La voz de mi corazón.
Capítulo 12
Por Lu de Andrew
OoOoOoOoOoO
Pragmática.
Tenía que serlo. No podía darse el lujo de sentimentalismos, aunque por dentro deseaba morirse. En ese instante su vista se nubló por las lágrimas contenidas. Abrió más los ojos impidiendo el paso de las mismas, sabía que una vez que saliera una sola, nada la detendría, y en el caso de Albert no tenía tiempo que perder.
Estaba limpiando las heridas. Tal como observó en la carreta, estaba muy golpeado, pero agradeció al cielo por no encontrar ningún golpe de gravedad en la cabeza que era lo que más le preocupaba después de lo sucedido el fin de semana pasado. Tenía las manos heridas, los nudillos, principalmente. Lo que indicaba que se había defendido por igual.
Rompió la camisa y la retiró con sumo cuidado, se sorprendió al ver dos heridas de cuchillo en el costado derecho. Las examinó con delicadeza y se dio cuenta que no eran tan profundas, pero lo suficiente para hacerle perder sangre, lo cual explicaba su estado inconsciente. Las desinfectó y les dio los puntos necesarios, la mano le temblaba, igual que su cuerpo, pero ejerció todo el autocontrol del que era dueña y terminó con éxito.
Después de cubrir las heridas con gasa estéril, tocó lenta y profesionalmente todo el torso desnudo. Al llegar al costado izquierdo, notó una serie de hematomas que eran casi negros. Palpó con más cuidado esa zona y se dio cuenta que tenía dos costillas lastimadas, afortunadamente no estaban fracturadas, pero era obvio que se habían pateado esa zona. Tomó la sábana nueva que le había proporcionado la señorita Pony para hacer vendajes, no contaba con suficientes vendas, así que tenía que improvisar. Ni siquiera sabía de donde salían las fuerzas necesarias para levantarlo y vendar su amplio torso.
Cuando finalizó, suspiró cansada y hasta cierto punto aliviada. El estado en que había llegado Albert, se veía más precario al que tenía ahora. Con el edredón que estaba cerca de la chimenea de la habitación, lo cobijó.
Observándolo con atención, se sentó en una silla a lado de la cama. Lo tomó de la mano y por unos minutos permitió que las lágrimas hicieran aparición. Estaba desesperada, e impotente, odiaba esa sensación de pérdida que la invadía cuando no podía hacer nada más por sus pacientes, aunque en esa ocasión su angustia era peor. El hombre que amaba, y al que había tratado injustamente, estaba inconsciente, y se sentía culpable.
-Candy. – La llamó la señorita Pony, de pie cerca de la puerta de la habitación. Estaba preocupada por todo lo sucedido, y había insistido en ayudar a Candy al atender a Albert, pero esta se negó rotundamente. Cuando Candy la escuchó, se limpió rápidamente las lágrimas.
-Señorita Pony. – Caminó hacia ella con una sonrisa que más bien pareció una mueca. – Él está mejor de lo que pensaba, un par de heridas con un arma punzocortante, pero no son profundas. Dos costillas lastimadas, y obviamente está golpeado, pero nada serio. –
-Gracias a Dios. Pero, ¿por qué está inconsciente aún? – Ya habían pasado dos horas desde que lo llevaran, de ahí su preocupación.
-Tuvo pérdida considerable de sangre, pero no creo que debamos preocuparnos demasiado. – La señorita Pony, se acercó a ella y la abrazó, comprendía su dolor y angustia. Candy sollozó en el hombro de su madre. Pero antes de que pensara de nuevo en su sufrimiento, recordó la causa de su presencia en el hogar.
-Me había olvidado por completo, debo checar a los enfermos. – Hizo el intento de salir, pero la señorita Pony la detuvo del brazo.
-No te preocupes, las maestras y yo, ya nos hicimos cargo. Todos están bien. –
-Se lo agradezco infinitamente. Ahora me gustaría quedarme a cuidar a Albert, no quiero que este solo en ningún momento. –
-¿No quieres descansar un rato en mi habitación? – Candy había decidido que llevaran a Albert a su habitación, era eso o mandarlo con los enfermos.
-No, estaré bien en la silla. –
Candy le dio la espalda y se sentó nuevamente junto a él. Se le veía cansada y de pronto la vitalidad que había mostrado hasta el momento había desaparecido. Junto a todo a su alrededor. Como una letanía solo repetía: "Por favor, despierta". "Amor mío, no me dejes".
Debió quedarse dormida, porque cuando menos se dio cuenta, ya estaba Tom a su lado. Después de que llevara a Albert para que lo atendiera, no había preguntado por él.
-Hola. – Le dijo a modo de saludo. – La señorita Pony ya me explicó su estado, verás que pronto se recupera. –
-Gracias, Tom. ¿En dónde has estado? –
-Bueno, por eso vine a buscarte. Ethan, Walter y yo salimos hacia el lugar donde emboscaron a Albert, uno de sus guardaespaldas está malherido. ¿Podrías atenderlo? – Candy lo miró inquisitivamente, quería que le explicara todo lo sucedido. Tom entendió sus dudas.
-Ellos están en la cocina, ahí te explicaran todo. – Apremiándola a salir la ayudó a ponerse de pie. – Yo cuidaré del hombrezote mientras tanto. –
Cuando llegó a la cocina, solo estaban Ethan y Walter, su guardaespaldas personal.
-Le dije a la señorita Pony que se fuera a dormir. Estaba esperándonos cuando llegamos. – Ethan estaba preparando café, y fue lo primero que le dijo al ver a Candy. – Johnny necesita que lo atiendas, Candy. - No dijo nada más confiando en que la rubia reconociera al hombre de Albert.
Candy miró a Ethan tan tranquilo como siempre, era imposible leer alguna expresión en su rostro. Y miró al otro hombre sentado en una silla, tenía algunas magulladuras, se acercó a él para examinarlo.
-Buenas noches, doctora. – Con una sonrisa de medio lado, que acompañó con una mueca de dolor, pues tenía el labio hinchado, la saludó el hombre que cuidaba de Albert.
-Hola Johnny. Déjame revisarte. – Ella empezó con la inspección mientras se debatía sobre preguntarle lo ocurrido.
-El señor Andrew , ¿sigue inconsciente? – La pregunta la tomó por sorpresa al estar inmersa en sus pensamientos.
-Sí, perdió algo de sangre por las heridas que sufrió. Y me atrevo a pensar que ahora su cuerpo se está reponiendo. –
-Fue una navaja de bolsillo. – Siseó cuando Candy rozó la herida que él tenía en el brazo. – Muy filosa por cierto. Pero debería ver como quedaron los hombres que lo atacaron. – Añadió con ironía y Candy detectó cierto orgullo en su voz.
-¿Cuántos...cuántos hombres lo atacaron? – Preguntó con temor a saber la respuesta.
-Tal vez sea mejor que te cuente todo desde el principio, Candy. – Intervino Ethan – Así dejarás de tener cara de haber visto a un muerto. – Candy lo observó furiosa, a veces no le gustaba la manera tan cruda de hablar de Ethan Campbell.
-Creo que el señor tiene razón, doctora, y deba platicarle como ocurrieron las cosas. – Ella asintió, y mientras continuaba con su tarea, él empezó su relato.
-Cuando el señor Andrew regresó de Washington, no quiso esperar para venir hacia acá. Montó inmediatamente en su auto y salió disparado. Afortunadamente el señor Johnson, se dio cuenta a tiempo y pudo ponernos en alerta, pues estábamos descansando. Así que salimos detrás de él, pero viajaba a toda velocidad, por lo que no pudimos alcanzarlo. Fue cuando entramos a las inmediaciones del pueblo en que nos dimos cuenta que algo andaba mal. Atravesábamos un tramo muy espeso de árboles y de pronto nos topamos con un troco caído en medio de la carretera. No era normal, pues el señor Andrew había pasado sin dificultades. De pronto nos vimos rodeados de seis hombres armados con cuchillos y navajas. Mientras los demás se ocuparon de ellos, yo salí corriendo para alcanzarlos. – Una sonrisa iluminó su rostro, Ethan también estaba sonriendo y Candy los observó sin comprender la causa de sus sonrisas.
-¿Y qué pasó? ¿Por qué sonríen así? – Preguntó exasperada.
-Pues que solo dos hombres intentaron secuestrar al señor – Continuó el hombre – tal vez pensaron que por ser rico y todo eso, era una presa fácil. Cuando llegué uno de ellos ya estaba en el suelo intentando ponerse de pie. El otro hombre con el que el señor peleaba, era el de la navaja, era más robusto y llevaba la ventaja de ser más corpulento, el señor ya estaba sangrando y se encontraba débil pero no se rendía. Fue cuando yo llegué que él se desplomó después de un fuerte golpe en la mandíbula. –
-Cayó noqueado. – Afirmó Ethan.
-Afortunadamente. – Comentó un poco más tranquila Candy. – ¿Y qué pasó después? –
-Al ver que yo llegaba, el otro hombre salió huyendo. Yo cargué al señor hasta salir de la espesura de los árboles, fue cuando se acercó el joven de la carreta y le pedí que me ayudara. Agradezco al cielo que nos trajera directamente hacia aquí. –
-Muchas gracias, Johnny. – Candy que en esos momentos ya había terminado la curación, le dio un ligero apretón en la mano, al hombre que hasta cierto punto había rescatado a Albert. De no haber llegado Johnny, el malhechor hubiera cargado con Albert. – Solo queda saber quién está detrás de estos ataques en contra de Albert. – Comentó apesadumbrada.
-Cuando regresamos al lugar, los demás hombres de William ya tenían a la mayoría atados. – Habló Ethan. – Los llevaron a la ciudad con el detective que lleva el caso de su pasado secuestro. –
-Espero que esto se termine de una vez. – Con un suspiro cansado, Candy se encaminó a la salida. – Creo que será mejor que vayamos a descansar, en unas horas amanecerá y no tiene caso permanecer despiertos. –
Después de acompañar al guardaespaldas a su habitación asignada, Candy regresó con Albert. Tom intentó persuadirla para que ella descansara, pero se negó rotundamente, no se separaría de Albert por nada del mundo.
El nuevo día llegó para Candy con el sonido de los niños jugando. Sentada en una silla nada cómoda, no quiso moverse, sentía los músculos tensos y sabía que el cuello le dolería por la posición que mantuvo. Su vista la dirigió hacia la cama, aún mantenía unida su mano con la de Albert. Seguía dormido, su respiración era tranquila. Con sumo cuidado se incorporó, y estiró su cuerpo.
Con presteza y eficiencia, inició una revisión exhaustiva de su prometido. Comprobó que estaba relativamente bien, lo único que quería era que despertara y poder ver sus hermosos ojos azules.
Sintió dejarlo solo pero debía revisar a sus demás pacientes. Comprobó que la mayoría de los niños se encontraba mejor, la hermana María estaba de pie alegando que ya estaba bien, y con todo lo acontecido la señorita Pony necesitaba ayuda.
No fue una epidemia, pensó relajándose por primera vez en días, solo un fuerte contagio.
Después de almorzar, pues ya pasaba de mediodía, fue de nueva cuenta con Albert, infinidad de pensamientos surcaban su mente. Y no dejaba de reprocharse y sentirse culpable por todo lo sucedido.
-¿Cómo amaneció el paciente? – La voz de Hillary sobresaltó a Candy. Se giró para verla, pues estaba de espaldas a la puerta.
-Buenos días, Hillary. No te vi en el almuerzo, ¿estás mejor? –
-Sí. Desperté temprano y salí a dar un paseo. Ethan me acompañó, fue él quien me hablo de lo sucedido por la noche –
-¿Ya le contaste quien te atacó? –
-No. Y no pienso decirlo, me avergonzaría que se enterara de mi situación. –
-No creo que a él le importara. Lo noté verdaderamente preocupado por ti. Y tal vez se entere por cuenta propia. –
-No lo hará, le dije que no conocía al hombre que me atacó, así que no creo que lo busque. –
-¿Y si intenta otra cosa? –
-Conozco a ese hombre lo suficiente para saber que lo que le hizo Ethan, servirá para mantenerlo alejado de mí. Es un cobarde y tendrá miedo de acercarse. –
-Yo no estaría tan segura. Le puedo decir a Albert en cuanto se ponga bien y... –
-No quiero la lástima de nadie, Candy. Te lo agradezco pero, déjalo estar, ¿sí? –
-Sabes bien que no es por lástima por lo que quiero ayudarte, pero si esa es tu decisión, solo te pido que te cuides mucho. –
-No te preocupes, en el futuro tendré más cuidado. –
Hillary sonrió cansadamente, era evidente que no estaba tan recuperada como les decía a todos. Ethan había intentado hacerla hablar para saber quién era su atacante, pero al final se dio por vencido.
-No me has dicho como está William. – Mencionó Hillary cambiando de tema.
-Yo espero que pronto despierte. Tiene algunas heridas y exteriormente no está tan mal, pero el que haya estado tantas horas inconsciente me da miedo que tenga una lesión interna que no pueda ver. –
-Te aseguro que no pasará nada. – Hillary observó detenidamente a su amiga y la observó cansada, ojerosa y vio que ni siquiera se había bañado. - ¿Por qué no vas a refrescarte un poco? Toma un baño, relájate, yo me quedo a cuidarlo. Si hay algún cambio no tardaré en avisarte. – A Candy se le iluminaron los ojos. Y sabía que Hillary cumpliría su palabra, le avisaría inmediatamente.
-Por supuesto, te lo agradezco mucho. – Le dio un abrazo a su amiga – En quince minutos estoy de vuelta. – Candy buscó en su guardarropa ropa limpia, pero antes de salir no pudo evitar preguntarle algo a Hillary. - Te gusta, ¿verdad? –
-¿Bromeas? – Preguntó a su vez Hillary, algo azorada. – Por supuesto que no, es solo un amigo. – Por la expresión en su rostro, Candy pensó que su amiga creía que se refería a Albert. – Además, estoy segura que a Ethan le gustan las mujeres de mundo, guapas y más experimentadas. Sería una idiotez de mi parte hacerme ilusiones con alguien como él, ya sufrí una vez, no pienso hacerlo de nuevo. –
Candy asintió solamente, era evidente que algo detrás de las palabras de Hillary. Solo esperaba que su amiga estuviera equivocada, algo le decía que Ethan Campbell podría ser la felicidad de su amiga.
Después de tomar un merecido baño, Candy se sintió mil veces mejor, cuando estuvo lista en exactamente quince minutos, el baño más corto de su vida, regresó con Albert e instó a su amiga a descansar. Hillary le tomó la palabra dejándola sola, Candy se lo agradeció al momento, pero conforme pasaban los minutos se sentía desesperada. Le tomaba el pulso a Albert casi cada minuto, escuchaba su corazón, revisaba las heridas, cambió el vendaje dos veces. Ya no sabía qué hacer. Finalmente, tomó asiento de nuevo, solo que esta vez lo hizo en la cama, junto a él. Lo tomó de la mano y le dio un breve beso en los labios. Sin abandonar su mano, se recostó junto a él, se sintió de pronto muy cansada y cerró los ojos un momento.
Algo la despertó, un ligero movimiento en la cama. Abrió los ojos y parpadeó varias veces, estaba desorientada, su vista fue hasta su mano entrelazada con la de Albert y recordó todo. No quiso moverse, se quedaría así hasta que pasaran las ganas de llorar que sentía en ese momento, pero un ligero apretón en su mano la hizo reaccionar y sentarse apresuradamente en la cama. Observó a Albert y vio que ya estaba despertando.
Trataba de abrir los ojos, y hacía muecas de dolor al intentar moverse. Candy con las lágrimas en el rostro y agradeciendo al cielo, se puso de pie y empezó a tranquilizarlo.
-Tranquilo, no te muevas bruscamente se te pueden abrir las heridas. –
Por fin Albert abrió los ojos e instintivamente buscaron a la dueña de la voz que lograba darle paz a su mente. Cuando Candy vio esos ojos celestes, no pudo evitar arrojarse sobre él. Abrazándolo.
-¡Gracias a Dios despertaste! ¡Oh, Albert! ¡Sentí que me moría! – Tomó su rostro entre sus manos y lo llenó de besos. Albert estaba extasiado, sentía dolor, pero nada comparado a la felicidad que sentía al ver que Candy no se mostraba fría o distante como cuando la dejó en la estación. De pronto, en un movimiento, le lastimó las costillas, Albert no pudo contener un gemido de dolor. Candy se apartó de inmediato, sintiéndose terriblemente mal, por olvidar el estado en que se encontraba él.
-¡Lo siento! Soy una tonta, olvidé que estás muy lastimado. ¿Cómo te sientes? ¿Te duele mucho? ¿Te hice daño? Valiente doctora resulté ser, - Se puso de pie, caminando frenéticamente al buscar su maletín y sin dejar de hablar. – mira que prácticamente estuve encima de ti, no sé cómo me titule, es algo inconcebible que actúe de ese modo. –
-Candy – La profunda voz de Albert la detuvo en la búsqueda de su estetoscopio, el cual había dejado sobre una cómoda y a pesar de haber buscado en ese lugar no veía. – Ven aquí. – Albert extendió el brazo que tenía un poco entumecido, pero no le importó, solo quería que ella estuviera cerca de él. Ella se acercó obedientemente. Se sentó en la cama junto a él. – Eres una excelente doctora, así que no te reproches nada. –
-Pero te lastimé. –
-Y volvería a pasar por ese dolor mil veces, con tal de que al despertar siempre me recibieras así. –
Ella sonrió levemente, bajó la cabeza al recordar su comportamiento en Chicago y todo lo que había hecho, estaba avergonzada. Él tomó con un dedo su barbilla y la levantó para que lo viera a los ojos, ella así lo hizo. No dijeron nada, se hablaron con el corazón, las lágrimas acudieron nuevamente a los ojos de Candy.
-Te amo, lo siento mucho. – Dijo ella entre sollozos. – Me porté como una tonta, no debí... - Él la calló inmediatamente.
-Olvidemos el pasado, lo que importa es el aquí y el ahora. Y ahora estamos juntos. –
-Pero estás herido. –
-¿Y crees que eso me importa? Con tal de estar junto a ti, pasaría por esto nuevamente. Estar sin ti, es como morir en vida. –
-Como si el sol hubiera dejado de brillar, y el frío se apoderara de ti. – Secundó ella, pues así se sentía. –
-Prométeme que nunca más te guardarás lo que sientes o piensas. –
-Y tú prométeme que ya no expondrás tu seguridad, mira en qué estado te encuentras. –
-Lo prometo. Aunque hay algo bueno en todo esto. –
-¿Qué es? –
-Tengo la atención completa de una hermosa doctora, que estoy seguro que me mimará en mi convalecencia. –
Albert sonrió pícaramente, y ella le dio la razón.
-Estarás muy mimado, así que no pienses en salirte con la tuya y quieras hacer las cosas a tu manera. –
-No lo haré. – Se movió un poco y eso le provocó cierto dolor.
-¿Te duele mucho? – Preguntó Candy preocupada.
-Sí. Pero hay algo que me hará sentir mil veces mejor. –
-¿Qué es? –
-Un beso. –
-¿Más? –
-Uno real, como debe ser. – Ella lo miró dubitativa, sopesando los pros y contras sabiendo a qué clase de beso se refería, él tenía su labio herido y no quería hacerle más daño.
-Pero tu labio... -
-Deja que yo me ocupe de eso, necesito sentirte para saber que no es un sueño. –
La expresión de su rostro convenció a Candy de complacerlo, aunque ella también lo deseaba. Solo pensaba rozar sus labios con los de él, pero al acercarse, Albert la tomó del rostro, y no la dejó retroceder. Al principio, ella quiso separarse, pero mientras él profundizaba más el beso, Candy se fue relajando entre sus brazos. De pronto se vio abrazándolo por el cuello, haciendo cada vez más íntimo el beso. Albert sintió que volaba, al probar sus labios, no pudo separarse de ella, probó la miel de su boca y supo que ya era adicto a ella. Se separaron a regañadientes, pero sin separarse demasiado, Albert acarició el rostro de ella con devoción.
-Dios, de verdad eres hermosa. Te amo y nunca me cansaré de decirlo. –
Candy ya sentía que flotaba. Parecía que el beso le había derretido el cerebro y tardó unos minutos en reaccionar y hacer lo que debía. Lo examinó detenidamente, y salió a prepararle algo de comer.
La noticia de su restablecimiento, alegró a todos. Y al final de la tarde, Candy tuvo que pedir que lo dejaran descansar, en especial a los niños que lo querían mucho. Tom había mandado un telegrama a la ciudad, explicando la situación a Elroy. Candy le avisó de lo ocurrido a Annie.
Fue así que Elroy, Archie, George, Annie y Terry, llegaron al siguiente día. Elroy estaba casi histérica regañó a Albert por no actuar con prudencia. Y estaba casi ofendida por la presencia de Annie en ese lugar, estaba convencida que la chica mantenía relaciones ilícitas con el actor y lo consideraba una mala influencia para Candy. Archie estaba preocupado por su tío, pero al verlo mejor, se dedicó a disfrutar de su estancia en medio de la naturaleza. Sentía algo raro al ver juntos a Annie y a Terry, pero se dijo que solo era por su omnipresente antagonismo con Terry, y se convenció de estar contento por Annie. En lo que a Samantha se refería ya había decidido no participar en su chantaje.
George le informó a Albert que el detective ya había interrogado a los malhechores y ya estaba sobre la pista de los responsables. Albert no quiso saber nada más, se dijo que después de llevar a cabo el plan que tenía en mente, regresaría a Chicago y enfrentaría todo lo sucedido durante su ausencia.
Fue así como dos semanas después, con todos los invitados ayudando en el hogar de Pony, incluyendo a Elroy, Albert se encontraba más recuperado. Ya solo le molestaba de vez en cuando el dolor de sus costillas lastimadas, pero sabía que ya era hora de llevar a cabo su plan. Ya todos sabían de qué se trataba, a excepción de Candy y Elroy, quien se preguntaba por qué seguían todos en ese lugar cuando tenían cosas qué hacer en la ciudad. Solo George y Archie viajaban de vez en cuando manteniendo los negocios vigilados. Ethan había dejado todo en manos de Christian y este lo mantenía bien informado.
Así que, esa tarde, al tomar su caminata habitual, Albert llevó a Candy hasta la colina de Pony. Estaban sentados sobre la hierba, las hojas de los árboles caían como lluvia recordando que estaban en otoño. Ella estaba recargada en el magnífico padre árbol, la cabeza de Albert descansaba en sus piernas. Mientras Candy mantenía los ojos cerrados y acariciaba los rubios cabellos de Albert, él no dejaba de observarla. Esas dos semanas habían disfrutado de su noviazgo como nunca antes, lejos de tantos problemas y presiones era como si estuvieran en otro mundo. De pronto, se puso de pie sorprendiéndola y llevándola con él. La beso suavemente en los labios, y ella se abrazó a su cintura.
-Cásate conmigo. – Dijo él de repente. Candy se separó y lo miró inquisitivamente.
-Pensé que eso ya me lo habías pedido. – Contestó ella algo confundida.
-Me refiero aquí, ahora. Bueno ahora no, pero sí en una semana. –
Ella parpadeó, si estaba soñando se despertaría. Cuando vio que no sucedía nada, miró a todos lados pensando que tal vez era una broma y en un momento todos saldrían riéndose.
-¿Qué pasa, Candy? – Albert se preocupó por su reacción.
-¿Estás hablando en serio? –
-Nunca he hablado más en serio en mí vida. Ya no quiero esperar más, y cuando regresemos a Chicago, quiero que seamos marido y mujer, juntos podremos con todo lo que se nos venga. Así que, ¿qué dices? Casarnos aquí, justo en esta colina frente al padre árbol, en el lugar en que nos conocimos. –
Ella se quedó inmóvil unos segundos, pero enseguida reaccionó arrojándose en sus brazos.
-¡Por supuesto que sí! ¡Oh, sí! ¡Sí, me casaré contigo! -
Albert tomó su barbilla con delicadeza, y mirándola fijamente a los ojos besó suavemente sus labios. Candy se aferró a él tomando su cuello, acariciándolo mientras profundizaban el beso. No querían separarse, los sentimientos a flor de piel los mantenían alejados de la realidad.
Cuando por fin se separaron, a regañadientes, ella lo abrazó de la cintura. El solo pensamiento de ser su esposa en solo una semana, le hizo sentir temor, hasta el momento nada bueno había salido de su repentino compromiso y al sentirlo tan cerca de su corazón quiso alejar los malos pensamientos. Él correspondió a su brazo, infundiéndole la confianza que ella tanto necesitaba. De pronto, otro pensamiento llegó a su mente.
-Albert, pero no dará tiempo para los preparativos. Y la tía Elroy... ¡Dios Santo! Nos linchará cuando lo sepa. – Separándose un poco de él, le explicó sus temores. Y la cara que puso al recordar a la tía, era para premiarse.
-Tranquila. – Le contestó con ternura. – Sería incapaz de no darte la boda que te mereces. No quiero que alguien piense que nos casamos tan apresuradamente porque queremos ocultar algo. Vendrán reporteros de los principales periódicos nacionales para cubrir el evento, tres, para ser exactos, y como son buenos amigos míos, la crónica solo dirá la verdad. Y creo que es aquí donde debo decirte que todos han cooperado en las últimas dos semanas en los preparativos. – Candy lo observó incrédula. – Solo falta que le des tú toque personal, de acuerdo a tus gustos. Y en cuanto a la tía, no te preocupes, pondrá el grito en el cielo pero yo hablaré con ella y verás cómo termina ayudando en lo más elemental.
Y así fue. Albert habló en privado y muy detenidamente con su querida tía. Y aunque se sentía ofendida, excluida, y además de no dejar de hablar del escándalo que causaría una boda con tanta premura, ayudó en los detalles más ínfimos. Utilizando todos los recursos que su apellido y la fortuna le daban, organizó una pequeña recepción.
Aprovechando la culpabilidad que sentía en Candy porque no se hicieron las cosas como Elroy ansiaba, convenció a la chica para que influyera en Albert, y este accediera a invitar a sus socios más importantes, así como a los dos miembros del consejo que los habían apoyado. Un poco reacio, Albert tuvo que aceptar que lo que pensaba sería una boda sencilla e íntima, se convirtiera en una fiesta con casi cien invitados, aunque claro, entre esos invitados se encontraban obviamente los residentes del hogar de Pony, algunos miembros del pueblo, Tom, su padre, Terry y Annie, invitados que Elroy no aceptaba tan fácilmente.
Annie viajó en compañía de Terry, lo cual no agradó a Elroy, pero siendo los mejores amigos de los novios no pudo hacer nada.
Candy no podía dormir. Era sábado, casi medianoche y ella deambulaba cerca del padre árbol. Toda esa semana había sido frenética. Miró a su alrededor y se sorprendió al ver el cambio que había tenido lugar en el exterior del hogar.
Colina abajo, en la explanada, se encontraba una carpa lo suficientemente grande para albergar a cien personas. Elegantemente decorada, las mesas estaban ataviadas con manteles blancos exquisitamente bordados a mano, los cubremanteles hacían juego con los moños plateados que adornaban las sillas.
Había telas plateadas y blancas que decoraban el lugar, desde el techo hasta las paredes. Ella trató de imaginarse el lugar con la inmensa cantidad de alcatraces que llegarían a la mañana siguiente desde Chicago. Todo se vería hermosamente adornado con esas flores, desde los centros de mesa, hasta la colina de Pony.
Un fuerte viento se hizo presente recordando los días fríos que habían precedido a ese. Se abrazó así misma mirando a su alrededor. El padre árbol lucía en todo su esplendor otoñal, en ese mismo lugar, el juez y sus testigos estarían cerca del mediodía. Se casarían solo ante los familiares y amigos íntimos, por eso el enlace se llevaría a cabo casi al principio del día. No querían que nadie además, de la familia fueran testigos de su unión. Ella había participado activamente en los preparativos, y aún no lo podía creer. Era un sueño hecho realidad. Y sonrió ampliamente al recordar su vestido. Annie se había encargado de hacer sus deseos realidad y según su diseño, se había confeccionado con materiales de la más alta calidad.
De pronto, unos fuertes brazos cubrieron los suyos, el calor de los mismos era algo conocido por ella, reconociendo su aroma y suspirando soñadoramente, se apoyó en el pecho de Albert.
-Creo que estoy demasiado nerviosa, no podía dormir y finalmente decidí dar un paseo. ¿Y tú? – Albert sonrió contra su cabello.
-Supongo que podría acusarme de lo mismo.
-¿Estás nervioso? – Candy se giró hacia él para quedar cara a cara. No podía creer que el fuerte hombre que había colaborado en los preparativos, que se había encontrado en su entorno, y se encontraba satisfecho con el trabajo físico, fuera el mismo que estaba nervioso por su próximo enlace. Él sonrió tímidamente.
-Por supuesto. No me caso todos los días, ¿sabes? – Su sonrisa de medio lado se tornó en seriedad de pronto. – Tengo miedo de no saber hacerte feliz.
-¿Cómo puedes pensar eso? Todos estos años, sin proponértelo, me has hecho feliz. Siempre has dado lo mejor de ti, y te has asegurado de que no me falte nada.
-Pues no siempre pude evitarte dolor. – Obviamente recordando las épocas más tristes de su vida, como la muerte de Anthony y la separación de Terry.
- Pero a pesar de haber sufrido, tú siempre estuviste ahí para mí, fuiste mi constante, lo que me mantuvo a flote y enganchada a la realidad. Sin ti no habría podido salir adelante... Es por eso que te amo.
-¡Oh, Candy!
Sin previo aviso, tomó su rostro entre sus manos y la besó. La besó con ternura, con fervor, con todo el amor que guardaba su corazón. Y ella respondió igual, con la misma necesidad de demostrarle todo lo que sentía por él. Ella lo abrazó por la cintura pegándose a él, y recorrió su espalda con sus pequeñas manos, de la misma manera que él hacía. Habían estado separados la última semana y ya no soportaban estar tanto tiempo separados. El tiempo se perdió y solo se escuchaban suspiros, y palabras de amor entre beso y otro.
Pero tuvieron que parar. Las caricias se les estaban yendo de las manos y Albert quería mantener su promesa. Así que, separándose poco a poco, posó su frente con la de ella.
-Mañana, amor mío, mañana ya nada nos separara. – Dijo él contra sus labios. Ambos mantenían los ojos cerrados, tratando de calmar su desbocado corazón, al tiempo que anhelaban que esa promesa se hiciera realidad.
Sin decir otra palabra, Albert la tomó de la mano y entrelazaron sus dedos. Caminaron juntos hasta el hogar y él la acompañó hasta su dormitorio, se despidieron con un beso fugaz en los labios. Con la promesa del mañana presente entre ellos.
-Hasta mañana. – Le dijo ella.
-Te amo. – Contestó él.
-¡Candy, Candy! – Annie entró como una tromba en la habitación de Candy. Eran las siete de la mañana y la rubia seguía dormida. Algo demasiado normal dadas las circunstancias que rodearon su partida al mundo de los sueños, pues no pudo conciliar el sueño hasta las cuatro de la madrugada. Estaba demasiado agitada y emocionada para que dormir tranquilamente.
Se tapó con el edredón la cara, solo quería seguir durmiendo a pesar del ruido que hacía su amiga.
-Muy bien, entonces saldré y le diré a Albert que prefieres seguir dormida a prepararte para su boda la cual se celebrará en escazas cinco horas. – Dijo con tranquilidad Annie, y Candy recordó qué día era. Se levantó de súbito y aventó las cobijas a un lado, abandonando la comodidad de la cama. Hacía frío.
-¡Annie! ¿Por qué no me despertaste más temprano? – Annie entornó los ojos, ya había entrado una hora antes y por nada del mundo pudo despertarla. Pero había algo más importante qué tratar con ella.
-Candy, Hillary acaba de llegar del pueblo y, ¡por fin llegó! –
Era una banda flapper, diseñada con diamantes puros y una esmeralda colocada en el centro recordando el color de los ojos de Candy le daba el toque llamativo. Mandada a hacer especialmente para adornar y sujetar sobre la frente el velo largo de tul que llevaría, y era uno de los tantos regalos de Albert para Candy.
-¡Es hermosa! – Exclamaron las chicas al unísono. Candy la sostenía entre sus manos admirando el excelente trabajo del joyero de la familia. Y viéndola así, de cerca se alegraba de no haber podido persuadir a Albert de que se la diera como regalo.
Annie la tomó y guardándola de nuevo en su estuche, comenzó a explicarle el movimiento que se oía fuera de la habitación.
Las flores ya estaban en su lugar, la orquesta había llegado, el banquete se estaba preparando. El juez llegaría a las doce de la tarde, mientras Albert estaba supervisando los últimos detalles. Archie y George llegarían a la estación del tren en una hora, acompañados de los socios y sus respectivas familias. Ethan y Tom, estaban trabajando con los guardias de seguridad que habían sido contratados además de los guardaespaldas personales.
Annie notó que su amiga se tensaba ante la mención de los guardias. Posó su mano sobre su brazo, tranquilizándola. Candy la miró en agradecimiento.
-No puedo evitar pensar en lo que ha pasado. Albert se ha visto en peligro dos veces y me estremezco de recordar las veces que he estado a punto de perderlo. –
-Lo sé, Candy, y te entiendo. Pero debes olvidar todo eso y disfrutar de tu día. Albert desea que olvides lo que ha pasado, por eso decidió que se casaran aquí. Además, están seguros, y la protección adicional solo es para darles tranquilidad. Ahora lo que te debe preocupar es estar lista para cuando el juez los declare marido y mujer.
La sola idea la hizo sonreír de anticipación. Y la llegada de Hillary, la señorita Pony y la hermana María, así como de Elroy, la hicieron olvidar las preocupaciones y concentrarse en su arreglo personal.
Le dieron un baño especial de burbujas, era aromático, a rosas y lavanda. Su piel desprendía ese delicado aroma, y en combinación con su perfume" volvería loco a Albert", según le susurró Hillary al oído guiñándole un ojo, mientras Annie sonreía pícaramente. Ella se sonrojó inmediatamente.
A partir de entonces no descansaron, lo que Candy creía que sería de lo más sencillo, se convirtió en todo un gran evento. Las mujeres entraban y salían de la habitación, y ella se sentía como conejillo de indias con la diferencia de que con ella no estaban experimentando. O al menos eso creía.
Ingenuamente había pensado que podría pasar algún tiempo con Albert, y al parecer él también, pues algún tiempo antes había querido entrar a verla y todas lo sacaron a empujones. No era por la típica superstición, sino porque le quitaría tiempo a la novia. Tiempo muy valioso, según las mujeres reunidas ahí.
Y al parecer tenían razón. Cuando terminaron su arreglo, ya casi era la hora precisa. La dejaron a solas mientras las demás iban a sus propias habitaciones a terminar su arreglo. Así que aprovechó para admirarse en el espejo de cuerpo completo que había cerca de la cama. Y lo que vio le gustó.
Su vestido era simplemente hermoso. La tía Elroy lo consideraba algo atrevido por los tirantes de pedrería que dejaban al descubierto sus delicados hombros, se cruzaban en la parte de la espalda, mostrando un poco más de piel. La parte frontal tenía un bordado de cristal en forma de mariposa, enmarcando su atractiva silueta a la altura de la cadera. La caída de la falda era algo fluida, sin rozar lo recto o lo amplio, el drapeado le daba más movilidad a la delicada tela. El pelo lo llevaba sujeto en un moño a la altura de nuca, el velo lo colocaron cubriendo completamente su cabeza, sosteniéndolo con la banda flapper. El velo era largo por lo que llegaba hasta el suelo. No llevaba cubierta la cara, así que el maquillaje hacía resaltar sus finas facciones. Una elegante gargantilla de esmeraldas y oro blanco a juego con los pendientes adornaba su cuello. Ella los tocó casi con reverencia, le daban un toque de color a su impoluto vestuario. Y aunque ella prefería llevar zafiros ese día, Albert la convenció de lo contrario aludiendo que se verían perfectos con sus ojos.
Suspiró fuertemente, al parecer Albert estaba siendo un poco extravagante. Cuando ella le dijo que no eran necesarios tantos regalos solo le mostró una de esas sonrisas suyas que le debilitaban las piernas y le dijo: "Nada es suficiente para ti". Y con eso la convenció, bueno, eso y el beso que acompañó esa afirmación.
Caminó hasta la mesita que se encontraba al centro de su habitación para tomar los guantes largos que complementarían su vestuario. Pero antes tomó del cajón de su cómoda el pequeño regalo de bodas para Albert. Era un reloj de oro de bolsillo, con la cadena también oro, que terminaba en una bola de cristal y cuarzo. La tapa mostraba las iniciales de ambos en delicada letra cursiva y unida entre sí. Al abrirlo mostraba la inscripción: "Te amo. Lo leas hoy, o lo leas mañana, nunca cambiaré lo que siento por ti". "Por siempre tuya, Candy".
Lo colocó nuevamente en su lugar, ya se lo daría una vez que estuvieran solos. Se puso los guantes y miró hacia afuera, los niños del hogar engalanados con sus mejores trajes seguían tranquilamente a la hermana María que los dirigía a su lugar reservado para la boda. Los lujosos automóviles de los invitados estaban estacionados en la parte posterior del hogar. Los invitados tomaban refrigerios que ofrecían los meseros, canapés, champagne y vino de la más fina calidad. Se movió inquieta, se estaba poniendo nerviosa. Y solo le quedaba pensar en lo que estaría haciendo Albert.
Albert estaba demasiado nervioso. Archie y George lo acompañaban, su carísimo esmoquin negro hecho a la medida contrastaba con su impecable camisa blanca, en ese momento intentaba hacer un nudo Windsor en su corbata, pero simplemente no podía. En un gesto de impotencia, arrojó la corbata a un lado.
-Creo, tío abuelo William, que tu edad ya se hizo presente. Te están temblando las manos. – Con una sonrisa burlona, Archie se acercó hasta él, recogió la corbata y comenzó a anudarla en el cuello de Albert con toda la paciencia del mundo.
-Pues si sigues burlándote de él, el tío abuelo te demostrará que tiene la edad suficiente para darte una azotaina. – Contestó Albert con humor en su voz, dejando que su sobrino terminará la tarea por él. Archie solo sonrió más ampliamente.
-Tranquilízate, William, todo saldrá bien. Hemos revisado todo y está en perfecto orden. – Intervino sonrientemente George.
-George tiene razón Albert, parece que eres el primer hombre que se casa. – Mientras hablaba, Archie terminaba de ayudar a Albert. Después de anudarle la corbata, le ayudó con el saco, poniéndole una rosa blanca en la solapa. – Listo. – Dijo, retirándose un poco para verlo mejor. – Pues estás...decente. Pero imagino que para Candy serás el hombre más atractivo que haya visto. – se burlaba de él otra vez.
-Archie... - Le contestó Albert a modo de advertencia pero en esos momentos quería comprobar como se veía. Su ego masculino le exigía que ese día en especial, Candy de verdad lo viera como el hombre más atractivo del mundo.
Estaba impecable, negándose a seguir la moda llevaba el pelo revuelto sin mostrarse despeinado. Sus ojos se veían más claros que de costumbre, y las espesas y gruesas pestañas los hacían resaltar aún más. Su mandíbula firme, sus pómulos bien definidos y sus labios carnosos, no solo lo hacían verse atractivo, sino que aumentaba su masculinidad.
El traje se ajustaba perfectamente a su esbelto, pero musculoso cuerpo. Su cintura estrecha, sus anchos hombros, y sus largas piernas, demostraban que a pesar de trabajar en una oficina, no eludía el trabajo físico.
-William. – Elroy entró a la habitación para informarle que ya estaba todo listo. Archie y George salieron en ese mismo instante dejándolos solos.
-¿Candy ya está lista tía? – Preguntó ansioso paseándose por la habitación.
-Hillary me ha asegurado que ya está lista.
Elroy lo observó con detenimiento y lo abrazó fuertemente. Albert le correspondió y al separarse de ella, notó que estaba llorando.
-¿Qué pasa, tía? – Le preguntó tomándola de los hombros.
-Nada hijo, solo que...sabes que te quiero como a mi hijo. Y yo deseo desde el fondo de mi corazón, que seas muy feliz. Espero que Candy sea una buena esposa para ti.
-Tía, muchas gracias. Sé que seré feliz porque me casaré con la mujer de mi vida. Ella es...simplemente la única, la perfecta para mí. Y espero ser lo mejor para ella.
Elroy asintió. A pesar de que veía a Candy de diferente manera, que comprendía las injusticias que cometió con ella en su niñez, que hasta cierto punto se sentía orgullosa de ella, y que había sido precisamente Elroy quien ideó la boda entre su sobrino y Candy, algo dentro de ella seguía pensando que William Andrew merecía casarse con alguien que estuviera a su altura, los viejos prejuicios era difíciles de eliminar. Pero también confiaba plenamente en que ella cuidaría de él, que lo amaría. Lo veía en sus ojos cada vez que Candy hablaba de él. Entonces supo que nada tendría que decir, Albert necesitaba a alguien que hiciera ambas cosas. Y ella estaría contenta con ello. – En ese caso, será mejor que bajemos.
-Candy. – La voz de la señorita Pony, devolvió a Candy a la realidad. – Ya es hora, hija, apresúrate o de lo contrario pensarán que te has arrepentido.
-Lo siento, señorita Pony. Estaba divagando. ¿Y está todo listo?
-Sí, el señor Andrew, espera por ti desde hace unos minutos. – La ayudó a salir de la habitación. Y la acompañó hasta la escalera. En donde la esperaba Archie para acompañarla hasta donde estaba Albert. – Ahora te convertirás en la esposa de uno de los hombres más importantes de todo el país. – Mientras caminaba a lado de ella, aprovechó para hablarle. – Y tú tendrás que actuar con la cabeza, y con sentido común.
Candy la observó tratando de entender lo que quería decirle.
-Has comprobado por cuenta propia que puede haber problemas, intrigas e incluso malos entendidos que pueden hacer que tu relación falle. La gran diferencia es que de ahora en adelante, no podrás huir cada vez que algo salga mal. El matrimonio es un compromiso de por vida, en donde tendrás que aprender a resolver los problemas, hablando. Nunca permitas que tu orgullo, o el temor se interpongan en tu relación. Permite que tu corazón sea el que hable, no dudes en demostrarle cuanto lo amas. Recuerda: el amor y la comunicación son la base de un matrimonio duradero y feliz.
Estaban cerca de las escaleras y Candy solo pudo abrazar a la señorita Pony. Olvidaba que podía confiar lo suficiente en ella, y que sus consejos siempre eran los más acertados. Porque sabía que ella tenía razón, no podía seguir actuando como niña, huyendo cada que algo saliera mal.
-Muchas gracias, señorita Pony... La quiero mucho. – Volvió a abrazarla y unas cuantas lágrimas corrieron por sus mejillas.
-Por algo soy tu madre...anda, ya no llores, estropearás tu perfecto maquillaje. – Con ternura secó sus lágrimas con un pañuelo y la condujo hacia el piso inferior.
Archie ya la esperaba al pie de las escaleras. Todos estaban listos, y cuando la vieron, reconocieron que estaba hermosa.
-Candy te ves maravillosa. – Exclamó Archie tomándola del brazo. Y besando con ternura su mejilla.
-Pecas, de verdad te ves extraordinaria. – Terry la admiró brevemente, antes de que todos se acercaran a ella para felicitarla.
Ethan, Tom, George, Hillary y Annie se unieron a ellos. Ella estaba radiante de alegría, la felicidad emanaba por sus poros.
-Chicos, chicas, será mejor que nos apresuremos. Si Candy no llega a tiempo, a Albert le dará el soponcio. –
Todos rieron complacidos, pues eran testigos de que Albert estaba sumamente nervioso.
Finalmente, tomaron sus posiciones para salir. Todos saldrían del hogar en pareja. Primero, George llevaría del brazo a Elroy, seguidos de Tom y la señorita Pony. Ethan y Hillary irían detrás de ellos, mientras que Terry y Annie serían los últimos. Todas las parejas pasaron a un lado de Albert que esperaba a Candy al pie de la la colina de Pony. Los demás ya los estaban esperando en el lugar.
Albert agudizó su mirada para localizar a su amada. Y por fin la vio, desde lejos se veía hermosa, solo esperaba para poder contemplarla de cerca.
Candy y Archie se acercaban a él. Cuando Candy lo vio, sintió que desfallecía, estaba guapísimo. Y pronto sería su esposo.
Cuando llegaron a donde Albert, Archie le dio un beso en la mejilla a Candy y un fuerte abrazo a su tío. Mientras él tomaba su lugar con los demás, Albert sonrió tiernamente a Candy. Tomó su mano y le dio un cálido beso en el dorso.
-Creí que no llegabas... ¡estás hermosísima!
Obviamente la contemplaba con fascinación, admirando el vestido que se hacía resaltar su delicada piel de porcelana y las curvas que resaltaban su feminidad.
Ella se sonrojó y suspiró profundamente, últimamente venía haciendo eso a menudo.
-Tú también, quiero decir, estás muy guapo.
Con la satisfacción que solo puede sentir un hombre que está a punto de casarse con una mujer extraordinaria, Albert la tomó del brazo y comenzaron a subir la cuesta que los llevarían a sellar su destino eterno.
-Buenas tardes. Estamos hoy reunidos para celebrar el matrimonio entre William Albert Andrew y Candice White. Ambos mayores de edad y compareciendo libremente... -Eran las palabras del juez una vez que los novios llegaron ante él.
Era un día nublado, el viento soplaba levemente llevando con él algunas hojas de los árboles. Y al momento en que el juez enumeraba las cualidades del matrimonio, un trémulo rayo de sol iluminó a los novios dándoles una vista casi irreal, pues solo los iluminaba a ellos dos.
-Así pues, - Continuó el juez - te pregunto William Albert Andrew, deseas contraer matrimonio con Candice White?
-Acepto. – Declaró sin vacilación Albert mirando con adoración a Candy.
-Y tú, Candice White, ¿deseas contraer matrimonio con William Andrew?
-Acepto. – Respondió ella sintiendo como se llenaba de amor su corazón.
-Ahora pueden intercambiar los anillos y sus votos matrimoniales.
-Te prometo, Candy, desde el fondo de mi corazón, que te amaré hasta que la muerte nos separe. – Fueron las palabras que Albert le dedicó a Candy mientras deslizaba la argolla en su delicado dedo. – Te prometo, como amante y amigo, que te amaré como nunca amaré de nuevo, con todo lo que soy.
-Y yo Albert te aseguro que este no es un amor ordinario. Comenzó Candy imitándolo. - Eres mi corazón, mi alma, mi todo. Cada noche agradezco a Dios, por ponerte en mi camino y darme las fuerzas para amarte. Y prometo darte todo lo que necesites y caminar de tu mano hasta que la muerte nos separe.
-En virtud de los poderes que me confiere el estado de Chicago, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Albert se inclinó con presteza y tomó a Candy por la cintura acercándola a él. Candy posó sus manos sobre el pecho de este y se besaron con todo el amor anidado en sus corazones. Duró varios minutos y no lo profundizaron porque el carraspeo de Elroy los hizo separarse.
Así, una vez firmada el acta de matrimonio. Todos se acercaron a felicitarles.
Mientras caminaba de la mano de su esposo, Candy pudo comprobar que todo estaba decorado con alcatraces, hasta el lugar donde habían contraído matrimonio se veía exquisito. Y su corazón latió de prisa al contemplar al majestuoso padre árbol. Ni en sus más locos sueños, hubiera pensado casarse en su hogar, a lado de sus madres y como testigo el árbol que la había acompañado desde su niñez, en la alegría, travesuras y la más infinita tristeza. Ahora también la había acompañado en uno de los días más felices de su vida, y todo gracias a su gran amor: Albert.
Regresaron inmediatamente al orfanato donde se serviría un almuerzo íntimo, casi privado. La burbuja en la que se encontraban Candy y Albert se podría describir casi como de ensueño. Ellos no dejaban de darse miradas llenas de sentimiento, esporádicos besos en la boca, caricias debajo de la mesa. Ni siquiera se dieron cuenta de la hora en que comenzaron a llegar los demás invitados. Así que cuando Elroy les recordó que debían estar presentes para recibir a todos, ellos desearon desaparecer. Se arrepintieron en darle a su tía ese gusto, pues lo único que querían era salir de ahí para encontrarse solos. Con miradas llenas de resignación, suspiraron audiblemente y salieron con las manos entrelazadas.
Y de esa manera llegaron hasta el lugar de la recepción. La orquesta tocaba una melodía romántica, los meseros conducían a los presentes a sus respectivos lugares, sus amigos charlaban amenamente entre ellos, mientras los niños corrían a felicitar a los recién casados.
Y fue transcurriendo el tiempo, la sesión fotográfica les sacó a todos sonrisas y carcajadas. La hora de los regalos y el banquete pasaron en un abrir y cerrar de ojos para dar paso a la hora del baile. La cual todos aprovecharon para demostrar lo bien que sabían bailar.
Foxtrot, charleston, y hasta lindy hop, se escuchaba por doquier. Los novios bailaron todo lo que el vestido de Candy le permitía. Hasta que finalmente llegó el momento del vals y por fin tuvieron un momento de quietud.
-No encuentro el momento de salir de aquí. – Le confesó Albert al oído a Candy mientras bailaban el vals y la estrechaba contra él. Ella sonrió en complicidad con la idea. – ¿Ya te dije lo bella que te encuentras hoy? - Candy suspiró.
-Varias veces. – Contestó ella, reconociendo que no solo se lo había dicho con palabras, sino también con la mirada. La veía de tal modo que la hacía sentirse hermosa.
-Y espero que esos suspiros que he oído a lo largo del día, sean por nuestra boda.
-De hecho, - Dijo ella mordiéndose el labio inferior sintiéndose audaz - se deben a ti, William Albert. Solo por ti.
A él se le secó la boca, se veía tremendamente sexy mordiéndose el labio, y reconoció que esa parte coqueta de su esposa era la que más le gustaba. Y en esa ocasión fue él quien suspiró.
-Te amo. – Dijeron al unísono y continuaron bailando sumergidos en su propio mundo.
Después de partir el pastel de bodas, las chicas llevaron a Candy a su habitación para que se cambiara.
-¿Ya sabes a donde te llevará Albert de luna de miel? – Preguntó Hillary entusiasmada mientras le ayudaba a quitarse el vestido.
-Me dijo que deseaba llevarme a Escocia, pero dadas las circunstancias, dijo que lo mejor sería quedarnos en el país. Aunque no sé exactamente qué tiene planeado, "será una sorpresa", me dijo.
La decepción evidente en la cara de Candy provocó risas en sus amigas. De pronto, Candy se puso seria observando a Hillary.
-Hillary, estoy preocupada por ti. – Candy tomó la mano de su amiga mostrándole su evidente preocupación. Hillary negó con la cabeza tratando de aligerar el momento.
-No tienes por qué. Te aseguro que estaré bien, ahora que estás casada ya no necesitas una dama de compañía y...bueno, ya me ofrecieron trabajo.
Candy miró a Annie, pensando que había sido ella. Annie lo negó, era evidente que ella no sabía nada de la situación por la que pasaba Hillary.
-Mira Hillary, no es necesario que tomes ninguna decisión ahora, espera a que regrese y ya veremos qué pasa. Quédate en la mansión, la tía Elroy se sentirá a gusto teniendo tu compañía.
-Candy, te agradezco tu preocupación por mí, pero estaré bien. Ya hablé con la señora Elroy, me hizo la misma propuesta que tú, pero deseo pasar unos días con mamá. En una semana, debo empezar a trabajar.
-¿Pero quién te ofreció trabajo? Hillary, después de lo sucedido en Chicago... - No terminó la frase, no era necesario.
-Ya lo sé. Creo que estarás más tranquila si te digo que Ethan Campbell fue quien me ofreció trabajo.
Candy se detuvo en seco, ya había visto que Ethan solo tenía ojos para su amiga, y comprendió que su ofrecimiento había tenido que ver con protegerla.
-Vaya – Contestó sin ocultar su sorpresa - creo que efectivamente estoy tranquila con ello. Y, ¿de qué trabajarás para él?
-Pues... dice que necesita a alguien que conozca la ciudad ahora que empezará a hacer negocios en el país.
-Ah.
Candy no supo qué más decir, era obvio que ni el mismo Ethan tenía en claro para qué trabajaría para él. Pero sabía que tampoco podría ofrecerle dinero, pues ella se ofendería. Así que decidió dejar el tema.
-Y tú Annie, ¿qué harás?
-Bueno, pues...Terry me ha invitado a pasar unos días un Nueva York con él. Y dado que este año no he tomado vacaciones, pienso ir con él.
-Vaya, no piensas perder el tiempo, ¿eh?
El comentario de Candy hizo que volvieran a estallar en carcajadas. Las cuales fueron acalladas con los impacientes golpes en la puerta. Cuando dieron el pase, entró Elroy para apremiarlas, al parecer ya habían tardado más de la cuenta.
-Candice, William ya está impaciente. – La autoritaria voz retumbó en la habitación, y era obvio que el tono de su voz y la mirada que le dedicó a Annie, era porque no aprobaba su presencia, aunque la toleraba. – Creo que piensa que te escaparás, aunque ya le dije que si planeabas huir, ya era demasiado tarde, eso debías hacerlo antes de la boda.
Su intento de broma hizo sonreír a las chicas, aunque Candy pudo notar la incomodidad de Annie. Pero no le dieron tiempo de pensar en nada más, pues cuando salieron Albert ya estaba esperándola de pie cerca del automóvil que conduciría él mismo.
Todos sus seres queridos y amigos estaban ahí para despedirlos. Después de desearles lo mejor, emprendieron el viaje.
Por un momento, Candy pensó que se dirigirían a la ciudad, pero en determinado momento Albert giró en un camino diferente.
-Vendrán unos guardias de seguridad con nosotros. – Le habló Albert rompiendo el silencio, que reinaba entre ellos. Aunque no era nada incomodo, solo les permitió hacerse a la idea de lo que se esperaba en su noche de bodas. Candy lo miró y le dedicó una sonrisa deslumbrante. – Pero no estarán muy cerca de nosotros, respetarán nuestra intimidad.
-Y... ¿A dónde vamos? – Inquirió ella demasiado curiosa. Albert tomó su mano y le besó tiernamente el dorso.
-Creo que lo adivinarás conforme nos vayamos acercando.
-Genial. – Fue toda la respuesta de Candy, se cruzó de brazos e hizo un puchero propio de ella. Albert solo sonrió, pero en verdad quería que Candy se sorprendiera al ver el lugar donde pasarían las próximas dos semanas. Ellos dos solos. Y la sola idea hizo que se ensanchara más su sonrisa.
Y Candy estaba un poco enfurruñada, odiaba tener que esperar. Pero conforme avanzaban en el camino, este le empezó a parecer familiar. Con la excitación porque su sospecha fuera cierta, se revolvió en el asiento como niña, estirándose de más para ver hacia el exterior.
-¡Albert! ¡No lo puedo creer! – Gritó, literalmente lo hizo cuando llegaron a la entrada principal. No fue necesario que él le abriera la portezuela, cuando Albert bajó ella ya estaba afuera.
Candy observó maravillada la vieja cabaña del bosque. Aunque ahora ya no era la "vieja cabaña", estaba recién restaurada y hasta un hermoso jardín delantero adornaba la entrada.
Ella corrió a abrazar a su esposo como niña con juguete nuevo.
-¿Puedo pensar que te gustó la sorpresa? – Preguntó él como pudo entre el aluvión de besos que su radiante esposa prodigaba en toda su cara.
-¿Y todavía lo preguntas? Es la sorpresa más maravillosa que pudiste haberme dado. Este lugar me trae tantos recuerdos, y lo más hermoso es que tú estás en ellos.
Se puso de puntillas para besarlo con anhelo. Él no tardó en corresponder el beso, pero tuvo que terminarlo pronto, los guardaespaldas esperaban por sus órdenes e informarle la posición que ocuparían cada uno de ellos.
-Cariño, ¿por qué no entras a la casa, mientras yo bajo las maletas? – No quería que Candy recordara la razón por la que estaba ahí, por la que necesitaban de protección. No quería que nada interrumpiera ese maravilloso momento.
Ella asintió, estaba muy emocionada como para prestar atención a lo que ocurría a su alrededor. Corrió dentro de la casa, y si el exterior le impresionó, su interior simplemente la enamoró. Todo estaba decorado de manera sencilla y hogareña, los muebles nuevos le daban calidez al lugar. La chimenea estaba encendida añadiendo encanto a la escena. Confortables sofás estaban frente a ella, una suave y mullida alfombra azul se extendía por toda la sala. Al centro de ella había una mesa de caoba, sobre ella una botella de champagne, fresas y chocolate derretido.
-¿Y bien? ¿Tiene tú beneplácito? – Albert había entrado y en esos momentos la abrazaba por la espalda. Ella se recargó sobre su amplio torso, uniendo sus manos a las de él.
-Sabes que sí. Y me va a encantar pasar los siguientes días aquí.
-Prometo que en cuanto pueda te llevaré de viaje.
Ella se volteó para verlo a la cara, sin dejar de abrazarlo.
-No importa el lugar donde estemos siempre y cuando estemos juntos. Y este lugar es ideal. Gracias.
Le dio un fugaz beso en los labios y lo abrazó fuertemente. Podía escuchar el latido de su corazón, y sentir la calidez de sus brazos.
-¿Quieres tomar algo? – Sin dejar de abrazarla la acompañó hasta uno de los sillones mientras él servía el champagne. Candy bebió y las burbujas se le subieron a la cabeza.
-Ten cuidado, amor, no bebas tan rápido. – Le sugirió Albert mientras le daba a probar fresas con chocolate.
-Es que estoy sedienta, la verdad estaba tan nerviosa que no probé bocado, ni siquiera bebí agua.
-Bueno, si te sirve de consuelo debo confesarte que yo estaba igual. – Ella observó la casa y no pudo evitar preguntar:
-¿Cuándo arreglaste este lugar?
-Ya te habías tardado en preguntar. – Ambos rieron. – Pues la verdad es que desde un principio quería que fuera una sorpresa, así que, hace seis meses mientras revisábamos las propiedades de la familia, y la tía sugirió demolerla, supe que no podría permitirlo, como hace unos momentos dijiste, guarda buenos recuerdos. Así que sin que ella lo supiera, la mandé reconstruir, quería que nos diéramos una escapada en un fin de semana. Pero dadas nuestras ocupaciones, nunca tuvimos tiempo. Es por ello que nadie sabe dónde buscarnos. – Candy abrió lo suficiente los ojos para demostrar su sorpresa, dejó la copa de vino que tenía en la mano y se acercó lentamente hasta él.
-¿Quieres decir que nadie sabe en dónde estamos?
-Bueno, solo George y Archie, por alguna emergencia. Aunque solo les di algunos indicios, espero que me entendieran. O mejor no, así como me siento, no desearía salir de aquí aunque la casa se cayera a pedazos. – "Y eso que solo es el principio", pensó Albert.
-Ya veo... ¿Señor Andrew, entonces quiere decir que usted pensaba que pasáramos un fin de semana completamente solos, a pesar de no tener una relación más...íntima? – Se mordió el labio inferior y jugueteó con los botones de su camisa. Le encantaba la idea de que Albert pensara de esa forma meses atrás.
-¡Ay, Candy! Si supieras lo que me haces.
Fue todo lo que contestó en ese momento, pues la tomó en sus brazos y acercándola más a él, la besó. Ahora no había nadie presente para contenerse, la besó de tal manera que Candy sintió que se derretía. Tuvo que aferrarse a su cuello para no caerse. Aunque no se podría decir que él lo hubiera permitido, porque la sostenía de tal manera que no dejaba ni un ápice de espacio entre ellos. Y profundizó el beso, cuando ella abrió un poco los labios, pudo probar su exquisito sabor. El ambiente se cargó de sensualidad, como siempre ocurría cuando ella respondía de esa forma, mientras él recorría con lentitud su espalda, su estrecha cintura y sus brazos. Y ella le daba la bienvenida. Cuando les faltó el aire, se separaron un poco.
-Sí, quería que pasáramos un fin de semana completamente solos. Y no me importaba nada más... Ni las consecuencias de ello. – Le confesó tomándola con ambas manos de su rostro, y muy cerca de su boca, ambos tenían los ojos cerrados, disfrutando del momento. Y esas palabras hicieron que Candy sonriera ampliamente.
-Es usted un pillo, señor Andrew.
-Y usted una tentación, señora Andrew.
El vino los ayudó a relajarse, y un tiempo después, ya platicaban como últimamente no lo habían hecho. Tumbados sobre la alfombra, ya sin zapatos, compartieron sándwiches que Albert había preparado, risitas tontas, miradas de amor, besos con sabor a chocolate y una que otra caricia furtiva.
Pero llegó el momento de subir a la habitación. Candy empezó a bostezar y Albert a pesar de estar deseoso por culminar su noche de bodas, le ofreció subir a dormir, a lo que ella accedió con gusto. Como ella ya estaba casi adormilada, la llevó en brazos hasta la habitación principal que también había sido remodelada y preparada para ellos. Albert abrió la puerta, pensando dejarla sobre la amplia y hermosa cama con dosel, que estaba en medio de la habitación. Pero cuando Candy sintió el cambio de ambiente, abrió desmesuradamente los ojos. Y el sueño se desvaneció.
Frente a ella tenía una hermosa habitación, elegantemente decorada, pero lo que más llamó su atención, fueron los pétalos de rosa esparcidos por todo el suelo y la mullida cama. Gruesas velas estaban encendidas por toda la habitación. Ella volteó a mirarlo, dándole las gracias con la mirada. Caminó por todo el lugar, tocando los muebles de caoba, los sillones individuales cerca de la chimenea, los pétalos esparcidos por la cama, disfrutando del aroma de las rosas rojas que había en los floreros. Al verla, a Albert se le secó la boca y le empezaron a sudar las manos. Se las secó con sus pantalones y para mantenerlas ocupadas, decidió encender la chimenea.
-Creo que... será mejor que encienda la chimenea. – Su voz salió algo ronca, y sin esperar respuesta se dispuso a hacer la tarea.
Candy no le contestó, pero su instinto femenino la urgió a buscar su neceser y la bata de seda que Annie le había llevado para la ocasión. Se metió al cuarto de baño y estaba tan nerviosa que ni siquiera puso atención a la exquisita decoración del mismo.
Se miró al espejo y empezó a deshacer el elaborado moño que había lucido en su boda. Retiró la banda flapper que había decidido que seguiría llevando y cepilló su pelo hasta que le sacó brillo. Una vez que se quitó el vestido, se sintió algo incómoda por la pequeña ropa interior que llevaba puesta, y más aún cuando vio el conjunto que se pondría. Era una bata de seda color lavanda, con horror vio que era casi transparente, pero se consoló con el camisón que llevaría sobre ella. Aunque no ayudaba mucho. Cuando terminó, mirándose al espejo, casi dudo en vestirse nuevamente y salir, pero ya había tardado demasiado. Así que, arriesgándose, abrió poco a poco la puerta y cuando salió se quedó paralizada.
Albert estaba de pie en el balcón de la habitación, solo llevaba un pantalón de pijama negro de seda. Estaba de espaldas a ella, y su fuerte y musculosa espalda la llamaban a que lo abrazara y llenara de besos. Pero justo cuando lo iba a hacer, algo la detuvo.
-¡Albert! ¿Quieres que te dé una pulmonía? ¿Cómo estás así exponiéndote al frío? – Sin decir nada más y dejando estupefacto a Albert, y no por la regañina, se acercó hasta la ventana para cerrarla. Finalmente se recargó en ella.
Lo que ella no sabía era que su esposo necesitaba el frío de la noche para "refrescarse". Era un hombre de carne y hueso y la idea de hacer finalmente suya a Candy acababa con su autocontrol. Y tenerla así, frente a él con la bata que no dejaba nada a la imaginación no le ayudó, pero no quería espantarla. Aunque, finalmente, ¿necesitaba seguir controlándose? Por la forma en que lo miraba Candy, supo que ya no era necesario.
-Necesitas relajarte. – Dijo él acercándose hasta ella y frotándole los hombros con suavidad.
Entonces la poca distancia que los separaba desapareció. Albert unió sus labios con los de ella en un beso.
Candy cerró los ojos y centró toda su atención en los labios de Albert. Él no se comportó como un guerrero conquistador, sino que le rozó suavemente los labios hasta que Candy entreabrió los labios y le devolvió el beso.
Albert recorrió sus mejillas con sus dedos, y se detuvo en la barbilla a medida que el beso se hacía más profundo. Saboreó cada rincón de su boca, embriagándose con su delicado perfume que lo había vuelto loco durante todo el día, y le hizo sentir como si ella fuera la única razón por la que vivía y respiraba.
Candy sentía que respondía instintivamente. Recorriendo el amplio torso de Albert y subiendo a su cuello para enredar entre sus dedos su cabello mientras sus labios respondían a los suyos. Las manos de Albert en sus hombros le transmitían fuerza y ternura a la vez. Cada vez la abrazaba con más fuerza. Sentía que ardía a su contacto. Parecía saber cómo proporcionarle placer, cuándo ir más despacio, cuando avanzar. Todo su alrededor se vio remplazado por Albert, en esos momentos solo existía él en su mundo.
Albert le quitó la bata, acarició su pelo, y su mano se abrió pasó entre aquella sedosa melena hasta que las yemas de los dedos le acariciaron la nuca. Después, deslizó la otra mano hasta su cintura y le recorrió la espalda con el pulgar.
A partir de ese momento todo fue más intenso. El intercambio de caricias y besos ansiosos aumentó. Sus cuerpos respondían en perfecta sintonía. Hasta que finalmente Albert la guío hasta el borde de la cama y la acostó con delicadeza. En ningún momento habían dejado de besarse. Pero él abandonó su boca para recorrer su cuello, mientras Candy lo abrazaba con fervor.
Fue un momento mágico, las dudas, los temores, los nervios, fueron remplazados por el más maravillosos sentimiento. El Amor.
El mismo que los había ayudado a superar las dificultades y que los había guiado en todo su camino. El amor fraternal los unió cuando se conocieron, y los lazos invisibles se hicieron más fuertes cuando ella cuidó de él cuando más la necesitaba. Y a partir de ese momento, se había convertido en otra clase de amor. Y aunque tardaron años para decir en voz alta lo que sentían, ahora ya nada importaba, solo ellos dos, y la entrega tan sublime que estaban viviendo.
Por fin era suya.
Por fin era suyo.
Y ya nada los separaría. Afrontarían los problemas juntos, y viniera lo que viniera siempre serían: Albert y Candy.
CONTINUARÁ...
