Capítulo 13.

Tokio Japón. 11 de Octubre.

Hospital Internacional St. Luke.

Gino se encontraba sentado en una de las sillas ubicadas en el interior del consultorio dos, del área de Rayos X y Ultrasonido del hospital St. Luke, en Tokio. A su lado, el Dr. Lucchetti lo miraba con mucha empatía intentando darle ánimos con la mirada, aunque el joven no prestaba la más mínima atención a su médico. Su mente se había perdido, mirando distraídamente la enorme máquina de rayos X que hacía apenas algunos minutos atrás había servido para realizarle los estudios que el portero requería para saber si el dolor que sentía en sus muñecas se trataba de algo mucho más grave.

Tanto médico como paciente se encontraban a la espera de que el técnico radiólogo regresara con las imágenes digitalizadas de las radiografías que el Dr. Lucchetti necesitaba para hacer un diagnóstico adecuado; sin embargo, al regresar el técnico les informó que probablemente se requerirían de estudios mucho más complejos pues las radiografías no parecían mostrar cuál era el problema real. El Dr. Lucchetti entonces dejó a Gino a solas por un momento para ir con el personal médico a su cubículo, en donde estaban desplegadas las imágenes en la gran pantalla de su equipo de cómputo, para que el galeno pudiera verlas.

"Ojalá y no sea algo grave", pensó Gino, algo decaído.

Hernández recordó entonces el partido que hacía apenas unas horas había tenido su equipo contra la juvenil de Uruguay. El encuentro fue muy parejo, ambas escuadras lucharon arduamente y parecía que todo terminaría en un empate; sin embargo, en el minuto 90 del encuentro, cuando los jugadores estaban a la espera de que el árbitro pitara en cualquier instante para dar por concluido el partido, se generó la última jugada del encuentro, una jugada que cambiaría todo.

Ryoma Hino, jugador estrella de la selección uruguaya, fue el creador del gol que le dio la victoria a su equipo, dejando el marcador en tres a dos, pero lo realmente impactante fue la manera en que llegó ese gol. El uruguayo se había lanzado al ataque con su mortífera fuerza física, llevándose en el camino al defensor más importante de la escuadra italiana, Salvatore Gentile, quien al intentar detenerlo quedó parado en una posición muy forzada, siendo arrastrado por Hino sin contemplación alguna al realizar su tiro especial, dándole un fuerte golpe en el lado interno de su pierna izquierda y ocasionándole una lesión al defensor en el proceso.

Gino se había lanzado para detener el balón de esa misma jugada, había logrado atraparlo entre sus manos, pero el tiro era demasiado poderoso y lo terminó aventando contra el poste izquierdo de la portería, haciendo que su muñeca izquierda se estrellara directamente contra el poste y que su mano derecha sufriera también las consecuencias del impacto, por lo que había terminado soltando el balón por el intenso dolor que sintió, siendo aprovechada la acción por Ramón Victorino, otro de los jugadores uruguayos, para rematar hacia la portería y darles finalmente la victoria a Uruguay.

"Jugaron bien", había dicho el entrenador Santoro en los vestidores, pero en este momento Gino, considerado como uno de los tres mejores porteros del mundo, se sentía completamente derrotado. Los pensamientos del italiano se vieron interrumpidos en ese momento por el regreso del doctor Lucchetti, quien tenía una expresión que al portero no le dio buena espina.

- ¿Malas noticias?.- preguntó Gino, suspirando al esperar lo peor.

- Aún no lo podría decir con certeza.- respondió el médico, cautelosamente-. Va a ser necesario hacerte un ultrasonido para determinar qué tipo de lesión tienes, pero la buena noticia es que definitivamente no es una fractura.

- Creo que ésa sí es una buena noticia.- respondió Gino, más aliviado.

- Vayamos al otro lado del consultorio, en donde se encuentran los equipos para la ecografía.- comentó el doctor, alentando al joven para que se levantara de su asiento.

Gino obedeció silenciosamente la petición del galeno, parándose de su asiento y siguiéndolo por el camino que él le indicaba, al tiempo en que volvía a enfrascarse en sus pensamientos, regresando a su mente las escenas del partido. Él aún recordaba vivamente cuando el árbitro pitó el final del partido, el balón aún permanecía atorado en las redes de su portería y ellos no habían tenido tiempo ni de volver a tomarlo en sus manos cuando ya todo se había acabado.

El encuentro había concluido y los jugadores uruguayos festejaban alegremente frente a los italianos, reían ante sus compañeros, en los cuales se podía ver el dolor de la derrota reflejada en sus rostros; Gino, al verlos así, pudo sentir su propio dolor, pero él era el capitán, debía apoyar a su equipo y levantarles la moral, demostrándoles que no estaba todo perdido y que debían continuar esforzándose, por lo que se obligó a levantarse del suelo y se dijo que por mucho que le doliera la derrota, debía alzar la cabeza en alto y salir con dignidad del lugar.

Pero en ese momento apareció Aoi Shingo y todo se vino abajo. Shingo les había reclamado a Gino y Salvatore abiertamente por su derrota, como si ellos hubieran querido perder a propósito, suficiente tenían con su orgullo herido como para que alguien más, por muy amigo que fuera, viniera a reclamarles cosas sin sentido. En ese instante, un ligero dolor atravesó sus muñecas pero Hernández no le prestó atención, en ese momento dolía más su orgullo, el haber perdido era demasiado doloroso para él por lo que lo demás no importaba; además, Aoi seguía reclamando, recordándoles la estúpida promesa que habían hecho con él el día de la fiesta de bienvenida y, al final, tanto Salvatore como Gino, cansados, prefirieron ignorar las palabras del japonés para sólo pasar a su lado, en silencio, rumbo a los vestidores.

- Lo siento.- gesticuló el portero, en un débil susurro, cuando estuvo al lado del japonés; su garganta amenazó con quebrarse si decía algo más y una pequeña lágrima se asomó por los cristalinos ojos azules del italiano, muestra del profundo dolor que sentía en ese instante.

Aoi Shingo quedó sumamente sorprendido de ver a su amigo en ese estado, éste era siempre tan alegre y optimista que jamás habría imaginado que llegaría a verlo de ese modo, tan decaído y vulnerable, y fue entonces cuando Aoi por fin comprendió lo que Hernández debía estar sintiendo en ese instante, por lo que ya no supo qué responder y sintió mucha tristeza por él.

Ya en los vestidores, Gino continuó sintiendo el malestar en las muñecas, pero consideró que se trataba simplemente de una molestia remanente, consecuencia del último encuentro que tuvo en el partido, pensando que quizás con el agua fría de las duchas desaparecería y restándole importancia al asunto. Sin embargo, la molestia continuó e incluso el dolor incrementó un poco más mientras se duchaba y se cambiaba. Para cuando terminó de arreglarse y estaba por tomar su equipaje para salir de ahí, la molestia se había convertido en algo de preocupación para él, pues sus muñecas ya no sólo le dolían sino que además se empezaban a ver ligeramente hinchadas y aparentemente le iban a quedar moretones pues ya se alcanzaban a ver pequeñas manchas rojizas, además de que sentía que su mano izquierda no tenía la misma fuerza que antes.

"¡Maldición, que sólo sea el golpe!", pensó, al tiempo en que se sobaba ambas muñecas, siendo la muñeca izquierda la de mayor atención pues era la que sentía que estaba peor.

Gino se preguntó entonces sobre lo que debía hacer, no deseaba decirle al médico sobre su molestia pues en el fondo temía que éste le dijera que algo andaba mal con sus manos y que no se trataba sólo del golpe recibido; entonces había considerado seriamente comentárselo a Erika para que ella le dijera que podría tener, pues al final de cuentas él le había prometido contarle todo lo que le sucediera, pero al recordar lo estúpido que se había visto la noche anterior, dudó en hacerlo ya que no sabía qué era lo que ella pensaba en ese momento de él.

Continuando con su debate interno, Hernández tomó su maleta deportiva de la banca y se la colocó en el hombro, sintiendo con el roce de la correa un ligero escozor en éste, por lo que suspiró apesadumbrado, las cosas comenzaban a salirle mal por donde quiera que lo viera.

"Mantén la calma, Hernández", pensó, al tiempo en que suspiraba de nuevo.

El joven se dispuso a salir de los vestidores para dirigirse al autobús, que seguramente ya lo estaría esperando a esas alturas; ya en el trayecto de regreso a Tokio, tendría tiempo de sobra para decidir qué hacer. En ese momento, al levantar la mirada, frente a él vio a Salvatore quien caminaba lentamente rumbo a la salida, con una evidente cojera en su pierna izquierda. Fue entonces cuando Gino recordó que, cuando Salvatore caminaba a su lado por el túnel con la finalidad de ir a los vestidores, se dio cuenta de que el defensor andaba con una ligera cojera, casi imperceptible; ahora, que lo miraba nuevamente y con más detenimiento, esa cojera se había vuelto mucho más notoria.

- ¡Hey, Salvo!.- gritó Gino, para llamar la atención de su compañero y así poderle dar alcance, lo cual funcionó pues el líbero detuvo su marcha de inmediato-. ¿Qué sucede con tu pierna?.- preguntó el portero, una vez que estuvo a su lado.

- No es nada.- respondió Gentile, quien por primera vez en días no mostró rastro de sarcasmo o petulancia sino que, al contrario, tenía una expresión de seriedad absoluta.

Gino, al ver la escueta y simple respuesta por parte de Salvatore, supo de inmediato que algo no andaba bien, ni para él, ni para Gentile, ni para el equipo.

Por su parte, cuando Erika vio el tremendo golpe que Gino recibió en la última jugada, saltó de su asiento con una expresión de verdadero dolor en el rostro, al grado de que tanto Alessio como Fabio la miraron con preocupación. La joven entonces intentó guardar la compostura y mostrarse de un modo más profesional, dejando que fuera el Dr. Lucchetti quien determinara si era o no necesaria la intervención de su equipo de trabajo, pero tanto Salvatore como Gino se levantaron y salieron del campo sin aparentes consecuencias. No obstante, Erika decidió esperar a Gino a las afueras de los vestidores, necesitaba corroborar que se encontraba bien, pues algo en su semblante le había hecho creer a ella que no era así y al verlo salir al lado de Salvatore, ambos con expresiones de preocupación, supo de inmediato que había tenido razón.

- ¿Qué tan grave es?.- les preguntó la joven, cada vez más preocupada, aunque los rostro de ambos le dieron la respuesta.

- No lo sabemos.- respondió, Gino, finalmente.

Los jóvenes, después de comentarle brevemente la situación a la estudiante de medicina, le suplicaron que no comentara nada de lo que se acababa de enterar hasta que llegaran al hotel, dando su palabra de que en cuanto estuvieran allá, serían ellos mismos los que acudirían con el médico para que los revisara; Gino y Salvatore consideraban que no eran lesiones serias por lo que descartaban la necesidad de atención médica de urgencia, además de que pensaban que sería mejor que fuesen revisados llegando al hotel, cuando los demás ya se retiraran a sus respectivas habitaciones y no se percataran del asunto, pues no querían preocupar al resto del equipo y desmoralizarlos aún más. La pasante finalmente se dejó convencer, ya que en parte entendía su situación, además de pensar que quizás el decirlo en ese momento no haría ningún cambio real, pues el Dr. Lucchetti ya se encontraba en el autobús junto al resto del equipo.

- Sigo creyendo que no es lo más correcto, a mi parecer deberían ser revisados ahora mismo.- comentó Erika, después de un suspiro de resignación-. Pero el Dr. Lucchetti ya se encuentra con el entrenador esperándolos en el autobús para regresar.- la joven hizo una pausa para convencerse nuevamente, antes de aceptar-. ¡Está bien! Se hará como dicen, aunque yo iré con ustedes también.

- Me parece justo.- respondió Gino.

- Nos están esperando. A los tres, no sólo a nosotros.- agregó Salvatore, con seriedad, lo que sorprendió a los otros dos.

Una vez llegados al hotel, los tres jóvenes se dirigieron con el médico y le informaron de la situación, quien, después de una exhaustiva revisión a ambos jugadores, se había visto en la necesidad de acudir al hospital más cercano para que se les efectuaran los estudios médicos requeridos. Así, los dos lesionados, el Dr. Lucchetti y Erika terminaron en el hospital St. Luke, en donde, una vez que llegaron, Gino insistió en que Salvatore fuera atendido en primer lugar, alegando que su lesión podría ser más seria que la de él.

Al final, el Dr. Lucchetti accedió a la petición del portero y tanto el médico como Salvatore se perdieron detrás de la puerta del consultorio. Una vez que Gino y Erika se quedaron solos, el primero se dejó caer sobre una de las sillas del área de espera, dejando descansar sus adoloridas muñecas sobre sus muslos; Erika lo siguió y se sentó a su lado, para pacientemente aguardar el retorno de los otros dos. Sin embargo era evidente que ambos se encontraban nerviosos pues no sabían bien qué decirse o cómo iniciar una conversación, aunque para cada uno de ellos su nerviosismo obedecía a circunstancias diferentes, siendo que Erika estaba muy preocupada por la salud de Gino y éste se sentía muy apenado por su actuar de la noche anterior. Al final, fue Hernández quien decidió romper el silencio, sincerándose con ella.

- Siento mucho lo de anoche.- comenzó a decir Gino, cuando finalmente se dio los suficientes ánimos para hablar-. No quise ser tan impertinente.

- Por favor, no te disculpes.- le suplicó Erika-. Me haces sentir que fue algo que te disgustó.- comentó, bajando la mirada y con cierta tristeza en la voz.

- ¡No!.- exclamó Hernández al instante, lo menos que él deseaba era que ella sintiera que había sido algo desagradable-. No es eso.- comentó con ligero sonrojo y luego suspiró, bajando la mirada-. Es sólo que no quiero que pienses mal de mí, que estoy tratando de aprovecharme del hecho de que estas aquí, que no tomo en serio tus metas y que lo que tuvimos no fue nada, pues es todo lo contrario.- terminó de decir en susurros -. Me tuve que ir porque sentía que estaba perdiendo el control y no quería hacer algo incorrecto, algo que te lastimara.

Erika se levantó de su asiento y se agachó justo frente a Gino para quedar a su altura; con su mano, ella tomó la barbilla del joven, obligándolo a levantar la mirada para que la viera directamente a los ojos.

- Entonces no te disculpes por algo que te gustó, tanto a ti como a mí.- le respondió ella, sonriendo-. No hay nada qué lamentar.- le dijo, al tiempo en que acariciaba su rostro.

Después, la muchacha pasó su mano por el cuello del joven para suavemente atraerlo hacía ella y darle un suave y delicado beso que culminó con un ligero mordisco en los carnosos labios de él.

- No me pienso disculpar por esto.- sonrió Erika, al separarse de Gino, logrando sacarle una sonrisa también a él.

Gino entonces cerró sus ojos y recargó su frente en el hombro de ella, al tiempo en que Erika lo envolvía con un cálido abrazo; ambos permanecieron así durante algunos segundos antes de que ella se levantara y volverá a su asiento.

- Te estuve esperando en el comedor durante la cena.- comentó la pasante, al tiempo en que tomaba suavemente la mano derecha del portero y la acariciaba como tratando de disminuirle un poco el dolor-. Pero nunca bajaste, ¿por qué?

Gino se sorprendió un poco con la pregunta pues no la esperaba por lo que dudó en responder, ya que no sabía bien que decirle.

Después de salir de la habitación de Erika, a Gino no le había quedado más remedio que irse a su recámara, deseando que en ese momento no se encontrara Salvatore en el lugar; siendo que era casi hora de la cena, esperaba que todos sus compañeros ya hubieran salido de sus habitaciones y se encontraran reunidos en la planta baja, incluyendo entre ellos al defensor. Luego de suspirar en el pasillo y darse el valor de entrar a su habitación, finalmente abrió la puerta y para su fortuna se encontró completamente a solas, por lo que, cosa muy rara en él, aventó con total descuido su maleta, dejándola tirada a media habitación y dejando caer en el suelo todo lo que llevaba puesto en ese momento.

Gino necesitaba volver a controlar sus emociones por lo que se metió de nuevo a la ducha para que el agua fría le calmara el fuego interno que amenazaba por consumirlo por completo. Duró largo rato en el baño, dejando escurrir el agua sobre su piel, mientras se decía una y otra vez que se había pasado de idiota y que no debía haber actuado de ese modo, poniendo en riesgo una relación que ni siquiera sabía bien en qué nivel se encontraba.

Cuando finalmente Salvatore llegó, mucho rato después, las luces de la habitación ya se encontraban apagadas y Gino aparentemente se encontraba durmiendo, ya que estaba acostado en su cama, dándole la espalda a la puerta y con las sabanas cubriéndole hasta la cabeza, además, de que éste no hizo el menor intento de levantarse o moverse con el enorme ruido que Gentile hizo al entrar. Al defensa no le pasó desapercibido el extraño comportamiento de su compañero de habitación pues no sólo había sido eso, sino también había notado que el lugar era un desorden, muy poco por no decir nada habitual para Gino, y que éste aún tenía el cabello bastante húmedo, lo que se notaba debido a que tanto almohada como sabanas se encontraban mojadas. Pero como Salvatore tampoco venía de buen humor, prefirió ignorarlo y dejarlo ser por lo menos por un día. Gino no había podido dormir en toda la noche con el mar de pensamientos que inundaban su cerebro pero como no quería hablar ni lidiar con Salvatore, prefirió fingir que dormía y no levantarse de su cama hasta el día siguiente.

- No me sentí con ánimos para bajar.- respondió a medias Hernández, omitiéndole a Erika lo demás-. Me molestaba un poco el hombro y preferí dormirme temprano.

"Eres pésimo mintiendo", pensó Erika.

- Ya veo.- respondió la pasante, no queriendo presionar al portero a contestar-. Todo va a estar bien.- agregó la joven en tono conciliador, al tiempo en que seguía acariciando su mano para reconfortarle.

Luego Erika tomó el brazo de Gino y suavemente lo jaló hacia ella para que él se recargara nuevamente en su hombro, cosa que hizo obedientemente.

- Pase lo pase, estaré a tu lado.- le comentó Erika, a lo que Gino agradeció en silencio.

La francesa abrazó al italiano por un largo rato antes de que, finalmente, tanto Salvatore como el Dr. Lucchetti por fin salieran del consultorio. Gentile salió con la pierna vendada, apoyándose en un juego de muletas y con una cara de enojo y frustración tal, que los dos jóvenes de afuera de inmediato supieron que no podían ser para nada buenas noticias.