Capítulo 8.
Erika caminaba tranquilamente al lado de Alessio y Fabio, admirando el paisaje japonés; hacía muchos años que no visitaba Japón y ésta era una hermosa región que ciertamente no conocía con anterioridad. Al igual que el resto de la selección italiana, los jóvenes también se encontraban en la ciudad para presenciar el partido inaugural del Campeonato Mundial Juvenil Sub-19, que en cuestión de algunos minutos daría comienzo. Los tres pasantes habían aprovechado que al final todo el equipo asistiría al evento para viajar con ellos y no tener que tomar el tren desde Tokio hasta Kashima; sin embargo, al descender del autobús, ellos habían preferido continuar el último trayecto del camino a su propio ritmo, siendo que en este momento ya iban muy separados del resto.
- ¡Vaya que son rápidos!.- comentó Alessio, de pronto-. Ya nos dejaron muy atrás.
- ¿Y qué?.- respondió Fabio, encogiéndose de hombros-. Ni que nos fuéramos a perder, según las indicaciones que nos dio Gino, está muy sencillo llegar.
- Y si no, podremos seguir a cualquiera de los cientos de japoneses que van por allá y que seguramente se dirigen al estadio.- terció Erika, con una sonrisa divertida y señalando a dos personas que pasaban a lo lejos con uniformes de la selección de Japón con banderas pintadas en sus rostros.
La pasante había estado presente cuando Gino solicitó el permiso para asistir al partido y también cuando el entrenador concedió el mismo para todo aquél que quisiera asistir al evento; fue en ese instante que a la joven se le había ocurrido que, quizás, también podría ser una buena idea que el cuerpo médico presenciara el encuentro, pues conocía de sobra que las extrañas y peligrosas técnicas de juego, que tanto japoneses como extranjeros utilizaban, podían lesionar a cualquiera, sabiendo también que debían estar atentos ante estas situaciones.
"Sino preguntémosle a Genzo "Alfeñique" Wakabayashi, que siempre termina lesionado por algún rival", pensó divertida la pasante.
Por lo que, una vez que la reunión oficial terminó y los jugadores habían comenzado a retirarse, la joven se había acercado a su jefe inmediato, el Dr. Lucchetti, para solicitar el permiso correspondiente, pues consideraba que a pesar de que el entrenador Santoro había otorgado el permiso general, su deber era pedirlo de igual manera con el galeno, utilizando como argumento principal el tema de las lesiones y comentándole que el saber qué nueva clase de técnicas y tiros tenía el oponente les podría servir a ellos, como cuerpo médico, para estar prevenidos ante una sorpresiva lesión.
- Sabemos que muchos de los jugadores que se han lesionado con anterioridad, son por tiros nuevos de sus oponentes.- comentó Shanks-. O por lo menos desconocidos hasta entonces para ellos, ahí está el claro caso de Genzo Wakabayashi que se lesionó con los tiros de Cryufford y Levin pues desconocía sus potencias.
- En eso tienes razón.- comentó el Dr. Lucchetti, estando más que de acuerdo con el argumento presentado por la joven, por lo que aceptó de buena gana que asistiera.
El doctor entonces mandó a llamar tanto a Alessio como a Fabio para explicarles la idea de la joven y pedirles que por favor la acompañaran, a lo que ellos gustosos aceptaron de inmediato, siendo ésta la razón por la cual los tres se encontraban en este momento conversando tranquilamente mientras caminaban con rumbo al estadio.
- Estos campos de entrenamiento son realmente muy buenos.- comentó Erika, recorriendo con la mirada la extensa área verde que se encontraba a un lado de la calle que actualmente transitaban.
- Y al parecer se extiende hasta que termina esta calle y topa con la avenida.- comentó Alessio, a lo que los tres miraron hasta el final de la vialidad, en donde justamente parecía haber una avenida pues pasaba tráfico más pesado.
En esos instantes, el grupo de la selección italiana, que ya iba a varios cientos de metros de distancia de ellos, se encontraba llegando a la avenida principal y los jugadores comenzaban a doblar en la esquina del parque, para luego perderse entre la multitud de gente que se unía en ese punto y que también se dirigía al estadio.
- Yo creo que en definitiva no nos podemos perder.- comentó Alessio, con seriedad, mirando al mar blaquiazul de japoneses que se dirigían ordenadamente al estadio-. Por lo menos creo que resaltaríamos por la estatura y nos encontraríamos rápidamente.- agregó viendo como los jugadores italianos sobresalían del resto de las personas por su altura.
- Idiota.- respondió Fabio, aunque riendo ante el comentario.
Fue entonces cuando Erika alcanzó a divisar a Gino, quien iba platicando alegremente con Valentino; la joven pensó que el portero se veía tan animado que no parecía que unas horas antes su estado de ánimo había sido completamente diferente.
"Me da gusto ver que ya estás bien", pensó la joven.
Horas antes, luego de que el sermón terminó y no hubo nada más que decir, el entrenador despachó a sus jugadores para luego centrar su atención en sus asistentes y diferentes equipos de trabajo, quienes le presentaban reportes e información crucial para el desempeño de su labor. Los jugadores lentamente fueron levantándose de sus asientos y comenzaron a retirarse en silencio del lugar y, al igual que el resto, Gino también procedió a salir junto con ellos pero, cuando casi había llegado a la puerta, el entrenador, sin levantar la vista de uno de los documentos que le presentaba en ese momento su asistente, le llamó.
- Hernández, no te vayas, necesito hablar contigo.- fue cuanto dijo el técnico, centrando de nuevo su atención en los documentos.
El portero detuvo entonces su marcha sin responder y con una mirada tranquilizadora despidió a sus amigos, quienes silenciosamente salieron del lugar, dándole palmadas de apoyo moral en el hombro al tiempo en que pasaban a su lado pues no era desconocido para ellos lo que significaba esa orden.
"Sabía bien que esto pasaría", pensó el portero, suspirando apesadumbrado.
Gino esperó entonces parado junto a la puerta, sin hacer el menor ruido y paciente a que Santoro terminara con sus instrucciones y despachara a algunos de sus colaboradores; una vez que lo hizo, el hombre lo miró duramente.
- Ven acá.- le llamó con dureza-. Me tienes que explicar algo.
Gino obedeció y se acercó al entrenador, quien lo apartó un poco del resto de la gente que seguía en el lugar.
Para Erika, que era la primera vez que veía esta situación, le sorprendió mucho darse cuenta de lo que aparentemente estaba sucediendo, llamándole tanto la atención que no pudo apartar su mirada de los protagonistas de la escena para no perder detalle de la situación. A juzgar por las expresiones tanto del entrenador Santoro como las del propio Gino, éste último estaba teniendo su propia reprimenda particular, la cual parecía ser mucho más severa que la que les había dado a todo el conjunto, pues el joven sólo alcanzaba a asentir silenciosamente y con la cabeza cabizbaja. Erika se sentía algo incomoda y, ¿por qué no?, bastante molesta por presenciar la escena, creyendo que no era muy apropiado por parte del entrenador el estar regañando a Hernández cuando en la sala aun había suficiente gente presente como para ser testigos de la reprimenda.
- ¿Pero qué se cree?.- murmuró, deseando interrumpir la escena.
- Santoro suele ser en ocasiones demasiado duro.- comentó de pronto el Dr. Lucchetti, muy cerca de Erika, quien saltó de la sorpresa pues no se había percatado de la presencia del galeno a su lado.- Sobre todo con Hernández, a quién le exige el doble que a los demás.- continuó el hombre, con gesto paternal.
- Perdón, no quise….- comenzó a decir la joven, sumamente apenada de que la hubiera escuchado.
- Conozco a Santoro desde hace varios años.- continuó el doctor, después de sonreírle para darle a entender que entendía su enojo-. Y créeme cuando te digo que todo lo hace porque quiere lo mejor para ellos.
Erika ya no supo que pensar al respecto y por lo tanto no le pudo responder a su jefe, la verdad era que sí le había incomodado mucho el actuar del entrenador pues ella solía pensar que siempre había lugares y formas para aplicar los correctivos, además del hecho de que no le había agradado para nada ver las expresiones del portero.
Una vez que el entrenador terminó con la reprimenda y no tuvo más que decirle, despachó sin grandes ceremonias al portero, quien sin decir palabra salió apresuradamente de la habitación, caminando con la cabeza gacha y sin detenerse por los largos pasillos y corredores del hotel, agradeciendo a su buena fortuna por no encontrarse con ninguno de sus compañeros; él no deseaba que nadie lo viera en ese momento con el estado de ánimo que traía, por lo que no detuvo su marcha hasta que estuvo lo suficientemente lejos para no ser visto, llegando a uno de los más apartados jardines de la construcción; ahí, encontró un pequeño mirador techado que daba vista a un lago artificial, en donde se sentó sobre la barda y recargó su espalda sobre uno de los pilares que sostenían el techo.
Gino contempló las tranquilas aguas del lago, que a esas horas de la mañana se encontraba desierto; el aire fresco de las frías mañanas de otoño se sentía agradable sobre su rostro y aquél intentaba calmar su alma soplando suaves ráfagas de viento sobre él. El portero respiró hondo para volver a tener el control de sus emociones y colocó sus manos en su nuca, apretando su cabeza entre sus brazos; él se encontraba bastante molesto pero la molestia era consigo mismo, pues sabía de antemano que esto no debió haber pasado, él debió haberlo evitado, era su culpa por no haber sabido controlar la situación a tiempo.
"Soy el capitán del equipo, dentro y fuera de la cancha, no puedo permitirme fallar en este tipo de acciones", pensó Gino, una y otra vez.
Pero era algo que debía aceptar, había fallado y a él no le gustaba fallar, mucho menos de ese modo.
"Soy un fracaso", suspiró, apesadumbrado.
Recordó que, cuando era un niño pequeño, cada vez que sentía que había fracasado, había tenido el apoyo de su padre, quien siempre con una sonrisa amable le hacía ver que la vida continuaba a pesar de los errores y también de ellos se podía aprender.
"Del fracaso también se puede aprender", Gino recordó las palabras que solía decirle su padre en aquellos tiempos.
Fue en ese momento que deseó poder hablar con alguien sobre ese sentimiento de derrota que lo invadía, sacar lo que traía en su interior para ver si el nudo que se le había formado en el estómago por fin desaparecía y pensó en llamar a casa, pero allá aun no amanecía y no quería causar más problemas de los que ya había causado o que ellos se preocuparan innecesariamente por una situación que él debía saber controlar.
"De seguro Gigi me va a decir que soy un idiota y que lo deje dormir", pensó el portero.
Y fue en ese momento cuando un dulce ángel llegó en su auxilio.
- ¿Se puede? ¿O prefieres estar solo?.- le preguntó una dulce voz que el reconocería en cualquier lado.
Gino apartó la mirada del lago para encontrarse con esos hermosos ojos verdes que tanto amaba y que también pertenecían a la dueña de esa hermosa voz, quien no era otra que Erika; por respuesta, el portero esbozó una tímida sonrisa para invitarla a acercarse, a lo que ella no dudó en aceptar la invitación.
- Lo siento.- comenzó a decir Shanks, cuando al fin estuvo parada a su lado-. Yo presencié….- la joven suspiró, pues le estaba costando mucho trabajo comenzar a explicarse-. Bueno, aún estaba en la sala de juntas así que presencie todo y decidí seguirte para ver como estabas.-comentó finalmente, señalando hacía donde se encontraba la sala, algo avergonzada.
- Está bien.- le respondió Gino, tomando su mano y acariciando sus finos dedos, sin levantar la mirada-. No pasa nada, no es la primera vez y quizás tampoco sea la última que el entrenador lo hace de este modo.
- ¡Pero eso no es correcto!.- exclamó ella-. Hay formas y modos.
Él sonrió al ver la expresión ofuscada de la joven, le gustaba mucho la forma de ser de ella, tan fina, elegante y correcta en todo lo que hacía, era obvio que no le iba a agradar que el entrenador se pusiera a regañarlo delante de los demás pero, ¿no era acaso que todos eran una unidad? Entonces, ¿qué hacía la diferencia entre que el entrenador lo hubiera regañado en privado o con gente a su alrededor? Al final todos terminarían enterándose y el hecho de que Gino había fallado no cambiaría.
- Me da gusto que hayas venido.- suspiró, mirándola a los ojos, siempre sabes ver cuándo…- se interrumpió.
"Cuándo te necesito", pensó.
Erika miró a Gino con una expresión de mucho cariño, no hacía falta que él dijera con palabras lo que sentía en ese momento pues ella lo sabía muy bien. La joven entonces extendió sus brazos y envolvió al portero en un fuerte pero cálido abrazo, atrayéndolo hacía ella y haciendo que él recargara su cabeza entre su cuello y su hombro. Gino aspiró entonces su aroma y, sin pensarlo, sonrió, en verdad que había extrañado mucho, y durante tanto tiempo, esos cálidos brazos y ese dulce aroma que ahora que los volvía a tener cerca de él, lo había reconfortado casi al instante; fue en ese momento en que el portero se alegró mucho de tener dentro de su mismo equipo a alguien con quien podía hablar y desahogarse sinceramente.
El grito de un emocionado aficionado japonés devolvió a Erika al presente; y al ver a Gino a lo lejos, ella no pudo evitar soltar un suspiro pues comenzaba a darse cuenta de que no podía evitar intentar hacer por él más de lo que su puesto le permitía.
