¡No soy tu mascota!

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La nueva sede de la Orden del Fénix, después de que Grimmauld Place hubiese sido tomada por los mortífagos, estaba oculta en la trastienda de un comercio de materiales de jardinería abandonado, llamado Cube Pots.

A pesar de haber sido agrandada mediante un encantamiento de extensión indetectable, no terminaba de cumplir tan bien como la sede anterior con los requisitos necesarios. Solo era algo provisional.

Allí se estaba celebrando la última asamblea, la cual, como todos esperaban, no estaba siendo muy productiva.

-Quisiera exponer algo importante, que me parece, hemos dejado de lado.

-Dinos Luna, -dijo Fleur, temiéndose lo peor, pero intentando ser amable con la rubia.

-¿Hasta qué punto podemos confiar en que no nos estén envenenando los sanadores de San Mungo por orden de los mortífagos?

-Eso no está en el orden del día, señorita Lovegood –dijo con sequedad Minerva McGonagall, cortándola.

-Pues yo no lo considero ninguna tontería, -opinó Neville.

-Nadie ha dicho que sea una tontería, ni tampoco lo contrario. Simplemente, que no está en la orden del día, -terció Angelina.

Mundungus Fletcher, que estaba cabeceando en un rincón, se despertó de repente diciendo ¿qué? ¿Qué pasa?

-Te rogaría tu atención, Mundungus, si no es mucha molestia –dijo Minerva McGonagall con desaprobación. Recuerden que somos la esperanza de la comunidad mágica de este país ¡si perdemos la guerra, la oscuridad caerá sobre nosotros por no sabemos cuánto tiempo!

-Por favor ¿Podemos centrarnos en que el tema de esta reunión es tratar de liberar a nuestra compañera Hermione Granger? –Exclamó exasperado George. – ¡Parece mentira que sea yo el que tenga que ponerse serio!

-Bien dicho, George, lo apoyó Tonks.

-¡Tú cállate, egoísta! -Le reprochó Ron.

-¡Oye tío, no te metas con Tonks! ¿Qué culpa tiene ella de lo que le ha pasado a Mione? –Dijo Fred, en defensa de la metamorfomaga.

-No puedo creer que te pongas en contra de tu hermano… bueno, en realidad no sé por qué esperaba algo distinto: desde que nuestros padres murieron ya ni te molestas en fingir que me respetas…

Ron estaba muy dispuesto a seguir quejándose de la actitud de su hermano, pero en ese momento intervino Neville de nuevo:

-El ED solo participará en una posible acción contra Lestrange si se firman los documentos que vosotros sabéis… y no es que esa psicópata sea precisamente de nuestro agrado, ¡pero si vamos a participar en esto, queremos ser reconocidos en un plano de igualdad!

-¡Ya estamos otra vez con lo de los papeles!, -Exclamó Tonks irritada.

-¿Qué papeles? –Preguntó Ron.

-¡Unos papeles en los que dice que me la peles! –Le respondió su hermano Fred, sin poder evitar hacer la broma fácil.

-¡Por favor señores, un mínimo de seriedad! ¿Tengo que recordar que nuestra compañera y amiga Hermione Granger se halla en poder del enemigo? –Reconvino Minerva McGonagall, muy enfadada.

Todos bajaron un momento la cabeza, avergonzados, y guardaron silencio. Pero el silencio no duró mucho.

-¡Todo esto es por culpa de Tonks! ¡Deberíamos haberle entregado a Pansy y que se maldigan mutuamente la Lestrange y ella! ¡Que los mortífagos arreglen sus problemas entre ellos! –Exclamó Ron.

-¡Oye, Ron, ten cuidado con lo que dices, que ya me tienes hasta el mismísimo coño! ¡Pansy no es ninguna mortífaga: ella es ahora de los nuestros!

-No te molestes, Dora, para él no han acabados los buenos y gloriosos tiempos de Hogwarts, donde todo estaba tan claro, y él y sus amiguitos eran los buenos, y los demás, malísimos. –Dijo Pansy de forma venenosa.

-¿Podría pedirle a la señorita Parkinson que se abstuviese de opinar o abandonase la habitación? Después de todo ya tiene experiencia en abandonar lo que sea cuando las cosas se ponen difíciles…

-Pansy no se va, Minerva. Y no tiene por qué callarse. ¡Al contrario que otros, ella no ha insultado a nadie!

-Tonks, tía, sabes que te aprecio, pero en serio, ¿por qué te la has traído? ¡Bastante desagradable es que te escuchemos zumbártela cada noche, como para encima tener que aguantarla aquí también! –Protestó George.

-En el fondo tienen razón, Dora. Yo aquí no pinto nada. Mejor me voy. Te espero en el bar muggle de enfrente, tomando un té.

-¡Pues si se va ella, me voy yo! –Exclamó irritada la metamorfomaga.

-¿En serio, Tonks? ¡No te lo tienes que tomar de este modo! ¡Solo se te está pidiendo que no la traigas a la asamblea! –Dijo Angelina.

-Te espero ahí al lado, Dora. Diviértete con tus amigos.

-Esperad un momento, o seguid discutiendo sin nosotras, como queráis. Tengo que hablar con mi novia a solas.

-No tardes, Tonks. No vamos a esperar toda la tarde a que resuelvas tus problemas con Miss Slytherin. –Dijo Bill suspirando.

-Si Kingsley Shacklebolt levantase la cabeza, querría morirse otra vez, del disgusto, –dijo McGonagall, mientras Pansy y Tonks abandonaban la habitación.

Tonks cogió de la mano a Pansy y la llevó hasta la salida trasera de la tienda, situada de forma discreta en un callejón oscuro en el que nunca pasaba nadie, ni había ventanas por las que las pudiesen mirar los vecinos salir de una tienda abandonada.

-Pansy, ahora eres una de los nuestros. Tú lo sabes y yo lo sé, pero a ellos todavía puede que les cueste un poco de tiempo acostumbrarse. No entres al trapo en sus provocaciones. ¡No les des el gusto de irte!

-Dora, nunca me van a aceptar. Y yo me siento muy incómoda estando con ellos y aguantando sus malas caras y sus desprecios…

-Ahora están las cosas muy tensas porque tienen a Hermione, pero en cuanto la rescatemos…

-Despierta, Dora: eso no va a pasar.

Tonks despegó los labios para hablar y tomó aire, pero al final se desinfló como un globo y cerró la boca de golpe.

-La rescataremos, -consiguió decir. –No sé cómo, pero lo haremos. ¡No podemos dejarla con esa zorra psicópata!

-¿Cómo? ¡Si ni siquiera sabemos dónde está! Bellatrix es tan paranoica como vosotros, o más, y como bien sabes, suele cambiar su residencia frecuentemente. ¡Ni siquiera los mortífagos que no son de su total confianza saben exactamente dónde se encuentra su líder!

-Con eso querrás decir casi todos. Excepto en su hermana, esa víbora no confía en nadie. Oye, una idea: ¿Y si la hiciésemos a ella rehén?

-¿Ahora quieres secuestrar a Narcissa?

-Podría ser bueno. Podríamos interrogarla, y aunque no obtuviésemos información, simplemente con tenerla prisionera, Bellatrix no se atrevería a dañar a Mione.

-Estás dando muchas cosas por sentadas, Dora. Pero igualmente, no creo que sea tarea fácil planear un asalto a Malfoy Manor, y eso contando con que la rubia esté allí…

-¿Entonces qué podemos hacer? –Preguntó Tonks irritada.

-No podemos hacer nada, Dora, al menos de momento. Acéptalo. Nadie tiene la culpa de lo que ha pasado, y tú menos que nadie, pero Hermione está tan perdida para nosotros como si estuviese muerta. Anda, vamos dentro, y terminemos con esta estupidez de asamblea lo más rápido posible.

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-Niña, ¡no estés tan asustada! ¡Solo quiero que demos un paseo! Ten, es una de mis batas, te la he traído para que la uses, póntela, no te vayas a enfriar.

-Bellatrix, no quiero contradecirte y que te vayas a enfadar conmigo, pero es muy tarde. ¿No podemos pasear mañana?

-No. Mañana tengo cosas que hacer. Vamos a pasear ahora, que es cuando no puedo dormir.

-Está bien, -dijo Hermione, dándose cuenta de que discutir sería inútil, mientras se abrochaba los botines que le había traído el elfo de Bellatrix.

Los jardines, iluminados por una veraniega luna dorada, dueña y señora del cielo nocturno, estaban perfumados con un suave olor a hierba recién cortada y a lluvia, gracias al breve chaparrón que había caído por la tarde. Pasaron junto a unos jazmines, un galán de noche, y unos rosales. Una enredadera de flores de un intenso color violeta cubría uno de los muros de una de las construcciones adyacentes a la mansión. Hermione conocía esas flores, y sabía que abrían de día: debían estar encantadas para que ellas también se adaptasen al horario favorito de Madame Lestrange.

Un camino empedrado rodeado de magnolios en flor brillaba bajo la luz de la luna. Empezaron a caminar por él, las dos juntas. Bellatrix llevaba una bata verde bordada en plata muy parecida a la que le había dado a ella. Hermione se giró y miró la casa de sillares de piedra: aunque imponente y señorial, se la veía siniestra, recortándose oscura contra el cielo iluminado. Todos dormían, pues no se veía ni una sola luz en ninguna de las ventanas. Todos salvo ellas dos: la líder de los mortífagos y su enemiga, ahora cautiva.

-¿Te gusta la casa? –Preguntó Bellatrix.

-Me gustan los jardines. La casa es bastante tenebrosa, y además he pasado demasiado tiempo ahí dentro.

-Bueno, dicen que todo pasa. Esto también pasará. No duraremos mucho aquí: pronto estaremos en otra casa, y espero que te guste más, aunque me temo que también vas a pasar mucho tiempo en su interior –comentó Bellatrix riendo.

-¿Dónde nos vamos? ¿Y por qué?

-¿Qué más te da? ¿Siempre eres así de impertinente, niña?

-La verdad es que me lo dicen mucho –dijo sonriendo de forma torcida Hermione.

Bellatrix la miró primero con desaprobación, pero luego sacudió la cabeza sonriendo.

-¿Sabes? ¿Te acuerdas cuando te he dicho antes que ni siquiera eras guapa?

-Sí. Ha sido muy amable por tu parte, gracias.

-De nada. En realidad sí que estoy siendo muy amable contigo, pero no hace falta que me lo agradezcas. En realidad te mentí. No es que seas guapa, no lo eres, pero eres… atractiva, a tu manera… o por lo menos a mí me lo pareces, -dijo Bellatrix, mientras volvía a sonreírle.

-Supongo que eso es lo más parecido a un cumplido que voy a recibir de ti, -dijo Hermione suspirando-. Pues gracias. Tú tampoco estás mal… a tu manera, -dijo Hermione, con un tono que insinuaba que lo que afirmaba no era del todo exacto.

-Me ofende que pienses que puedes molestarme con eso. Tu opinión hacia mi belleza me es bastante indiferente, sangre sucia.

-No he querido ofenderte, si no, hubiese sido más clara…

-¿Cómo te atreves, mocosa? –Preguntó Bellatrix escandalizada. Le asombraba el descaro de la sangre sucia, que a veces ni siquiera parecía tenerle miedo.

-A ver, no digo que estés vieja: no lo estás, pero has tenido mejores tiempos. A pesar de todo, oye, la que tuvo retuvo. ¡Se ve que de joven eras muy guapa!

-Se está rifando un Cruciatus, y tú tienes todas las papeletas. ¡Solo te advierto para que después no me digas que no lo sabías!

-¡Perdone su señoría el atrevimiento de una sangre sucia! ¡No quería ofenderla, es más, había pensado que mi opinión sobre su belleza le era indiferente!

-No puede serme más indiferente, pero es molesto escucharte hablar con esa voz tan desagradable que tienes. Quizás me plantee ponerte un bozal, ¡creo que eso te vendría bien! ¡A lo mejor hasta aprendías a pensar antes de hablar!

Al momento, Bellatrix materializó una especie de mordaza con una bola, y Hermione supuso que esa parte debía ir dentro de su boca. La bruja oscura lo agitó ante sus ojos.

-Mira lo que tengo para ti: ¿lo quieres, sangre sucia? ¿Te gusta este regalo?

Hermione suspiró. Iba a tener que pedir disculpas de nuevo. Mejor sería, si no, Bellatrix le impondría algún castigo absurdo y posiblemente humillante o terrible, y finalmente de todas formas se vería obligada a pedir perdón.

-Lo siento, Bellatrix. He hablado de más. No, no me gustaría que me lo pusieras. "Aunque eso ya lo sabes, zorra", –pensó Hermione bajando la mirada, para impedir que Bellatrix le pudiese leer la mente.

-Acepto tus disculpas. ¡Me siento generosa esta noche, no sé por qué será! ¡Ah, creo que sí lo sé! Como te iba diciendo, antes de que intentases molestarme de una forma tan vulgar como llamándome vieja, estabas muy atractiva en la cena.

-Gracias, -dijo simplemente Hermione-. No le gustaba el rumbo que Bellatrix insistía en darle a la conversación.

-De nada. Es la verdad. ¿Por qué estás tan tensa, niña? ¿Crees que voy a aprovecharme de ti?

Hermione no dijo nada, y siguió caminando, en silencio, con la mirada fija en el infinito.

-¿Es eso? A ver, usa la cabeza un poco. ¡Pensé que tú eras la inteligente de ese grupo! ¡Pues sí que está mal vuestra situación!

-No sé lo que quieres, Bellatrix. Tampoco sé para qué quieres que use la cabeza. Nunca se me dio especialmente bien la adivinación.

-¿Qué placer podría yo obtener en abusar de ti? ¡Tendría que obligarte a corresponderme, y seguro que lo hacías mal, y lloriqueando!

Hermione volvió a quedar en silencio, con la vista perdida en el oscuro horizonte.

-Aunque ahora que lo pienso, sería divertido pervertirte. No obligarte a hacer nada que no quisieras, sino todo lo contrario ¡hacer que lo desees más que nada en el mundo!

Hermione suspiró. No podía estar más incómoda.

-Pero no lo voy a hacer, niña. Puedes estar tranquila. No tienes que estar tan tensa, puede que mi comentario no haya sido adecuado, pero…

-Gracias por disculparte, Bellatrix. O por tratar de hacerlo…

-¡Qué dices! ¡Yo nunca pido perdón, y menos a una hija de muggles como tú! ¡Solo lo hacía ante mi Maestro, y ahora está muerto, en parte gracias a ti!

La joven bruja miró hacia un lado. Se sintió estúpida por haber esperado algo bueno de Bellatrix. Hubo un momento de tenso silencio, roto por la morena.

-¿Así que te gusta el jardín? –Preguntó como si nada malo hubiese pasado nunca entre ellas.

-Es agradable. Y huele bien, –dijo Hermione, aceptando el súbito cambio de Bellatrix. Al parecer, ella era así.

-Quizás podamos dar otro paseo de nuevo, en otra ocasión. No en este jardín, pero habrá otros. También a mí me gustan.

Hermione la miró, y se dio cuenta de que le sonreía, con una pequeña pero genuina sonrisa. Hermione se encontró correspondiéndola antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, y luego giró con rapidez la cabeza hacia un lado. Miró de reojo a Bellatrix, y vio que ella hacía lo mismo, hacia el lado contrario.

Llegaron hasta un pequeño estanque con nenúfares en un lado. Las flores, de un intenso color rosado, estaban abiertas, y la luna se reflejaba en las quietas aguas. La joven bruja pensó que le gustaría ahogarse en ese mismo momento. Razones no le faltaban: sus compañeros la habían abandonado, o eso pensaba ella, y estaba en manos de una sádica demente y retorcida, que además estaba muy enfadada con ella, aunque eso no le impedía insistir en lo atractivo de su físico.

Hermione se metió poco a poco en el agua, que apenas le llegaba a la suela de los zapatos por la orilla, pero antes de que hubiese avanzado mucho, sintió una mano sobre su hombro.

-No hagas tonterías, niña. Te vas a enfriar.

-¿Qué más te da lo que me pase? –Dijo Hermione sin volver la cara.

-Claro que me importa. Eres mi mascota. ¡Quiero que estés sana! ¡Enferma serías un estorbo más que otra cosa!

-¡No soy, y nunca seré, tu mascota, y no me vuelvas a llamar así! – Le gritó Hermione, volviéndose de pronto, muy indignada.

-¡Tranquila, criatura! ¡Te va a dar algo! –Dijo Bellatrix entre asombrada y divertida. –Ven, volvamos a la casa. Te va a sentar bien un tazón de chocolate ¿quieres un chocolate caliente?

Hermione negó con la cabeza, sintiéndose de pronto derrotada. Ni siquiera podía quejarse demasiado de Bellatrix, se dijo con amargura. Para lo que ella era, la estaba tratando bastante bien. Pero no la dejaba ir, aunque ¿merecería la pena volver a alguna parte? No parecía que la estuviesen echando de menos, se dijo, para al momento arrepentirse. Seguro que sí que estaban muy preocupados, y haciendo todo lo posible para liberarla. Ella debía tener paciencia, esperar, y aprovechar cualquier oportunidad que surgiese. Y para eso necesitaba estar fuerte. Bellatrix le estaba ofreciendo una nutritiva bebida en ese momento… tal vez mañana "se olvidase" de alimentarla. No podía desperdiciar la ocasión.

-Sí, sí que quiero el chocolate.

-¡Me acabas de decir que no hace un momento!

-He cambiado de idea.

-Vale, de acuerdo. Pero no vuelvas a meter los pies en el agua como una mocosa estúpida ¿en qué estabas pensando, niña? –Preguntó Bellatrix con un deje de sospecha, o al menos eso le pareció a Hermione.

-¿Te has dado cuenta de lo desagradable que eres conmigo? ¡No solo me insultas constantemente, sino que ni siquiera me llamas por mi nombre! –Exclamó Hermione, más por cambiar de tema que con la esperanza de que Bellatrix mejorase su trato hacia ella.

-Eres una prisionera de guerra ¡No esperarás que te haga reverencias! Y si no te llamo por tu nombre, es porque es horrible. ¡Yo no tengo la culpa de las malas decisiones que tus padres han tomado con respecto a ti! –Exclamó Bellatrix mientras la cogía por el hombro, alejándola del estanque.

-Lávate la boca antes de hablar de mis padres, anda, –dijo Hermione de forma desapasionada.

-¿Te duele que te digan la verdad? ¿Te tengo que enumerar todos los errores que han cometido? ¡Si hasta la situación en la que estás ahora es por su culpa! ¡Por no haber sabido educarte conforme a lo que eras por nacimiento! ¡Me recuerdan a la estúpida de Andrómeda, y la mala crianza que le ha dado a su hija! ¡Si ni siquiera ha sido capaz de escoger un nombre decente para la chica! ¡Normal que haya salido como ha salido!

-No creo que haya nada malo en la forma de ser de Tonks…

-¡Cállate! ¿Pero cómo te atreves a contradecirme? ¿Qué sabrás tú? ¡Tú no sabes nada! –Exclamó llena de furia Bellatrix, cortando a Hermione.

Siguieron caminando un rato, hasta que Bellatrix llamó de nuevo su atención. Le estaba señalando una constelación.

-Mira, son las Pléyades.

-¡Qué interesante! –Comentó Hermione, sin mostrar ningún interés.

-A partir de ahora te vas a llamar Maia, como una de las estrellas de las Pléyades. Es una pena que ahora no podamos ver tu estrella: la luna brilla demasiado esta noche.

-¿Cómo?

-Sí, Maia, es decepcionante que no podamos verla, pero en cuanto pueda te la enseñaré.

-¡No me puedes cambiar el nombre!

-No me gustaba el que tenías. ¡Maia es mucho más bonito!

-¡Prefiero que me llames sangre sucia a que me cambies el nombre! ¡No soy un perro!

-¡Ojalá fueses un perro, así mostrarías un mínimo de agradecimiento!

-No te pienso agradecer que me hayas puesto el nombre que te haya dado la gana, -dijo fríamente Hermione.

-Como quieras, Maia. No me lo agradezcas. Aunque… ¡pensé que no te gustaba que te llamase sangre sucia!

-Como tú dijiste, soy una sangre sucia. Nada puede cambiar eso. ¡Y mira lo que tengo para que no se me olvide nunca! –Dijo Hermione, remangándose la bata, y enseñándole a Bellatrix la cicatriz.

¿Había sido una percepción de Hermione, o Bellatrix había parpadeado con incomodidad?

-Puedo arreglar eso. Pero dolerá. Más que cuando… más que cuando te lo hice.

-¿Puedes arreglar eso? –Preguntó a su vez Hermione, incrédula.

-Claro, Maia. Ahora mismo, si quieres. Pero aquí no. Vamos a mi dormitorio, allí tengo vendas. No te lo puedo borrar en una sola vez, y necesitaré vendarte antes de la próxima cura.

Ya habían llegado a la entrada de la casa, y antes de que se diesen cuenta, Bellatrix la había cogido de la mano para llevarla a sus aposentos mediante la aparición.