Capítulo 15.
Hotel De Angelis.
Gino se encontraba reunido con el equipo en una de las mesas centrales del restaurante del hotel De Angelis; como era su costumbre conversaba con mucha energía tratando de infundirle los ánimos necesarios al equipo para que no se desalentara con el tropiezo que habían tenido durante el primer encuentro.
- Todo estará bien, no se desanimen, aún tenemos dos partidos más por disputar.- comentó el capitán-. Y tanto Salvo como yo estaremos en ellos, ya lo verán.
- ¿Estás seguro de eso?.- preguntó Alonzo, algo dudoso.
- ¡Por supuesto que sí!.- respondió Gino, con confianza-. Para el próximo miércoles estaré más que restablecido y jugaré sin ningún problema. Pero ustedes no deben decaer, tienen que seguir en los entrenamientos en los que yo no pueda participar, deben seguir esforzándose y mantener la concentración.
- Bien, nos esforzaremos hasta que regresen.- comentó Valentino, intentando ayudar a su capitán.
A lo que todos aceptaron pero no se notaban del todo convencidos; a pesar de lo que Gino intentaba hacer, era obvio que la derrota había desmoralizado al equipo más de lo que se podía pensar.
En una mesa apartada, ubicada en uno de los rincones, se encontraba Salvatore, intentando no prestar atención a los demás; sólo deseaba cenar y retirarse lo más pronto posible del lugar, su pierna dolía y no tenía ganas de escuchar esas charlas motivacionales patrocinadas por Hernández Company. De pronto, su teléfono celular comenzó a sonar y el joven bufó con hastío, sabía bien de quién se trataba, pues le había estado llamando toda la tarde y Salvatore se había estado negando a contestar; pero ya se había cansado de ésta situación por lo que finalmente decidió responder.
- ¿Qué pasa, Lucio?.- preguntó Gentile, desganadamente, una vez que aceptó la llamada y puso el dispositivo sobre la mesa, poniendo el altavoz para no dejar de comer.
- Eso mismo quiero saber.- respondió su interlocutor, con un tono de voz bastante malhumorado-. ¿Qué demonios pasa contigo? ¡Hasta que te dignas a responder! Tiene más de un mes que no sabemos nada de ti, ni una sola llamada, ni a mí, ni a Viviana, es más, ni siquiera a Massimo; para que luego nos vengamos enterando por medio de la televisión que andas vagando por Japón, muchas gracias por informarnos, hermanito.
Salvatore entornó los ojos, haciendo una mueca de disgusto antes de responder.
- ¿Y por qué habría de decirles que vine a participar en un Campeonato Mundial, si a ustedes jamás les ha interesado mi vida.?.- preguntó Salvatore, enfatizando las palabras "campeonato" y "mundial"-. Además, ustedes bien podrían también mandarme un mensaje de vez en cuando, si es que en verdad están tan interesados en cómo estoy.- agregó, reclamando-. Siempre esperan a que sea yo quien esté buscándolos y que esté en contacto con ustedes.
"Y cuando lo hago, no les interesa en lo más mínimo qué es lo que tengo que decir, sino que sólo quieren presumir sus propias vidas", pensó, amargamente.
- Sabes que yo estoy muy ocupado.- se excusó Lucio, de inmediato-. Yo sí tengo un trabajo serio, no como tú, que andas perdiendo el tiempo pateando una pelota.
A Salvatore le molestaba mucho que su hermano mayor denigrara, al grado de hacerlo ver como algo insignificante, el querer ser futbolista profesional nada más por el simple hecho de que él era un abogado con un futuro prominente a quien no le gustaban los deportes. Por respuesta, Salvatore bufó, haciéndole muecas a su hermano como si fuera un niño pequeño al cual no le agradan los comentarios de sus mayores.
- ¿Por lo menos tienes alguna idea de lo que significa para mí "patear esa pelota" como tú dices?.- le respondió Gentile a su hermano.
- ¡Por favor!.- respondió el mayor de los hermanos Gentile, con un tono de total hastío-. No comencemos de nuevo con tus lloriqueos, siempre es lo mismo contigo, no aguantas nada; mejor dime: ¿por lo menos papá o mamá saben que estas allá?.- continúo diciéndole-. ¿O te fuiste al otro lado del planeta, sin decirle nada a nadie de tu familia?
Salvatore Gentile provenía de una familia que, si bien no era de clase pobre, sí se podía considerar como de nivel medio bajo; ni a él ni a sus hermanos les había faltado lo básico para vivir pero estaban muy lejos de considerar haber tenido alguna vez cualquier clase de lujo o privilegio, además del hecho más importante para él, que era que su familia era altamente conflictiva y se podría decir tóxica.
Sus padres eran dos italianos promedio, que provenían de provincias muy pequeñas en Italia, sumamente católicos, criados desde pequeños con la ideología de ir a la iglesia cada domingo, no faltar a las fiestas religiosas y santificar al máximo pontífice, además de que siempre iniciaban o terminaban sus frases incluyendo la palabra "dios" en ellas. Los dos miembros del matrimonio Gentile se habían casado como parte del ritual de todo ser humano para formar una familia y ser parte activa y correcta de la comunidad, habían tenido cuatro hijos, tres varones y una mujer, a los cuales habían intentado criar con sus valores y tradiciones, siendo Salvatore el menor de los cuatro hermanos, teniendo una diferencia de edad de unos ocho años entre él y el resto de los hijos del matrimonio.
Sin embargo, como solía suceder a menudo, las familias no podían ser perfectas y ésta no era la excepción; a pesar de querer dar esa apariencia de perfección ante los demás, hacía ya algunos años que su padre se había conseguido una amante mucho menor que él, y cuando su madre se enteró de la existencia de la misma, lo único que atinó a decir fue que era culpa suya pues no supo mantener a su marido a su lado. Salvatore y sus hermanos intentaron, en múltiples ocasiones, convencer a su padre de dejar a su amante, alegando que eso no era lo correcto y que tenía una esposa devota que lo amaba, pero el hombre jamás quiso escucharlos y al final había sido tajante al decirles que no dejaría a su amante ya que la amaba y que ellos no tenían ningún derecho de reclamarle absolutamente nada, pues había sido un buen padre y por lo tanto debían respetarlo sin cuestionarlo.
De igual manera, los hermanos intentaron que su madre tomara por fin cartas en el asunto y que se separara entonces de su padre, pero ella se había negado rotundamente a hacerlo, diciéndoles que su deber de esposa estaba al lado de su marido, en las buenas y en las malas, y que si a ella le había tocado un mal matrimonio pues era entonces su penitencia, la cual aceptaba con mucho gusto. Así, a pesar de las reiteradas ocasiones en las que los hijos del matrimonio Gentile habían intentado que sus padres se separaran por el propio bien familiar, la pareja continuaba negándose al divorcio, pues ambos creían firmemente que estaban unidos hasta la muerte, así lo había dicho el sacerdote el día de su boda y sabían de ante mano que su religión no aceptaba lo contrario, por mucho que las leyes ya lo permitieran.
La relación más que fragmentada, ocasionó que la pareja comenzara a pelear más seguido desde entonces, llegando a discutir a diario y durante horas por cualquier cosa por muy insignificante que se tratara, causando que la situación en el hogar se volviera insoportable; con el tiempo, las peleas fueron intensificándose de nivel, llegando al grado de haber alguno que otro golpe entre ellos y volviéndose insostenible el que alguno de sus hijos pudiera estar en la misma habitación junto con sus progenitores, por lo que Salvatore había aprendido de sus hermanos que, lo mejor para él, era alejarse de sus padres por su propia salud mental.
Lucio, el mayor de los cuatro, había aceptado una oferta de trabajo apenas se había graduado para irse a laborar al otro lado del país y así tener el pretexto perfecto para no ir nunca a casa; por su parte, Massimo el segundo de sus hermanos se mantenía viajando constantemente debido a su labor como arqueólogo e investigador, por lo que pocas veces se le podía ver y por último, su hermana Viviana había decidido casarse a muy temprana edad para salirse de su casa y dejar atrás todas las discusiones que sus padres tenían. Y al final, todos los problemas se los habían dejado a Salvatore quien siendo el menor de los cuatro hermanos, no había podido huir de casa a tiempo, pero cuando él empezó a jugar soccer, encontró un medio de escape, convirtiéndolo en su catarsis.
- Sabes muy bien que a nuestros padres no les importa nada diferente que no sea el pelear entre ellos.- respondió finalmente el defensor, con cierta amargura en la voz-. ¿De qué serviría gastar mi tiempo intentando contarles que soy seleccionado nacional y que deseo ganar la copa del mundo, si a ellos no les importa? Así que si vas a estar jodiendo con eso mejor te cuelgo.- bufó Salvatore.
- Pero es que no puedo estar de acuerdo con lo que haces.- comenzó a reclamarle Lucio a Salvatore-. Si tanto quieres salirte de casa, ven a vivir conmigo y aquí te doy empleo en mi bufete, puede que te guste tanto el Derecho que hasta te animes a estudiar y dejes de ser un zángano.
- No gracias, paso de tu oferta.- respondió el defensor, con sorna-. Y será mejor que te deje, traigo un maldito esguince de segundo grado en los ligamentos de la rodilla que me está molestando mucho en este instante.
"El cual, por cierto, jode igual que tú", pensó.
- Y lo menos que quiero ahora es un dolor de cabeza por estar soportándote.- completó el defensor.
- Pues tendrás que aguantarte.- le respondió su interlocutor-. Lo que yo te digo es por tu bien y tendrás que escucharme, no es para menos que te lesiones en una actividad tan estúpida, es eso lo que te sacas gracias a esa costumbre tuya de andar como un Neanderthal junto a otros veinte más, peleando como idiotas por un estúpido balón.- le reclamó.
- En todo caso serían veintiuno más y no veinte, son once jugadores por equipo.- respondió Salvatore, con sarcasmo-. Haz cuentas hermanito.
- No comiences con tus estupideces.- le respondió Lucio, sumamente molesto-. Siempre con tu maldito sarcasmo burlón ¡Ya madura de una buena vez!
"Y de nuevo lo mismo de siempre", pensó el líbero.
Siempre era lo mismo, comenzaban ellos con reclamos y ofensas, y cuando él les respondía, terminaban diciéndole que ya madurara, que era un rebelde, que no se podía con él, que era esto, que era aquello, en fin, un sinnúmero de reclamos estúpidos e ilógicos, cosa que siempre terminaba hartándole aún más y acababa respondiendo peor, creándose así un ciclo infinito. Toda esta situación había ocasionado en Salvatore la necesidad de hacer todo bien, de ganar a cualquier costa para demostrarle a su familia que no era el fracasado que todos creían y que no estaba perdiendo el tiempo con el fútbol. Él sería el mejor líbero del mundo y les demostraría a todos que se habían equivocado.
Gentile volvió a la conversación en donde su hermano continuaba con los reclamos, por lo que suspiró hastiado.
- Adiós, Lucio.- dijo Salvatore, secamente.
- No te atrevas a colgarme Salvatore.- amenazó su hermano desde el otro lado de la línea, pero el defensor no hizo caso y cortó la comunicación.
Gentile resopló una vez más, pues estaba harto de lo mismo de siempre, ellos jamás entenderían lo que el soccer significaba para él, mucho menos entenderían lo que sentía en este momento, la frustración de haberse lesionado, la impotencia de pensar que probablemente se perdería el resto del torneo, sin mencionar el dolor, pero no sólo el dolor físico que experimentaba en este momento, el cual por cierto era endemoniadamente fuerte, sino también el del golpe tan grande al orgullo que había recibido ese día, pues habían perdido en el último minuto, no había podido detener a Ryoma Hino y éste lo había hecho pedazos en el camino.
Él, Salvatore Gentile, tan orgulloso de su fortaleza y destreza, había sido hecho añicos en el campo de juego. Su familia jamás se preocupaba por lo que él podría sentir, lo tachaban de inmaduro, rebelde e irresponsable simplemente porque no seguía los patrones que su sociedad o religión les imponían; no, él era el rebelde sólo por querer seguir sus propios sueños y eso lo enfurecía aun más.
- Por eso es que prefiero no verlos ni oírlos.- bufó Gentile, al final, sumamente molesto.
"¿Por qué no puedo tener un hermano más comprensivo?", se preguntó.
No pedía que Lucio asistiera a todos sus partidos y eventos pero sí que por lo menos intentara comprenderlo, que entendiera que en verdad le gustaba jugar fútbol soccer, que esa era su pasión y razón de vivir. Y nuevamente recordó al familiar de Hernández, el que había estado platicando con Erika durante la tarde.
"Por lo menos él parece más interesado en apoyar al Capitán Perfecto", pensó, suspirando apesadumbrado y sintiendo nuevamente ese odio irracional por Gino, porque éste tenía lo que Gentile tanto deseaba: comprensión y apoyo.
Salvatore entonces apretó con fuerzas el teléfono celular, deseando destrozarlo contra la mesa y miró con odio al portero, quien sonreía a sus compañeros en el otro lado del salón.
Erika había estado sentada en una mesa muy cercana a Salvatore, por lo que había estado escuchando prácticamente toda la conversación que éste había tenido con su hermano. Casi cuando Gentile había terminado de hablar, la joven se levantó de su asiento y se fue a buscar alguna fruta para llevarse a su habitación ya que había decidido retirarse antes de que el defensor notara su presencia, pues no deseaba incomodarlo.
Pero cuando ya iba de regreso a su mesa para tomar sus pertenencias y salir del lugar, la pasante notó la expresión de abandono y tristeza que Salvatore tenía en ese momento, lo que le llamó mucho la atención, pues era la primera vez que le veía ese semblante. La joven comenzó a juguetear con la manzana que traía en las manos, pensando si seguir de lado y salir o acercarse al italiano y preguntarle si se encontraba bien.
- ¡Puff!.- exclamó Erika, después de unos instantes.
"Esto es tu culpa, Hernández", pensó, al decidirse a acercarse a Gentile para intentar ayudarlo.
La pasante entonces se dirigió a su mesa para tomar sus pertenencias y una vez hecho esto se encaminó hacia la mesa de Gentile.
- ¿Te encuentras bien?.- le preguntó la joven, tomando asiento en la mesa.
Salvatore se sorprendió mucho por la presencia de Erika frente a él, pero se contuvo de hacer cualquier tipo de comentario hiriente u ofensivo y a pesar de estar de malas no quiso insultarla pues sabía bien que Gino ya había sido muy claro al respecto y lo menos que deseaba en este momento era otra pelea con él.
- No es nada.- respondió finalmente Salvatore, con seriedad-. Sólo son cosas de familia.
- Oh, ya veo.- respondió la francesa, comprendiendo que Salvatore no deseaba hablar de ello-. Espero que todo esté bien.
"Si no quiere hablar, allá él, no lo puedo obligar", pensó la joven.
- ¿Y cómo estas de tu pierna?.- continuó preguntando la pasante, para cambiar el tema de conversación-. ¿Te duele mucho?
- No, está perfectamente bien.- mintió Gentile-. No duele nada.
- Si tú lo dices.- respondió Erika, sin creer en las palabras del otro-. Pero si quieres puedo pedirle al Dr. Lucchetti que te recete algo más fuerte.
- No es necesario.- respondió él, bruscamente.
Ambos quedaron envueltos en ese incómodo silencio que se había generado en la mesa, Salvatore claramente mostraba rechazo a todo lo que Erika intentaba decir.
"Ésta fue una pésima idea", pensó la joven, comenzando a buscar una forma decente de retirarse de ahí y fue cuando lo vio.
- ¿Sabes? Ahí como lo ves, Gino se esfuerza por aparentar que todo está bien.- comentó Erika de pronto, suspirando y mirando hacia las mesas más alejadas en donde el portero se encontraba-. Intenta que los demás no se preocupen por su lesión y por la tuya.
- ¿Qué?.- preguntó Salvatore, sorprendido por el comentario tan inesperado.
- Pero en el fondo y detrás de esa expresión de tranquilidad, él se siente tan frustrado y adolorido por la derrota como tú.- continuó diciendo la pasante.
- ¿Y tú como sabes eso?.- preguntó Gentile, instintivamente a la defensiva-. Digo, ¿cómo es que podrías saber cómo se siente él? ¿O cómo es que yo me siento?
Erika le lanzó una pequeña sonrisa al tiempo que se encogía de hombros antes de responderle.
- Sólo puedo decirte que, al igual que a ti, a Gino le pesó la derrota, más de que tú crees.- comentó ella tranquila-. Y al igual que él, tu deberías de tener más fe en que en el próximo partido nos irá mucho mejor, debes tener más confianza en tu equipo.
Salvatore se le quedó mirando con una expresión de asombro e incredulidad.
- ¿Por qué intentas ayudarme?.- preguntó Salvatore, a la defensiva y claramente extrañado.
- Por él.- respondió Erika, tajante-. Porque, por alguna extraña razón, Gino te considera su amigo y cree que mereces una oportunidad, es por eso que quiero ayudarte.
- ¿Sólo por eso?.- preguntó Salvatore.
Bueno, y también por el hecho de que quiero saber si por primera vez en su vida, Gino se equivoca al creer en una persona.- respondió Erika, mirando a Gentile directamente a los ojos.
Por respuesta, Salvatore le lanzó una mirada con una expresión inescrutable.
- ¿Tienes hermanos?.- cuestionó Salvatore, de pronto, luego de una pausa silenciosa.
- ¿Yo?.- respondió ella, sorprendida-. Sí, tengo dos, de hecho tengo un hermano gemelo y una menor, que es a la que le gusta Schneider, o mejor dicho la que a estas alturas ya debe andar con Karl.- sonrió al pensarlo.
- ¿Y tu familia es igual de perfecta que la de él?.- preguntó Salvatore, con cierta amargura, señalando a Gino.
- Ninguna familia es perfecta.- respondió ella al instante-. Todas tienen su proporción de desdicha, dificultades o inconvenientes, en mi opinión. Pero digamos que la mía se podría catalogar dentro de lo "normal". ¿Qué sucede? ¿Tienes problemas en tu familia?
- ¡No!.- respondió Gentile de inmediato, cortando el tema de tajo-. Creo que mejor me voy.- agregó, haciendo el intento de levantarse de la mesa con rapidez, pero no pudo hacerlo pues la rodilla se lo impidió.
"¡Maldita sea!", pensó él.
Su pierna le había jugado en su contra, en el instante en que él intentó apoyarse en ésta para ponerse de pie, una fuerte punzada atravesó la rodilla ocasionando que casi perdiera el equilibrio.
- ¿Te ayudo?.- preguntó Erika, con preocupación y levantándose de inmediato de su asiento para sostenerlo de ser necesario.
- ¡No! Yo puedo sólo.- respondió Gentile, molesto y rechazando con la mano a la joven.
Con mucha dificultad, Salvatore se apoyó en la mesa para tomar las muletas que descansaban en la silla junto a él y, ante la mirada impotente de la joven, acomodó su peso sobre éstas para, una vez logrado su objetivo, comenzar a andar rumbo a la salida.
- ¡Salvatore!.- le llamó Erika, haciendo que el susodicho interrumpiera su camino y se girara a ver qué deseaba-. Si quieres algún día hablar de lo que sea que necesites o te moleste, ya sabes en dónde encontrarme.- comentó la joven, sinceramente.
Gentile la miró durante algunos segundos y luego, sin responder, continuó su camino.
o - o - o - o - o
Gino caminaba por la penumbra de los jardines que se encontraban más apartados de los edificios principales. La temperatura comenzaba a descender cada vez más en la ciudad y la noche era fría, pero a Hernández no le importaba esto en esos momentos, sentía muy agradable el viento helado en su rostro, era algo que le reconfortaba. Siempre era así cada que algo le atormentaba, él no podía simplemente sentirse a gusto estando encerrado, necesitaba respirar aire fresco, por lo que solía salirse sin importarle las condiciones climatológicas o la hora que fuera.
Poco después de que Salvatore abandonara el restaurante, Gino se había despedido de sus compañeros, comentando que se encontraba cansado y que deseaba irse a su habitación a descansar. No había sido un buen día para ninguno de ellos por lo que todos decidieron retirarse también. En este momento, ya no se encontraban a nadie fuera de sus habitaciones, situación que el portero aprovechó para caminar a solas y pensar con calma en lo sucedido.
Por más que intentaba negárselo, sabía que en el fondo no podía mentirse a sí mismo, no podía negar lo que sentía en estos momentos, por más que quisiera enterrarlo en el fondo de su corazón, tenía muy presente esa sensación de frustración y fracaso que amenazaban con consumirlo. A veces era difícil mantener la calma, pero no podía permitir que el pesimismo lo consumiera, debía ser fuerte, no podía dejarse vencer sólo por una derrota. Gino caminó por largo rato sin tener un rumbo fijo, y sin saber bien cómo, en algún punto de su andar llegó muy cerca del área de la piscina, en donde vio a Erika sentada en uno de los camastros, jugueteando distraídamente con una manzana en sus manos y mirando hacia el horizonte, por lo que decidió acercarse y saludarla.
- ¡Hola!.- saludó el joven para llamar la atención de ella, al tiempo en que se acercaba y se sentaba en el camastro que se encontraba junto al de la chica.
- ¡Oh, hola!.- sonrió la pasante al verlo-. Creí que ya todos habían subido a sus habitaciones.
- Sí, creo que ya todos se fueron.- respondió Gino, vagamente-. ¿Qué haces aquí afuera?.- preguntó, bastante curioso-. Considero que está haciendo un poco de frio como para que estés viendo las estrellas.
Ella se rio ante la ocurrencia del portero, pues era menos que imposible ver estrellas en una ciudad como Tokio, en donde la contaminación lumínica era tan alta que parecía ser de día a media madrugada.
- Creo que eso sería un tanto imposible de hacer aquí.- respondió Erika, risueña-. Mejor dime, ¿tú cómo estás?
- Bien.- respondió él, sonriendo de igual manera.- Sólo ponía en orden mis pensamientos.- agregó, mostrando mucha tranquilidad-. Tú sabes, necesitaba tomar un poco de aire fresco.- suspiró.
Erika miró a Gino con empatía pues comprendía muy bien lo que él quería decir con esas simples palabras; seis años atrás, ella había aprendido que el significado de "tomar aire fresco", era la manera en que Gino tranquilizaba su mente y su corazón, desde ese entonces hasta hacía tres años atrás, ella había acompañado al portero a tomar aire fresco en más de una ocasión, aprendiendo con el paso del tiempo a comprender mejor los pensamientos y sentimientos del joven. Erika entonces tomó la mano de Gino y la apretó con cuidado, mostrándole su apoyo incondicional, situación que él agradeció en silencio.
- ¡Ten!.- comentó Erika, sentándose en el borde del camastro para quedar más cerca de Gino y extenderle en ese instante la manzana que tenía en la mano-. ¡Cómetela, por favor!.- le pidió la joven.
- Gracias, pero ya comí.- respondió él, negándose a tomarla.
- No tienes que fingir conmigo.- respondió la pasante, mirándolo fijamente a los ojos-. Te conozco perfectamente bien como para saber que no comiste casi nada.
Gino se sorprendió mucho al verse descubierto, se había olvidado por completo de que Erika era una de las pocas personas que se habrían podido dar cuenta de ese detalle.
- Sí comí, en serio.- mintió Hernández-. Puedes ir a preguntarle a cualquiera del equipo para que veas que si fue así.
- Eres un pésimo mentiroso, ¿lo sabías?.- sonrió Erika, divertida-. No me puedes engañar. ¡Anda, cómetela! Por favor.- le pidió nuevamente ella, volviendo a extender la manzana.
Él sonrió, un tanto avergonzado, por lo que no quedándole más remedio, tomó la manzana y le dio un mordisco.
- Sé cómo te sientes.- continuó ella, una vez que vio que él continuaba comiéndose la manzana-. Hiciste todo lo que pudiste, no puedes recriminarte nada.
- No es sólo eso.- respondió Gino, bajando el tono de voz-. Es que a todos se les bajó la moral y creo que no sólo fue por la derrota sino también por las lesiones.- suspiró.
- No es tu culpa ni la de Salvatore haber sido lesionados por la fuerza de ese tiro.- comentó Erika, tomando la mano de Gino.
- Pero sí es mi deber el mantener al equipo unido.- respondió Hernández, bajando la mirada y viendo la mano de ella-. Sin importa la razón que sea, no puedo permitir que se desmoronen.
- Eso no pasará.- respondió Erika, levantándole el rostro con suavidad.- En el próximo partido nos irá mucho mejor y los ánimos mejorarán.- le sonrió con dulzura.
En ese momento, Gino sintió caer sobre él todo el cansancio acumulado del esfuerzo físico hecho en el partido y del estrés de una tarde en el hospital, necesitaba dormir para que el perderse en la profundidad del sueño se llevara todas las preocupaciones, como una brisa marina refrescando su mente; por lo que decidió que lo mejor sería irse a descasar el cuerpo y el alma de un día particularmente difícil, se dijo que con el nuevo amanecer, su espíritu de lucha volvería nuevamente a estar de pie.
Erika notó el cansancio en el rostro de Gino, siendo ella entonces la primera que dijo que ya era hora de subir, por lo que Hernández aceptó de inmediato y se ofreció a acompañarla hasta su habitación; ambos jóvenes se levantaron de su asiento y emprendieron el camino rumbo al edificio principal con las manos entrelazadas. Al llegar frente a las puertas de sus habitaciones, Erika le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios, abrazándolo nuevamente con fuerza y deseándole buenas noches, para luego desaparecer en su propia habitación.
