Capítulo 21.
En el vestidor del equipo italiano reinaba el silencio absoluto, los pocos jugadores que aún quedaban en el lugar no pronunciaban palabra alguna por lo desmoralizados que se sentían y sólo se concentraban en guardar sus respectivas pertenencias en sus maletas para retirarse lo más pronto posible con dirección al autobús. Gino no había pronunciado ni una sola palabra desde que el encuentro finalizó, y en este momento su dolor era más que visible en su rostro, él no quería hablar con nadie por lo que evitaba todo contacto visual con sus compañeros.
Tal como se lo había indicado el entrenador Santoro, después de salir de la enfermería Gino se reunió con el resto de sus compañeros en los vestidores, antes de que éstos regresaran al encuentro y los había tratado de alentar en la medida de sus capacidades. Había intentado ser optimista y seguro de sí mismo en sus palabras para ser, como le había dicho Lucchetti, un buen capitán; le había dicho a Franco que era capaz de ser el mejor portero de Italia, incluso mejor que él, para levantarle la moral, para que creyera en sí mismo y pensara que era realmente capaz de suplirle.
Gino también le había dado toda su confianza a Valentino, al tiempo en que le entregaba la banda de capitán en sus manos, para que éste dirigiera al equipo a la victoria; le había dado una palmada de apoyo con esa adolorida mano a todos sus compañeros, mostrando una gran sonrisa al tiempo en que cada uno de ellos salía con rumbo a la cancha. Les había pedido que dieran lo mejor de sí en el campo y que no se dejaran vencer. Se había desvivido por tratar de darle a cada uno de ellos las palabras correctas de apoyo para que no se dieran por vencidos y lucharan hasta el final.
Al verle en los vestidores, nadie hubiera creído la escena que había sucedido en la enfermería momentos antes, pero lo cierto era que sus compañeros sí habían resentido mucho la noticia de que Gino no podría continuar el partido a pesar de que todos ya lo sospechaban de algún modo, lo habían percibido en la expresión de dolor que había tenido Hernández cuando salió del campo y lo habían confirmado nada más lo vieron entrar con los brazos vendados e inmovilizados.
Al terminar el encuentro, Gino se había quedado mirando el campo de juego, inmerso en sus pensamientos, incrédulo por lo que acababa de suceder, su mente sólo se repetía una y otra vez las mismas palabras: "estamos fuera, estamos fuera, estamos fuera…". El partido había concluido con un empate y eso ya no era suficiente para que ellos pudieran continuar en el torneo, el sueño había quedado destrozado por la cruda realidad.
Después de permanecer un rato en el campo, Gino finalmente llegó al vestidor más por obligación que porque en verdad quisiera estar ahí; no deseaba estar cerca de nadie y el vestidor en este momento le asfixiaba, sentía claustrofobia de permanecer entre esas paredes, pero debía ducharse y cambiarse pues ya muchos de sus compañeros estaban casi listos y él aun no sabía ni qué hacer. Hernández intentó entonces sacar de su maleta lo necesario para meterse a la ducha, pero no era capaz ni de hacer los más mínimos ni elementales movimientos con sus manos, a pesar de la inyección para el dolor que le había puesto el Dr. Lucchetti el dolor no disminuía y los vendajes y la inmovilización de su codo eran aún más estorbosas que las de sus muñecas.
Gino estaba perfectamente consciente de que estaban hechos con el propósito de que no moviera el brazo, pero por esa misma razón eran también tan insoportables no sabía siquiera cómo iba a poder quitarse todo: vendajes, zapatos, uniforme, para poder meterse a la ducha, mucho menos tenía claro cómo carajos se bañaría y se cambiaría después si no podía ni siquiera tomar la toalla de su maleta, la cual con mucho esfuerzo apenas y logró abrir.
"Al diablo con la ducha, me iré caminando si no me aceptan sudoroso en el autobús", pensó, al tiempo en que se sentaba en la banca, suspirando derrotado.
Pero en el fondo él sabía que no era así, él no podría soportarlo como no podía soportar la derrota y se maldijo de nuevo por eso. Volvió a pararse e intentó nuevamente deshacerse del uniforme que traía puesto.
"¿Y si mejor me meto así con todo?", pensó, sonriendo ligeramente por lo estúpido de la idea.
Luego de una ardua lucha, Gino logró deshacerse de su ropa y meterse finalmente a la ducha, en donde tardó más de lo normal por todos los inconvenientes que se le fueron presentando en el proceso, además del deseo de que el chorro de agua fría se llevara todos sus pensamientos con ella; cuando el portero al fin terminó y regresó a los casilleros, ya sólo quedaban unos cuantos rezagados en el vestidor. Con mucho esfuerzo y dolor consiguió medianamente secarse y ponerse la ropa más cómoda que tenía, colocándose los tenis sin atar.
"¡Qué más da si me tropiezo! No me puedo hacer más daño ya", pensó con amargura.
Hernández entonces intentó inútilmente meter sus pertenencias de nuevo a su maleta y ya demasiado cansado de tanto batallar, se dejó caer de nuevo en la banca; él miró entonces sus adoloridas manos e intentó flexionarlas lentamente, lo cual le ocasionó otra oleada de dolor. Gino sentía que esas manos tan lastimadas ya no podían soportar ni un esfuerzo más, que le decían a gritos que se encontraba en su límite y que debía parar, por lo que suspiró nuevamente derrotado, le dolían el cuerpo y el alma, no podía ya soportar nada ni siquiera el enorme peso de la derrota que traía sobre sus hombros.
Fue entonces cuando Gino se sintió completamente inútil y desesperado, se dijo que todo el esfuerzo que había hecho durante el día había sido completamente inútil, que no había servido absolutamente de nada; cada palabra dicha, cada esperanza depositada, cada esfuerzo dado, todo había sido completamente inservible y al final, sólo había una cosa cierta: estaban fuera del torneo y no había nada que lo pudiera cambiar, y lo peor era que sentía que los había traicionado a todos.
A pesar de que su mente le decía una y otra vez que el entrenador tenía razón y que de nada hubiera servido el haberse inmolado en la cancha, como solían hacer otros, lastimándose en el proceso aún más de lo que ya estaba, Gino no podía quitarse esa sensación de haber abandonado a su equipo, al no estar con sus compañeros hasta el final del partido y esto le estaba causando una enorme opresión en su pecho que lo dejaba sin aliento, sentía que se estaba asfixiando por más que intentaba respirar profundamente.
Gino entonces cerró los ojos apretándolos con fuerza y recargando su frente en la puerta del casillero, sus emociones estaban nuevamente amenazando con salirse de control y eso era lo menos que él deseaba en esos momentos, no quería que nadie lo viera de ese modo, tan inútil y derrotado; se dijo que lo último que podía hacer y que le debía al equipo era que no le vieran desmoronarse frente a ellos por lo que tenía que intentar mantener la cabeza en alto como siempre lo había hecho. Hernández entonces suspiró apesadumbrado y abrió los ojos, levantándose de su asiento para volver a intentar guardar sus pertenencias.
Salvatore se encontraba mirando fijamente al portero a unos cuantos metros de distancia de él, de manera que no le pasó desapercibido ninguno de los movimientos ni expresiones que el otro había hecho; sin embargo, contrario a lo que había pensado tiempo atrás de que se burlaría de Gino en su cara en cuanto lo viera caer derrotado, en este momento Gentile sintió mucha empatía por su capitán. Él había sido testigo de cómo Hernández se había desvivido por ayudar al equipo en los vestidores, intentando inútilmente el darles una cara de optimismo y seguridad, viendo cómo se esforzaba por mostrarse confiado y tratando a toda costa de levantarles la moral.
Gino era bueno manteniendo esa faceta de capitán perfecto pero también era un ser humano que sufría como el resto y eso lo había notado también Gentile; como ya se lo había dicho directamente a él en alguna ocasión, el portero era pésimo mintiendo y se le notaba a miles de kilómetros de distancia sus estados de ánimo, por lo que por más que en su rostro reflejara una sonrisa de seguridad y confianza, en sus ojos se podía ver lo contrario. Y Gentile lo pudo confirmar cuando el resto de sus compañeros salieron de los vestidores rumbo al campo de juego para la segunda mitad del partido. Esa mirada de anhelo y a la vez desesperación que Gino tenía por no poder hacer nada más por el equipo había sido demasiado dolorosa incluso para él.
Y ahora que lo miraba con esa expresión de completa derrota en su rostro se dijo que Hernández no era así y sin saber el porqué, Salvatore deseó que Gino volviera a ser de nuevo el estúpido capitán perfecto con su optimismo sin límites, lo que lo irritó mucho.
"¿Y a mí por qué me debe importar lo que le pasa?", pensó, al tiempo que gruñía.
- No desquites tu ira con él.- comentó de pronto Valentino, detrás de Salvatore, lo que sorprendió mucho al defensor.
- ¿Por qué dices eso?.- preguntó Gentile, quien se giró rápidamente para mirarlo.
- Sé que puedes estar frustrado y enojado por el resultado del partido.- comentó Valentino, sentándose al lado del defensor-. Pero si te tienes que enojar con alguien, en todo caso sería conmigo ya que fui yo el que no supo cómo liderar correctamente al equipo.- comentó, algo decaído-. Gino es un excelente capitán que siempre trata de sacar lo mejor de todos pero en esta ocasión yo no fui capaz de hacerlo.
- No entiendo a qué viene todo eso.- respondió Gentile, molesto por el reclamo del mediocampista.
- Porque vi cómo lo mirabas.- le respondió Valentino-. Se notaba que querías asesinarlo con la mirada.
- Eso no es verdad.- se defendió de inmediato Salvatore-. Ni siquiera lo estaba mirando.
- ¿Y entonces por qué bufaste?.- contraatacó de nuevo el mediocampista-. Cómo te dije, si tienes que desquitarte con alguien que sea yo tu objetivo y no él.- agregó, al tiempo en que se alejaba.
Gentile se quedó muy molesto por el comentario pues por primera vez él no quería atacar ni burlarse de nadie pero para variar y como siempre le sucedía en su familia, ya habían sacado sus conclusiones al respecto sin siquiera detenerse a preguntar primero.
Mientras tanto, ajeno a lo que pasaba a su alrededor, Gino finalmente había conseguido guardar todas su pertenencias y con mucho esfuerzo había cerrado su maleta pero una nueva oleada de dolor atravesó sus brazos cuando intentó cargarla para salir de ahí, lo que hizo que dejara de intentarlo al instante.
"Esto va a ser un gran problema", pensó Gino, suspirando con desesperación.
Gino se encontraba muy frustrado de no poder realizar de manera normal todas las actividades que hacía de manera tan automática en cada entrenamiento y partido, lo que hizo que se desesperara una vez más. Ninguna de sus manos le respondían adecuadamente y el dolor en ambas era igual de fuerte por lo que no podía ni siquiera cerrar uno de sus puños alrededor de las asas de la maleta como para tomarla, mucho menos podía sostener su peso en ellas. En cada movimiento se dibujaba una mueca de dolor en su rostro por lo que pronto desistió de seguir intentándolo.
"¡Maldición! ¿Y ahora qué haré?", pensó Hernández, sentándose de nuevo en la banca.
- ¡Espera!.- comentó de pronto Alonzo, al tiempo en que llegaba al lado de Gino, quien lo miró sorprendido-. Deja que yo me la lleve.- agregó, mientras levantaba la maleta y se la ponía al hombro.
Luego el mediocampista tomó su propio equipaje con la otra mano y se hizo a un lado, haciéndole una seña con la mano para que su capitán avanzara delante de él hacia la salida, a lo que Gino obedeció. En ese momento, Valentino llegó al lado de su capitán y le dio una palmadita en el hombro a Hernández, lo que hizo que éste saltara pues iba inmerso en sus pensamientos.
- Aguarda.- comentó el mediocampista, agachándose para atarle las agujetas de los tenis-. ¡Listo! Lo menos que necesitamos es otro accidente más.- le sonrió para luego en un acto de camaradería pasar uno de sus brazos por los hombros de su capitán, acompañándolo de este modo hasta la salida.
El resto de los jugadores que aún se encontraban en sitio, tomaron sus pertenencias y se dispusieron a salir detrás de ellos.
- ¡Vamos!.- comentó Valentino, intentando levantar los ánimos de los que quedaban-. No perdimos, aún tenemos una oportunidad de clasificarnos como segundos de grupo.- comentó, animado-. Si ganamos nuestro próximo partido y Uruguay llega a perder….- agregó con un poco más de duda a lo que todos le respondieron con miradas de incredulidad.
- ¿Es en serio?.- le reclamó Luciano-. No podemos depender de un resultado de otro encuentro.
- Te creería que si sólo dependiera de que ganáramos, pero Uruguay viene fuerte y dudo mucho que México logre vencerlo.- comentó Marco, a su vez.
Gino quien había notado el semblante del entrenador Santoro cuando se había terminado el encuentro, sabía de sobra que no había más esperanzas, ellos estaban fuera y nada lo cambiaría, así se lo había confirmado la expresión de su entrenador.
"Es inútil hacerse falsas esperanzas", pensó.
Creer que sucedería un milagro era una gran tontería y, sin embargo, si eso era lo que el equipo necesitaba, Hernández creería en ello.
- No todo está perdido.- comentó Gino, apoyando las palabras de Valentino y alentando a los demás, tratando una vez más de ocultar sus sentimientos por el bien común.
Y luego les sonrió, no con su sonrisa habitual, llena de confianza y optimismo pero sí con una lo suficientemente buena como para infundirles un poco de confianza. Él había trabajado muy duro para que todos creyeran en él y en estos momentos tenía su recompensa, los demás le respondieron de igual manera, alentando a su capitán, pues a nadie le había pasado desapercibido el estado emocional del portero y una vez que los jóvenes salieron de los vestidores se encontraron de frente con Erika, quien había estado esperando a las afueras del vestidor a que Gino saliera.
La joven se había quedado muy cerca de Hernández en la banca, durante la segunda mitad del encuentro y había visto cómo Gino se mordía el labio inferior por no poder apretar los puños, en un tic nervioso que había adquirido quizás hacia poco tiempo pues ella lo desconocía hasta ese momento. El italiano, además, movía insistentemente la pierna en una clara muestra de desesperación e impaciencia pues se le notaba que deseaba levantarse de su asiento, correr a la cancha a ayudar a su equipo o por lo menos desde la línea de meta gritar instrucciones para los demás.
Sin embargo, cuando finalmente el árbitro había pitado el final del encuentro, la mirada de Gino quedó completamente apagada y perdida en el campo de juego; después de eso, el guardameta había permanecido en silencio por un rato largo, mirando fijamente a la portería, hasta que Erika se le acercó y le acarició suavemente la espalda para llamar su atención, haciendo que él se volviera a mirarla con mucha tristeza reflejada en los ojos.
- ¡Vamos!.- le dijo la joven, invitándolo a andar.
Gino entonces suspiró y obedeció caminando con los hombros caídos, la mirada gacha y el cuerpo completamente abandonado, caminando como un muerto viviente; a Erika le dolió mucho verle así, quería abrazarlo y consolarlo pero también quería tomarlo por los hombros y sacudirlo con todas sus fuerzas para ver si acaso reaccionaba, pero al final, sólo pudo verlo alejarse con ese dolor impregnado en su ser.
Y ahora que ya casi todos se encontraban en el autobús aguardando por los pocos rezagados que faltaban, ella había decidido esperar a Gino para saber cómo se encontraba, por lo que en cuanto Valentino vio a Erika parada justo en frente de ellos, se separó de su capitán y le dio una palmadita en el hombro al tiempo en que se retiraba junto con los demás.
- Allá los esperamos.- comentó Valentino, sonriendo con complicidad-. No se tarden mucho.
Por respuesta, Erika le devolvió la sonrisa, agradeciéndole al mediocampista y, una vez que se encontraron a solas, la pasante se acercó al portero y lo abrazó fuertemente, haciéndolo estremecerse por la sorpresa, para luego acariciar suavemente su espalda en un intento de reconfortarlo; Gino entonces suspiró y ocultó su rostro en el cuello de ella al tiempo en que con su brazo izquierdo la rodeaba por la cintura. Shanks no quería seguir viéndolo sufrir de ese modo, ya había entregado demasiado en ese partido y, por qué no, también en ese campeonato.
- Ya has hecho demasiado por el día de hoy.- le dijo Erika al oído-. Hiciste un gran trabajo y no hay nada de lo cual tengas que reprocharte, es hora de que dejes que alguien más sea tu soporte y aquí estoy yo para eso.
- Se acabó todo y siento que defraude a los demás.- susurró él.
- Eres tú quien suele decir que cuando uno hace su mejor esfuerzo, no tiene nada por lo cual arrepentirse, ¿cierto?.- le respondió la joven-. ¿Entonces, por qué ahora vienes con eso?
Gino, muy a su pesar, sonrió por el comentario, Erika tenía razón y nuevamente llegaba en el momento indicado para intentar hacerlo sentir mejor.
