La voz de mi corazón.

Por Lu de Andrew.

Capítulo 4.

OoOoOoOoOoO

ABERDEEN, ESCOCIA.

Septiembre. 1922.

- Noticias de América.

-¿Noticias solamente? Yo creí que vendría en persona. Debe estar brincando de felicidad, aunque con lo viejo que es, de seguro se le rompe la cadera- Contestó el joven, que se encontraba frente a la chimenea repasando la última investigación que había sido llevada desde América.

-Al parecer, no quiere alejarse lo suficiente. Dentro de casi tres semanas, será la próxima reunión que sostendrán los miembros del concejo, con el presidente del clan. Sabes muy bien que lo que más desea su abuelo es escuchar el momento en que te nombren a ti como vicepresidente de las empresas.

-Ese señor no es mi abuelo- con toda la paciencia del mundo caminó hasta donde se encontraba Christian Preston, su hombre de confianza, recibiéndole los papeles que sostenía en su mano, junto con un telegrama-y el muy idiota piensa que, yo soy tan imbécil que puede utilizarme para sus asquerosos planes.

-Nunca he entendido tus planes del todo Arnold. De pronto, aceptas su ofrecimiento de reconocerte, no solo legalmente sino también socialmente como su nieto. Aceptas el apellido, y les das una fuerte suma de dinero, eso sin contar que le sigues el juego en lo de conseguir la dichosa presidencia. ¿Hasta cuando me contarás todo?

-Yo no le estoy siguiendo el juego a nadie, Christian, todo lo contrario.-Si en algo se distinguía Arnold Fergusson era, en que había aprendido a controlar sus emociones. De tez blanca, pelo castaño oscuro, con unos profundos ojos negros, que contrastaban con el color de su piel, su altura era de casi 1.90 m, era fuerte y musculoso, no por hacer ejercicio, sino por el trabajo pesado que desde muy chico estuvo acostumbrado a hacer. Arnold, era un hombre en toda la extensión de la palabra, y cariño no era lo que verdaderamente sentía por su abuelo.

El había crecido viendo como su delicada madre, se desgastaba cada día a causa del duro trabajo que se vio obligada a hacer como sirvienta. Una niña rica venida a menos. Se enamoró profundamente de uno de los amigos de su padre teniendo ella diecisiete años, nunca se enteró que él estuviera casado, hasta que fue demasiado tarde. El hombre se aprovechó de su inmadurez y juventud, para enamorarla y pedirle que le diera una muestra de su amor.

Cuando ella se dio cuenta que estaba embarazada, se lo informó a él. Y ahí fue cuando la chica se enteró que el era casado y no podía ni quería abandonar a su esposa. La abandonó a su suerte y fue cuando ella decidió decirle a su padre. La abofeteó y le dijo que todo había sido su culpa, como mujer que era, seguramente fue ella quien sedujo a su gran amigo. La corrió, de su casa y ella solo se llevó consigo las joyas que eran herencia de su mamá y un dinero que poco a poco, había juntado, el suficiente para llevar una vida sencilla pero que no los dejaría ni a ella, ni a su pequeño bebé, en la calle. Pero cuando él solo contaba con 10 años, todos los ahorros de su mamá desaparecieron, no supieron cómo fue, pero quedaron en la calle. Años después, Arnold se enteró que su abuelo había corrido el rumor entre sus amigos y familiares que, el culpable de todo eso había sido el mismo Arnold. Fue entonces que él se dio cuenta que detrás de aquel robo había estado su abuelo. ¿Acaso el viejo pensaba que él anhelaba tener el apellido? El caso es que sí, lo pensaba y por ello cuando vio como había salido adelante y ahora tenía una fortuna, gracias a su trabajo, se acercó a él.

-Vamos Arnold, hasta el momento me has mantenido al margen de esta situación. ¿Es tan malo?

-¿Malo? Al menos no para mi, amigo. Pero no te puedo decir lo mismo del viejo-Se sentó en el sofá, y abrió el sobre que le había hecho llegar su abuelo- si te he mantenido al margen de todo esto, es porque no quiero que se vean involucrados, utilicé a otras personas para hacer el trabajo.

-¡Por Dios! ¡Sigues hablando entre líneas!

-No pienso darte detalles, Christian. Solo confórmate con saber que sé muy bien lo que hago. ¿Sabes?, creo que la vida me está dando una retribución por la muerte de mi madre.

-Cada vez te entiendo menos Arnold. Pero se hará como tu digas, solo contéstame dos cosas.

-¿Cuáles son?

-¿Por qué no le has dicho a tu abuelo que ya sabes que lo de tu apellido, lo de hacerlo legal, no es cierto?

-No me conviene. Es mejor que él siga creyendo que me vio la cara de idiota. ¡Como si me interesara llevar su apellido!

-Bien, eso me lleva a mi otra pregunta. ¿Qué vas a hacer con Andrew? Tu abuelo espera que le quites la presidencia y no sé que tanta cosa.

-No tengo nada en contra de William Albert Andrew, ni siquiera me interesa la estúpida presidencia. Los Andrew no tienen nada que me interese...-Hizo una pausa significativa, leyendo el telegrama que había mandado su abuelo-Por cierto, el viejo dice que me quiere en Estados Unidos, para fin de mes. Me tendré que reunir con la bola de viejos ambiciosos y ahí varios se llevaran una sorpresa. Será mejor que salgamos ya. Necesito llegar antes a Chicago.

-¿Antes? ¿Para qué?-Arnold le dio una mirada enigmática y con una sonrisa de medio lado le contestó:

-La verdad es que...quiero ponerme al corriente con todo.

-No te creo, pero en fin, me imagino que quieres salir cuanto antes, prepararé todo-El hombre que había permanecido de pie cerca de la puerta dio media vuelta y salió presuroso.

-Gracias Christian-susurró Arnold, ante la evidente ausencia de su amigo, se había quedado pensativo, y ni siquiera se dio cuenta cuando salió.

Aunque la verdad era que quería llegar antes a Chicago, porque sí había algo que le interesara a Arnold Fergusson de la familia Andrew. Buscó entre las hojas de investigación que le habían llegado. Había mandado a investigar a la familia, el informe era detallado, hablaba de todos los miembros de la familia, vivos y muertos, en seguida pudo ver que no eran nada de lo que su abuelo afirmaba, una familia de ladrones que se apropiaron de la presidencia sin ninguna contemplación para los demás clanes. Claropensó Arnold,para el viejo todos somos ladrones, aunque el único ladrón es él

De pronto, encontró lo que estaba buscando, lo encontró entre las fotografías que habían sido integradas al informe. Ahora conocía a todos y cada uno de los Andrew, hasta George estaba incluido. Tomó una fotografía y la sostuvo entre sus manos. Ahí estaba la razón de que quisiera llegar pronto a Chicago. La imagen tenía un nombre escrito en la parte superior: "Candice White Andrew"...

OoOoOoOoOoO

Candy no dejaba de dar vueltas en su cama, todo lo sucedido el día anterior, había sido demasiado para que, en la soledad y completa calma pudiera conciliar el sueño. Vio el reloj que estaba sobre la chimenea, Las tres de la mañana estaba acostumbrada a pasar noches sin dormir, en sus turnos de noche en el hospital, y en estos momentos desearía estar de guardia en urgencias para alejar tantos pensamientos y recuerdos de su cabeza. Decidió que bajaría a la cocina a tomar un poco de leche tibia. Se puso su camisón y salió al pasillo en penumbras, todos estaban dormidos, pasó frente a la recamara de Albert y sintió que su corazón le daba un brinco, movió la cabeza y bajó las escaleras, no sabía porque reaccionaba de esa manera ante el solo pensamiento de su amigo.

Fue hasta la cocina y se calentó la leche y la tomó, esperanzada que sirviera de algo y relajara sus nervios. Al regresar y poner un pie sobre el primer escalón, se detuvo, volteó hasta la gran puerta de roble del estudio de Albert. No supo qué extraña sensación le provocó el solo verla, se sintió como atraída por ella, como si fuera un gran imán y ella un pedazo de metal. Mirando para todos lados, decidió entrar.

Cuando abrió la puerta, pudo distinguir claramente el aroma de la colonia de Albert. ¡Y eso que solo había estado en el un par de horas! Aunque lo cierto es que Candy distinguía ese olor tan varonil donde quiera que estuviera.

¡Un momento! ¿Desde cuando pensaba que el aroma de Albert era varonil?

Se estaba volviendo loca, le faltaba dormir, sin duda. Cerró la puerta y paseo su vista por todo el lugar perfectamente arreglado. Recorrió con los dedos, el borde del escritorio, la chimenea, y el sillón de piel donde siempre estaba él. Cansada se sentó en el mismo. Recordó lo que había pasado cuando la tía abuela, llegó a la biblioteca después de su plática con Albert. Habían acordado, regresar a Chicago para los preparativos, pero antes aprovecharían su estancia en NY, para contratar a una orquesta que era muy famosa en la ciudad. Elroy quería que desde ese mismo instante, Candy empezara familiarizarse con todo asunto relacionado como la futura matriarca. Y el saber preparar una gran y sofisticada fiesta, estaba implícito. Candy sonrió al recordar que, Elroy , ni siquiera se había inmutado ante la noticia que dio Albert. Al parecer, Elroy estaba segura que ella convencería a Albert. Se sentía nerviosa y extrañamente feliz. Había decidido que llamaría a Annie a primera hora para contarle todo, ese era su último en NY, y todo decía que Annie regresaría a Chicago antes que ella.

Fijó su atención en algunos retratos que estaban sobre la chimenea apagada, a estas alturas sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad dela habitación y solo la luz de la luna la iluminaba. No era necesario más. Se puso de pie y presto atención a las fotografías, nunca antes había estado de esa forma en el estudio de Albert, solo de entrada por salida, tal vez por eso no había visto a quien pertenecían dichas imágenes.

El primero era de Anthony, su primer y gran amor. El único sobrino directo de Albert y a quien le dolió en demasía la muerte de su sobrino y más aún, que nunca pudo conocerlo íntimamente. Después estaba, el de Rosemary, con Anthony en su regazo, era una imagen encantadora. Se veía feliz y el pequeño que sostenía la miraba con una especie de adoración a pesar de la corta edad que mostraba. En otro, estaban, Anthony, Stear y Archie, sus tres paladines. Nostalgia fue lo que sintió Candy ante esas imágenes, unas lágrimas escaparon de sus verdes ojos, recordando los bellos tiempos que pasó a su lado.

Le seguía una de la tía abuela, con su regía y rígida postura que la caracterizaba. En seguida estaba una de Albert mismo, el día en que decidió dejar libre a su fiel Pouppet, ese día Candy también lloró, esa foto sí la reconocía. Después estaba una foto que Candy nunca se hubiera imaginado que Albert tendría. Una foto de ella, sí era de ella, la habían tomado el día de su graduación. Recordó que esa noche, había bailado como loca, en especial porque lo había hecho con él. Recordó el último baile en que Albert la había sostenido entre sus brazos, para después, llevarla al inmenso jardín del salón de recepciones. Platicaron de muchas cosas, rieron y recordaron muchas otras. Finalmente, antes de regresar al salón, Albert la tomó del brazo y le dijo: Esta noche, estas verdaderamente hermosa, Candy Ella sintió que se le doblaban las rodillas, pero esa sensación pasó, cuando Albert le recordó que tenían que regresar, pues él saldría al día siguiente de viaje.

Candy suspiró, por alguna extraña razón, había decidido pasar por alto esa maravillosa noche que pasó con él y la guardo en lo más profundo de su corazón. Y algo le decía que tal vez, solo tal vez, ahora si podía darse el lujo de recordarla. Con una sonrisa de felicidad, puso su atención al siguiente cuadro. Y ahí recordó a "la extraña razón". Un retrato de Josselyn. Se veía hermosa y le dolió el corazón solo de imaginar que Albert, cada que la veía recordaba el gran amor que de seguro le seguía teniendo. Regresó al amplió sillón que estaba tras el escritorio, sin dejar de ver el retrato, recordó la vez que conoció a Josselyn Rogers...

***Fue en una fiesta que había organizado la tía abuela. Albert regresaba de un viaje por Canadá y llevaría a Josselyn para que por fin la conociera la familia. Hasta el momento, Candy sabía de la existencia de Josselyn por las pláticas que sostenía con Albert. Todo iba bien, Candy sabía que Albert y Joss, ya eran novios, pero nunca pensó que alguna vez se tornara todo tan formal, como para que decidiera llevarla a conocer a la familia entera.

Ella había querido zafarse de la situación, no sabía porque no quería conocer a Josselyn, pero puso mil y un pretextos para no asistir. Desde una disección hasta exámenes sorpresa. Y al parecer se estaba saliendo con la suya pues, por un tiempo no supo de Albert. Hasta que llegó una tarde hasta la universidad, él le suplicó que lo acompañara en esa ocasión especial, además le dijo que Joss, quería conocerla. Después de un buen rato, él la convenció. Por favor, es importante para mi que estés esa noche, además necesito tu aprobación ¿Cómo decirle que no?

Unas noches después Candy se encontraba, en un lugar donde no quería estar, para conocer a una chica, a la que no quería conocer. Hablando con gente con la que no quería hablar y sonriendo cuando no quería sonreír. Se sentía con el corazón en un hilo, y ni siquiera lograba descifrar el por qué. Esperando el momento en qué Albert y Josselyn llegaran, Annie fue con ella, se le veía preocupada.

-Candy te he estado buscando, ¿qué haces aquí? Parece que estás escondiéndote- Le dijo al encontrarla detrás de una gran columna que enmarcaba la entrada hacia el salón.

-Tal vez no quiero ser encontrada-fue su simple respuesta. A Annie pareció ni importarle.

-Candy, tienes que ayudarme. Archie quiere que nos escapemos después de la cena.

-¿Y qué tiene eso de malo Annie?-le preguntó frunciendo el ceño.

-¿Te imaginas si se enteran? ¿Qué dirán de mi? Mi mamá dice que una señorita de sociedad debe comportarse a la altura de las circunstancias. Una dama no hace ese tipo de cosas.

-Tal vez no las haga con un desconocido, pero Archie es tu novio, tu prometido. Además, no te enojes pero, ¿no crees que necesitan algún tiempo a solas? No me malinterpretes, es decir, tu mamá nunca los deja, ¡ni siquiera para que platiquen un rato! Creo yo, que eso no es normal en una relación como la de ustedes. Tal vez Archie quiera disfrutar de un tiempo contigo, nada más. Sin ninguna intención oculta- A Candy se le vino a la memoria cuando Archie le había propuesto matrimonio. Quería una cena romántica y especial para ellos dos, pero con la mamá de Annie sin dejarlos ni a sol ni a sombra, tuvo que pedirle permiso para que le permitiera llevar a cabo su idea. La respuesta de la mamá de Annie, no tuvo lugar a discusión. Archie le pediría matrimonio a su hija, en una gran fiesta delante de todos, al parecer para la señora Britter, lo más importante era que todos se enteraran de que una de los herederos de los Andrew, se casaría con Annie Britter. Y a pesar de la absurda propuesta Archie aceptó.

-Candy, toda mi vida me he preparado para ser la esposa perfecta para Archie, no quiero arruinarlo por un momento de... de...

-¿De romanticismo?-preguntó Candy sarcástica-lo puedes arruinar con Archie, Annie. Si quieres ser la esposa perfecta para él, ¿no crees que tienes que hacer, entonces, lo que a él le guste?

-Pero Candy, tu sabes muy bien que...- Ella ya no pudo continuar, porque la alta figura de Albert entrando al salón había captado la atención de todos en el lugar. Se acercó hasta donde Candy y Annie estaban, y las saludó, especialmente a Candy.

-Gracias por estar aquí, conmigo, esta noche- le dijo. Candy pensó que se libraría de conocer a Josselyn, pues Albert estaba solo. Pero de pronto la llamó.

-¡Joss!- Ella iba entrando platicando con Elroy, al parecer se iban a llevar muy bien. Al oír su voz ella fue rápidamente hasta donde Albert, cuando llegó, entrelazaron sus manos y ahí Candy se dio cuenta que eso iba demasiado en serio.- Preciosa, quiero que por fin conozcas a Candy. Candy-se dirigió a la pecosa-ella es Josselyn. Josselyn ella es Candy.

Candy extendió la mano para saludarla, pero no se esperaba la reacción de Josselyn. Sin decir más, abrazo efusivamente a Candy y le dijo:

-¡Candy es un placer conocerte! Albert me ha hablado tanto de ti, que siento como si ya nos conociéramos de años,-un momento, ¿Albert? ¿Acaso no sabía que ella, Candice White, era la única que lo llamaba "Albert"? ¡Hasta la tía abuela, lo sabía! pensó Candy- de verdad espero que seamos buenas amigas- continuó Joss – y me cuentes todo acerca de cómo se conocieron. Este joven-señalando a Albert- me dice, que eso es un secreto de estado, pero tu sí me dirás, ¿verdad?- La sincera mirada de la joven, hizo que Candy derribara las barreras que se había puesto hacía ella. No era la típica señorita de sociedad, presumida, odiosa, e intolerable, sino por el contrario, era dulce, sincera y quería ser su amiga. ¿Qué podía hacer ante eso? Nada, solo conocer a la novia de su amigo y apoyarlo a él. Lo haría por él.

-¡Claro que sí, Josselyn! Aunque esté en peligro de muerte- dijo Candy en tono de broma, mirando de reojo a Albert. Sonrió cálidamente a Joss, la primera sonrisa que había mostrado en toda la noche. Platicaron un rato más, y Candy tuvo que reconocer que además de hermosa era una gran persona. Después de un rato, Albert fue por su novia para bailar con ella.

Con una media sonrisa Candy los vio cómo se alejaban. El resto de la noche, Candy ya no supo de su amigo, ella se refugió en la oscuridad del jardín y de la noche. Pasado algún tiempo, subió a su recamara, no se despidió de nadie, solo quería estar sola. Ni siquiera las lastimosas lágrimas de Annie, que para esos momentos se había peleado con Archie, la hicieron quedarse en la fiesta.

Con el paso de los meses, Josselyn y ella terminaron siendo amigas, y gracias a eso, adoptaron la costumbre de verse sin excusa alguna cada mes. Josselyn le dijo que sabía lo importante que era su amistad para Albert y también para ella. Para cuando, ellos se comprometieron seis meses después, Candy ya era una gran amiga de Josselyn.***

Candy regresó a la realidad, dio un grande suspiro. Todo eso lo había hecho solo por Albert y se dio cuenta que por él sería capaz de hacer cualquier cosa. Por él, solo por él. Gruesas lágrimas salieron de sus ojos al darse cuenta de lo que eso significaba, pero, ¿desde cuando? Ni ella misma lo sabía. Había dedicado el suficiente tiempo para esconder sus sentimientos y disfrazarlos, por pensar que ella no era digna de alguien como Albert. Volteo hacia su espalda para poder ver el gran cuadro que la tía abuela había mandado pintar, para celebrar su presentación en sociedad. Lo observó durante un buen tiempo, solo para decidirse a reconocer en voz alta y como si se lo dijera a él...

-¡Estoy enamorada de ti!- Solo el cuadro y el silencio de la noche fueron testigos de esa declaración de amor.

Ahora Candy sabía claramente por qué se sentía así cuando Albert conoció a Josselyn. Estaba celosa y terriblemente triste, porque sabía que lo perdería para siempre. Y una vez más se sacrificó, sacrificó el amor que le tenía para que él fuera feliz. ¡Qué irónico! Y Albert que no quería más sacrificios. Tal vez nunca sabría cuando exactamente se enamoró de su mejor amigo, pero ya que por vez primera había escuchado la voz de su corazón, sabía que él había sido su primer gran amor...su Príncipe de la Colina.

Ella seguía llorando, y ahora no sabía cómo reaccionaría ante él. Pero en una vuelta del destino, sus caminos no solo se habían encontrado, sino que, ahora se iban a unir para siempre. Sí, se casaría con él y aprovecharía cada instante para ganarse su corazón. Y tal vez, él algún día Albert, se enamoraría de ella...

OoOoOoOoO

Era de mañana cuando Albert, se encontraba con su tía en el comedor, Elroy ya tenía cinco minutos esperándolo para desayunar.

-¡Buenos días, tía!-Saludó alegremente el rubio. Para Elroy, no pasó desapercibida la actitud de su sobrino y hasta notó cierto brillo en sus ojos.

-Buenos días William. ¿Ya no estás enojado conmigo?

-Creo que ayer me exalté un poco, tía, lo siento. Pero no me gusta que pase por alto las decisiones que tomo, me da la impresión que usted cree que no sé lo que hago.

-William, discúlpame por haber pasado por alto tus órdenes, te aseguro que no volverá a pasar pero de ante mano te digo que no me arrepiento, si no hubiera hablado con Candy...

-Será mejor que olvidemos el asunto, pero que no vuelva a suceder, por favor. Por cierto, ¿Dónde está Candy? debió quedarse dormida- se puso de pie para ir a donde ella.

-No te molestes- lo detuvo Elroy.

-¿Por qué?- preguntó frunciendo las cejas.

-Candice vino a mi recamara a las seis de la mañana, para avisarme que tenía una cita con Annie Britter, para desayunar. Se fue a a las siete en punto.

-¿Un desayuno a las siete de la mañana? ¿No cree que es muy temprano?-se oía molestia en su voz.

-El desayuno es a las ocho, se fue a las siete para llegar a tiempo. Por lo regular, la gente educada, sale con algo de tiempo de su casa cuando tiene una cita y quiere ser puntual- Elroy hizo el comentario de forma sarcástica, pues se dio cuenta de la molestia de Albert.

-Ya lo sé, tía. Es solo que me preocupa, que Candy salga sola después de lo de ayer con Edward.

-No te preocupes, la convencí para que Walter la llevara. Después él vendrá por mi, me reuniré con Candice, a las diez de la mañana para contratar a la orquesta.

-Está bien.-contestó pensativo-¿pero volverán temprano?

-A qué hora quieres que estemos aquí.

-Quería pasar un tiempo con ella. Necesito hablar con un poco más de tranquilidad, acerca de lo está a punto de suceder.

-Entiendo, William, no te preocupes, llegaremos temprano.

Ellos continuaron con su desayuno. Mientras en un café de NY, la rubia ya había puesto al tanto a su amiga acerca de sus sentimientos para con Albert.

-Candy, es normal lo que sientes por él, y estoy hablando en serio cuando te digo que luches por lo que sientes. Están hechos el uno para el otro, además, déjame decirte que yo creo que tu no le eres indiferente a Albert.

-¿De verdad lo crees?-preguntó esperanzada.

-Claro que sí Candy, no te preocupes. Pero vas a tener que ponerte lista, tienes que ganar su corazón, no te des por vencida. Para ti será más sencillo, lo conoces mejor que nadie... ¿Me disculpas un momento? Necesito ir al tocador.

Candy se quedó pensativa, ¿sería verdad que no le era indiferente a Albert? Tal vez ese era un punto a su favor. No se percató que alguien se había acercado a ella por detrás, y una voz la sacó de sus pensamientos.

-Vaya, al parecer la doctora pecas, ya tiene tiempo para distracciones- Ella se volvió para ver de frente al dueño de esa voz.

-¡Terry! No puedo creerlo, ¿qué haces aquí? Creí que estarías de gira-le dijo al tiempo que se daban un abrazo y un beso en la mejilla.

-Tu lo has dicho pecas, estaba, ahora me tomé unos días libres para salir y distraerme. Este es mi café favorito, y mira tuve la fortuna de verte, con eso de que eres una prestigiosa doctora que no tiene tiempo de nada...

-¡Pero mira quien habla! El señor actor " no tengo tiempo de nada"- los dos rieron ampliamente, pero Terry notó que había algo distinto en Candy. Ella se dio cuenta de su escrutinio y le preguntó:

-¿Qué tanto me ves?

-Tu tienes algo, te conozco bien, tienes un brillo especial en los ojos, suéltalo Candy, ¿qué es?

-Estoy desvelada-dijo sonriendo ampliamente. La admisión de lo que sentía por Albert, la hacía completamente feliz.

-Sí, pero no es eso-Candy se quedó en silencio unos segundos.

-Pues creo que algún día te enteraras. Yo...me voy a casar con Albert.

A Terry le tomó un poco asimilar la noticia. Pero algo dentro de él sabía que algún día eso ocurriría.

-jajaja, pues felicidades pecosa, pero a Albert le tendré que dar el pésame, mira que se lleva a una joyita contigo, un tornado no se compara con Candice White.

-¡Terry! ¿Cuándo dejaras de hacer ese tipo de bromas?

-¡Pero si estoy hablando en serio!

Candy ya no tuvo tiempo de responderle, porque en ese instante, Walter, entraba para informarle que Elroy ya la esperaba en el auto. Candy se disculpó con Terry y salió para pedirle a la tía abuela unos minutos más, porque no se había despedido de Annie, tras lo cual regresó al lugar. Pasados unos minutos, Elroy se desesperó y salió dispuesta a llevarse a Candy. No se le olvidaba que Albert le había pedido, que regresaran temprano.

-¿Tía abuela?-una voz chillona, se oyó detrás de ella.

-¿Elisa, Sara? ¿Me pueden explicar qué hacen aquí?-con el ceño fruncido, las miró disgustada.

-Oh tía, qué gusto me da verla-dijo Elisa, haciendo caso omiso de la molestia de Elroy. Se acercó para darle un beso. Sara solo la veía.

-No han contestado a mi pregunta, Sara-Elroy ignoró por completo a Elisa y exigió una respuesta.

-¿Qué pasa tía abuela? ¿No se alegra de vernos?- Insistió Elisa.

-¡Basta Elisa! Sabes muy bien que William les tiene prohibido estar en la misma ciudad en que se encuentre Candice. Si él se entera de que están aquí, se molestara con ustedes.

-Pero usted puede interceder por nosotros, ¿verdad?- Preguntó Elisa.

-Por supuesto que no Elisa. Yo no puedo intervenir en las decisiones que toma William-Y menos después de lo de Candy Pensó Elroy- tu lo sabes mejor que nadie Sara, ¿cómo permitiste que esto pasara? William se enterara.

-Es que no lo sabíamos tía-Elroy escuchó una voz grave que hablaba detrás de ella- al menos yo no. Pero no se preocupe, saldremos inmediatamente-el joven les dio una mirada de advertencia a las dos mujeres delante de Elroy.

-¡Neal!-habló su madre- hijo te aseguro que yo no sabía nada. Tía se lo aseguro.

-Tal vez tú no sabías madre, pero Elisa si lo sabía, me acabo de enterar, que quería ir al hospital Mercy a saludar a "una amiga", y como ella no tiene ninguna amiga que trabaje en un hospital, investigué un poco y supe que "su amiga" se trataba de Candy.

-¿Y qué tiene de malo? No es un pecado.

-No es un pecado, pero si William se entera, ya saben las consecuencias-les advirtió Elroy.

-No se preocupe tía, acataremos las ordenes de William y saldremos de NY en cuanto Neal, termine sus negocios.

Mientras tanto, Candy, Terry, y Annie ya se estaban despidiendo en la salida del restaurant. Terry estaba sumamente impresionado por el cambio de look de Annie, tenía todo el estilo "IN" de la moda de los años 20's. Hasta daba la impresión de ser una flapper, [1]solo que no había visto a Annie fumando, pero lo que más lo impresionaba, era el cambio de actitud de " la tímida", que de tímida ya no tenía nada. Sobre todo cuando le dio la impresión de que estaba flirteando con él. Y ya no le tenía miedo, o eso le mostraba.

-Bueno chicos será mejor que salga, la tía abuela me va a colgar, si no salgo pronto. Annie, te llamo en cuanto lleguemos a Chicago. Y Terry, mucha suerte con la audición de la próxima obra. ¿Cómo dices que se llama?

-The Wild Westcotts[2]. Pero la audición ya está hecha, les presento al protagonista de la obra. Mi co-estelar será una chica llamada Claudette Colbert.[3] Se estrenará el próximo año.

-¡Vaya, así que nos estás dando una primicia!-comentó Annie.

-Así es, espero verlas a las dos en primera fila. Aunque para entonces, tu ya estarás casada Candy, así que supongo que también vendrá Albert- Candy se sonrojó ante la idea de ser esposa de Albert.

-Si, creo que sí. Ya nos habremos casado, ¡la boda! ¡la tía abuela, me matará! Chicos los dejo, cuídense y estemos en contacto, ¿si?-se despidió con la mano, mientras salía corriendo del lugar. Terry y Annie, se rieron y menearon la cabeza, Candy nunca cambiaría. Annie pudo observar la mirada que le dio Terry a Candy.

-¿Todavía te preguntas, qué hubiera pasado si Susana no se hubiera cruzado en tu camino? ¿Si en vez de intentarlo varios años después, lo hubieran intentado en ese entonces?-Preguntó Annie

-Para ser sincero, sí me lo he preguntado. En ese momento, Candy y yo nos amábamos-su mirada se volvió melancólica-pero ya nada de eso importa, cuando tuvimos la oportunidad, no la aprovechamos o solo lo hicimos para no quedarnos con la duda. Pero de lo que no hubo duda, fue de que amor, ya no había entre nosotros, al menos no amor de pareja sino de grandes amigos.

-Tienes razón, al menos lo intentaron, ¿no? Tienes que admitir que fue lo mejor, no podían forzar una relación basados en lo que sintieron en el pasado.

- Vaya, tengo que cederte la razón, y si soy sincero, nunca creí que tu pensaras así...-Terry se quedó pensando. Annie estaba a punto de despedirse, cuando él la detuvo.

-De seguro tú sabes todo la historia detrás del compromiso de Albert y Candy. ¿Por qué no me cuentas mientras te invitó un café?

-¿Sabes Terry? Si quieres saber esa historia, tendrás que preguntárselo a la misma Candy.

-Creí que sería fácil sacarte esa información-dijo con una sonrisa divertida en el rostro mientras miraba a Annie imperturbable. - Entonces, ¿por qué no me cuentas tú cómo es que te hiciste...esa cosa. -No quería admitir delante de la chica, que su cambio lo tenía un poco sorprendido.

-Esa cosa? ¿Cuál "cosa"? - Annie lo miró divertida.

-Pues...eso que te hiciste, ¿por qué cambiaste tanto?

-¿Sabes?, creo que para eso necesitaras algo más que un café-contestó caminando hacia dentro del lugar, por donde le señalaba Terry.

-No te preocupes, linda. Puedo ser muy paciente...

Mientras en la calle, los Leagan seguían tratando de explicarle a Elroy que no quisieron pasar por alto la orden de Albert. Después de romper el compromiso de Candy con Neal, Albert separó de todos sus negocios a esa familia. Pero también les advirtió que si llegaban a estar en la misma ciudad que Candy, por el motivo que fuera, él mismo se encargaría de que se les cerraran todas las puertas en los negocios. Acabaría con ellos, no solo socialmente sino económicamente. No disfrutaba tomando esas decisiones tan absurdas, pero no quería que su pequeña volviera a sufrir una vez más, por culpa de los Leagan.

-Será mejor que salgan de la ciudad, antes que yo misma le diga a William, no quiero pasar por alto su orden. Y no pienso esconderlo.

-No se preocupe tía-contestó Neal- nos iremos hoy mismo- Se despidieron de ella, no sin que Elisa se pusiera a reclamar. Pero Neal ya no era el mismo pelele, al que su hermana manejaba a su antojo, cuando se separaron económicamente de los Andrew, casi habían quedado en la ruina. Él y su padre trabajaron muy duro y no permitirían que por lo caprichos que su madre seguía complaciendo a Elisa, se viniera todo abajo.

-¿Acaso están locas?- Neal se paró frente a ellas, para encararlas visiblemente enojado-¿Saben de lo que es capaz el tío William si sabe que premeditadamente vinieron a la ciudad donde está Candy?

-Pues parece que tú no tienes ningún problema. Has venido muchas veces a NY, y nadie a hecho tanto escandalo- Contestó Elisa restándole importancia al asunto.

-Yo solo vengo a la ciudad por negocios, y desde que vivimos en Florida, no estoy interesado en saber el paradero de Candy. Además, me he ganado la confianza del tío y no ve problema en ello.

-¿Y a mi qué me importa que ahora seas el consentido de William Andrew? Claro, con tus zalamerías, cualquiera lo haría. ¡Y me importa muy poco que la huérfana esa viva en aquí, yo soy libre de andar donde yo quiera!

-¿Es que no entiendes? Madre, será mejor que la hagas entrar en razón, ¿ya se les olvidó cómo las trataban cuando nos vimos al borde de la ruina? Ni amistades, ni fiestas, ni dinero para salir de compras. ¿Quieren volver a lo mismo?

-Por supuesto que no!-gritó Sara- Elisa, tu hermano tiene razón, si esa es una manera de tener a William en paz, entonces, lo haremos. No es que Candice, ande de ciudad en ciudad, sabemos bien que si no está aquí, está en Chicago, vamos mi amor, no es mucho pedir.

-¡¿Pero qué no te das cuenta?! No quiero vivir a la sombra de esa! Ella tiene todo lo mejor, ¿y yo qué? ¡Tener que pedir permiso para estar en la misma ciudad que ella, es una humillación!

-¡Me importa muy poco si Candice, se convierte en la reina de Inglaterra, óyeme bien Elisa, haremos lo que sea para no perder lo que tenemos, y si es necesario besarle los pies a William, y dejar a Candice en paz sin pisar la misma ciudad que ella, lo haremos!- Espetó Sara. Tan solo de recordar, todo lo que habían sufrido cuando Albert los mandó a Florida, hizo que se le pusiera su piel de gallina. Prefería que Elisa la se enojara con ella a pasar por una milésima de segundo por toda esa situación de nuevo.

Elisa masculló algo ininteligible, mientras Sara y Neal la obligaban a subir al auto.

-Será mejor que pongas de tu parte Elisa-comentó Neal, mientras encendía el auto- si intentas ir en contra de las órdenes que nos han dado, me aseguraré que no recibas un solo dólar de mensualidad.

-¿Y tú, quien te crees que eres para amenazarme de esa manera?-replicó Elisa enojada.

-Pues nada más y nada menos, que el administrador de la familia. Y si se lo digo a papá, no habrá ningún problema-Por primera vez en su vida, Neal se sintió seguro y con el poder en la mano. Por fin pudo ponerla en su lugar y lo mejor era que, su madre lo apoyaba. Qué ironíapensó Nealy todo se lo debo a Candy y al tío William

Por su parte Elisa, se tuvo que tragar la rabia que sentía. De momento lo dejaría pasar, pero eso no se quedaría así, Candy sufriría por esa humillación...

Candy no se percató de la presencia de los Leagan y cuando llegó con al tía, salieron inmediatamente para hacer los encargos para la fiesta de compromiso, pues no solo era la orquesta, sino varias cosas más. Cuando llegaron a la mansión, Candy estaba feliz, pues prefería un día entero en cirugía que dos horas de compras y encargos con la tía. Pensaba que descansaría toda la tarde, y así se libraría un poco de tener que enfrentar a Albert y a lo que sentía por él.

Subió directo a su habitación, quería dormirse durante un buen rato. La tía abuela le había comentado que Albert se había tomado el día para pasarlo con ella y aunque trataron de llegar lo más pronto posible, llegaron cerca de las tres de la tarde. Las dos pensaron que, a esas horas, Albert no estaría en casa. Por un momento, Candy deseo no ser tan impulsiva y salir corriendo en la mañana antes de verlo a él. Deseaba verlo, hablar con él y abrazarlo hasta cansarse. Pero se sentía demasiado somnolienta, después de todo, dormir dos horas, no servía de mucho.

Antes de recostarse, se detuvo frente al espejo de cuerpo completo que tenía a un lado de su tocador. ¿Qué vería Albert en ella? Bueno, en ese momento, de seguro nada bonito, tenía unas ojeras tan negras que parecía estar convaleciente de una larga enfermedad. Su pelo, como siempre, lo llevaba recogido en un moño espléndidamente hecho. Recordó que, cuando Annie, le preguntó la razón para llevar ese peinado, ella le comentó que no podía traer todo el tiempo el pelo suelto en el hospital, con cirugías y todo. Annie, le sugirió cortárselo a la moda, y también le sugirió cambiar su atuendo que ya estaba pasado de moda. "Moda", esa palabra empezaba a odiarla, y más porque sabía que tenía razón. Al menos en la ropa, pero la idea de enseñar parte de sus piernas la apenaba. Aunque Annie, la había tratado de convencerla diciéndole que tenía unas piernas muy bien formadas, ¿Pensaría Albert igual, si decidía ponerse uno de esos vestidos?

La cabeza ya le empezaba a doler de tanto pensar. Se soltó el pelo y literalmente se tumbó sobre la cama. Se durmió inmediatamente...

Albert no había salido de la casa esperándola. No sabía cómo reaccionar ante Candy, después de todo, ¡se casaría con ella! No evitaba preguntarse porque había sido tan fácil para él aceptar tan fácil, que Candy y él se casaran. Quería verla y hablar con ella. Necesitaba hacerlo, por ello, después de preguntar a su tía por ella, la dejo dormir un poco, bueno, a decir verdad solo la dejó dormir una hora. Sentía que si no hacía lo que tenía pensado, en ese instante, con los nervios aún estables, ellos mismos no lo dejarían hacerlo después. Porque se sentía sumamente nervioso.

Con paso decidido, toco a la puerta de la habitación de Candy. Sorpresivamente, a los pocos minutos, la puerta se abrió lentamente. Albert contempló a Candy recién levantada, tenía el pelo suelto, y los ojos un poco hinchados, se le veía adorable, y por un instante, deseo hacer uso del derecho que le daba ser el prometido de Candy, y acariciar su hermoso y sedoso cabello. Pero a pesar de todo su deseo, lo tuvo que reprimir, porque sí, era el prometido de Candy, y le encantaba esa idea. Pero tenía que recordar, que solo se iban a casar por el estúpido consejo y el viejo Fergusson. Solo que ahora, una pequeña voz en su interior, le decía que tal vez debería darle las gracias.

-¿Albert? ¿Qué pasa?- le preguntó Candy, pues al parecer, Albert se hallaba en el limbo.

-Candy, perdona por despertarte, sé que te encuentras muy cansada, pero...¿crees que me puedes acompañar?-Candy seguía adormilada, no entendía lo que Albert trataba de decirle.

-¿Acompañar, de qué hablas?- Albert, de pronto se sintió nervioso y le empezaron a sudar las manos. Eso se escuchaba muy fácil de decirlo en su mente, pero en frente de Candy, ya no supo qué decirle.

-Bueno...yo...es decir, ¿me quieres acompañar a dar un paseo por el jardín? No has tenido tiempo de conocer toda la extensión de la propiedad.-¿De verdad Albert quería que conociera la propiedad en ese momento? ¿Cuándo se moría de sueño?Pensó Candy.

-Albert...-Candy, pensaba decirle que en otra ocasión, pero al verle a los ojos, esos hermosos ojos del color del cielo que parecían estar suplicando por algo que no se atrevía a decir, solo contestó:

-¿En estos momentos?

-Creo que será mejor ahora, empezará a anochecer dentro de unas horas. Y nuestro paseo no durará tan poco tiempo.

-Entonces, deja que me arregle un poco, no tardo-

-Está bien- Él quiso decirle que así se veía hermosa, no tenía necesidad de arreglarse. Pero una voz en su interior, le dijo que no era lo correcto.

Candy no quería hacer esperar a Albert, se puso un sencillo vestido vaporoso, la tarde se tornaba calurosa. No le dio tiempo para recogerse el pelo, en esta ocasión decidió dejarlo suelto. Cuando bajó, él la estaba esperando al pie de la escalera. Ahí parado, sin que él se diera cuenta, se deleitó al verle. Con su ropa informal, el pelo que ahora lo llevaba corto, lo tenía ligeramente revuelto y se le veía más atractivo. Albert notó su presencia.

-¡Candy! ¿Nos vamos?- Le sonrió extendiéndole la mano. Candy bajó presurosa las escaleras y sin dudar, alargó su mano hacia el. Albert, con suma delicadeza, la tomó de la mano y juntos se dirigieron al jardín.

El jardín de la mansión era extenso, y tenía un lago. Elroy, se había asegurado que fuera una gran mansión, mientras que Albert se había asegurado que esta, estuviera rodeada de naturaleza.

Caminaron durante un buen trecho, Albert se encargó de mostrarle todos los rincones del lugar. Candy caminaba a su lado, maravillada, extasiada. Y no por el jardín en si, ese estado lo producía la cercanía con Albert y su voz que parecía una melodía a sus oídos, como siempre sucedía cuando hablaba de su más grande pasión, la naturaleza. Rodeados de árboles, flores y con el trinar de los pájaros como fondo, seguían caminando, sin darse siquiera cuenta, tomados de la mano.

Llegaron hasta un lugar, una pequeña explanada cerca del lago. El lugar era realmente hermoso, los rayos del sol se filtraban a través de los árboles otorgándole a las aguas cristalinas del lago un resplandor dorado. Pero algo más llamó la atención de Candy, el lugar en torno a una exquisita y elegante mesa dispuesta para dos, estaba rodeada de rosas. Rojas y blancas. Eran tantas que se podía aspirar el delicado aroma que estas desprendían. Ella soltó el agarre de Albert y caminó, casi hipnotizada hasta tocar algunas de ellas. Sentía que el corazón se derretía, parpadeó varias veces para detener las lágrimas que amenazaban por salir de sus ojos. En su vida adulta, nunca, nadie había tenido ese tipo de detalles con ella. ¿Cómo no amar a Albert?

-Espero que te guste- murmuró Albert muy cerca de su oído, haciendo que Candy por un momento se estremeciera.

-¡Es hermoso Albert!-contestó volteando hacia él.-Pero, ¿por qué...?-él no la dejó terminar.

-Espero que quieras compartir la comida conmigo- la guio hasta la silla para que tomara asiento. Él se arrodilló frente a ella, la tomó delas manos y le dijo:

-Candy, ¿estás segura? Es decir, ¿ya lo pensaste bien? Tal vez quieras reconsiderarlo, y... no sé, tal vez lo quieras pensar mejor- Candy no se esperaba esa pregunta pero sin ninguna duda, negó con la cabeza y le dijo:

-No tengo nada qué pensar, ayer te dije lo que quiero hacer y eso es todo.

-Bien, entonces creo que...- y destapó una charola que se encontraba en medio de la mesa. Candy se sorprendió, la charola solo contenía un sándwich partido por la mitad, recordó la ocasión en que habían compartido uno. Albert lo tomó y le dio a Candy la mitad, ella lo observaba confundida.

-Una vez prometimos compartir nuestras penas y alegrías, ¿recuerdas?

-Claro que sí.

-Ahora te propongo que no solo compartamos nuestras penas y alegrías...sino también...nuestras vidas-Albert regresó de nuevo el sándwich a la charola, para tomar una rosa roja que estaba en el otro extremo de la mesa. Se la ofreció a Candy quien no dudó en tomarla.

-Es hermosa.

-Candy...yo...-. Cuando Candy lo miró, sintió que su corazón empezaba a latir al ritmo de un tambor y entonces, no pudo detener las lágrimas, todo parecía un hermoso sueño.-Sé que nos saltamos una etapa-continuó él, con una media sonrisa en el rostro- pero, ya que estamos aquí, quisiera preguntarte...-Oh, por Dios, ¡va a hacerme la pregunta! pensó Candy- quisiera saber, si... bueno, sé que ya acordamos que nos casaríamos, pero...-Albert se sentía como un adolescente, sin duda, todo era más sencillo en su mente, le sudaban las manos y la garganta la tenía completamente seca, ¿por qué era tan difícil hacer "esa" pregunta?.

-¡Albert, por favor! ¿Qué quieres preguntarme?- Definitivamente Candy estaba impaciente.

-¿Me harías el honor de casarte conmigo? Para mi no fue muy agradable la manera en que acordamos el matrimonio, y quiero que esto sea especial para ti...y...para mi-dijo como en una exhalación, era de esa forma, o nunca se lo pediría.

Definitivamente, Candy consideró que Albert, era el hombre más maravilloso que existía sobre la faz de la tierra. Se llevó ambas manos a su boca, quería gritar de alegría, pero solo emitía sollozos. Albert la miró con preocupación, su reacción estaba retardando su respuesta, y sintió miedo de que, con todo lo que planeó, las flores, la comida y la petición de matrimonio, Candy, se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo, y se asustara de tal manera que quisiera regresar con Edward.

-¿Candy?

-¡Oh, Albert!- Fue lo que contestó, Candy sorprendiendo con un abrazo a Albert-¡Por supuesto que sí!-Albert, sintió una tranquilidad indescriptible, ¿por qué de pronto sintió miedo de perder a Candy? Correspondiendo el abrazo, se quedaron así unos instantes, pero ahí no había terminado, por eso Albert, enderezó a Candy para que quedara de frente a él. Limpió el rostro de ella con sus pulgares y le dijo:

-Creo que hace falta esto para sellar el compromiso...- tomó la rosa que Candy sostenía en sus manos y ella se sorprendió, aún más, cuando se dio cuenta que, en el centro de la hermosa flor, se encontraba un fino, hermoso y delicado anillo de oro con incrustaciones de diamantes y una esmeralda, era precioso. Albert lo tomó entre sus manos y con suma delicadeza lo colocó en su dedo anular, mientras le decía:

-Este anillo, ha pertenecido a nuestra familia por varias generaciones, es demasiado especial, le ha pertenecido a mujeres maravillosas, que han luchado por la familia. Por eso quiero que lo tengas tú, porque tú eres así, maravillosa. Y estoy seguro que cambiarás el rumbo de nuestra familia, gracias por aceptarme Candy.- ¿De donde salían tantas lágrimas? ¿Acaso podía llorar más? Candy, sentía que no podía con tanta felicidad que tenía en su corazón. Sin embargo, un pensamiento estremecedor corto de tajo la sonrisa que tenía instalada en le rostro, un pensamiento, o más bien un nombre...Josselyn Rogers. Vio el anillo que lucía en su dedo, y no evito preguntarse si Albert le había dado ese anillo a Joss, cuando se comprometieron. Pero como siempre, él, parecía leerle el pensamiento.

-Este anillo nunca lo tuvo Josselyn-explicó-a ella la enterramos con su anillo de compromiso que le compré en una joyería. Como te dije, este anillo, está hecho para alguien demasiado especial.

¿Sabría Albert lo que estaba implícito con esas palabras? Candy no lo sabía, y no quería averiguarlo, solo quería disfrutar del momento tan único que le estaba llevando a vivir Albert.

En esos momentos, estaban demasiado cerca, sus miradas, esmeralda y cielo, se unieron como una sola. Albert estaba arrebatadoramente guapo y la atmosfera estaba llena de romanticismo, gracias a él. Candy se veía terriblemente seductora, ¿estaba consciente de la hermosura que emanaba de ella? Con el pelo suelto, los ojos rojos, y esos labios que lo llamaban para que los probara...

Se besaron. Sin darse cuenta, de cómo había sucedido, se unieron en un beso, era solo un roce, no se atrevieron a profundizarlo, pero los elevó hasta el cielo. Lentamente se separaron, no hubo palabras de disculpas, o arrepentimientos, solo seguían viéndose a los ojos, Candy tenía sus brazos alrededor del cuello de Albert y él sostenía el rostro de ella entre sus manos. Ella le dio una sonrisa tímida y bajó la mirada.

-¿Quieres comer un poco? – Candy fijó su vista en el sándwich, Albert le dio una mirada de disculpa-es decir, comida bien preparada, el sándwich solo fue algo simbólico. Le pedí a Elsy que prepararan pollo frito, un buen puré y tarta de calabaza. ¡Ah! Sin olvidar un delicioso y suculento pastel de chocolate-

-jajaja, ¿acaso quieres que engorde? Sabes bien que esa comida es mi favorita.

¿Solo esa?-preguntó él levantando una ceja, sabía lo comelona que era Candy, y que tenía varias comidas entre sus favoritas.

-¡Albert! Sabes muy bien que esa comida es mi favorita, porque me recuerda la época en que vivimos en el apartamento.

-A mí también, por eso la pedí para esta ocasión...

El tiempo se detuvo mientras ellos comían, platicaban y recordaban. El viento se encargaba de recordar que estaban rodeados de rosas y de sus exquisitos aromas. Ambos estaban felices y sus corazones latían sincronizados. Candy solo se preguntaba, ¿de verdad es cierto? ¿en verdad está sucediendo? Si era un sueño, no quería despertar. Pero lamentablemente, como todo, esa maravillosa tarde, llegó a su fin.

-Será mejor que regresemos, preciosa. Ya está anocheciendo y la tía debe estar furiosa, le prometí que llegaríamos a tomar el té con ella. Aunque creo que así estaremos a mano-Le dijo, al tiempo que se ponía de pie y le ofrecía la mano, para empezar a caminar. Ella sin pensarlo dos veces, tomó su mano y empezaron su regreso a casa.

-¿Cómo que así estarán a mano?

-Me prometió que llegarían más temprano. Le dije que quería hablar contigo, y no cumplió-le comentó encogiéndose de hombros.

Continuaron caminando por el jardín, tomados de la mano, hasta llegar a la mansión. Albert esperaba que su tía estuviera enojada, pero cuando los vio adentrarse a la sala de estar, les brindó una sonrisa. Su tía quería algo, él la conocía demasiado bien. Pero se dio cuenta que tal vez esa sonrisa era porque Candy y él seguían tomados de la mano.

-Señor-habló Morgan el mayordomo-hay alguien que viene a buscar a la señorita Candy- Candy los miró extrañada.

-Esperas a alguien preciosa- A pesar de lo que sucedía, Candy sonreía interiormente, Albert la seguía llamando "preciosa". Tal vez Annie tuviera razón, y no le era indiferente a Albert.

-¿Candy?

-Perdón, la verdad es que no espero a nadie. ¿Te mencionó quien es, Morgan?

-Bueno, en realidad no, señorita, lo que pasa es que es...-una voz detrás de él no lo dejó continuar.

-Lo que pasa es que soy yo. Quiero hablar contigo Candy.

-¿Edward?...

CONTINUARÁ...

[1]Flapper: es un anglicismo que se utilizaba en los años 20 para referirse a un nuevo estilo de vida de mujeres jóvenes que usaban faldas cortas, no llevaban corsé, lucían un corte de cabello especial (denominado bob cut), escuchaban música no convencional para esa época (jazz), que también bailaban.

[2] The wild westcotts: Obra de teatro presentada hacia el año de 1923 en broadway.

[3] Claudette Colbert: Actriz de cine que tuvo su debut en 1923 en la obra de teatro citada arriba. Fue la ópera prima en el teatro. Falleció en 1996.

Hasta la próxima!