PRÓLOGO

La pobre luz que les proveía las antorchas estratégicamente puestas en las paredes, evitaba que fueran engullidos por la oscuridad que provenía de la cueva. El sonido reinaba fue interrumpido por el eco perpetuo que provenía del impactos de las gotas de la torrencial lluvia que se desarrollaba a las fuera del lugar, era lo único que se escuchaba ante el gran silencio incómodo que proponía la escena a la que ese grupo de personas atestiguaban.

Dos figuras se hallaban en el centro, uno postrados sobre sus rodillas flexionando su cuerpo, sus brazos intentando sostener la parte delantera de su cuerpo, su pecho se movía rápidamente ante la intención de recobrar el aliento y su mirada levantada, mirando fijamente a la persona frente a ella, una mandíbula apretada, dejando ver sus dientes apretados demostrando la ira que contenía y el gran ceño fruncido que notaba claramente a pesar de la sangre que la bañaba verticalmente.

Por otro lado, la persona frente a ella tenía una pose muy relajada, vestido con un traje completamente negro además de una casaca con una capucha que cubría su cabeza, en su mano derecha se podía apreciar las garras negras listas para atacar si era necesario y una máscara de tigre que cubría su rostro, y aun así uno podría estar seguro que hay una mirada indiferente en su rostro.

-Te dejaré vivir –habló la persona frente a él.

-Y que te siga ciegamente no me parece –contraataco, destilando ira en cada palabra pronunciada.

-Es mejor a que seas expulsado.

-Prefiero mil veces eso, a que tener que obedecerte como una polilla a la luz.

-¿Polilla a la luz? –Se escuchó la burla en su frase, eso lo hizo enojar más.

Reuniendo toda la energía que tenía, sintiendo como el dolor se intensificaba a cada movimiento comenzó a levantarse lentamente, sin quitar su mirada de él bajo la atenta mirada de los presentes. Cuando pudo estar sobre sus dos pies, escupió con veneno, odio e ira sus palabras.

-Eres un gatito asustado, que no desea que su mujer sepa la clase de escoria que eres –paró a recobrar un poco de aire antes de seguir –. Tanto miedo tienes que no trajiste a tu cría a la isla.

Todos los presentes quedaron estupefactos al ver cómo se atrevía a tocar un tema prohibido entre ellos, de hacerlo su destino era peor que la muerte.

-Lo que yo haga con mi hija es MI asunto.

-No cuando… esa niña será la que algún día nos lidere –el aire le faltaba.

-Ella no será líder de nada. No entrará a esta vida.

-Eso dices tú… Pero los enemigos del clan Amawaka son cientos, miles… No podrás protegerla de todos.

-Mientras viva, nadie le pondrá un dedo encima –dijo con firmeza.

-Ja… ¿Eso crees? –Preguntó mientras se erguía ante la atenta mirada de todos. Inhalo todo lo que pudo, antes de comenzar a decir, las palabras que lo condenarían –. Sí tanto miedo tienes, ¿por qué no mejor, tienes otra cría? Esta vez con una de la is-

Se vio interrumpido por un potente puñetazo que lo lanzó para atrás, al tocar el suelo sólo pudo sentir un pitido infernal que inundaba su cabeza, noto que su mirada estaba borrosa y había perdido la noción de donde estaba.

El causante de su estado, se acercó a paso decidido y con notable enojo. A su alrededor nadie se atrevía a respirar, sólo una persona entre ellos lo vio enojado de esa manera, y sabe mejor que nadie lo que puede pasar.

Llegó al aún desorientado hombre en el suelo y con fuerza lo agarró con su mano izquierda del cuello su casaca negra y lo acercó sin reparo a él.

-Estas muerto –era una confirmación. Apretó con más fuerza su agarre –, no te preocupes, nadie lamentará tu muerte.

Levantó la mano derecha, donde reposaban las garras negras y ante la vista de todos prosiguió la ejecución. Sin embargo, antes que este impactara en él, un ataque por su espalda lo obligo a detenerse y soltar al hombre.

El grupo y ambos hombres, dirigieron su mirada de dónde provino el ataque y vieron cinco individuos, uno flexionado dando a entender que él fue el autor del ataque.

-Nos disculpamos, Seigen Amawaka –habló el más alejado de todos –, pero no dejaremos que ejecutes a uno de los nuestros.

Seigen dirigió su mirada hacia el hombre en el suelo, notó una sonrisa llena de satisfacción y malicia observando a sus salvadores.

-¿Uno de los suyos, dices? –Preguntó sarcásticamente, mientras invocaba las garras negras en su mano izquierda –. Hasta donde tengo entendido, él es uno de los míos y estaba a punto de ejecutarlo.

-Siento decirlo, pero él desde hace mucho dejo de servir a la familia Amawaka.

-Es como dice, L-Í-D-E-R –dijo mientras se ponía de pie y encararlo.

-Tú… de aquí no saldrás vivo.

-Ya lo veremos.

-¡CUIDADO! –La alerta no fue a tiempo, cuando sintió como uno de los individuos intentaba atravesarlo.

De repente, todos los presentes comenzaron a atacar a los cinco individuos. Excepto una, quien se acercó a donde estaba Seigen y de inmediato fue a ayudarlo con la herida.

-Es superficial –dijo cuándo se acercó a él –. Yuzuru ocúpate del otro.

-Pero, Seigen hay que tra-

-Es más importante detenerlo a él, si las cosas van por lo que creo que van –respiró, encontrando las palabras que no deseaba pronunciar –. Mayura estará en peligro por el resto de su vida, tan sólo tiene unos meses de vida. No es justo que sufra eso.

Yuzuru lo miró con seriedad, entiende su posición como padre. Y está de acuerdo, que a Mayura hay que protegerla, no sólo por ser la hija del líder de la familia, sino por ser la futura líder de la familia, aun cuando Seigen se oponga.

-Lo entiendo.

Yuzuru se paró y se dirigió al hombre que trataba ponerse en pie para escapar durante el caos, cuando se acercaba, él la miró y se abalanzó hacia ella en defensa. Ambos cayeron al suelo, y comenzaron a forcejear antes que un tercero intervino a favor del hombre, empujándola y propiciándole una certera patada en la nuca, dejándola inconsciente de manera casi inmediata.

-Andando, Seigen no se quedará mucho tiempo con los brazos cruzados –mencionó mientras lo ayudaba a levantarse –. Tenías que quedarte más tiempo, ¿no?

-Era la única manera de confirmar el nacimiento de su heredera.

-Aun así fue muy riesgoso.

-Lo sé, pero ya no hay que preocuparnos. La parte difícil ya está hecha.

-¿Eso crees? –Ambos voltearon ante la tercera voz a sus espaldas.

Parado a sus espaldas estaba Seigen, ya sin la máscara. Ahora se podía apreciar, las ojeras que resaltaban bajos sus ojos, su ceño fruncido, señal clara de su enojo, y una sonrisa vacía. En sus manos se mostraban las garras negras, listas para atacarlos.

Ninguno perdió el tiempo y busco atacar, siendo el vencedor Seigen al dar un zarpazo con su garra derecha cortándoles a ambos en pecho, la sangre se hizo casi de inmediato presente creando un charco a rodillas de cada uno.

-Ahora –su voz resonó, ambos sintieron escalofríos solo escucharlos –. Quédense quietos para cortarles las cabezas, ¿entendido?

Se acercó dispuesto a acabar con todo de una vez, pero no contó con que ambos en un acto de desesperación le lanzaran pequeñas rocas que sirvieron como una distracción de un segundo para que uno de los dos, lograran invocar una pequeña daga que la lanzó directo a él.

Seigen se puso en posición para desviarla, pero antes de que chocara con él, esta exploto creando una luz potente seguida de una nube de humo que cubrió a todos en la cueva.

-¡YA ESTOY HARTO! –Bramó lleno de ira y recordando los letales, sanguinarios e inhumanos entrenamientos de su padre, los localizó antes que se escaparan.

Se impulsó con todas sus fuerza, saliendo de manera veloz de la nube ante la incertidumbre de los que estaban escapando, y siguiendo su instinto enterró su garra derecha en el cuerpo del hombre, causante de todo, atravesándolo sin mostrar remordimiento, dándole una mirada vacía, una mirada que un miembro del letal grupo asesino Ritsu posee.

-Morirás –era una orden, mientras veía como sus compañeros lo alejaban de él, forzando a que las garras salieran de él. Dejando que la sangre brotara desenfrenadamente.

Con lo poco de conciencia que le quedaba lo miró y antes de desvanecerse pronunció una verdad absoluta para los hijos de la familia Amawaka.

-L-los … h-hijos… pagan por los… pe-pec-cados de sus padres, Seigen.