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«Que se busquen jóvenes vírgenes y hermosas para el rey. Que nombre el rey para cada provincia de su reino delegados que reúnan a todas esas jóvenes hermosas en el harem de la ciudad de [...]. Que sean puestas bajo el cuidado de Diavel, el encargado de las mujeres del rey, y que se les dé un tratamiento de belleza. Y que se convierta en reina la joven que más le guste al rey.» Esta propuesta le agradó al rey, y ordenó que así se hiciera.
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Los murmullos se ciernen sobre ella por algunos minutos de modo que su entrecejo se frunce en desagrado. La superficie en la que se encuentra recostada es suave y tira de ella para volver a sumergirla en el mundo de los sueños.
Pero se niega, algo lucha por despertarla, un recordatorio que hurga para alejar las brumas de la somnolencia.
Entonces sus ojos de miel se abren de golpe —¡Yui!
El nombre de su hermana se repite en sus labios cuando se sienta en el diván en el que estaba recostada. Una ligera manta de lino la cubre, y se encuentra tan desorientada que mira a su alrededor algunos segundos. Los que le toma ubicarse en espacio y lugar.
—Yui... —sale del cómodo sillón y se pregunta por qué su pequeña hermana no está con ella.
Fue solo un segundo que la niña se había rendido en el diván, y ella por supuesto se recostó a su lado, feliz de tener el cuerpo cálido de su hermana. ¿Quizás ya estaba de vuelta en su verdadero hogar?. Kazuto no mencionó nada, pero de seguro la visita de la niña se había terminado ya.
Me hubiera gustado despedirme de ella...
Se limpia una lágrima, y se dice con decisión que no hay motivo para llorar. Su rey había hecho demasiado llevando a Yui al palacio para que pudiera verla. No tenía derecho a reclamar nada, al contrario debería estar muy agradecida con su detalle.
Se acomoda el vestido y sale de la sala, los guardias la siguen cuando camina por el pasillo preguntándose internamente dónde están todos. Mira por sobre su hombro a quienes la escoltan y reprime un gesto de inconformidad, lleva varios meses allí y aún le cuesta acostumbrarse a ese protocolo.
Llega ante el salón del trono y espera a que los guardias le anuncien, pero estos parecen muy sorprendidos y solo le abren las puertas. La pequeña escolta que la acompaña se forma junto al resto de los militares y Asuna entra, sorprendida ante el sonido de risas que emana de allí dentro.
Y se detiene estupefacta en el umbral. Lo que ocurre allí es una falta completa al protocolo real, pero el rey no parece darse cuenta. Esta sentado en el suelo, semi escondido tras una barricada de almohadones... ¿acaso no son las que adornan el trono?. Empero él no es el único, Alice y Eugeo se encuentran allí, de igual manera, abarrotados tras otra fortaleza de cojines al otro lado. El lugar luce cómo si... ¿fuera un campo de batalla? Oye la puerta cerrarse a sus espaldas y sabe, aunque no lo está viendo, que los soldados apenas pueden disfrazar el asombro que sienten por esos acontecimientos.
—¡Hermana! —la pequeña voz se oye de detrás de una de esas montañas improvisadas, y de pronto un mano pequeña se sacude en su dirección —¡Ven aquí!
Asuna se encamina con cierta reserva hasta allí, y de pronto esas mismas manos la jalan con asombrosa fuerza hasta que termina sentada en otro de los cojines que cubren el suelo.
—Yui — reprime la exclamación de felicidad que estuvo a punto de soltar, observa a la pequeña cuyas mejillas se ven plenas. El brillo de sus ojos es sincero, le acaricia el cabello sin poder contenerse —¿Qué estamos haciendo?
—Debemos evitar que nos invadan —dice con toda seriedad —El enemigo quiere saquear el castillo del caballero oscuro.
—Oh — le sigue el juego, removiéndose sobre la tibia superficie en la que se encuentra —¿Deberíamos declararle la guerra?
—Ya estamos en guerra — responde una ronca voz junto a su oído, y del susto se da la vuelta encontrándose de bruces con ese mirar de acero. Una distancia de mínimos centímetros la separa de chocarse contra su nariz.
Y entonces reconoce que... ¡Está sentada en su regazo!
Yui la jaló con tanta energía que sin darse cuenta, prácticamente la lanzó sobre el rey. Asuna se hace para atrás con delicadeza, y obviando su rubor, trata de reacomodarse en el suelo.
La mano firme del joven monarca la retiene sujetándola de la cintura —Quédate quieta.
Eso es muy embarazoso, Y es más fácil decirlo que hacerlo.
—Kirito, ¡rápido dime qué podemos hacer...! — la voz de Yui interrumpe el bochorno de la muchacha. Ésta los mira frunciendo el entrecejo en una mueca curiosa —¿Qué están haciendo?
—N-nada...
—Yui, creo que hemos perdido, la llegada de tu hermana nos ha traído mala suerte, mira...— le enseña sus manos vacías — No tenemos más municiones...
—¡Asuna! — la pequeña reprime un puchero y se sienta de brazos cruzados.
Obviamente la nombrada no puede hacer nada ante el malhumor de la pequeña, se retuerce con delicadeza para que el monarca la deje libre, pero este parece muy a gusto. Y la verdad no es que no se sienta cómoda... sino que el grado de intimidad que traduce el gesto de sentir su pecho firme y la fuerza de sus brazos rodeándola la marean...
Se supone que ya no debería pelear contra sí misma, el día anterior dejó claro que tomaría el papel de esposa, y estuvo muy dispuesta a hacerlo. Sería más sencillo si él dejara de confundirla de aquella forma.
—Lo siento Yui, sabes que no soy buena en esta clase de juegos de... guerra —finaliza con bochorno, obviando que si se encuentra en ese palacio de oro fue precisamente por declararle la guerra a su rey.
—Entonces... ¿Se rinden? — la voz de Alice suena divertida mientras asoma la cabeza desde la montaña de enfrente.
Asuna reprime un mohín divertido, es gracioso verla cumpliendo ese papel. Siente que algo tira de ella hacia abajo, y ve que Kazuto le ha puesto algo blanco entre los dedos, los enlaza los suyos y levanta la mano. Es un pañuelo. Y lo sacuden a modo de bandera blanca.
—La reina y yo nos rendimos —su voz hace eco en una esquina de su cuello y ella se estremece. La fuerza con la que toma su mano mientras sacude la bandera, es mínima, pero ella siente que es apenas una porción de su gran fortaleza.
—Es lo mejor que pueden hacer— el caballero rubio interviene y de pronto se pone de pie tras su barricada —¿La pequeña señorita está molesta?
Kazuto se incorpora y ayuda a la joven a hacer lo mismo, Yui ha hecho lo propio por su lado, la arruga en su entrecejo pone en manifiesto que como todo infante de su edad odia perder.
—¡Mfhg!— profiere la niña dándoles la espalda.
Asuna se aleja del rey para hincarse ante ella, la sujeta de las mejillas y con un dedo le borra el ceño fruncido. Está demasiado feliz de verla allí consigo que de momento no le molesta ese pequeño rasgo rebelde de su carácter. Tiene a quien salir.
—¿Y quién era el enemigo que quería invadir el palacio del caballero oscuro?—agrega como quien no quiere la cosa, pero en ese tono maternal que tan bien se le da.
Kazuto la mira sorprendido, frente a él no está la reina soberbia y prepotente que conoce, sino una muchacha dulce cuyos ojos brillan como ámbar líquido porque se encuentra ante lo que más ama. Parece la antítesis de la mujer inquebrantable que ha habitado su palacio hasta ese momento, y parpadea porque sin duda ver un nuevo rasgo de su carácter le... encanta. Sí, no puede negarlo. Descubrir cada faceta de su reina es fascinante.
—La reina roja — interviene la voz de Alice, a la pregunta que antes hiciera. Y de sus manos salen dos muñecos de trapo, peculiares ambos; uno envuelto en una capa negra, y la otra con una particular cabellera mandarina. Observa a la blonda con incredulidad mientras un ligero tinte rojo trepa por sus mejillas —No importa de qué forma sea, en un juego o en la realidad, pero está reina siempre termina invadiendo el castillo del rey y ocasionando el caos...
—¡Alice! — el grito se reproduce por dos. Con censura por parte de Kazuto, y con bochorno del lado de Asuna.
—¿Qué? A los hechos me remito — se acerca hasta Yui y le entrega los muñecos que ésta abraza con emoción. Por supuesto, la niña no entiende ni una palabra de todo el parloteo de la escolta.
—Gracias Lice, me gustan mucho —su malhumor parece haberse aplacado por fin, contempla a sus nuevos juguetes —¡En verdad se parecen a ustedes!
—¿A quién?— pregunta Eugeo con intención.
Asuna desea con todas sus fuerzas que la tierra se abra y la trague, ¡eso es demasiado bochornoso!
—¡A Kirito y a mí hermana!
—Pues, apenas él supo que vendrías al palacio, le pidió a Alice que buscara nuevos juguetes para ti.
—¡Muchas gracias Lice!
Era tal como pensaba. La joven pelirroja desvía la mirada con vergüenza, pero de pronto recuerda algo más y pregunta con curiosidad —¿Por qué le llamas Kirito?
—Pues ese es su apodo, me lo dijo ella —responde Yui inocentemente señalando a la blonda mujer, y cuando Asuna alza la vista para corroborar eso, ve que el joven monarca se toca la nuca con incomodidad, sus ojos huyen de ella.
Se ve lindo...
Se abofetea mentalmente antes de soltar un suspiro. Todavía no entiende que es lo que Kazuto pretende llevando a su pequeña hermana allí, pero no desaprovechará la ocasión de disfrutar su compañía todo lo que sea necesario. Es muy consciente que tiene mucho que agradecerle, y es capaz de doblegar su carácter rebelde por la niña que ríe abiertamente frente al grupo.
—¿Y cómo se juega?
La voz de Yui suena alegre pese a sus pensamientos contradictorios. La pequeña siempre tuvo la facultad de ganarse el favor de quienes la veían. Su temple amigable, y su rostro dulce conquista corazones de inmediato. Y Asuna siempre trató de mantener seguro el mundo que la rodeaba; era cierto, Yui no tenía padres, pero hasta el momento jamás los había echado en falta. Quizás había algo de verdad en eso de que no extrañas lo que no tienes.
—Este juego se llama, La prenda del rey, y se trata de que, nosotros tus lacayos, debemos cumplir todo lo que se te ocurra —la sienta en el trono que Kazuto ha acomodado, ella no suelta sus juguetes, de hecho los ubica con parsimonia tanto a su izquierda como a su derecha —Bien, gran majestad Yui ¿Qué es lo que desea de nosotros? —Alice realiza una colorida reverencia y espera que el resto la imite.
Asuna se acerca desde el otro lado, intentando no sonreír. La están consintiendo demasiado, y eso no es bueno, quizás deba intervenir pronto.
—¡Hermana tú también debes jugar!
—¿Ehhh? Pero yo no sé cómo...
—Su majestad también va a participar de esto —Alice la toma de la mano y la jala —Es un juego para su pequeña hermana, no puede negarse —le guiña el ojo y la pelirroja siente escalofríos.
—¿Cuál es su primera orden? —la voz ligera de Kazuto hace que Asuna voltee estupefacta en su dirección. ¿Dónde estaba ese monarca serio y despiadado del primer día? Al parecer Yui había volcado su magia sobre él también.
El recuerdo de las palabras de la rubia refiriendo cuan triste y solitaria fue la infancia del rey, le hace ver las cosas desde otra perspectiva. Posiblemente ni siquiera tuvo infancia, confinado en su entrenamiento como monarca no tuvo tiempo de jugar ni de ser un niño. Alice había remarcado una y otra vez que todo ese trayecto fue duro...
—...así se hará, su majestad... —refiere Eugeo.
Y Asuna siente pánico, ¿qué ha pasado en lo que ella estuvo abstraída en sus pensamientos?
—Lice me contó en la mañana, que te casaste con mi hermana Asuna —le dice a Kirito con seriedad y frunce los labios —Pero ni siquiera pude estar presente en la boda, me hubiera encantado ver a mi hermana vestida de novia —hace un puchero más pronunciado, y por alguna razón todo el mundo calla —¡Eso es! ¡Quiero que se casen otra vez así puedo verlo...!
—Su graciosa majestad —interviene rápidamente Eugeo —Me temo que eso no será posible... pero podemos realizar una ceremonia entre nosotros para que usted lo vea por si misma...
—¡Milord! No creo qu—
—¡Sí, eso me gustaría!
—Yui...—Asuna abre la boca para quejarse, pero el tirón de Alice la detiene.
—¡Están cumpliendo todos sus caprichos! —le sisea disgustada.
—No exagere, mi señora. Su joven hermana no ha pedido para sí todo el oro del imperio, o que se le brinde un día de culto... Es una niña —la mira fijamente —Usted debería comprenderla, pensé que la echaba de menos.
—Y lo hago, Alice. Solo que esto es demasiado.
—¿Qué ocurre? —la voz de la pequeña suena preocupada.
—No es nada, majestad. Estoy preparando a su hermana para la ceremonia —Alice contesta alegremente. El vestido que Asuna usa debe bastar para un matrimonio de mentira, es largo, etéreo y le sienta muy bien. Toma una flor de uno de los jarrones que adornan el salón y, tras cortarle el tallo, la coloca en su cabello a modo de diadema. La observa, satisfecha —Espero que en esta ocasión no sienta deseos de llorar como aquella vez... —la previene en voz baja.
Asuna endurece la mirada. Recuerda que tras el accidente de su mano, y luego de que recibiera las noticias a cargo de Kazuto, tuvo lugar esa ceremonia de bodas. Todo el tiempo se mantuvo con la vista baja, porque estaba segura que de ver cómo se desarrollaba esa charada, se hubiera largado a llorar sin más. Pero se decía a sí misma que él, que ese monarca odioso, no quebraría el poco orgullo que aún tenía.
—Entonces— a Alice se le da bien continuar como si nada ocurriera, ubica a la pareja frente al trono, y los obliga a tomarse de las manos —Procedan.
Llama la atención la actitud tan mansa del rey, ¿por qué se deja conducir de esa forma?. Asuna lo espía de reojo pero lo ve sonriendo. Por primera vez ve una sonrisa que parece genuina en sus labios.
Si sonriera más seguido sería más atractivo...
Se sorprende de sus propios pensamientos, pero no tiene mucho tiempo para indagar en ellos, lo próximo que siente son las manos firmes de Kazuto en sus mejillas y el beso tierno en sus labios. Este beso es muy diferente a otros que compartieron. Es suave, lento, y transluce una ternura tal que no puede evitar estremecerse contra él. Pero la caricia termina tan rápido como empezó.
El joven la suelta solo para tomarla de la mano, la actitud de Yui es de éxtasis total. Por supuesto, como la mayoría de las niñas de su edad, es romántica por naturaleza, y le fascina ver las muestras de afecto entre los adultos. Se baja de un salto del trono y se acerca a ambos para abrazar las piernas del joven.
—Si estás casado con mi hermana... eso te hace ¿mi hermano?...
—Yui... —le advierte la pelirroja.
—Puedo serlo si tú quieres —le responde con suavidad, y el tono de su voz es tan sincero, que los ojos de Asuna escocen.
—No es...
Pero la niña vuelve a interrumpirla —Nunca he tenido un hermano tan lindo.
Kazuro ríe levemente —Pues ahora ya lo tienes.
La pequeña tiene la intención de decir algo más cuando su estómago hace un sonido extraño y se encoge, cubriéndose, con las mejillas rojas —C-creo que tengo hambre... —el grupo entero ríe y deciden acabar la ronda de juego por el momento. Toma la mano que Asuna le tiende —Extraño la comida de mi hermana, la comida en casa de Rika es... —y mostrando su punto saca la lengua en desagrado.
—Prepararé tu plato favorito, ¿eso te gustaría?
—¡Sí! Pero para eso... —mira a Kazuto fijamente, es obvio que se ha tomado ese juego en serio. Le hace un gesto de que se incline, lo que el joven hace presuroso —Mi último deseo es quedarme aquí para siempre...
—¡YUI! — el grito de Asuna es de censura. A pesar de todo, tanto ella como la niña son simples invitadas dentro de ese palacio, y es el joven de cabello negro y ojos de plata el único con suficiente autoridad para decidir algo semejante. Piensa que su hermana ha ido demasiado lejos y teme las consecuencias.
—Puedes ir con ella y...— la voz de Kazuto se pierde luego de que las puertas se abren y el general entra con expresión seria, se detiene al ver a tanta gente reunida en el salón. Además el lugar luce tan desordenado que parece que le ha pasado un tifón por encima.
La incredulidad que recorre el rostro del militar es tanta, que Asuna siente vergüenza. Inclina la cabeza saludándole y tomando de la mano a Yui sale de la estancia. Es obvio que debe llevar a la niña casi a la rastra, Yui está demasiado fascinada con todo que hay a su alrededor. Alice camina atrás de ella, Eugeo en cambio vuelve a internarse en el salón. La puerta ha vuelto a cerrarse luego de que salieron.
—¿De quién ha sido la idea? —mira a su escolta mientras caminan por los amplios pasillos, duda si debe dirigirse a las cocinas. No quiere armar un escándalo como la última vez, invadiendo un territorio que según todos no le corresponde.
—La joven señorita lucía aburrida mientras mi señora dormía, y me pidió conocer a su cuñado... Kazuto estaba en éxtasis ante la idea de jugar con ella, y pues hasta que la señorita Yui no tenga una escolta, él no quiere que se aventure por si sola fuera de la seguridad del palacio.
Las palabras de la rubia tienen razón de ser, pero como no sabe cuál será el destino final de su hermana, no quiere hacerse muchas ilusiones. Se hace una nota mental de agradecerle a Kazuto luego, y de asegurarse de que él tome lo que ella le ofrece. No está segura de poder reponerse si este vuelve a rechazarla.
—Puede ir a las cocinas, señora. Las cocineras saben que usted querrá ocuparse personalmente de la comida de la señorita.
— Dime Yui, Lice. Yui— interviene la niña con agudeza — No me gusta que me llames por ese nombre tan largo.
—Usted es la hermana de la reina —responde —No puedo cometer tal falta de respeto.
—Asuna... —le pide ayuda con el ceño fruncido, y es una versión en miniatura de la soberana que la escolta debe hacer un gran esfuerzo para no reír.
—Alice, es mejor que le hagas caso. Esta niña puede ser una verdadera fiera.
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Pese a las doncellas que la sirven, ella misma ha supervisado todo el ritual de baño de la niña. No, no es que no confía en sus asistentes, sino que se trata de una razón mucho más profunda, y del miedo de no tener otra situación semejante en el futuro. Quiere estar junto a su hermana todo el tiempo que pueda. Así que supervisa sus comidas y el baño.
Hasta la habitación que le concedieron, la reina creyó que colocarían otro camastro en sus aposentos, pero se equivocó; se ubicaba junto a la suya.
—Te quedarás aquí ¿está bien? —le dice mientras la arropa, ya tarde en la noche. Y Asuna sonríe plena porque tiene el privilegio de cuidarla una vez más.
—¿Dormirás conmigo?
Un rubor de vergüenza enciende las mejillas de la soberana. Esa es la segunda noche luego de que ha decidido cumplir con sus deberes maritales y supone que; ya que ha estado todo el día junto a la pequeña, la noche debe reservarla para su marido.
Que Yui esté ahí con ella es algo que no había imaginado que volviera a ocurrir y se siente en deuda con él. Aunque éste no ha mencionado palabra al respecto, se sobre entiende cual debería ser el precio...
Ha tratado de mitigar la ansiedad que la carcome desde el momento en que la besó jugando en la sala del trono. Su trato hacia ella fue tan delicado, tan sutil, que parecía una persona muy diferente al monarca déspota de los primeros días de su estancia allí. Cierto que la noche anterior se habían entendido un poco, pero ella era un manojo de nervios y de solo pensar en la manera en que se dejó llevar por él, la llena de vergüenza.
Sin embargo, pese a su acercamiento no habían consumado y eso la tenía ligeramente preocupada. Pero esa noche... esa noche estaba segura de que sería muy diferente..
—Yo... iré a cambiarme y regresaré contigo ¿está bien? Puedes dormir si quieres, cuando te despiertes estaré aquí...
—Echaba de menos dormir con Asuna.
—¿Shino no estaba contigo? —pregunta cautelosa mientras acomoda las prendas que usó ese día. Recuerda que solo le hablaba de Rika y de Ryo, y muy ocasionalmente le nombró a su otra hermana.
—Pues la he visto muy poco... —eso detiene la muchacha quien vuelve a tomar asiento a un costado del lecho.
Esconde las nuevas dudas dentro suyo —De seguro se encuentra colina arriba cuidando a los rebaños — no lo cree ni por un momento, pero no quiere alarmar a la pequeña —¿Y quién te ha traído hasta aquí? ¿Te trataron bien?
Ella asiente antes de reprimir un bostezo —Rika dijo que tenía una sorpresa para mí, y luego llegaron Lice y Eugeo montados a caballo y me trajeron —abre los ojos como si diera dimensión a lo que iba a seguir diciendo — Nunca había visto al palacio, ¡es gigantesco!
—Sí que lo es — asiente.
—Y cuando bajé en el patio estaba Kirito esperando, dijo que quería ser mi amigo. Y luego mencionó que tú eras una dormilona porque todavía seguías durmiendo... y por eso no habías venido a recibirme.
—¿Eso dijo? —pregunta riendo entre dientes.
—Él parece muy bueno, ¿verdad?
Se toma una pausa larguísima para contestar —Sí, lo es. Pero no debes encariñarte demasiado con él...
—¿Por qué no?
—E-es complicado de explicar.
—Pero Kirito prometió que cuidaría de ti y de mí...
—¿Eso te dijo?
—S-sí... —Asiente pero es obvio que el hada de los sueños se encuentra volcando su magia en ella.
— Entonces, tendremos que creerle — le dice con un susurro notando que los ojos de la pequeña se vencen, pero ella pelea por mantenerse despierta —Yui, descansa.
—Yui — otra voz interviene ahora y Asuna se gira desconcertada porque no lo oyó entrar. Está apostado contra una de las paredes laterales y la observa con una expresión difícil de interpretar ¿desde cuándo estaría allí?. Sus ojos acerados parecen arder bajo la luz de las lámparas —Duerme tranquila, tu hermana pasará la noche aquí.
—¿Kirito?
El joven se acerca al lecho y toma lugar del lado opuesto al que se ubica la reina. Sonríe al ver los muñecos que le obsequió Alice, arropados bajo las mantas a su lado. Le toca la cabeza, hundiendo los dedos en su suave cabello color carbón.
—Duerme — reitera. Y por arte de magia, sus párpados se cierran dejando la estela de una sonrisa en su lugar.
Asuna alza los ojos y encuentra que él también la está viendo. Se sonroja levemente pero le sostiene la mirada con toda la valentía posible.
—Señor...
—Habíamos quedado que nos llamaríamos por nuestros nombres, Asuna.
La cadencia de su voz ronca al pronunciarla atrae un tremor que crispa deliciosamente los vellos de su nuca.
—K-Kazuto...
Él sabe que le ha costado decir su nombre, y sonríe de lado.
—Puedes dormir aquí, es la primera noche de la niña en el palacio, y puede tener pesadillas.
—Pero yo creí que...
Kazuto se inclina atravesando el espacio del lecho y sujeta la barbilla de Asuna para luego robar un beso de sus labios — Mañana — susurra con tal autoridad que ella se estremece otra vez sin remedio — Mañana — repite.
Y Asuna entiende a qué se refiere. Mañana. Mañana se convertirá en mujer, dejará su inocencia en las sábanas de su cama.
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Lleva casi siete meses allí dentro.
No ha sido fácil acostumbrarse a ese ritmo de vida, de correr a contra reloj para realizar sus tareas porque las horas del día no le alcanzaban, a de repente tener mucho tiempo disponible y nada, o muy poco en qué usarlo.
Las raciones siguen distribuyéndose a la sección del pueblo más humilde, pero Asuna siempre desea más. Algún motivo debía existir en las estrellas que guiaban su destino, para que ella; una simple pastora de ovejas, llegara a la posición de reina sin ninguna preparación previa. Ansía ayudar, aunque a Kazuto y a sus hombres les parezca divertida su curiosidad de mujer, pero algo dentro suyo le roe las entrañas con el anhelo de aliviar un poco las penurias de la gente. Su gente en definitiva.
Deja caer la pluma embadurnaba en tinta que sostiene y se toca la frente sudorosa. Ese día el calor es insoportable.
—¡Yui! — la llama. Hace apenas un minuto estaba a su lado jugando ruidosamente con sus muñecos, versión de ella y su rey. ¿Dónde se ha metido? Se levanta del cómodo asiento que ocupa y recorre el jardín rumbo a la fuente de Stacia y allí se detiene para suspirar con alivio.
La silueta de Kazuto tan alta, imponente y vestida de negro, contrasta con la pequeña de su hermana que ese día luce un vestido color índigo. Ambos sostienen un ramo de flores en las manos y luego de decir la plegaria acostumbrada la dejan caer entre las otras flores que flotan en el manantial.
No sabe si acercarse a ellos o no, ambos conforman una estampa tan bonita que se contenta con observarlos de esa forma, sin interrumpirlos. Además que los ojos le escocen. Desde la llegada de Yui se encuentra demasiado sensible. Ríe para sí.
—¡Asuna! — la llama la niña moviendo los brazos para atraer su atención. Su plan de permanecer escondida no ha dado mucho resultado.
Se aproxima sujetando con una mano el bajo de su vestido aguamarina, Kazuto la observa fijamente y ella siente el peso de esas pupilas de plata barriendo su silueta de arriba abajo.
Mañana. Recuerda, ese mañana que parecía tan lejano y que sin embargo ha llegado. Hoy. El rubor en sus mejillas no oculta la ansiedad que la recorre.
Kazuto le extiende la mano y ella la toma, de un rápido tirón la aproxima a su pecho y antes de decir algo, la besa en la boca. Una caricia rápida, íntima.
A Yui parece no molestarle que hagan eso, ríe con ojos brillantes y sujeta la mano libre de Asuna, quién no sabe qué hacer con su bochorno.
—Le dimos una ofrenda a la diosa Stacia — le cuenta con alegría.
—En agradecimiento por nuestro pueblo y sus gobernantes — añade el joven sin soltarla. Y adivina al ver que ella abre la boca para acotar algo —También lo hicimos por ti. Sé que eres muy devota a ella.
—Tengo mucho que agradecerle — sus ojos se desvían hacia la pequeña que contempla fascinada las aguas, el juego de luces del sol que brilla sin igual en ese día de verano, arranca destellos huidizos en su cabello, así como en la cabeza del rey.
—¿Te gustaría bañarte en el río Yui? En días agobiantes como estos, recuerdo que era lo mejor. Solía escapar con Eugeo y pasar gran parte de la tarde, hasta que nos descubrieron — la nostalgia se transluce en la voz del monarca y suelta una ligera carcajada —Luego ya no pudimos salir sin una escolta, y perdió toda la gracia.— le pone la mano en la cabeza — Creo que sería divertido ir. Estoy seguro de que te gustaría mucho.
—¡Sí quiero!
—No lo creo — interviene Asuna rápidamente — Ni siquiera sabes cómo mantenerte a flote. Es muy peligroso.
—¡Pero hermana!
—Hay un brazo del río cuya profundidad es mínima, no podrías ahogarte —le explica tomándola de la cintura — Además yo estaría con ustedes, no dejaría que les pasara algo malo.
—¡Por favor Asuna! Será divertido — y hace un puchero cuando frunce el ceño recordando algo — ¡Tú solías meterte a los manantiales en las montañas cuando hacía mucho calor y te tocaba pastorear el rebaño! ¿Lo recuerdas?
—¡Yui! — no se esperaba que le rebatiera con eso. El rey la mira con el ceño ligeramente fruncido. Se remueve incómoda.
—Yo estaría allí con ustedes —insiste con suavidad, mira de soslayo a la reina. Las palabras de la niña le parecieron divertidas no va a negarlo — A Yui le encantará, y yo podré descansar de todo esto por un momento... — eso último lo dice en un susurro, casi con culpa.
Asuna comprende. Desde que se mudó al palacio lo ha visto ocupado hasta el cuello con asuntos de política, entrenamiento militar, visitas de aliados, y trámites de carácter burocrático. Si ella encuentra largos sus días, con él es todo lo contrario.
Otra vez las palabras de Alice de cuan abocado está a su reino, resuenan en su mente. Hace lo mejor que puede. Pero no es suficiente. Y ella quiere ayudarle, pero no sabe cómo hacer para que él no sienta que está invadiendo su espacio.
Recuerda la idea que estaba plasmando en papel que ayudaría tanto a las cosechas, pero aún no tiene la suficiente confianza de expresarlo en voz alta.
Suspira sepultando esa idea en su mente, ya habrá tiempo de traerla a luz. A su lado Yui espera que ella dé el veredicto a la invitación. Cierra los ojos — Está bien, vamos. Espero no arrepentirme.
La respuesta ilusionada que suelta en ese chillido de felicidad, es suficiente muestra de que la ha hecho feliz. Y a juzgar por la expresión relajada del muchacho, no es la única.
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Observa por la abertura hacia el cielo oscuro, las nubes púrpuras han cubierto todo con un manto escondiendo al sol. La noche ha llegado demasiado rápido. El sonido de los escarabajos, tan característico en verano, se eleva como una melodía que a estas alturas le es familiar.
Suspira, en un intento de calmar el acelerado batir de su corazón. Pero es imposible, y conforme el tiempo avanza, la ansiedad se vuelve insoportable.
El aroma de los jazmines que usaron para perfumar su baño, todavía flota en el ambiente. El vaho de la dulce flor impregna sus cabellos, su piel, y las vestiduras que usará esa noche, y ella comprende que esa preparación es apenas el preámbulo de lo que ocurrirá cuando Kazuto entre a sus aposentos.
La bata que las doncellas le pusieron no puede ser más evidente: es una pieza larga y translúcida de color blanco, y sujeta solo a su cuerpo por medio de un listón que se ata al frente.
La sensación de verse tan expuesta subyuga por un momento a la adrenalina que se gesta en su bajo vientre, pero es solo un momento; luego se ve a sí misma, y la enormidad de lo que está a punto de hacer la avasalla como si una ola de mar se le echara encima.
¿Por qué esta noche la decisión de entregarse pesa más?
No tiene una respuesta fija a eso, quizás el hecho de que Yui está en el palacio con ella y ha descubierto una faceta completamente nueva en su rey que lo vuelve más cercano, más... humano. Que es un hombre joven que tiene un corazón de carne y esa tarde junto a su pequeña hermana, descubrió que también puede comportarse como un niño.
La puerta de la habitación se abre y oye el juego de pisadas que se adentran con lentitud a la estancia. No puede evitar ponerse tensa y tomar una gran bocanada de aire.
—¿Yui ya está dormida? — su voz pregunta con tono paternal.
Asuna se gira por fin, junta las manos frente a ella para que no vea que le están temblando, alza los hombros y contesta, rápida —Sí. Su nueva habitación le ha gustado mucho — frente a ella ve al muchacho travieso de esa tarde, el que se quitó la capa y arremangó sus pantalones para meterse con su hermana al rio —Gracias.
Regresa hasta ella con dos copas que acaba de servir, le tiende una —¿Gracias por qué?
—Por traer a mi hermana... —quiere decir más, pero teme no encontrar las palabras, la voz puede traicionarle y entonces podría arruinar el momento.
Empero, Kazuto no responde, se queda pensativo algunos segundos y luego alza la mirada y la recorre por entera. Se nota sorprendido, su atuendo no le es indiferente. Reprime una risita.
Asuna no sabe si sentirse mortificada o preguntarle porqué se ríe. No obstante, bebe el jugo de dátil para sosegarse y cuando la última gota deja su paladar se da cuenta que aquello no era jugo, sino quizás algún licor frutal de baja fermentación. Es dulce y sabe bien.
Kazuto le quita la copa vacía de las manos y se inclina para pasar el dedo por su labio inferior, secando algunas gotas del líquido. En otras circunstancias, aquello la habría asustado, pero ahora curiosamente se encuentra muy serena.
Asuna lo mira con ojos enormes cuando Kazuto se lleva a la boca el mismo dedo, y como si leyera sus pensamientos, atraviesa el espacio que los separa y la besa directamente. Un beso suave y cándido. Todavía no la ha tocado con sus manos, y ella, involuntariamente, se acurruca contra su pecho deseando sentirlo.
Guarda en su memoria el recuerdo de dos noches atrás, y aunque siente el mismo recelo que en ese entonces, esta vez está más segura de sí misma, y del papel que ha decidido interpretar.
Posiblemente esa bebida tuvo algo que ver en su estado tan desinhibido.
Ella le rodea el cuello con timidez y un poco le obliga a profundizar la caricia. Con una mano, Kazuto sostiene el par de copas vacías, mientras con la restante la sujeta finalmente de la cintura. Su boca dulce por el licor se abre sobre la suya de ese modo tan hermoso y la obliga a suspirar.
Detiene el momento demasiado rápido, según ella. Roza su nariz con la suya en tanto le da tiempo a sosegarse. Su respiración es muy rápida.
—¿Estás segura? —el centro acerado de sus pupilas se empequeñece y se agranda al preguntar aquello con voz ronca.
Asiente, no se cree capaz de responder.
Entonces esas manos que ya han dejado a su suerte las copas, vuelven a sujetar sus mejillas, y la besa con mayor intensidad. Y por un segundo, parece que deja de respirar para compartir su aliento. Asuna le responde con reserva, imitando el movimiento de sus labios; pero cuando su lengua le explora con timidez, el beso se vuelve más exigente. Se abre a sus tímidas caricias como una flor para aprenda a degustarle.
La rodea por entero y la acerca tanto contra sí que sus pechos se aplastan. Kazuto debe sentirlo también. Le roza la cintura y la parte baja de la espalda con ligereza, como aprendiendo el camino a su cuerpo. A Asuna no le disgusta, pero tampoco puede quedarse tranquila; el contacto le provoca un tremor que la obliga a arquearse contra él como si sus dedos le quemaran. Seguramente lo hacen.
Se abandona a sus brazos. Y de pronto pareciera que no hay suficiente labios, ni suficiente piel, ni suficientes besos para llenar esa necesidad que le acucia las entrañas. Otra vez se encuentra en su cama pero tiene la certeza de que no acabará igual que la última vez. El joven se yergue sobre Asuna y la contempla con ojos hambrientos, la bata se ha corrido de sus hombros, su piel se tiñe de rubor, sus pechos se alzan de la seda buscando el oxígeno que le robó con sus caricias. Aprieta las sabanas con sus puños a medida que en su mente aún consciente se enciende la alarma de que si no habla, él va a llevarse una gran desilusión cuando se dé cuenta que es virgen.
Pero su tiempo se evapora, Kazuto hunde la mano en su cabello suelto y la impulsa al encuentro de sus labios, mientras la mano restante suelta el lazo de la prenda para desvestirla. Pese a su deseo de cubrirse, permanece estoica esperando, entretanto los hábiles dedos masculinos destilan fuego al trazar su piel. Nunca nadie la ha tocado de esa forma, ni la ha visto sin ropa. Es bochornoso.
Él sonríe, sus pupilas se han vuelto más oscuras y se toma todo el tiempo del mundo para contemplarla. Hay admiración y sorpresa en sus ojos. Se inclina, pero no para ir en busca de sus labios como creyó en un primer momento, no; le besa el cuello y ella reprime un jadeo mezcla de risa y desconcierto ante la acción inesperada, luego desciende por su clavícula y su destino es tan marcado que no puede evitar el temblor que otra vez la obliga a arquearse, cuando esa boca llega a conquistar sus pechos, y reclama la parte más sensible como botín, saqueándola sin pudor con su lengua. A estas alturas Asuna no puede soportar todas esas emociones contradictorias que queman sus entrañas, y se lleva la mano a la cara para silenciar esos extraños sonidos que su garganta insiste en dejar escapar.
Se siente ligera y anestesiada, a merced de ese rey que aún vestido asalta los tesoros de su cuerpo desnudo.
No pasa mucho tiempo para que en un abrir y cerrar de ojos, Kazuto se encuentre en idénticas condiciones, y Asuna no pueda disfrazar el desconcierto que le produce ver su firme cuerpo desnudo. Es el primer hombre que ve en toda su gloria, y aunque tiene miedo, la admiración que le inspira con su presencia subyugante, opaca por un instante su azoro. Sus brazos se adivinan firmes, y su pecho es tan ancho como una fortaleza, mentiría si dijera que no le cosquillan los dedos por tocarlo.
Se tumba sobre la muchacha con cierta brusquedad, le aprisiona los brazos y se estremece cuando la dura prueba de su deseo le roza los muslos... pero ella no tiene mucho tiempo para acostumbrarse a eso. Le abre las piernas, y de un solo movimiento se entierra en su interior sacándole un grito. No es tan inocente como para no saber que acaba de llevarse la prueba de su virginidad de una sola embestida, pero no va a decírselo, ni él a detenerse. Gira el rostro para que no lo descubra, y así evitar las lágrimas que le asaltan los ojos. Kazuto sigue moviéndose allí dentro y duele...
—Eres muy estrecha... —su voz sale contenida, errante. Gruñe contra su cuello cuando se desliza para ajustarse un poco más a su femineidad y ella acompaña su movimiento lo mejor que puede. Le sujeta las manos sobre la cabeza y es entonces que la mira. Encuentra su rostro de lado y las lágrimas que brillan como joyas en sus pestañas — Asuna — la llama.
Pero ella no se gira. No puede, tiene tanta vergüenza. Las extremidades le duelen, y todo su cuerpo se resiente por su culpa.
—Asuna... —suelta sus manos y le sujeta la barbilla con delicadeza para luego volver su rostro hacia él. Sus ojos se encuentran; los de ella brillan como miel líquida y se derraman a borbotones por sus mejillas. Le limpia las lágrimas con el pulgar —Niña tonta... —susurra.
Pero no es una niña, y él... ya lo sabe.
Se detiene en el medio de su placer para que ella se acostumbre a su invasión, y transcurre un segundo, dos, diez, veinte, él la besa con ternura, borrando el llanto que aún escapa de sus ojos. El tiempo sigue corriendo, mientras espera inmóvil; los hombros tensos, la arruga marcada en su frente, pero sus labios son suaves, diestros, y acarician con suavidad los de esa pelirroja que de pronto se sujeta a sus hombros. El brillo en sus ojos cambia, un hermoso rubor le colorea las mejillas y gime sin darse cuenta. El momento ha llegado, Kazuto lo sabe muy bien.
Le sujeta la mano que guarda esa cicatriz de la que tanto se arrepiente, con la restante le acaricia la mejilla, se está privando de su propia lujuria para verla. Quiere ver cada expresión de placer que se dibuje en el rostro femenino. Se prepara, sale de su cuerpo y vuelve a entrar, ella se aferra a su espalda y se muerde el labio aplacando su voz... Kazuto repite la acción varias veces, aumentando en cada una la velocidad. No se equivocó, verla disfrutar es un aditivo que suma y se regodea deliciosamente; Asuna es suya.
Todos los nervios de su cuerpo exigen alivio, pero se contiene, puede resistir un poco más. Los músculos de sus brazos y el resto de su cuerpo se ponen tensos; advierte la burbujeante sensación que nace de en medio de sus piernas y se concentra en esa extensión de su cuerpo enterrada en ella. Asuna cierra los ojos, deja salir un gemido de sus labios y se retuerce buscando algo que no comprende, temerosa de tenerlo. Temerosa de no tenerlo. Solloza sin entender lo que siente, y él necesita calmarla. La besa impetuoso, buscándola, y cuando sus pupilas conectan le susurra:
—Ahora en cualquier momento...
Ni siquiera termina de hablar cuando ella estalla, perdiéndose a sí misma en la magnitud de su propio placer, y él le sigue segundos después ahogándose en su desenfreno. Ambos anegados por las olas de su pasión. Kazuto se deja caer sobre ella con el cuerpo sacudido por espasmos y la joven lo cobija con sus brazos reteniendo la oscura cabeza contra su pecho.
Allí siente como melodiosa canción de cuna, el latir de su corazón que poco a poco le va cantando hasta que se queda dormido.
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—¿Dónde vas? — la pregunta suena firme, rompiendo la pacífica penumbra dentro de la habitación.
La figura se detiene casi en el rellano de la puerta, se gira hacia el único ocupante que queda en el lecho, de entre los bordes de la capucha que cubre su cabello se adivinan unos mechones semejantes a relámpagos de fuego.
—Vuelve a la cama, Asuna. No me hagas repetirlo. — su voz vuelve a ser la del rey. Ese hombre acostumbrado a mandar y que le obedezcan.
—Yo... pensé que... — se da la vuelta. Pese a la oscuridad aún reinante se adivinan las líneas de su cuerpo bajo la bata transparente.
Los ojos de Kazuto arden, ya sin sueño —Vuelve aquí — la observa caminar hacia él y de un gesto tira de ella hasta que la acomoda a su lado en el colchón. Le quita la capa y descubre su cabello. Toma algunos mechones y los enreda a sus dedos —No te preocupes por Yui.
—N-no... bueno... —baja la mirada. Él aún se encuentra desnudo. La enormidad de lo que hicieron la abofetea mentalmente.
—¿Por qué me mentiste? —Kazuto le gana de mano. Se pone de costado para contemplarla mejor.
Asuna comprende a qué se refiere, quizás ha llegado el momento de contarle la verdad, pero no sabe por dónde empezar. Quizás remarcar lo obvio no sea mala idea —Jamás he estado con un hombre...
—Lo sé — la mira fijamente y con el pulgar le aprieta el labio inferior —Eres mía ahora, reina Asuna —frunce el ceño con preocupación — Pero debiste decírmelo, yo... puede ser más delicado... No fue justo para ti...
Asuna tan solo parpadea confundida. Para ella ha sido hermoso... Esa sensación imposible de describir con palabras. No puede creer que aquella parte escondida de su cuerpo podría brindarle tanta plenitud... Se sonroja ante el hilo de sus pensamientos, y nota que él la observa con un gesto divertido, baja la mirada.
—No era esto de lo que quería hablar, K-Kazuto... — toma valor y alza la mirada otra vez —Todo lo hice por mi hermana... me disfracé de bailarina porque creí que así podría cambiar algo su destino...
—¿Y lo has hecho ante alguien antes?
—Nunca, solo ante ust.. ante ti —se corrige.
—Y quiero que así sea, solo para mí... —se mueve sobre ella, aprisionándola sobre el colchón. Su mano desciende y le acuna el pecho, Asuna suelta un suspiro, sus ojos se cierran —Es muy pronto para volver a hacerlo... tu cuerpo debe acostumbrarse a mí... —gruñe. Pese a sus palabras, con la yema de los dedos acaricia el botón que lentamente se endurece bajo sus caricias —La próxima vez quiero que bailes para mí.
Asuna se retuerce bajo sus brazos, recuerda como en una neblina que él le dijo lo mismo aquella última vez que las bailarinas visitaron el palacio. Le toca la boca con los labios, tentándola, y ella cae, dispuesta, se entrega a sus besos demandantes —Sí... — le responde ya presa del delirio.
Una voz le recuerda muy dentro de su cabeza que debe agradecerle a Liz por todo eso. Si no fuera por su idea, nada de esto hubiera ocurrido.
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—Kazuto quiere que mi señora aprenda a usar el arco y la flecha —la voz de Alice suena demasiado alegre pese a que es temprano en la mañana.
Asuna la mira de soslayo ¿Qué tanto sabe esa rubia que sonríe maliciosa? Cierto que las siervas cambiaron las sabanas de la cama donde la prueba de su inocencia quedó intacta, y la descubrieron allí todavía al día siguiente. Ese palacio tenía ojos en todos lados. Se cruza de brazos para disfrazar su turbación.
—¿Por qué? —aventura a preguntar con extrañeza.
—Para defenderse.
—Puedo usar una daga —replica sin pensar. La rubia ríe a carcajada limpia...
El que sepa usar una daga es una de las razones por las que se encuentra allí. Se sujeta las manos y recuerda, que tiene una cicatriz que no luce nada bonita gracias a que una flecha le dio de lleno.
—Kazuto cree que manejar arco y flecha es una actividad más femenina, señora. Sé que duda por mi culpa, pero créame tendré mucho cuidado al enseñarle.
—No es por eso, Alice. Quizás sea porque quiero decidir yo qué es lo que deseo hacer —allí está él otra vez tratando de cortarle las alas.
¿Por qué Kazuto no la dejaba elegir lo que anhelaba por si misma?
—Es una actividad que la mayoría de las esposas reales han realizado, es casi una tradición... la madre de Kazuto, su abuela, y la madre de su abuela, de generación en generación...
—¿La reina Sachi también? —pregunta antes de darse cuenta.
Alice desvía la vista de ella, asiente —Sí. Es una tradición real, como le dije.
—Está bien, hagámoslo.
Y Alice es bien consciente que ya no lo hace por ella, sino porque en el fondo siente celos e inseguridad hacia esa reina abandonada que se encuentra recluida en alguna parte del palacio inferior.
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Incluso oye el sisear de la flecha antes de que fuera lanzada hacia él. Es como un sexto sentido que posee, la intuición.
Ni siquiera lo piensa, empuja a Kazuto hacia un lado. A tiempo de ver sobre uno de los tejados la figura de una mujer envuelta en un velo azul. Deja vu. Pero no es Alice, está segura. La intrusa sujeta el arco tenso en su mano, saca otra flecha del carcaj en su espalda y la apunta en su dirección, lista para rematar su primer golpe. El viento sacude su vestidura y su rostro limpio se ve bajo la luz del día: es Sachi, imposible no reconocerla, su porte real es innegable. No tiembla, se la ve tan segura e imperturbable mientras dispara la siguiente flecha hacia ella.
Pero Asuna ya no ve lo que sucede, un dolor horrible en su hombro izquierdo la doblega, y se derrumba en medio de un delirio de fiebre y sangre en los brazos de Kazuto, quien a gritos pide ayuda, mientras la vida escapa del cuerpo de su reina.
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Nota
Y porrrr finnnnn! Aquí esta el capitulo 5... No quedó como yo quería, pero... pude escribir en su mayoria todo lo que habia pensado para él
Y al resto que lee, me complace anunciar que oficialmente debe quedar uno, o dos caps para acabar este fic. Ahora que en mayo y junio tendré un poco de calma, actualizaré mas seguido.
Dudas? Comentarios? dimelas con el boton de aqui abajo 3
Sumi~ (quien casi no tiene cerebro...)
Cualquier error de dedo lo corrijo mañana!
