La voz de mi corazón.
Capitulo 6
Por Lu de Andrew.
OoOoOoOoOoO
Antes que nada, una disculpa por tardar en actualizar. Estoy enferma y mis ojos no me ayudan mucho.
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Candy daba vueltas en la cama...otra vez. Solo que en esta ocasión, era otra la razón de su insomnio, ahora, aunque tenía que ver con Albert, había alguien más...Hillary O'Neill.
Hacía dos semanas que habían regresado a Chicago, e inmediatamente fueron a visitar a la familia O'Neill. A los ojos de la tía abuela, la chica, a pesar de todo lo acontecido en su familia y en su propia vida, era un excelente ejemplo para Candy. Y todavía estaba más tranquila, porque entre toda su plática, se había dado cuenta o mejor dicho, habían recordado que ella y Albert se conocían desde niños.
Y ese era precisamente el trato tan cercano que había visto en ellos dos, lo que tanto la inquietaba. Porque ahora resultaba, que habían tomado clases de piano...juntos, en su niñez. Incluso, un poco antes de que Albert y Candy se conocieran en la colina de Pony.
No era que la chica fuera mala. Por el contrario, había resultado ser una excelente aliada a la hora de cambiar su guardarropa, cuando fueron a visitar a Annie a la boutique. La tía se había escandalizado de que Candy tuviera que usar los vestidos a la moda, los cuales llegaban hasta la rodilla. Pero la opinión de Hilary, contaba demasiado y terminó convenciendo a Elroy para que Candy vistiera así.
Lo que le cayó como patada en el hígado fue que, últimamente, Hilary y Albert pasaban demasiado tiempo juntos, platicando. Y cuando ella se acercaba a ellos, parecía como si cambiaran de tema, como si los incomodara con su presencia. Y para colmo, Albert ya casi no tenía tiempo para estar con ella. Llegaba tarde y se iba temprano a trabajar. Y ese día, que finalmente había llegado temprano, se encerró en la biblioteca con George. No sin antes, hablar con Hilary, claro. Por eso, Candy se disculpó con Elroy, alegando que tenía dolor de cabeza. Y claro que no podía dormir, apenas eran las siete de la noche. Después de todo, ¿quién podía dormir tan temprano?
En otra área de la mansión, Albert y George, mantenían una conversación muy importante...
-Pero, ¿cuando fue que se comunicó contigo, William? Eso se me hace muy extraño –comentó un preocupado George.
-Créeme que no más que a mí. Pero, acepté entrevistarme con él para ver qué es lo que pasa. Tal vez esté tramando algo, sin embargo...
-¿Sin embargo...?
-Me dijo que de eso no sabía nada su abuelo. Por eso me pidió que nos viéramos en mi oficina, justo un día antes de la dichosa reunión con el concejo.
-¿El domingo? ¿En prácticamente, una semana?-
-Así es George. Me entrevistaré con Arnold Fergusson, el domingo, justo después de la fiesta de compromiso. Espero que Candy lo entienda, creo que tenía algunos planes para ese día.
-Hablando de la señorita Candy. Ya tengo la investigación, que mandamos hacer al doctor.
-¿Y? ¿Algo de qué preocuparnos?
-A decir verdad, él llegó a Chicago hace una semana. Tengo que informarte que al parecer, a estado siguiendo a la señorita Candy.
-¿Por qué no me sorprende? No creo que debamos preocuparnos tanto, Candy está bien cuidada.
-Tienes razón, el mismo Walter me lo informó cuando se dio cuenta, él no permitirá que se acerque a ella. Sin embargo, creo que debemos irnos con pies de plomo con esa persona William.
-¿Qué es exactamente lo que te preocupa, George?
-Pues bien, la investigación que se hizo fue muy profunda. Y pues, ¿recuerdas a la secretaría que tuvimos que despedir por estar husmeando en tus archivos personales?
-Sí. Tuvimos que prescindir de ella por abuso de confianza. No quiso decir en donde estaban las copias de los contratos que tomó. Pero, ¿qué tiene que ver ella con todo esto?
-Es prima de Edward Sullivan. Y al parecer los papeles que ella tomó de esos archivos, fueron los de la fusión con la gente de Washington...ya me comuniqué con ellos, y parece que hay una problema con los contratos.
-¿Quieres decir que...?
-No lo sé William, pero todos en la empresa, sabían de la importancia de ese negocio para los Andrew. No me extrañaría que hubiera tomado esos papeles para algún provecho personal.
-O alguna venganza. No creas que nunca me di cuenta de la animosidad que guardaba Edward, para conmigo. En cuanto se enteró que Candy era una Andrew, cambió su forma de ser, hasta con ella. Ella nunca lo tomó así, pero por lo que me platicaba, quería que de una u otra forma dejara el apellido. La pregunta es, ¿por qué?
-Ahora estamos investigando a su familia completa William, incluyendo a esa prima, no sé porque no dejaste que llamara a la policía, en estos momentos podríamos interrogarla.
-eso ya no importa George, ahora nos debemos concentrar en la que tenemos, ¿crees que sea necesario que viaje a Washington?
-No. Tú trabajaste estas dos semanas, para poder disfrutar de estos días con Candy. Además, recuerda que pasad mañana llega el joven Archivald con su novia, debes estar aquí para recibirlo. Yo viajaré a Washington, tú no te preocupes. Te mantendré informado, de todo lo que pase.
Albert se quedó pensativo, ahora no estaba tan seguro que lo tuviera la familia Sullivan en contra de los Andrew, fuera solo por Candy. Y se arruinaba ese negocio en Washington, les afectaría demasiado financieramente hablando. Quería ser él mismo en persona quien arreglara el problema, pero en parte George tenía razón, había planeado durante dos semanas esos días para pasarlos con Candy. Pero además, si viajaba en esas circunstancias, tanto Candy como su tía, se preocuparían demasiado, y por el momento era mejor no decirles nada. Por otro lado, también estaba la llegada de Archie, y su novia. Solo esperaba que no llegara con la sorpresita de que la hermana de la joven los acompañara. Conocía muy bien a Jordan, y podría causarle problemas con Candy.
-¿Entonces William?
-Está bien George, pero por favor, si es necesaria mi presencia, no dudes en llamarme. ¿Cuándo sales?
-Mañana a primera hora. Ya tengo todo arreglado.
En eso, el mayordomo llegó, anunciando que la cena estaba servida. Ambos hombres se dirigieron al comedor, Albert tenía la ilusión de ver a Candy, pero cuando llegó a la mesa, se dio cuenta que su lugar estaba desocupado.
-¿Y Candy, tía?
-Se disculpó hace unos minutos. Al parecer tiene dolor de cabeza, y quiso descansar temprano, yo quería llamar a un doctor, pero ya sabes como es y me dijo que...
-Que ella es doctora y no es necesario- Completó Albert, quien ya estaba preocupado. No quiso esperar hasta el día siguiente y salió del comedor presuroso hacia la alcoba de Candy. Cuando la tía vio esto, casi corre detrás de él. Mientras, George y Hilary, los miraban divertidos desde el comedor.
-¿A dónde crees que vas William?
-A ver a Candy, tía- Contestó el rubio, mientras subía las escaleras, ni siquiera volteó a ver a su tía.
-Pero eso no es correcto, no es correcto que entres en la recamara de una señorita- espetó Elroy. Con molestia Albert se detuvo y volteó a verla.
-Por favor tía, es mi prometida y estamos rodeados de gente. Usted sabe muy bien que estaré con ella. Si quiero hacer algo indebido, ¿no cree que esperaría hasta que estemos solos?
-¡No seas insolente William!
-No es insolencia tía. Es sentido común. Ahora subiré a ver a mi novia, y usted cenará con los demás, si quiere mandar a ver qué estamos haciendo, hágalo-Dijo Albert con paso decidido, mientras reanudaba su paso hacia la recamar de Candy. Elroy se quedó al pie de la escalera, como niña regañada, regresó al comedor, y ya no dijo nada. Había veces que su sobrino la exasperaba, pero ella respetaba su jerarquía como jefe de la familia. Además, de que él tenía razón, en parte. Pero no por eso dejaría de cuidar la reputación de Candice y la familia. Porque aunque ellos todavía no lo declararan abiertamente, sabía que esos dos, sentían algo más que sentimientos fraternos por el otro. Y no tardaban en declararse su amor mutuo, eso se notaba a leguas, era ahí, donde verdaderamente, Elroy Andrew, debía mantener los ojos bien abiertos...
Mientras en su recamara, Candy había salido de la cama, dando vueltas por su dormitorio, cada que oía ruidos en le pasillo, corría a la cama. Por si acaso era Albert que iba a verla. Pero después de hacer eso tres veces, se dio por vencida y supo que él no subiría a verla. Triste y confundida, se quedó parada frente a su ventanal, observando el cielo despejado que eso noche, a pesar del clima frío que ya se sentía. De pronto sintió que alguien la tocaba en el hombro. Cuando se dio cuenta quien era casi se cae delante de él.
-Candy, perdón por entrar así, estuve tocando pero no me respondías y me preocupé-Le dijo Albert, ella se sintió de pronto sumamente feliz, sí había ido.
-No te preocupes, Albert. Es que estaba tan absorta observando el cielo que ni siquiera escuché.-Si lo hubiera hecho, hubiera salido disparada hacia la cama, pensó Candy.
-Pero qué haces aquí, hace frío y te puede hacer daño, debes descansar. ¿Cómo está tu dolor de cabeza?-Le preguntó, mientras la llevaba con delicadeza hacia su cama y cerraba la ventana. Con cuidado la recostó y la cobijó bien.
-Me siento un poco mejor, creo que el frío de la noche me ayudó-Dijo ella ruborizada por la forma en que él la estaba tratando. De pronto, sintió desmayarse, pues él empezó a acariciarle la mejilla con el dorso de su mano.
-Tienes que cuidarte cariño-Le dijo él con amor-¿acaso no quieres llegar a la fiesta de compromiso? -elevando una ceja, Albert le dio una mirada divertida. Candy ahora sí no sabía donde esconder la cabeza, era la primera vez que la llamaba, "cariño". Y si era sincera, le gustaba mucho, además, la manera en que la estaba viendo, la ponía demasiado nerviosa, y no quería que él siquiera se imaginara lo que estaba sintiendo.
-Por supuesto que quiero llegar -contestó ella -no te librarás fácilmente de mí, además recuerda que soy doctora y sé como cuidarme -finalmente, le dio una sonrisa que hizo que el corazón de Albert, se paralizara. Era tan hermosa y la tenía tan cerca, que su mente trabajó a mil por hora y supo que tenía que salir de ahí. Tal vez su tía no estuviera equivocada del todo.
-Muy bien, doctora White, si ya se siente mejor, entonces estoy más tranquilo –Se levantó como resorte de la orilla de la cama de Candy. –Será mejor que entonces, que te deje descansar. Duerme que mañana será un largo día.
-¿Un largo día? ¿Por qué?
-No te preocupes por eso ahora, descansa por favor-No pudo resistir más y se acercó para darle un beso en la frente. Candy por un momento deseó que bajara a sus labios, pero se conformo con lo que él le diera en esos momentos.
-Está bien. Hasta mañana.
-Hasta mañana- Respondió él, apagando la luz de la habitación. Candy se quedó dormida casi inmediatamente, como por arte de magia, se le había olvidado por qué estaba molesta con él, y por qué había decidido no verle esa noche.
A la mañana siguiente, Candy escuchó mucho ruido en la mansión. Abrió los ojos y pudo ver que eran apenas las siete de la mañana. De pronto, Hilary entró a tropel en su habitación.
-Pero, ¿qué pasa, Hilary?
-Nada, Candy. Solo que medio mundo está saliendo de la mansión. George, va a Washington. La señora Elroy, sale a...digamos, un día de tour.
-¿Día de tour?
-Sí. Mi mamá, la invitó a una serie de actividades. Y creo que estará de vuelta hasta la noche.- Mientras Candy permanecía en cama, Hilary no dejaba de ir de aquí para allá, en la habitación.
-¡Ah! ¿Y Albert?-Preguntó, pensando que él también había salido. Como de costumbre.
-Mmm, bueno, digamos que...él también salió. Y tú también lo harás, así que, sal de la cama y toma tu ducha. Ya está lista.
A regañadientes, Candy salió de la cama, llena de una basta serie de interrogantes. Hilary ya no dijo nada, solo se limitó a ayudarle a vestir, y en media hora Candy estuvo lista. No dejaba de preguntarle a donde se dirigía, pero no pudo sacar nada a Hilary. Subieron al vehículo que ya estaba preparado, Walter también iba y solo se limitó a conducir, aunque Candy también quiso sacarle algo a él.
Después de una hora de camino, se detuvieron en un área verde. Era un basto bosque, en donde se escuchaba el trinar de los pájaros y se respiraba aire puro. Candy no pudo evitar pensar en Albert. Recordó que ese tipo de lugares, le llamaban la atención. Deseo que él estuviera ahí, con ella.
-¿Qué hacemos aquí, Hilary?
-Digamos que un buen amigo, me pidió un favor, y se lo estoy haciendo.
-¿Qué amigo?-Preguntó Candy, frunciendo un poco el ceño.
-De hecho fui yo- Comentó una voz detrás de ella. Su corazón dio un salto de alegría al escuchar esa voz.
-¡Albert!- Candy salió corriendo para abrazarlo.
-Perdón por esto, cariño. Pero quería que fuera una sorpresa-Le dijo, con una maravillosa sonrisa en su rostro.
Candy volteó buscando a Hilary y Walter, pero ellos ya no estaban. Solo había a un lado de ellos una canasta preparada para un picnic. Albert llevaba una vestimenta informal. Se dio cuenta que todo había sido planeado, y que había actuado como una paranoica con Albert y Hilary.
-¿De esto platicaban Hilary y tú?
-¿Te diste cuenta? Creí que habíamos sido más discretos- Albert la tomó de la mano y con la otra tomó la cesta. Empezaron a caminar hacia la espesura del bosque. Candy no supo cuanto habían caminado hasta que observó un paisaje sumamente hermoso.
Había una laguna, con un pequeño riachuelo por donde corría el agua. Los árboles eran altos y frondosos, la hierba verde era abundante, junto con flores silvestres de varios colores. Era un placer a la vista. El sol en todo su esplendor, le daba un brillo especial a las aguas cristalinas. Los sonidos de fondo, no se quedaban atrás, el trinar de los pájaros, el viento circulando libremente entre las ramas de los árboles, el agua del riachuelo corriendo...verdaderamente un deleite de lugar.
Juntos prepararon todo para comer, no pasaban de la diez de la mañana. Al terminar, Albert la invitó a dar un paseo por el lago en una pequeña lancha que estaba en el lugar.
-¿Por qué no me dijiste nada de esto?-Preguntó Candy.
-Ya te lo dije, quería que fuera una sorpresa. De hecho, por eso trabajé tan duro estas semanas. Quería tener tiempo suficiente para pasarla contigo- Candy se sorprendió por ello y también se sintió mal por haber pensado lo peor de Hilary.-Le pedí a Hilary que me ayudara a mantener a la tía todo el día fuera de la casa, y juntos ideamos que su mamá invitara a la tía a pasar prácticamente todo el día con ella.
-Pues creo que conseguiste una buena aliada. La tía nunca sospecharía de ella...y a decir verdad yo tampoco, aunque debo confesar que en la mañana sentí, lo que deben sentir los que son secuestrados. No sabía a donde me llevaban y...-No terminó de hablar porque Albert la salpicó con un poco de agua.
-¡Albert!- Le recriminó Candy.
-Lo siento preciosa, pero no fui yo, fue el remo. – Candy lo observó y se dio cuenta de la sonrisa juguetona que Albert tenía en sus labios. Como si nada, solo asintió con la cabeza. Pero solo lo hizo para despistarlo y sin que él se diera cuenta, llenó sus manos de agua y se la aventó directo en la cara.
La cara que hizo Albert, fue de lo más cómica. Candy se echó a reír a carcajadas y Albert solo pensaba en regresarle el favor. Aunque reconocía que él había empezado.
-Ya verás, pequeña tramposa- Fue lo que pudo decir antes de que comenzaran una guerra de agua. En el lugar, solo se escuchaban las risas y el agua chapoteando. Quien los viera, afirmaría que eran un par de adolescentes disfrutando de un día de pinta. Fue hasta que, los dos se dieron cuenta que estaban empapados hasta la médula que dejaron de aventarse agua. Se quedaron inmóviles por unos minutos, para terminar estallando en carcajadas, ante la visión que tenían ante sí de ellos mismos.
-Dios, si lo tía abuela nos viera, te aseguro que nos asesina- Comentó Candy, para esos momentos, Albert ya llevaba la lancha de regreso a la orilla.
-Y luego nos reviviría para no dejarla con la fiesta de compromiso-Afirmó Albert entre risas,
Cuando llegaron a la orilla, él la ayudó a bajar. De sobra está decir que estaban escurriendo, pero no les importaba. En esos momentos se sentían libres, vivos y ridículamente enamorados. Albert estaba decidido a no dejar pasar la ocasión y por fin dejarle saber a Candy sus sentimientos. Ya había esperado demasiado, y hacía días que había definido lo que sentía su corazón, y no esperaba esperar más tiempo.
De pronto, Candy se quitó las zapatillas, corrió descalza al primer árbol que tenía ante ella. Parecía una niña y Albert no pudo más que contemplarla. Amaba su espontaneidad, y admiraba que a pesar de los años, de que era doctora y que hacía mucho que no lo hacía, seguía conservando su agilidad a la hora de trepar árboles. Cuando llegó a la punto del árbol, Candy le gritó a Albert, quien seguía embelesado viéndola de lejos:
-¡Vamos Albert! Sube conmigo, ¿o el soltero de oro, ya está muy viejo para trepar árboles? ¿De ahora en adelante debo llamarte tío abuelo William?-
-¿Qué dices?-exigió Albert fingiendo enojo-el tío abuelo William te demostrará que no es tan viejo como aparenta- ahora fue el turno de Candy para admirarse por la agilidad de su prometido. No sabía como le hacía, pero Albert cada vez estaba en mejor condición física. Con eso en mente, se sonrojó al recordar que gracias a eso tenía sus músculos bien definidos, y ella se moría por sentirlos. Sacudió su cabeza para alejar esos pensamientos, no era correcto que pensara así, y no quería hacer el ridículo frente a él.
Albert llegó junto a ella y juntos disfrutaron en silencio de la magnifica vista que tenían ante ellos. La brisa del viento poco a poco, fue secando sus ropas y jugaba con los mechones de sus cabellos. Pasando algún tiempo, decidieron que era mejor bajar. Al llegar abajo, sintieron hambre e inmediatamente fueron a l lugar donde habían preparado todo para el desayuno, Albert se había encargado de tener suficiente comida para el día, pues conociéndose y conociendo a Candy, supuso que disfrutarían un día entero rodeados de naturaleza. Después de satisfacer su apetito, se quedaron un tiempo sentados en la manta extendida en el suelo, ambos se recargaron en el frondoso árbol que les daba una maravillosa sombra y cálida y refrescante brisa.
-Este lugar es maravilloso-Comentó Candy.
-Supuse que te gustaría tanto como a mí. Me alegra que tengamos los mismos gustos.
-A mí también me alegra.
-¿Candy?.
-¿Sí Albert?
-Hay algo importante de lo quiero hablar contigo.
-¿Qué pasa?- Candy se volteó hacia él quedando de frente, por primera vez en toda la mañana, pudo observar bien el rostro de Albert. Y lo vio más guapo que nunca, como pudo, refrenó su impulso de acariciar su rostro, y solo atinó a bajar la mirada.
-Es acerca de lo que harás cuando estemos casados. Te conozco lo suficiente para saber que no te conformarás con una vida de sociedad, eres doctora y me imagino que desearás seguir ejerciendo tu profesión- Bueno, Candy ya sabía hasta qué nivel Albert la conocía, pero nunca espero que hablarían de ese tema. Y no solo por que ella sabía lo que se esperaba de la futura esposa del patriarca de los Andrew, sino porque estando a su lado, no importaba nada más que estar con él.
-Además, yo no estaría contento viendo como te conviertes en algo que no eres.- La calidez en su voz, hizo que Candy se estremeciera, el tono que utilizó al hablarle, era el mismo que había utilizado cuando le pidió formalmente que fuera su esposa. Y recordó, que después le había dado un pequeño beso en los labios. En ese momento deseo que lo volviera repetir. Pero hizo acopio de todo su sentido común y habló lo más normal que pudo.
-Para ser sincera no lo había pensado, pero ya que sacas el tema, supongo que ya debiste haber pensado en algo.
-Así es. Durante estos meses, adquirimos una compañía que estaba a punto de la quiebra. En este lugar, los empleadores no tenían ningún tipo de cuidados con sus empleados, creo que tiene que ver un poco que sean gente de color. George y yo revisamos las instalaciones y vimos el estado tan deplorable en que trabajan. La mayoría son mujeres, pues es una fabrica de costura, hay viudas, divorciadas, hasta solteras. Los hijos de algunas de ellas muestran algún tipo de desnutrición, y necesitan a un especialista que se encargué de revisar su salud. Así que, como mi futura esposa, es una excelente doctora, pensé que tal vez podría estar al frente del consultorio que está abandonado. ¿Qué te parece? Solo será hasta que pienses bien cómo ejercerás tu carrera, si te dedicarás a la práctica privada o en algún hospital público en la ciudad.- Candy contuvo las lágrimas que amenazaban con salir, Albert tenía suficiente trabajo con el manejo de las empresas, el banco, la separación de bienes de los miembros del clan, y todavía había tenido tiempo de pensar en ella, y en lo que sabía que la apasionaba, su profesión.
Sin contenerse más por abrazar a ese extraordinario hombre, se lanzó a sus brazos. Llenó su rostro de pequeños besos y no paraba de darle las gracias. A pesar de que estaban recargados en el árbol, este acto hizo que Albert perdiera la postura y cayera con ella encima, al suelo.
-Vaya, de haber sabido que así me agradecerías, te lo hubiera dicho en cuanto llegamos- Le dijo Albert, disfrutando de el momento de efusividad de Candy. Ella se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se sonrojó, quiso separarse de él, pero no se lo permitió.
La sujetó de la cintura y sin que ella se percatara, se dio la vuelta para quedar frente a ella. Recargó su peso sobre sus codos, a un costado del cuerpo de ella y la vio con intensidad. Su mano no pudo evitar acariciar esa piel sedosa que lo había invitado toda la mañana a tocarla, empezó a acariciar su rostro y ahora fue su turno de depositar pequeños besos en todo el rostro de Candy. ante esa muestra de afecto, ella solo se dejó llevar y cerró los ojos disfrutando del momento. Quería que fuera eterno, y olvidando la vergüenza inicial, posó sus brazos en el cuello de Albert.
Cuando Albert los sintió sobre sus hombros, y viéndola con los ojos cerrados, le dio un leve beso en sus labios. Candy abrió los ojos y él pensó que la había asustado. Hizo el intento de separarse de ella, pero ella no lo permitió.
-No, no quiero que te separes de mí- Le dijo, estaba decidida a demostrarle a Albert que lo amaba, y supo que si no le decía lo que sentía en ese momento se arrepentiría.
-Candy...-Dijo él, sin separarse de ella- te quiero besar...pero...
-¿Pero qué?- Sentía el corazón a mil por hora.
-No quiero que te asustes. - ¡Asustarse! Pero si de eso pedía su limosna.
-Nunca lo haría. No tengo miedo, Albert. Confío en ti...ciegamente, y quiero que lo hagas.
No fue necesario que lo repitiera, el tomó sus labios y disfrutaron de un beso casto y tierno. Pero conforme sentían la suavidad de sus labios, se convirtió en algo más, ella abrió su boca para dejarlo disfrutar de las mieles escondidas en ella, y para disfrutar del suave vaivén de sus lenguas. Albert pensaba que estaba en el cielo, la manera en que ella le correspondía no tenía nada que ver con la niña que siempre pensó que era, no, ya era una mujer. Una mujer que nunca pensó que besara de esa manera, una mujer que lo volvería loco, con su apasionada inocencia.
Ella aseguró que estaba soñando. Porque lo había soñado muchas veces, lo había deseado y si era algo real, entonces no quería que terminara. Eran los labios más sublimes que había probado, no es que hubiera besado a muchos en su vida, pero no se comparaba con nadie más. Se dio cuenta que ella había nacido para él. Todo lo demás había sido solo un ensayo de algo superior. Guardaba bellos recuerdos de ellos, pero no se comparaban con lo que Albert la estaba haciendo sentir.
Después del beso que bien pudo haber durado segundos, minutos, hasta horas, se separaron y se vieron fijamente a los ojos. Albert supo que ese era el momento. Sin dejar de acariciar su rostro le dio un beso fugaz en los labios y susurró en su oído:
-Te amo, Candice White. Creo que te he amado desde siempre y nunca dejaré de hacerlo-
Candy sintió miles de mariposas en su estomago. Pero empezó a llorar.
-Candy, por favor dime, ¿por qué lloras? ¿Te ofendí en algo?- Al ver su reacción, Albert pensó que se había apresurado con su declaración, tal vez ella no sentía lo mismo por él. Ese pensamiento lo hizo estremecerse, si ella no lo amaba, ¿Cómo viviría con ello, sin su amor?
-No. No hiciste nada malo- se apresuró a contestar ella- es solo que...que...me has hecho la mujer más feliz sobre la tierra. Yo también te amo. Albert, te amo desde hace tanto tiempo que siento que es una eternidad.- Nuevamente se unieron en un beso. Un beso que tuvo todos los matices, tierno, calmado, apasionado, pero lleno de amor.
Después de un rato, recogieron todo y Albert la invitó a caminar por la orilla del lago. Tomados de la mano recordaron momentos cruciales en la vida de ambos. Pero ahora, lo único que sabían era que ya nada de eso importaba, solo importaba que estaban juntos y lo mejor era que se amaban.
-Albert, ¿crees que sea necesario que le digamos a todos, que?...bueno, ya sabes –Preguntó ella, cuando ya estaban de camino hacia la mansión. Un leve sonrojo acudió a su rostro, al recordar como había sido su declaración de amor.
-No creo que sea necesario-comentó él tomando de la mano a Candy, en la cual depositó un beso. Por eso le había pedido a Walter que los recogiera, no quería perder tiempo manejando él mismo.-ellos se darán cuenta. Por cierto, recibí telegrama de Archie.
-¿De verdad? ¿Qué te dice?
-Llegará en dos días...con su novia. ¿Annie ya sabe que él inició una relación?
-Algo le he comentado, pero no pensé que fuera tan seria su relación-Comentó Candy con preocupación, no le había dicho lo que sentía ahora por Archie. Pero ella, en el fondo esperaba que su mejor amiga y su querido primo, arreglaran esa situación.
-Yo tampoco-contestó él pensativo-la familia Lincoln, no es muy grata para nosotros. No sé como Archie fue a fijarse en Samantha- Para Candy no pasó desapercibida la actitud de Albert. Al parecer conocía muy bien a esa familia, pero, ¿hasta que grado los conocía? O mejor dicho, las conocía, eran dos hermanas, pero ¿a quien de ellas conocía "tan" bien Albert?
-Tu las conoces muy bien, ¿verdad?
-Para mi mala fortuna así es. Pero cambiemos de tema, ¿sí? Esperemos que todo resulte bien, entre Annie y Archie. Para ser sincero, me hubiera gustado que se casaran.
Llegaron a la mansión y Elroy aún no había llegado. Al parecer la señora O'Neill, había cumplido con su cometido. Cada uno subió a tomar una ducha. Candy se esmeró en su arreglo, quería lucir hermosa para Albert , y tenía instalada en su cara una sonrisa. Una vez que estuvo lista, esperó por Albert, quien quedó de pasar por ella para bajar a cenar.
Cuando Albert la vio, no pudo contener las ganas de abrazarla y besarla. Se acercó poco a poco hasta ella, y sin previo aviso la tomó entre sus brazos y la besó.
Candy sintió que flotaba, mientras acariciaba su sedosa cabellera, ninguno de los dos comprendía cómo pudieron estar separados tanto tiempo. Seguían explorándose, sintiéndose, pero Albert recordó que estaban en medio del pasillo, y la servidumbre podía verlos y no quería exponer a Candy a murmuraciones. Con mucho esfuerzo, se separó de ella, tomó su rostro entre sus manos, y pegó su frente con la de ella, estaban tan cerca que sus alientos se confundían. Ella seguía con los ojos cerrados y mantenía sus labios entre abiertos e hinchados por la sesión de besos que acababan de compartir. Se veía simplemente adorable y sus labios apetecibles.
-Te amo. Nunca me cansaré de decírtelo, gracias por aceptarme en tu vida-Le susurró sobre sus labios.
-Y yo a ti- le dijo ella, viéndolo directamente a los ojos- te amo y siento que no podría vivir más sin ti.
-Te fuiste convirtiendo poco a poco en la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida. Ahora tengo un motivo por qué vivir, y eres tú. Aunque siempre todo lo que hice fue porque quería protegerte y que nada te faltara, pero ahora, ahora es diferente. Porque ahora sé que me amas y que me perteneces, porque estás por encima de todo y de todos. Porque te has convertido en mi vida misma.
Candy se aferró a su pecho con lágrimas en los ojos. Él era el hombre que había esperado toda su vida y ahora también le pertenecía. Le dio gracias a Dios porque le dio la oportunidad de sincerarse con su corazón y por fin definir sus sentimientos hacia él. Ahora se habían declarado sus sentimientos y eso le daba el valor para luchar por lo que sentía por él. Para luchar por su amor que ahora sabía, era correspondido. Y sabía que tenía que luchar, contra quien fuera. Era ignorante en varias cosas del amor, pero no era estúpida y sabía que se tendría que enfrentarse a varias personas , pero ahora no estaba sola, lo tenía a él. El hombre que siempre la protegió, la salvó, y la apoyó en todas las decisiones que había tomado durante su vida. El hombre que con su ternura y amor, había logrado hacerla olvidar a su amor de juventud, porque para ese entonces ella ya sabía que lo amaba. Un hombre maravilloso, no solo por el físico, sino por la persona interior que habitaba en él.
CONTINUARÁ...
