Su mejor regalo, ¿Cuál había sido?

Butch comenzó a pensar la respuesta a aquella pregunta. Él jamás había festejado la navidad en su vida, o al menos no de la manera clásica. Cuándo era joven solía irse de fiesta a hacer cosas muy poco legales durante esas fechas, cada hermano hacia su propio camino.

Lo había festejado cuando era más pequeño, si mal no recordaba, con la familia que trabajaba en ese momento. Era uno de sus recuerdos de su infancia más felices, ya que el no había tenido la mejor vida. En ese momento recibió su primera y única guitarra que lo acompañaría hasta en los momentos más duros

Pero toda esta situación cambió cuando empezó a salir con Buttercup. No se lo olvidaba más. Primera Navidad de los Rowdys y las PowerPuff conviviendo que resultó, sorprendentemente, bastante pacífica. Y eso que todavía los otros no estaban en pareja.

Ahí fue cuando recibió más regalos que, literalmente, en toda su vida. Su novia, las hermanas de esta, incluso entre él y sus hermanos se regalaron algo. Y luego de esa navidad vinieron muchas más.

Aunque si había una que jamás en su vida podría olvidar, sería la primera Navidad siendo padre.

La familia entera había decidido pasar la fiesta en el pequeño departamento de los verdes, ya que el pronóstico de esa noche había dicho que el clima no iba a ser muy bueno, que se aproximaba una tormenta y que el frío iba a ser demasiado. Las pequeñas hijas de Butch estaban a punto de cumplir dos meses, es por esto que los otros miembros del grupo creyeron que iba a ser mejor celebrarlo ahí, ya que las niñas todavía eran muy vulnerables; en cambio los hijos de los rojos y los azules ya tenían un año.

Esa había sido una noche muy tranquila. Hasta que bueno, ellas crecieron y se convirtieron en dos demonios traviesos que lo único que hacían eran llenar de canas verdes a sus padres. De canas verdes y de amor, por supuesto.

Porque tampoco se podría sacar de la cabeza la vez que conocieron la nieve ellas, o cualquiera de sus hijos. No se podría olvidar de la imagen de ellos peleando con la nieve, haciendo muñecos, tomando chocolate caliente, abriendo sus regalos, decorando el árbol de navidad, haciendo angeles en el piso nevado, ayudándoles a cocinar. Jamás, jamás podría olvidarse ni de eso, ni de muchas cosas más. Jamás podría olvidarse de lo feliz que lo habían vuelto sus hijos.


Abuelo Butch, ¡Abuelo Butch! – el susodicho se sobresaltó al escuchar a su nieto mayor gritarle. Mierda, por qué se había puesto a pensar tanto por esa pregunta. La vejez lo estaba volviendo melancólico. – No has respondido la pregunta – remató su nieto mayor.

— Sí abuelo, ¡Dinos! – la pequeña Hayley de cuatro años le reclamó con sus ojos verdes brillando y su pelo naranja resaltando entre la blancura de la nieve.

— No lo sé niños. Estoy viejo ya como para acordarme de eso.

— ¡Mentira! Mamá dijo que nosotros no crecemos de la misma manera que los otros. Además ni siquiera tienes cincuenta – Maldito Butch JR, a quién había salido tan escéptico, pensó.

— Vale, vale. Ya entendí. Mi mejor regalo fue... – y su vista se detuvo mirando a todo su alrededor. A sus hijas, ya mayores, hablando con Buttercup. A sus hijos, Billie y Sophie riendo junto a la pequeña Lucy, la beba de dos años de Van. Luego los vio a los demás integrantes de la familia, riendo, tomando, jugando, haciendo lo que sea. Y, por último, observó a sus nietos.

¿Cómo fue que había pasado de la depresión extrema a esto, que era su completa felicidad?

Fue ahí cuando supo qué responder.

— Esto, Junior.

— ¿Esto?

— Sí.

— No entiendo.

— Lo harás cuando crezcas.


¡Feliz Navidad!