Capítulo 20.

Kashima, prefectura de Ibaraki, Japón. 15 de Octubre.

Estadio de Fútbol Sóccer Kashima Antlers.

El árbitro había pitado dando por concluida la primera mitad del encuentro y el marcador se encontraba aún empatado a ceros, esto en gran medida gracias a las estupendas actuaciones de los porteros de ambos equipos. Una vez que concluyó la primera parte, el entrenador Santoro no esperó a que sus jugadores abandonaran la cancha y se retiró rápidamente de la banca antes que los demás, para ingresar al túnel que lo conduciría a los pasillos del estadio; él los atravesó sin detenerse hasta que llegó a la puerta de la enfermería, en donde, sin previo aviso, entró cerrando la puerta tras de sí y acercándose un poco hacia las personas que ya se encontraban en el lugar, para luego cruzar sus brazos y poner una expresión adusta.

Gino se encontraba, en ese instante, sentado sobre la camilla de la enfermería, con su mano izquierda extendida frente a él, al tiempo en que el Dr. Lucchetti se la terminaba de vendar; atrás del doctor, Erika le asistía proporcionándole todo lo que el galeno requería para realizar su labor, sin perderse detalle alguno de los movimientos tanto del portero como del médico. No había sido desconocido para nadie el hecho de que Gino se había estado esforzando al máximo durante el partido para mantener el encuentro sin ningún gol en contra, utilizando su mano izquierda en más de una ocasión para salvar la portería, lo que había terminado por incrementar el dolor de su lesión.

Pero sin lugar a dudas, el problema más grave había sucedido cuando faltaban escasos tres minutos para que concluyera la primera parte del encuentro, Hernández había salido a achicar su área para impedir que un jugador mexicano lograra rematar, cuando en medio del frenesí de la jugada, el italiano recibió, por parte del mexicano, una patada directamente sobre su antebrazo derecho, lo que ocasionó que soltara de inmediato el balón por el impacto, el cual hubiera terminado seguramente siendo gol de no ser por la oportuna intervención de Salvatore, quien se lanzó en una arriesgada barrida logrando despejar el esférico, sacándolo del campo de juego; y aunque en el proceso el defensor italiano se había vuelto a resentir de su lesión, su dolor no fue tanto como para que no concluyera el partido.

- ¿Qué hay con Salvatore?.- preguntó en ese instante el entrenador Santoro, justo antes de que Lucchetti se volviera a centrar de nuevo en Gino.

- Alessio está con él en este momento.- respondió el galeno-. Le pedí que se quedara para checarlo y de ser necesario que me avisara, aunque creo que sólo necesita un buen masaje relajante en la zona.- continuó diciendo-. A juzgar por el movimiento de la jugada, no creo que sea nada grave o que haya empeorado su lesión, sólo creo que se sobre esforzó un poco.

- ¿Entonces, podrá seguir jugando?.- inquirió el técnico.

- Al final, ésa será tu decisión como entrenador.- respondió Lucchetti, mirando fijamente a Santoro-. Tú sabrás si lo dejas o no continuar, pero en una recomendación más personal que médica, te diría que mejor lo dejes descansar, recuerda que está lesionado al final de cuentas.

Santoro ya no respondió, quedándose pensativo sobre qué acciones tomar al respecto, mientras que el Dr. Lucchetti se volvía a concentrar en su otro paciente.

- Bien, ahora vamos a ver la otra mano.- comentó el médico, mirando con preocupación a Gino, a lo que Santoro fijo también su mirada inescrutable en el joven.

Después de ese enfrentamiento, fue más que obvio para todos que Gino se había lesionado aún más su brazo derecho, pues a pesar de haber aguantado estoicamente la jugada, él había terminado despejando con el puño izquierdo sin querer hacer ningún movimiento más con su brazo derecho, antes de que Salvatore llegara a salvar la portería. Fue entonces que el entrenador se comenzó a recriminar mentalmente por las malas decisiones que había tomado para este partido, y que a su parecer, habían sido el detonante para lo que se había desencadenado después, preguntándose si acaso esto era el resultado directo de los errores que él había cometido.

El técnico no pudo evitar culparse por haber sido él quien permitió en primer lugar que Gino jugara este partido, siendo que ya traía una lesión anterior en ambas manos y ahora al parecer la peor de ellas no era en la mano izquierda anteriormente lesionada sino en la otra, la cual ahora parecía estar mucho peor que la primera a juzgar por la mirada que tenía Lucchetti en esos momentos; lo cierto era que él no debió haberle permitido jugar a Hernández desde un principio y nada de esto hubiera sucedido. Santoro entonces se sintió directamente responsable por lo sucedido y se dijo que no se perdonaría jamás si por su irresponsabilidad había ocasionado que Gino tuviera que pagar un alto precio por su insensatez.

En ese momento, Gino dejó escapar un grito ahogado, al tiempo en que su rostro se contraía en una clara mueca de dolor. El médico tenía la mano derecha del portero sostenida en una de sus manos y con la otra le presionaba el antebrazo muy cerca del codo. Hernández sentía un penetrante dolor punzante que le recorría todo el brazo, desde la punta de sus dedos hasta llegar a su hombro, por lo que se mordió el labio inferior en un intento de no mostrar dolor al tiempo en que el médico comenzaba a estirar lentamente cada uno de los dedos del joven para comenzar con el examen físico.

- ¡Ungh!.- se quejó ligeramente el portero, sin poder contenerse.

- Ahora intenta cerrar el puño.- le indicó Lucchetti, a lo que Gino comenzó hacerlo de manera lenta y muy dolorosa sin poder cerrar completamente la mano.

- No es nada.- comentó Hernández, en una mueca contraída por el esfuerzo que hacía.

- ¡Ábrela nuevamente!.- ordenó el médico, con seriedad.

- ¡Ungh!.- el joven volvió a dejar escapar un quejido al realizar los nuevos movimientos, que fueron igual de dolorosos que los anteriores, apretando con fuerza los dientes-. No es nada, estoy bien.- volvió a decir, aunque esta vez parecía que se lo decía a él mismo.

Gino apenas y pudo semiflexionar los dedos, quedándose en esa posición al sentir un ligero alivio al constante dolor que sentía.

- ¡Ahh!.- se le escapó decir cuando el Dr. Lucchetti lo obligó a extender los dedos por completo, estirándolos con su propia mano-. Estoy bien.- volvió a repetirse, respirando entrecortadamente.

- ¿A quién quieres engañar?.- comentó en ese momento el entrenador, impasible.

Gino no le respondió y ni siquiera hizo el intento de mirar al técnico, pues estaba más concentrado en tratar de recuperarse de la oleada de dolor que le ocasionaban los movimientos. El doctor entonces comenzó a presionar cada parte de la mano en busca del punto que a Hernández le causaba más dolor, ocasionando que el italiano apretara cada vez más los dientes, al tiempo en que resoplaba intentando contenerse para no gritar; de este modo, el galeno continuó con el examen médico hasta llegar a un punto muy cerca del codo en donde una vez más Gino no pudo soportar el dolor y esta vez el grito fue aún más fuerte.

- ¡Bingo! Creo que encontré el punto.- comentó el doctor, analizando y palpando la zona.

- ¡Ahh!.- volvió a gritar el joven, cuando el médico tocó de nuevo en ese punto muy cerca de su codo.

- Será mejor que te tomemos una radiografía y un ultrasonido de la zona de una vez.- comentó el médico, muy serio, al tiempo en que comenzaba a quitarle el vendaje y las tiras elásticas que aun traía en la muñeca-. Erika, tráeme por favor los equipos.

- Enseguida.- respondió la aludida, con total seriedad, al tiempo en que se alejaba para ir a uno de los rincones de la habitación en donde se encontraban guardados los equipos portátiles que el estadio tenía para esas situaciones.

Gino alcanzó a ver en la pasante la misma expresión que el galeno tenía, lo que le hizo saber que algo no andaba nada bien, y fue en ese instante que él sintió que las punzadas se incrementaban exponencialmente al dejar de tener la presión que las vendas le habían estado dando y por más que intentó seguir ignorando el dolor ya no le fue posible hacerlo pues este se estaba volviendo cada vez más y más fuerte.

Una vez que Erika trajo el equipo médico al centro de la habitación, el Dr. Lucchetti procedió, con la respectiva ayuda de la pasante, a tomarle a Gino las correspondientes radiografías necesarias para hacer el correcto diagnóstico, y al cabo de algunos minutos, los datos por fin fueron procesados y las radiografías fueron visualizadas digitalmente en la pantalla del equipo, confirmando los temores del médico.

- Lo siento, Santoro, pero Gino no puede continuar jugando la segunda parte.- espetó, terminante Lucchetti.

- Pero, ¿por qué?.- preguntó incrédulo Hernández, lanzándole una mirada al médico y luego a Erika.

La joven, por respuesta, le lanzó una mirada de comprensión, solidaridad y cierta tristeza.

- Si bien el esguince de la mano izquierda al parecer no empeoró.- comentó el médico, dirigiéndose al entrenador-. Su mano derecha es muy diferente, perdió mucha fuerza y movilidad, pero sobre todo, la patada que recibió en el antebrazo le fisuró el hueso del cúbito proximal.

- ¿Qué quiere decir con eso?.- volvió a preguntar Gino, sin ser escuchado.

- Afortunadamente no hay daño en el radio, pero no puedo permitir que juegue así.- continuó explicándole al entrenador-. Si recibe otro golpe fuerte podría agravar la lesión e incluso terminar de fracturarla, con el riesgo de luxar el radio en el proceso, no puedo permitir comprometer su futuro por un partido, una lesión así podría ser muy seria al grado de necesitar una cirugía.

- ¡No!.- gritó Gino, claramente enojado, para hacerse finalmente escuchar-. Éste no es un simple partido, nos estamos jugando mucho en él, está en juego el sueño de poner a Italia de nuevo entre los mejores del mundo.

Todos miraron muy sorprendidos a Gino, quien permanecía con la mirada hacia el suelo, pues él jamás perdía el control de ese modo.

"No puede acabar todo aquí… ¡No! Yo aún puedo hacer mucho más, aún puedo ayudar al equipo, ya habrá mucho tiempo después para descansar y restablecerse de las lesiones", pensó Gino con frustración.

- ¿No hay algo que se pueda hacer?.- pidió el joven, aun con la cabeza gacha-. ¿No me pueden vendar y poner alguna inyección para el dolor o hacer algo que me permita al menos terminar este partido? No puedo dejarlo así.

- No seas insensato, Hernández.- le regaño el entrenador con mirada severa-. ¿No ves en el estado en el que estás? No puedes ni mover el brazo, ¿cómo es que piensas jugar así?

- Sí puedo jugar.- insistió Gino, nada convencido de lo que decía-. Sólo necesito algo para el dolor.- agregó, intentando convencerse más a sí mismo que a los demás.

Por respuesta, el entrenador Santoro le lanzó una mirada cargada de frialdad y severidad, al tiempo en que Erika y el Dr. Lucchetti lo miraban con compasión.

- No, no... ¡No!.- grito Gino, con frustración, deseando en ese instante poder azotar sus puños sobre la camilla para luego quedarse en silencio, en su interior se libraba una batalla en donde sus sentimientos intentaban nublar su razón-. ¡Debemos ganar este partido para tener esperanzas de continuar a la siguiente ronda, sino, todo habrá terminado!.- susurró al final-. No puedo rendirme...

A Gino le temblaba la voz, no quería rogar, nunca había sido partidario de hacerlo pero no podía aceptar tan fácilmente la realidad, no quería darse por vencido.

- Por favor.- rogó en un susurro, intentando contener las lágrimas y con la mirada baja, encontrándose en la fina línea que lo llevaría a dejarse vencer.

- Lo siento, pero no puedo dejar que sigas en el partido.- comentó finalmente el entrenador, con la misma dureza-. No jugarás la segunda parte.

- No puede obligarme a que abandone a mi equipo.- comentó el joven, en voz baja.

- No te estoy diciendo que abandones a tu equipo.- comentó el técnico, suspirando al fin y con una expresión mucho más comprensiva-. Te estoy impidiendo que arruines tu futuro.

El entrenador conocía de sobra lo que era eso, perder tu futuro y sueños sólo por no haber sabido en qué momento parar, y a su mente llegaron recuerdos de hace muchos años atrás, de un par de jóvenes, que no eran otros que él mismo y su mejor amigo de la infancia, los cuales no tendrían más que unos cuantos años más de los que tenía Gino actualmente, ellos habían crecido juntos, jugando al soccer desde pequeños, soñando, como muchos más en Italia, en convertirse en grandes futbolistas de talla internacional y, también, como Hernández, ellos habían deseado ser campeones del mundo y poner a su país en alto. Sin embargo, un día la desgracia cayó sobre ellos, su mejor amigo se lesionó y éste lo minimizó diciendo que sólo era una simple lesión sin importancia, la cual no quiso cuidar correctamente y continuó jugando sin descanso, partido tras partido, hasta que finalmente dicha lesión empeoró al grado de que su carrera se vio truncada a tan corta edad; a Santoro le había dolido mucho ver cómo su amigo había perdido su futuro por no haber sabido cuándo detenerse, y ese día el sueño de ambos también había quedado truncado pues el jugar sin él nunca fue lo mismo. Ahora, muchos años después, Santoro comprendía perfectamente bien que hubiera sido mucho mejor que, en aquél entonces, alguien hubiera forzado a su amigo a detenerse, por lo que se dijo que no permitiría que le pasara lo mismo a Gino.

- No seas necio.- volvió a regañarlo con dureza-. Te presionas tanto por ayudar a tu equipo que no mides las consecuencias y puedes llegar al grado de arruinar tu futuro por el bienestar colectivo. Pero no puedo permitirlo, si no te detengo en este mismo instante quién sabe cómo podrías terminar.

Gino mantenía la cabeza gacha, escuchando las palabras que su entrenador le decía, el hombre había dado en puntos clave y muy sensibles para el portero y no podía negar sus palabras, sentía que cualquier cosa que él pudiera objetar estaría de más y sería completamente inútil e incluso hasta contraproducente, por lo que lentamente comenzó a desistir en su deseo y dejó que su mente venciera a sus sentimientos.

- El hecho de que te presione tanto como capitán no es con el objetivo de que sientas que tienes que sacrificarte por el equipo.- continuó diciendo el técnico-. Acepta que en este momento es más importante curar esas lesiones antes de que sea demasiado tarde. Tienes un gran futuro por delante, no lo arruines aquí. Así que entiéndelo de una buena vez, no entrarás de nuevo a jugar, si ellos no pueden con el partido es mejor que nos derroten de una buena vez. No permitiré que arruines tu futuro sólo por un juego por muy de campeonato que sea, ¿qué clase de entrenador y de persona sería si lo permitiera? No voy a volver a arriesgarte de esa manera.- completó, tajante, el entrenador.

Las palabras de Santoro habían sido muy claras y no dejaban ninguna duda al respecto; Gino jamás había sentido una reprimenda tan estricta por parte del hombre como la recibida en ese instante, pero en el fondo él sabía que lo hacía por una buena razón y ésa era que velaba por su bienestar; la parte racional de Hernández finalmente había ganado su batalla interna y ahora comprendía muy bien qué era lo mejor, aún cuando no se sintiera para nada bien aceptarlo.

- Comprendo, señor.- comentó Gino, con un tono de derrota.

- Debo informarle al equipo los cambios que haré y dar las nuevas instrucciones.- comentó Santoro, dándose la media vuelta y dispuesto a salir-. En cuanto Lucchetti termine de curarte, ve con tus compañeros y entrégale la banda a Valentino.- ordenó, tajante.- Y confía en que Franco podrá reemplazarte, lo has entrenado bien.

A Gino le sorprendió un poco la orden pero luego suspiró decaído, mordiéndose nuevamente el labio para contenerse.

- Sí, señor.- respondió Gino, cerrando los ojos con fuerza para contener las lágrimas que amenazaban con salir en cualquier instante.

Erika se sentía impotente por presenciar la escena, quería poder hacer algo para no verlo de ese modo pero sabía que el entrenador tenía razón y no había nada más que hacer en este momento, aunque pensó que una vez más el entrenador se pasaba de duro y sus métodos no eran los más correctos.

Una vez que Santoro se retiró, Gino dejó que el médico terminara su labor, tratando de apartar la vista lo más que pudo para que no vieran que en su rostro se comenzaba a dibujar una fina línea de lágrimas que escurría por éste.

- Yo lo que podría agregar es que continúes siendo el gran capitán que has sido desde que te conozco.- le comentó Lucchetti, de forma paternal y tratando de reconfortarlo-. Y confía en que los demás darán lo mejor de sí en el resto del partido, confía en que Franco podrá ser un buen sustituto tuyo en la portería; como ya lo ha dicho Santoro, lo has entrenado bien, y confía en Valentino para que pueda hacer un buen trabajo como capitán como tú lo sueles hacer, ellos te respetan mucho y darán todo de sí para no defraudarte.

Gino entonces asintió un tanto avergonzado, limpiándose el rostro. El Dr. Lucchetti tenía razón al decirle que debía confiar, ¿no era acaso qué él siempre decía eso? ¿Qué había que confiar? Sí, él debía confiar en los demás pero sobre todo, debía confiar de nuevo en sí mismo.

- Gracias.- susurró Gino, mucho más tranquilo, después de un momento.

Y después de unos minutos, en los que el galeno le había colocado una combinación de bandas elásticas con vendaje tradicional en la muñeca y codo para luego inmovilizarle completamente el brazo con un cabestrillo, Gino finalmente se levantó de la camilla y se dirigió rumbo a la puerta.

- ¡Gino, espera!.- exclamó Erika, deteniendo al portero cuando éste casi llegaba a la puerta.

Gino se giró entonces al escuchar su nombre, pero mantenía la cabeza gacha, no deseaba que ella lo viera en ese estado pero no había opción, ella lo había presenciado todo y él no podía saber cuánto tiempo más podría aguantar antes de volver a caer. Erika entonces se acercó a él y suavemente le levantó la barbilla.

- Sal con la cabeza en alto, no hay nada de qué sentirse culpable.- le comentó dulcemente-. Has dado todo en cada uno de los encuentros por lo que debes sentirte orgulloso.- continuó diciéndole, a lo que Gino asintió en silencio-. Los demás aún necesitan de tu fortaleza, no te dejes vencer.- agregó, al tiempo en que le daba un beso en los labios, lo cual hizo que Gino se sintiera ligeramente mejor.