Capítulo 6: ¿Disculpas?

Se encontraba caminando por los pasillos de la universidad, en dirección al aula en donde Historia debía de estar. Estaba nerviosa y para empeorar su estado, media universidad volteaba a verla cuando ella pasaba. Llevaba consigo el peluche que era muy difícil de ocultar y llamaba mucho la atención. Para ser sincera con ella misma, no tenía ni idea que le diría a la otra chica. Quería reparar lo que había hecho, sí, pero no tenía una excusa creíble para explicar sus acciones. A pocos metros del aula, ella pudo visualizar a Historia hablando con un chico alto y fornido. Ymir podía jurar dos cosas, que el chico parecía estar coqueteando con Historia y que aquel chico era nada más y nada menos que Reiner. No podía ser. ¿Reiner no era gay? Recapacitó, no, era bisexual. Y si alguien estaba seguro de eso era ella; ya que en la secundaria tenía una constante guerra con Reiner, de quien conquistaba a Historia primero. Guerra que al final terminó de ganador ninguno, porque ninguno tuvo el valor de hacerlo, por miedo a no ser correspondido. Porque la pequeña rubia se comportaba igual con todos, atenta, comprensiva, buena gente, sin dejar en claro, por quien podía sentir algo más que amistad. En el último año el único que tuvo valor de confesarse fue Bertholdt. Ante aquella confesión Reiner acept partir de allí se hicieron novios. Claro que para Ymir todo eso había sido un alivio. Bertholdt. Eso la llevaba a lo que ahora estaba aconteciendo frente a sus ojos. ¿Qué hacía allí Reiner y que había con Bertholdt? ¿Braun era tan descarado de pegarle los cuernos a Berth en la misma universidad? Ella suspiró y se acercó más a ellos. Cuando ya estaba a pocos pasos de ellos pudo ver un sonrojo en las mejillas de la otra chica. El pánico se apoderó de ella, no podía ser. El sonrojo de Historia le dejaba en claro sus sospechas. En ese momento ella decidió que retirarse, era la mejor opción. Debía irse antes que ellos se dieran cuenta. Su plan de retirada se fue al caño cuando su vista se cruzó con la de Historia. La otra muchacha frunció el ceño y Reiner volteó a ver en dirección a Ymir.

—Mira ahí está, por fin lo trajiste —dijo Reiner mientras se acercaba a Ymir y le quitaba el peluche que ella traía. Ymir por la confusión no opuso resistencia.

—Gra…gracias, Reiner —dijo Historia en tono nervioso y con un sonrojo. Reiner le paso un brazo por el hombro a la rubia y ambos comenzaron a alejarse. Ymir no pudo más y habló. Los otros voltearon

—¿De qué diablos estás hablando? Historia, yo fui la que compró el peluche por mi cuenta. No es un regalo de Reiner, es un regalo mío —dijo Ymir haciendo énfasis en "mío"—. Lamento haberte tirado el otro, pero es que… —suspiró—. Pero es que lo hice por celos, si por celos. Historia… tú me gustas —soltó por fin Ymir.

Hubo un silencio incómodo por unos segundos hasta que una de las partes implicadas habló.

—Lo… lo siento Ymir. Yo… yo no te puedo ver de esa manera —dijo Historia y luego dejó caer el oso de felpa y se fue del lugar.

—Historia…—dijo Ymir y luego volteó a ver a Reiner

Éste tenía una sonrisa burlona de medio lado en su rostro

—Pero que carajos Reiner. ¿Por qué y qué hay de Bertholdt?—dijo ya gritando Ymir.

—Me dejó y fue todo por tu culpa. Mira el lado positivo, ya te dejó en claro que ella no te ve más que como amiga, asi que ya no tienes que seguir gastando dinero para nada —dijo Reiner con su sonrisa y luego giró para comenzar a caminar. Ymir tensó el puño, Reiner iba a pagar caro esa humillación.

—¡Reiner! —dijo Ymir mientras se acercaba a Reiner con la intensión de golpearlo.

Ymir… Ymir… joder Ymir…

Ymir parpadeó un par de veces y levantó su cara de la mesa, frente a ella estaba Annie y ahí se dio cuenta que estaba en su casa. Mierda, se había quedado dormida estudiando encima de la mesita de té. Al menos todo aquello había sido una maldita pesadilla.

—Que asco, te babeaste —dijo Annie mientras señalaba los papeles que estaban en la mesita de té, para luego alejarse de la morena.

Ymir se limpió con el dorso de la mano la comisura de la boca y observó sus papeles, que ahora, estaban mojados. Respiró profundo demostrando hastío; se había acostado tan tarde la noche anterior, trabajando en esa tarea, para luego quedarse dormida sobre ella y arruinarla. Se levantó sin mucho ánimo, fue a su cuarto y regresó con un secador de pelo en las manos, lo conectó, lo prendió y lo pasó por los papeles.

—¿Es en serio? —preguntó Leonhardt con una ceja arqueada.

Ymir solo asintió y continuó secando los papeles. Después de unos minutos apagó el secador miró los papeles que ahora estaban secos; pero arrugados, y los guardó en su mochila. Luego se bañó y se alistó para ir a la universidad. Cuando iba a salir de su hogar, se percató del peluche que había comprado el día anterior. Después de aquel sueño, o más bien pesadilla, había perdido el poco valor que había ganado, y ya no se atrevía a dárselo a Historia ¿Qué pasaría si aquella pesadilla era más bien una premonición? Pero a la misma vez se había gastado sus ahorros en comprar el dichoso oso, como para que ahora se echara para atrás y no lo entregara. De repente se le vino una idea a la mente. Tal vez si le enviaba el oso con alguien más, sería más fácil. Asi no tenía que darle la cara, ni explicarle nada a Historia. Definitivamente era la mejor opción, haría eso. Miró su reloj de muñeca y se percató que tenía aún tiempo antes de su clase. Se acercó a Annie, quien estaba tranquilamente desayunando en el sofá.

—Oye Annie ¿me harías un favor?

—Depende—dijo Annie sin prestarle mucha atención.

—¿Podrías entregarle el oso a Historia? No tienes que decirle nada solo…

La morena fue interrumpida.

—Ni lo pienses. No pienso entregarle nada a nadie —dijo Annie mientras negaba con la cabeza.

Ymir se quedó callada, pensó y volvió a hablar.

—¿Y si te pago?

En ese momento Annie dejó de negar con la cabeza y pareció contemplar la propuesta hecha por Ymir. Después de unos minutos pensándolo, finalmente volvió hablar. Sólo dijo una palabra.

—¿Cuánto?

La morena lo pensó un poco y contestó.

—Diez, te los daré hoy por la noche, porque hoy cobro.

—No, ahora o no hago nada —dijo Annie tomando su último bocado para ir a la cocina y lavar su plato.

—Annie, por favor. Sabes que me quedé sin ahorros. Te lo doy hoy por la noche —dijo Ymir.

Annie suspiró.

—Quince y más te vale que me des el dinero hoy —comentó Annie.

La morena no pudo objetar nada, pues ya Annie se había retirado a su habitación. A Ymir no le quedó de otra que aceptar e irse a la universidad pues ya se le estaba haciendo tarde.


Annie había pensado que su tarea era bastante sencilla, solo consistía en tres pasos: coger el peluche, buscar a Historia y entregárselo. Pero no había sido así de sencilla como lo había pensado y planificado. Primero, había accedido sin si quiera saber dónde Historia debía de estar. Segundo, al andar con un peluche de ese tamaño, y para colmo tenerlo en manos, la apática Leonhardt, atrajo la atención de varios curiosos. Más aún cuando al final decidió ir a su clase, llegó tarde; al entrar todo el salón volteó a verle. En el trayecto, Annie al ir a sentarse golpeó con el peluche las cabezas de varios compañeros. Acción que les hacía preguntarse si ella lo hacía voluntaria o involuntariamente. Ahora la rubia solo esperaba una cosa, que al salir de clases Historia estuviera esperando a Armin, como otras veces. En el transcurso de la clase, Annie sentía la mirada de alguien sobre ella, pero cuando ella miraba a la dirección que sentía la mirada, la persona dejaba de mirar. Ella no sabía quién era. A la cuarta vez logró girarse a tiempo y su visita se cruzó con la de la persona, Armin. El muchacho bajó su vista, apenado y el resto de la clase, no volvió a sentir esa mirada. Al final de la clase, como siempre, tanto Annie como Armin, fueron de los últimos en recoger sus cosas y salir. Afuera del aula, en efecto estaba Historia esperando. Annie sin pensarlo dos veces, y aprovechando que Armin aún seguía adentro, tomó el peluche y se lo dio bruscamente a Historia. Ésta, por su parte, le miró entre intimidada y confundida.

—Toma. Ahí te envían —dijo Annie y comenzó a alejarse.

—Eh… ¿Qué? ¿Quién?—preguntó tímida la rubia de menor estatura.

Annie no contestó, la contestación era obvia, la misma persona que la había cagado en la feria. Leonhardt siguió su trayecto, ella ya había cumplido con su mandado, entregar el peluche. Se puso sus auriculares y le dio reproducir a la canción de "Death Metal "que tenía, llevándose varias miradas de otros, pues la música se oía aún con audífonos. Annie siguió como si nada, contemplando las múltiples opciones que tenía para gastar esos quince dólares. Compraría algo dulce. ¿Qué sería? Si, una docena de donas, pensó la rubia con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Siguió su camino dejando atrás a una rubia confundida.