La voz de mi corazón.

Por Lu de Andrew.

Capítulo 5

OoOoOoOoOoO

-¡Edward!

Efectivamente, Edward Sullivan, se encontraba de pie en la entrada del lugar. Tenía su vista fija en Candy, que a su parecer se veía más hermosa de lo normal. Pero algo más llamó su atención, las manos entrelazadas de Candy y Albert. Sintió una furia correr por sus venas y de no ser por su sentido común, se le hubiera lanzado encima a Albert. Elroy con toda la indignación del mundo, se levantó de su asiento para protestar. Albert se había mantenido en su lugar, pero no estaba tan sereno como aparentaba, tenía el ceño fruncido y la mandíbula la tenía demasiado tensa, al mismo tiempo que apretaba un poco más la mano de Candy, no pensaba soltarla.

-¿Se puede saber cómo se presenta sin ser invitado, doctor?-Habló Elroy, quien inmediatamente notó el cambio de actitud en los dos hombres ahí presentes. Haría lo posible por evitar un enfrentamiento.

-Ya lo dije señora, quiero hablar con MI prometida- contestó él, con todo el desdén del mundo.

-Le exijo, que module el tono de su voz al dirigirse a alguien de esta familia, doctor. Después de todo, usted no ha sido invitado- contestó Albert cada vez más enojado. Candy dejo la mano de Albert para apoyarse en su fuerte brazo, ¿acaso ella y Edward no hablaban el mismo idioma?. Si así era, ella misma lo aclararía inmediatamente.

-¡Yo no soy tú prometida, Edward, creí que eso había quedado claro! ¿Y cómo te atreves a presentarte aquí, exigiendo hablar conmigo como si fueras mi dueño? Tú y yo, no somos nada, y te suplicaría que hicieras el favor de abandonar inmediatamente esta casa, no eres bien recibido- Edward sintió como si le cayera un balde de agua fría, lo estaba rechazando en frente de Andrew, era una humillación.

-¿Cómo puedes decir semejante cosa, Candice, después de todo lo que ha pasado entre nosotros?- Eso no se lo esperaba Candy. ¿Estaba insinuando que había pasado algo más entre ellos? El sin embargo, sonreía interiormente, utilizaría todo lo que estuviera a su alcance, para salirse con la suya.

-¿Pero cómo es posible que...?-Albert no la dejó continuar, ya era suficiente.

-Candy, ¿tienes algo más que aclararle a esta persona?- Albert dio un paso hacia enfrente, haciendo que Candy soltara su agarre, ella sintió miedo que él estuviera creyendo lo que Edward decía.

-¿Cómo?-preguntó ella toda confundida.

-Tal vez quieras decirle algo más al señor Sullivan, antes de que se retire-contestó Albert sin ver a nadie más que a Edward, lo que había insinuado de Candy había sido todo lo que iba a soportar.

-Sí-dijo Candy. Albert se giró para verla, ¿qué más quería decirle?- Quiero decirle que nunca pensé que fuera tan...tan...tan poco hombre para inventar algo así acerca de mi y de él-Candy nunca se había expresado así de nadie, y se sintió un poco mal, pero tenía mucho coraje en esos momentos-y que será mejor que me deje en paz, porque no lo amo y además, me voy a casar, con alguien maravilloso, que no tiene punto de comparación con él- Candy, salió corriendo del salón, se sentía humillada. Pero lo que más le preocupaba, era que Albert, o la tía, pudieran creer lo que se había insinuado de ella. Albert quiso salir tras ella, pero primero tenía que poner en su lugar al estúpido ese.

-Tía, por favor acompañe a Candy.

-Está bien-Elroy salió presurosa, ya sabía que su sobrino no perdonaría a ese hombre por lo que estaba haciendo a Candy. y también sabia que Albert no era un tonto que no supiera meter las manos en una pelea, algo que pedía al cielo que no ocurriera, pero dadas las circunstancias, deseaba que pusiera en su lugar a es tipo. El tipo, se había quedado estático con la declaración que le había hecho Candy, ¿con quien rayos se casaría? Se formulaba una serie de preguntas, pero alguien lo sacó de su meditación. Albert había llegado ante él, y lo tomó fuertemente del brazo para conducirlo hasta la puerta de entrada, el mayordomo, quien no se había retirado esperando la orden de su señor para sacar al intruso, lo seguía de cerca por si su patrón necesitaba ayuda.

-¡Suélteme Andrew, esa mujer es mía y ni usted ni nadie podrá alejarme de ella!-Vociferaba el galeno. Albert detuvo su paso, ¿qué se estaba creyendo ese hombre? En ese instante, en una acción que no esperaba, Albert le dio un derechazo con todas sus fuerzas, el hombre cayó al instante sobre una mesa que se encontraba a unos metros de él. Tirado en el suelo, y con la boca sangrando, Edward, ni siquiera sabía qué lo había golpeado. Albert no le dio tiempo de nada, lo volvió a tomar del brazo fuertemente.

-Bien doctor Sullivan, será mejor que lo acompañe hasta la puerta- Tenían casi la misma altura, pero la complexión atlética de Albert no se comparaba con nada de él. Trataba de soltarse de su agarre, pero entre más lo intentaba, Albert, sostenía con más fuerza su brazo.

-¡Suélteme, Andrew! ¡Exijo que me suelte, y que me expliqué porque me dijo eso Candy!- Vociferaba. Albert ni siquiera hizo el intento de pararse a explicar nada, simplemente lo llevaba así, como trapo viejo. Cuando llegaron a la puerta, Morgan, abrió expedito. Albert soltó a Edward, al mismo tiempo que lo aventaba hacia el suelo, el doctor cayó, con tanta fuerza, que hasta se lastimó una muñeca de la mano. Nunca se imaginó que alguien como William Andrew, un riquillo cualquiera tuviera tanta fuerza. Con lentitud, se fue incorporando, y le dijo a Albert:

-¡Es un es estúpido, usted y toda su maldita familia. Los poderosos Andrew, con su rancio abolengo, piensan que pueden humillar a las personas, así como así. Pero esto no se quedará así, ¿me entiende?!- George, quien en esos momentos iba llegando, solo se quedó observando al hombre maltrecho que estaba de pie maldiciendo a la familia Andrew.

-Por supuesto que no se quedará así, doctor.-Contestó Albert, con una sonrisa maliciosa en el rostro. Edward Sullivan era patético- Creo que necesitará que alguien le revise su mano, y tal vez el brazo. Y creo que con esto aprenderá a no subestimar a nadie, afortunadamente, mi rancio abolengo, no impidió que yo me criara en las calles y supiera defenderme sin necesidad de enfrascarme en un intercambio absurdo de golpes. Así que, la próxima vez que intente, humillar, maltratar o desprestigiar a Candy, MI prometida, piénselo dos veces.

Albert se fue acercando a él poco a poco. Levantó una mano para señalar a Edward, y hacerle una advertencia, mientras con el dedo índice, lo empujaba hacia atrás, enterrándoselo en su pecho.

-Y le advierto una cosa, si me llego a enterar que intenta hacer o decir algo en contra de mi prometida, conocerá de lo que es capaz William Albert Andrew. Utilizaré todo el poder que me concede mi ..."rancio abolengo", para acabar si es preciso con cualquiera que tan siquiera piense hacerle daño a Candy. Créeme Edward, si fui capaz de dejar casi en la ruina a mi propia familia por defenderla a ella, no me tentaré el corazón contigo- Albert finalizó, empujándolo con todas sus fuerzas contra el propio auto del doctor. Edward no tuvo más remedio que quedarse ahí parado, viendo como los ojos de Albert hablaban por si solos y algo le decía que no mentía. Sintió temor, si temor, porque era cierto que había subestimado a William Andrew. Su brazo de verdad estaba en mal estado, y su mano, al parecer estaba fracturado. De momento se preguntó, ¿de donde sacaba tanta fuerza?

-Morgan, ayúdale al doctor a encontrar la puerta de su auto-Ordenó Albert, ignorando por completo a Edward y dirigiéndose a la mansión. George fue tras él. El mayordomo, trató de ayudar al maltrecho Edward, pero este se soltó de inmediato.

-¡Suélteme imbécil! –Empezó a alejarse de Morgan, y como pudo, subió a su auto. Ya en camino, un tumulto de pensamientos vino sobre él. Poco a poco, empezó a digerir todo lo que había pasado. ¿Cómo se comprometió Candy con William? ¿Por qué, de entre todos los hombres, tenía que ser precisamente William Andrew? Pero lo que más le dolía, había sido la humillación que sufrió de parte de ella y de él. Ese maldito hombre pagaría por esa humillación. Nunca permitiría que esos dos fueran felices. Aunque se le fuera la vida en ello. Pero una vocecilla interior le recordó las palabras de Albert, "si fui capaz de dejar casi en la ruina a mi propia familia por defenderla a ella no me tentaré el corazón contigo...". Sin duda tendría que irse con pies de plomo, tendría que planear muy bien su próxima jugada. Pero antes, tendría que atenderse su brazo...

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Cuando Albert entró en la mansión, escuchó un murmullo, la servidumbre al parecer, había sido testigo del enfrentamiento, si es que se le podía llamar así. Decidió entrar a su despacho para calmarse un poco, aún no sabía cómo había podido contenerse de tal forma ante Edward. Sentía la sangre correr por sus venas, y el frenético latido de su corazón, que al parecer, no estaba tranquilo de no haberle propinado una golpiza al tipo ese.

Pero se preguntaba, mientras se servía un whisky, por qué se sentía así. ¿Era acaso por la maldita forma en que le había hablado a su Candy? ¿Por qué el muy imbécil, insinuó que había pasado algo más entre ellos? ¿Por qué por un momento sintió miedo de perderla? La respuesta a todas esas interrogantes la obtuvo, minutos después de tener una batalla mental consigo mismo...sin duda, si estaba molesto por las dos primeras cosas, pero lo que en realidad lo había puesto así, era miedo a perderla. Que ella se arrepintiera de casarse con él y de perder... ¿qué?

Tomo asiento en el sofá, mientras trataba de entender lo que pasaba por su mente. ¿Qué estaba sintiendo por Candy? el beso que se dieron a la hora en que le pidió matrimonio, él deseó haber podido profundizarlo, había tenido unas ganas intensas de abrazarla y susurrarle palabras de... ¿Amor? ¿Acaso la amaba? Pasó sus manos sobre su pelo, como si con esa acción pudiera despejar su atribulada mente. ¿Cómo podía amarla, de, literalmente de la noche a la mañana? Eso no era lógico. Era cierto que, mientras tenía amnesia y aún después de recuperar la memoria, él reconoció, que Candy era una niña muy bella. Porque eso era ella en ese entonces, una hermosa niña, que estaba enamorada de un amor imposible, pero era una niña. Y él, él era un hombre, y eso le atormentó lo suficiente como para dejarla de ver como mujer, y verla como lo que en realidad era, su hija adoptiva. Sí, eso era, la diferencia de edades, nunca le había permitido verla como algo más que una gran amiga, solo eso.

¿Y ahora? Ella tenía 24 años, era ya una mujer, profesionista e independiente, y había aceptado ser su esposa, y lo mejor, no lo había rechazado en ninguna de las veces en que él se mostró cariñoso. Tal vez no le fuera tan indiferente como hombre. Pero, ¿estaba enamorado de Candice White Andrew? No lo sabía, todavía, pero lo averiguaría.

En eso estaba cuando unos golpes en la puerta, interrumpieron sus pensamientos, era George.

-William, siento interrumpirte. Pero la señorita Candy, está preguntando por ti.

-Gracias George en un momento la busco, ¿Dónde está?

-En la recámara de la señora Elroy, creo que se sintió un poco mal, después de lo del doctor.

-Sí, debe ser eso- Albert estaba pensativo- George, creo que lo mejor será que salgamos para Chicago lo más pronto posible, ¿crees que puedas arreglar todo lo del viaje para pasado mañana?

-Claro William, así será. También quería comentarte si deseas que Walter sea el chofer personal de la señorita, creo que nadie mejor que él para cuidarla, sabes bien que también trabaja de guardaespaldas.

-Creo que es la mejor opción, George, gracias por pensarlo. No quiero que Candy salga sola, no con ese loco andando por ahí. Algo me dice que la amenaza que le hice, solo sirvió momentáneamente...por cierto, quiero una investigación exhausta de él y de toda su familia, no quiero llevarme ninguna sorpresa al tratar son él.

-Lo asignaré inmediatamente. ¿Crees que sea necesaria algo así como una dama de compañía?

-¿Dama de compañía? George, Candy me mataría si le propongo algo así, además, sabes cómo es mi tía y de seguro escogería a una viejita anticuada, que no la dejaría ni a sol ni a sombra.

-Pues entonces, escógela tu mismo.

-¿Yo? Pero yo no conozco a nadie.

-¿Recuerdas a la familia O'Neill?

-Si, la familia vino a menos después de pagar las deudas de juego del padre, y del suicidio del mismo.

-Pues, el caso es que sabes que la señora O'Neill, vive con su hija Hilary. Te puedo decir que viven modestamente con lo que le deja el alquiler de su casa, que maneja como pensión. Pero creo que Hilary, no quiere ser una carga para su madre y quiere trabajar. La última vez que la vi, estaba muy decidida a hacerlo, ¿por qué no le ofreces el trabajo?

-Creo que alguien joven, le vendría bien a Candy. Lo comentaré con ella a ver qué le parece. Bueno George, será mejor que vaya a buscarla- Albert salió de ahí para ir directamente con Candy. Fue a buscarla a la recamara de su tía. Tocó levemente la puerta, no quería despertar a Elroy.

-¡Albert!- Candy lo recibió con un fuerte abrazo, como si no quisiera dejarlo ir. Albert respondió gustoso a este, se estaba acostumbrando demasiado a esas muestras de afecto.

-¿Qué pasa? ¿Te sientes mejor?- preguntó el rubio, mientras con delicadeza acariciaba su larga cabellera dorada, Candy estaba embelesada, ni siquiera recordaba el por qué, Albert le preguntaba eso. Él, al ver que no respondía, se preocupó.

-¿Candy?- la separó un poco de él para verla a los ojos, ella solo lo observó profundamente.

-Estoy bien, la tía abuela es quien llevó las de perder. Cayó cansada, ni siquiera quiso esperar por la cena.

-¿Entonces ya está dormida?- Albert pensó que no era para menos, el día había sido muy ajetreado y ya pasaban de las ocho de la noche.

-Si, creo que es lo mejor, debe descansar.- Candy lo observó durante unos segundos, estaba intrigada. ¿Qué había sucedido con Edward? No pudo más y le preguntó:

-Albert, ¿cómo acabó todo con Edward?- Albert la observó por unos segundos, no quería seguir arruinando el día con Edward, pero sabía que Candy no se quedaría tranquila sin saber qué pasó.

-Pues, nada en realidad. Solo le mostré la salida y salió un poco molesto, creo que no le cayó muy bien la noticia de que nos vamos a casar-Dijo con una expresión pícara en el rostro. Candy se limitó a ver su expresión, comprendió que Albert no diría más. Pero se sintió más segura que nunca, y una sonrisa se formó en su rostro.

Albert, entonces empezó a platicarle los planes que tenía de abandonar NY, le pidió su opinión acerca de que Walter fuera su chofer personal y de tener una dama de compañía. Ella no se mostró muy feliz con la idea, pero terminó aceptando, comprendiendo la preocupación de Albert.

-Creo que es lo mejor, preciosa, no quiero que te expongas a andar sola por ahí.- Hizo una pausa significativa, y observó el rostro de Candy. En un acto que ella no esperaba, la abrazó. La abrazó con tal fuerza, que ella sintió que le faltaba la respiración.

-No quiero perderte-Susurró él a su oído. Ella no supo qué decir, ni cómo reaccionar. Ya antes, en una ocasión le había dicho lo mismo, pero ella había entendido que tal vez habían sido las circunstancias. ¿Ahora por qué se lo decía?

-Albert, ¿qué pasa? ¿Está todo bien?-Se separó de él, y Albert le dio una de sus mejores sonrisas.

-Todo está bien. Es solo que este día a sido muy largo y no me gustó la forma en que se comportó Edward contigo. Es todo.- Le dijo en tono conciliador.-Por eso, te agradezco que hayas aceptado lo que te propuse.

-No agradezcas nada. Comprendo a lo que te refieres y si tu piensas que es lo mejor, eso haré.-

-Está bien. Ahora deberías ir a descansar, te ves algo cansada y no quiero que te vayas a enfermar- Como todavía se encontraban en el corredor de las habitaciones, la acompañó hasta la puerta de su habitación.

-Hasta mañana, preciosa-Le dijo al mismo tiempo que acariciaba su mejilla. Candy quería lanzarse a sus fuertes brazos, pero sintió que debía ir con más calma, poco a poco, le demostraría lo mucho que lo amaba.

-Hasta mañana, Albert. Y gracias por hacer de esta tarde una tarde inolvidable y maravillosa- Se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla. Acto seguido, se metió rápidamente a su habitación. Con el corazón a mil por hora, se recargó sobre su puerta, esperando escuchar los pasos del hombre que amaba caminar hasta su recámara. Suspiró profundamente y trató de relajarse, a partir de mañana, empezaría un giro en su vida de 360 grados. Nunca esperó convertirse en la esposa de alguien tan importante como Albert. Y sabía que le esperaba mucho por hacer hasta llegar a ese día. Lo más importante era conquistar un corazón. El corazón de William Albert Andrew...

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Albert por su parte, se había sorprendido por el beso de Candy. Pero solo había sido en la mejilla, así que no era tan importante, ¿o sí? Recostado en su amplia cama, recordó el beso que compartieron en el jardín, fue casi un roce, pero su corazón volvió a latir desenfrenado al recordarlo. Sonrió ante la idea de estarse comportando como un adolescente, pero los labios de Candy eran tan suaves, que por un momento su mente lo traicionó y deseo haber profundizado más el beso. ¿Cómo respondería Candy ante un beso apasionado? La idea que le vino a la mente no le gustó para nada. Recordó que tanto Terry como Edward, ya habían probado las mieles de los labios de su Candy. Una sensación incomoda lo embargó, ¿acaso estaba celoso? No, no podía estarlo. ¿Entonces? ¿Por qué tenía la imperiosa urgencia de borrar los recuerdos de antiguos amores, caricias y besos de la memoria de Candy? Grabar como al hierro nuevos recuerdos y sensaciones que solo él le proporcionaría.

Su mente lo traicionó nuevamente. Recordó la ocasión en que la rubia le platicó, en una de sus reuniones mensuales, que un apuesto médico, la estaba cortejando. Y lo peor de todo, era que ella pesaba corresponderle. Candy se lo consultó y él sin dudarlo ni un segundo le respondió que se diera una nueva oportunidad. Pero, ¿por qué lo había hecho? Cuando su mente y...¿su corazón? Le decía que no lo permitiera, que le dijera que no, que esperara un poco más. Ah! Sí. Lo había hecho porque, el creía en la libertad y no podía imponerle a Candy que hiciera su santa voluntad. Además, ¿a quien se supone que iba a esperar? ¿A él? Si en esos momentos ni siquiera le gustaba, ni siquiera la veía como mujer. ¡Era una niña! Y no estaba bien que le gustara una niña.

Fastidiado, se incorporó y pasó sus manos por su corto cabello. ¿En qué rayos estaba pensando? ¿Qué le estaba pasando? Tenía sus sentimientos hechos un verdadero lío. Ni siquiera comprendía, por qué seguía diciendo que era una niña, si cuando inició su relación con Edward, ya era toda una mujer, y muy bella por cierto.

Y ahora esa bella mujer sería su esposa. Y obviamente ya no la veía más como una niña. Ahora lo único que quería era protegerla, y cuidarla. Tenía temor de perderla. Como en aquella ocasión...

***Había pasado un mes de la muerte de Josselyn. Candy había estado con él durante todo el proceso y él se lo agradecía en el alma. Pero ella se encontraba en plena temporada de exámenes, y solo pudo conseguir que le permitieran ausentarse una semana.

Así que para finales de mes, Albert se encontraba melancólico, demasiado triste. No solo por la muerte de su prometida sino por la pérdida de todas las personas que había perdido en la muerte. Por ello, se refugió en la vieja cabaña del bosque. George y Elroy, preocupados por su estado anímico, decidieron pedirle a Candy que regresara y convenciera a Albert de que regresara a casa. Elroy no estaba muy convencida de que esa jovencita atolondrada y rebelde lograra algo, a pesar de todo seguí mostrando cierta renuencia hacia Candy. Pero por William, sería capaz de eso y más.

Así que Candy regresó. Demasiado preocupada. George la llevó hasta la cabaña. Candy se adentró en ella encontrando a Albert, sentado frente a la chimenea, en el suelo, con una incipiente barba y con una apariencia desastrosa. Su vista la tenía fija en la acogedora llama. Pero Candy supo que no estaba prestándole atención, su mente estaba viajando más allá del lugar donde se encontraba. Pedía al cielo le diera las fuerzas y palabras necesarias para ayudarle. Con cuidado se acercó a donde él.

-Hola-Le dijo. Albert se sorprendió demasiado al verla.

-¡Candy! ¿Qué haces aquí? ¿Ya terminaron tus exámenes? –Albert la vio con el ceño fruncido, inmediatamente se imaginó quien estaba detrás de todo eso. Y no quería que Candy lo viera de esa manera.-Será mejor que te vayas, debes estar perdiendo el tiempo aquí.-terminó desviando su vista nuevamente.

-¡Vaya! A mi también me da mucho gusto verte. Y aunque me corras, no me iré.

-Candy... no quiero ser grosero pero no estoy de humor para nada y en estos momentos no soy una buena compañía.

-Pero yo sí.

-¿Cómo dices?

-No vine aquí para recordarte lo importante que es vivir y seguir adelante con tu vida. Sé muy bien por lo que estás pasando, y te entiendo si no quieres saber nada de nadie-Le dijo evocando cómo se sintió cuando perdió a Anthony, Albert lo entendió-pero sí estoy aquí para que sepas que no estás solo y si no quieres hablar, no hablaré. Me quedaré contigo el tiempo necesario, para apoyarte, para que no te sientas solo, para que sepas que cuando lo creas oportuno, aquí estoy... para ti-Ella se había sentado en el sillón en donde estaba recargado Albert- así que piensa lo que quieras, córreme si es lo que deseas. Pero no me iré.- Albert la observó un momento, Candy nunca le había hablado así, incluso cuando había perdido la memoria y él huyó, Candy le había convencido de quedarse, pero con lágrimas en los ojos. Pero ahora la vio, diferente, más madura. Ella hizo el intento de levantarse del lugar, pero él empezó a hablar.

-No solo es por Joss, quiero que lo entiendas. Pero a veces pienso que he de haber hecho algo malo, pues he perdido a las personas que más he querido- Candy observó como de los ojos celestes de Albert, empezaban a correr lágrimas, no era un llanto fuerte, ni siquiera emitía sollozos. Pero sus lágrimas corrían una tras otra. Ella se sentó a su lado, en el piso, y esperó a que siguiera hablando, pero antes...

-Ven aquí, pequeño Bert-Con cuidado, para que no la rechazara, le indicó que recostara su cabeza en su regazo. Albert como un niño pequeño, lo hizo. Ella empezó a acaricias su rubia cabellera. Él cerró los ojos.

-Mis padres, Rosemary, Anthony, Stear, Josselyn.- Recordó él con un gran dolor en el corazón, pero al sentir las caricias de Candy sobre su cabeza, como por arte de magia, empezó a tranquilizarse-¿Cuántas personas más tendré que perder, Candy?- De pronto como una revelación sobre él, se incorporó inmediatamente. Vio Candy directamente a los ojos y con ternura le acarició la mejilla.

-Tu no-Dijo con vehemencia-A ti no soportaría perderte. Si algo te pasara, yo...yo...me moriría, no podría vivir más- Ahora era ella la que no contenía las lágrimas, no podía creer lo que Albert le estaba diciendo.

-Entonces creo que tendrás que salir de aquí para seguir cuidándome-Le contestó ella con la voz entre cortada- Y no creas que será tan fácil deshacerte de mi-Ella le dio una media sonrisa-Pero para ello te necesito a mi lado, ¿estarás?

Albert asintió con un nudo en la garganta. Estaban compartiendo algo demasiado íntimo, el miedo de ambos a perderse. Pero él sintió que en su caso, era algo más que eso, pero no era el momento de sentir o pensar en ello...

-Te prometo que siempre estaré ahí para cuidarte y protegerte. Siempre podrás contar conmigo-Diciendo eso, la abrazó y ella le correspondió. Increíblemente, la corta visita de Candy, le devolvió la alegría y las ganas de seguir adelante. Porque...por ella seguiría adelante...***

Albert volvió a la realidad. Con esa horrible sensación del miedo a perderla, y se dio cuenta que no soportaría la vida sin ella. Lejos de ella. Le dieron ganas de besarle los pies al viejo loco de Fergusson, gracias e él, a la tía y a George, podría pensar en casarse con ella. ¿Estaba enamorado? Y si así era, ¿cómo se lo confesaría? No quiso pensar en eso, pero sabía que la fiesta de su compromiso, sería en dos semanas, y no desaprovecharía la oportunidad para decirle a Candy lo que estaba sintiendo por ella. Un sentimiento que había estado dormido, casi anestesiado, en el fondo de su corazón, pero que inconscientemente le había dado el valor y las ganas de seguir adelante y de vivir a cada paso con ella...

OoOoOoOoOoO

Muelle de Londres...

-Arnold, no entiendo tu urgencia de llegar a América antes de ver a tu abuelo.

-Pero yo sí, Christian. No te preocupes, yo sé lo que hago, solo te puedo decir que hay veces que una mirada puede hacerte sentir vivo, y por esa mirada eres capaz de atravesar cualquier distancia con tal de estar donde ella está.

-¿Una mujer? ¿Se puede saber de quien se trata?

-Todavía no. Cuando llegue el momento lo sabrás, no te preocupes. ¿Ya tienes todo listo para la dichosa reunión del concejo?

-Sí, los estados financieros de todos están en orden. Pero, tendrás problemas cuando tu abuelo se entere que se lo estás brindando a William Andrew, en bandeja de plata. Tal vez debas esperar un poco más.

-Él no lo sabrá. Él seguirá pensando que tiene a los Andrew y a mi en sus manos. No te revuelvas la cabeza, amigo mío, porque esto lo entenderás cuando se termine. Y no será tan tardado como piensas. Pero primero debo saber qué piensa William Andrew cuando le proponga... bueno, yo sé mi cuento.

-Pero...-El joven ya no pudo refutar nada, la llamada para que abordaran el lujoso barco, se lo impidió.

-Bueno,-Dijo Arnold palmeándole al espalda a su amigo-hacia América...

CONTINUARÁ...

Las quiero.

Hasta la próxima!