La voz de mi corazón.

Capítulo especial.

Por Lu de Andrew.

OoOoOoOoOoO

"Quisiera decir todo en dos palabras,

no queda tiempo para frases largas.

Pero no tengo las musas de mi lado,

y los versos no resultan, acertados.

Rimar con lo que siento no es tan fácil,

y menos si ha de ser de forma ágil.

Quiero hablarte de mi amor y mi deseo,

pero siempre queda algo en el tintero.

No puede ser, no puede ser,

escribir cómo te quiero en un trocito de papel,

no puede ser, no puede ser,

nunca hay suficientes líneas para hacerte comprender:

Como te quiero, como te quiero..."

Albert llegó por la madrugada. Estaba demasiado cansado para hacer nada, las gestiones que estaba haciendo con la familia Leagan iban por buen camino, por ese lado no se quejaba; pero lo que más odiaba de la irrupción de la familia era que su tiempo con Candy había mermado. Esos días sin ella simplemente habían sido, tristes, desolados y terriblemente desesperados. Poco había faltado para botar todo a la basura y salir corriendo al hogar de Pony y traerla de vuelta casa.

Entró en su alcoba, que era el lugar donde más extrañaba la presencia de Candy, resignándose a otra noche más sin ella, pero inmediatamente percibió ese aroma que lo traía loco pero que, sobre todo le traía paz y calma a su alma.

La habitación solo la iluminaba el fuego de la chimenea por lo que solo pudo distinguir un pequeño bulto en la cama. Se acercó a ella con sigilo quitándose el saco y la corbata que ya consideraba un estorbo. Pudo ver a Candy dormida, su cabeza estaba recargada sobre sus dos manos, tenía esa expresión soñadora y una pequeña sonrisa adornaba su hermoso rostro. Se debatió entre despertarla a besos o dejarla dormir, debería estar demasiado cansada después del largo regreso, así que decidió darse un baño y descansar junto a ella.

Minutos después ya más relajado, se metió bajo las cobijas y abrazó inmediatamente a su esposa. Candy se removió entre sus brazos y su mirada se iluminó cuando abrió sus ojos y vio a su esposo.

-¡Albert! - le dijo abrazándolo con fuerza -. Volviste. Te extrañé demasiado estos días - confesó hundiendo su rostro en el fuerte torso de Albert.

-Yo también, corazón. Demasiado. Te confieso que hasta pensé dejar a Neal y a su padre con todo el problema e ir por ti.

Ella sonrió aun más y lo miró a los ojos, los de ella reflejaban todo el amor que sentía por él.

-Estás muy frío.

-Y tu estás calientita -. Ella lo cubrió más con el edredón y se pegó más a él para poder transmitirle su calor.

-¿Quieres hablar de lo ocurrido con Elisa? - preguntó él acariciando su rostro.

-No. Ahora solo deseo que me abraces y nos quedemos así hasta que nos hagamos viejitos.

Ambos sonrieron, y guardaron silencio. Pasados unos minutos Albert besó a Candy suevemente en sus labios.

-Hasta mañana. - dijo él sin dejar de abrazarla.

-Hasta mañana.

Se habían extrañado sí, pero en esos momentos solo deseaban perderse entre sus brazos, sentirse, pensar que todo estaba bien, que el mundo sobraba y que eran invencibles cuando estaban juntos. Los problemas y la vida real podrían esperar, pero la sensación de pertenencia y el amor que sentían el uno por el otro, no.

A la mañana siguiente se despertaron más tarde de lo habitual y aunque corrían de un lado a otro, no dejaban de compartir besos fugaces, caricias y sonrisas cómplices. Parecía que querían recuperar el tiempo perdido. Ese día Candy comenzaría a dar consulta en la clínica pero tenía otros planes.

Una vez que desayunaron, siguiendo la misma rutina de siempre, subieron al auto que los llevaría a sus respectivos empleos. Walter manejaba, y llevaría primero a la rubia a la fábrica donde se encontraba la clínica. Pero en lugar de tomar el camino de siempre, giró en una desviación que Albert no reconocía. Inmediatamente se pudo alerta recordando las veces anteriores en que hubo problemas.

-¿Walter? ¿Qué pasa, a dónde nos dirigimos? - preguntó con precaución.

-Tranquilo - le dijo Candy acariciando su mano que llevaba entrelazada con la de él -. Espero no te molestes pero le dije a George que el día de hoy no te presentarías a trabajar, y él se encargará de todo por ti. Y yo, no es obligatorio que me presente en la clínica hoy, lo haré hasta mañana, ya avisé y todo esta bien.

-Candy, no entiendo nada, amor.

-Es fácil, señor Andrew. Le informo que lo estoy secuestrando.

Él la miró con sorpresa, comprendiendo lo que Candy le estaba diciendo. Y le gustó la idea. Tanto que se inclinó para besarla, suavemente, quería abrazarla, besarla, y acariciarla de forma desesperada pero no quería dar todo un espectáculo delante de Walter. Así que soltándola de mala gana, le sonrió guiñándole el ojo.

-Más tarde te daré las gracias como se debe - le prometió en un susurro cerca de su oído. Ella se ruborizó, pero su amplia sonrisa reveló cuánto le gustaba la idea.

Por fin entraron por un camino de terracería que los condujo a un hermoso bosque lleno de los colores del otoño, era un espectáculo digno de admirar, pero lo que más sorprendió a Albert fue el lago frente a ellos y la cabaña que se encontraba a las orillas de este. Cuando descendieron del auto, el aire limpio llenó sus pulmones. El cantar de los pájaros alegró sus oídos. Era justo lo que ambos amaban, la naturaleza, el aire puro y la libertad que esto les otorgaba.

-¿Te gusta? - preguntó Candy a sus espaldas. Albert se dió cuenta que había quedado embobado con el paisaje y no se había percatado que Walter ya no estaba.

-¿Bromeas? Me encanta, ¿cuando planeaste esto?

-Ayer en cuanto llegué. Sé que al ofrecerme a llevar a Elisa hasta el hogar de Pony eché a perder nuestros planes de pasar juntos mis últimos días libres. Así que utilizando algunas influencias y pidiendo algunos favores, pude conseguir que me prestaran está cabaña, no está lejos de la ciudad y es exactamente el ambiente que más nos gusta. Así que, ¿qué te parece?

-Me parece que eres increíble, por eso te amo tanto.

Sin darle tiempo a Candy de responder, la tomó entre sus brazos y se adueñó de sus labios, casi con urgencia, quería saborearla, deleitarse con su dulce sabor, demostrarle que la necesitaba.

Ella respondió de igual forma, entre abrió sus labios y Albert aprovechó para profundizar el beso. Sus lenguas se encontraron y, como siempre ocurría, el mundo dejó de existir.

Él la cargó en brazos y ella lo abrazó por el cuello, no querían separarse pero lo tuvieron que hacer para subir las escaleras de la entrada. Parecía como su noche de bodas, el encanto del lugar los motivó a amarse con lentitud una vez que dieron con la única recámara que había ahí.

Mucho tiempo después, Albert acariciaba el cabello sedoso de su esposa, ella dormía recostada en su amplio torso, estaba satisfecha, al ser amada con devoción como lo había hecho Albert. Y él estaba sumamente feliz al tenerla entre sus brazos, así, descansando tranquila.

De pronto, sintió que Candy se removía un poco, ya había despertado. Ella acarició su pecho y depósito un pequeño beso en el. En ese momento, su estómago gruñó de hambre.

-Creo que mi pequeña comelona necesita alimentarse - comentó Albert sonriendo contra su pelo. Candy se enderezó un poco para verlo a la cara.

-No es gracioso, Albert - quiso mostrarse enojada pero su sonrisa la delató -. Pero tienes razón, me muero de hambre y si no me alimentas te comeré entero -. Él sonrió y se acercó a su oído.

-Eso ya lo hiciste, amor -. Candy abrió los ojos al comprender a qué se refería y le dió un golpe en el brazo mientras se ponía más roja que un tomate. Albert adoraba el hecho de que, aunque ya había abandonado la timidez inicial, ella seguía sonrojándose cuando le hacia ese tipo de comentarios. Y aunque en realidad no lo hacía para ponerla en algún aprieto, le divertía ver su reacción, sobre todo cuando estaban rodeados de gente.

-Eso ya lo sé, y que yo recuerde, no te molestó -. Ahora el sorprendido fue él, su pequeña estaba aprendiendo a seguirle el juego, ella al ver su reacción, sonrío de lado sentándose por completo en la cama -. Pero en serio, Albert, tengo hambre.

Su puchero adorable hizo olvidar a Albert que su esposa estaba gloriosamente desnuda, y sus intenciones de prolongar su estancia en la habitación se vino abajo.

-¿Quieres que prepare algo de comer?

-Hmmm, de hecho, traje lo necesario para encender una fogata y comer a la orilla del río.

Albert asintió y ambos comenzaron a vestirse, pero Candy recordó que había una maleta en la entrada de la casa, así que Albert se apresuró a ir por ella. Candy una vez más lo sorprendió, la ropa para él era como la que usaba cuando se conocieron. Candy siempre llevaba guardada en su mente, la imagen del Albert libre y feliz, pero siempre preocupado por ella. Y ese vestuario además de cómodo para lo que tenía planeado, era la identidad de su esposo.

Ella se vistió con un overol azul y una blusa de franela a cuadros, algo sencillo sintiéndose ella misma.

Salieron con la cesta que llevaba las cosa necesarias para el picnic. Pescado asado, papas fritas, ensalada fresca, pan de ajo, café, pastel de chocolate, pie de calabaza; la favorita de él, y fruta de temporada. Alimentos sencillos y escogidos a la carrera por la rubia, pero en compañía Albert sabrían a gloria. Además, ninguno de los dos, ni ahora, ni en el pasado, habían sido exigentes con lo que comían; lo importante era la compañía.

Era media tarde y soplaba una brisa cálida. Decidieron alejarse un poco de la cabaña, así que conforme avanzaban tomados de la mano la brisa del río se tornó más fría. Mientras iban caminando se fijaron en la tranquila belleza de la arboleda y en pequeños detalles, como las hojas caídas arremolinándose alrededor de un tronco caído, o en el complejo tejido de la telarañas que utilizaban como puentes entre un árbol y otro los maravillosos insectos. Escucharon el canto de los pájaros y se deleitaron en el sonido que hacía un pájaro carpintero en la copa de un árbol cercano. Nada más idílico y encantador para pasar una tarde maravillosa.

Finalmente encontraron el lugar ideal, y mientras Candy extendía un mantel sobre el césped sacando los alimentos que ya estaban preparados, Albert se dedicó a encender la fogata y hacer lo propio con el pescado y el café.

Comieron sin prisa, entre besos robados, caricias tiernas y alimentándose mutuamente. Una vez saciado su apetito, se sentaron sobre la manta y Albert recargado en el grueso tronco de un árbol, abrazaba a Candy quién se hallaba sentada en su regazo.

-Entonces...¿ayer tuviste tiempo para planear todo esto?

-Justo cuando estaba tratando de escribir una carta.

-¿Una carta? ¿A quién le escribías?

-A ti.

-¿A mí? Y... ¿no piensas dármela?

Ella lo miró a los ojos.

-No la escribí. Es decir, no pude terminarla - suspiró derrotada -. Es que es tan difícil escribir lo que siento por ti.

-Creo que estoy confundido, ¿no sabes lo que sientes por mí?

-No, Albert, obvio sé exactamente lo que siento por ti. Y te extrañé tanto durante estos días que quise poner por escrito lo mucho que te amo, pero, ¿sabes una cosa? No es suficiente el papel del mundo para hacerte comprender cómo, y cuánto te quiero. Por eso ideé esta escapada, tenemos muchos compromisos y problemas por resolver, así que me pareció que rodearte de las cosas que amas sería, pues, una buena manera de demostrarte lo mucho que te amo - bajó la cabeza avergonzada -. Sé que es una tontería pero, en su momento me pareció... bien.

Albert la besó brevemente y la miró con adoración.

-¿De verdad piensas que yo lo considero una tontería? Es lo más hermoso que alguien ha hecho por mí. Tu me conoces lo suficiente para saber qué me hace feliz, y te lo agradezco mucho, pero...

-¿Pero...?

-Pero, ¿no te das cuenta que con el sólo hecho de que hayas correspondido mi amor y te hayas casado conmigo, es suficiente para demostrarme que me amas? El amanecer contigo día con día, que me regales esa hermosa sonrisa mañanera, y tus adormilados ojos soñadores mirándome como si fuera alguien especial, me dicen lo mucho que me amas. Y déjame decirte que tu eres el amor de mi vida, y en nuestro caso, el universo escribió que estuviéramos juntos, para siempre. Y no sé cómo agradecerte por esta maravillosa sorpresa.

-Solo bésame...

Después de pasar, minutos; tal vez, horas, solo besandose; disfrutaron de una caminata a lo largo del río. Cuando el sol estaba en todo su esplendor, decidieron subir a la rama más alta de un árbol y desde ahí vislumbrar el paisaje que lo rodeaba. Agradecían al cielo que esa parte del estado conservara la naturalidad propia de la zona, pues solo estaba a hora y media de la ciudad.

Platicaron largo y tendido, olvidándose de los problemas hablaron de lo que querían en un futuro. Cuando todo estuviera más tranquilo y los altibajos por los que estaban rodeados estuvieran en orden, harían los arreglos para hacer crecer la familia, no es que no lo hicieran en ese momento, de hecho cumplían todos los requisitos para concebir un hijo. Eran dos adultos saludables y obviamente no tenían nada de qué preocuparse, económicamente hablando. Pero sentían que no era el momento para traer un bebé al mundo, además que querían disfrutar más de su relación.

Eso hizo pensar a Candy y recordar que aún no tomaban medidas anticonceptivas... Y sin embargo, ella no se había embarazado.

Pero el pensamiento fue olvidado cuando Albert la retó a nadar en el río con el agua demasiado fria. Ella aceptó gustosa y retozaron como un par adolescentes hormonales, sin importarles el frío que caía acompañado de la tarde.

Finalmente decidieron abandonar el agua que cada vez se tornaba más fría, y volvieron a la cabaña. Comieron sandwiches de pavo y la tarta de calabaza favorita de Albert, Candy la había guardado como sorpresa para él. Y fue más sorpresa aun, pues la rubia había colaborado en la elaboración.

Albert le agradeció este el gesto, besándola apasionadamente, saboreando su escencia, su sabor. Las caricias no tardaron en llegar y terminaron una vez más en la habitación.

La tarde se hizo noche, y ellos se encontraban sobre una gruesa manta frente a la chimenea. Bebían champagne con fresas y comían algunos bocadillos de queso, carnes frías qué tan amablemente la cocinera había añadido al menú.

Ambos se encontraban exhaustos pero sumamente felices. Y aunque sabían que el día estaba por terminar, querían aprovechar hasta el último minuto que podían pasar juntos.

Habiendo saciado su apetito, y después de conversar sobre la idea de Candy de crear una fundación para ayuda a madres solteras; una idea que su esposo apoyó con entusiasmo y le prometió que haría lo posible para que se llevara a cabo. Horas después, Albert la llevó en brazos hasta la cama, pues el cansancio estaba cobrando factura en su cuerpo y se había dormido entre sus brazos.

Fue así, como recostándola sobre su pecho, esperando que el sueño se adueñara de él, acariciaba distraídamente el cabello sedoso de Candy. Solo pensando, en lo mucho que la amaba...

-"Eres todo lo que pedía. Lo que mi alma vacía quería sentir - comenzó a hablar en voz alta. Sabía que Candy no le escuchaba pero quería sacar lo que tenía dentro de su corazón -. Eres lo que tanto esperaba, lo que en sueños buscaba y que en ti descubrí.

Tú has llegado a encender cada parte de mi alma, cada espacio de mi ser.

Ya no tengo corazón, ni ojos para nadie solo para ti.

Eres el amor de mi vida el destino lo sabia y hoy te puso ante mí.

Y cada vez que miro al pasado es que entiendo que a tu lado siempre pertenecí... Te amo" - susurró finalmente cerrando los ojos y dejándose llevar al mundo de los sueños junto a su esposa.

A la mañana siguiente se preparaban para abandonar lo que durante casi veinticuatro horas fue su nido de amor.

Se habían duchado y desayunado, mimándose hasta el cansancio, y ahora estaban de pie frente a la cabaña observando como Walter guardaba las maletas en la cajuela del auto.

No sabían cuándo regresarían, o cuándo podrían sacarle nuevamente tiempo al tiempo, pero sí sabían que esa pequeña escapada les había dado las fuerzas necesarias para afrontar y aguantar todo lo que se les venía.

Así, tomados de la mano, en la parte trasera del coche, emprendieron el regreso a casa...

Continuará...

Jelou, jelou! Jaguar you? Espero que bien.

Quise regalarles este capítulo especial para agradecerles por su paciencia y espera. La historia todavía sigue, pero también quise darles un break a nuestra pareja favorita.

Lo que está escrito en negrita, subrayado, son canciones de los grupos: Jeans y Camila, se llaman: "No puede ser", y "Sólo para ti", respectivamente.

Hasta la próxima y las quiero!

No dejen de decirme qué les pareció el capítulo!