Capítulo 16.
Luego de salir del restaurante, Gentile había llegado con mucha dificultad a su habitación y se había dirigido al balcón, en donde se sentó en una de las sillas que la terraza tenía. Había estado intentando calmar la ira que le invadía y que amenazaba con explotar en cualquier momento, aunado al dolor de la pierna que era cada vez más fuerte, lo que lo desquiciaba aún más, poniendo más carga a la bomba de tiempo en que se había convertido.
Y además, estaba el hecho principal que lo había irritado en un inicio y que no podía olvidar: la llamada que le hizo su hermano, ese hijo de puta que sólo conseguía sacarlo de quicio y que no servía para nada más. Salvatore estaba molesto porque a su hermano le había importado muy poco el cómo se pudo haber sentido en ese momento, él sólo había querido aventarle otro estúpido discurso de que desperdiciaba su vida y todo lo demás que siempre solía decirle. Para Lucio, la vida de Salvatore carecía completamente de importancia y siempre se lo hacía ver en cada ocasión que hablaban, lo que hería profundamente al defensor por mucho que lo negara. Gentile quería salir y caminar por la ciudad, por lo que se levantó de su asiento, decidido a irse de la habitación, pero con las muletas no podía ni atravesar el umbral del ventanal, lo que lo frustró aún más, ocasionando que su ira por fin explotara sin control.
- ¡Al diablo con todo y con todos!.- exclamó Salvatore, pateando con su pierna sana el cristal del ventanal.
Luego, aventó una a una las muletas al interior de la habitación, sin importarle en dónde cayeran, con esas cosas le era casi imposible andar y estaba cansado de batallar con ellas. Se sujetó del marco de la puerta y con dificultad se arrastró al interior, comenzando a aventar todo lo que tenía al alcance de su mano, sin importarle si era algo que le perteneciera a Gino o a él, ocasionando un gran desastre a su paso.
"¡Al diablo con las recomendaciones médicas sobre mantener reposo absoluto!", pensó, al tiempo en que pisaba con más fuerza de lo que debía y apretaba los dientes con fuerza por el dolor.
Había decidido que se iría a un bar y se embriagaría hasta que ese estúpido dolor desapareciera, por lo que se encaminó a su lado de la habitación para buscar su cartera, continuando con el desorden a su paso. En ese momento, Salvatore necesitaba destrozar todo, hasta su propia alma, caminó unos cuantos pasos más por el lugar, cojeando y presionando su pierna lesionada, al tiempo en que sacaba su ira con todo lo que tenía a su mano, hasta que su pierna no soportó más y el muchacho cayó estrepitosamente al suelo, quedando tirado en medio de la habitación y maldiciendo a su suerte una vez más, pues el dolor era tanto que ya no podía levantarse.
Una vez que Gino se despidió de Erika y se encontró solo en el pasillo, tomó su tarjeta y la deslizó en el lector para finalmente abrir la puerta de su habitación; a pesar de que ésta se encontraba completamente a obscuras, la luz que emitía la lámpara en el pasillo era lo suficientemente fuerte como para que Hernández pudiera observar perfectamente bien el interior, quedando bastante asombrado por el caos que reinaba en el lugar.
- Al parecer un huracán pasó por aquí.- exclamó Gino, sorprendido y aún sosteniendo la manija de la puerta.- ¿O es que dejaron encerrada a una jauría de perros salvajes en el interior?
- Muy gracioso, Hernández.- bufó Gentile, en medio de la oscuridad y el caos.
Gino entonces encendió la luz y se encontró a Salvatore tirado en medio de la habitación y de su caos, generando una gran carcajada involuntaria en el portero y una mirada de absoluto odio en el defensor.
- ¿Estás bien?.- preguntó Hernández, en cuanto dejo de reírse y cerró la puerta para acercarse a su compañero.
- Eso es algo que no te interesa saber.- gruñó Gentile, desde su posición en el suelo-. Déjame en paz.
Salvatore le lanzó una mirada furia, con la que parecía decirle a Gino que, si se acercaba a tan sólo unos centímetros más de distancia, lo mordería sin consideración alguna.
- ¿Qué pasó, Salvo?.- preguntó Gino, desde su posición y mirándolo con curiosidad.
- Sólo decidí que me apetecía dormir aquí hoy.- bufó Salvatore, con sarcasmo-. ¿Tú que crees? Sólo el simple y sencillo hecho de que no me puedo parar.
- Ok, espera.- comentó Gino, acercándose de nuevo a él-. Deja que te ayude a levantarte.
- ¿Y quién dice que quiero ayuda? Ya te dije que decidí morir aquí.- gruñó Salvatore-. Ya te puedes largar por donde viniste.
- No puedo irme.- respondió Hernández, encogiéndose de hombros-. Ésta también es mi habitación. ¿Recuerdas?
- Entonces quédate de tu lado y déjame en paz.- Gentile bufó.
El portero entonces hizo de lado con el pie algunas de las cosas tiradas y se acuclilló, recargando su peso en sus talones y poniendo sus antebrazos sobre sus muslos.
- ¿Te duele mucho?.- preguntó Gino, con una expresión de verdadera preocupación-. ¿Quieres que le llame al doctor Lucchetti?
- No, no necesito nada.- respondió bruscamente Salvatore, pero con las dos manos apoyadas sobre la rodilla, como queriendo apretarla hasta que dejara de doler-. Estoy perfectamente bien dijo
- Pues no lo parece.- respondió Gino, mirando la cara de enojo, frustración y dolor del otro y preocupándose aún más.- Salvo.- comenzó a decir Gino-. Si quieres hablar sobre lo de hoy…
- No, no quiero.- le interrumpió Gentile de mala gana y queriendo empujar al portero para que perdiera el equilibrio; en su mente se imaginó la escena y sintió una maligna satisfacción-. Si tenías ganas de venir a decir uno de tus discursos de Capitán Perfecto, lo siento, esta vez no te van a funcionar, por lo menos no conmigo, ni hoy ni nunca.
Gino miró por algunos segundos a su compañero; la imagen que veía frente a él contrastaba tanto con el Salvatore que conocía, ese engreído, altanero y autosuficiente defensor, que quería demostrarle al mundo su valía, ahora se veía reducido a alguien que se había dado por vencido, consumido en su desdicha y su furia interna; él deseaba ayudarlo a levantarse de nuevo, quería apoyarlo por la simple razón de que ésa era la personalidad de portero, de ayudar a los demás sin importar de quién se tratase y, había que decirlo también, cuando no estaba jodiendo se podría decir que Salvatore le agradaba e incluso quizás en algún punto lo podía considerar como un amigo.
El portero se apoyó entonces en su mano derecha para sentarse en el suelo, a cierta distancia de Salvatore, y se recargó contra una de las paredes, cruzó sus piernas al frente para luego colocar sus codos sobre sus rodillas, dejando caer sus brazos.
- ¿Qué no tienes algo mejor que hacer en este momento?.- preguntó Gentile, viéndolo con una mirada amenazante-. ¿Por qué no simplemente me dejas solo?
- La verdad no, no tengo nada mejor qué hacer.- respondió Gino con tranquilidad.
"Quizás sólo recoger mis cosas que has dejado tiradas por toda la habitación", pensó.
- Dejémonos de idioteces.- exclamó Gentile, después de una silenciosa pausa-. ¿Tú qué vas a saber sobre lo que pueda yo sentir en este momento?
- ¿Sabías que tú no eres el único que sufre con esta derrota?.- le preguntó Gino, intentando sonar lo más calmado posible y mirando hacia el exterior de la habitación a través del ventanal, ya que no quería dejarse llevar por sus propios sentimientos, que mucho le había costado calmarlos.
- ¿Y eso debería de hacerme sentir mejor?.- preguntó Salvatore, sombríamente-. Porque no funcionó.
- Quizás no.- respondió Hernández, apoyando las manos en el suelo y a sus costados-. Pero puede que te haga ver que no estás solo y que hay más personas que entienden tu sentir. Además, creo firmemente que llorar no solucionará nada, la derrota es un hecho consumado y no se esfumará por mucho que lo deseemos, lo que nos queda es ver hacia adelante y continuar.
- ¿Y no te sientes humillado?.- cuestionó Gentile, lanzándole una mirada fría-. ¿En verdad no te afecta, para nada, la derrota?.- preguntó.
- Si te pones a pensar que nos ganaron con un solo gol de diferencia, y que para anotar ese gol básicamente nos destrozaron, y lo digo literalmente porque nos rompieron brazos y piernas para lograr su cometido, ¿cómo podría sentirme humillado? Dejamos cuerpo y alma en el partido.- respondió Gino, con mucha seriedad-. Quizás no es el mejor de los consuelos pero no puedo pensar en humillación cuando sé que lo di todo en el partido.
Gentile bajó la mirada, Gino tenía razón en sus palabras, él también había dado todo en el encuentro y no debía sentirse humillado, pero para él las cosas no era tan sencillas como para el portero.
- Además, como les he estado diciendo a los demás.- continuó Gino-. Esto aún no ha terminado, fue sólo el primer partido y todavía tenemos dos más por delante que debemos ganar; existe aún la posibilidad de pasar a la siguiente ronda, por lo que no podemos darnos por vencidos tan fácilmente, no podemos bajar las manos y dejar de luchar por tan poco.
- Quizás ese discurso pueda funcionar para los demás, pero en mi caso ya no hay un futuro.- comentó, sombríamente, Gentile-. Puede ser que tú si puedas seguir jugando los siguientes partidos pero yo no; según lo que ha dicho el Dr. Lucchetti, yo debo quedarme en la banca durante varios días, para mí, el torneo terminó.
Gino miró entonces la pierna vendada de Salvatore, que además estaba protegida por una férula inmovilizadora de neopreno, y pensó que más que la lesión física, el tiro de Hino había causado mayor daño en lo psicológico y emocional.
- No eres el único que está peleando por el mismo sueño.- continuó diciendo Gino.
- ¿Y eso a mí qué?.- respondió Salvatore-. ¿Debería sentirme aliviado por eso?
Gentile no era del tipo de personas que dependían de los demás, se había acostumbrado a estar solo y a librar sus propias batallas por sí mismo, por lo que le daba igual si estaba acompañado o no de otros jugadores, a quienes consideraba mucho menos talentosos que lo que él era por lo que pensaba que si él había fallado, los otros lo haría con mayor razón.
- Sí, deberías.- respondió Hernández-. Porque en el equipo somos veintitrés jugadores, no sólo uno o dos, jugamos un deporte en donde se necesitan otros diez compañeros más a tu lado en la cancha, somos una unidad y peleamos por el mismo objetivo. Y son esos otros veintidós compañeros los que harán que tú logres volver a jugar en este torneo.
Salvatore miró fugazmente a Gino antes de perderse en sus pensamientos, tenía dolor y no sólo en la rodilla, la cual por cierto estaba molestando en verdad, pero ahorita pensaba más en el dolor que sentía dentro, el dolor de la decepción por la derrota, por el sentimiento de no haber podido obtener el resultado que él mismo se había trazado, sentir que no había cumplido ni sus propias expectativas y que quizás al final de cuentas sus hermanos tenían razón y sólo estaba perdiendo el tiempo con el soccer.
- ¿Por qué estás haciendo esto?.- le preguntó Gentile a Gino, después de una pausa silenciosa.
Gino se quedó pensativo, preguntándose qué responderle; podría decirle que quizás lo hacía porque era su deber como capitán el siempre mantener el ánimo del equipo en alto, o quizás que era su deber moral como persona, pues no podía permitirse ver a alguien tan decaído como lo estaba Gentile en ese momento y dejarlo pasar como si nada, que incluso aun cuando él mismo estuviera pasando por un trago amargo, no podría dejar de lado a nadie que lo necesitara, o que simplemente lo hacía porque en realidad lo consideraba un amigo.
- No lo sé.- respondió Gino, finalmente, encogiéndose de hombros.- Quizás es sólo porque así soy yo.
Durante la cena, Gino había estado tratando de mantenerse alegre y optimista a pesar de que en el interior sentía que se estaba derrumbando, necesitaba infundirles energía a sus compañeros y lo había hecho a costa de quedarse sin nada. Él pensaba que su deber era ante todo apoyar al equipo, entregarlo todo por éste, hacerles ver que haría cualquier cosa por sacarlo adelante y de ser necesario romperse los brazos contra un poste, como literalmente lo acababa de hacer. No esperaba menos de él ni de sus compañeros y sabía que todos lucharían hasta el final, por eso confiaba en ellos ciegamente.
- Salvo, por una vez en tu vida, confía en alguien que no seas tú.- continuó diciéndole Gino-. Confía en mí como tu capitán, pero sobre todo, confía en el equipo, en que ellos pelearán tus batallas para que tú puedas lograr tus objetivos. Verás que ellos te llevarán a la siguiente ronda y podrás volver a jugar en este campeonato y, quien sabe, quizás hasta con un poco de suerte también podrás enfrentarte a Aoi y vencerlo.
Gentile se quedó pensando en las palabras de Hernández, era la segunda vez en la noche que dos personas diferentes le habían dicho lo mismo, que debía confiar, pero era tan difícil para él hacerlo, que parecía una tarea imposible de realizar.
Gino volvió entonces a su primera posición con los codos sobre sus muslos y cerró los ojos por un instante; la mano derecha comenzaba a punzarle, no había sido una buena idea apoyar el peso de su cuerpo sobre ella en primer lugar y luego para colmo recargarse en ella; se quitó la férula que traía puesta en su mano izquierda para tener mayor movilidad y así poder masajear suavemente la mano derecha al tiempo en que estiraba y cerraba lentamente los dedos. Al verlo, Gentile suspiró e inconscientemente bajó las defensas. En medio de su autocompasión había olvidado que Gino también había salido lesionado en el encuentro y que también estaba en duda para jugar los siguientes partidos y fue entonces cuando pensó que el portero podría entender mejor que nadie la frustración que sentía en ese momento.
- ¿Cómo es que puedes soportarlo?.- preguntó Salvatore, a lo que Gino puso expresión de no comprender lo que le cuestionaba-. ¿Cómo es que te lo tomas tan tranquilamente?.- continuó el defensor-. Llegamos a Japón siendo considerados como uno de los equipos favoritos para ganar la Copa y nos derrotan en nuestro primer partido. ¿Cómo es que tú estás tan tranquilo? No puedo entenderlo.
Gino bajó la mirada un segundo hacia sus manos, viendo las vendas que las envolvían y suspiró.
- Hace algunos años comprendí que la vida es demasiado corta como para amargarse con cosas que no puedes cambiar.- respondió Hernández-. Hay situaciones que se salen completamente de tus manos y por más que desees que fueran de otro modo, no lo serán. La vida es así y tú no tienes el control sobre eso. Desde entonces, decidí que cualquier cosa que hiciera en mi vida, la haría única y exclusivamente para mí y para aquéllos a los que quiero y aprecio. No me importa si creen que somos los favoritos o no apuestan ni un euro por nosotros, siempre juego dando mi mejor esfuerzo para jamás arrepentirme de lo que pudo ser, para que si las circunstancias no son favorables como el día de hoy, yo pueda decir tranquilamente y con la cabeza en alto, que me comprometí hasta el final, y poder aceptar que fui vencido por alguien superior, aprender de mis errores y tratar de mejorar a partir de ellos es una parte fundamental de mi forma de ver la vida.
Algo en las palabras de Gino habían calado profundamente en Salvatore, y se preguntó el porqué sentía que del portero emanaba cierta tristeza.
- Al igual que tú, yo también odio perder.- continuó diciendo Gino, con seriedad.- Odio cuando en un partido me lanzo con todo por el balón y sólo llegó a alcanzarlo a rozar con los dedos, cuando no puedo establecer bien la trayectoria del tiro y me lanzo hacia el lado opuesto, cuando simplemente no calculé bien la distancia o cuando salgo erróneamente de mi posición y, como capitán, odio cuando no puedo anticiparme a las jugadas del oponente por lo que no puedo mover adecuadamente a la defensa o dar las correctas instrucciones, odio fallar como todos pero sobre todo odio ver a mi equipo perder.
- ¿Y entonces?.- preguntó Gentile, mirando fijamente y con curiosidad a su compañero.
La mirada de Gino estaba plasmada de paz y serenidad, como la de alguien que ya ha vivido muchas experiencias en su vida y ha aprendido de cada una de ellas, y Gentile se preguntó entonces: ¿cómo sería la vida de Hernández sin su perfección habitual? Sólo siendo él, sin cargar sobre sus hombros con los problemas de los demás, y con altibajos como todos los demás.
- Creo que simplemente es parte de mi forma natural de ser.- respondió Gino, encogiéndose de hombros-. Es algo con lo que nací y en lo que me convertí.- continuó, con una ligera sonrisa-. Si nos desmoralizamos no nos haremos más fuertes como equipo ni tampoco nos ayudará en ningún sentido para los próximos encuentros.- concluyó el portero.
- Dime una cosa.- preguntó Salvatore, con una ligera sonrisa en el rostro-. ¿Todas las noches, cuando el resto ya duerme, te dedicas a redactar estúpidos discursos como éste, para tenerlos listos en caso de ser necesarios? ¿O es que existe alguna escuela para Capitanes Perfectos, en donde te enseñan a hacer y a decir esto?
- Sí, Salvo.- respondió Gino, sonriendo-. Hay una escuela para capitanes en Europa y mis compañeros de clase fueron Schneider, Pierre y Cryufford.- agregó con sarcasmo, tras lo cual ambos jóvenes rieron con ganas.
- Ahora veo porqué todos te siguen ciegamente.- comentó Salvatore, más tranquilo-. Eres un buen orador, deberías dedicarte a los negocios, seguro ganarías mucho dinero.- completó, más animado.
- ¡No! Eso no es lo mío.-respondió Gino, divertido-. Para eso están Gigi y Nicco, perdón, quiero decir mi abuelo Niccolo y mi hermano Gianluigi.- se corrigió-. Ellos son los empresarios, yo sólo soy el deportista al cual no se le dan muy bien las cuestiones administrativas.
Salvatore recordó entonces que ese tal Gigi del que había hablado Gino, era la persona con la que Erika había estado conversando cuando recibió esa llamada en el hospital. Durante la conversación, el joven pareció ser el tipo de persona que apoyaba al portero incondicionalmente y Gentile deseó por un instante que Lucio fuera como él. Gino recibió en ese instante una llamada a su celular y al ver quién marcaba, sonrió divertido.
- Y hablando del rey de Roma.- comentó Hernández, obligándose a levantarse de su asiento, alejándose del defensor para dirigirse a la terraza y conversar más a gusto-. ¡Hey Gigi, qué hay!.- comentó Gino, al responder la llamada.
- ¿Se puede saber por qué no me habías dicho que Erika está en Japón contigo, y más aún, en tu equipo?.- preguntó Gianluigi, directamente.
- Si, hola Gigi, yo estoy muy bien, gracias por preguntar.- comentó, sarcástico, el portero.
- No te hagas y responde.- exigió el mayor de los jóvenes.
- ¿Cómo es que tú sabes eso?.- preguntó Gino, algo sorprendido.
- Yo siempre me entero de las cosas.- respondió, arrogante, Gigi.
- Sí, claro, ya en serio.- se burló Gino-. ¿Cómo supiste?
- Fue gracias a cierto portero idiota y olvidadizo que dejó su teléfono en el lugar menos pensado.- respondió Gianluigi.
- ¡Oh!.- comentó Gino, recordando que Erika le había entregado su celular después de haber llegado del hospital.
- ¿Por qué no me habías dicho que la volviste a ver? Ha pasado por lo menos una semana y no te has dignado a contármelo.- reclamó Gianluigi-. Me tengo que enterar por otros medios, si no jamás me lo dirías.
- La verdad es que fue demasiado sorpresivo.- respondió Gino, un poco a la defensiva-. Además de que tenía muchas cosas en mente como para acordarme de también informarte sobre mi vida privada.- le rezongó a su hermano.
- Soy tu hermano, es mi obligación y deber enterarme.- exigió Gigi, bromeando.
- Más bien, como eres un metiche de primera, te molesta que no te hayas enterado antes.- comentó Gino con burla, pero mostrando además un ligero tono de dolor en la voz que no pasó desapercibido para Gianluigi.
Gino estiró el brazo y comenzó a doblar lentamente uno a uno los dedos de las manos, en un intento por liberar el dolor que le estaban generando las lesiones, y el frío de la noche le empeoraba la sensación.
- ¡Como digas!.- comentó Gigi, con un cambio en el tono de su voz.
Gianluigi pensó que Gino siempre transmitía mucha energía y alegría al hablar, y sin embargo, ese día no era así, por lo que suspiró al darse cuenta de que algo andaba mal.
- ¿Qué sucede, Gino?.- preguntó Gianluigi, preocupado.
- ¿A qué te refieres?.- respondió Gino con otra pregunta, fingiendo no entender.
- Tu voz te delata. ¿Qué es lo que pasa?.- insistió el mayor de los jóvenes.
- Nada importante.- suspiró Gino-. Sólo que me están doliendo mucho las muñecas.
- ¿Qué fue lo que dijo el médico?.- preguntó Gianluigi, con voz sumamente preocupada.
Gino entonces puso al tanto a su hermano de la condición de sus lesiones y las indicaciones que le había dado el medico al respecto, Gianluigi se mostraba realmente preocupado pero también trataba de animar al portero.
- ¿Y en lo emocional, cómo estás?.- preguntó, finalmente.
- No hay mucho qué decir al respecto.- suspiró Gino-. No te preocupes, estoy bien.
Gino le tuvo que asegurar muchas veces a su hermano que estaba bien antes de que éste le dejara de insistir con tantas preguntas, aunque al final Gianluigi amenazó al portero de que si se enteraba de que no era cierto lo que le decía, iría inmediatamente a Japón.
"Debería hablar mejor con Erika más tarde, para asegurarme", pensó Gigi.
- Bueno, entonces respóndeme otra cosa: ¿Cómo es eso de que Erika y tú sólo son amigos?.- Gianluigi atacó con otro tema.
- Pues así como lo dices.- respondió Gino, con evasivas-. Sólo somos amigos.
- Sé perfectamente bien lo que sientes por ella.- respondió Gigi, molesto-. No entiendo porqué te haces tanto del rogar.
- No es eso.- se defendió Gino-. Sólo es que no he podido hablar con ella sobre nada que no sean lesiones, además de que no es el momento adecuado para eso.
- Nunca será un momento adecuado para nada si no tienes el valor de hacerlo.- le reprendió Gianluigi-. ¿Qué esperas? ¿A qué termine el torneo y ella se vaya?
Gino no había considerado esa opción hasta ese instante, por lo que al escucharla, en verdad se preocupó al pensar en que, efectivamente, ella era sólo una pasante temporal en el equipo y estaría únicamente para ese torneo; y fue entonces cuando se cuestionó si acaso Gigi tenía razón al decir que probablemente al regresar a Italia ya no la volvería a ver; en el fondo, Gino esperaba que no tuviera razón pues esto era algo que no deseaba que sucediera.
