La voz de mi corazón.
Capítulo 13
Por Lu de Andrew.
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-¿Qué haces aquí? Te extrañé al despertarme.
Albert abrazó por la espalda a su esposa, que contemplaba el paisaje que tenía delante de ella. La suave brisa del viento, acariciaba su piel de alabastro y mecía su cabello. Una imagen que Albert deseó grabar en su mente desde el mismo instante en que la había visto de lejos.
Recostándose en su fuerte pecho, Candy acarició los brazos que rodeaban su esbelta cintura. Los mismos brazos y las mismas manos, que la trataban con delicadeza cada vez que la amaba. Mientras sentía los besos de su esposo recorriendo su cuello y hombros, Candy recordaba la ternura y pasión con que la había tratado en su noche de bodas. Había hecho de su primera vez algo completamente inolvidable, y lo amó, todavía más por eso.
-Solo quería llevarme la imagen del amanecer. Ahora que regresemos a la ciudad, tardaremos mucho en ver algo así de hermoso.
-Regresaremos, cariño. Tal vez tardemos un poco, sabes que tenemos mil cosas que poner en orden, pero te aseguro que cuando volvamos nos quedaremos el tiempo que desees. Sabes que no volveríamos a la ciudad si no fuera absolutamente necesario. Este será nuestro hogar. – Candy se giró hacia él.
-Mi principal temor al regresar, es que alguien pueda dañarte. En realidad, no me importa estar aquí o allá. Si estoy contigo cualquier lugar es mi hogar.
-No pasará nada, te lo aseguro. – Dijo él, abrazándola con fuerza. Claro que sabía que nada le pasaría, George lo mantenía informado de los avances en la investigación de sus secuestros. El detective Cohen, había interrogado a los hombres que habían atentado en su contra y lo que descubrió, no lo sorprendía. Solo que no le diría absolutamente nada a Candy, quería disfrutar su último día con ella a solas.
Bajó su rostro hacia el de ella y la envolvió entre sus brazos mientras la besaba profundamente. El beso se fue haciendo cada vez más exigente, Albert la acercó más a su cuerpo y Candy se aferró a él acariciándole la espalda. Se dejaron caer sobre la hierba que los envolvió en su aroma; mudo testigo de su entrega. El sonido del viento entre los árboles, el trinar de los pájaros, el murmullo del río, los acompañó como lo habían hecho las veces anteriores, pues se habían amado en ese mismo lugar, bajo las estrellas del cielo. Ahora a plena luz del día y sabiendo que sería su último día en ese maravilloso lugar, se amaron con pasión, entregados totalmente al amor que se profesaban...
Faltaban unas cuantas calles para que llegaran a la mansión. Walter manejaba con suma atención sin perder de vista su alrededor, mientras un auto negro los seguía de cerca, procurando no separarse del auto donde viajaban los recién casados. Habían recibido órdenes estrictas de parte de Albert para que no se alejaran, temía por la seguridad de Candy.
-La tía nos espera para darnos una cena de bienvenida, pero una vez finalizada, se marchará de la mansión. – Besando la mano de Candy, Albert consideró necesario explicarle los cambios que se generarían a raíz de su boda.
-¿No vivirá con nosotros? – Preguntó ella recostándose en el hombro de su esposo. Supuso un alivio enorme saber que la tía Elroy no estaría constantemente detrás de ella, pues a pesar de su drástico cambio, seguía manteniendo algunas de sus ideas...obsoletas.
-Por supuesto que no. ¿Quieres que ande deambulando detrás de nosotros a toda hora, dictándonos hasta la hora de despertarnos? – Con el dedo índice levantó la barbilla de Candy para que lo viera directamente. Sonrió pícaramente. – Ya sabes que cómo gusta despertar amándote. – Esto último lo susurró a su oído, provocando un delicioso sonrojo en ella, sonrojo que despertaba en Albert el deseo de tomarla entre sus brazos y besarla hasta el cansancio...y solo eso porque estaban en público.
-Hemos llegado, señor. – El chofer abrió la puerta para que pudieran salir del automóvil, interrumpiendo la amorosa escena.
Una comitiva los esperaba a las afueras de la mansión. La servidumbre junto a Elroy, Archie y George, los recibieron con entusiasmo. Candy se sintió extasiada al escuchar en labios de los trabajadores de la casa, "Bienvenida a casa, señora Andrew". Señora Andrew. Con todo lo acontecido las últimas semanas, había olvidado lo que significaba casarse con Albert. Y aunque la asustaba un poco, confiaba en salir adelante. La servidumbre, hombres y mujeres sencillos que trabajaban para los Andrew, la habían tratado siempre con amabilidad, y hasta le habían expresado su beneplácito al enterarse de su matrimonio con el jefe de la familia. Así que les sonrió con cortesía y cordialidad. Agradeciendo silenciosamente su apoyo, pues sabía que si Elroy la escuchaba hablándoles como a sus iguales, la reprendería.
Ahora le tocó el turno de abrazar a los miembros de su familia. Elroy la saludó con su habitual actitud estirada, aunque demostrando un poco de emoción por su regreso, Candy comprendió que no podía exigirle mucho pues su educación y la mentalidad de la época en que se había criado era difícil de erradicar tan fácilmente. George hasta la abrazó y le dedicó una gran sonrisa. En cuanto a Archie, la abrazó, le dio un beso en la mejilla y la levantó para darle vueltas, ante la risa contagiosa de Albert, y la mirada de censura de la tía.
-Deben estar exhaustos por el viaje. – Comentó Elroy dando por terminada el recibimiento. Archie y Candy entraron abrazados, riendo y platicando. George entró detrás de ellos y Albert tomó del brazo a su tía y la acompañó.
-No tanto, tía. Walter fue quien manejó, yo me limité a disfrutar del viaje admirando el paisaje. Pero estoy completamente seguro que Candy se muere de hambre, igual que yo.
Candy se detuvo y se acercó a ellos, asintiendo con la cabeza. Abrazó a Albert por la cintura, él la acercó más a su cuerpo, dándole un beso en la frente.
-¡Oh, sí! No comemos nada desde la mañana. – Dijo ella sonrojándose levemente, al recordar el por qué se habían olvidado de comer antes de que partieran.
-Pues Glenda ha preparado una comida de bienvenida. Pasemos al comedor. – Caminando delante de ellos, reprobando la demostración de afecto en público de sus sobrinos, Elroy se dirigió al comedor.
-¿Y ya estás bien instalada, tía? – Albert rompió el silencio que reinaba en el comedor, pues Elroy no pudo ocultar su molestia, por lo sucedido minutos antes con Albert y Candy, y por la familiaridad con que Candy trataba a los criados. Les agradecía y hasta les pedía de favor.
-Pues sí. La casa está ubicada en la mejor zona de Chicago, y la decoración es exquisita. Gracias William.
-Bueno, eso no fue obra mía. George y Archie, se aseguraron de que todo estuviera a tu entera satisfacción.
-Ya lo sé, hijo.
La verdad era que Elroy estaba herida y dolida. Primero la clase de boda que celebraron sin pensar en las murmuraciones y tan sencilla que, en vez de demostrar que quien se casaba era el patriarca de la familia Andrew, fue más bien digna de un humilde granjero. Y luego, sin la más mínima contemplación, ese mismo día, le había informado que ya había encargado que se dispusiera todo para que a su regreso de la luna de miel, ella ya estuviera instalada en otra casa. Ella intentó comprenderlo pues eran recién casados, pero fue un duro golpe descubrir que Archie seguiría viviendo en la mansión. Ya no sabía qué pensar.
-Espero que me permitas venir a visitarte, Candice.
-Por favor, tía, esta sigue siendo su casa. No tiene que pedir permiso.
-Gracias, hija. – La expresión de Elroy se relajó. – Tienes que comprender que hay que ponerte al corriente con tus deberes como la esposa del patriarca de la familia. Como tal, será especialmente aceptable que ofrezcas una recepción para dar a conocer su matrimonio con nuestros familiares, amigos y socios. No debemos olvidar las obras de caridad, la fundación que se encarga de la educación de los niños de la calle, las invitaciones de las que te harán partícipe, no debes asistir a todas, solo a las más importantes. Tampoco podemos pasar por alto la comida mensual con las esposas de los socios y la bimestral con las del concejo...
Mientras Elroy seguía enumerando las obligaciones que ella tendría que cumplir, Candy dejó sus alimentos a medio comer, sus ojos como platos la veían con absoluto asombro. Sabía que como esposa de Albert tendría que asumir ciertas responsabilidades, pero si ponía en práctica todo lo que Elroy seguía sumando a su lista de tareas, no tendría tiempo para ejercer su profesión.
-El que sepas como preparar una recepción, administrar la casa, manejar a los sirvientes, será de vital importancia. Debes repasar con la cocinera el menú del día y asegurarte que todos los alimentos que se sirvan sean de buen gusto y...
Un carraspeo la sacó de su ensoñación. Elroy dejó de hablar y fijó su vista en Albert que estaba limpiando su boca con la servilleta. Al depositarla de nuevo en su regazo, tomó la mano de Candy que estaba sobre la mesa y la apretó para darle calor, estaba muy fría. Al ver su expresión, George y Archie se disculparon y los dejaron solos.
-Tía. – La voz de Albert resonó por toda la habitación. – Le agradecemos sinceramente su preocupación por las...obligaciones que Candy tiene que cumplir al ser mi esposa, pero ella y yo tenemos planes y una nueva visión para el futuro de la familia. Ya no estamos en 1910, estamos iniciando una nueva década y una nueva era, todo está cambiando, para bien me atrevo a pensar; así que aunque coincido con usted y como Candy y yo hemos platicado, hay ciertas actividades en las cuales necesitará de su ayuda, dejará atrás algunas costumbres arcaicas. – Elroy quiso mostrar su inconformidad, pero Albert la paró en seco levantando su mano pidiéndole silencio. – Mi esposa es doctora, y como por el momento no piensa seguir trabajando...
-Gracias a Dios. Sería una vergüenza que la esposa del patriarca... - Se apresuró a interrumpirlo Elroy.
-Por el momento no piensa seguir trabajando en algún hospital. Dirigirá una clínica en la fábrica que recién adquirimos.
-¿Con gente de color?
-Así es.
-¿La dejarás mezclarse con esa gente y los demás inmigrantes exponiendo su seguridad?
-Para empezar, le recuerdo que todos somos inmigrantes, nada nos hace diferentes a esas personas, salvo el hecho de habernos establecido antes que ellos en el país. Por otro lado, sus viviendas se encuentran al sur de Chicago y la fábrica está cerca del centro. Así que Candy no se expondrá en absoluto. – Elroy parpadeó con perplejidad. – Y será mejor que recuerde que la relación con los miembros del concejo en estos momentos es demasiado tirante, no creo conveniente que una reunión con sus esposas ayude a la situación. Estamos en pleno proceso de separación de bienes, no podemos arriesgarnos a un sabotaje. Espero que comprenda.
Pero ella no comprendía. ¿Cambiarían algunas de sus acostumbres, porque las consideraban "arcaicas"? ¿Candy trabajaría como doctora en una clínica, no solo dentro de una fábrica, sino atendiendo a... negros? Sintió que le faltaba el aire.
En esos momentos, el mayordomo anunció la llegada del detective Cohen. Candy lo observó con cierta inquietud. Él tomó su mano que había estado sosteniendo en esos momentos y la llevó a sus labios para darle un beso en su palma. Dio la indicación que llevara al detective al estudio donde seguramente estaban los dos cobardes que huyeron de los problemas, mientras ellos atendían al detective, le daría tiempo de terminar la plática que sostenía.
-Creo conveniente que ambas descansen, sugiero que mañana se pongan de acuerdo con lo que iniciarán. Por cierto Candy, George me informó que para el fin de semana estará todo listo en la clínica, podremos ir juntos a ver las instalaciones, ¿qué te parece? – El rostro de Candy se iluminó.
-Me parece bien. Así podré hacer un inventario y comprobar que todo esté en orden.
-Si necesitas algo, solo tienes que decirlo.
-Eso lo veré en el transcurso de los días, no sé a qué me enfrentaré, por lo cual no puedo anticipar nada salvo lo más común. – Le regaló una sonrisa deslumbrante y sus ojos acariciaron las facciones de su esposo. Albert deseó poder llevarla a su recámara y no salir hasta el día siguiente, pero tenía muchos asuntos para ponerse al corriente.
-William. – Lo llamó Elroy apenada, se dio cuenta que para sus sobrinos había dejado de existir.
-Perdón tía, dígame.
-Bueno pues, ¿recuerdas a mi prima, Alice McDonald?
-¿La prima Alice? Como olvidarla, sigue afirmando que es parte de la familia aunque no haya pruebas de nada, y lo peor de todo es que tú le crees. ¿Ahora qué quiere?
-William, no seas así, hijo. Sabes que la tengo en alta estima.
-Lo sé. Aunque solo Dios sabe por qué.
-Pues ella se enteró de tu matrimonio y bueno, como quiere felicitarte en persona, llegará a la ciudad dentro de un par de meses, antes pasará a visitar San Francisco y Nueva York. Esperaba que la pudieras alojar aquí.
-En otras palabras, se ofendió al enterarse que me había casado sin invitarla y para calmar tu conciencia la invitaste a venir.
-No. Sabes bien que nunca haría algo así. Sí me sentí algo culpable pero ella fue la que decidió venir. Dice que vendrá acompañada de Millicent.
-¿Millicent? ¿Con sus seis hijos? – Elroy sonrió ante la cara de espanto de Albert.
-No, a los niños los dejará con la familia de su difunto esposo. Será algo bueno para ella después de tan terrible pérdida. ¿Y qué piensas?
-Está bien. Si a usted le hace feliz, qué bueno que vendrán. Pero no espere que las alojemos aquí, estamos recién casados, espero que comprenda.
Pero nuevamente no comprendía. Archie y George, vivían en la mansión, ¿por qué a ella la mandó al exilio? Aunque no tenía de qué quejarse, su casa, un poco más pequeña que la mansión, era lo suficientemente grande para alojar a suficientes personas, para ofrecer una recepción con baile y todo lo implicado. Su sobrino le había dado lo mejor, pensando en sus gustos y preferencias. Así que... ¿Qué le pasaba? ¿Acaso estaba celosa? No le gustaba esa sensación. Y tampoco le gustaba recordar que su prima pondría el grito en el cielo cuando le informara que no podía hospedarse en la mansión. Con un gesto de resignación que no pasó inadvertido para los jóvenes esposos, asintió.
Por otra parte, más tarde, Albert le explicaría a Candy, que la "prima" de su tía era una mujer metiche, chismosa, orgullosa, y entrometida en asuntos ajenos. Una mujer que afirmaba ser su pariente, uno muy lejano, pero pariente al fin. Aunque nadie más aparte de Elroy le creía. Mientras que su hija, era viuda de un oficial británico muerto en la gran guerra. A pesar de que se conocían desde pequeños, no habían sido los grandes amigos. Y afortunadamente, ambas familias eran lo suficientemente adineradas para mantener a sus seis vástagos.
Albert se despidió de ellas y cada una subió a su habitación. Candy lo primero que hizo fue acostarse y en cuanto su cabeza tocó la almohada se quedó profundamente dormida.
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-Finalmente, hemos estado siguiendo de cerca a los dos sospechosos, William; solo quería que estuvieras informado para cuando hagamos los arrestos no te tome desprevenido. Y también quería darte las gracias, sin los malhechores que atraparon tus hombres, no hubiéramos podido dar tan rápido con los autores intelectuales. "Cantaron" mejor cuando les aseguramos que si no soltaban todo lo que sabían, ellos cargarían con toda la culpa, así que decidieron hacer lo mejor para ellos y finalmente confesaron quien los contrató. Jordan Lincoln ha sido la autora intelectual en ambos casos, no sabemos hasta donde ha sido la participación del doctor Sullivan, pero no dudo que haya estado de acuerdo en todos sus planes. Probablemente sean arrestados en un par de días, y solo porque no se encuentran en estos momentos en la ciudad.
Albert escuchaba al detective con detenimiento. Nada de lo que le decía le sorprendía, lo que es más, pensaba que Samantha también estaba involucrada.
-¿Y su hermana? ¿Qué hay de Samantha Lincoln? – Inquirió Archie como si hubiera leído el pensamiento de su tío. Aún recordaba la proposición, o mejor dicho, el chantaje que trató de hacerle antes de la boda de Albert y Candy.
-Ella ya abandonó el país. Salió en un barco hacia Francia hace unos días, justo después de que mis hombres la interrogaran sobre el paradero de su hermana. – Contestó el detective.
-Bueno, al menos ya no tenemos que preocuparnos por ella. – Comentó George, evidentemente, más tranquilo, solo era cuestión de días y ese par dejaría en paz a William y a Candy.
-Exactamente. Sin embargo, durante algún tiempo estaremos pendientes de los arribos desde Francia, no queremos tener alguna sorpresa. – Intervino nuevamente el detective.
-Muchas gracias, por todo, Chris. No sé cómo hubiera manejado todo este asunto alguien más. – Dijo en tono cansino Albert.
-No es nada, Albert. Es mi trabajo y tú eres mi amigo, sabes que cuentas conmigo para lo que sea. Y en cuanto a la discreción, no saldrá a la luz nada que ustedes no autoricen. Y ahora me retiro, tengo algunos pendientes que resolver. Solo pasé a felicitarte por tu reciente enlace y a ponerte al corriente de la situación.
Albert y los demás se despidieron del hombre, y George le puso al corriente de lo ocurrido en los negocios durante su ausencia. Todo iba bien, el asunto en Washington marchaba sobre ruedas. Ya no había ningún tipo de problemas con los socios, la visita que les hizo Albert ayudó a calmar los ánimos. En cuanto al concejo, los miembros que se oponía a él y apoyaban a Fergusson, estaban librando su propia batalla ahora que Ethan había puesto al descubierto que habían recibido las ganancias de negocios fraudulentos. Su abuelo era quien llevaba las de perder, porque él había hecho los negocios directamente. Ahora todo estaba patas arriba, ya ni siquiera se acordaban del ultimátum impuesto a Albert y quitarle la dirección. Sí, Ethan había actuado con sagacidad, todas las pruebas condenaban a su abuelo y a los socios, perderían mucho y tal vez hasta su libertad.
-Finalmente, es de suma importancia la supervisión de los negocios en Europa, tú siempre te has encargado de eso William, así que nos preguntamos si lo harás. – Albert los observó unos momentos. Era verdad, cada cierto tiempo, Albert iniciaba una especie de gira por Europa. Específicamente por los países en donde tenía relaciones comerciales y filiales de sus empresas. Eso le tomaría cerca de un año.
-¿Cuándo tendría que salir?
-A más tardar la próxima semana.
-Albert – Intervino Archie – no estarás en ir, ¿cierto? Estás recién casado.
-Ya lo sé, Archie, y créeme, lo que menos deseo es separarme de Candy, pero no confío en nadie más para que haga ese trabajo. Además, puedo llevar a Candy, será como otra luna de miel.
-Una luna de miel que se verá interrumpida por juntas de negocios, comidas con los socios, los traslados de hotel a hotel, por no mencionar el transporte de país a país. A penas tendrás tiempo de ver a Candy por no decir de pasar tiempo con ella. Tú mejor que nadie sabe a lo que me refiero, hay ocasiones en que solo dormirás unas cuantas horas, ¿de verdad crees que eso sea la manera perfecta de comenzar tu matrimonio?
-Por supuesto que no. ¿Alguna sugerencia?
-Claro que sí, estuve pensando bien y me parece que si confías en mí, yo me haré cargo de ello.
-¿Tú? Sabes que confío en ti para eso y más, pero me sentiría muy egoísta pedirte eso, Archie. Has pasado mucho tiempo lejos de la familia, casi acabas de regresar, no puedo pedirte que te vayas casi un año.
-Pues es que no me lo estás pidiendo, Albert. Yo quiero hacerlo. Por ti, por Candy, porque es indispensable para los negocios de la familia y porque me hará bien salir de acá. Creo que necesito pensar qué pasa conmigo que siempre meto la pata en lo que a mujeres se refiere. De no haber estado ligado con Samantha, Jordan nunca hubiera regresado a tu vida y la habría puesto de cabeza.
-No te culpes por ello, Archie. Jordan siempre ha estado loca y deseosa de pertenecer a la familia, lo que pasó, pasó. Nadie tiene la culpa más que ella.
-Gracias. Entonces, ¿me dejarás ir?
-Sí. Creo que soy yo quien debe darte las gracias, sería un mal comienzo para Candy y para mí, si yo hiciera lo contrario.
-Bien, entonces prepararé todo para el viaje. – George que conocía los planes de Archie había estado observando, esperando la respuesta de Albert. Aunque al tratarse de Candy, ya sabía de antemano la respuesta. Archie y Albert asintieron. – Y eso es lo más importante a tratar, William, lo demás lo verás con calma en la oficina.
-Muy bien. Quiero agradecerles por todo el apoyo que he recibido de su parte. Por otro lado, les informo que comenzaré a delegar más responsabilidades, hay mucha gente de confianza trabajando para nosotros para hacerlo, así que no habrá problema en ello. George, confío en que sabrás aconsejarme en eso y que además, aceptes ser mi socio.
George lo miró con los ojos muy abiertos, no se esperaba semejante propuesta. Candy y Albert lo habían platicado detalladamente, y habían concluido que George era algo más que un trabajador, era parte de la familia y como tal, merecía ser tratado. ¿Y qué mejor manera que convertirlo en su socio?
-Pero William...
-Pero nada. Piénsalo bien, no te digo que me respondas ahora, solo te informo que es lo que Candy y yo deseamos, porque eres parte de la familia.
-No sé qué decir. – Logró articular George con la voz temblorosa. Ni en sus más remotos sueños había imaginado eso.
-No digas nada, George. Solo piénsalo, coincido con mis tíos, eres de la familia y mereces ser socio, después de todo, ¿Quién mejor que tú que conoce hasta la última parte de la empresa? – Archie se acercó hasta él diciéndole eso y palmeando su espalda, estaba contento con la idea. – Anda buen George, quita esa cara y medita en ello.
-Está bien. Lo pensaré. – Contestó George un poco más calmado. – En cuanto a lo que mencionabas antes, William, te haré una lista de nombres de trabajadores de confianza.
-Muchas gracias, George. Será un tanto difícil, pues todos estás acostumbrados a que seamos tú o yo los que tomen las decisiones, pero he decidido simplificar mi tiempo a fin de no descuidar a Candy, y a ti no te puedo cargar con más responsabilidades de las que ya tienes.
-Me parece buena idea, Albert. Y más si dentro de poco, estaremos oyendo en los pasillos de la casa, pequeños piecitos correr por todos lados. Porque si no me equivoco, sus hijos serán igual o incluso más tremendos que ustedes. ¡Ya ansío ver cómo les sacaran canas verdes!
Los tres comenzaron a reír. Albert más, imaginando a sus hijos llenando la casa de animalitos o trepando árboles. Sí, era una hermosa imagen, pero no era su prioridad en esos momentos.
-Te agradezco tus deseos, sobrino, pero no corro prisa por llenar la casa de niños. La verdad es que ahora solo quiero disfrutar de Candy, ella y yo lo hemos hablado y no hay problema alguno si podemos esperar unos años más. Claro que, si ella quedara embarazada en estos momentos, sería una maravillosa bendición poder ver cómo nuestro amor rinde ese hermoso fruto.
-Me alegra oírte hablar así. Y de verdad deseo que sean felices. Y bueno, para que esa felicidad dure, creo que debemos terminar esta reunión, ¿ya no hay ningún pendiente, George?
-No. Ninguno.
-Bien. A partir de mañana yo estaré llegando a la oficina después de las nueve, así que no me esperen.
Mientras Albert era objeto de burla de parte de Archie, por el evidente rubio motivo que le impediría seguir su rutina de comenzar a laborar antes de las ocho de la mañana, se dirigieron a sus habitaciones.
Albert entró con sigilo a la suya y observó von ternura a su esposa que parecía más desmayada que dormida en su amplia cama. Sonrió. Amaba a esa mujer. Era un sentimiento que traspasaba todos los límites, nunca, jamás había sentido algo tan profundo por otra mujer. Había ocasiones en que no sabía cómo reaccionar a algo tan fuerte. Sentía que no podía pasar mucho tiempo lejos de ella, tan solo las pocas horas que había pasado en la biblioteca alejado de ella, lo habían dejado desesperado. Se horrorizó al recordar las veces en que había mirado hacia la puerta esperando que ella apareciera y lo sacara de ahí. Estaba loco, sí, loco por ella. Pero suspiró satisfecho sabiendo de antemano que ella sentía lo mismo. Se desvistió con prisa, la luz estaba apagada, pero el fuego de la chimenea alumbraba las penumbras. Así se metió a la cama y abrazó a Candy, ella sin despertar, lo abrazó y se acurrucó entre sus brazos. Ahora sí podía descansar.
Eran las cinco de la mañana del día siguiente, ella seguía en la misma posición, solo que ahora estaba descansando, tratando de tranquilizarse después de haber sido amada plenamente. Había despertado un poco sobresaltada pensando que Albert seguiría ocupado, pero cuando lo vio junto a ella, comenzó a besarlo sin compasión. Sí, había aprendido cómo seducir a su esposo, y le salía a la perfección. Él no había tardado en corresponder a sus caricias y besos y terminaron amándose, abstrayéndose de la realidad, sumidos en el mundo que habían creado para ellos solos. A veces se sorprendía por ser tan atrevida, pero teniendo a Albert junto a ella sabía que no podría ser de otra manera.
-Aún es temprano. – La vibración de la voz de su esposo debajo de su oído la sacó de sus divagaciones. Al igual que ella, poco a poco su corazón comenzaba a latir con tranquilidad.
-Sí. – Su monosílabo a modo de respuesta sonó como un ronroneó, a veces le costaba pensar con claridad. En ese momento, Candy solo podía pensar en Albert. Comenzó a acariciar suavemente el abdomen de su esposo, para después besar su pecho, ahí justo donde latía su corazón.
-Hmmm, si sigues así, Candy...
No fue necesario decir más, ella ya sabía a lo que se refería, porque ella se sentía igual. A veces sentía que nunca tendría suficiente de él. ¿Sería siempre así? Aunque sabía que, "Nunca y Siempre", no podían utilizarse en la misma oración, ella sabía que en efecto, nunca sería suficiente para ella y que siempre se sentiría así. Seguía acariciándolo con atrevimiento, hasta que él la colocó debajo de él y comenzó a devorarla a besos. Tocando, explorando, besando y acariciando, se rindieron nuevamente a la magia de la unión. Ninguno de los dos tenía voluntad propia, su corazón dictaba órdenes a su cuerpo, dejando a un lado la razón. Pero, ¿para qué hacer uso de ella cuando no era necesario?
Inevitablemente llegó la hora en que debían salir de su pequeño mundo. Se habían duchado, y vestido mutuamente, lo que obviamente les llevaba más tiempo del esperado, pero lo disfrutaban enormemente. Cuando salieron de la habitación, ya eran las nueve de la mañana. La servidumbre que se encontraban en el camino al comedor los miraba con discreción pero sin poder creer que el señor Andrew, amante de la puntualidad y la rutina, apareciera a esa hora de la mañana como si nada fuera más importante que la mujer que llevaba del brazo. Ambos lucían una sonrisa radiante, y saludaban a todos con efusividad.
-Señor, señora, buenos días. ¿Les servimos el desayuno? – Se acercó hasta ellos el fiel James que estaba más que contento con la felicidad que emanaba de sus patrones.
-Buen día, James. – Lo saludaron al unísono.
-¿Te parece bien que desayunemos en la terraza? – Albert le preguntó a Candy.
-¡Oh, sí, Albert! El sol está hermoso esta mañana, ¿no es así, James? – Exclamó Candy emocionada ante la idea de Albert, si al mayordomo le extrañó que se dirigiera a él directamente no lo demostró, o tal vez ya conocía a la señora y sabía que no sería como las demás mujeres de su clase. Siempre altivas mirando sobre el hombro a quien consideraba inferiores.
-Sin duda, señora.
Sin decir nada pues lo consideraba poco apropiado, el hombre se retiró para ordenar que les sirvieran su desayuno a los señores. Albert y Candy salieron a la terraza, la amplia vista del jardín que a pesar de ser otoño, se veía hermoso. El desayuno llegó con presteza y comenzaron a desayunar entre mimos y arrumacos, se daban de comer mutuamente e intercambiaban besos y palabras de amor.
El mayordomo volvió a hacer su aparición una vez que terminaron el desayuno para darle a Albert una nota de George donde le decía que se tomara el día y que lo pasara con su esposa. Elroy por su parte había llamado esperando encontrar a Candy para decirle que tenían que preparar lo de la recepción que quería que brindaran. Aunque la idea no entusiasmaba del todo a Candy, prometió que se comunicaría con ella más tarde.
Cuando los dejaron solos disfrutando de la idea de George, Albert sentó a Candy en su regazo. Ella lo abrazó del cuello y comenzaron a susurrarse palabras de amor.
-Eres lo mejor que me pudo haber pasado. – Le decía Albert.
-Y tú eres al amor de mi vida. – Contestó Candy.
-Y ustedes son un par de cursis, ¿no tuvieron suficiente estas dos semanas?
Una voz burlona, los hizo separarse y ver al dueño de esta. Ethan y Hillary se encontraban de pie observándolos divertidos desde el umbral del lugar. Ethan y Albert se habían conocido bien durante su estancia en el hogar de Pony, donde el primero fue de gran ayuda y apoyo después del ataque que sufriera Albert. Se podría decir que se habían vuelto buenos amigos.
-¡Ethan! ¡Hillary! – Candy abandonó el regazo de su espos y corrió a saludar a sus amigos.
-Perdón por la interrupción, Candy pero Ethan se empeñó en darles una sorpresa. – Se disculpó Hillary muy apenada.
-No es nada, no te preocupes.
Albert ya estaba saludando a su amigo.
-William, me atreví a pasar por aquí para hablar del negocio del que estuvimos platicando la otra vez, pero si deseas que nos marchemos, y lo hablemos en otra ocasión, no hay problema.
Albert volteó a ver a su esposa que ya no les estaba prestando atención, mantenía su atención fija en Hillary. Obviamente se pondrían al corriente de lo acontecido en los últimos días. Supo que de nada serviría decirle a Ethan que regresara en otra ocasión, ya había perdido a su esposa. Y conociéndolas, eso iba para largo.
-No es necesario, Ethan. Ella ya no me prestará atención, y tal vez necesite la compañía de un hombre para dejar de ser tan cursi.
-Amigo mío, estás perdido. Comenzarás con tus cursilerías en cuanto cruce la puerta de para salir de tu casa, pero vamos, aprovechemos el tiempo.
Con una sonrisa en el rostro, ambos se dirigieron a la biblioteca para hablar. Albert solo le dijo a Candy que regresaría después. Y ella solo asintió.
-¡Candy, estás radiante! – Exclamó Hillary contenta de ver a su amiga, tomándola de las manos. Candy la guio hasta lo asientos con una sonrisa radiante en el rostro.
-Me siento radiante, Hillary. Estoy, estoy feliz, yo...nunca creí que tanta felicidad fuera posible. Albert es...un sueño hecho realidad, ni siquiera encuentro palabras para describirlo.
Hillary la abrazó, la alegría de Candy se contagiaba. Candy comenzó a platicarle todo lo que sucedió en su luna de miel, obviando los momentos íntimos, aunque no era necesario que lo hiciera, pues cada que su mente viajaba a esos momentos se sonrojaba. Algo que Hillary encontraba hilarante y ponía en aprietos a Candy con sus constantes bromas.
-Pero, cuéntame. ¿Cómo te ha ido? Por lo visto, Ethan y tú se llevan muy bien. – Le hizo ver Candy a su amiga, después de una buena dosis de comentarios pícaros, bromas, y cambios de color en el semblante de Candy.
-Pues, es el jefe más camaleónico con el que he trabajado.
-¿Y exactamente en qué consiste tu trabajo?
-Pues...yo pensé en un principio que sería algo así como su asistente personal, pero ese puesto lo ocupa Christian, yo represento más bien sus relaciones públicas. Dado que odia socializar con las personas con las que hace negocios, cuando se reúne con ellos, yo soy la que le asesoro y muchas veces, lo corrijo y ayudo en sus metidas de pata.
-Vaya. Y, ¿nada más? Es decir, la última vez que los vi se llevaban muy bien.
-Nos llevamos muy bien, Candy. Y ya me imagino por donde van tus pensamientos, y déjame decirte que no hay nada entre nosotros.
-¿Ni siquiera te gusta?
-Yo... no dije eso. – Admitió Hillary bajando la mirada. Ahora fue su turno en sonrojarse. – Él se ha portado de una forma maravillosa conmigo, me paga muy bien, podemos platicar de todo, nos tenemos confianza, hay veces en que siento que es demasiado sobreprotector; después de lo que me sucedió, me cuida demasiado, pero hasta ahí. Él nunca me vería de diferente manera, y aunque así fuera, yo no podría ser la clase de mujer que a él le gusta. Ha salido con varias en el poco tiempo que llevo trabajando, nunca las lleva a su casa y sé muy bien que no son sus novias. – Candy abrió desmesuradamente sus ojos.
-¿Quieres decir que tiene...aventuras?
-Sí. Hace unos días una mujer bien vestida y demasiado arreglada, fue a buscarlo a su casa. Al principio a él le molesto, pero después de que ella se le acercara demasiado en un profundo abrazo y le hablara algo al oído, su semblante se suavizó y se fue con ella, no sin tomarla fuertemente de la cintura.
Reinó el silencio entre ellas. Candy estaba esperanzada con que su amiga encontrara en Ethan un apoyo y alguien a quien amar, pero después de enterarse de la situación, sus ánimos se vinieron abajo. Así que prefirió cambiar de tema.
-Aún estoy esperando telegrama de Annie. No sé por cuanto tiempo estará con Terry en Nueva York.
-Ella me comentó que aprovecharía para supervisar la campaña de publicidad de la última colección. Al parecer regresaría a finales de mes.
-Bueno, ya me siento más tranquila, pero aun así me va a oír. ¿Cómo me tiene en esta incertidumbre?
-Estoy segura que no tardará en ponerse en contacto contigo.
-Eso espero.
Minutos después, fueron interrumpidas por Ethan y Albert. El primero tenía una cita de negocios, y Albert tenía que hablar con su esposa. El detective Cohen se había comunicado con él para decirle que los sospechosos ya habían sido arrestados. Fue una noticia esperada y bien recibida por él, pero temía por la reacción de Candy, no había platicado con ella de la visita del policía el día anterior. Así que una vez que sus amigos se despidieran de ellos, le puso al tanto de la situación. Él tendría que ir a la estación de policía a ratificar su denuncia, así que Candy le pidió acompañarlo.
-¿Crees que pueda hablar con Edward? – Preguntó Candy mientras viajaban a la estación. Albert volteó a verla abruptamente, frunció el ceño profundamente y negó con la cabeza. La estrechó fuertemente contra él y besó su cabeza.
-Por supuesto que no, corazón. ¿Para qué habrías de hacerlo?
-Albert, necesito hablar con él. Necesito saber, bueno, ya sé lo que pensaba, quería vengarse de ti, pero...
Albert comprendió al instante, Candy poseía un buen corazón, y aunque no supiera entenderla del todo la comprendía. Además, él también hablaría con Jordan, pero solo para hacerle saber que él ya estaba felizmente casado. Sabía que no era propio de él hacer eso, pero lo haría para demostrarle que sus planes habían fallado.
-Muy bien, si es lo que deseas así será. Pero deberás acompañarte de un policía, no quiero arriesgarte. – Ella sonrió y depositó un fugaz beso en sus labios.
-Gracias.
Cuando finalmente llegaron al lugar, ya estaban esperándolos George y Archie, ambos los acompañaron con el detective Cohen para que ratificara su denuncia. Pero una vez que terminaron, a petición de los recién casados se separaron para hablar con cada uno de los involucrados. Albert llegó primero donde se encontraba Jordan. Era una celda minúscula y maloliente, el policía les había explicado que lo más probable era que la joven tuviera que pasar diez años en prisión pues los cargos y las pruebas eran demasiado condenatorias.
-Jordan. – Ella estaba de pie, dándole la espalda a la entrada de la celda. En cuanto escuchó la voz de Albert su espalda se tensó y giró para verlo.
-Ah, eres tú. ¿Vienes a regodearte en mi caída? Pues bien, mírame, me atraparon y lamentablemente estoy aquí encerrada. Pero no creas que te permitiré ser feliz y casarte con esa mugrosa huérfana. Aún tengo un as bajo la manga. – Levantó el mentón y enderezó la espalda, demostrando altivez y arrogancia. Una sonrisa autosuficiente apareció en su rostro.
-Jordan, Samantha ha salido del país, a estas alturas ya debe estar reunida con tus padres en Francia. Y lamento sinceramente decirte que ellos ya se hicieron a un lado en lo referente a ti. No quieren saber más nada de tu estadía en prisión. – Albert repitió las palabras que le dijera el detective Cohen. Este último había contactado con la familia de la joven por telegrama y ellos habían decidido darle la espalda.
Ella palideció. Debía habérselo imaginado. Samantha siempre veía por ella y sus padres no se rebajarían en regresar al país para ayudarla. Estaba sola. Sintió que sus ojos le escocían por lágrimas contenidas. Miró furibunda a Albert culpándolo de todo lo sucedido. Se acercó y afirmó los barrotes con fuerza.
-¿Por qué? ¿Por qué siempre me rechazaste? Desde que nos conocimos siempre me trataste como si no valiera la pena. Y ahora, ahora prefieres a esa huérfana que ni siquiera sabe quiénes son sus padres, mientras que yo puedo rastrear mis antepasados hasta más allá de la invasión francesa. ¿Qué tiene ella que no tenga yo?
-Ella tiene todo. Así de simple. Puedes rastrear a tus antepasados hasta el mismo principio de la humanidad, pero ella no necesita de esos alardes de grandeza para ser un excelente y maravilloso ser humano. Ella ama, todo y a todos. Es simplemente el amor lo que la mueve, es sencilla, trabajadora, divertida, sincera, honesta, bondadosa, desinteresada...podría seguir todo el día describiéndola y nunca terminaría... Por eso me enamoré de ella, y por eso la convertí en mi esposa hace casi tres semanas. Dime una cosa, ¿cuál de esas cualidades tienes tú?
Ella lo miraba con los ojos cada vez más abiertos, le habían caído como balde de agua fría las palabras de Albert. "Ella tiene todo. Así de simple." Pero lo que sin duda fue un golpe al hígado fue cuando afirmó que se habían casado.
-Tú... -Dijo casi en un susurro. - ¿Te casaste con ella? ¿Co...cómo pudiste hacerme eso?
-¡Jordan! – Exclamo Albert anonadado. – Esto no tiene nada qué ver contigo, nunca hubo un "nosotros" y si todo lo que hiciste fue porque de alguna manera en tu mente creaste una especie de revancha por todo lo que según tú yo te he rechazado...fue algo estúpido. Vas a perder tu libertad, has perdido a tu familia y, ¿qué has ganado? Sinceramente no creo que seas tan obtusa.
-Vete. ¡Vete! ¡Lárgate de aquí y déjame en paz! ¡Vete con la huérfana muerta de hambre y olvídate de mi existencia! Te odio y te deseo que seas infeliz en tu maldito matrimonio.
Lloraba a lágrima viva y estaba fuera de sí. Los policías no hicieron nada para tranquilizarla, mientras Albert daba media vuelta para salir de su vida para siempre.
OoOoOoOoOoOoO
Candy había esperado pacientemente a que terminara la declaración de Edward. Ahora la llevaban a una sala de interrogatorio para que pudiera hablar con él. Cuando llegó lo pudo ver y sintió lástima por el hombre que una vez fue su amigo y su novio. Lo vio derrotado, y ella sabía por qué, su carrera era todo para él y ahora perdería hasta el derecho a ejercer. Pero simplemente no comprendía cómo pudo llegar tan lejos en su afán por vengarse de alguien que no tuvo nada qué ver en la caída de su abuelo. De repente, la vista de él se centró en ella que seguí parada en el umbral de la puerta. Ella avanzó unos pasos hasta quedar sentada frente a él, que llevaba las manos esposadas.
-Hola. – Le dijo ella con una media sonrisa en su rostro. Las facciones de él se distorsionaron, y apartó su vista de ella mirando para otro lado.
-¿Qué haces aquí, Candy? No puedo creer que tu prometido te permitiera venir a visitarme, y más sabiendo que yo tuve que ver en su primer secuestro. – Se negaba a verla a la cara, y por el tono su voz supo que se sentía derrotado.
-Eso es porque en realidad no conoces a Albert. Él supo que deseaba hablar contigo y aunque al principio no le gustó la idea, cuando comprendió mi sentir apoyó mi decisión.
-Ah, sí. Se me olvidaba que era el hombre perfecto. – Por fin la vio a los ojos, y aunque había sarcasmo en su comentario, también vio dolor en sus ojos.
-No vine a hablar de Albert, Edward. – Y era la verdad, porque si se ponía a hablar de su esposo, le diría que sí, que Albert era perfecto para ella, así de sencillo. Pero simplemente no quería herirlo más.
-¿Entonces?
-Solo quería saber cómo estás.
-Esposado, en una sala de interrogatorio, hablando contigo. Y después estaré en prisión esperando el juicio donde me acusarán de cómplice de secuestro. Me quitarán mi título y ya no podré ejercer. Eso sin tomar en cuenta la deshonra que le causaré a mi familia cuando esto salga a la luz. Pero fuera de eso, estoy bien. – Ella ignoró el sarcasmo y la ironía en sus palabras.
-No olvides mencionar tu fracaso en arruinar las empresas Andrew, en tu afán de conseguir venganza por algo que ni Albert ni su abuelo tuvieron que ver. – Por fin apareció un cambio en su rostro y fue de sorpresa.
-Vaya. ¿Así que ya lo saben? Ahora comprenderás mi aversión por tu prometido. Y no me vengas con que no tuvieron nada que ver en el suicidio de mi abuelo, si su banco le hubiese dado ese préstamo... -
-Pero no fue el único que se lo negó. Y más cuando vieron que tu abuelo no daba garantías de pago porque todo lo que caía en sus manos lo perdía en el juego. Él solo se engañó y te llevó a ti en su engaño. Y ahora mírate, perderás todo lo que amas por algo absurdo. Solo buscas culpar a alguien más porque no puedes comprender cómo pudo hacerle eso a su familia, quieres culpar a todos los demás por el hecho de que no quieres admitir que el único culpable fue tu abuelo. Porque cuando tuvo la oportunidad, no quiso cambiar, pensó que la suerte estaría de su lado. Pero fue él quien los abandonó, y los dejó sin un quinto. Y ahora, ¿qué haces tú? Exactamente lo mismo, jugaste el todo por el todo, y echaste a la basura todo tu trabajo. Y tu familia quedará envuelta en un escándalo de proporciones mayores.
Reinó el silencio en la habitación. Él pensaba en sus palabras y ella sabía que ya lo había pensado. Lo conocía bien y podía ver cómo giraba el engranaje de su cabeza.
-Será mejor que te vayas, Candy. No tienes nada qué hacer aquí.
-Nunca aceptarás que estuviste equivocado, ¿verdad?
-Al menos no me equivoqué en una cosa... William Andrew me quitó lo que más amaba, y por eso lo desprecio, porque te arrebató de mi lado. Porque te sigo amando...
-Perdóname.
- No. Tu no tuviste la culpa fue...
-No. Te equivocas nuevamente. Fui yo quien decidió aceptar su propuesta, nadie me obligó. Yo decidí casarme con él y dejarte a ti. Fui muy mala y me arrepiento, pero no podía casarme contigo solo queriéndote. – El soltó una carcajada cargada de amargura.
-¿Y a él lo amabas? – Pero ella no contestó y bajó la vista apenada. – Vaya, lo amabas mientras estabas conmigo. ¿Por qué no me extraña? Creo que siempre lo supe y no quise verlo...Sí, definitivamente lo odio.
-Edward. – Candy le habló suplicante, pero cuando lo vio a los ojos vio algo diferente en ellos, además la veía con una sonrisa pesarosa.
-Vete, Candy. No tienes nada qué hacer aquí, y si quieres que sea sincero, me arrepiento de lo que hice. Lo único que deseaba era ver arruinado a Andrew, no muerto, que era la intención que tenía Jordan, por eso me ya no tuve nada que ver en sus planes de secuestrarlo nuevamente. Cuando ella me lo planteó, yo me retiré. Y para tu tranquilidad, los documentos que robamos de su empresa, solo nos dieron la oportunidad de fastidiarlo con sus socios, porque en realidad no tuvimos nada en claro. Dimos patadas de ahogado, plantando la duda y ver cómo reaccionaban todos, así que, dile a tu prometido que puede estar tranquilo, esos documentos ya están de vuelta en su empresa y nada más pasó con ellos.
-Gracias. Estoy segura que todo eso se tomará en cuanta en tu juicio.
-No me agradezcas. Solo lo hice por eso, quiero granjearme el favor del jurado y tal vez así pueda evitar que me retiren mi licencia.
-A mí no me engañas, sé por qué lo haces. Te conozco bien para saber que tienes un buen corazón. Adiós, Edward. Cuídate y espero que cuando salgas de prisión, puedas rehacer tu vida tal como te lo mereces.
-Adiós, Candy. Y espero que él sepa hacerte feliz.
Salió de la sala de interrogatorios un poco más calmada, pero algo triste por la situación de Edward, sin embargo, esperaba que de verdad hubiera cambiado y tratara de empezar de cero. Alcanzó a ver a Albert que la esperaba junto a George y Archie, cuando el primero la vio, caminó hasta su lado y la abrazó con fuerza. Platicaron a grandes rasgos lo sucedido con Jordan y Edward, y decidieron darle punto final a ese asunto. La fiscalía tenía un caso armado, y quien saldría más dañada sería Jordan, pues había confesado que deseaba desaparecer a Albert. Con Edward no serían tan duros y al parecer no estaba en peligro su práctica médica. Se requeriría la presencia de Albert en el juicio para dar su testimonio, pero nada más. Y todo sería a puerta cerrada pues habían accedido, como un favor especial, no dar parte a la prensa. Sobre todo para no dar mala publicidad y verse envueltos en un escándalo que los perjudicaría.
Una vez fuera del lugar, George y Archie regresaron a la oficina. Albert se tomaría el día para estar con Candy.
-No puedo creer que todo terminara. - Dijo Candy mientras trazaba círculos sobre el pecho desnudo de su esposo. Hacía horas que habían llegado a la mansión, comieron algo en el comedor y subieron a encerrarse en su habitación. Él tenía descubierto el pecho con la camisa desabrochada, y ella aprovechaba cada instante para sentir su piel.
-La verdad es que yo tampoco. – Comentó Albert un poco distraído, sonriendo felizmente ante la audacia de su esposa. Nunca se imaginó que su Candy pudiera ser tan apasionada cuando de amar se trataba.
Ella levantó la vista percibiendo su distracción. Albert deslizó la mano por su mejilla y la tomó del mentón mientras descendía hasta su boca. Cubrió su boca son la suya y en el instante sintió sus labios suaves, tersos, y no lo hizo esperar en su respuesta. Con un sonido ronco, le rodeó su estrecha cintura con su brazo hasta ponerse sobre ella, quien lo recibió gustosa y pasando su pequeña mano sobre su pecho, la subió hasta su cuello para acariciarle el cabello, y acercarlo más a ella si eso era posible. Albert despegó un segundo sus labios de ella.
-Te amo.
-Y yo a ti.
Pero ya no siguieron hablando, es esa, como en muchas otras ocasiones las palabras sobraban. Mejor hablarían en el lenguaje más antiguo que existía, el del amor. Se entregaron mutuamente, sintiendo su corazón rebosar de alegría, eran libres de la amenaza que ensombrecía su felicidad, ahora se sentían plenos. Ya nada ni nadie, arruinaría su dicha.
Pero estaban equivocados.
CONTINUARÁ...
Chacachachán... jajajajaja, no me maten plis. Sé que no avancé nada en este capítulo pero tenía que ajustar el regreso de los weros, y poner tras las rejas a la odiosa de Jordan. (#despellejemosaJordan, jejejeje) Además, desde un principio quise que la historia diera un giro completo. Ya saben que odio los dramas extremos y demasiado largos, así que ya era tiempo de poner fin a Jordan y Edward, claro, con sus respectivos castigos.
Así que después de este capítulo veremos a qué nuevas circunstancias y problemas se enfrentarán Albert y Candy. Así que estén pendientes.
Las quiero harto!
Hasta la próxima...
