La voz de mi corazón.
Por Lu de Andrew.
Capitulo 8
Albert se paró frente a ella, dándole la espalda. Buscando y rebuscando las palabras adecuadas para dirigirse a ella, y que ella pudiera escuchar la voz de su corazón.
-Soy el más afortunado de todos los que tuvieron la oportunidad de conquiste tu corazón. – Hizo una pausa, su voz sonaba ronca – Te conocí siendo una chiquilla encantadora y he tenido la oportunidad de ver cómo te has convertido en una hermosa, e independiente mujer... - Hizo otra pausa, aún más larga, para poner en orden sus ideas y recuerdos que había decidido olvidar - Cuando perdí la memoria, tú fuiste la única que me mantuvo anclado a la realidad, fuiste mi luz al final del camino. No solo me acogiste sin saber siquiera mi apellido, sino que me cuidaste, casi con devoción, demostraste que confiabas en mí ciegamente y eso hizo que llegara a admirarte. Pero después...tú yo hicimos de ese departamento nuestro hogar y sentí que nada podía arruinar mi vida, mis sentimientos hacia ti, se hicieron más profundos, sin embargo, ya sabía de tu amor por Terry, y sus planes de reunirse en Nueva York. Y eso hizo que me olvidara de mis sentimientos y tratara de ser feliz por ti.
Pero llegó el día que Terry te rompió el corazón, y yo quise romperle la cara – Candy soltó una risita ante semejante comentario de Albert. Él, al escucharla se giró completamente hasta quedar frente a ella. Con una sonrisa nerviosa prosiguió su relato – es verdad, cielo, si con mi vida te hubiera evitado ese sufrimiento, te aseguro que la habría dado gustoso. Pero solo pude estar contigo, consolándote, cuidándote, enjugando tus lágrimas y ofreciéndote mi hombro para cuando quisieras desahogarte – se acercó hasta ella y con ternura secó las lágrimas que habían empezado a brotar de sus ojos – Y de pronto comprendí, que quería hacerte feliz, que te conquistaría y que siempre cuidaría de ti, porque...porque simple y llanamente... me había enamorado de ti. –Ante semejante confesión, Candy no pudo evitar preguntarse, por qué Albert nunca le había hablado de sus sentimientos hacia ella. Pero la respuesta de Albert, no se hizo esperar – Sin embargo, cuando recuperé la memoria... me di cuenta que me había enamorado de mi hija adoptiva y además, eras menor de edad, ¡no podía estar enamorado de ti! – Lo dijo como si eso fuera algo inconcebible – Por eso, aunque traté de quedarme otros días más contigo, supe que me estaba engañando. Y me fui, porque era algo imposible lo que yo quería, además, de haber existido la más mínima posibilidad de que tu llegaras a aceptarme, tendrías que haber vivido presa de la sociedad y la responsabilidad que conlleva ser la esposa del patriarca del clan Andrew. No quiso cortar tus alas y privarte de esa hermosa libertad que te hace ser tú. De esa forma, cuando me informaron donde se encontraba Terry, en ese pequeño pueblo de Rockstown, para que por fin pudieras ser feliz... Y de verdad que me sentí muy feliz por ti, cuando él decidió buscarte y tú le diste una oportunidad.
-Fue en ese entonces que conociste a Josselyn, ¿no es así? ¿Cómo... cómo te enamoraste de ella?
Sabiendo que la explicación duraría un tiempo más, Albert la acompañó para que tomara asiento en un sofá que estaba cerca de la chimenea, ella así lo hizo y él se sentó a su lado.
-La quise mucho, en ese entonces debo admitir con vergüenza, yo aseguraba no sentir nada por ti, pero solo me estaba engañando a mi mismo... - Con frustración, se pasó una mano por el pelo, dejándolo alborotado, Candy sintió que se le iba la respiración al verlo tan guapo de esa manera, pero no quiso sucumbir al deseo de tocarlo y acariciarlo, ahora lo único que le importaba era saber la verdad acerca de Josselyn – Cuando conocí a Joss, me atrajo de ella, su vitalidad, su jovialidad, su amor por la vida, que no le interesara mancharse los zapatos al acompañarme en un paseo por el campo, era tan parecida a ti... creo que una parte de mí, deseo estar con ella, porque solo así -podía tener un poco de ti... - La miró directo a los ojos, para demostrarle que era verdad lo que estaba diciendo - Al principio fue solo eso, me gustaba estar en su compañía porque me recordaba a ti, inconscientemente claro, pues al fin de cuentas no eras tú. Pero poco a poco, llegué a quererla demasiado, sin embargo, nunca la amé, no como te amaba a ti. Pero hay veces que la razón acalla al corazón, y después de tantos años asegurando no sentir ya nada por ti, le propuse matrimonio. – Sonrío de medio lado, con un rictus de frustración en su rostro – Pero como bien te diste cuenta, por el anillo de compromiso, nunca pasó por mi mente darle este anillo – Señaló el anillo que le había entregado a Candy cuando le propuso matrimonio formalmente – Siempre pensé que si alguien era digna de llevarlo eras tú, sin embargo, como eso no sucedería preferí guardarlo para mi. Era como una señal del amor que te tenía, pero que nunca podría ser.- Candy lo miraba incrédula. Ahora comprendía cabalmente que el anillo no solo era especial por pertenecer a varias mujeres de la familia Andrew, incluyendo a su madre, sino también, porque representaba el amor oculto de Albert hacia ella. Un amor que a no estaría oculto más tiempo, sino que por fin los uniría para siempre.
-¡Pero te ibas a casar con ella! Ella era la mujer perfecta para ti, todos estaban tan felices por su compromiso – No pudo evitar decirle y Candy recordó esos tiempos con cierta opresión en le pecho.
-No era perfecta, eso te lo puedo decir sin ambages.
-¿Qué quieres decir?
-Un mes antes de la boda, tuvimos una fuerte discusión. ¿Recuerdas que dos meses después, viajaría a Brasil, por los diferentes negocios que surgieron allá?
-Sí.
-Bien, al parecer ella no estaba feliz con la idea de abandonar el país, ni a su familia. Yo creí que sería más fácil, siendo marido y mujer, viajar con ella. George me sugirió que compráramos una casa para no dejarla con las incomodidades del hotel, y así lo iba a hacer. Pero ella se negó enfáticamente, fue tal la discusión, que de un momento a otro, soltó la bomba.
-¿Qué bomba?
Albert se sumió en sus pensamientos recordando con claridad esa vieja discusión, que sacó sus peores temores y su reconocimiento de un amor que creía olvidado...
***-¡No iré a ese lugar, Albert! ¿Cómo siquiera puedes pensar que yo viviré tan feliz en un lugar tan alejado de la sociedad a la que estoy acostumbrada?
-Brasil es un país en crecimiento, Joss. No te estoy hablando de llevarte a un lugar desolado e inhóspito. Además, ya te dije que compraremos una casa y tendrás a tu cargo cuanto sirviente desees. ¿Qué pasa contigo? ¿Por qué esa renuencia a querer acompañarme?
-No eres mi dueño, para que dispongas de mí así como así. No soy Candy, que acostumbra salir detrás de los hombres, como lo hizo con ese actor y contigo, no pretenderás que te siga como perrito faldero – La mención de Candy en ese asunto y la manera tan despectiva de referirse a ella, sorprendió a Albert. Josselyn, nunca había guardado animosidad hacia la rubia y lo descontroló un momento.
-No pretendo que "me sigas", se supone que serás mi esposa y sería una inconsciencia de mi parte dejarte a dos meses de estar casados – Dijo una vez que recuperó el control –Y, ¿por qué mencionas a Candy? Es algo ridícula e innecesaria esa mención, a ella déjala en paz. Y te exijo que nunca te vuelvas a referir a ella con tanto desdén. No sé qué mosca te picó, pero no quiero que te metas con ella.
-¿Acaso no es obvio? Candy si te seguiría, ¿no es así? Tal vez el vinculo entre ustedes vaya más allá de una simple amistad, no me trago esa historia que durante un año, vivieran juntos sin que pasara algo más. ¡Y ya no soporto quedar como la idiota en todo esto! Si no te olvidas de ella, y la alejas de nuestras vidas, no me casaré contigo.
-¿Qué? ¿Me estás poniendo un ultimátum? Pues creo que será mejor que seas tú la que lo piense bien. Porque ni dejaré a Candy, ni cancelaré mi viaje a Brasil, y de una vez te digo que si te casas conmigo, viajaremos juntos...***
-Esa fue la última vez que hablé con ella en persona. Dos semanas más tarde, me llamó por teléfono y me dijo que cancelaría la boda. Yo solo dije: "Has lo que quieras". Cuando tuvo el accidente, viajaba a la ciudad para informar a la prensa de la cancelación. Sus padres me informaron que se estaba dejando llevar por las dudas que había sembrado una de mis sobrinas, cuando estuvieron de vacaciones en Florida.
-¿Una sobrina? ¡Elisa!
-Así es. Al parecer, Elisa, se enteró de que ellos estaban ahí, y se hizo su amiga. Pero le dijo una sarta de idioteces que terminó por socavar la confianza que tenía en mí. La cual por lo visto no era mucha.
-Entonces, ¿Cuándo ella murió...?
-Ya no estábamos comprometidos, yo me puse tan mal, porque me sentía un poco culpable, las últimas palabras que le había dirigido no eran muy amables que digamos. "Has lo que quieras", resonaba en mi mente, y no pensaba en otra cosa, pero gracias al cielo tú estuviste ahí para mi, y gracias a ello, me recuperé más rápido de lo que suponía. – Aseguró mirándola con amor infinito. Candy recordó sus palabras en aquella ocasión: "A ti no soportaría perderte. Si algo te pasara, yo...yo, me moriría. No podría vivir más". Y todo empezó a encajar.
¿Y después? ¿Por qué no me dijiste nada?
-No quería preocuparte con mis problemas, tú tenías los propios, estaba la escuela y conociste a Edward. Yo me fui a Brasil y pasamos demasiado tiempo alejados, lo único que nos unía eran nuestra correspondencia. Pero yo no podía hacer nada más. Solo volver a guardar esos sentimientos en mi corazón.
-Y si las circunstancias no te hubieran obligado, ¿hubieras permitido que me casara con Edward? –
-¡Por supuesto que no! – Contentó él con vehemencia – me sofoqué cuando me diste la noticia, y solo porque pasó lo del consejo, pero ya estaba ideando una forma de decirte lo que sentía por ti. Hubiera tomado algo más de tiempo, pero de haber pasado, hasta te hubiera raptado – Una sonrisa iluminó el rostro de Albert, y Candy se preguntó cómo habían sido tan cortos de vista.
-¡Tonto! – Le dio un golpe en el pecho, y se abrazó a él.
-Bueno, tal vez no raptado, pero si hubiera hecho algo drástico
-No. Me refiero a que fuiste un tonto, por no decirme nunca lo que sentías por mí. ¿Crees que me importaba que fueras mi "padre adoptivo o mi edad? ¿Por qué crees que te busqué por todos lados cuando recuperaste la memoria? ¿Por qué crees que no me quedé con Terry en ese pueblo, sino que regresé a seguir buscándote? Ya te amaba en ese entonces. Solo que al ver que tú solo me querías como a tu mejor amiga, me convencí que yo no te convenía. Te merecías a alguien mejor que yo. Y ahora resulta que siempre me amaste y... - El llanto la dejó sin palabras, solo que lloraba de felicidad, porque por fin estaba con el hombre que amaba más que a la vida misma. Y porque se dio cuenta que, a diferencia de Josselyn Rogers, Candice White, iría y seguiría a Albert hasta el fin del mundo.
-Perdóname, cielo. Perdón por ser tan tonto, y ahora lo fui más. Hillary me contó lo sucedido en la clínica del doctor Martin, y en vez de escucharte solo...
Pero inesperadamente, Candy, lo calló con un beso. Ella ya no podía contenerse más, quería sentir los labios de Albert para asegurarse que era real lo que estaba viviendo y que era real esa confesión que le acababa de hacer. Albert le respondió sin demora, solo quería transmitirle lo mucho que la amaba y lo feliz que era a su lado. Profundizaron el beso, como si su vida dependiera de ello. Y al parecer así era. Dos corazones latiendo al unísono, entregando su amor y descubriendo que no podrían vivir mucho tiempo el uno sin el otro...
-Ya pasó demasiado tiempo, Hillary. –Le dijo Elroy y con paso decidido se dirigió a la recamara de Candy. de haber sido por ella, no hubiera permitido esa reunión, pero Hillary le explicó la situación y les permitió un tiempo a solas. Pero al ver que ya había pasado más de una hora, no esperó más. Hillary, al ver a Elroy tan decidida, solo se limitó a seguirla. Se detuvieron ante la puerta de la recamara y al levantar la mano para tocar, la puerta se abrió de súbito.
-¡Tía! – La llamó Albert. Sin duda él y Candy se habían reconciliado, y ante sus confesiones de amor, se sentían más unidos que nunca. Se estuvieron besando y acariciando unos minutos más, hasta que Albert comprendió que no podían seguir más en la recamara, no podía exponer a Candy a las habladurías. Así que los dos salían tomados de la mano, cuando Elroy estaba a punto de tocar la puerta.
-Ya se habían tardado demasiado, William. No es correcto que...
-Ya lo sé, tía. Pero era necesario que Candy yo, tuviéramos esta conversación. – Elroy miró a Candy y lo que vio no le gustó.
– Candy, ¿estás bien? – Preguntó Elroy frunciendo el ceño, Candy tenía los ojos rojos e hinchados.
-Sí, tía. Es que lloré un poco – Contestó, mirando tímidamente.
-Pero niña, te ves muy mal. Deberías dejar que Hillary te ayude a poner unas compresas de agua fría en los ojos para bajar la hinchazón. Pero antes te darás un baño – Haciendo a un lado a Albert, tomó del brazo a Candy y entró con ella a su recamara, diciendo una larga lista de cosas que haría para que Candy estuviera lista para la cena. Candy solo miró a Albert sobre el hombro de Elroy y se encogió de hombros. Hillary lo miró y se burló de él.
-Y tú que dijiste que sería solo para ti – Sin decir más, cerró la puerta en su cara y Albert solo se limitó a sonreír y con las manos en los bolsillos, se dirigió a su habitación. También necesitaba recomponerse y se daría un baño. Aunque la mejor cura que necesitaba era tener a Candy entre sus brazos...
Unas horas más tarde, antes de la cena, Archie encontró a Candy en el comedor ocupándose de disponer todo para los invitados. Elroy se había empeñado en instruirla para que poco a poco, dirigiera los asuntos de la mansión. Y con muy poca paciencia le estaba enseñando la laboriosa tarea de preparar todo para atender una mesa bien servida. Desde el menú que se ofrecería, hasta el vino que degustarían. Candy hubiera cambiado todo eso con gusto, por unas horas de guardia nocturna en urgencias del hospital. Pero por Albert haría eso y más.
-Candy – la llamó su primo. Ella lo volteó a ver con una sonrisa, desde su llegada, la novia del joven Cornwell, no se había separado de él en ningún momento. Así que el que Candy lo viera solo y frente a ella, le dio alegría, pues quería platicar con su primo. Pero el semblante de Archie le demostró que estaba molesto.
-Archie, ¿qué pasa?
-¿Es cierto lo que me dijo la tía?
- No sé que te haya informado – Candy cambió su tono de voz, al comprobar que Archie estaba molesto.
-Me dijo que esta noche vendrá a cenar el... el actor, ese.
-¿El actor "ese"? ¿Te refieres a Terry?
-Sabes que sí.
-¡Ah! Pues sí, es verdad – Y le dio la espalda, para revisar los cubiertos, recordando su posición exacta.
-Y que no vendrá solo.
-También es verdad – Contestó sin siquiera verlo.
-¿Qué vendrá, con... con Annie Britter?
-Sí. Para tu información, vendrán Terry y Annie. Ellos están saliendo, así que no podía invitar a uno y al otro no. ¿Algo más que desees saber?
- ¿Ellos están saliendo? ¿Y crees que esté bien que tú los apoyes?
-¿Por qué no? Yo salí con Terry, pero eso fue antaño, y si ahora ellos se quieren dar una oportunidad, que así sea. Yo no le veo nada de malo. Y tu tampoco deberías hacerlo, después de todo, tú dejaste a Annie y ahora estás con la señorita Lincoln, ¿no es eso lo que querías?
-¡Pero es mi exnovia! No es correcto que esté en el mismo lugar que mi novia actual, ¿Cómo se vería eso?
-Como algo muy civilizado. Además, la tía y Albert lo saben y no hay objeción de su parte. Pero dime primo, ¿estás molesto porque no es correcto que tu ex y tu actual novia estén presentes en el mismo lugar, o porque ya te diste cuenta que Annie ya se olvidó de ti?
-No puedo creer que tu me estés preguntando eso, Candy. Y menos puedo creer que precisamente seas tú quien los apoye. Será mejor que mantengas alejado de mí a tu querido amigo, porque no dudaré en ponerlo en su lugar si así lo merece – Sin decir más, Archie se alejó del lugar, dejando a Candy confundida. Ni siquiera entendió su enojo, y mucho menos que le echara en cara su apoyo a lo pareja. No podía ser que Archie estuviera celoso de Terry... ¿o sí?
Tan sumida estaba en sus pensamientos que no se percató que Jordan Lincoln, se acercaba a ella.
-Buenas noches, Candice – La saludó con voz melosa.
-Buenas noches, Jordan. ¿Se te ofrece algo? – Candy siguió dando instrucciones, y por primera vez se sintió feliz de que la tía la hubiera obligado a aprender cosas prácticamente inútiles, pero que en esos momentos, la hicieron sentirse dueña y señora de la situación.
-¿Dónde están los demás?
- Albert quiso mostrarle al señor Douglas y su esposa los alrededores de la propiedad, tú familia se unió a ellos – Candy no la tomó en cuenta, esperando que la chica desapareciera inmediatamente, pero no lo hizo.
-Ya veo.
-¿Qué es lo que en verdad quieres, Jordan? – La chica la miró con una sonrisa sardónica.
-Vaya, al parecer no se te escapa nada, ¿verdad? Pues bien, querida, creo que sabes del pasado que William y yo compartimos, así que quiero que sepas que estoy dispuesta a que él regrese a mi.
-Yo tengo entendido que ni siquiera "lo tuviste" contigo como para que regrese. – La respuesta de Candy, hizo sentir a Jordan insegura. La rubia la observó desafiante y levantó la barbilla en señalando su lugar en la vida, pero principalmente en el corazón de Albert – Y solo quiero que sepas, que si estás de huésped en esta casa, es porque tu hermana es novia de mi primo. Como comprenderás, seria una descortesía, permitir la estancia de tu familia aquí, y no la tuya. Pero en cuanto todo esto termine, ten por seguro que la primera que saldrá serás tú – Le dijo Candy, con toda la seguridad que le daba luchar por el amor de Albert.
-Así que la huerfanita, ya sacó las uñas – Comentó Jordan sin abandonar esa sonrisa cínica – pues bien querida, y tú, ten por seguro que William Andrew, con quien terminará casándose será conmigo. No es una amenaza Candice, es una advertencia y o siempre cumplo lo que prometo. – Jordan abandonó el lugar, cuando escuchó pasos provenientes del salón. Candy se quedó de pie, no podía creer el cinismo de esa mujer, y la seguridad con que le había amenazado. Y de pronto, sintió cierto miedo, porque sabía lo que la gente mala era capaz de hacer para hacerle daño a los demás. Pero ella jamás permitiría que alguien la alejara de Albert. A no ser que él mismo se lo pidiera. Se tumbó en la silla más cercana que encontró, y lanzó un fuerte suspiro. Había tenido demasiadas emociones durante el día, solo deseaba estar acostada y dormir profundamente. Albert le había sugerido algo parecido, pero simplemente tuvo que negarse sabía lo importante que era para él, la presencia de su socio en América. No podía ponerlo en mal. Y ahora menos que nunca, sabiendo que Jordan andaría rondando a su novio.
-¿Se encuentra bien señorita Candy? – Escuchó la preocupada voz del mayordomo tras ella.
-Sí, gracias, James.
-Señorita, si me permite, debe tener cuidado de la señorita Lincoln. – Candy se incorporó en la silla.
-¿Qué quieres decir?
-La he visto deambular por toda la mansión. No podría asegurar que hace, se pasea por los pasillos y se detiene detrás de alguna puerta, tal vez espera oír alguna conversación. Yo creo que esa joven no es de fiar.
-Te lo agradezco, James. Y no, esa mujer no es fiar, por favor, mantente a la expectativa, si en estos momentos le pidiera que abandonara la mansión, se armaría un gran alboroto y no quiero que Albert quede mal con el señor Douglas.
-Así lo haré señorita. Por cierto, el señor y los invitados ya se encuentran en sus habitaciones alistándose para la cena. Si me lo permite, yo podría terminar aquí, estoy seguro que necesita un tiempo a solas.
-Gracias James. –Candy le dio un fuerte abrazo en señal de su agradecimiento. El hombre ya no se sorprendió ante este hecho, conocía muy bien a la señorita Candy, como todos en el servicio la llamaban, y ya estaban acostumbrados a esos despliegues de franqueza y demostraciones de afecto. Todos pensaban que no había nadie mejor para el señor, que la señorita Candy. de esa forma, el rígido y formal hombre, se permitió hacerle una venia después que Candy se separó de él y se encaminó hacia su habitación.
-Por cierto, ¿sabes si ya regresó Hilary? – Indagó antes de salir del comedor.
-No ha llegado aún, señorita. ¿Desea que le avise de su llegada?
-Sí, por favor. En cuando llegue, dile que la espero en mi habitación.
-Como usted ordene, señorita. – Candy hizo una mueca de desagrado, no le gustaba pensar siquiera en dar ordenes, pero no podía culpar al hombre que estaba acostumbrado a las costumbres rígidas que imponía la sociedad. Y todo lo que ella le pidiera, así lo hiciera de rodillas, sería una orden para él.
Pero dejó de pensar en el fiel mayordomo y se centró en la ausencia de su amiga, Hillary. Candy no era tan tonta, como para no darse cuenta que Hillary estaba retrasando su encuentro con Jordan. No era para menos, después de estar solo un día en la casa, hasta el mayordomo se había dado cuenta que esa mujer no era de fiar. Pero no podía culpar a su amiga, era lógica su reacción, Hillary O'Neill, era una rica venida a menos. Gracias a su padre y las deudas que dejó al morir. Pero a pesar de su sencillez, la chica tenía una elegancia innata, hasta sus movimientos más despreocupados tenían tal gracia que no podían ocultar su ascendencia. A pesar de que sus vestidos seguían la última moda, estaban confeccionados por su madre y hasta cierto punto eran demasiado sencillos para el círculo que frecuentaba. Así que para Candy no fue difícil intuir que para Hillary, tal vez decir que estaba trabajando como dama de compañía para ella, no era una idea muy fácil de sobrellevar. En especial por el pasado que compartían Hillary y Jordan.
Un pasado con un nombre: Victor Walsh. Un hombre que, a juzgar por lo poco que su amiga había hablado de él, era inmaduro, altanero, arrogante. Que tenía un apego poco frecuente por las personas de sociedad, hacía su familia, en especial, por sus tres hermanas mayores, que nunca soportaron a Hillary, y que nunca cesaron de hacerle la vida imposible. Y que además, tenía la gracia de haber encontrado "consuelo", con la mejor amiga de su ex novia.
"¡Qué hombre tan cínico!". Pensó Candy. Pero lo peor era que Hillary, se había guardado celosamente para él, incluso durante los periodos en que ponían cierta distancia entre ellos. Ocho años era demasiado para una mujer, y más cuando un hombre no le respondía de la misma manera. Y Hillary se merecía a alguien mejor. Y su amiga no se merecía ser presentada como su dama de compañía.
Unos golpes a su puerta, la devolvieron a la realidad. Era Hillary. La chica se disculpó por su tardanza y Candy le contó lo ocurrido entre ella y Jordan en el comedor.
-Era de esperarse, Candy. Te dije que esa mujer buscaría la manera de separarlos, lo que me sorprende, es que te lo hiciera saber.
-Hillary, esa mujer no es tonta, y como al parecer mis orígenes son de su conocimiento, debe pensar que me sentiré menos ante ella. Pero no te preocupes, no es así. El amor que siento por Albert, me da las fuerzas necesarias para soportar cualquier cosa. Sin embargo, hay algo que me preocupa.
-¿Qué es?
-He decidido que dejes de trabajar como mi dama de compañía.
-¿Cómo dices? - La exaltación se hizo evidente en el rostro de la joven – no, no puedes despedirme, Candy. Yo... bueno, necesito el dinero. Como bien sabes, mi padre murió dejándonos una serie de deudas que liquidamos con la venta de varias propiedades. Sin embargo, no fue suficiente.
-¿Por qué dices esos?
-Hay un hombre con quien mi padre vendió su vida, por decirlo de alguna manera. Firmó varios pagarés que nos obligan a pagar el dinero prestado con una cantidad exorbitante de intereses. Esto lo hizo dos días antes de morir, y como si ese hombre lo intuyera, especifico que en caso de que mi padre estuviera imposibilitado para pagar, su familia, o sea mamá y yo, pagaríamos hasta el último céntimo. Ahora estamos pagando solo intereses, que aumentan conforme van pasando los meses. Ese hombre se ha atrevido a hacerle propuestas inmorales a mi mamá, por eso decidí buscar empleo. Cuando William, me ofreció el trabajo, me quito cierta preocupación. Son muy generosos en mi sueldo y gracias a ello, ese hombre nos ha dejado en paz, hasta cierto punto. Siento que lo desea en realidad, es obligar a mamá a recurrir a su oferta para que él se olvide de la deuda. Por eso no puedes despedirme, Candy, por favor. Si crees que he ido demasiado lejos al meterme en su vida, te aseguro que de ahora en adelante... - Pero Candy la abrazó. Hillary ya estaba llorando y la rubia pudo sentir demasiada empatía por esa joven que se veía desprotegida y vulnerable.
-No te estoy despidiendo. –Le dijo en tono consolador – Quiero que comprendas que te considero mi amiga y que te estoy muy agradecida por toda la ayuda que me has brindado. Tomé esta decisión al pensar en lo que diría Jordan Lincoln al enterarse de tu posición en esta casa. Y no quiero que tú te sientas mal por ello. Así que en agradecimiento a todo lo que has hecho conmigo y Albert, quiero presentarte como mi amiga, que me acompaña en esta etapa de mi vida. Hablaré con Albert y la tía, y les explicaré mis razones.
-Pero Candy, te lo agradezco, pero no puedo decir que eres mi amiga y seguir aceptando el sueldo, me sentiría incómoda. Será mejor hablar con la verdad.
-Pero es la verdad. Yo te considero mi amiga, y creo que tú también. Solo omitiremos una parte, vamos, no es tan mala idea, ¿o sí?
-Por supuesto que no, pero...
-Hillary, no te estoy pidiendo que digas que eres de la realeza, solo que omitamos la parte donde Albert y la tía te contrataron. Además piensa bien las cosas, todos piensan que ustedes se la llevan bien con el alquiler de su pensión, si Jordan se llega a enterar que hay un acreedor más, puede hacer algo en su contra. Podría sospechar, el por qué de tu repentino deseo de ganar dinero.
-Creo que tienes razón – Candy le ofreció un pañuelo para que limpiara su lágrimas – Jordan es muy suspicaz, no quiero dejar expuesta a mamá de esa manera.
-Ahora dime, porque no me habías platicado nada de lo de ese hombre. Albert las podría ayudar.
-No Candy. Te lo agradezco, pero no es necesario, solo con el sueldo que me proporcionen, estoy más que satisfecha. Te repito que por ahora está más tranquilo, y ha dejado a mamá en paz.
Unos golpes a la puerta interrumpieron su plática y Candy se dio cuenta de la hora que era. Se sobresaltó un poco, e indicó que podían pasar. Su mirada se iluminó y su sonrisa mostró su blanca dentadura de tan ancha que era, Albert había ido por ella para bajar juntos a cenar.
-Lo siento, pequeña, no creí que interrumpiría – Comentó a modo de disculpa, ante el evidente cuadro que vio, entre su novia y su amiga, como también la consideraba.
-No te preocupes, William. –Dijo Hillary para salir de la habitación – yo iré a mi alcoba para arreglarme un poco. – Y salió a toda prisa. Albert aprovechó para besar a su reluciente novia, fugazmente. Pero al ser un hombre tan intuitivo, supo que algo había pasado. Y no tardó en preguntarle a Candy. Ella le explicó la penosa situación de su amiga, de su propuesta, y de su preocupación ante los hechos.
-Por eso te amo – Aseguró Albert, jugueteando con uno de los rizos de Candy – por pensar siempre en los demás. – Y le dio otro beso, solo que esta vez más profundo y más largo. Pero al comprender la difícil situación de Hillary, decidió dejar eso para más tarde – Pero tienes razón al estar preocupada – Prosiguió él, sin embargo, Candy, con trabajos y podía pensar coherentemente después de un beso de Albert. Pero se obligó a prestar atención – la madre de Hillary es muy joven aún y es atractiva, no dudo que ese fuera el principal motivo de tan descabellado plan de parte de ese agiotista. Un jugador es capaz de jugar hasta lo más sagrado, como su propia esposa para saldar una deuda, o seguir teniendo crédito. Lo he visto, créeme. Por otro lado, si ese hombre solo busca obligar a la señora O'Neill, para que caiga en su juego, lo logrará, Candy, te lo aseguro. Puede empezar a subir más los intereses, o hasta se valga de Hillary, con alguna amenaza o algo parecido.
-¿No puedes ayudarlas? Sin que ellas se enteren – Albert la miró con devoción. Nunca podría negarle nada, y menos cuando la veía preocupada por el bienestar de alguien a quien ella quería.
-Por supuesto que sí. Las ayudaremos, no te preocupes. Ahora, será mejor que bajemos, ya deben estar esperándonos, además, Terry ya llegó – Albert la tomó de la mano y le ofreció galantemente su fuerte brazo.
-¿Ya llegó? Solo falta Annie. Archie está molesto conmigo, me preguntó por qué los estaba apoyando. ¿Crees que estoy haciendo mal?
-Por supuesto que no. Archie tomó una decisión hace años, y ahora tiene novia. No tiene ningún derecho a estar molesto, y menos contigo. Además, Terry y Annie, también tienen derecho a rehacer sus vidas, con quien ellos deseen. Si no le parece a mi sobrino, tal vez tenga qué acompañar a los Lincoln, cuando les pida que salgan de la casa.
-No es para tanto, amor. Conozco el temperamento de Archie y sé que también es muy civilizado y educado para armar un escándalo.
-No me preocupa eso, sino que te reclame algo de lo que claramente no eres culpable.
-No te preocupes, creo que lo entiendo un poco en ese sentido.
Llegaron hasta el comedor, pero antes de entrar, le anunciaron la llegada de Annie. Terry estaba en la estancia junto con los Douglas. La señora Douglas estaba entusiasmada de la presencia del joven actor y no dejaba de hacerle todo tipo de preguntas. No se veían señales de Archie, lo que significaba que todavía no bajaba. Elroy se unió a ellos, así como los Lincoln. Candy fue a recibir a su amiga, y a informarle de la presencia de Terry.
-¿Cómo pudiste invitarlo, Candy? – Le recriminó Annie, aún no se sentía lista para lidiar con la manera de Terry.
-Pues es mi amigo y quería que estuviera presente – Fue la corta respuesta de la rubia.
-Pero sabías que no quería verlo aún y... - Pero se vio interrumpida cuando la profunda voz de Terry se escuchó detrás de ellas.
-Candy, ¿me dejas hablar con Annie? – La morena miró a Candy, con súplica, para que no la dejara a solas con él. Pero Candy se hizo como si no le hubiera entendido.
-Claro – Y se marchó para dejarlos solos.
-No querías verme – Afirmó Terry.
-No.
-Por lo que pasó en la mañana.
-Porque te enojaste conmigo. No creí que quisieras volverme a ver.
-Escúchame bien, Annie Britter. Nunca pensé que yo podría estar algún día interesado en ti. Pero lo estoy, no te estoy diciendo que me he enamorado, pero quisiera intentarlo. Candy me llamó para pedirme que asistiera esta noche y acepté, porque sabía que tú estarías, así que solo deseo saber qué piensas. Hay alguna oportunidad, ¿o sigues pensando en "El elegante"? – El sobrenombre hizo sonreír a Annie, tenía sus sentimientos hechos un lío. Se sentía atraída por Terry, de eso no había duda, pero el saber que vería a Archie nuevamente, la mantenía a la expectativa.
-No te puedo asegurar qué es lo que siento por Archie. Hace años que no lo veo. Sin embargo, también estoy interesada en ti. No te puedo asegurar nada, Terry, solo que si lo intentamos, y no resulta, espero que podamos quedar como los buenos amigos que somos.
-Eso es suficiente para mí, bonita. – Con delicadeza tomó su mano y se la llevó hasta los labios para sellar su promesa con un beso en el dorso de su mano. La chica sonrío ante tal gesto, pero su mirada se congeló, cuando cobre el hombro de Terry, divisó la imagen de Archivald Cornwell. Los estaba observando y su gélida mirada atravesó la confianza de Annie. Estaba más apuesto de lo que recordaba y por un momento se perdió entre sus recuerdos.
-¿Estás bien? – Terry notó su cuerpo tensó, e inmediatamente volteó su vista hacia donde Annie estaba mirando, pero Archie ya no estaba.
-Nada, solo un poco nerviosa.
-No te preocupes, y por favor, Annie, si deseas hablar sobre lo que sientes al volver a ver a Archie, no dudes en decírmelo. Ante todo somos amigos, y el que intentemos algo entre nosotros, también implica honestidad de nuestra parte. Una vez ya pasé por eso y no me gustó cómo se sintió.
-Así lo haré, Terry. Pero, ¿a qué te refieres con que una vez pasaste por eso?
-Con Candy. – Annie lo miró confusa – cuando decidimos darnos una oportunidad, ella estaba conmigo, pero su corazón estaba con alguien más. No dejaba de hablar de Albert. Albert esto, Albert lo otro. El hombre más maravilloso que había pisado el planeta tierra, era Albert Andrew. No había plática que sostuviéramos, en que Albert no saliera a relucir. Candy no era consciente de ello, pero en ese tiempo hizo que quisiera que Albert fallara de alguna manera, para que dejara de ser idolatrado por ella, para demostrarle que no era tan perfecto como parecía. Pero nunca lo hizo, o al menos no de la manera en que yo quería. Mientras éramos novios, Albert conoció a Josselyn, y ahí fue cuando Candy dejó de Albert constantemente de él, pero al mismo tiempo, se fue apocando, y no era la misma de siempre. Me dolió saber ese hecho, pues al parecer, su alegría se había esfumado con la noticia de que Albert tenía novia. Y luego estaban nuestras carreras que no ayudaban mucho, nos fuimos alejando más y más. Hasta que de común acuerdo decidimos separarnos, fue lo mejor, y hasta pensé reclamarle a Candy su falta de honestidad, pero para ser sinceros, ambos sabemos que no hay nadie más honesta que ella. Así que comprendí que inconscientemente, ella estaba profundamente enamorada de Albert, y que nunca quiso engañar a nadie, solo a ella misma. Le insté a que buscara a Albert, pero me dijo que en esos momentos él no necesitaba de molestias.
-¿Sigues queriendo a Candy, Terry? – No pudo evitar preguntarle Annie.
-No. Ya no, solo es un hermoso recuerdo de mi amor adolescente. Y de que nunca debemos engañar a nuestro corazón. Debemos escucharlo para no cometer los mismos errores que yo cometí en el pasado, con Susana. Y para no cometer el mismo error de Candy, si las cosas no hubieran resultado así – refiriéndose a la muerte de Josselyn – Ellos en estos momentos no estarían a punto de casarse. Por eso, no trates de engañarte si sientes algo por Archivald, Annie. Te lo digo como amigo. – Annie agradeció su gesto, y asintió, dándole la razón a su amigo y... ¿novio? Suspiró profundamente preparándose para lo que venía.
-¿Chicos? Lamento interrumpirles, pero solo los estamos esperando para pasar al comedor. – Los jóvenes, la siguieron hasta donde se encontraban todos reunidos. Una vez hechas las presentaciones, todos pasaron al comedor. El señor Douglas, conocía bien al padre de Annie, pues mantenía ciertos negocios con el señor Britter. En cuanto a la señora Douglas, se mostró emocionada, al conocer por fin a la que fungía como representante en esta parte del continente, de la famosa diseñadora francesa Chantal Dómine. [1]
Minutos más tarde, Hillary entró al comedor, Candy, inmediatamente, hizo las presentaciones correspondientes y fue Jordan la primera que habló.
-Vaya, Hillary, no sabía qué había sido de ti. Después de lo de Víctor, desapareciste de la faz de la tierra. – Jordan era alguien intuitiva, y no le fue difícil sospechar que Hillary trabajaba en ese lugar.
-Es lógico, Jordan. Mi vida no giraba en torno a él, y como bien sabes, he estado ayudando mamá con lo de la administración de los bienes que tenemos. Pero estoy segura que de quien debes estar muy al pendiente es de Víctor, después de todo, estoy más que segura que fuiste tú quien lo consoló. – Girándose a los demás, agregó: - Jordan y yo, fuimos amigas, hasta que prefirió ser la consoladora oficial de mi ex novio.
Todos ahogaron una risa, y la familia Lincoln, lo único que pudo hacer fue fingir demencia. Jordan palideció ante ese comentario e intentó tomarlo a broma.
-Hillary y yo, siempre nos hemos llevado así. Solo es una broma. ¿No es así, Hillary?
-Claro Jordan. Aunque a decir verdad, entre broma y broma, la verdad se asoma. – Miró a Jordan con una fingida sonrisa y trató de cambiar de tema. – Pero ya no hablemos de nosotros, querida, que la verdadera sensación de la noche son Annie y Terry, ¿no es así señora Douglas? – Pero antes de que pudiera responder la mujer, contraatacó Jordan.
-¿Y qué haces aquí, Hillary? No sabía que estuvieran pasándola tan mal como para que te encuentres aquí, trabajando. – Hillary no supo qué responder, y antes de que abriera la boca para contestar, Candy intervino.
-¡Oh, te equivocas, Jordan! Hillary se encuentra aquí, porque, como mi amiga, le pedí que me acompañara en los preparativos de mi boda. Pero, ¿qué les parece si nos dejamos de tanta plática y comenzamos?
Así, todos olvidaron el incómodo momento vivido con las dos jóvenes. Albert y Elroy, solo intercambiaron miradas, pues no sabían exactamente qué había pasado ahí.
La cena se celebró con gran éxito, a pesar del enojo evidente de Archie hacia dos de los invitados. Una vez que terminaron, elogiaron a Candy, por su excelente disposición de la cena. La familia Lincoln, se mostraba muy animada durante toda la noche, excepto Jordan y ahora Samantha se unía a ella. Archie se la había pasado dando su atención a la pareja de Terry, y no estaba nada contenta.
Después se dirigieron al salón del té, para poder disfrutar de la noche. Annie y Terry salieron a pasear al jardín.
-¿Cómo te sientes? – Le preguntó Terry a la pelinegra.
-Pues... creo que todo salió mejor de lo esperado. Aunque por un momento, sentí que Archie me quería desaparecer con la mirada – Los dos rieron de buena gana. Terry le ofreció su brazo para que se apoyara en él, continuaron con su caminata, hasta que llegaron a una fuente en medio de un claro del amplio jardín de la propiedad.
-¿Sentiste algo al verlo?
-Me sentí... la verdad no lo sé. Lo encontré más apuesto, de ser sincera, pero no estoy segura de que sienta lo mismo por él. Han pasado varios años, Terry. Y lo único que quise durante el primer año que estuvimos separados, fue olvidarle. Ahora sinceramente, no deseo saber nada de él.
-Me parece muy bien. Solo espero que sientas algo con esto...
Terry inclinó la cabeza y Annie supo qué pensaba hacer. Ella cerró los ojos y sintió el cálido aliento de Terry sobre sus labios. La tomó de la cintura y ella se aferró a las solapas de su saco. Con delicadeza saboreo de sus labios y ella correspondió gustosa. Hacía años que nadie la besaba, pero el beso le hizo sentir viva nuevamente. Por un momento le llegó el recuerdo de los besos que pudo compartir con Archie y ella aseguró haber sentido su fragancia llegar hasta lo más profundo. Se tensó ante el recuerdo y Terry lo sintió, la aferró aún más a él e hizo que ella olvidara esos recuerdos. Terry estaba por profundizar el beso, cuando una voz con tono colérico, los interrumpió.
-¡Vaya! Pero a quien tenemos aquí. ¿Acaso ya se olvidaron que están en casa de una familia respetable? Qué excelente educación, duque de Grandchester. Y usted... señorita... - El enojo de Archie era evidente, pero fue más evidente que hizo una pausa deliberada cuando llamó a Annie "señorita". Esto hizo que Terry se pusiera a la defensiva y Annie se sintió terriblemente ofendida.
-Pues lamento decirte, "elegante", que rechacé el título, a pesar de la insistencia del verdadero duque. Y en cuanto a mi educación... - Hizo una pausa y sonrió socarronamente, elevó una ceja y pasando un brazo por el hombro de Annie, quien estaba pálida y tensa, continuó – sabes muy bien que nunca he seguido las costumbres al pie de la letra. Aunque me sorprende que seas tú quien hable de educación, cuando obviamente no has estado siguiendo y espiando. Eso no es propio de un hombre tan dado a la educación y las buenas costumbres. – Respondió Terry, sarcásticamente. – Y te exijo que cuando te refieras a Annie, te olvides de hacer esas pausas estúpidas dando a entender otra cosa, es por demás ofensivo y hasta cierto punto ridículo. – Usando un tono de seriedad, Terry, miró con desdén a Archie y trató de pasar a su lado, para alejar más que nada a Annie que seguía muda ante el enfrentamiento.
Pero Archie no se contuvo y lo siguiente que dijo puso de cabeza la situación.
-Yo solo digo lo que es más que obvio, dadas las circunstancias. Ninguna mujer respetable, se aleja lo suficiente de la gente para quedar a solas con un hombre, a no ser que esa mujer sea su... - Terry soltó a Annie, al saber lo que Archie diría a continuación y le lanzó una amenaza.
-¡Cállate, sino quieres que te rompa la boca!
Annie estaba petrificada. Archie seguía diciéndole algo a Terry, pero ni siquiera le puso atención. No había quedado tan mal con Archie para que este se atreviera a insultarla de esa forma. Y se dio cuenta que la Annie de antaño había emergido nuevamente, insegura y dolida ni siquiera había podido contestarle algo a Archie o al menos abofetearlo, como lo hubiera hecho en circunstancias normales. Y se odio por eso. Sin embargo, algo que dijo Terry la regreso a la realidad de golpe.
-¡A no ser que lo que en realidad te moleste es saber que ahora sea Annie la que esté conmigo!
-¡Eres un estúpido!
Y de pronto, la tormenta se desató. Archivald, se lanzó con furia sobre Terry, y le golpeo en el estómago, pero Terry no se quedó atrás y en cuanto se recuperó, le dio un puñetazo en la mandíbula, rompiéndole el labio inferior.
Annie reaccionó, y quiso detenerlos. Pero era inútil, no la escuchaban, y seguían enfrascados en una pelea que se veía venir hacía años, y ahora la bomba había detonado. Annie corrió, a toda prisa hacia la mansión, quería que alguien la ayudara. Albert la observó desde el salón, y en seguida se dio cuenta que algo estaba pasando. Había visto a la pareja salir al jardín, y también había visto como Archie enseguida salía tras ellos. Dejó la copa que sostenía en sus manos, y salió al encuentro de la chica. Candy observó todo y salió tras él.
Una vez que la llorosa ojiazul, les explicó la situación, trataron de desaparecer los más prudentemente posible. Pero todo el mundo se dio cuenta que algo sucedía y salió tras ellos. Cuando llegaron al lugar, todos observaron una imagen demasiado pintoresca. Los jóvenes estaban entrelazados a golpes en el césped, los dos estaban maltrechos y ambos estaban sangrando.
-¡Archivald Cornwell! – Gritó Elroy - ¿Qué significa esto? ¡Para con eso, sepárate inmediatamente del joven Grandchester! – Pero Archie ni siquiera la escuchó. Y prosiguió con su lucha.
Los Lincoln, estaban boquiabiertos. No sabían qué había pasado, pero al ver a Archie pelear con tal énfasis, supieron que era algo muy serio.
Con pasó firme y el ceño fruncido, Albert se acercó hasta ellos y los separó en un movimiento demasiado rápido que no les dio tiempo a los chicos de reaccionar. Los sostuvo a ambos lados de su cuerpo y Candy observó la escena con diversión, parecían dos chiquillos a los que acababa de descubrir su padre haciendo una travesura. Pero lamentablemente no estaban haciendo una travesura.
Albert quiso lanzarles una serie de golpes a los dos, pues seguían tratando de golpearse. Fue James, el mayordomo, quien llegó hasta ellos y sostuvo a Archie. Consciente de la presencia de los Douglas y de la familia de la novia de Archie, Albert decidió acabar con el show que estaban dando su sobrino y su amigo. Pero Samantha trató de hablar con Archie.
-¡Archie! ¿Qué fue lo que pasó para que llegaras a los golpes con el señor Grandchester? – Pero Archie solo tenía ojos para Terry, y se revolvía entre los brazos de James, para zafarse de su agarre. - ¿Archie? – Volvió a llamarle la chica.
-¡No preguntes algo que no es de tu incumbencia, Samantha! – Le respondió Archie groseramente. La chica se sobresaltó por su manera de hablarle y se refugió en los brazos de su madre.
-¡Pero, ¿cómo se atreve a hablarle así a mi hija?! – Le reclamó el padre de Samantha. Pero Archie, se safó con violencia de las manos de George, y empezó a caminar hacia la mansión, sin dar explicaciones a nadie, ni siquiera a la tía abuela quien ya había empezado a lanzarle una diatriba de regaños. Samantha, estaba petrificada y molesta, sabía que Annie Britter era la antigua novia de Archie, solo que él le había asegurado que ya no sentía nada por ella, sin embargo, lo que acababa de pasar le decía lo contrario.
-Te lo dije. Te dije que esa odiosa huérfana, la había traído aquí para que Archivald volviera con ella – Jordan se aseguró de seguir atizando el veneno que le había lanzado a su hermana, en contra de Candy y Annie, durante toda la velada. Con una sonrisa de suficiencia, se alejó de ella detrás de los demás invitados. El matrimonio Douglas se quedó con Albert. Candy seguía consolando a una atribulada Annie.
-Estupendo, mi querido joven Andrew – Le dijo Colin Douglas a Albert – No sabía que en un solo día conocería un poco más de su excéntrica familia – Douglas no tenía pelos en la lengua y se limitaba a decir lo que pensaba, pero contrario a lo que pudiera parecer, el rostro de Douglas, se mostró divertido y se veía que estaba disfrutando la situación.
-Esto no pasa todos los días, se lo aseguro. Pero a estos dos, siempre les gusta terminar así sus encuentros, demasiado entusiastas diría yo, pero jóvenes al fin. – Le contestó Albert, un poco molesto.
-Tranquilo, William. No pasa nada. – Aseguró el hombre.
-Por favor, Terry, permítame limpiarle la sangre. – La señora Douglas demasiado acomedida, tomó su pañuelo y limpió el rostro herido de Terry. Él se sintió más irritado y le permitió hacer, solo para no mostrarse demasiado grosero, pero lo que menos le apetecía era soportar a una señora rechoncha que parecía que se tardaba más de la cuenta en su tarea.
La cordura del señor Douglas, hizo acopio, e intuyendo, por el estado anímico de Annie que algo más había sucedido, tomó a su esposa del brazo y se despidió de todos los presentes.
-¿Te encuentras bien? – En cuanto el matrimonio se retiró lo suficiente, Terry fue hasta Annie.
-No – Le contestó Annie, limpiándose aún las lágrimas – No puedo creer que Archivald me pudiera ofender de esa manera.
-Annie estoy seguro que no lo hizo conscientemente, está algo bebido. – Lo excusó pobremente Candy.
-No estaba ebrio, Candy. Te lo aseguro, estaba en todos sus cabales, y más sobrio que todos aquí juntos. Perdónenme por el espectáculo, chicos, pero no podía seguir permitiendo que ese imbécil insultara a Annie, haciendo esas insinuaciones.
-No te preocupes, Terry. Annie ya explicó todo lo que pasó. Y no apruebo el comportamiento de Archie. Annie, en nombre de mi sobrino te doy y te suplico que lo disculpes. Te aseguro que él lo hará en cuanto sea prudente.
-No es necesario que lo obligues a hacerlo, Albert. Candy, discúlpame, pero no creo que pueda seguir visitándote en esta casa, mientras se encuentre Archivald.
-No te preocupes, Annie. Ya veremos la forma de arreglar el asunto, ahora será mejor que te llevemos a tu casa para que descanses. – Candy la abrazó y la chica empezó a sollozar de nuevo.
-No se molesten – Interrumpió Terry – Yo la puedo llevar.
-¿Estás seguro que puedes manejar, Terry? – Preguntó Albert algo preocupado.
-Albert, tú y yo sabemos que no es la primera vez que tengo una pelea, y créeme que las he tenido peores – Se sobó la mandíbula – Además, tu sobrino golpea como señorita. – El comentario relajó el ambiente y todos rieron con gusto.
-Tanto así que creo que casi te rompió la nariz. – Le dijo Candy.
-No te equivoques, pecas, yo se la rompí a él. Pero será mejor que nos vayamos, Annie. Candy tiene razón y debes descansar.
Albert y Candy se despidieron de ellos en la puerta de la mansión. Una vez que el auto desapareció de su vista, entraron a la casa. Todos se encontraban ya en sus habitaciones y Candy quiso saber acerca de la condición de su primo y lo que la tía abuela le pudo haber dicho.
-Déjalo Candy – Le dijo Albert molesto – lo que la tía le diga bien merecido se lo merece. Mañana hablaré muy seriamente con él. No está bien que haya ofendido a Annie de esa manera, y mucho menos que se haya comportado así delante de su novia. No me siento a gusto con los Lincoln aquí, pero al menos debió pensar y respetar la presencia de su novia.
Un silencio los envolvió mientras se detenían cerca de la puerta que daba al jardín.
-Este ha sido un día demasiado largo. – Resopló Candy, en tono cansado.
-¿Quieres dar un paseo por el jardín? – Albert la miró, y le extendió la mano. Candy aceptó gustosa, con todo lo acontecido, pasar un momento a solas con su novio, sería como un bálsamo.
Al salir, Albert le pasó el brazo por el hombro. Candy se acurrucó contra él y sintió el calor que emanaba de su vigoroso cuerpo. Comenzaron a caminar y Albert la guio hasta una parte algo lejana del jardín que ella no conocía hasta el momento. Un precioso camino bordeado de árboles de cerezos [2]. Las hermosas flores daban un hermoso color a la noche. La luna llena en todo su esplendor, resplandecía en lo más alto del cielo, dándole a la pareja la luz necesaria para realizar su paseo sin ningún problema. Candy estaba entusiasmada por el maravilloso panorama que Albert, una vez más había puesto ante ella.
-En 1912, el gobierno japonés, donó algunos árboles de cerezo al gobierno de nuestro país para mejorar la relación entre los dos países. – comenzó a explicarle Albert – En ese entonces, como recordarás, yo no estaba al frente del clan, por lo que fue la tía fue quien se encargó de recibir de manos de un oficial del gobierno en Washington, un amigo suyo por cierto, unos árboles de cerezo. La tía se encargó de plantarlos y contratar a un experto para que pudiera reproducirla especie. Sobra decir este es el único lugar, que no sea la capital, donde hay este tipo de árboles.
-Ya veo, ¿por eso los tiene tan bien guardados? Se podría decir que están aquí clandestinamente – Aseguró Candy con un tono de diversión. Albert le sonrió ante su comentario. Siguieron caminando, y llegaron hasta un árbol un poco apartado de los demás, con un pequeño claro a su alrededor, con espacio suficiente para que pudieran sentarse.
-¿Quieres sentarte? – Albert se quitó la chaqueta y galantemente la tendió sobre el césped para que Candy se sentara sobre él. Ambos se sentaron y ella recargó su cabeza en el fuerte hombro de él. Albert la abrazó nuevamente y disfrutaron de la vista frente a ellos. Candy observó su rostro, se veía cansado y hasta ojeroso. No era para menos, Albert seguía lidiando con el problema de la separación de bienes del clan, la fiesta de compromiso el sábado, el domingo tenía una reunión con Arnold Fergusson y para el día siguiente, la reunión con el dichoso clan. Y encima la pelea de Terry y Archie, junto con la presencia de sus socios.
Con delicadeza y ternura, Candy elevó su mano para acariciar suavemente el rostro de Albert. Él volteó a verla y ella le sonrió con amor. Ella lo empujó suavemente para que se recostara sobre las raíces del árbol, y así lo hizo. La atrajo más hacia él y ella le dio un beso en la mejilla.
-Te amo – Le dijo al oído. Albert, al sentir su aliento se incorporó un poco, para quedar recargado sobre su codo, y mirarla de frente. Le acarició el rostro y le dio un beso. Ella le respondió de inmediato, parecía que habían pasado años sin que lo hubieran hecho. Los sintieron que algo dentro de ellos despertaba y sus besos y caricias se hicieron más profundos. Albert abandonó sus dulces labios, para dejar un camino húmedo de besos en toda su cara, su mandíbula, llegó hasta su oído y mordió ligeramente su lóbulo. Pero siguió más abajo, el vestido de Candy tenía los brazos descubiertos, con un escote de finos tirantes. Albert los bajó, y empezó a besar sus hombros son tortuosa lentitud, y Candy no pudo contener un pequeño gemido de placer.
-¿Te gusta? – Le preguntó Albert, sin separarse de ella.
-Demasiado – Contestó ella, sin dudarlo un segundo. Albert continuó con su tarea. Cuando abandonó su cuello, una vez más se adueño de su boca y con sus manos siguió acariciando sus hombros y brazos. Candy respondió sin vacilación alguna, y empezó a acariciar su fuerte pecho. Estaban perdidos en su propio mundo y se acariciaban cada vez más íntimamente.
Fue hasta que Candy emitió un gemido gutural y pronunció su nombre con agitación, que Albert volvió a la realidad. Se detuvo abruptamente y se separó un poco de su rostro, la luz de la luna resplandecía sobre el rostro de Candy, y Albert sintió que no podría contenerse.
-Candy...
-¿Qué... qué pasa Albert? – Le preguntó aún aturdida por sus besos y caricias. No quería que se detuviera. - "Recostada aquí, contigo tan cerca de mí, es difícil resistir estos sentimientos – Dijo con voz entrecortada Candy – cuando parece tan difícil respirar. Atrapados en este momento, atrapada en tu dulce sonrisa. –
-Nunca me he abierto a nadie, es tan difícil contenerme cuando te sostengo en mis brazos. Pero no podemos ir tan rápido, vamos a tomárnoslo con calma. – Observó de nuevo su rostro y la vio hermosa, le dio un rápido beso en sus labios. – Solo un beso en tus labios a la luz de la luna. Solo una caricia del fuego que arde tan brillante... - No...no puedo estropear esto, no quiero ensuciarlo, no quiero presionarte demasiado.
-Pero no me presionas, Albert. Yo... yo quiero. – Candy se sorprendió por sus palabras y esperaba que Albert no pensara que era una ofrecida, pero solo decía lo que sentía en su corazón.
-Candy, tu eres la persona que he estado esperando toda mi vida. Así que, cariño, estoy bien...con solo un beso en tus labios.
-Nunca me había parecido esto tan real – Candy empezó a comprender – No, nunca me había sentido tan bien.
Albert la ayudó a incorporarse, si seguía en la misma posición, no se podría contener más. Una vez de pie, Albert le acarició su rostro.
-No quiero manchar nuestro amor en la clandestinidad. Ni tener que disimular ante los demás. Quiero poder llamarte mía delante del mundo entero. Ser tu legítimo dueño, poder pasar una semana entera contigo a solas después de la boda. O un mes. – Confesó después de pensarlo mejor – poder salir de la oficina al mediodía y que todos sepan que es para estar contigo. Poder raptarte sin temor de que nos puedan descubrir, pero lo más importante, quiero que tu primera vez sea inolvidable, en un lugar digno de ti. No aquí, en medio de la noche, y debajo de un árbol. Te amo demasiado, cielo, no puedo hacerte esto.
Candy lo miró con amor y devoción. A pesar de que ella deseaba estar con Albert íntimamente, no pudo evitar enamorarse más de él, con todas las razones que le había expuesto. Cualquier otro hubiera aprovechado esa oportunidad sin reparos, pero él no era como los otros.
-Eres lo más maravilloso que me ha pasado – Afirmó lanzándose a sus brazos – y un hombre extraordinario. Creo que te amo más, si es eso posible.
Se besaron nuevamente, aunque con menos intensidad y empezaron su vuelta a casa. Al llegar, no encontraron a nadie despierto, lo sucedido con Archie dejó a todos sin energías.
-Será mejor que nos despidamos – Susurró Albert, frente a la puerta de la recamara de ella. Le dio un beso en los labios. – Solo un beso de buenas noches, cielo.
-No quiero decirte buenas noches – Contestó ella, haciendo un lindo puchero.
-Es hora de irme. Pero estarás en mis sueños esta noche". [3] –
-¿Es una promesa? –
-Es una promesa... -
Se despidieron una vez más. Pero Candy estaba segura que ella también soñaría esa noche con el amor de su vida...
Los siguientes días fueron de locura. Por un lado los preparativos de la boda y por otro, Archie. El joven no había salido de su habitación y no hablaba con nadie. Para el sábado, Samantha y él mismo estaban con lo nervios de punta. Ella resentida porque a pesar de sus constantes súplicas por hablar con él, Archie no quería ni siquiera verla. Y él... él estaba totalmente confundido. Estaba seguro que su irritación se debía a la presencia de Terry en su casa. Pero al recordar la manera en que Annie se aferraba a él y correspondía ese beso, lo ponía de mal humor, si es que se podía más.
Se suponía que ya no sentía nada por Annie Britter. La había olvidado hace tiempo, mantenía una relación sana y libre con una chica hermosa que lo amaba. Pero, ¿él la amaba? Días atrás estaba seguro que sí. Pero en esos momentos no podía asegurar nada. Annie estaba más hermosa que nunca, mostraba seguridad en sí misma y sabía que trabajaba para una famosa diseñadora francesa. Era independiente y se había liberado de su madre. A su mente volvieron las palabras que la chica le dijo antes de que él partiera hacia Francia: "Por favor, Archie, dame una oportunidad. Te lo suplico, te aseguro que mi madre no volverá a meterse en nuestra relación. Pero no me dejes, te amo". Y también recordó el desdén con el que le había respondido: "Ya no hay tiempo para nosotros, Annie. No puedo darte una oportunidad, ya estoy harto de tu actitud, de tus reclamos y de tu madre. Créeme, es lo mejor para nosotros". Y se había marchado, sin voltear atrás.
¿Y ahora? Estrelló contra la chimenea la lámpara que tenía a lado de su cama. Y lo peor de todo, era que la tía Elroy ya le había advertido que si bien le permitía no bajar ni hablar con nadie, ese día tenía qué estar presente en la fiesta. Tenía que aguantar la presencia de Terry, de Annie, de Samantha, de su padre. Y tenía qué aguantarse las ganas de romperle la cara al aristócrata malcriado. Y después, solo Dios sabía cuando, soportar el sermón que seguramente Albert le daría por su comportamiento la noche pasada. Ya pasaban más de las cuatro de la tarde, la fiesta empezaba a las siete y ahí tendría que empezar a fingir.
Un alboroto fuera de sus habitaciones, lo sacó de sus cavilaciones. Quiso saber qué pasaba y salió al pasillo.
-¿Qué pasa? – Interrogó al mayordomo que iba pasando.
-Joven Archie... - Lo miró el hombre sumamente nervioso y algo pálido – es su tío.
-¿Albert?
-Así es, joven. – Archie se preocupó.
-¿Qué pasa, James?
-Lo que pasa, es que... es que... ha desaparecido...
.
[1]Chantal Dómine es un personaje que esta inspirado en la famosa diseñadora, Gabrielle Chanel, mejor conocida como Coco Chanel. Al leer su biografía, me pareció apropiado que fuera un personaje como ella, quien sacara y ayudara a Annie a superar la tristeza por la que había pasado. En capítulos posteriores, hablaré más de cómo se conocieron. Así que conoceremos más de la vida de esta extraordinaria mujer.
[2]Los árboles de cerezos, sí fueron un regalo del alcalde Yukio Ozaki de Tokio, al gobierno de Estados Unidos, el 27 de Marzo de 1912. Anualmente se conmemora esta fecha en la ciudad de Washington, entre los meses de Marzo y Abril, que es cuando florecen. En el fic, se encuentran a principios de Octubre, por lo que no podían estar floreciendo estos árboles en esa temporada. Solo añadí este pequeño detalle, para brindarle un poco de romanticismo a los rubios.
[3]La parte romántica del jardín, a partir de donde empiezan las comillas, cuando Candy empieza a hablar, está inspirada, en la canción "Just a Kiss", primer sencillo del álbum "Own the nigth", del grupo estadounidense de música country Lady Antebellum. La canción fue basada en las experiencias personales de los miembros del grupo. Para quienes no conozcan el trabajo de esta banda, se los recomiendo ampliamente, tiene canciones magníficas.
CONTINUARÁ...
