrada por un grupo de médicos y enfermeras, sintiendo sus brazos vacíos, desesperado por la salud de su hermano. Terry se detuvo a su lado también mirando cómo Archie se perdía detrás de unas enormes puertas.
-Señor, señor – lo llamó la enfermera, pero Terry ahora estaba en shock.
Esta situación era demasiado; definitivamente, ser amigo de los Andrew era como misión imposible.
-Señor, señor…
Y nada… Terry estaba tratando de pensar cómo le daría la noticia Candy.
-Señor, señor…
-Creo que voy a traer a Candy al hospital, cuando esté aquí le diré lo que pasó para que me ayuden atenderla si se me vuelve a desmayar…
-¡Bombón uno! – le gritó la enfermera con exasperación – usted conoce al bombón tres, así que necesito sus datos.
-Señorita: El sargento Cornwell es el hermano mayor de su bombón tres, estoy seguro de que él quiere hacerse cargo a partir de aquí, ¿no es así, Stear? – por alguna razón Terry concluyó que era necesario traer a Stear a la realidad y esta era una buena forma.
-¿Es eso cierto, sargento? ¿Usted es hermano del caballero? – preguntó con la incredulidad en su rostro.
-Así es. Es mi hermano menor – Stear sacó la billetera de Archie para darle las identificaciones a la enfermera y luego le entregó sus propias identificaciones.
Alistar proporcionó los datos de su hermano, hasta donde él recordaba y mientras tanto, Terry estaba en un gran dilema: No quería llamar a Candy, deseaba no tener que hacer esta tarea, pero sabía que era imposible, tarde o temprano debía llamarla. Pero no quería darle la noticia por teléfono, porque temía su reacción.
-Stear, escucha, necesito darle la noticia a Candy pero debe ser personalmente.
-¿Por qué no solo la llamas?
-Stear, es complicado. Su salud no es la mejor en este momento. Temo que esta noticia le cause alguna complicación.
-Candy es fuerte.
-Ya no más… verás: Tanto ser fuerte, lastimó su corazón… literalmente… - Terry clavó sus ojos en los de Stear con seriedad.
-Tengo que irme. ¿Tienes teléfono?
-El de Archie.
-Sí, por supuesto, así fue como los encontré.
-Déjame verlo.
Alistar extendió el teléfono de Archie a Terry y él revisó la batería, que estaba en muy buen estado. Luego le enseñó a hacer y a recibir llamadas.
-Seguramente, Candy va a empezar a llamar, por favor, no le respondas. De hecho, no le respondas a nadie, solo a mí. Cuando alguien esté llamando, verás su número y fotografía en la pantalla.
La jefa de enfermera, quien estaba en la estación, se dio cuenta de los planes de los caballeros por su lenguaje corporal y llamó a Terry cerca de ella.
-Señor Grandchester, no puede dejar a cargo al sargento Cornwell. Ahora usted lo ve muy bien, pero tiene episodios en que él se pierde. No lo deje solo. Si usted se va, corre el riesgo de no encontrarlo cuando vuelva porque su mente lo confunde de vez en cuando.
Terry respondió solo con un signo de interrogación en sus ojos y la enfermera continuó.
-Conocemos al sargento Cornwell porque es el líder de los indigentes bajo el puente. Todos lo quieren y lo respetan. Él vela por ellos y cuando necesitan ayuda de emergencia se asegura de traerlos al hospital. Es un gran tipo, su único problema es que esporádicamente tiene episodios en que se confunde y cree que aún está en el golfo. Cuando eso sucede, puede ser muy violento y solo desaparece.
Terry tenía que pensar rápido, porque su teléfono comenzó a sonar, era obvio que del otro lado de la línea estaba Candy, desesperada porque acababa de intentar llamar a Archie y no le respondía, pero su aplicación de Buscar amigos le decía que estaba en el hospital. Y así fue como se lo explicó a Terry.
-Sí, Candy, lo siento. El elegante se cayó, se lastimó un pie mientras corría… ¿Quieres que vaya por ti? Ahora mismo le están haciendo unas radiografías y yo tengo su teléfono.
-¿Encontró a Stear? – ella atropelló las palabras. Sentía su corazón latir desesperado. Las manos le temblaban, igual que su voz.
-¿Stear? Sí, claro… aquí está en el hospital. Pero por favor, guarda la calma, necesito saber que puedo contar con que serás prudente. Pronto podrás hablar con el inventor – el duque de Grandchester solo vio cómo Alistar suspiraba profundo y resignado.
-Tomaré un taxi para ir al hospital, no dejen solo a Archie.
-De ninguna manera. No lo permitiremos. No andarás sola en la noche en Nueva York.
-De acuerdo, aquí te espero – la voz que había usado Terry no le permitió a Candy una negación.
-Terry, yo me quedo con mi hermano.
-Sargento Cornwell – interrumpió la enfermera – conoce las reglas, no puede estar en el hospital si no se ha aseado. Vaya y tome un baño para que pueda estar aquí. Entre personas con autoridad nos conocemos, este es mi campo de batalla y yo doy las órdenes aquí. Usted no puede estar aquí en la sala de emergencias si no se asea.
Terry comprendió de inmediato las órdenes de la enfermera, así que tomó a Stear del brazo y lo condujo al todoterreno.
-¿Stear, quieres manejar? – Terry le aventó las llaves al sargento y él las miró con incredulidad.
-Pero Terry…
-Ayúdame Stear, no puedo concentrarme, estoy pensando en lo que le diré a Candy, por favor, no tengo cabeza para agarrar el volante.
-De acuerdo, lo haré.
Los caballeros no cruzaron palabra durante el trayecto. Terry no había mentido. Aún tenía que decidir cómo le daría la noticia a su amiga, seguro que sería muy duro para ella.
En el lobby del edificio había muy poca gente. Terry saludó con naturalidad sin hacer caso de las miradas de asombro de los inquilinos que encontraba a su paso cuando lo miraban acompañado de un indigente. Llegaron al departamento y Terry usó su llave; Candy ya estaba esperando con su bolso en mano, no esperaba que llegara acompañado de Alistar.
Él se detuvo en el recibidor del departamento, como una estatua, con sus ojos curiosos, perdidos en el verde mirar de la mujer frente a él, e incapaz de acercarse.
-¡Stear! ¡Stear! ¡Stear! – ni un solo reproche salió de los labios de Candy. Todo lo que hizo fue abrazarlo, sin si quiera prestar atención a su hedor.
Él la abrazó…
La abrazó y su sentimiento fue indescriptible. Jamás la había tenido en sus brazos, pero se sentía realmente bien. La sintió estremecerse mientras lloraba y luego él liberó las lágrimas que lo habían aprisionado por mucho tiempo.
-Candy – fue todo lo que pudo decir el sargento.
-Siento interrumpirlos, sé que tienen muchas cosas qué decirse, pero no tenemos mucho tiempo. Stear, ven conmigo.
Terry condujo a Alistar a uno de sus cuartos de visitas. En el baño había de todo lo que pudiera necesitar. Mientras Stear se bañaba, Terry le hizo llegar ropa nueva y unos minutos después, el hombre que salió al encuentro de Candy y Terry era, al menos por fuera, el mismo hombre de antaño, vestido casualmente con la firma de Dior y con aroma a mirra e incienso combinados con maderas de oriente.
Stear se quitó sus anteojos, porque sentía que no iban con su atuendo. A decir verdad, a él le gustaba ser limpio, eso era una de las cosas que más extrañaba de su vida anterior a la invasión de Afaganistán. Se había afeitado y lucía realmente muy varonil.
-Stear, luces muy guapo – le dijo Candy con sus mejillas ruborizadas.
-Creo que usaré solo lentes de contacto. Las únicas veces que me has dicho que soy guapo, ha sido cuando no tengo anteojos, Candy – él le sonrió con cariño, disfrutando del rubor en las mejillas femeninas.
-Vamos – les dijo Terry mientras seguía debatiéndose sobre cómo decirle a Candy la verdadera razón por la que Archie estaba en el hospital.
Esta vez, volvieron al hospital en el Lamborghini. Terry deseaba despertar en Alistar su antigua curiosidad, así que le dio las llaves nuevamente.
Cuando llegaron al hospital Alistar se acercó a pedir informes sobre su hermano.
-¿Quién pregunta por él? – dijo la enfermera, que no había reconocido al sargento.
-Su hermano, el sargento Cornwell – respondió Stear, aun sintiéndose extraño.
-¿Usted es el sargento Cornwell? – la enfermera estaba agradablemente azorada. El hombre frente a ella era un Adonis –. Tome una ficha, usted se acaba de convertir en el bombón número cuatro – respondió boquiabierta. El sargento era realmente guapo, con esos ojos negros profundos, como si tuviera una vida llena de experiencias y esa leve mueca que no lograba convertirse en sonrisa.
-Señorita ¿Cómo está mi hermano? – preguntó sin hacer caso de la broma local de las enfermeras.
-Su hermano tuvo una hemorragia interna a causa de un fuerte golpe en el costado. Pero él es muy fuerte, se repondrá. No necesitó cirugía; a causa del golpe tuvo un traumatismo contuso que no afectó sus órganos afortunadamente. Perdió la consciencia como consecuencia del vértigo.
La enfermera miró hacia Candy, que estaba sentada cerca de Terry, quien, al parecer, aún no le había dicho nada.
-Sargento, si me permite: Creo que puede dejar de preocuparse por su hermano para prestar más atención en la doctora. Ella estuvo aquí por su corazón y el médico les prohibió a los bombones que ella tuviera emociones fuertes. Ella tiene el síndrome del corazón roto, puede ayudar a reconfortarla. Trate de que ella no vuelva a sufrir.
-Sí, señorita – fue lo único que pudo decir el piloto.
-Sargento, siento inmiscuirme; pero usted es un gran hombre y por lo que pude conocer a su familia, ellos también son gente buena. Debería darse una oportunidad, mírese… no puede pedir nada más.
-Gracias.
-Dígale al bombón uno que puede decirle la verdad a la doctora Candice. Si ella sabe que uno de sus prometidos está bien, seguro que estará más tranquila – la enfermera sonrió por la vigencia de su broma.
-¿Uno de sus prometidos?
-Sí. ¿No lo sabía? Ellos se turnan – la enfermera añadió picardía y Stear sintió que los colores se le subieron al rostro. ¿Cómo era eso? –. Quizás a usted también le den un turno, lo digo por cómo la mira.
-Ella es mi cuñada. Mi hermano y ella se casaron esta tarde – le dijo sin saber cómo responder a ese extraño sentimiento.
-¿Y el bombón uno ya lo sabe? Esto parece una novela – respondió ella con una pequeña sonrisa.
-Pues ella lleva su argolla, supongo que ya se ha dado cuenta.
-Cierto… dígale al bombón uno que siempre puede contar con nosotras… - esta vez la sonrisa fue de tal sugestión y coquetería, que Stear no pudo evitar devolverla con una sonrisa más grande.
Alistar decidió que él le daría la noticia a Candice; era su paladín, le correspondía cuidar de ella ya que su hermano estaba en problemas a causa de él.
-Candy, Terry – carraspeó un poco – Archie está bien. En un momento podremos verlo.
-¿Por qué se están tardando tanto? Unas radiografías no requieren mucho tiempo – inquirió la médico.
Stear suspiró profundo, armándose de valor. La miró con la profundidad acostrumbrada y luego se agachó para poner su rostro cerca del rostro de la médico. Con cariño tomó las manos de su conejillo de indias y le habló cariñosamente:
-Archie tuvo un enfrentamiento con cuatro hombres y lo golpearon, Candy. Pero él está bien. Ya tus colegas le hicieron exámenes de sangre, gastroscopía y colonoscopía.
-Auch… - dijo Terry, sintiendo su piel erizarse – el elegante sí que es valiente.
-Terry, no bromees – lo retó Candy –. ¿Pero cómo sabes que está bien, Stear? – ella se puso pálida, como la nieve –. Quiero hablar con su médico – se levantó, pero no bien dio un par de pasos, cuando se sintió mareada.
Stear la sujetó de su brazo y ella le confió todo su peso. Terry de inmediato se acercó y le pidió ayuda a una enfermera, manteniendo la calma.
-Doctora, Andrew, debe mantenerse tranquila – le advirtió la enfermera – venga conmigo.
-No, no quiero. Estoy bien.
-Sólo debo asegurarme de que lo que me dice es verdad, le tomaré sus signos vitales.
-Estoy bien.
-Claro que no estás bien – le dijo Terry –. Por favor, señorita, haga lo que debe hacer –. La voz de Terry había temblado y esta vez no pudo disfrazarla.
Un enfermero se acercó con una silla de ruedas y los caballeros ahora vieron a Candy desaparecer.
-¡Vaya! Parece que no sirvo para cuidar de Candy – se quejó Terry.
Alistar no pudo decir nada. No podía creer verla tan débil. Para él, ella siempre había sido la chica fuerte y autosuficiente. Guardó silencio.
-Terry, enséñame a usar este teléfono. Quiero buscar en la red todo sobre el corazón roto.
-Por supuesto…
Ambos estaban satisfaciendo su curiosidad cuando pocos minutos después la enfermera se acercó a ellos.
-La doctora no está por completo bien – los ojos de la enfermera eran como las espadas – y además, está débil. ¿Sabían que no ha cenado? En su estado ella no puede darse el lujo de faltar a sus alimentos, se estaba recuperando. Y las emociones del día de hoy, por supuesto que la alteraron.
-Lo siento, señorita, usted tiene razón en querer matarme con la mirada – aceptó Terry enojado consigo mismo.
-Ahora mismo me encargaré de que coma algo, pero usted, señor Grandchester… - la enfermera iba a continuar con su regaño, aunque luego se puso en los zapatos del bombón y respiró profundo –. La doctora Andrew está en un cuarto privado, supuse que no debía escatimar en gastos, así que la enviamos al mejor. Les mostraré.
Los caballeros agradecieron tener un poco de privacidad. Ambos odiaban los hospitales y prefirieron aislarse. La enfermera se comprometió a enviarles al médico tratante de Archie en cuanto fuera posible.
-Le administramos analgésicos a la doctora para ayudarla a tranquilizarse. Veré qué puedo averiguar. Seguro que con una buena noticia ella estará mejor.
-Candy – Stear se colocó al lado de ella, sin atreverse a tener demasiado contacto. También para él eran demasiadas emociones. Temía que alguna crisis pudiera sobrevenirle. Ella se veía tan indefensa en esa cama.
-Stear, lo siento, yo debería estar cuidando de Archie.
-Archie está siendo atendido, Candy, no hay nada que puedas hacer ahora.
El teléfono de Archie comenzó a sonar y Alistar lo extrajo de su pantalón.
-No sé quién es Paul, pero ha estado insistiendo en su llamada.
-Permíteme, Stear, por favor – ella aceptó la llamada y antes de decir palabra alguna, se escuchó la voz apresurada y entusiasta de Paul.
-Archie, después de lo que te voy a decir, será mejor que me des un buen aumento – advirtió –. Los requerimientos han sido autorizados y conseguí que la audiencia se adelantara para pasado mañana – un grito de felicidad acompañó la frase –. Ahora dime, jefe ¿quién es el mejor, eh? ¿quién es el mejor? – no cabía duda de que Paul estaba sonriendo del otro lado de la línea.
-Paul, soy Candy.
-Oh, Candy. ¡Pásame al holgazán de tu novio, que últimamente se pierde de sus obligaciones!
Después de que Candy le explicó la situación a Paul, él guardó un silencio casi sepulcral.
-¿Pero cómo está, Candy? – había dolor y preocupación en Paul –. Tú sabes que es mi amigo, es como mi hermano menor. Candy, por favor, no me mientas.
-Archie está bien, Paul. Pero no podrá atender la audiencia.
-Eso no es problema, podemos justificar su ausencia.
-Tú tendrás que representar a Cornwell Petro, Paul. ¿Lo harás, verdad?
-Claro que sí, Candy, no te preocupes. En cuanto puedas, dile a mi jefe que las acciones se estabilizaron y que de seguir así, seguramente, tras la audiencia estaremos de nuevo a la alza.
-Me alegro, Paul. Seguro que Archie estará mucho más tranquilo.
-¿Candy, cómo estás tú?
-Estoy bien, Paul.
-¿Estás sola, Candy? ¡Diablos! ¡Cómo quisiera poder estar ahí para cuidarte! ¿Quieres que vaya contigo?
-No. No es necesario, Paul. Gracias. No estoy sola. Terry está conmigo y no estamos solos.
-Me alegro, Candy. Llamaré pronto para averiguar sobre Archie, si me lo permites.
-Por supuesto, muchas gracias por preocuparte por nosotros.
Los sedantes que le administraron a Candy la mantuvieron tranquila. Terry se sentó en una silla muy cerca de ella mientras estaban en silencio, los tres perdidos en sus propias preocupaciones, pero sin duda, el que estaba más preocupado era él, Terry. Sus ojos de zafiro se veían alertas, sin bajar la guardia. Él tenía el panorama completo. Él estaba preocupado por los tres, por Archie, Candy y Stear. La enfermera volvió y casi obligó a Alistar a tomar también un sedante; eso lograba que Terry se concentrara un poco más en Archie.
Con adoración, Terry tomó la mano de Candy y ella volvió su mirada hacia él.
-¿Así que el elegante finalmente se salió con la suya? – le sonrió mientras el joven acariciaba la exclusiva argolla de matrimonio.
-Sí – fue única respuesta antes de que ella se sonrojara hasta las orejas.
-Me alegro por ambos – él entonces prestó atención a la pulsera de Candy y descifró el significado de los dijes –; me parece que aquí falto yo – protestó y de inmediato se puso de pie para extraer su llavero del bolsillo de su pantalón. Pronto, unas bellas y pequeñas máscaras de drama en oro blanco estaban siendo colocadas con cariño en la pulsera de Candy –. Ya está, ahora sí, está completa. ¿Tú que piensas Stear?
Alistar estaba prestando atención a la distancia, pero se acercó como midiendo el terreno y tomó la mano de Candice para observar con curiosidad la pulsera. No pudo evitar sonreír cuando vio el avión que colgaba y que lo representaba a él. Su única reacción fue besar la mano de la médico y afirmar con plenitud.
-Me parece que ahora está perfecta tu pulsera, Candy.
La puerta se abrió y el médico entró.
-¿Cómo se siente, doctora Andrew? – fue su primera preocupación.
Ella no respondió porque se debatía entre su respuesta y su interés por la salud de Archie. El médico lo comprendió de inmediato.
-El señor Cornwell está bien, doctora. Logramos la hemostasia casi de inmediato. Es un hombre muy sano y fuerte. Ahora está dormido; lo hemos sedado. Usted es quien me preocupa en este momento.
El médico leyó la información de Candy.
-¿Hoy no me pide leer el electrocardiograma, doctora?
-No – respondió débilmente, como si no quisiera hablar de ello.
-Supongo que ya sabe que no está tan bien como aparenta ¿cierto?
Ella solo suspiró sin atreverse a mirar a nadie a los ojos.
-Necesito hablar con usted, señor Grandchester – era una voz preocupada y con reservas.
-Doctor, por favor. Terry no puede hacerse cargo de mí. No soy su responsabilidad. Lo que tenga que decir, debe decírmelo a mí – ella prácticamente exigió. Clavó sus verdes ojos en los del médico y él no tuvo más remedio que darle a ella las indicaciones.
-Nada que usted no sepa ya, doctora. El electrocardiograma muestra elevaciones mayores de 1.5 mm en un par de derivaciones del segmento ST; así que ya usted sabe que no estamos jugando, doctora. Dos elevaciones continuas y bueno… no queremos ni imaginarlo. Para que usted lo vea por sí misma y pueda descansar, le voy a permitir a usted y al sargento que vean al paciente. Creo que eso les hará bien a ambos.
Unos minutos después, Stear empujaba la silla de ruedas de Candy dentro del cuarto de Archie. Ella, obviamente no podía quedarse quieta. Leyó la historia de Archie y midió por sí misma sus signos. El doctor tenía razón. Él estaba bien. Sólo tenía un fuerte golpe en el costado, pero su rostro estaba perfecto, su pecho estaba en buen estado. Dormía apaciblemente.
Ella tomó la mano de su esposo y la besó. Lo último que deseaba era que él percibiera, allá en ese mundo, que ella no estuviera bien, así que se mantuvo tranquila.
-Archie, descansa. Te amo – le dio un beso en los labios y peinó su cabello –. Stear está conmigo, él me está cuidando, así que no te preocupes por mí.
-Archie, hermano, aquí estaré cuando despiertes.
Ambos abandonaron el cuarto de Archie mucho más tranquilos. El médico no les había mentido. Stear llevó a Candy de vuelta a su cuarto y luego le explicó que, si Terry se quedaba con ella, él cuidaría de su hermano. En realidad, deseaba estar con él a solas, quería pensar en las explicaciones que debía darle. Antes de que el sargento se embarcara en esa tarea, el médico le administró unos antidepresivos para ayudarle a mantenerse controlado.
Esa noche, mientras el médico hacía su ronda de costumbre, Stear lo interrogó. Fueron tantas sus preguntas que el médico fue capaz de armar el complejo rompecabezas que apesadumbraba al sargento.
-Sargento, usted debe recuperar su vida. Aún se está debatiendo en la disyuntiva de volver a su familia o continuar lejos de ellos. Recupere su vida; pero no porque se vea obligado, sino porque usted tiene el valor suficiente y necesario para enfrentarse a la realidad de que necesita ayuda. Acepte que no puede salir solo de ese mundo que lo persigue y que está dentro de su mente. Ellos lo necesitan. Su hermano lo necesita. Su cuñada… bueno… ella, según me enteré ha tenido una vida llena de pérdidas. Todos tenemos pérdidas y debemos sobreponernos al dolor; sin embargo, las pérdidas que ha tenido la doctora debieron ser realmente traumáticas por las circunstancias. El señor Cornwell permite la amistad de su esposa con el señor Grandchester porque él es una de es esas pérdidas y para ella es bueno contar con él. Además, según veo, él es un caballero digno de confianza. Ella lo ha recuperado y ahora son buenos amigos. ¿Se imagina usted este momento sin la ayuda del señor Grandchester? Ella sabe que puede contar con él. ¿Y qué hay de usted? Estoy seguro que usted también puede contribuir a darle un poco de consuelo al corazón de su cuñada. Veo que tienen una relación fuerte. Ella es importante para usted y usted lo es para ella. En ocasiones, pensar en las penas que sufren otros nos ayuda a olvidarnos de las nuestras – el médico ya no podía quedarse callado, había llegado demasiado lejos –. Sargento, permítase volver a su vida. Sea feliz. Si está preocupado por su gente debajo del puente, déjeme decirle que puede ayudarles más tomando su lugar en la sociedad, que viviendo como uno de ellos. Tome las riendas de su vida y contribuya para que la vida de quienes ama sea plena. Me parece que me he inmiscuido demasiado. Al final, la decisión es suya. Piénselo. Si se decide, yo puedo recomendarle el mejor programa de estrés postraumático. Es tal su éxito que hay pacientes recuperados al cien por ciento. ¿Acaso no es eso lo que más desea? ¿Una vida sin el fantasma de la violencia, con una familia feliz?
Esa noche, Stear usó el teléfono de Archie para averiguar más sobre estos tratamientos de los que le habló el médico. Leyó con interés casos de éxito. Algunos casos no se recuperaban por completo, pero tenían una mejora del ochenta por ciento al menos. El piloto no supo a qué hora se quedó dormido con un aire de determinación en su rostro.
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De mi escritorio: Muchas gracias por sus bellos mensajes de apoyo. Son ustedes maravillosas. Nos vemos en el siguiente capítulo.
Malinalli, a 14 de mayo de 2018. Torreón, Coahuila, México.
