La voz de mi corazón.

Capítulo 14

Por Lu de Andrew.

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Era sábado por la mañana. Y Candy estaba llorando como una magdalena. Albert la mantenía abrazada contra su pecho, en parte consolándola, en parte protegiéndola del helado frío. No había duda de que el invierno estaba a las puertas, y esa mañana se los recordaba gélidamente. Antes de que su llorona esposa se aferrara a él como una pequeña lapa, había besado su naricita completamente helada, a pesar de ir abrigada hasta los dientes.

-¿Ya viene?

La voz ahogada de su esposa procedente de su pecho, atrapó su atención. Ella no quería que Archie se diera cuenta que estaba terriblemente triste por su partida. Había disfrutado tanto con él devuelta, recordando viejos tiempos. Anthony, Stear, y el mismo Archie, sus tres paladines. Habían cuidado de ella a pesar del tiempo, la distancia…y la muerte. Sí, la horrible muerte los había separado, y cuando Candy y Archie estaban juntos, era como si ellos; en realidad, estuvieran con vida. Porque era así como los recordaban, vivos, felices, sonriendo… Y ahora, Archie se marchaba. Y ella no podía evitar entristecerse cada que su primo salía del país, pues temía ya no volver a verlo. Pero Albert, su esposo, brújula en la vida; le había asegurado que nada malo le sucedería. Ella se sentía más tranquila, aunque no por ello feliz.

-Está pendiente de que guarden su equipaje, corazón. Pero si deseas que no se entere que has estado llorando, te sugiero que aguantes un poco las lágrimas. Después de su partida llorarás todo lo que quieras. Además, recuerda que eres más linda cuando ríes, que cuando lloras.

Ella que ya se había separado un poco de él, tomó el pañuelo que Albert llevaba en el interior del abrigo, y sonriendo imperceptiblemente, se secó las lágrimas. Y suspiró audiblemente.

-Me gusta cuando recuerdas esas palabras. – Le dijo mirándolo con amor.

-¿Porque te recuerdo lo linda que eres? – Preguntó él esbozando una encantadora sonrisa.

-No. Porque con ellas me enamoraste.

Él tomó su barbilla con delicadeza y se inclinó hasta su boca. La besó con ambrosía, consciente de que estaban en público y podían escandalizar a algún ciudadano inquieto; pero sabía que a las cinco treinta de la mañana en medio de un frío terrible, era difícil que las buenas consciencias de la sociedad estuvieran despiertas en la estación de ferrocarril. Y sin embargo, a pesar de todo, le importaba muy poco besarla de esa manera, era un ansia casi irrefrenable de demostrarle cuánto la amaba. De perderse en sus brazos, en sus besos, de saber que era suya, y él era de ella. Sabía que se comportaba como un adolescente irresponsable, pero no le importaba. Pero en esos momentos también sabía que su sobrino llegaría en cualquier momento y de solo imaginar que los encontrara besándose, casi le provoca sonrojo. Sí, con Archie sí se sentiría apenado. Por ello se separó de Candy, que le brindó una sonrisa exultante. Bueno, al menos ya había dejado atrás su tristeza.

-Extraño la cama. – Dijo Candy al cabo de unos minutos, él ya la tenía abrazada por los hombros. Albert la miró arqueando una ceja y un brillo de picardía apareció en sus ojos celestes. Sonrió seductoramente.

-¿De verdad? Hmmm, yo también. – Susurró a su oído con un tono de voz inequívoco que le produjo cierta ansiedad a Candy. Primero lo miró con los ojos entrecerrados, pero conforme comprendió el significado de sus palabras, abrió los ojos como platos.

-¡William Albert Andrew! ¡Eres un impúdico! ¡Yo no me refería a…a eso! – Aclaró más roja que un tomate, dándole un manotazo en su brazo. – Quería decir que extraño mi cama calientita, estar bien cobijada en ella. Tienes una mente cochambrosa. -

Su boquita fruncida, y su expresión enojada, provocaron que Albert le diera un fugaz beso en los labios antes de estallar en carcajadas que atrajeron la mirada curiosa de las pocas almas valientes que se habían atrevido a salir de viaje.

-"La mente cochambrosa", la tienes tu mi amor. Yo también me refería a eso.

Candy no pudo replicar porque en esos momentos llegó Archie, con George detrás de él. Su primo ya estaba listo para salir, ella tuvo tiempo de mirarlo detenidamente. Archie se había convertido en un hombre. En un hombre muy apuesto, educado, inteligente, seguro de sí mismo; y estaba segura, se había convertido en un excelente hombre de negocios. Se encaminaba a emular a su tío, y eso la llenaba de orgullo.

-Prométeme que me escribirás seguido, y me dejarás saber cómo te encuentras. No te desveles demasiado, y aunque te encuentres muy ocupado en reuniones de negocios, come a tus horas. Hay algunos alimentos que contienen muchas vitaminas, te escribí el nombre de ellas en la nota que te entregué, asegúrate de comerlas seguido para que haya un balance en tu organismo. No…

-No hablar con extraños y acostarme antes de las ocho de la noche. – La interrumpió Archie con algo de burla. Candy le enseñó la lengua y todos comenzaron a reír.

-Está bien. Soy una exagerada, pero cuídate mucho.

-Así lo haré, lo prometo.

Fue así como Archie se despidió de todos, y partió a su destino. No sabía cuándo los volvería a ver, por eso, al perderlos de vista, guardó la última imagen de sus seres queridos en su corazón. Pero le haría bien la distancia. Sobre todo para pensar en su desastrosa relación con Samantha Lincoln, y en tratar de conocer mejor a la siguiente mujer que pudiera ganar su corazón. Aunque siendo sinceros, él nunca puso su corazón en esa relación; mucho menos lo entregó en manos de Samantha. Y para la clase de persona que resultó ser ella, cuanto mejor.

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Ese mismo fin de semana, Albert llevó a Candy a conocer las instalaciones de la clínica en donde atendería a sus pacientes dentro de la fábrica, y por la forma en que estaba construida; también podía atender a la gente de fuera. En realidad era su propia clínica, con todas las instalaciones adecuadas para su consulta y otras cosas más. Su sueño hecho realidad. Así que, en cuanto se decidiera, podría comenzar con las consultas.

-¡Oh, Albert! ¡Todo esto supera mis más locos sueños! – Exclamó ella corriendo a abrazarle, demasiado emocionada por el magnífico regalo que le brindaba el amor de su vida. ¿Cómo no amarlo? Albert correspondió a su abrazo, regalándole una maravillosa sonrisa.

- Me agrada que te haya gustado. Ya está todo listo para que inicies con las consultas, ¿Cuándo deseas hacerlo?

-Creo que será mejor hacerlo en una semana. La tía Elroy quiere llevarme de compras, y según me dijo, eso llevará como mínimo dos días. – Suspiró resignada. La verdad era que lo único que deseaba era abrir la consulta, pero Elroy había dejado muy claro que debía vestir de acuerdo a su nuevo estatus social.

Y Candy sabía que la tía tenía razón. Aunque no le agradara hacer pública su nueva posición social, era algo demasiado obvio, y no quería causar vergüenza a Albert. No es que vistiera como una pordiosera, pero su vestimenta era demasiado sencilla, pensada solo en su comodidad mientras descansaba después de un arduo día de trabajo. Pero ahora era la esposa de uno de los hombres más importantes de Estados Unidos, así que también le correspondía pedirle a Elroy que la ayudara y supervisara para una pequeña recepción que tenía en mente para algunos socios comerciales y amigos. Después de todo, la forma tan repentina en que habían contraído matrimonio; a pesar de los excelentes reportajes que habían publicado los diarios invitados al evento, había levantado rumores y diversas especulaciones. Desde un posible embarazo, hasta la aparición de una inmensa fortuna de su parte y la consiguiente codicia de su esposo por no permitir que alguien más tuviera acceso a ella. Eso sin tomar en cuenta lo que se decía de la repentina separación de bienes del concejo familiar, que ya se había hecho pública y dejaban a Albert muy mal parado. Divagaciones estúpidas y retorcidas, pero que daban mala reputación a la familia Andrew y específicamente a Albert, el hombre más honorable y de buen corazón que había existido jamás. Así que ya había decidido; a pesar de que su esposo no lo encontraba muy necesario, dar una pequeña recepción y demostrarle a la gente más influyente e importante, que todo lo que hablaba eran mentiras ideadas para desprestigiar el nombre de los Andrew.

-¿Estás segura? – La voz de Albert la sacó de sus divagaciones. – Sabes que no tienes que hacerlo, si deseas, hablaré con la tía y le diré que… - Pero ella lo silenció con un dedo sobre su boca.

-No te preocupes. – Sonrió tranquilizadora. – Deseo hacerlo. – Y se dio cuenta que no era mentira.

Salir de compras con la tía abuela Elroy Andrew, se asemejaría a salir de compras con su madre. Algo que a lo largo de los años había visto hacer a las jóvenes de su edad, e interiormente supo que siempre había envidiado un poco eso de ellas.

– Será una excelente oportunidad para platicar con la tía, tengo que aprender mucho de ella, Albert.

-Lo sé. Es solo que no quiero que te presione demasiado, y tu termines por asustarte y; bueno, no quiero que termines por arrepentirte por haberte casado conmigo.

Candy besó fugazmente sus labios y lo abrazó contra sí. De esa manera podía escuchar el suave latido de su corazón, estaba completamente asombrada por el temor de Albert. ¿Cómo podía pensar que algún día se arrepentiría de ser su esposa?

-Tonto. ¿Cómo puedes siquiera imaginar que me arrepentiré de haberme casado contigo? Sería muy estúpida si hiciera algo así. Me temo que no te desharás de mi tan fácilmente, te amo demasiado para siquiera considerar mi vida sin ti. Ya no soy la Candice White que conociste, Albert, siempre demasiado independiente, pensando que no necesita a nadie más; ahora no me imagino estar sola, despertarme sin sentir tus brazos acunándome, tus caricias haciéndome sentir viva, formar parte de ti. En definitiva, no podría vivir lejos de ti, me entristece siquiera pensarlo. Además, ¿cómo sé yo que no serás tú el que termine por darse cuenta que no soy el tipo de esposa que necesitas?

-Bueno, creo que yo también sería muy estúpido si algún día pensara eso. Eres la única mujer que quiero y necesito a mi lado.

Acortaron la distancia que los separaba y su beso los colmó de un ansia que sabían solo podían calmar el uno al otro. No había un milímetro de distancia entre sus cuerpos, y las caricias se volvieron más osadas. Solo porque ambos recordaron en dónde se encontraban, pudieron separarse, no sin antes hacer una promesa solemne con sus miradas. "Hasta que la muerte nos separe", el ansia loca que acababan de experimentar era solo para demostrar que no era un sueño lo que estaban viviendo. Estaban juntos y eso era lo que importaba.

Finalmente, Albert la llevó a conocer las instalaciones de la fábrica, la cual ya estaba en condiciones de albergar a los trabajadores. El barrio, a pesar de ser de escasos recursos, no estaba plagado de delincuencia y era agradable en sus alrededores. Conoció a varios hombres y mujeres que laboraban en el lugar, entre ellos a Sophia Morris, una viuda de mediana edad que sería la encargada de ser la asistente de Candy. Había estudiado enfermería pero debido a la discriminación racial que aún se vivía al sur del país, no pudo concluir sus estudios. Sin embargo, Candy le aseguró que sería de gran ayuda.

-Este lugar será dirigido principalmente por Douglas, él fue quien me invitó a participar en este proyecto y sabe más de textiles que yo. Yo vendré dos veces al mes para revisar el trabajo, pero créeme que vendré más seguido solo para verte a ti. – Le explicó Albert una vez que salieran del edificio para llevarla a donde se reuniría con Elroy. Ella asintió con una enorme sonrisa en el rostro.

-¿Y no tendrás problemas por lo de la clínica?

-No, al contrario. Douglas se mostró muy comprensivo y hasta entusiasmado con la idea.

Afortunadamente tiene la mentalidad abierta y no es tan prejuicioso como la mayoría de los miembros de la alta sociedad.

-Me alegro.

Albert condujo durante una hora, mientras su ya omnipresente escolta los seguía muy de cerca en otro auto, y dejó a Candy en el centro de Chicago donde se encontró con Elroy. Candy pensó que sería una tarde larga y aburrida, pero increíblemente resultó ser una tarde amena. Visitaron la tienda de ropa donde trabajaba Annie y otras tiendas más. Siguiendo lo que dictaba la moda adquirieron guardarropa, calzado, sombreros y todo tipo de accesorios que necesitaba. Finalmente pararon en un restaurant para comer algún aperitivo antes de llegar a casa. Candy aprovechó para explicarle que siempre sí necesitaría su ayuda con la reunión que tenía en mente y que Elroy había sugerido el día de su vuelta de la luna de miel. Elroy aceptó encantada y quedaron en comenzar con los preparativos por las tardes después de su trabajo.

Elroy había meditado en la actitud que había mostrado a su llegada y comprendió que si seguía así, sacaría de quicio a Albert y terminaría por prohibirle siquiera visitarlos. Y no podía hacer eso, no podía continuar con su conducta y pensamientos "arcaicos" como le había dicho su sobrino, él tenía razón, la época estaba cambiando radicalmente y ella tenía que ajustarse a los nuevos pensamientos de la sociedad moderna. Además, Candy había actuado en su favor, ella lo sabía aunque nadie había mencionado nada, pues por una u otra razón, siempre terminaba durmiendo en la mansión. Incluso le había pedido que le ayudara con el menú de las comidas, lo cual Elroy aceptó encantada. Aunque las decisiones las tomaba Candy, como señora de la casa, aun le dejaba algunas responsabilidades a ella.

Responsabilidades que la obligaban a quedarse permanentemente con ellos. E increíblemente, su sobrino no había dicho ni una sola palabra a todo eso, al contrario, le había agradecido por la ayuda que le brindaba a su esposa.

Y era cierto, Candy había intercedido en su favor, haciéndole ver a Albert que necesitaba la ayuda de Elroy en casa, y de esa forma se zanjó el tema de Elroy y su salida de la mansión. De esa manera, agradeciendo internamente a Candy, había decidido ser más tolerante y ayudarla sin presionar demasiado.

Con ese pensamiento en mente, salió detrás de su sobrina después de pagar la cuenta. Walter ya las esperaba para llevarlas devuelta.

Al llegar, pudieron distinguir un auto estacionado en la parte delantera de la casa, ambas se extrañaron, y más después de bajar y observar el emblema del mismo.

-¡Los Leagan!

Eso era extraño. Demasiado, demasiado, demasiado extraño. Sabían que Albert les tenía prohibidísimo estar en la misma ciudad que Candy. James les abrió inmediatamente la puerta, ya las estaba esperando.

-Señora – Habló dirigiéndose a Candy. – El señor me pidió que en cuanto llegara, se reuniera con él en la biblioteca. Señora Elroy, la señora Leagan la espera en el salón.

Alarmada, Elroy se apresuró a llegar hasta Sara quien lloraba desconsolada. Candy caminó detrás del mayormodo que la acompañó hasta donde estaba Albert. Cuando entró a la habitación, caminó en silencio mientras se escuchaba de fondo la voz del señor Leagan, estaba alterado por lo que ella pudo oír. Y cuando se puso de pie a lado de Albert, observó la escena ante sí.

El señor Leagan, Elisa y Neal, estaban ante Albert. Neal se notaba molesto, su padre guardó silencio en cuanto la vio y Elisa dejó de sollozar mientras se secaba las lágrimas y levantaba la vista para mirarla…con resentimiento.

-Candy, me da gusto que hayas llegado. – Albert tomó su mano y le dio un beso en su palma, después de puso de pie y le dio el lugar a su esposa. Ella tomó asiento, casi con timidez, sintiéndose una intrusa en esa situación.

-Buenas tardes. – Saludó a nadie en especial. Acto seguido se escuchó la voz de Albert.

-Le pedí a mi esposa que nos acompañara, porque quiero escuchar su opinión al respecto. – Habló con autoridad, mirando a los hombres sentados frente a él. Inmediatamente dirigió su atención nuevamente a su esposa. – A medida que escuches la plática, comprenderás la situación. – Candy asintió sin más. Luego habló a los Leagan: - Espero que no les moleste.

-Por supuesto que no, William. – Respondió el señor Leagan. – Candy, un gusto verte, y enhorabuena por su matrimonio.

-Gracias señor Leagan, yo…

-¡Pues yo si estoy molesta con su presencia! – Chilló Elisa, interrumpiéndola. – ¡Ella siempre me ha odiado y cuando se entere de lo que me pasa, seguramente aprovechará para cotillear por todo Chicago acerca de mí!

-Elisa, ¿te quieres callar? Candy nunca te ha odiado y eso de cotillear, es una actitud apropiada más bien de ti. ¡Estoy seguro que ella tiene cosas más importantes que hacer que andar hablando de cómo te sedujeron y dejaron arruinada cuando se dieron cuenta que no podían sacarle ni un centavo a la familia!

El estallido de Neal, puso a Candy, obviamente, al día. Y ahora comprendía por qué todos tenían cara de estar en un funeral. Y no era para menos, hasta ella se había sorprendido. Neal se puso de pie ofuscado, parecía león enjaulado, y para su carácter explosivo, ella sabía cuánto se estaba conteniendo.

-El caso William, es que este hombre ha amenazado con acudir a los socios hoteleros que tenemos en Florida, y arruinar nuestra reputación; y obviamente el negocio, si no le damos cinco millones de dólares antes del Sábado. En otra ocasión ni siquiera lo hubiera pensado, pero sabes bien que nuestras finanzas no están para el despilfarro.

Elisa se echó a llorar nuevamente, Neal entornó los ojos y su padre levantó las manos exasperado.

-Esto no estaría pasando si ustedes le hubieran dado el dinero que quería al principio. Estoy segura que si le dan ese dinero se casará conmigo y todo volverá a ser como antes. – Dijo Elisa entre sollozos.

-No puedo creer que a pesar de que todo esto está pasando por tu culpa, trates de culparnos a nosotros, hija. Ese hombre solo te sedujo para tener con qué excusarse para pedirnos dinero por casarse contigo, y cuando no lo logró, recurrió al chantaje.

-Él ya no quiere casarse contigo, Elisa. – Habló Neal claramente impaciente. – Es más, nos exigió que te dijéramos que ya dejaras de rogarle y que nos podíamos deshacer de tu…"problemita", de la manera que nos pareciera mejor.

Albert, que hasta el momento se había mantenido al margen decidió que era hora de intervenir.

-¿A qué clase de problemita se refieren? – Preguntó temiendo la respuesta. Nadie más contestó esperando que fuera la misma Elisa quien confesara.

-Estoy embarazada. – Dijo ella en un hilo de voz. Reinó el silencio por varios minutos.

-¿Y qué piensan hacer? – Preguntó Albert levemente sorprendido.

-Mamá no quiere que nazca. – Contestó ella y Candy se dio cuenta que lo había dicho con un dejo de tristeza.

-¿Y tú qué quieres, Elisa? – Preguntó Candy. Elisa levantó la mirada y por primera vez no vio el reflejo de la antipatía que sentía por ella.

-Yo sí... yo sí quiero – Admitió desanimada. – Pero tampoco quiero cargar con "eso" el resto de mi vida. – Dijo volviendo a su actitud altanera, cruzándose de brazos.

-Eso mismo hubieras pensado antes de confiar en un completo extraño, entregarte a él y casi causar la ruina de tu familia, Elisa. – Habló Albert con cierto fastidio. – De nadie más es la culpa, solo tuya, que con tus decisiones egoístas y caprichosas se haya llegado a esta situación. Y lo peor es que estás arrastrando a un inocente más a la desgracia. Tu madre quiere que abortes, tú no lo quieres, pero lo ves como un estorbo, ¿me quieres decir que se supone que vas a hacer? O como siempre, ¿esperas que los demás resolvamos tus problemas? – Ella no contestó, se limitó a mirar hacia otro lado con petulancia.

La verdad era que ella se había enamorado de ese hombre sin apenas conocerlo. Pero la había deslumbrado con sus excelentes modales, su hermoso rostro y palabras melosas. Por eso ella había llegado tan lejos con él, y cuando finalmente dio a conocer sus verdaderas intenciones, ella se había humillado, suplicando, y llorando que no la dejara. Aun ahora, a pesar de todo, lo seguía amando como el primer día. Y aunque el dolor en su corazón la estaba volviendo loca, nunca demostraría, y menos ante Albert y Candy, lo que sufría. En cuanto a su hijo, si pudiera, lo conservaría, pero su futuro se vería demasiado afectado si se quedaba con él.

-La decisión que tome no se pondrá a discusión, Elisa. – Declaró tajantemente Albert. Ya había tomado una decisión, finalmente, los Leagan habían acudido a él principalmente por ser el cabeza de familia, y para que les ayudara a resolver el problema. – Como sabes bien, todo el dinero de tu familia se encuentra invertido en el complejo hotelero en el que están involucrados. Se podría decir que tú tienes cierta participación en ello pues el dinero de tu herencia también está invertido. – Ella asintió. – Pues bien, se tomará, de tu inversión; el dinero que originalmente ese tipo pidió a tu familia, se le entregará y fin del asunto.

-Pero tío, no será tan fácil. Lo que ese hombre pidió originalmente es casi el quince por ciento de lo que ahora pide, no creo que lo acepte. Y aunque lo aceptara, ese dinero hará falta en la inversión. – Contestó consternado Neal.

-Yo cubriré esa falta. – Contestó Albert decidido. Aunque era cierto que él mismo había planteado la separación financiera con los Leagan, también comprendía que la situación era bastante delicada. El negocio hotelero podría venirse abajo y dejar en la ruina a la familia. Su tía, ya debía estar bastante alterada con la noticia, no quería que su salud saliera más perjudicada. Y una inversión tan minoritaria como aquella no le afectaría mucho. – Y seré yo mismo quien negocie con ese hombre y les aseguro que aceptará el dinero y lo que es mejor, los dejará en paz. Lo mandaré investigar y averiguaré cuáles son sus puntos débiles. Estoy seguro que ya ha actuado de la misma manera en otras ocasiones así que no será difícil saber qué hacer. Ustedes por lo pronto podrían tomar un descanso aquí en la ciudad.

-¿Estás seguro, William? Yo podría acompañarte. – Dijo el señor Leagan.

-Déjalo por mi cuenta. Ten presente, Elisa que si estoy proponiendo esta solución es solo por tu familia y la tía Elroy, ese dinero no se te reembolsará de manera alguna, y no recibirás más dinero que el estipulado por mí para algunos gastos, lo cual teniendo en cuenta que vivirás bajo mi techo, no será mucho. ¿Has entendido? En cuanto a tu hijo, si por mí fuera; esa decisión no estaría en discusión, pues soy de la idea de que debes tenerlo y educarlo. Sin embargo, si no deseas quedarte con él, tal vez sea mejor que lo des en adopción. No permitiré que acabes con una vida deliberadamente.

-Creo que yo tengo la solución.

Todos voltearon a ver a Candy, que durante todo ese tiempo no había dejado de pensar en la mejor solución para el inocente bebé que vendría al mundo.

-Podría pasar su embarazo en el hogar de Pony, y una vez que dé a luz, el bebé se quedaría ahí hasta que una familia lo adopte. Es más fácil que los pequeños recién nacidos sean acogidos en una familia.

Elisa se quedó en silencio. Las lágrimas que reprimía con ferocidad se negaban a salir de sus ojos, era claro que no le gustaba la idea.

-No. ¡No pretenderán que mi hijo se quede en ese orfanato de quinta!

-El caso es hermanita, que si deseas que el tío nos ayude a salir de esta situación, debes aceptar lo que él mande. Lástima que no haya cambios de cerebro, sino te pagaría la operación con mucho gusto. – Le dijo Neal, mostrándose harto con la situación.

-¡Eres un idiota! ¡Esto no estaría pasando si desde un principio no te hubieras aferrado a querer casarte con la huér…!– Le gritó ella, poniéndose de pie y quedándose callada al darse cuenta que sus palabras iban dirigidas a la esposa de quien en ese momento tenía su vida en sus manos.

-Chicos, ya basta. – La voz de su padre apenas se escuchó. Ese era el problema de los Leagan, sus padres no habían tenido el carácter para educarlos y hacerlos responsables. Ahora pagaban las consecuencias. Y no solo ellos, también la familia entera. Albert prefirió pasar por alto el comentario inconcluso de Elisa al notar que Candy le apretaba suavemente el brazo, pidiéndole con la mirada que no lo tomara en cuenta.

-Yo creo que es una buena idea. La señorita Pony y la hermana María se encargarán de que el niño o niña, quede en una buena familia. Será mejor que te prepares, Elisa. Mañana saldrás a primera hora, te aconsejo que prepares tu equipaje. – Dijo Albert tajantemente. Elisa miró desconsolada a su padre esperando que intercediera por ella. Pero su padre desvió la mirada aceptando implícitamente la decisión de Albert.

-¿Y quién se supone que la llevará? – Preguntó Neal. – Mi papá, el tío y yo, estaremos muy ocupados arreglando sus idioteces. No creo que mamá quiera ir a ese lugar. Lo más lógico es que la acompañe una criada.

-Yo puedo acompañarla. – Dijo Candy rompiendo el silencio que había reinado en la habitación, después de la declaración de Neal. Albert la contempló unos instantes sabiendo que si aceptaba, Candy no pasaría con él los últimos días que tenía libres, antes de iniciar sus consultas. – Puedo aprovechar para llevar algunas cosas que hacen falta, tu estarás ocupado arreglando las cosas aquí.

-Está bien. – Aceptó, no muy convencido.

Se prepararon y salieron esa misma tarde. Durante el viaje, Elisa se mostró taciturna y callada. Solo veía a través de la ventana ignorando a Candy por completo. Candy se dedicó a leer una revista médica para matar el tiempo. Y cuando estaba cansada, recordaba la despedida que le había dado Albert…y un sonrojo cubría su rostro.

A pesar de todo, el viaje fue corto y llegaron casi a la media noche, pero Tom ya estaba esperándolas en la estación, pues ella les había enviado un telegrama avisándoles de su llegada.

-¿Ella es Elisa? – Preguntó Tom en voz baja, mientras bajaba el equipaje, después de haberse dado un cariñoso y afectuoso saludo.

-Sí. – Contestó ella de igual manera.

-Parece que está oliendo excremento.

-¡Tom! – Exclamó Candy, sonriendo ante el comentario.

-¡Es cierto! – Se excusó Tom. Elisa, efectivamente, tenía el ceño fruncido, y el mentón lo mantenía en alto. Había vuelto a su expresión altanera y egocéntrica.

Tom siguió con lo que estaba, mientras Candy se acercaba a Elisa y le decía que subiera al asiento al frente de la carreta. Elisa hizo como si no le hubieran hablado y casi aventó a Candy al pasar. Tom la miró y se adelantó a ella.

-La carreta solo puede soportar a dos personas en el asiento. Candy y yo lo ocuparemos, mientras tú irás en la parte trasera. - Ella puso una cara de horror.

-Tom, yo puedo… - Candy habló, pero Tom la interrumpió.

-Elisa estará bien, Candy. Estoy seguro que odiará que la vean a lado de un ranchero que seguramente huele a vaca. Por eso trae esa cara, ¿no? –

Elisa encuadró los hombros y caminó decidida hacia la parte trasera de la carreta, obstinada a mantenerse en silencio y no dirigirle la palabra a ese ranchero odioso.

– Mira Candy. – Le dijo Tom en tono de burla. – Ya se quedó muda.

-Tom, por favor. Será mejor que nos vayamos.

Elisa se acomodó como pudo entre las maletas, quería gritar, quería salir corriendo, quería llegar al chiquero que seguramente sería el dichoso "hogar de Pony", encerrarse en donde fuera y llorar hasta morir. Sentía que su familia la había abandonado. La tía Elroy ni siquiera le había hablado. Cuando ella intentó hacerlo simplemente le dio la espalda y se metió a su habitación. Y eso le había dolido, demasiado. Solo había cometido un error, y la condenaban al ostracismo. En cuanto a él, por primera vez en su vida se había enamorado y entregó su corazón. ¿Por qué simplemente no podía ser feliz? ¿Por qué Candy siempre había tenido el cariño de todos? Tragándose sus lágrimas, decidió aferrarse a los recuerdos, donde era feliz.

-Tom, no debías tratarla de esa manera, ella está pasando por un momento muy difícil. – Le dijo Candy en voz baja nuevamente para que Elisa no los escuchara.

-No sé cuál sea su situación, Candy. Pero que no espere que la trate como a una princesa. Y sinceramente no sé por qué la has traído al hogar, porque estoy seguro que les hará la vida imposible a la señorita Pony y a la hermana María. ¿De verdad es necesaria su estancia aquí?

-Sí. Lo es, créeme.

Tom ya no preguntó nada y se quedaron en silencio. Su llegada al hogar fue igual, pues al ser media noche, solo la hermana salió a recibirlos. Después de dejar el equipaje, Tom se despidió, él iba tres veces a la semana a ayudarles en sus pequeños huertos que les ayudaba a evitar los gastos de verdura, con las reses que el padre de Tom les había regalado y con las diferentes actividades y trabajos que se hacían para mantener el lugar.

Al día siguiente, Candy se dedicó a ayudar con los niños, los revisó, y aplicó algunas vacunas. Les explicó a la señorita Pony y a la hermana María, con lujo de detalles el problema de Elisa y ellas accedieron encantadas a ayudarla, y cuando Candy les explicó qué clase de carácter tenía la señorita Leagan ellas le aseguraron que no habría problema, sabrían manejarla. Elisa permaneció encerrada en la habitación que le habían brindado los siguientes dos días. Pero al tercer día, Candy partiría así que decidió hablar con ella para explicarle que, como todos ahí, tendría obligaciones y responsabilidades.

-¿Elisa? – Candy entró en la habitación, eran las siete de la mañana y su tren salía a las ocho treinta. Tom pasaría por ella para llevarla a la estación en media hora. Así que no tenía tiempo que perder. Elisa estaba dormida y cuando escuchó su voz, despertó dándole una mirada llena de reproche.

-¿Qué quieres? ¿Qué no ves que estaba durmiendo? ¿Esos son los modales que enseñan en este lugar? –

Candy suspiró con cansancio recordándose que con Elisa debía tener mucha paciencia.

-Que bien que decidiste dejar atrás tu voto de silencio. – Elisa la vio con resentimiento, había olvidado que no le dirigía la palabra a nadie en ese lugar. – Porque de ahora en adelante necesitarás hablar muy a menudo. – Prosiguió Candy.

-¿Qué quieres decir?

-En estos días has podido descansar y asimilar el hecho de que este lugar será tu hogar durante los próximos meses. Así que a partir de mañana cumplirás con ciertas obligaciones. Aquí todos trabajan, desde los más pequeños, hasta los más grandes, por lo tanto no esperarás un trato especial. Te levantarás a las seis de la mañana para que ordeñes la vaca y alimentes a las gallinas, obviamente no sabes hacer nada de eso, por lo que habrá alguien encargado de enseñarte. Por las tardes ayudarás a las tareas que sean necesarias dentro de la cocina.

-¡¿Qué?! ¿Estás loca? Te recuerdo que estoy embarazada, ¡no puedo hacer trabajo pesado!

-No es trabajo pesado, además, eres una mujer joven y saludable, la actividad diaria durante el embarazo es lo más aconsejable. No se te ha asignado ningún trabajo que te perjudique, o al bebé que esperas, así que no te preocupes.

Elisa comenzó a llorar. Se sentía peor que una sirvienta. Y lo peor era que no tenía a quien recurrir, si contara con la ayuda de su hermano…pero hasta él la había abandonado. Y una idea se formó en su mente, tal vez si pudiera escapar de ese lugar…

-No tienes a donde ir, Elisa. – Le habló Candy un poco más tranquila, tal parecía que había escuchado sus pensamientos. – Piénsalo. Sé que es difícil para ti, pero es la mejor solución, terminarás por acostumbrarte y cuando nazca tu hijo tu vida volverá a la normalidad. ¿O acaso prefieres andar mendigando un plato de comida y un techo para dormir? ¿Teniendo que trabajar de sol a sol por un mísero dólar? No desaproveches esta oportunidad que se te está dando. – Le sonrió y se dio media vuelta para retirarse.

-¡Y tú estás feliz, viéndome en la desgracia! ¡No intentes negarlo! ¡Te das aires de grandeza, siendo doctora y la esposa de uno de los hombre más ricos del país, cuando no eres más que una hija del hogar de Pony! ¡Una mugrosa dama de establo! Pues anda, adelante, dame todo el trabajo que quieras, total, si pierdo está cosa que llevo dentro no se perderá gran cosa. – Le gritó antes de que Candy saliera, las lágrimas ya fluían por su rostro.

-Sí Elisa, tienes razón. – Le contestó Candy de frente, con una extraña calma. – Soy hija del hogar de Pony, al igual que los niños que vienen a parar aquí…igual que lo será tu hijo. – Elisa sintió un golpe en el estómago ante esa declaración. – Solo que esta vez nos aseguraremos de que no sea "dama" o "caballero" de establo. Me aseguraré de que el matrimonio que lo adopte lo ame y le dé lo mejor. Que su madre lo quiera y esté con él cuando diga su primera palabra, o sufra su primera caída, o se le caiga el primer diente. Una madre que se asegurará de que su hijo nunca se entere que es adoptado porque su verdadera madre nunca lo quiso.

Diciendo esto último, Candy abandonó la habitación dejando a Elisa sola y llorando amargamente. No sé sentía muy orgullosa de lo que acababa de hacer, pero la forma en que se había expresado la había sacado de sus casillas. Sólo esperaba que no les diera muchas molestias a los habitantes de su querido hogar.

Finalmente se despidió de todos.

-Saluda al señor Andrew de nuestra parte, Candy. – Le dijo la señorita Pony mientras Candy subía a la carreta de Tom. – Y no te preocupes por la señorita Elisa, sabremos manejamos con ella.

-Gracias señorita Pony. Vendré, como siempre en un mes para la revisión de los niños y de Elisa.

Mientras avanzaban, Candy notó que su hermano estaba de mal humor.

-Muy bien. ¿Qué pasa? Ahora quien parece que está oliendo excremento eres tú.

-¿Y piensas que es para menos? Tendré que soportar a esa señorita remilgosa, a diario. ¿Por qué no hiciste los arreglos para que alguien más le enseñara?

-Porque confío en ti. Y a pesar de todo, creo que eres el indicado para lidiar con el carácter tan difícil de Elisa. Y porque na hay nadie más disponible.

-Muy bien, me encanta tu honestidad. Aunque en estos momentos sienta que te odio.

Candy comenzó a reír y apretó cariñosamente el fornido brazo a su hermano. Sabía que era más difícil para Tom soportar a alguien como Elisa dadas las circunstancias de su pasada relación, pero había vislumbrado un poco del antiguo Tom cuando las recibió en la estación y peleó con la pelirroja, creía que no les haría mucho daño soportarse el unos al otro.

-Solo no se maten entre sí, ¿de acuerdo? – Tom la miró ofendido.

-Te odio.

-Yo también te quiero mucho.

Después de dejar a Candy en la estación, Tom regresó refunfuñando por la ardua tarea de enseñar a Elisa. No la conocía en persona pero con lo que sabía de ella y de su hermano, y por la actitud de superioridad con la que había llegado, sabía que era igual que todas las de su clase…igual que la mujer de la que estuvo enamorado.

Cuando llegó al hogar, dedicó su día a las labores que desempeñaba. Dedicaba esos días a ayudar en el trabajo de granja que se habían implementado en el orfanato después de las mejoras que habían tenido lugar después de que Albert y algunos de sus socios formaran un patronato de beneficencia. Llenaba sus días de trabajo para mantener su mente ocupada y no sentirse inútil. Sin embargo, al aceptar enseñar a Elisa tendría que ir más seguido y estaría más ocupado con su trabajo en el rancho. Por lo que quería aprovechar ese día para relajarse antes de enfrentarse a "la señorita estirada". Pero sus planes se vieron arruinados cuando después de la comida, a la que por cierto ella no asistió, la vio llegar con una expresión en el rostro que hablaba de lo contrariada e irritada que se encontraba.

Elisa le dio la espalda y comenzó a recoger los trastos sucios de la mesa. Casi se muere de la risa cuando notó que con una mueca de asco, tomó un plato sucio entre sus dedos índice y pulgar. Se dirigió a la cocina, con ese único utensilio en la mano. Detrás de ella entró la señora Rogers, cocinera y "ama" de la cocina. Escuchó algunas palabras que hablaba la señora, pero debido a su lejanía no supo distinguir el qué.

-Esa señoritinga es una inútil, buena para nada. ¿Cuándo terminará a ese ritmo? No sé para qué la trajo la doctora, sin duda se aprovechó de su bien corazón. – La cocinera salió renegando y recogiendo los trastos, mientras ignoraba a Tom.

Él también se preguntaba qué rayos hacía Elisa Leagan en un lugar que tanto odiaba, pero Candy se limitó a decirle que se enteraría a su tiempo. Se encogió de hombros y se dijo que eso no importaba. Y tampoco importaba que los gritos de la señora Rogers se escucharan con más claridad porque seguramente ya había perdido la paciencia, algo que de por sí no tenía, y regañaba a Elisa por no saber lavar los trastos. Se debatía entre entrar y ayudarle o dejarla que sufriera un poco y sintiera en carne propia lo que de seguro sintió Candy cuando trabajó para ellos. Pero antes de decidirse, la señorita Pony, llegó y entró al lugar.

Al instante, los gritos cesaron y tras varios minutos la señora Rogers salió molesta. La señorita Pony mandó llamar a una de las chicas que ayudaban en la cocina y le pidió que enseñara, con paciencia a Elisa.

-¿La señora Rogers ya no regresará? – Preguntó Tom una vez que todo volvió a la normalidad. La señorita Pony se acerco a él.

-No. Le dije que se tomara la tarde, la hermana María y yo nos ocuparemos de la cena esta noche.

-Es lógica su reacción, después de todo, es una inútil. No sabe hacer nada.

-Nadie nace sabiendo, Tom. Hasta tu en su momento, no sabías nada del manejo del rancho, y no por eso tu padre se negó a enseñarte. Lo que esa chica necesita ahora es paciencia y que le enseñen a hacer las cosas, la señora Rogers hizo todo lo contrario y sólo logró hacerla llorar.

-¿Lágrimas de cocodrilo?

-Esta pasando una mala situación, Tom. Así que te aconsejo que la trates como desearías que te tratarán a ti.

Diciendo esto, la señorita Pony salió del comedor, dejando a Tom frustrado. Todas le decían lo mismo, y nadie le explicaba nada. Pero sabía que debería tener la suficiente paciencia para tratar con ella si no quería que Candy y la señorita Pony lo despellejaran vivo.

Pasados unos minutos, decidió que era hora de echarle un vistazo a lo que hacía la señorita remilgosa. Con cuidado de no llamar la atención, entreabrió la puerta de la cocina y cruzando los brazos, se recargó en la jamba. Elisa estaba de espaldas a él, escuchando con atención como Maggie le explicaba la manera más práctica de lavar los trastos. Elisa estrujaba un paño entre sus manos con una expresión de evidente angustia.

-Hay diferentes talleres que nos preparan para conseguir un trabajo respetable y bien pagado. Cocina, costura, carpintería, son sólo algunos oficios que se imparten. Y sí deseamos estudiar la universidad, existe la fundación Andrew que se encarga de becar a los chicos con excelente promedio. – Maggie platicaba entusiasmada mientras Elisa mantenía la vista perdida en un punto imaginario.

-Cuando yo crezca seré doctor, como Candy – afirmó el pequeño Johnny, un niño de ocho años.

Sus ojos grises y abundante pelo negro, le recordaban a Elisa al hombre que amó hasta perderlo todo, e internamente se preguntó si su hijo sería parecido al pequeño que hablaba entusiasmado. Una extraña aprehensión llenó su pecho, pero lo ignoró deliberadamente.

En ese instante, por la puerta que daba al patio trasero se abrió y entró Abigail, una jovencita de dieciséis años, diciéndoles que la hermana María solicitaba la presencia de los chicos que acompañaban a Elisa. Estos salieron rápido, no sin antes dejarle instrucciones a la pelirroja de cómo lavar las cucharas y demás utensilios que faltaban.

Elisa había casi terminado de lavar las cucharas, y estaba sumida en sus recuerdos agridulces cuando Tom empujó la puerta del comedor con ímpetu. Su entrada fue tan repentina y sorprendente para ella que con la mano en el agua jabonosa, sus dedos se deslizaron agitadamente contra la hoja de un cuchillo que estaba en el fondo de la tina del fregadero. Sollozando, sacó su mano fuera del agua caliente. No podía ver la herida, había tanta sangre que estaba segura de que debía de haberse cortado un dedo.

-¡Oh, Dios…! - exclamó. Tom dio dos pasos rápidos hacia delante y cogió una toalla blanca limpia de la mesa.

-A ver, déjame ver - Su tono era firme y con autoridad. La agarró por la muñeca y puso la mano chorreando sobre el lavabo mientras abría los dedos para examinarlos. Jabón, agua, y la sangre se agolpaban, ocultando la herida. Apretó la toalla contra la mano, pero se empapó de sangre en cuestión de segundos.

-Estoy segura de que puedo hacerme cargo yo misma - dijo ella, tratando de soltarse.

-No seas terca, estoy seguro que en tu vida has tenido una herida, y si la has tenido no has movido un solo dedo para curarla.

Caminó hasta una alacena empotrada en la pared y tomó un botiquín de primeros auxilios. Ella seguía con la toalla contra su mano, tratando de aguantar el dolor, pero su expresión pálida, la delataba. Tom se acercó hasta ella y le retiró el paño, ella mantenía la mano cerrada con fuerza.

-Abre la mano. – Ella obedeció mientras él empapaba una gasa con antiséptico. Una incomodidad, casi parecida a una quemazón, la invadió mientras él aplicaba la gasa sobre la herida. No era muy grande, abarcaba menos de la mitad de la palma de su mano, pero sí era algo profunda por lo que el sangrado era contínuo. Unas cuantas lágrimas traicioneras escaparon de sus ojos.

Se quedó muy cerca de ella, por lo que Elisa no tuvo más remedio que observarlo detenidamente. Tenía las facciones más masculinas que había visto en un hombre. Sus manos estaban ásperas debido al trabajo que ella sabía que realizaba, pero su tacto era suave y delicado. Y olía muy bien, una colonia maderosa que la sorprendió. Su piel curtida por el sol, estaba extrañamente bronceada, dándole un color apiñonado, sí, admitió a regañadientes, era un hombre en toda la extensión de la palabra. Él debía ser muy responsable y no huiría de sus problemas.

Y se preguntó por qué no podía haber conocido a alguien como él. Pero al darse cuenta a donde la estaban llevando sus reflexiones, se abofeteó mentalmente. ¿A ella qué le importaba lo que ese ranchero apestoso pudiera ser?

Con su orgullo renovado, casi arrancó su mano de entre las de Tom, que le estaba vendando la herida.

-Ya te dije que puedo sola, así que no te preocupes por mí – dijo con altanería. Tom la miró con diversión. Terminó con su mano, y sin dirigirle la palabra, recogió el botiquín para colocarlo en su lugar. Una vez que lo hizo, se volteó hacia ella y se cruzó de brazos, tenía una mueca de fastidio que Elisa no tardó en descifrar.

-No creas que me preocupo por ti. Me preocupo, porque ya de por sí eres una señorita inútil, buena para nada, y ahora con esa herida en la mano tardaré más en enseñarte lo que debes hacer…y algunos tenemos trabajo qué hacer, aparte de hacer de niñera.

Diciendo esto salió dando un portazo que hizo brincar a Elisa. Eso le permitió la libertad de llorar a su gusto, de dolor por su mano, y de frustración por las palabras ácidas que le dirigían. "Inútil, buena para nada", nunca nadie se había atrevido a decirle así, y por supuesto, ella nunca se había sentido de tal manera…hasta ahora.

OoOoOoOoOoO

Candy llegó agotada del viaje, esperaba encontrar a Albert en casa pero el mayordomo le informó que había salido con Neal y su padre a atender un compromiso.

-Candice, que bueno que llegaste – Sara la detuvo antes de que entrara a su habitación -. La tía Elroy se ha sentido mal pero no quiere que llamemos al médico.

Candy no esperó a que dijera más, caminó directamente hacia la habitación de Elroy. Cuando entró, la encontró recostada en su cama.

-Candy – llamó Elroy abriendo los ojos. La miró con cansancio. - ¿Cómo les…te fue?

Candy se dio cuenta que evitaba deliberadamente hablar de Elisa.

-Muy bien, tía – respondió alegremente –. La señorita Pony le manda saludos.

-Gracias – murmuró y volvió a cerrar los ojos.

-Sara me dijo que se siente mal, ¿me permitiría examinarla?

Elroy no contestó nada, sólo asintió. Candy le pidió a Sara que esperará afuera y una vez que salió de la habitación comenzó a auscultarla. Y era lo que se había temido, la presión sanguínea estaba elevada, ya se había sentido mal cuando el secuestro de Albert, así que seguramente con la noticia del asunto de Elisa, su presión subió demasiado. Candy había querido descartar el hecho de que la tía pudiera ser hipertensa pero teniendo en cuenta los últimos síntomas sería mejor que la empezara a tratar como tal. La restricción de sodio, el reposo y el tiocinato de sodio,* sería el tratamiento a seguir, pero ella sabía que lo más importante era la tranquilidad emocional.

-¿Me voy a morir? – preguntó Elroy cuando terminó de examinarla. Candy sonrío con complacencia.

-Por supuesto que no, tía. Sólo necesita descanso, una dieta sana, y tratamiento para nivelar su presión sanguínea. Debe estar tranquila, nada de emociones fuertes – Algunas lágrimas cubrieron el rostro de Elroy.

-Siento que ya no conoceré a tus hijos, o a los de Archivald.

-No diga eso tía, con el tratamiento y cuidado adecuado vivirá lo suficiente para ver a nuestros hijos. Y bueno…podría conocer a los hijos de Elisa en caso de que quisiera conservarlo.

Candy esperaba una reacción exagerada ante la mención de Elisa, en vista de la que había tenido ante la noticia. Pero una actitud pasiva invadió sus gestos.

-¿Cómo está? – No fue necesario que especificara a quién se refería.

-Relativamente bien. Debe acostumbrarse a la vida sencilla del hogar, y al hecho de tiene que entregar al bebé a otra familia al nacer.

-Ustedes no aprueban esto, ¿verdad? Me refiero a ti y a William.

-Creo que nuestra opinión no cuenta en esta situación, tía. Lo importante es el bienestar de la familia.

-Pero, si la decisión dependiera de ustedes, ¿qué habrían hecho?

-Bueno…nosotros habríamos esperado de ese bebé creciera dentro de la familia, sería un nuevo integrante. La familia por fin comenzaría a crecer – dijo Candy con una enorme sonrisa en los labios.

-Pero, ¿qué pensarían de nosotros?

-Pues sin duda alguna seríamos objeto de habladurías de parte la "buena" sociedad durante algún tiempo, pero luego pasará algo más escandaloso y lo olvidarán. Además, como Albert le dijo hace tiempo, los tiempos están cambiando la gente ya no reacciona igual que antes.

Elroy la observó durante unos minutos meditando en sus palabras. No dijo nada, sólo cerró los ojos y le dio una palmadita a Candy en la mano que tenia entre las suyas.

-Déjame dormir un rato, y tu ve a descansar debes estar ofuscada del viaje – sonrío más ampliamente -. William está desesperado por volver a verte.

-Muy bien, descanse tía.

Candy salió pensando en Albert y en su igual desesperación por volver a verlo. Pero también pensando en su plática con Elroy, era muy probable que aceptara al bebé de Elisa. Finalmente, ese era el plan de Albert y ella al mandar a Elisa al hogar de Pony. Tenían la esperanza de que al convivir con los niños y ser consciente de su embarazo decidiera criar a su hijo o hija. Y sí no lo hacía, ellos adoptarían al bebé. Albert no permitiría que sufriera lo que sufría un niño al que abandonaban sus padres.

Sólo esperaba que nada se interpusiera en sus planes. Porque había muchas cosas por resolver…

CONTINUARÁ…

*En los primeros tratamientos históricos de la hipertensión se empleaba el isocianato de sodio. Sus efectos potencialmente tóxicos hicieron que en las primeras décadas del siglo XX fuera abandonado.

Hola, hola. Perdón por el retraso, está vez fue más largo, pero aunque de a poco, trato de escribir los pocos ratos libres que tengo. Este capítulo muestra un poco de los problemas a los que se enfrentarán los rubios, muchas veces son los problemas cotidianos los que nos ponen a prueba y ellos no serán la excepción. Pensaba hacerlo más largo e incluir más cosas pero tardaría más y prefiero darles algo para que vean que no me he olvidado.

Muchas gracias por su paciencia y espero no aburrirles. Gracias por sus comentarios y el apoyo que me siguen dando. Gracias a mis queridas calladitas, aunque leen en silencio sé que están ahí.

Y sé que algunas esperaban que este fuera el final pero la verdad no puedo avanzar mi mamá ha estado muy enferma y yo igual, y entre unas y otras, al final del día solo quiero descansar. Una enorme disculpa, pero estoy escribiendo un capítulo especial para que se haga más corta la espera. En cuanto lo termine estaré publicando.

Saludos y un abrazo del tamaño de Texas!

Hasta la próxima!