La voz de mi corazón.
Capítulo 17
Por Lu de Andrew
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-Tus problemas personales están interfiriendo con los planes de este negocio, William.
Albert miró a los tres hombres frente a él, sus socios que se suponía debían reunirse para tratar de arreglar los pequeños inconvenientes que fueran surgiendo conforme avanzaban en la realización de su proyecto, se la habían pasado hablando de los problemas familiares de él. Suspiró fastidiado, ya llevaban varias horas dándole vueltas al asunto habiendo llegado a un punto muerto.
-No veo porqué, finalmente a quien están investigando es a uno de los miembros del concejo, no a mi familia.
-Pero debido a esa investigación han congelado tus cuentas bancarias, ¿de verdad crees que no hay ningún problema? No hay peor ciego que el que no quiere ver, William. Debes comprender que debido a esa situación los planes para que empecemos a trabajar están parados, y eso es algo que a ninguno de los aquí presentes le agrade en demasía. Yo sé que para tu familia y para sus costumbres es esencial la existencia de ese "concejo ancestral", pero ya estamos en el siglo veinte, y creemos que lo arcaico debe quedar atrás. Por ello, te…aconsejamos que des por terminada esa "asociación", por llamarla de alguna manera, que tienes con tu concejo para que finalmente puedas deslindarte sin contratiempos de esa embarazosa situación.
-¿Me aconsejan?
-De lo contrario, podríamos prescindir de tu participación y así podríamos seguir adelante.
El silencio reinó en la habitación ante la expectación creada por la velada amenaza que suponían esas palabras. Albert se quedó anonadado ante la actitud estúpida de sus socios, él estaba ahí presente para demostrarles que podían confiar lo suficiente en él y en su palabra, a pesar de la mala racha que estaba pasando su familia. Él ya les había explicado la situación con Arnold Fergusson y la demanda interpuesta por su nieto Ethan Campbell, sabían que no podía terminar de tajo la asociación que mantenía con el concejo, pues eso suponía la ruina de los miembros que eran inocentes. No, no podía hacerlo, tenía que hacerse en el tiempo conveniente, sin prisas de ninguna índole, y eso haría. En cuanto a la investigación de parte del gobierno y sus repercusiones, sus abogados ya estaban trabajando interponiendo una contrademanda.
Sí, tenía muchos problemas encima, pero nada ni nadie lo obligaría a actuar indebidamente, y, sobre todo, odiaba los ultimátum y amenazas. ¿Acaso no se daban cuenta que él tenía la sartén por el mango?
-Hagan lo que les parezca más conveniente, señores – dijo poniéndose de pie, abotonándose lentamente los botones del saco –. Solo les recuerdo que el acuerdo que firmamos especifica claramente que, dado que la idea me pertenece y que tengo en mi poder el cincuenta por ciento de las acciones, más uno; cuando sea disuelta la sociedad con ustedes, yo podré retirarme con mi proyecto, los contratistas, proveedores y demás personal que esté trabajando derivado de mis contactos y corporación. Impidiéndoles a ustedes poner en marcha algo semejante tres años después de que salga a la luz. No importa el tiempo que tarde en llevarlo a cabo, más tardarán ustedes en hacerlo. Es su decisión, por supuesto, si deciden hacer lo que me han advertido, espero que mañana cuando volvamos a reunirnos, me tengan preparados los documentos para disolver…todo esto. Por otro lado, saben muy bien que estoy respaldando este proyecto con mi propio dinero, el cual no está en investigación, por ello el problema que mantengo con el concejo a la que pertenece mi familia es solo mío, a nadie más le incumbe y no permito que vengan a tratar de darme "consejos". Especialmente proviniendo de ti, Robertson, sé que desde un principio quieres el porcentaje de mi participación, pero, aunque logres sacarme del negocio, de nada te valdrá.
Tomando su maletín se encaminó hacia la puerta, George que también estaba presente lo siguió. Una vez fuera, se desanudó la corbata, sentía que le estaba asfixiando. No le dijo nada a su acompañante y agradeció a George que no tratara de entablar conversación. Decidió sumirse en sus pensamientos. Viajes comerciales en aeronaves, personas que podrían viajar de un lugar a otro en el maravilloso invento de los hermanos Wright. Una empresa demasiado ambiciosa pues querían ser los pioneros en su tipo. Una idea surgida después de la muerte del querido Stear, los aviones eran un invento que hasta ese momento solo habían servido para la guerra y causar muerte de jóvenes idealistas, pero él ideó un mejor uso. Estaba seguro que, de existir ese propósito más noble, Stear no hubiera visto necesario enlistarse para pilotear un avión…o tal vez sí, no podía asegurar nada, pero le gustaba pensar que su sobrino podría haber tenido una oportunidad de escoger.
-No te harán a un lado, William – le dijo George una vez que abordaron su automóvil –. No serán tan estúpidos como para dejarte ir, Elliot y Cavanaugh, saben que tú eres la mente maestra, no se arriesgarán a tirar por la borda todo lo que han invertido.
-Lo sé, George, en realidad mi preocupación principal es que los abogados no puedan hacer algo y la investigación se prolongue demasiado y…la verdad es que ni siquiera sé si debo decírselo a mi tía y a Candy. La salud de mi tía es muy precaria.
-Entonces tal vez a quien debas contárselo es a Candy. La he visto muy preocupada por ti estos últimos días.
-Yo también lo he notado, pero no quiero preocuparla antes de tiempo.
-Candy es fuerte, William. Ella estará contigo y te apoyará.
-Tienes razón. Quisiera en estos momentos tomar el primer tren hacia Chicago y reunirme con ella en el hogar de Pony.
-Si todo sale según lo planeado regresaremos antes de tiempo, tal vez el suficiente como para que le des una sorpresa – Albert exhaló un suspiro de anhelo. Solo esperaba que, a su regreso, Candy y él pudieran simplificar sus trabajos y pasar más tiempo juntos. Aun le debía una luna de miel en toda la regla, podrían hacer planes para viajar más adelante…si es que sus horarios se los permitían.
-Eso espero, aunque lo dudo. Estos días serán demasiado complicados.
Dándole la razón, George decidió dejar el tema. Sacó unos documentos que tenían que revisar y le tendió otros más a Albert. Ya pasaban las ocho de la noche, y para ellos el trabajo aun no terminaba…
OoOoOoOoOoO
Candy salía desanimada de la estación de ferrocarril, era casi mediodía y además se encontraba cansada y desvelada, aunque eso no le impedía sentir gozo en su corazón. Había pasado los últimos dos días apresurando las cosas que tenía pendientes en el hogar de Pony mientras estaba al cuidado de la salud de Elisa. Afortunadamente ella mejoraba con el reposo que le habían impuesto y los cuidados que le prodigaban en el lugar, hasta Tom se había mostrado preocupado por su estado de salud y, en dos ocasiones en que Elisa dormía profundamente, le había pedido a Candy que le permitiera cuidarla mientras tanto, algo extraño dado que, según él, no la soportaba, pero no había querido incomodar a su hermano con un sinfín de preguntas que rondaban su mente; para ello ya tendría tiempo. Después había partido por la tarde rumbo a Chicago, nadie, excepto el doctor Martin, sabía lo de su embarazo. Ella quería que Albert se enterara primero que los demás. Ahora, después de llegar a la ciudad, había corrido directamente a la taquilla deseando comprar el primer boleto rumbo a Washington y sorprender a Albert en su hotel. Se imaginaba, una cena romántica en su habitación, con velas y la comida favorita de ambos. Y después de una planeada seducción, le daría noticia poco a poco…sonrió traviesamente al pensar en ello y seguir organizando su estrategia. Solo que sus planes no habían salido como ella deseaba, el siguiente tren rumbo a la ciudad donde se encontraba Albert salía hasta el día siguiente a primera hora, algo que le molestó, pero finalmente tuvo que resignarse y retrasar su viaje.
Mientras tanto, tal vez pasaría la noche en un hotel, no quería regresar a la mansión y dar explicaciones de su repentino regreso. Iba caminando distraídamente y ni siquiera escuchó que alguien la llamaba.
-¡Candy! – alguien la tomó del brazo y la hizo detenerse.
-¡¿Annie!?
-Candy, ¿qué haces aquí? Pensé que estabas en el hogar de Pony.
-Yo, bueno, sí estuve allí, pero ahora mismo acabo de regresar para ir a Washington – su amiga no necesito que le explicará porqué quería ir a esa ciudad, desde su regreso un mes atrás, habían estado más unidas que nunca y sabía perfectamente lo que el matrimonio Andrew haría esas semanas –. ¿Y tú, qué haces aquí?
-Bueno, vine a recoger a Terry, va a pasar el fin de semana aprovechando el descanso que le dieron en el ensayo de la obra, ¿no lo recuerdas?
-¡Oh, es cierto! Perdona, estoy algo distraída – admitió recordando la causa de su distracción. Sonrió abiertamente y abrazó a su amiga.
-Ya me di cuenta de ello, ¿se puede saber por qué?
-Bueno, pues estaba planeando una sorpresa para Albert, él no sabe que voy a Washington, ¿sabes? Y quiero planear algo verdaderamente sorprendente.
-Ay amiga, créeme, el solo hecho de que Albert te vea, en carne y hueso, será tremenda sorpresa. ¿Cuándo te vas?
-Mañana a primera hora. No hay salidas para el día de hoy, por lo tanto pasaré la noche en un hotel.
-¿En un hotel? Para nada, pasa la noche conmigo en mi apartamento – sonrió ante la idea – será como una pijamada, con helado y todo.
La tomó del brazo, y la guio hacia el restaurant que estaba frente a la estación central.
-Terry me pidió que le esperara aquí mientras él arreglaba algo referente a su equipaje – aclaró ante la mirada de interrogación de Candy. El mesero las llevó hasta una mesa ubicada cerca de un ventanal.
-Pero Annie, Terry viene para pasar su tiempo contigo, ¿no seré un estorbo?
-Candy, por supuesto que no… contrario a lo que la prensa afirma, entre Terry y yo no ha pasado nada. Nosotros no hemos tenido…
-¿Intimidad? – prosiguió Candy ante el sonrojo e incomodidad de su amiga.
-Sí, yo… me di cuenta de que prefiero a esperar hasta después del matrimonio. Y de momento no creo que mi relación con Terry sea tan sólida, como para pensar en matrimonio. Nos llevamos bien, nos estamos conociendo, tenemos mucho en común y nos divertimos mucho juntos, por no hablar de los momentos románticos – dijo ante un nuevo ataque de sonrojo –. Pero nuestras carreras son completamente opuestas, y no creo que tengamos mucho futuro juntos, a más tardar en un año, solicitaron mi presencia en Francia, a riesgo de parecer presuntuosa requieren mi ayuda para aumentar las ventas en las sucursales del país – Candy la miró asombrada.
-¿Quieres decir que serás la jefa? - Annie asintió –. ¡Felicidades! Aunque desde ahora te digo que te extrañaré demasiado, pero estoy segura de que te irá muy bien – afirmó tomándola de las manos sobre la mesa.
-Yo también los extrañaré.
-¿Por eso dices que no ves un futuro con él? Es probable, aunque no tiene por qué ser así.
-Pero no nos adelantemos a las cosas, quiero disfrutar sobre la marcha y aun falta mucho para ello, ya veremos qué pasa.
-Tienes razón.
Se vieron interrumpidas por el mesero y mientras tomaba su orden, la mente de Candy viajó hasta el futuro, en un año podrían pasar muchas cosas, se llevó instintivamente las manos a su vientre…en un año su bebé tendría unos meses de nacido. Una sonrisa iluminó su rostro y Annie la miró con sospecha.
-Aún no me dices por qué abandonaste tan pronto el hogar de Pony, y por qué tienes ese aspecto…radiante. Y esa sonrisa no ha abandonado tu rostro en ningún momento.
-Bueno, la verdad es que no puedo…
-¿Candy, Annie?
-¿Hillary?
Las chicas se habían mantenido en contacto y se veían con frecuencia. Después de saludarse animosamente, invitaron a la recién llegada a acompañarlas y se sentó brevemente con ellas. Hillary debía recoger un paquete para su madre, Ethan se había empeñado en pasar a recogerla después de salir de una reunión de negocios así que solo las acompañaría hasta que él llegara.
-¿Y cómo te sientes trabajando con Ethan? – preguntó Candy realmente interesada y a la vez agradecida de que su intervención detuviese el interrogatorio de Annie –. ¿Sigue siendo exigente y desesperado?
Las tres rieron en voz alta recordando la descripción que había dado de su patrón, entre otras cosas, una vez que hubo aceptado trabajar para él. En realidad ya no lo veía así, se había dado cuenta que era un hombre extraordinario. Había salido del fango, el lugar donde le había mandado su abuelo al despreciarlo y mandarlo junto a su madre a una vida de pobreza extrema y sufrimiento, trabajando día y noche para ser un hombre de bien. Y lo había logrado, ahora era un exitoso hombre de negocios y aunque trataba de mostrarse duro y sin sentimientos, ella había constatado de primero mano que no era así. Era cálido y tierno, y había veces que se comportaba casi romántico.
Ese pensamiento hizo que sus mejillas se arrebolaran demasiado como para delatar sus sentimientos por él. Hacia un mes que mantenían una especie de relación, nada demasiado íntimo, pero a su madre le daría el patatús si alguna vez los viera besarse, o acariciarse…él había respetado los límites que ella había impuesto y eso hacía que lo admirara más. Y su situación como su empleada le hacia sentirse incómoda, si ella pensaba avanzar más en eso que mantenían no quería que él siguiera viéndola como su trabajadora, además, no aprobaba del todo lo que había hecho con su abuelo. Sí, ese hombre había destruido la vida de su madre, pero ¿no era ya demasiado viejo y enfermo como para pasar los pocos años que le quedaban de vida en una prisión? Pero ese tema siempre terminaba en una especie de discusión, y él terminaba alejándose de ella.
Al principio no le daba demasiada importancia, pero últimamente… no se sentía ella misma, ni siquiera se sintió así cuando estuvo comprometida, y ahora solo quería que él estuviera con ella y no dejarlo ir. Ya había decidido que su relación cambiara completamente, y no le importaba que nunca le pidiera matrimonio. Porque sabía que una vez que ella diera ese paso tan grande, él nunca la dejaría. Se lo había demostrado y como decían por ahí, una acción vale más que mil palabras.
-En realidad es muy bueno en lo que hace – el silencio que siguió la hizo levantar la vista y contemplar a sus dos amigas, la veían con demasiado interés y eso le hizo temer que se hubiera delatado así misma.
-Tardaste tanto en contestar que me temo no poder creerte – dijo Annie de pronto muy seria –. ¿Te intimida o presiona demasiado?
-¡Oh, no chicas! – exclamó aliviada al notar que confundieran su silencio – Lo cierto es que me quedé pensando en mamá, últimamente está actuando de manera extraña y no sé si eso signifique algo o estoy haciendo una tormenta en un vaso de agua – explicó, y no estaba mintiendo.
-Tal vez, si hablaras con ella directamente despejarías esa duda – sugirió Candy.
-Tal vez eso sea lo que debo hacer, en lugar que elucubrar teorías conspiratorias.
Volvieron a reír y se enfrascaron en una conversación para ponerse al corriente durante el tiempo que no se habían visto. Fue un momento agradable, hasta que notaron la presencia del chofer de Ethan quien le informó que ya la esperaba en la entrada. Candy y Annie se despidieron de ella y su mirada continuó sobre ella hasta llegar al auto. Ambas se miraron asombradas cuando Ethan salió del auto y tomó el paquete que traía en sus manos, lo entregó a su empleado, y, sin soltarla se las llevó a sus labios depositando un beso en su dorso sin perder un segundo sus ojos. Una demostración que, a vista de las chicas se mostró demasiado íntima y hasta cariñosa.
Tomaron sus respectivos asientos una vez que la pareja entró al automóvil, pues sin darse cuenta se habían puesto de pie. Solo faltaba que siguieran con la boca abierta, se miraron una a la otra y soltando un suspiro de ensueño sonrieron tranquilamente.
-Eso fue…
-Interesante.
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Interesante era como menos se sentía Ethan Campbell en esos momentos. Se sentía tranquilo, extasiado y hasta feliz. Lo cual era una ridiculez pues acababa de tratar temas demasiado complicados y había asistido a la lectura de cargos en contra de su abuelo, se veía cansado, la palidez y el encorvamiento de su cuerpo lo hacían verse más viejo y más enfermo. Por un momento había recordado las palabras de la mujer que ahora llevaba abrazada: ¿No está demasiado viejo para ir a la cárcel? Odiaba recordarlo porque no quería sentir remordimientos o compasión alguna, porque si hacia algo para librarlo de la cárcel, ¿de qué manera iba a pagar por lo que le había hecho a su madre? No, nadie, ni siquiera una mujer extraordinaria como lo era Hillary O Neil lo haría cambiar de opinión.
-¿En qué piensas? – preguntó ella notando de pronto la tensión de su cuerpo - ¿Te fue mal en tus reuniones?
-No –. La besó en la frente y entrelazó sus dedos con los de ella –. Solo estoy muy cansado, pero ahora estoy más tranquilo, ya estás conmigo.
Y lo decía de verdad, había veces que solo regresaba a casa para poder verla, se tranquilizaba su mal humor y hacia lo posible por verla y hacerla sonreír. Amaba pensar que al llegar estaría esperándolo, y odiaba cuando se alejaba de él, porque ella seguía viviendo con su madre, y lo dejaba solo. Lo cual era irónico pues siempre se había jactado de su habilidad por usar y desechar a las mujeres, sin compromiso de por medio. Le encantaba estar solo, y no soportaba que quisieran atraparlo con alguna relación estable...Aunque últimamente se sentía diferente.
Y lo más curioso era que con ella se conformaba con besarla y abrazarla…claro, había veces que compartían algunas caricias más atrevidas, pero nada más allá a lo que él estaba acostumbrado. Y eso estaba bien para él, pero era precisamente lo que le daba miedo, nunca le había otorgado tanto poder a una mujer sobre sí mismo, sabía lo de lo que eran capaces algunas de ellas. Y aunque no la creía capaz de usarlo en su contra, a veces le daba pánico y trataba de alejarse de ella. Ocurría cuando pensaba demasiado en esa situación.
Como en ese instante. Había retirado el brazo que mantenía sobre su delicado hombro y se había distanciado, tanto física, como emocionalmente. Y ella se dio cuenta, por lo que guardó silencio durante el trayecto. Ya sabía que cuando se ponía así, tenía que darle su espacio y su tiempo. Con paciencia siempre volvía a ella. Le asombraba pensar cuanto había cambiado y que estuviera dispuesta a entregarle su bien más preciado.
Cuando llegaron a su destino, ella lo dejo solo en la biblioteca y subió a la recamara donde, hasta el momento, dormía de vez en cuando. Especialmente después de alguna reunión o fiesta de negocios que terminaba demasiado tarde. Ella seguía viviendo con su madre, pero se pasaba el mayor tiempo posible en casa de Ethan. Recogió sus pocas pertenencias y las metió en un pequeño bolso. Era tiempo de dejar a Ethan descansar de su presencia, ella sabía, más por intuición que por otra cosa, que cuando se alejaba de ella, lo hacía para protegerse de lo que fuera que él pensara respecto a ella. Así que decidió que la próxima vez que él decidiera buscarla, sería bajo sus condiciones, y hablaría con franqueza respecto a su relación. O estaba con ella o no. Y ella lo aceptaría de la manera que fuera, ya no le importaban los cotilleos de la gente. Porque lo amaba, lo amaba demasiado y solo quería ayudarlo a combatir los fantasmas de su pasado que no le dejaban ser feliz.
-¿Nos vemos pasado mañana? –preguntó adentrándose en la biblioteca, dejando a un lado su bolso. Él se encontraba sentado frente a la chimenea, apagada y con un vaso de licor su mano. Tenía la mirada perdida y salió de su estupor cuando ella llegó. La miró confuso.
-¿Pasado mañana? – repitió perdido.
-Sí, el evento de caridad al que tienes que asistir – afirmó recordándole.
-¿Y por qué nos veremos hasta pasado mañana?
-Ya te había comentado que he visto a mamá demasiado extraña y quiero saber de qué se trata.
-Te irás.
-Solo hasta pasado mañana, por la tarde. Estaré aquí para supervisar la entrega de tu esmoquin y mi vestido.
Él avanzó hasta ella con paso decidido y sin más aviso, la tomó de la cintura y la acercó a su cuerpo.
-No te vayas – susurró contra sus labios antes de apoderarse de ellos sin encontrar resistencia de parte de ella. Hillary entreabrió su boca, como sabía que a él le gustaba y se fundieron en un fuerte abrazo y en un beso abrazador. Ella se aferraba a su cuello como si la vida dependiera de ello, y el acariciaba lentamente su espalda.
Después de varios minutos, se fueron separando poco a poco y ella decidió, al menos, tocar el tema que más le incomodaba.
-Ethan, yo… -la mirada expectante de él, la disuadió de seguir adelante con sus planes, iría a ver a su madre, pero regresaría con él por la noche – solo me ausentaré…
-¿Me harás rogarte? – preguntó él sin disimular su enojo. Se alejó unos pasos de ella.
-¿Qué? No, solo voy a… - pero él volvió a interrumpirla.
-Está bien, Hillary, vete y regresa a cumplir con tu trabajo cuando tu lo consideres oportuno. Para eso te pago, ¿no? – ella quiso obviar el dolor que le habían producido sus palabras y habló con claridad.
-Sí, respecto a eso…el que mantengamos esta especie de…relación, y siendo tu trabajadora hace que me sienta un poco…
-¿Qué? ¿Decepcionada? ¿Quieres cambiar tu estatus solo por los besos y caricias que hemos compartido? ¿Me quieres echar el lazo? – su tono era demasiado mordaz y la dejaron sin respuesta automática. ¿Ethan pensaba eso de ella? – Tú has puesto las reglas, Hillary, y yo las he seguido, solo besos y nada más, ¿no crees que, si deseas conseguir algo más de mí, al menos deberías utilizar ese cuerpo que tienes y convencerme de hacerte la señora Campbell?
Ella sintió que la vergüenza, la rabia y la decepción se apoderaban de ella. Especialmente porque tenía en mente hacer lo que él decía, aunque no por las razones que creía. Pensaba entregarse sin esperar nada a cambio, solo estar cerca de él. Y tal vez ganar un trocito de su corazón.
-Si piensas eso de mí es porque de verdad no me conoces y tu eres demasiado idiota para interrumpirme cuando estaba a punto de explicarte la situación – con toda la dignidad de la que fue capaz y alzando su barbilla, salió dejándolo solo.
Él solo reaccionó cuando oyó el azote de la puerta, y de pronto se sintió demasiado idiota, tal y como ella le había llamado. ¿En qué momento había cambiado tanto la situación?
En el momento en que sintió pánico al verla dispuesta a dejarlo, no era la primera vez que lo hacía, pero, algo en su manera de actuar lo alertó que lo abandonaba. O en el momento en que casi le suplicaba porque se quedase con él, y sintió terror por lo que ella le hacía pensar, hacer y sentir.
Pero no quiso pensar más en el asunto, de lo contrario sería capaz de ir tras ella y arrastrarse a sus pies suplicándole que volviera. Y de momento no quería pensar si quiera en ello.
-Señor –lo llamó el mayordomo – tiene un telegrama del señor Christian –dijo entregándoselo – y la señora Rogers le dejó esta nota.
Recibió ambos mensajes con agradecimiento, una distracción de sus profundas emociones a las que no estaba dispuesto a enfrentarse. El primero le informaba que su inversión en una compañía metalera iba viento en popa. La segunda, una invitación de la atractiva señora Rogers, su marido estaba de viaje y lo invitaba por cuarta vez, a hacerle "compañía". Compañía que rehuía desde que estaba con Hillary, pero esa noche no estaba con ella…
Tomó su abrigo del respaldo del sillón donde lo había dejado y se precipito a la salida. Se demostraría a sí mismo que Hillary O´Neil, no tenía ningún poder sobre él.
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Hillary regresó dos horas después, con demasiada reserva esperando que su visita pasara desapercibida, el paquete de su madre seguía en la mansión y la señora O´Neill no estaba dispuesta a esperar más sin él. Así, se encontraba entrando por la puerta de servicio donde la cocinera le informó que el señor había salido precipitadamente. Agradeciendo el hecho, se adentró a la habitación donde todo se había desbordado, recorrió la estancia con la vista y observó el paquete cerca del escritorio. Se acercó a recogerlo y movió descuidadamente un par de papeles que estaban puestos descuidadamente sobre el escritorio. Cayeron al piso y al levantarlos, sintió un golpe en el estómago, y en su corazón.
"Mi marido se encuentra lejos de la ciudad. Necesito tu ayuda para…no sentirme tan sola. Te espero en mi casa, a la hora que sea.
Por favor no ignores esta nota como todas las demás. Solo recuerda nuestro primer encuentro. Yo lo recuerdo día y noche.
F.R"
¡Oh! Ella por supuesto que sí la recordaba. Una mujer casada con un hombre demasiado viejo y que, cuando había conocido a Ethan no descansó hasta tener una aventura con él. Ella sabía que Ethan ya no la había vuelto a ver , pero por la forma en que él se había comportado con ella, lo supo. Con lágrimas en los ojos, reconoció que, en efecto, recordó su primer encuentro y en esos momentos se encontraba "ayudándole" a no sentirse tan sola. Arrugó la nota y la tiró a la papelera, sin importarle si Ethan se daba cuenta o no.
Siendo consciente de lo que ello significaba, tomó el objeto por el que había regresado y salió con la determinación de no volver a pisar ese lugar, trataría de olvidar, y se dedicaría con ahínco a salir adelante. Gracias a ese empleo, estaba a punto de terminar la deuda de su padre, así que tal vez podrían salir adelante con un sueldo más austero. Sonrió al mayordomo que encontró en el pasillo, tragándose las lágrimas, le dio las buenas noches y abandonó la mansión.
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-¿Se encuentra bien, doctora?
Candy miró a su asistente con cansancio. Después de comer con Annie y Terry, salió disparada para la clínica para supervisar que todo estuviera bien. Pero sus planes de pasar a dar un vistazo, se vieron rotos cuando se presentó un paciente con apendicitis al que tuvo que operar de emergencia. Y una vez más agradeció a Dios y a Albert por acondicionar una parte del lugar para poder realizar operaciones simples. Pero en ese momento, una vez terminada la operación, con éxito, se sentó brevemente. De pronto tenía un dolor en la parte baja de la espalda y la incomodidad se hacia patente en su rostro.
-Creo que estoy demasiado exhausta, desde que salí del hogar de Pony, no he descansado apropiadamente – sonrió ya más tranquila –. Pero ahora mismo me voy y dormiré desde ahora, mañana salgo a primera hora a Washington – su asistente la ayudó a ponerse de pie y la acompañó hasta la salida.
-Me saluda al señor Andrew. Y usted cuídese mucho.
Al despedirse de ella se apresuró a tomar el taxi que ya estaba esperándola. Comenzó a sentirse demasiado cansada y deseó llegar al departamento de Annie, quien le había dado las llaves de este, antes de despedirse en el restaurant.
No le gustaba el cólico que estaba comenzando a sentir en su abdomen, aunque sabía que en las primeras semanas de gestación era normal sentir calambres leves o cierta sensación de tirantez abdominal.
Con ese pensamiento presente, se relajó durante el tiempo que duró el trayecto, y una vez que llegó a casa de Annie se instaló en la habitación para invitados que estaba disponible. El lugar estaba solo, ella ya lo sabía, eran más de las ocho de la noche. Annie y Terry habían salido a la ópera y luego irían a bailar a un cabaret, Candy sabía que su amiga llegaría muy tarde así que, adiós a la noche de chicas, con helado y todo, pensó sonriendo y agradeciendo que sus amigos se divirtieran y que estuvieran juntos.
Preparó un baño de burbujas y un té. Quería estar tranquila y no preocuparse por ese cólico intermitente, como si tuviera retorcijones. No quería preocuparse, no quería pensar que pudieran ser síntomas de…algo que ni siquiera se atrevía a nombrar.
Se desvistió con lentitud y cuando examinó su ropa interior, sintió un ramalazo de pánico. Se dio cuenta que tenía pérdida de sangre. No. No podía ser, no era mucha, solo una pequeña mancha, se ducharía, y se acostaría para descansar. Lo mismo le había pasado a Elisa, y en su caso el sangrado había sido más profundo, y cuando abandonó el hogar de Pony ya estaba mejor.
No le importó dejar la tina de baño llena, se disculparía después con Annie, lo único que deseaba era salir del baño y meterse en la cama, se acostaría, dormiría toda la noche y por la mañana ya estaría mejor.
Cuando salió de la ducha, se vistió con una bata holgada y se metió a la cama. Se hizo un ovillo sobre ella y se abrazó a sí misma, no quería perder a su bebé, no lo haría, además los cólicos ya estaban remitiendo. Ella misma había atendido a varias mujeres con síntomas de aborto, y habían logrado llevar el embarazo a término. Se incorporó levemente, recordando el té que había preparado y que estaba sobre la mesita de noche, para beberlo y que le ayudara a relajarse. A los pocos minutos se dio cuenta que estaba surtiendo efecto y sin dolor en el abdomen, se durmió profundamente.
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Annie llegó mucho después de medianoche, estaba oscuro y silencioso. Se detuvo en el recibidor y dio media vuelta para despedirse de Terry.
-Debe estar profundamente dormida -susurró abrazando a su novio y acercándose a él lo suficiente para besarlo. Terry la abrazó por la cintura y sin dejarse rogar acercó sus labios a los de ella. Profundizaron el beso y fueron avanzando sin separarse hasta llegar al borde del sofá.
-No quiero irme – dijo él contra su boca al mismo tiempo que la guiaba para sentarse. Se acomodaron en el sofá y ella se abrazó a él.
-Mañana nos veremos temprano.
-Lo sé. Puedo quedarme… -sugirió él con cierta picardía en su voz.
-¿En dónde te quedarías? ¿En el sofá? La habitación de invitados está ocupada – afirmó ella sabiendo que Terry no se refería a quedarse con ella de manera platónica, mucho menos en el sofá. Él profirió una carcajada que se vio suprimida porque Annie le tapó la boca.
-Ya lo sabía, tu recamara no es una opción, ¿verdad?
-Ya sabes que no.
-Bueno, nada perdía por intentar. Tal vez un día de estos…
Ella sonrió ante la sugerencia, no era la primera vez que le decía algo parecido, además él ya sabía lo que ella opinaba al respecto y aceptaba su decisión. La respetaba, le había dicho, pero no dejaría de intentar hacerla cambiar de opinión, le advirtió. Y aunque resultara algo extraño, ella también lo respetaba. Era como una lucha de voluntades, y aunque Terry podía resultar ser muy seductor, ella sabía lo que quería y había aprendido a ser coherente entre sus pensamientos y acciones.
Lo acompañó hasta la puerta y tras otro profundo beso a modo de despedida, cerró la puerta y se recargó en ella. Lanzó un suspiro y se dispuso a caminar a su habitación, Terry era extremadamente atractivo, y sabía como tratar a una mujer y hacer que se sintiera especial. Al día siguiente ella descansaría y pasarían la mayor parte del tiempo juntos. Querían aprovechar estar juntos todo el tiempo posible antes de que él regresara a Nueva York.
Pasando delante de la habitación donde dormía Candy, vio debajo de la puerta el resplandor de la luz, frunciendo el entrecejo pues pensaba que su amiga estaba dormida, tocó levemente la puerta. Al no recibir respuesta, la abrió lentamente, tal vez se hubiera quedado dormida con la luz encendida. Pero lo que vio le rompió el corazón.
Candy estaba sobre la cama echa un ovillo y lloraba silenciosamente. Gruesas lágrimas surcaban su rostro, pero inexplicablemente no profería sonido. Revisó a su alrededor y, a excepción de una bata tirada cerca de la cama todo estaba ordenado.
-¡Candy! ¿Qué te pasa? – preguntó obviamente preocupada.
La mirada de Candy se dirigió a ella y lloró más profusa y audiblemente.
-No quiero perderlo… - le dijo minutos después en voz muy baja.
-¿Qué? ¿A qué te refieres? – Annie imaginó que hablaba de Albert. ¿Acaso se trataba de otra mujer? No, ella no creía capaz de hacer algo así a Albert –. Candy, explícame, por favor.
Candy la miró, casi con terror.
-Mi bebé.
Annie abrió desmesuradamente sus ojos. Un bebé, tanto secretismo de parte de Candy era porque estaba embarazada. Y ahora ella decía que no quería perderlo. Ella no sabía mucho de esas cosas, pero, recordó una ocasión en que Candy le había hablado del caso de una paciente que la dejó demasiado triste. En esa ocasión la mujer no solo había perdido al bebé, sino que, además, debido a una fuerte hemorragia que no se había tratado a tiempo, ella también perdió la vida. Y de pronto Annie lo comprendió. Levantó el edredón y las sabanas con las que se cubría Candy y se asombró al ver debajo de su amiga una mancha de sangre. Las sabanas estaban empapadas al igual que su camisón. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Con lágrimas en los ojos, supo que Candy, su querida amiga, estaba teniendo un aborto.
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CONTINUARÁ...
Sip, soy yo de nuevo y con nuevo capítulo de esta historia que tanto quiero, y espero que ustedes también. Por fa, no me maten, porque pues, como todos los recién casados, siempre pasan por algunos problemas que, o estabilizan la relación, o definitivamente terminan para siempre.
Nuestros queridos rubios pasarán por lo mismo y, pues ya veremos que decide hacer mi mente macabra, muajajajaja. Esa fue mi risa malvada, jajaja, o sea "X" con lo último, jejejeje.
Espero sus reviews, y lecturas. Saludos a todas, las quiero.
Hasta la próxima!
P.D. Esperen actualización en el transcurso de la semana de: I don´t know you anymore y Lo que queda de mí.
