La voz de mi corazón.
Por Lu de Andrew
Capitulo 9
OoOoOoOoOoO
24 horas antes... Viernes, 4 pm.
El hombre se removía incomodo en la silla del lujoso restaurant en el que fue citado. Hasta el momento una pequeña esperanza, surgía en su interior. Tal vez "ella", era la que trataba de ponerse en contacto con él.
De pronto, una figura femenina, se posó frente a él. Con el ceño fruncido, examinó a la mujer que con toda la confianza del mundo, se sentó en la silla a su lado.
-Buenas tardes doctor Sullivan. – La voz suave de esa joven llenó toda la mente de Edward Sullivan. No sabía quien era, pero sabía que esa joven era demasiado hermosa para olvidar tan fácilmente su rostro. No. No la conocía.
-Lo siento, señorita, pero creo que estoy en completa desventaja. Yo no la conozco, pero por lo que veo, usted a mi sí.
-¡Oh! – Exclamó la joven fingiendo modestia. – Es cierto, no me he presentado correctamente, mi nombre es Jordan Lincoln. Y para su propio bien y el mío, estoy muy cerca de quien fue su prometida.
-¿Se refiere a Candy?
-Hmmm, sí, creo que así la llaman, ¿no es cierto? Pues bien, yo sé que usted no quedó conforme con su separación de ella, y creo que está más que enterado que mañana se celebrará en la mansión Andrew, la fiesta de compromiso entre ella y William. – El joven galeno, la observaba boquiabierto, esa mujer sabía mucho de él. No le gustó esa idea y quiso poner fin a la plática tan absurda que la joven estaba sosteniendo en su soliloquio.
-Le agradezco su recordatorio, señorita Lincoln, ¿pero para eso me hizo venir hasta acá? Lamento decirle que no pienso perder mi tiempo en ese tema tan comentado por todo el país.
Edward se incorporó y decidió salir del lugar. Era lo mejor, podría estar buscando la manera de ver a Candy y hablar con ella, lejos de los ojos de los Andrews, en vez de estar escuchando a una joven caprichosa que de seguro lo que quería era escuchar algún chisme para cotillear con sus amigas. Pero cuando pasó a lado de Jordan, la voz de ella, lo dejó estático.
-Yo sé cómo evitar ese compromiso y su posterior boda. – Afirmó. – Y sí usted me ayuda, lo lograremos sin duda alguna, y no fracasaremos. ¿Qué piensa? ¿Esa idea sí le interesa? – Edward se giró para quedar de frente a ella, y vio una sonrisa que no le dejó lugar a dudas, esa chica tenía un plan brillante. Y él lo aprovecharía, no permitiría que Candice White, se casara con William Andrew.
-¿Qué hay que hacer? – Preguntó sentándose de nueva cuenta...
OoOoOoOoOoO
Sábado, 8:00 am.
Albert caminaba por la mansión buscando a la causa de sus insomnios.
Candy.
Después de esa noche casi mágica en el jardín de los cerezos, no había podido estar tanto junto a ella, como él hubiera querido. La tía Elroy, prácticamente la había secuestrado y no la soltaba ni a sol, ni a sombra. Y todo era porque tenían que ultimar los detalles de la dichosa fiesta de compromiso. ¿Para qué tenía que armar tanto escándalo? Si para él, con que supieran sus seres queridos era suficiente. Y ahora Candy parecía que había desaparecido, y la tía lo había mandado para que la buscara y siguiera la prueba de su vestido. Annie tenía media hora de haber llegado.
De pronto, supo que era posible saber donde ubicarla.
Salió de la mansión, y caminó hasta el lugar donde sus recuerdos lo llevaban constantemente. Y al llegar, la vio ahí, entre los cerezos en flor. En el mismo lugar que estuvieran la noche pasada. Estaba de pie, abrazándose a sí misma, con los ojos cerrados y el viento rozando meciendo sus rizos. Acariciando su piel.
Sin poder resistirse, caminó hasta ella y le rodeó la cintura. Le dio un delicado beso en su cuello y le susurró al oído:
-Te extraño.
Candy dio un fuerte suspiro y abrazó los fuertes brazos de su novio.
-No más que yo.
La sintió tensa, y supo que algo andaba mal.
-¿Qué pasa, Candy? – La giró para tenerla frente a él.
-La señorita Pony y la hermana María, no vendrán. Me mandaron un cable, al parecer algunos niños están enfermos y no quieren dejarlos solo con las demás profesoras. Ya sabes como son ellas.
-¿Es algo grave?
-Al parecer no. Dicen que si pasa algo más, me avisaran de inmediato.
-¿Quieres que se posponga la fiesta para cuando ellas estén presentes? – Preguntó con cariño, Albert, acariciando su mejilla.
-No. Es decir, las extrañaré, pero estaré contigo y eso me reconforta. Además me dijeron que ni siquiera lo pensara. En cuanto todo esté más tranquilo, iré a verlas.
Pero Albert sabía que eso no era todo, podía verlo en el rostro que tanto amaba.
-Hay algo más, y no me digas que no. – Candy suspiró de nuevo.
-Estoy un poco abrumada por las exigencias de la tía – Confesó un poco apenada, por sentirse así - ¡es que todo es un caos! La tía no deja de dar órdenes, no me ha dejado en paz con lo del catering, durante 48 horas he tenido que ver la gran diferencia entre color marfil y arena, yo veía los colores igual, es más; ¡creía que eran beige! ¿Te imaginas lo que sentí cuando le dije que "estaba bien el beige" que había escogido para las servilletas? ¡Casi le da un infarto! Y luego la orquesta, decidió que era mejor un cuarteto de cuerdas de Boston, que solo toca música clásica, a la orquesta que según ella, solo sabe tocar música demoniaca. – Albert no pudo contenerse ante esa aseveración de Candy, y comenzó a reír, no creía que su tía fuera tan obsoleta y se opusiera a la modernidad.
-¿Música demoniaca?
-Sí, Albert, así la llamó. Y, ¡no te rías! – Con cierta molestia se alejó de Albert y cruzó sus brazos sobre su pecho. Albert se calló de inmediato y comprendió a Candy. Un pequeño temor se adueño de su corazón. Temía que todo eso asustara a Candy, y ya hubiera tomado una decisión, Tenía miedo de que quisiera terminar con él.
-Hablaré con la tía, debe ser más comprensible. No estás acostumbrada a esto – Quiso sonar despreocupado, pero su en su voz se notó la tensión y el miedo que sentía.
Cuando terminó de decirle eso, Candy, lo observó durante un momento. Lo conocía demasiado bien para notar en su voz que algo tenía. De inmediato corrió a abrazarlo, temía que quisiera dejarla, por no ser lo suficientemente sofisticada como para no poder soportar las tediosas costumbres sociales.
-No quise sonar molesta, solo estoy un poco desquiciada con la rapidez con la que se tuvo que preparar la fiesta. – Sin dejar de abrazarlo, lo miró a los ojos. Se perdió en la mirada celeste, se dio cuenta que era eso lo que en realidad la tenía molesta.
No había tenido mucho tiempo para ver a Albert. Necesitaba abrazarlo y sentirlo para cerciorarse que era real.
Lo tomó del cuello y le dio un beso. Albert respondió de inmediato y la tomó de la cintura. La tensión desapareció a medida que profundizaban el beso. Era lo que ambos necesitaban.
-Te amo – Le dijo Albert cuando se separaron un poco.
Candy no respondió. Estaba pérdida en la magia del momento. Solo sonrió con los ojos aún cerrados.
-¡Ya sé! – Lo dijo tan de improviso que hasta hizo saltar a Albert. - ¡Fuguémonos! – Albert no podía creer lo que oía. Y no porque le molestara la sugerencia de su novia, sino porque los últimos días, él había pensado exactamente lo mismo.
-¿Fugarnos? ¿Sabes lo que significa?
-Sí. Que seré tú esposa antes de lo planeado y nos saltaremos la parte de las fiestas y eso. – Estaba tan feliz ante la idea que saltaba como una niña, Albert sonreía al verla así. Solo porque estaba seguro que cuando se le pasara la euforia le diría que no, en esos instantes irían tomados de la mano hasta el registro civil más cercano. - ¡Será magnífico! Ni a ti ni a mi, nos gustan los convencionalismos, lo haremos a nuestro modo y...y... cuando regresemos tendré que atender a la tía del ataque que de seguro sufrirá por mi culpa. – Terminó como cuando a un globo se le sale todo el aire y termina volando hasta caer al suelo. - Es una pésima idea, ¿verdad?
Albert le brindó una sonrisa tranquilizadora. Le tomó de su rostro con ambas manos y la vio con tanto amor, que Candy pensó que se le detendría el corazón.
-Es una idea estupenda, si no estuviera de por medio la tía Elroy. Me encantaría fugarme ahora mismo contigo y dejar todo botado para casarnos lo más pronto posible.
-Pero es imposible. Creo que estaba cansada de vivir bajo el mismo techo y casi no verte. Y cuando tú estás en casa, no poder estar contigo, porque hay algo que preparar para la fiesta. Mis nervios no lo podían soportar. ¿Me perdonas por estar tan paranoica?
-Yo me sentía igual, así que te comprendo. Pero solo quiero que me prometas una cosa.
-¿Qué cosa?
-Que nunca dejarás de ser tú. No importa lo que los demás digan o piensen, nunca abandones tu forma de ser, porque por eso me enamoré de ti. Y si hay algo que no te agrade de ahora en adelante, habla con mi tía, serás la señora de esta casa, Candy, debe empezar a respetar tus decisiones. ¿Me lo prometes?
-Sí. Creo que será mejor que regresemos a casa.
Caminaron tomados de la mano, Candy no quería separarse de él. Y sintió que en ese momento lo amaba más que antes.
Antes de entrar a la mansión, el mayordomo los vio y se apresuró para llegar hasta ellos.
-Señor, un caballero lo busca. Le dije que este día no recibiría visitas, pero insistió en verle. Dijo que en cuanto supiera quien era, lo atendería.
-Bien James, ¿te dijo quien era?
-Me dio su tarjeta señor.
Albert tomó la tarjeta que le extendió su empleado y frunció el ceño.
-Está bien. Hazlo pasar al estudio. En cinco minutos estaré ahí.
-Muy bien señor.
-¿Es algo malo, Albert? – Preguntó preocupada Candy.
-No cielo, solo que no sé porque no esperó hasta mañana. Es Arnold Fergusson. Aunque tal vez sea mejor arreglar todo desde hoy, tal vez el lunes no necesite reunirme con el consejo – Subió su mano que todavía tenía la de ella entrelazada y depositó un tierno beso en ella. – Pero no te preocupes, todo saldrá bien. Tengo que dejarte, corazón, pero te veo más tarde, ¿sí?
-Está bien, espero que todo salga bien. – Se estiró un poco para darle un beso fugaz en los labios y Albert la abrazó y se fue al encuentro del hombre.
Hillary llegó de inmediato para decirle a Candy que Elroy estaba buscándola para la prueba del vestido. Las dos subieron hasta su recámara para encontrarse con Annie y una costurera que había llevado de la boutique, en caso que el vestido de Candy necesitara alguna compostura...
Mientras tanto, Albert se encontraba cara a cara con el hombre que supuestamente quería arrebatarle la presidencia del clan. Arnold Fergusson, era un hombre totalmente distinto a como Albert se lo había imaginado. Tenía ante él, a un hombre fuerte y decidido, se notaba que no había tenido una vida cómoda, sus facciones y las asperezas que pudo sentir en sus manos al saludarlo se lo demostraban. "Un hombre trabajador", admitió con pesar. Pero si así era, ¿por qué quería quitarle algo que con tantos trabajos y sacrificios había logrado?
Para Arnold Fergusson la impresión no fue menor. Su abuelo hablaba de William Andrew como un enclenque niño mimado, Arnold se sorprendió con el hombre que tenía ante él. Era un hombre educado, se notaba a leguas, su porte lo delataba. Exudaba confianza y seguridad en sí mismo. Nada que ver con el hombre aniñado que había pensado que era. "Un digno rival", pensó irritado.
Después de estudiarse mutuamente como dos especímenes en laboratorio, Albert le indicó con un ademán que tomara asiento en un sillón de piel frente a su escritorio. Le ofreció algo de beber y empezaron su plática.
Al principio intentaron ser amables entre ellos, pero la tensión demandaba que pusieran las cartas sobre la mesa.
-Lo que le estoy diciendo William, es que no tiene necesidad de casarse solo por conservar la presidencia. Este es un juego en el que solo tenemos partido mi abuelo y yo. – Albert lo miró con desconfianza.
-¿Quiere decir que renuncia a la presidencia?
-En realidad nunca aspiré a ella.
-No le entiendo Arnold.
-Mire, como le dije, es algo entre mi abuelo y yo. Legalmente no soy Fergusson, el viejo tramposo, solo fingió darme su nombre legalmente, para poder manipularme a su antojo. Él intenta quitarle la presidencia, fingir dejarla en mis manos y cuando salga a la luz que mi reconocimiento no es legal, arrebatarme las empresas para dirigirlas él por su cuenta. Un plan maestro, sin duda, solo que el viejo no cuenta con que mientras él va, yo ya vine dos veces. Me críe en la calle, señor Andrew, tengo contactos y sé reconocer a los tramposos a kilómetros de distancia. Mi fortuna, contrario a lo que todos piensan, la hice de manera legal, creando mi propia compañía para surtir de material ferroviario a toda Inglaterra.
Albert no sabía si creerle o no. Pero sentía que lo que estaba diciendo era cierto, y conociendo al viejo Fergusson, podía esperar eso y más.
-Muy bien, - Contestó Albert – digamos que le creo. Que no tiene ningún interés por nuestros negocios ni lo que representan. Pero, ¿por qué no lo dice frente a todo el consejo para desenmascarar a su abuelo?
-Mi abuelo y algunos viejos del concejo me deben algo y pienso cobrármelo. No voy a desenmascarar a nadie el lunes, pero tampoco aceptaré la presidencia. – Albert lo observó dudoso. – No espero que me comprenda, pero como le mencioné, ese es mi juego.
-Tiene razón, no lo comprendo. Pero supongo que habrá que esperar al lunes. – El rubio pensó que ahí había concluido la plática, hasta que vio que el hombre frente a él, pensaba lo contrario. Pero supongo que no es todo lo que piensa decirme, ¿o me equivoco?
-Me agrada conocer a alguien tan perspicaz como yo. No, no es todo lo que quiero decirle. Para empezar, desearía que de ahora en adelante me conozca por mi nombre de... ¿como lo llamó mi abuelo? ¡Ah sí! Mi nombre de bastardo, Ethan Campbell, el apellido de mi abuelo materno. Así me puso mi madre cuando todos le cerraron las puertas y era un sacrilegio que usara el apellido Fergusson.
-No tiene que ser tan cruel consigo mismo, Ethan – Albert utilizó el nuevo nombre, comprendió el dolor que debía sentir al recordar a su madre, lo vio en sus ojos. – En mi caso, le doy poca importancia al origen de las personas. Muchos hablan del linaje y la finura de algunas personas. Pero siempre he pensado que eso del pedigrí solo es para los perros. – Su comentario hizo que Ethan esbozara una sonrisa.
-¿Por eso adoptó a Candice? – La pregunta le tomó desprevenido. E inmediatamente se puso alerta.
-Adopté a Candy por diversas razones. Pero me gustaría que me explicara como sabe de ella. – Inquirió con molestia.
-No se moleste señor Andrew, pero es obvio que todos saben que se va a comprometer con quien fue alguna vez su protegida. Y no lo juzgo, la jugada que hizo fue magnífica, comprometerse con alguien de la familia para no perder la presidencia y al mismo tiempo asegurar la fortuna, nada quedará fuera de la familia. Pero ya le dije que no será necesario hacerlo, no tiene necesidad de casarse, el concejo no puede hacer nada si no hay quien reclame la presidencia.
Albert sintió poco a poco la ira crecer dentro de él. Ese hombre insinuaba que se iba a casar con Candy por conveniencia.
-Y usted espera que le dé las gracias, pues me está haciendo un enorme favor – Contestó Albert con sarcasmo – espera que salga ahora mismo y le diga a "quien fue mi protegida", que ya no necesitamos casarnos. Y me imagino que usted estará dispuesto a consolarla... - Hizo una pausa, para contenerse. - ¿Me equivoco?
-Es muy hermosa, y sí espero que haga exactamente eso – La poca empatía que Albert sintió por ese hombre se desmoronó y dio paso al hombre enamorado dispuesto a defender lo suyo.
¿¡Pero quien se cree que es!? ¡Óigame bien, como quiera que se llame, mi boda con Candy nada tiene que ver con esa estupidez! ¡No pienso darle explicaciones, así que abandone de una vez mi casa!
-Entonces, ¿piensa obligarla a casarse con usted?
-¿Y usted quien se siente? ¿Un adivino? ¿Qué le hace pensar que Candy se casará conmigo, por obligación?
-Es típico en ustedes los ricos, su rancia sociedad arruina la vida de las jóvenes, obligándolas a casarse con alguien a quien no quieren solo por dinero. Y usted querrá hacerse muy justo y benévolo, pero sigue siendo un riquillo con ansias de obtener hasta el último quinto. Deje a Candy, señor Andrew, se lo digo por las buenas, déjela, o verá de lo que soy capaz el próximo lunes. Ya sabe mis intenciones, pero si usted sigue adelante con sus planes, me veré obligado a seguir los planes de mi abuelo y dejarlo sin nada. Así que, usted decida.
Ethan salió dejando a Albert trabado del coraje, no le había dado oportunidad de nada. Pero cuando vio que salía, lo alcanzó a unos metros de la puerta.
-Será mejor que se olvide de Candy, Fergusson, me importa un bledo lo que piense e intente hacer. Ella se casará conmigo, le guste o no. ¿Y sabe por qué lo hará? – Albert se acercó hasta él para decírselo a escasos centímetros de su oído – Porque me ama.
Ante la perplejidad del hombre, Albert se alejó, reuniendo todo su auto control, no podía perder los estribos el día de su compromiso, con tanta gente en la mansión. Pero deseó haber estado a solas con él, para darle su merecido.
-Muéstrale al señor el camino, James.
El mayordomo se apresuró hacia donde estaba el hombre parado, claramente no esperaba esa respuesta, estaba completamente convencido que Candy solo se casaba William sintiéndose obligada.
Se dio media vuelta para salir junto al mayordomo. Pero antes de atravesar el umbral de la puerta escuchó una voz femenina.
-¿Qué hace usted aquí? – Hillary lo observaba con recelo, cuando bajaba las escaleras, se dio cuenta que ese era el hombre que había salvado a Candy en el consultorio del doctor Martin. Ante el silencio de Ethan, la chica pudo atar cabos, pues Candy le había platicado que Albert estaba platicando con Arnold Fergusson. - ¿Acaso es usted, Arnold Fergusson?
-El señor Fergusson ya se retira, señorita. – Interrumpió el mayordomo, ansioso por cumplir las órdenes de su patrón. Pero Ethan no pensaba irse tan pronto después de tan atractiva interrupción.
-Mi nombre ya lo sabe señorita. Soy Ethan Campbell. – Hillary lo miró con suspicacia.
- ¿Acaso sufre de doble personalidad? – Ethan sonrió complacido.
-¿Sabe señorita? Desde que la conocí, supe que no era como todas las mujeres. No confió en mí, y ahora ya sabe quien soy, ¿tiene alguna otra cualidad escondida? – Hillary parpadeó confundida, por un momento pensó que ese hombre se enojaría, y ahora, ¿acaso la estaba elogiando? - ¿Al menos podría saber su nombre?
Ethan seguía son esa sonrisa en su rostro y Hillary pensó que se veía muy atractivo. La había dejado sin habla y no supo qué contestarle. Así que reunió todo su coraje y por fin le dijo:
-¡Pero qué tipo más fresco! Lo único que puedo decirle es que espero que William lo haya puesto en su lugar. – Sin más, la chica regresó tras sus pasos y subió las escaleras.
El mal momento que había pasado, se esfumó como por arte de magia. Ethan, siguió con la mirada el maravilloso cuerpo de esa chica. Salió de la mansión decidido a averiguar el nombre de la segunda mujer que no había caído presa de sus encantos. La primera era Candy. Y con inseguridad, se preguntó si en realidad valía la pena luchar por una mujer que en realidad no conocía y que cuando había hablado de "Albert", había hablado de él casi con adoración.
Con cierta vergüenza por la escena que había montado en casa de Albert, decidió que por lo pronto dejaría todo por la paz. Ahora toda su mente le exigía averiguar quien era esa joven que de alguna manera ya había llamado su atención...
Sábado, 6:30 pm.
Después de que Archie estuviera enterado de la desaparición de su tío, se había unido a la búsqueda por toda la mansión. Junto a Terry salieron a caballo, para buscar a Albert en el extenso jardín de la propiedad. Candy, Annie y Hillary, se encontraban en la mansión, junto al señor Douglas y el resto del servicio.
Los Lincoln, se habían encerrado en sus habitaciones, y Elroy estaba con la señora Douglas, quien estaba cuidando de la tía, pues había sufrido un ataque de nervios.
-Tienes que tranquilizarte Elroy, verás que William aparecerá cuando menos te lo esperes.
-Es que para empezar, ¿A dónde fue? No me dijo que tuviera que salir a ningún lado, y mucho menos hoy, es muy raro todo esto. ¿Y si alguien le hizo daño? De lo solo pensarlo siento que me muero. – La tía derramaba lágrimas de desesperación, se sentía impotente ante esa situación. – No sé por qué George no está aquí, él sabría qué hacer. – Se sentía acabada, esperaba que su sobrino querido apareciera, era tanta su preocupación que hasta de la fiesta se había olvidado.
-Señora, perdone que la moleste, pero los invitados ya están llegando. – Era el mayordomo quien había abandonado la búsqueda para hacerse cargo de los recién llegados.
-¡Oh, por Dios! ¿En donde está Candice?
-Se encuentra en el cuarto piso, junto a las señoritas Britter y O'Neill. ¿Desea que vaya a buscarla?
-Creo que debe ser ella quien reciba a los invitados – Dijo Elroy toda confundida.
-No creo que sea buena idea que Candice haga eso, Elroy. Está demasiado afectada, pobrecita, estaba actuando como autómata la última vez que la vi.
-Tienes razón, Martha, debo ser yo quien lo haga – Elroy trató de ponerse de pie, pero de pronto todo se puso oscuro y cayó al piso. El mayordomo corrió a levantarla y la recostó en el sofá.
-¡Tía! – Exclamó Archie en el umbral de la puerta, él y Terry habían interrumpido su búsqueda en el jardín, este era muy extenso y la luz del día se estaba escaseando. Así que tuvieron que regresar para que más gente los ayudara.
-¡Oh, joven Archivald! – Exclamó la señora Douglas – Los invitados ya están llegando, su tía quería ir a recibirlos.
Archie sintió que se quedaba sin aliento. Todo se estaba complicando y no podían hacer nada.
-James, ve a buscar a la señorita Candy, dile que la tía se desmayó. ¡Rápido!
El mayordomo salió volando, mientras Archie se quedó en cuclillas tomando la mano de su tía.
-Archie, si deseas yo hablaré con los invitados en cuanto terminen de llegar. – Archie sintió la mano de Terry en su hombro, dándole su apoyo, mágicamente habían olvidado su pelea ocurrida unos días antes.
-Te lo agradezco, Terry. Pero seré yo, quien hable con ellos. Lo que si te acepto, es que me acompañes al hacerlo.
-¿Qué les dirás?
-La verdad...a medias. No puedo decirles que el patriarca de los Andrew ha desaparecido.
-Tienes razón.
Candy llegó corriendo, con los ojos anegados en lágrimas. No quería pensar en nada, excepto que su Albert estaba con bien en alguna parte. Llena de preocupación examinó a la tía, le tomó la presión y revisó su pulso. Le dio a oler sales, y poco a poco, Elroy fue despertando.
-James, por favor, tráeme un poco de agua con azúcar. – Con solo mencionar su nombre, Candy sintió que deseaba ser ella quien pudiera desmayarse y evadir la realidad. El mayordomo obedeció y fue a la cocina.
Les informó a todos que había sido una baja presión lo que ocasionó el desmayo.
-Tranquilícese, tía. – Le habló con ternura Candy. – Le daré un poco de agua con azúcar y eso le ayudará a regularizar la presión. Ahora debe descansar.
-Pero Candy, ¿ya encontraron a William? – Preguntó con lágrimas en los ojos.
-No tía, pero ya verá que no tardan en traerlo con bien. Ahora, con cuidado, trate de sentarse.
Cuando Elroy se incorporó, le dio a beber el agua, y la acompañó hasta su recámara. Hillary fue con ellas y le dijo a Candy que ella cuidaría a Elroy, quien estaba ofuscada y demasiado cansada. Candy le administró un sedante e inmediatamente se quedó dormida, repitiendo el nombre de su sobrino.
Candy empezó a deambular por el pasillo. No había ningún lugar en toda la mansión en que no hubieran buscado a Albert, se estaba empezando a desesperar, tenía ganas de salir a la calle y gritar su nombre. Descorazonada, caminó hasta llegar a una habitación que estaba entre abierta, se dio cuenta que pertenecía a Jordan, dio la vuelta, pero escuchó algo que la hizo detener sus pasos.
-Pero no le dirás a Candice, ¿verdad? – Era Samantha, quien hablaba.
-¡Oh! Por supuesto que no. ¿Te imaginas lo que sentirá si se entera que tal vez William ya no se casará con ella? Pobre, tal vez la desaparición de William tiene que ver con su decisión. – Contestó Jordan con fingida empatía.
-¿Desaparecer para no decirle nada a ella? ¿No crees que sea algo drástico?
-Pues yo lo escuche muy interesado, cuando ese hombre que vino a verlo por la mañana le dijo que ya no era necesario casarse con ella. Le dijo algo así como: ¿Entonces me está diciendo que puedo olvidarme de la boda? Como comprenderás, no pude quedarme más tiempo, pero cuando ese hombre se fue, se despidieron muy amigablemente y William solo le dijo: Muchas gracias.
Candy ya no soportó más y cuidando que no escucharan sus pasos, se fue. Entró a su habitación, quería distraerse, pensar en otra cosa, menos en que Albert pudiera estar pensando en dejarla.
No. Albert no le podía hacer eso. Le había dicho que la amaba, se lo había demostrado en sus besos y caricias.
No.
Debía ser otra cosa, tal vez quería darle una sorpresa y llegaría en el momento indicado para empezar la fiesta. ¡La fiesta! Por un momento se había olvidado de ella. "Tal vez la desaparición de William tiene que ver con su decisión", las palabras de Jordan le resonaban en su cabeza. Se tapó los oídos como si la estuviera oyendo en persona.
Subió hasta la habitación de Elroy, necesitaba desahogarse con alguien.
Hillary la recibió. Salieron un momento y Candy la guio hasta su recámara. En ella, y con el habla entre cortada por los sollozos, le contó la plática que escuchó.
-¡No puedes creerle, Candy! – Le dijo Hillary molesta – Ya sabes que esa mujer es capaz de todo, y no escatima en recursos para lograr sus cometidos.
-Pero no me lo dijo a mí, Hillary. Se lo estaba platicando a su hermana, ¿cómo iban a saber que yo pasaría por ahí? Además, ¿a qué vino el tal Fergusson por la mañana? Él no me comentó nada.
-La señora Elroy no te dejó en ningún momento a solas, Candy. Tal vez se deba a eso. Por qué no te tranquilizas, te aseguro que William, llegará en cualquier momento. – Hillary no estaba segura de nada, pero tenía que decirle algo.
Archie en esos momentos, estaba delante de la concurrencia. Había murmullos en todas partes, ya se estaba especulando la razón por la cual ningún miembro de la familia les había dado el recibimiento acostumbrado.
-Buenas noches, familiares, amigos, socios. Estimados miembros de la prensa, yo, Archivald Cornwell, en representación de mi querida familia, les informó, que debido a causas ajenas a nuestra voluntad, penosamente, la fiesta de compromiso entre la señorita Candice White y William Andrew, se ha pospuesto.
Una ola de susurros inundó el salón. Los periodistas no perdieron oportunidad en preguntarle por los novios.
-Mi tía, la señora Elroy, está indispuesta. Sufrió un problema con su presión y como mi prima es doctora, ordenó descanso absoluto. – Fue la escueta respuesta que dio Archie, tampoco quería mentir descaradamente.
-Pero no nos ha contestado señor Cornwell, ¿los novios tienen algún problema? ¿Aún se casaran? – Repitió el molesto reportero.
-Los novios no han cancelado nada y mucho menos la boda, pero creo que comprenderán, que en situaciones como esta, es imposible continuar con los planes del día de hoy. No esperaran que si alguien de la familia esta enfermo, haya una fiesta justo aquí mismo, divirtiéndonos.
-Por supuesto que no, señor. Esperamos que la señora Andrew, se recupere pronto.
-Gracias a todos por su presencia, y por favor, acepten nuestras más sinceras disculpas. No duden que en cuanto cambien las circunstancias, se los haremos saber.
Archie salió de inmediato del salón, obviando las preguntas de sus propios familiares. Dispuso que James despidiera a todos, sin excepción alguna. No quería que más personas se enteraran de la situación.
-Archie, son las ocho de la noche, Albert no se encuentra en ninguna parte dentro de la mansión. – Comentó muy preocupado Terry. – Creo que será mejor que des parte a la policía.
Archie sin dudarlo, buscó la agenda de Albert. Su tío era buen amigo de un detective en la policía de Chicago, él podría manejar el asunto con total discreción. Después de hablar con el policía, Archie decidió poner algunas cosas en orden. Primero se aseguraría de ver como estaban su tía y prima. El matrimonio Douglas, estaba en su recámara descansando, hasta ver si tenían noticias del patriarca. Y por último, tendría que sacar a la familia de su novia, si es que Samantha aún lo era, de la mansión. Le pidió a Terry que en cuanto llegara el detective Cohen, le atendiera por si él aún no regresaba de lo que tenía que hacer.
Primero fue a ver su tía, pero se encontró a alguien que no esperaba.
-Archie – Lo llamó Annie, que caminaba por el pasillo superior de las habitaciones, le llevaba algo de comida a Candy y Hillary.
-Annie. Permíteme ayudarte. – Tomó la bandeja que llevaba la chica en sus manos. Ninguno de los dos esperaba que su siguiente encuentro fuera de esa manera.
-Gracias. ¿No han tenido éxito en la búsqueda?
-No. Pero ya llamé a un detective, esto me está desesperando cada vez más. Temo que de verdad alguien haya querido hacerle daño a Albert.
-No te preocupes – Le dijo, tomándole el brazo. Archie la miró profundamente y Annie lo soltó inmediatamente, no quiso admitir que estaba nerviosa ante él.
Annie agradeció que había llegado a la habitación de la tía. No quería estar sola más tiempo con él. Archie entró y lo que vio le rompió el corazón.
En la cama yacía la gran Elroy Andrew dormida, pero se le notaba vulnerable e indefensa. Hilary a su lado sentada en un sillón, la miraba preocupada y su vista pasaba de Elroy a Candy, quien parada frente a la ventana, mirando la oscuridad del jardín. Lloraba en silencio y se retorcía las manos en señal de desesperación.
-Candy – La llamó en voz baja, para no despertar a Elroy.
La rubia corrió a los brazos de su primo. Archie la recibió y durante largo tiempo la consoló con palabras dulces, al tiempo que dejaba que ella se desahogara. Cuando estuvo más tranquila, logró hablar sin que su voz se quebrara.
-¿Ya lo encontraron?
-No. Lo siento, pero ya no podemos hacer nada, llamé a la policía y no tarda en llegar. –
-Tienen que comer algo. – Habló Annie mirando a Hillary y a Candy – no han probado bocado desde la mañana y deben recuperar fuerzas.
-No tengo apetito – Respondió Candy, cansada.
-Come algo y después debes tratar de dormir un poco. No sabemos a qué hora estará Albert de regreso. – Le instó Archie.
-¿Y si no regresa? – Esa posibilidad se había vuelto más tangible para los jóvenes presentes conforme pasaban las horas. No podían darle una respuesta segura a Candy, pero dicen que la esperanza muere al último.
-Regresará Candy, confía en eso.
Con las palabras de Hillary en su mente, Candy se dispuso a comer. Archie aprovechó para dejar a su prima en compañía de sus amigas. Le pidió a Annie que en cuanto terminara de comer, la convenciera para que fuera a descansar.
Salió directo a la habitación que ocupaban los padres de Samantha, tenía que pedirles que se fueran de la casa, James le había informado de la actitud extraña y misteriosa de Jordan deambulando por la casa y escuchando detrás de la puerta, por ello desconfiaba de toda la familia, y sabía que no dudarían en filtrar la información de que Albert estaba desaparecido, a la prensa. Tenía que remediarlo de inmediato. Afortunadamente, toda la familia estaba reunida, en el mismo lugar.
-Buenas noches – Saludó cortésmente, Samantha se puso de pie, pensando que iba a decirle algo a ella. Pero la chica notó con desilusión que Archie apenas la vio, su atención estaba dirigida a sus padres.
-Buenas noches, Archivald. ¿Ya apareció su tío? – Con una mirada que no supo descifrar el joven Cornwell, el señor Lincoln, lo recibió de muy amable manera. Una actitud demasiado amistosa después del escándalo que protagonizó en el jardín con Terry.
-Ya – No le gustaba mentir, pero era necesario hacerlo.
-¿¡Ya!? ¿¡Tan pronto!? – Gritó Jordan, casi desesperada. Notó la mirada suspicaz que le dio Archie, y recompuso su postura. – Quiero decir, que...que ...que bueno que haya sido tan pronto.
-Me da gusto, Archivald. Pero, ¿por qué pospusieron la fiesta?
-Mi tía Elroy, se encuentra delicada de salud. En estos momentos se encuentra descansando en su habitación. Nos pareció muy inapropiado celebrar algo, estando ella en ese estado.
-Y, ¿en donde encontraron a William? – Inquirió Jordan.
-Lo importante es que apareció, ¿no crees? Lo demás es algo irrelevante. En tal caso, primero que nada, quiero extenderles mis más sinceras disculpas por la situación que han tenido qué soportar...por mi causa, obviamente.
-No esperaba menos de usted, Archivald. Y espero que le dé una satisfacción a mi querida Sam, después de todo, no es un secreto que su pelea se suscitó a causa de la joven Britter. Sé que fueron novios años atrás, tal vez ella no haya comprendido del todo la nueva situación, y provocó a usted y al joven Grandchester para...
-Annie no tuvo nada qué ver en esa pelea, señor. En dado de los casos, fui yo el culpable de esa pelea. – La sola insinuación molestó a Archie, miró molesto a las Samantha y de inmediato se imaginó que el señor Lincoln llegó a esa conclusión gracias a su hija.
-Comprendo... - Contestó dubitativo el hombre mayor. – Pero en cuanto a Samantha...
-Sin afán de ofender, pero creo que ese tema solo nos corresponde a Samantha y a mi. – Sin perder tiempo, fue a donde su novia, y le habló tomando sus manos entre las suyas – Sam, te prometo que en cuanto arregle algunos asuntos aquí, iré a verte y hablaremos con tiempo.
-¿Irás? ¿Qué quieres decir, Archivald? – Preguntó Samantha enojada, se imaginó lo que les diría a continuación.
-Es lo que quería explicarles, como la fiesta se pospuso por unos días y mi tía necesita descanso absoluto, pues les quería pedir...
-¡Esto es inaudito! – Chilló la señora Lincoln - ¿Nos está corriendo? ¿Cómo si fuéramos unos completos extraños?
-Señora, cálmese, por favor. – Toda la familia lo miraba iracunda. – Todos los invitados están desalojando la mansión y...
-¡Basta! ¡Qué humillación! ¡No puedo creerlo! ¡Empaquen inmediatamente! – Ordenó el padre a su familia – No se preocupe, Archivald, nos iremos de su casa inmediatamente. ¡Ah! Y creo que está demás decir que no quiero que vuelva a ver a mi Samantha.
-¡Papá! No puedes decirle eso – Reclamó Samantha con lágrimas en los ojos. – Archie...
-¡Es mi última palabra, Samantha! ¡No quiero que vuelvas a ver a nadie de esta familia!
Archie se retiró del lugar, lamentando la situación que se había dado. Sintió algo extraño en su corazón cuando el señor Lincoln ordenó a su hija no volver a verlo. Sabía que no amaba con profundidad a la chica, pero la extrañaría y tristemente reconoció que Samantha era el títere que caminaba, comía, y respiraba, si no lo ordenaba su familia. Sin embargo, no sabía cuán equivocado estaba.
No tardaron mucho en abandonar la mansión, entre insultos, y ofensas que no hacían otra cosa que aparentar la gran humillación que acababan de sufrir. Jordan no dejaba de preguntarle donde estaba Albert, cosa que le pareció extraña a Archie. Y Samantha...Samantha, se quedó de pie junto a él mirándolo a los ojos, estuvo a punto de abrir la boca, pero el grito de su padre llamándola la obligó a salir corriendo tras ellos.
Minutos más tarde, llegó el detective Cohen, con seis hombres armados. Archie agradeció interiormente que las mujeres en la casa, estuvieran en sus habitaciones y que nadie ajeno a la familia y gente de confianza estuviera en casa.
El aspecto rudo del detective le daba más seriedad al asunto. Sin dilación, Terry, Archie, y el mayordomo, se dispusieron a contarle todo lo que había sucedido desde la mañana. Después de unas preguntas, dispuso que saldría a hacer unas averiguaciones. Ni Terry y mucho menos Archie, estuvieron dispuestos a quedarse como meros espectadores, salieron tras los policías, no sin antes asegurarse que las mujeres estuvieran bien. Elroy seguía dormida, al cuidado de Hillary. Y Candy había conciliado el sueño por fin, Annie estaba con ella.
Las horas pasaban demasiado lentas para todos. Cerca de las dos de la mañana, el ruido de varios coches despertó a los empleados. Candy también despertó, vio que sus amigas seguían dormidas y decidió dejarlas descansar.
Habían hecho un trabajo rutinario, preguntas aquí y allá. Pero ninguna de las circunstancias los favorecía, debían mantener cierta discreción al preguntar, y los habitantes de tan lujoso y exclusivo barrio, no eran muy abierto ante los extraños.
Candy fue la primera en bajar las escaleras, irrumpió en la sala, donde los hombres descansaban. Se dirigió inmediatamente a su primo.
-¿Qué pasa? ¿Averiguaron algo?
-No, Candy. Yo... lo siento. – Sin saber qué más decirle, Archie la abrazó. Se sentía impotente al no poder hacer nada. Consideraba increíble que nadie hubiera visto a Albert.
El detective Cohen, fue quien entró al último. Todos lo vieron al entrar, pero les resultó algo curioso que detrás de él, estuviera un chico de aproximadamente doce años. ¿De donde había salido?
-Será mejor que oigan lo que tiene qué decir este jovencito. – Habló con solemnidad el detective. Miró al chico y lo instó a hablar.
Él lo primero que hizo, fue caminar hasta donde estaba Candy, la miró con curiosidad.
-¿Eres Candy? – Preguntó el chico.
-Sí. ¿Me conoces?
-Él te describió muy bien. Hasta creo que me dijo cuantas pecas tienes. – El niño le sonrió.
Candy abrió los ojos, algunos días atrás, mientras Albert y ella yacían recostados sobre el césped, notó que Albert no dejaba de observarla. Cuando le preguntó por qué, le había dicho que estaba contando sus pecas, después le dio un beso profundo y con autosuficiencia le dijo que cuando estuvieran casados, le daría un beso por cada peca que ella tenía.
Candy comprendió. El niño lo conocía.
-¿Tú... tú conoces a Albert?
-Sí. Albert es muy amable y generoso conmigo. Todos los días cuando sale a su oficina, me compra el periódico y siempre me da dinero de más. El día de ayer esperé a que saliera como siempre, pero recordé que me había platicado que ese día no iría a la oficina. Me dijo que viniera al mediodía. Cuando llegué, estuve esperando algún tiempo, había guardias por todos lados. Pero de pronto, él apareció por una parte posterior de la casa, yo estuve apunto de salir a su encuentro, pero llegó un automóvil de la nada y de pronto dos hombres lo golpearon en la cabeza, lo metieron al auto y se fueron.
-¿Cómo esquivó a los guardias? – Preguntó Terry.
-Es Albert. – Contestó Archie dando por zanjada la cuestión.
-¿Qué más pasó? – Inquirió Cohen.
-Los seguí hasta un barrio en ciudad, me quedé ahí hasta asegurarme de que ya no regresarían. Por eso llegué tan tarde.
-¿Cómo te llamas? – Quiso saber Candy.
-Cole.
-Cole, ya me informó en qué lugar está William. Solo quise que ustedes lo oyeran de su propia voz. Yo salgo inmediatamente a ese lugar.
-Nosotros vamos también – Aseguraron Terry y Archie.
Candy quiso acompañarlos, pero la convencieron de que esperara. Lograron convencerla diciéndole que si la tía Elroy despertaba, no tendría quien la cuidara. Ella aprovechó para darle algo de comer al pequeño Cole, lo que le ayudó a distraerse un poco y soportar la espera.
Se sentía algo esperanzada, por fin tenían una pista del paradero de Albert. Por un momento deseó que pudiera ser como todos los hombre de sociedad. Delicado y bueno para nada, sentado detrás de un escritorio, por temor de hacer algo que pudiera romperle sus uñas. Eso le hubiera impedido salir sin ser visto, y no lo hubieran secuestrado.
Pero también se sentía confundida y llena de dudas respecto a lo que escuchó de las hermanas Lincoln. No quería recordar, no debía hacerlo, pero cuando más trataba de olvidarlo, más se grababa en su mente... Y en su corazón...
Los hombres llegaron a un barrio bajo de la ciudad de Chicago. El niño debía conocer muy bien ese lugar pues les dio las señas exactas. Cuando llegaron a la casa indicada, Terry y Archie se miraron extrañados.
-Sí, es un burdel – Confirmó Cohen detrás de ellos.
Con paso firme, se adelantó y tocó la puerta. Como ese distrito no pertenecía a su jurisdicción, el joven detective se abstuvo de entrar como estaba acostumbrado.
Una mujer joven y voluptuosa, les abrió la puerta.
-¡Vaya! ¡Nos sacamos la lotería, una buena dote de jóvenes guapos y agradables nos acaba de llegar, chicas! – A pesar de su provocativo contoneó, el vestido que llevaba y la manera en que se alegró de ver a los hombres ahí, mostró que su trabajo no estaba siendo renumerado.
Con ansiedad, los invitó a pasar el ambiente del lugar era pesado y una nube de humo de cigarrillo los envolvió.
-Bien señorita, queremos ver a todas las chicas que trabajan aquí. – Como si tuvieran pensado contratarlas, el detective, con astucia atrajo la atención de todas las trabajadoras.
Una vez que estuvieron todas reunidas, mostró su placa. Todas exclamaron un grito de horror. La presencia de la policía en ese lugar solo significaba una cosa: cárcel.
-Muy bien, señoritas, cálmense. – Habló impaciente el detective – cómo podrán notar, esto no es una redada, si así fuera, ya no estaríamos aquí, teniendo esta conversación. Nos han informado que ayer por la tarde, trajeron a un hombre. – Todas las mujeres presentes, palidecieron al instante.
-Vaya, veo que nos sacamos la lotería chicos. – Repitiendo las palabras de la mujer que les dio la bienvenida, en tono sarcástico, el detective les dio a entender que se había dado cuenta de su reacción. – Creo que no es necesario que les dé una descripción o que les muestre una foto del hombre.
El silencio inundó la sala, todas se veían entre sí, y no se atrevían a hablar.
-¿No quieren cooperar? Muy bien... ¡Arréstenlas a todas! Con los cargos de, prostitución, mal vivencia, faltas a la moral ... contrabando, -enumeró olfateando un vaso con vino - y por lo que veo, privación ilegal de la libertad – Los oficiales se movieron de su lugar y empezaron a esposar a algunas de ellas. Fue grande la conmoción, las mujeres se resistían, mientras que Terry y Archie, se mantenían en una esquina observando todo.
-Por favor detective – La profunda voz de una mujer, que bajaba las escaleras, interrumpió el momento. – Usted y yo, sabemos muy bien que no puede hacer eso. No hay un solo hombre en la casa solicitando los servicios de alguna de las chicas. Además, no trae orden de arresto, y mucho menos de cateo, ¿qué pretende en realidad?
-Nos pudimos haber ahorrado todo el teatrito – Comentó irónicamente el detective – si sus chicas cooperaran.
-¿Con que tenían que cooperar? ¿Entretener gratis a sus amiguitos? – La mujer tenía una risa burlona en su rostro, la cual se desvaneció al oír las siguientes palabras del detective.
-Queremos saber qué hicieron con el hombre que les trajeron ayer por la tarde.
La mujer se quedó seria y dubitativa. Recorrió con la vista la sala y examinó a todos los presentes. Se detuvo cuando cruzó la vista con el policía y asintió.
-Les daré la información que quieren, siempre y cuando prometan que nos dejaran en paz.
-Eso depende de la información que tenga.
-El hombre que buscan, está aquí.
Archie y Terry no se dieron cuenta que estaban conteniendo la respiración, hasta que al escuchar a la mujer, dejaron de sentir la opresión interna. Internamente agradecieron al cielo que Albert estuviera en ese lugar.
-Y está aquí, ¿en qué condición?
-Síganme – La mujer los guio, por el primer piso, entre oscuros y estrechos pasillos. Llegaron a una habitación, la más alejada de todas, abrió la puerta y entraron a una habitación a media luz. En la cama, yacía dormido, o inconsciente. No podían saber a ciencia cierta.
-Ahora está dormido – Susurró la mujer. Archie se acercó hasta la cama y comprobó las palabras de la mujer. Se tranquiló un poco.
-Pasen a la siguiente habitación, y les explicaré todo. Pero solo quiero que sepan que nosotros no tuvimos nada qué ver, en lo que sea que esté pasando aquí.
-Eso lo determinaré yo. – Contestó con determinación Cohen.
Le indicó a dos de sus hombres que se quedaran con Terry, para vigilar de habitación donde dormía Albert. Archie acompañó al detective.
Al llegar a la habitación que le indicó la mujer, la cual funcionaba al parecer como oficina, empezó a hablar.
-Ayer por la tarde, llegaron en un auto, tres hombres y una mujer. Dos de ellos se bajaron con... el hombre rubio, estaba inconsciente y ellos lo sostenían por ambos lados. Entraron como si nada, y detrás de ellos, entró una mujer. Desde ahora le digo que no pude ver la cara de esa mujer, traía una capa larga y una capucha que le tapaba parte de sus facciones.
-¿Y debo suponer que no se le hizo sospechosa esa actitud?
-Detective, en esta profesión lo increíble se hace posible. He sido testigo de infinidad de cosas que usted nunca se atrevería ni siquiera a imaginarse. Así que, no, no se me hizo sospechoso, mucho menos por la explicación que me dio.
-¿Y qué se supone que le dijo? – Preguntó incrédulo.
-Me dijo que él era su amante, que bebió de más y su marido estaba por llegar. Necesitaba esconderlo. Me ofreció una cantidad de dinero muy generosa y me dijo que lo tuviera aquí, hasta que alguien más viniera por él. Por la noche una de las chicas que lo estaba cuidando, se percató de un golpe que tenía en la cabeza, ahí nos dimos cuenta que no había sido verdad lo que esa mujer había afirmado.
-¿Y por qué no dieron parte a la policía?
-¿De verdad? ¿Y qué le hace pensar que nos creerían? No nos podíamos arriesgar.
-Entonces, ¿qué pensaban hacer?
-Esperar a que recuperara la conciencia para que nos diera una dirección donde localizar a sus familiares. Le aseguro que no tuvimos nada qué ver. Hasta tratamos de limpiarle la herida, no es profunda, pero sí le sangró un poco.
-Debe saber que aunque le crea un poco su historia, voy a investigar su versión.
-Eso espero.
El detective pensaba seguir su interrogación, pero llegó Terry.
-Él está despertando – Por consejo del detective, no dio el nombre de nadie.
Archie salió corriendo para ver a su tío.
-¿Albert? Por Dios, ¿cómo estás?
-Albert estaba sentado en la cama, tomándose la cabeza, le dolía horriblemente. Todavía tenía los estragos del cloroformo que también le habían administrado, en cuanto oyó la voz de su sobrino, se incorporó y se abrazaron fuertemente.
Albert tenía una ligera idea de donde estaba, cuando las chicas hicieron el intento de curarle la herida de su cabeza. Estaba realmente mal, tenía la boca seca, se sentía mareado, todo su cuerpo lo tenía dolorido. Unas profundas ojeras se marcaban debajo de sus hermosos ojos, lo habían despojado de su ropa, ahora solo llevaba un pantalón que las chicas de la casa le habían conseguido. A pesar de todo, solo había una sola cosa en su pensamiento...Candy.
-¿Qué pensó Candy? No habrá pensado que me fui deliberadamente, ¿verdad? – Un extraño temor se había apoderado de él desde que tuvo suficiente consciencia para poner en orden sus ideas.
-No, tío, cálmate. Ella está muy preocupada por ti. – Archie observó el nerviosismo de Albert, no era para menos, pero estaba en tan mal estado que le dio miedo que algo pudiera pasarle a su tío.
-Será mejor que te vayas a tu casa, William. Yo me quedaré a hacer más averiguaciones. – La voz del detective los sacó de sus cavilaciones.
-¿Adam? ¿Qué haces aquí?
-Al no encontrarte, Archie decidió llamar a la policía – Terry estaba recargado en el umbral de la puerta, cruzado de brazos. Por la expresión en su rostro, se veía molesto. - ¿Qué rayos estabas pensando al salir sin ser visto?
-Terry, no es momento de que le hagas algún reclamo. – Contestó Archie apesadumbrado. Le hizo señas a Terry para que se callara. Terry notó el aspecto de Albert y decidió dejar el tema por el momento.
-Vete a casa, William. Descansa y espero que por la tarde nos des tu declaración. No pienso dejar esto por la paz.
Adam Cohen conocía a Albert de sus años de mochilero. Se habían conocido en la calle, y juntos habían aprendido a defenderse. Cuando Albert abandonó el país, Adam entró a la academia de policía. Ahora eran dos hombres plenos, que habían alcanzado sus metas. O realizado su deber, como en el caso de Albert. No convivían mucho, por sus diversas responsabilidades, además el detective no era muy sociable, por eso se veían muy a menudo.
Una vez que se despidieron de él, Albert, Archie y Terry, acompañados de un par de policías regresaron a la mansión.
Candy había hecho lo posible para que el jovencito Cole, comiera hasta quedar satisfecho para después decirle que se durmiera un poco, y por fin lo había conseguido. Estaba en uno de los cuartos de huéspedes, cuando escuchó el ruido de un auto llegando.
Llegó corriendo a la puerta, pero no llegó a abrirla. Se quedó de pie con las manos sobre su pecho, rogándole a Dios porque en ese auto, llegara Albert. Su corazón latía como caballo desbocado, parecía que fuera a salírsele por la garganta.
Pero supo que ya no aguantaría. No aguantaría que otra vez Archie entrara por esa puerta, y le dijera que no habían dado con Albert. Dios sabía que no soportaría estar un minuto más sin él.
En eso, la puerta se abrió y apareció la alta figura de Albert seguido de su sobrino y amigo. Se quedó de pie observándola un momento y Candy sintió que le faltaba el aliento.
Albert estaba realmente mal, llevaba cobijado el abrigo que llevaba Archie al salir, además estaba descalzo y su semblante era realmente desconsolador.
Corrió a sus brazos y Albert la recibió en un fuerte abrazo. La había dejado de ver muy poco tiempo, pero parecía una eternidad.
Sollozó entre sus brazos y él le acariciaba sus cabellos, deleitándose en la suave fragancia a lavanda que despedían sus rizos dorados.
-Perdóname – Susurró Albert a su oído – fui un idiota al salir así, pero...
-No digas nada. – Candy lo miró a los ojos, y posó su dedo sobre la boca de su novio, callándolo. – Ahora lo importante es que estés aquí. – Le regaló una sonrisa.
-Candy, tal vez desees examinar a Albert. Sufrió un golpe en la cabeza, en el lugar en donde estuvo, trataron de curarlo, pero... - Candy ya no escuchó más a Archie que era quien los había interrumpido. Ella le habló interrumpiéndole a él.
-¿Por qué no me dijeron nada? ¡Pero qué hacen ahí parados! ¡Llévenlo a su habitación!
Desde ese instante se transformó en el excelente médico que era y actuó profesionalmente. Les pidió a sus amigos que ayudaran a Albert a ducharse y lo vistieran con un pijama, lo recostaron en su cama, y Candy lo auscultó más detenidamente.
Seguía mal por la sobredosis de cloroformo que había recibido. Ni siquiera se explicaba como había logrado estar consciente y de pie. Afortunadamente el golpe no había pasado a mayores y solo necesitaba descanso y suficiente reposo.
Unas horas después todos en la casa ya estaban despierto e iniciando un nuevo día. La noticia de que Albert estaba con bien alegró a todos, en especial a Elroy, quien se aseguró de verlo con sus propios ojos. Al comprobar que seguía dormido y que estaba con bien, bajó a desayunar con su familia y los invitados, quienes ese día partían de la casa.
Después del desayuno, los Douglas partieron para su casa en Nueva York, los negocios que tenían con Archie directamente, no sufrieron ningún cambio a pesar de todo lo acontecido durante la semana.
Finalmente, Archie sintió que era el momento de hablar seriamente con Terry.
-Quiero darte las gracias, Terry, por la ayuda y el gran apoyo que me brindaste en la búsqueda de Albert. Yo...yo, sé que me he comportado como un idiota, en especial a principios de semana, contigo y con Annie. Te confieso que me impresionó verlos juntos, pero solo fue eso. Además, creo que nunca fuimos los grandes amigos y salió un poco de las viejas rencillas que teníamos de jóvenes.
-Si además de agradecerme, estás tratando de ofrecerme disculpas por lo idiota que has sido. - Respondió con humor Terry. – Está bien, te perdono.
Terry esperó que el enojo de Archie se hiciera evidente, ante ese comentario sardónico. Pero el castaño hizo todo lo contrario. Sonrió abiertamente y le extendió la mano a Terry.
-Me da gusto que hayas entendido la indirecta, Terry. Y te agradezco...tu comprensión.
Se estrecharon las manos, y sonrieron alegremente. Cuando salieron a donde les esperaban Candy y Annie, Archie le pidió un momento a solas.
-Annie, quiero disculparme contigo, por lo de la otra noche. Solo me sorprendió verte con Terry, y estaba un poco ebrio. Sé que eso no justifica las ofensas que recibiste de mi parte, pero si te sirve de algo, de corazón te extiendo mis más sinceras disculpas. Espero que puedas...
-Creo que escuché bien la primera vez que lo hiciste, Archie – Lo miró a los ojos y él la vio con la misma calidez de cuando estaban comprometidos, ella tuvo que bajar la vista, para que los nervios no la traicionaran. – Lo olvidé en cuanto pasó todo, ya sabes como soy. – Le dijo con una gran sonrisa.
-Sí, lo recuerdo. Y me da gusto que en eso no hayas cambiado. – El tono melancólico que utilizó Archie, hizo que subiera la vista y miles de recuerdos afloraran en su mente. Optó por despedirse de él.
-Será mejor que me retire, Terry y yo tenemos que llegar a la ciudad.
-Está bien, - Le extendió de igual modo la mano. – Cuídate, por favor.
Annie le estrechó la mano, y el la cubrió con ambas manos. La miró fijamente, lo que le parecieron años a Annie, y finalmente, logró zafarse de su agarre. Con nerviosismo, salió del estudio y dejó a Archie con una gran confusión en su mente y corazón.
Candy se pasó la mayor parte de la mañana cuidando de Albert. Casi al mediodía él se despertó, la rubia corrió a su lado y notó la gran mejoría que mostraba.
-¿Candy?
-Sí, soy yo. ¿Cómo te sientes?
Albert le tomó la mano, ella estaba sentada en una silla junto a la cama, pues no quería molestarlo.
-Aturdido. Confuso. ¿Cómo llegué aquí? – Recorrió con la mirada la habitación, lo último que recordaba era a él, en una habitación oscura y deteriorada, una joven mujer le revisaba la cabeza.
Candy le explicó a detalle su llegada a la mansión.
-Aún no puedo creer que te hayas puesto de pie, con la sobredosis de cloroformo que recibiste. Llegaste un poco mal, pero... - Sus ojos se llenaron de lágrimas al recordar el estado en que había regresado. – Albert, si algo te hubiera pasado... si tú... - No pudo decir más y Albert la atrajo hacia él. La estrechó fuertemente entre sus brazos, aún se sentía débil, pero sacó las fuerzas suficientes para consolarla. Le besó sus cabellos, diciéndole palabras tranquilizadoras.
-Perdóname cielo, nunca pensé. No sé qué me pasó, suelo tener cuidado cuando hago algo así, tal vez la felicidad que sentía, me hizo ser descuidado y tonto.
Candy se recompuso un poco, y levantó su rostro para verlo a los ojos.
-No vuelvas a hacerlo.
-No lo haré, te lo prometo.
Albert la estrechó con más fuerza, y se acercó para besarla. Con tan solo sentir su aliento cerca de su boca, el corazón de Candy latió con más fuerza. Se unieron en un beso cargado de todos lo sentimientos. Era como si con solo eso, pudieran asegurarse de que ya estaban juntos de nuevo. Albert emitió un gemido, un movimiento de su cabeza le hizo que se golpeara con la cabecera de la cama. Candy se dio cuenta, y recordó que lo que el rubio necesitaba era atención médica. Tenía que revisarle bien su cabeza y de seguro él moría de hambre.
Se levantó y Albert se volvió a quejar, solo que esta vez no fue de dolor.
-¿Qué pasa? ¿Por qué te vas?
-Voy a avisarle a todos que ya estás despierto y a pedir que te suban algo de comer. Además debo revisarte la herida en la cabeza.
-Odio cuando actúas tan profesionalmente. Mi cabeza está bien. No te vayas, quédate conmigo.
-Parece niño chiquito a punto de hacer un berrinche señor Andrew. Le recuerdo que no, "actúo" profesionalmente, soy doctora y no sería un buen médico si me olvidara de lo que necesita.
Sin decir más salió de la habitación. Albert sonrió para sí, estaba feliz de estar con su Candy nuevamente, pero algo en su actitud le dijo que a ella le pasaba algo. La sentía algo distante, y aunque había querido sonar bromista, lo último que le dijo no le gustó para nada.
Elroy, Archie y Hillary recibieron la noticia de que Albert ya estaba despierto. De inmediato su tía y sobrino subieron a verlo, mientras Candy se encargaba de examinarle la cabeza y asegurarse de que comiera. Durante la plática, que obviamente giró en torno a su desaparición, salió el nombre de Arnold Fergusson. Candy quería saber qué había pasado la mañana anterior, si fue cierto lo que había escuchado de Jordan, pero al parecer Albert se mostró reacio a hablar del tema.
Momentos después, tal como le había prometido por la madrugada, llegó Adam Cohen. Pidió hablar solo con Archie y Albert, por lo que Candy no supo a ciencia cierta de qué hablaban en realidad.
Caminaba de un lado a otro fuera de la habitación de Albert pensando. Su mente nunca había trabajado tanto, como en esos momentos.
-Vas a formar una zanja en el suelo, de tanto que caminas por ahí, Candy .
-¡Hillary! Es que no puedo estar tranquila. – Confesó.
-¿Por qué no le preguntas directamente? – Candy vio a Hillary detenidamente. - ¿No creerás que ya he olvidado la plática que oíste? No sé porque estás así, Candy, es obvio que William te ama. No creo que él esté pensando en lo que ese hombre le dijo, si es que se lo dijo, recuerda de quien lo escuchaste.
-Sé que Albert me ama, Hillary. Eso no es lo que me preocupa. En realidad, solo piénsalo, él no me confesó sus sentimientos hasta que se vio obligado a hacerlo. Yo solo me pongo a pensar en, ¿qué tal si todo esto es muy abrumador para él? ¿Qué tal si todavía no deseaba tener una relación estable, y mucho menos casarse? ¿Si todo lo que está haciendo es solo porque se siente con la obligación de hacerlo?
-¿Qué tal si le preguntas directamente?
-Me da miedo lo que tenga qué decirme.
-Y prefieres amargarte la vida y mostrarte distante con él, cuando deberías estar feliz por su regreso.
-No puedo evitarlo. – Hillary meditó unos momentos para decirle lo que había descubierto esa misma tarde del hombre quien creían que era Arnold Fergusson.
-Perdón que cambie de tema pero, hay algo que debes saber.
-¿Qué pasa?
-¿Recuerdas al hombre que te salvó de los maleantes?
-Sí.
-Pues no me preguntes cómo o por qué, pero es el mismo hombre que estuvo visitando a William ayer. Cuando lo vi, me dijo que su verdadero nombre era Ethan Campbell, nos engañó, Candy.
Candy se quedó helada sin saber qué pensar, no sabía si la verdadera identidad de ese hombre pudiera afectar lo que sucedería con el consejo la mañana siguiente. Por un principio le había parecido un hombre amable, pero saber que las había engañado y que hasta pudo ser capaz de espiar sus movimientos, comprendió lo equivocada que podía haber estado.
El sonido de la puerta la sacó de sus cavilaciones. El detective salía en compañía de su primo, hablando de varios posibles sospechosos.
Ella entró en la habitación, contrario a lo que pensaba, Albert estaba de pie, junto al ventanal. Supo que sus pensamientos estaban muy lejos y que estaba viendo sin ver, pues no notó su presencia hasta que ella le habló.
-¿Todo bien?
-Candy, no te escuché entrar.
-Debías estar acostado descansando.
-Ya me siento bien. La que debería estar descansado eres tú, ya me dijo Archie que casi no dormiste. –Candy negó con la cabeza.
-No estoy cansada.
El silencio reinó en la habitación. Solo que esta vez era un silencio incómodo.
-¿Qué pasó con Cole? – Preguntó el rubio para aligerar el momento.
-Esta mañana le di de desayunar y salió a trabajar. Dijo que después te veía. – Candy se calló, no sabía cómo preguntarle a Albert su gran inquietud. - ¿Qué pasó con Arnold Fergusson? – Imitó la pregunta de Albert, intentando parecer casual.
Albert frunció el ceño y volvió su vista a la nada. Eran muchas cosas las que estaban pasando. Su secuestro, el consejo, lo de Washington. El que Arnold, Edward, algunos miembros del consejo y hasta la misma Jordan, fueran sospechosos de su desaparición, era por demás preocupante. Pero lo que Albert no podía apartar de su mente, era que el dichoso Arnold, Ethan, o como quiera que se llamara, quisiera separarlo de Candy. Sonrió de lado al pensar que era otro hombre al que la inocencia y ternura de Candy conquistaba, porque ese hombre lo que quería era lo que Albert no estaba dispuesto a dejar, el corazón de su pequeña.
-No pasó nada de lo que debas preocuparte – Por fin contestó – Ya mañana lo veré con los demás en la reunión del consejo. – Intentó desviar el tema.
Candy se desilusionó, esperaba que le contara algo de su reunión. O al menos que le dijera lo que Hillary ya le había informado. Pero nada pasó. Se quedó de pie, dándole la espalda y la tensión en la habitación creció tanto que se hizo palpable.
-Será mejor que te acuestes a descansar.
Se acercó hasta él y lo llevó a la cama. Ninguno de los dos dijo nada. Cada uno pensando en sus propios miedos e incertidumbres.
Albert se durmió y Candy ya no entró a verlo en lo que restaba del día. Conforme pasaban las horas crecía en su corazón un sentimiento que no le agradaba. Llegó la noche y por fin la casa se sumió en el silencio profundo. El día siguiente tendría muchas inquietudes. Albert y Candy, pudieron conciliar el sueño, a pesar de que sus mentes estaban ocupadas pensando en lo que había sucedido en las últimas horas.
Eran las cinco de la mañana cuando el sonido de los golpes en la puerta, sacaron a la rubia de sus sueños.
Sintió pánico de que algo le hubiera pasado a Albert y se levantó como resorte.
-Buenos días señorita. – La saludó James. – Lamento molestarla, pero acaba de llegar este telegrama para usted. –
Tomó con rapidez el sobre que le entregaba, sabía que solo del hogar de Pony recibía telegramas. Las líneas telefónicas todavía no cubrían esa parte del pueblo. Con desespero lo abrió y palideció ante el mensaje.
Sentimos mucho molestarte. Pero el doctor del pueblo se rehúsa a ayudarnos. Posible epidemia de influenza. Niños y hermana María muy enfermos. Por favor, ayúdanos.
No fue necesario seguir leyendo, sabía que debía estar con sus madres. ¿Cómo era posible que un médico que había jurado atender y ayudar a los demás, no quisiera asistirlas? Se llenó de ira. Y de un poco de alivio, tal vez la distancia le ayudara a calmar su mente y corazón. Solo esperaba que no fuera en realidad una epidemia como decía la señorita Pony.
Después de pedirle a James un coche para que la llevara a la estación, se dispuso a hacer sus maletas. Pensaba irse sin despedirse, solo dejaría una nota, diciendo la gravedad del asunto. Todos comprenderían, además, era muy temprano para despertarlos.
Cuando estuvo lista, James le ayudó a bajar su maleta. Le dio un sobre y le pidió que se lo entregara a Albert una vez despierto.
Pero grande fue su sorpresa cuando lo vio de pie, tan guapo como siempre. Vestido de manera casual y con el pelo revuelto, recién bañado. Sintió que su corazón se derretía con solo verlo.
Al parecer él la llevaría a la estación.
-Albert, ¿qué haces?
-Yo te llevaré. Me desperté con el sonido del timbre y James me dijo que le habías pedido un auto. – La observó un minuto, quería saber qué pasaba en esa cabecita rubia.
Sabía que se iría sin despedirse y eso no le gustó. Ahora estaba de pie frente a él, con el ceño fruncido y lejana. Al parecer no le había gustado que él la llevara.
Sin decirle nada le abrió la puerta del copiloto y le ayudó a entrar. Candy se dio cuenta que un auto los seguía, y que la mansión tenía más vigilancia que de costumbre.
-Archie y yo pensamos que seria bueno reforzar la seguridad. – Le dijo al darse cuenta de su inspección. – Adam nos recomendó algunos hombres para nuestro cuidado. Me gustaría que Walter te acompañara a donde quiera que vayas. – Ella se dio cuenta que no le había dicho a donde se dirigía.
-Al parecer en el hogar de Pony, hay una epidemia de influenza, el doctor del pueblo no quiere ayudarles y la señorita Pony me pidió ayuda. – Fue su cortante respuesta.
Albert ya no soportó más y estacionó el auto.
-¿Me quieres decir qué te pasa, Candy? Desde ayer te noto molesta, ni siquiera quieres tocarme – Estaba molesto, pero también dolido y herido. – Y ahora, ahora... si no me doy cuenta de lo que pasaba, te vas y sin avisar.
-Te dejé una nota con James, no quería molestarte.
-Sabes muy bien que nunca me molestas. ¿De qué estás huyendo esta vez? ¿De mi? – Candy lo miró absorta en sus palabras, él tenía razón, pero ella se sentía molesta.
-No estoy huyendo de nadie, Albert. El telegrama no lo inventé, me necesitan allá. ¿Qué quieres que haga? ¿Qué me quede como si nada?
-Sabes bien que no me refiero a eso. ¿Qué te pasa?
-Nada.
-Hice algo que...
-Albert, por favor, en estos momentos hay cosas más importantes. ¿Me llevas a la estación o me voy a pie?
Albert se quedó mudo, algo había pasado y no sabía qué. Pero no podía seguir ahí, ella sería capaz de irse a pie si no se ponía en marcha.
Encendió el auto y continuó su camino.
-Cuando regreses, espero que podamos hablar de la fecha para fiesta de compromiso. – Comentó él, con la mirada fija en el camino.
-No sé cuando regresaré. No puedo darte una fecha.
-No te la estoy pidiendo. Dije que cuando regreses hablamos... a no ser que ya no quieras casarte. – A penas y pudo pronunciar esas palabras, pero sabía que tenía que decirlas.
-Creo que como dices, a mi regreso hablamos.
Llegaron a la estación a tiempo, el tren salía en quince minutos. Ninguno de los dos dijo más nada. Subieron su equipaje y Walter apareció de la nada. La acompañaría y no hubo discusión.
El silbato del tren sonó alertando a todos que debían estar en sus asientos para que no los dejara.
-Espero que todo salga bien con los del concejo. – Le dijo Candy a modo de despedida.
-Así será. – Respondió sin humor Albert.
Ella quería aferrarse a sus brazos y pedirle que la acompañara. Sabía que si lo hacía, él no lo dudaría. Pero su orgullo pudo más que su amor y solo le dio un beso en la mejilla.
-Nos vemos, Albert.
Subió al vagón y le dijo adiós con la mano para luego desaparecer.
Albert no se movió del lugar. Tenía lágrimas en los ojos que supo ocultar de ella a tiempo. Era mucho el sentimiento que sentía en su pecho. Cuando se dio cuenta que lo estaban secuestrando, en lo único en que podía pensar era en que no vería más a Candy. Y cuando Candy le dijo que no se explicaba cómo había logrado ponerse en pie, él supo que lo había hecho por ella. Ella le daba las fuerzas que necesitaba para salir adelante.
Una lágrima corrió por su rostro.
No sabía qué pasaba con la mujer que amaba, pero no iba a permitir que se alejara de su lado. La dejó ir sola porque sabía que esa semana tenía mucho qué hacer. Pero decidió en ese momento que su viaje a Washington lo haría ese mismo día. Entre más pronto atendiera esos asuntos, más pronto iría a arreglar las cosas con Candy.
Por lo pronto, lo único que podía hacer, era ver como el tren se alejaba, llevándose a la mujer que amaba.
Pero se llevaba algo con ella... se llevaba su corazón.
CONTINUARÁ...
