La voz de mi corazón
Capítulo 19
Por Lu de Andrew
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"La voz de su corazón"
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-¿Estás segura que hoy tampoco quieres ir a la clínica?
-Sí.
-Voy a tener este fin de semana libre, ¿quieres que vayamos al hogar de Pony?
-¿Vas a tener libre el fin de semana? Creí que te reunirías con Ethan para hacerlo desistir de la demanda contra su abuelo.
Albert miró a Candy con desespero. Habían pasado dos meses desde que perdieron al bebé y después de que la dieron de alta en el hospital solo pasó un día para que ella saliera de cama diciendo que no necesitaba reposo. Él pensó que inmediatamente se pondría al día en la clínica o que iría a visitar a la señorita Pony, pero se dedicó a cosas "más importantes" según ella. Para él, planear cenas para sus socios, acompañarlo a sus viajes, ir a actos de caridad y planearlos junto a Elroy y demás actos sociales, no tenían tanta importancia, y conociendo a su esposa, para la Candy de la que se enamoró; tampoco. Y siempre que trataba de hablar acerca de su regreso a la medicina, se cerraba en banda. Ya no sabía qué hacer, por supuesto, amaba que pasara casi cada momento con él, que estuviera interesada en sus proyectos y que se empeñara en hacer amistad con las esposas de sus socios para tratar de influir "bajo el agua" a sus esposos y que no trataran de bajarse del barco ahora que estaban atravesando problemas económicos debido a su separación con el concejo, pero esa no era la esencia de la mujer de la que se enamoró además, que lejos de actuar como su esposa, actuaba más como su asistente, o como una organizadora de eventos.
-Candy, podemos ir, necesitas…
-Albert, es más importante que te reúnas con él. Si sigue adelante con la demanda, retrasará la separación de la familia del concejo y…
-Candy…por Dios… - Suspiró derrotado. Se sentó en la cama, observando a su esposa arreglarse con esmero sentada a su espejo. En una recamara que no era suya, era una habitación de invitados a la que se había mudado Candy de forma "temporal" una semana después de su aborto, para "dejarlo descansar" como ella le había dicho. Solo que lo temporal ya había durado demasiado. Necesitaba a su esposa de forma física y emocional, y solo le había apoyado porque quería complacerla en todo lo que ella quisiera, pero ya se estaba cansando. Por otro lado, el problema de la separación de bienes y sus cuentas congeladas, ya se estaban resolviendo, gracias a la cooperación de Ethan.
El habría preferido que llorara desconsolada, que se quisiera refugiar con la señorita Pony, e incluso, lo culpara de ser necesario. Pero su reacción hasta cierto grado fría ya no la soportaba. Ni siquiera hablaba del tema y si él quería mencionarlo, hasta se enojaba con él. Diario trataba de convencerla para volviera a su rutina normal, pero sus esfuerzos eran en vano.
-Creo que es hora de que regreses a nuestra recamara, ¿no te parece? – Candy, que se esmeraba en recoger su pelo y ondularlo con sus nuevas tenazas* que había adquirido en París por sugerencia de Annie. Al escuchar a su esposo se quedó paralizada. No estaba preparada para tener intimidad con Albert. ¿Y si no podía quedar embarazada de nuevo? Y si tal como le decía miles de veces la prima Alice, ¿ella hizo algo mal? ¿O debido a su trabajo había perdido al bebé? Ella como médico sabía que había miles de razones para sufrir un aborto espontaneo, incluso podía ser debido a nada, pero no podía dejar de pensar en que si ella no hubiera asistido ese día a la clínica su bebé tal vez estaría aun gestándose en su vientre. Y todas esas preguntas la llenaban de terror e incertidumbre, ¿qué tal que Albert la dejaba de querer, si no es que ya lo había hecho?
-Albert, no puedo…
-¡Ya basta Candy! – Albert por fin perdió la paciencia, y elevó el tono de su voz –. Necesito a mi esposa, a la Candy de la que me enamoré. Esa mujer revoltosa que está más interesada en ayudar a los demás, y no a la mujer que más parece una organizadora de eventos. Te necesito y creo que ya ha pasado suficiente tiempo para que te hayas recuperado.
-¡No puedo! – Candy lo miró con evidente angustia. No podía decirle todos sus miedos, no podía actuar ante él como una cobarde, él necesitaba una mujer fuerte que lo ayudara. Por primera vez quería que él se apoyara en ella. Necesitaba sentirse…útil, al menos en organizar cenas y comidas sí era buena, porque como mujer y como madre era un fracaso total.
-¿Por qué no? ¿Qué pasa Candy? Habla conmigo por favor. ¿No quieres regresar a nuestra recamara, porque tal vez te traiga malos recuerdos de algo? O, ¿ya no quieres estar conmigo? – Lo último lo preguntó con dolor en su corazón porque, ¿malos recuerdos al estar en su habitación? La hemorragia la había tenido en casa de Annie. Para Albert su habitación era un hermoso lugar lleno de recuerdos maravillosos. – ¿Me culpas por lo que pasó con el bebé? ¿Crees que tuve que pasar más tiempo contigo? ¿Es porque pasaste todo eso sola?
-¡No, Albert! No pienses jamás algo así. Tu no tuviste la culpa de nada. Es solo que no puedo, todavía no, por favor.
Albert se acercó y se arrodilló frente a ella. Le tomó las manos y con extrema delicadeza se las llevó a los labios. Casi quiso llorar pues, aunque siempre junto a él, ni siquiera se tomaban de las manos. Le pareció que había pasado una eternidad desde que la había tocado.
-Te amo, por favor, dime qué te pasa. – Le tomó el rostro y se fue acercando poco a poco con la intención de besarla… solo que Candy volteó su rostro hacia un lado y se alejó de él. Albert sintió que se le rompía el corazón, no era la primera vez que ella reaccionaba así. De pronto sintió que ya no podía soportar esa situación. Se alejó de ella dándole la espalda, no quería ver su reacción ante lo que iba a decirle. – Ya no deseo que me acompañes a ningún evento, o que siquiera organices algo para mis socios.
-¿Qué? – Preguntó Candy perpleja. – Sabes que todo eso lo hago para apoyarte y ayudarte un poco, con todos los problemas…
-Ya no es necesario, muchas gracias. Si tan solo te tomaras unos minutos en tu insistencia por organizarme todo, te habría contado hace días que hablé con Ethan y desistió de la demanda a su abuelo. Todo está más tranquilo ahora, además, los abogados ya liberaron nuestras cuentas. Todo está mejorando, ya no es necesario que hagas tantas cosas.
-¿Y la fiesta de esta noche? – Preguntó con la voz quebrada por el llanto que ya inundaba sus ojos.
-Le pediré a Millicent que me acompañe, al menos ya sé qué esperar de ella.
Sin decir otra palabra salió de la habitación. Ni siquiera la miró, porque si tan solo la veía con sus ojos rojos por aguantarse el llanto, su enfado desaparecería como por arte de magia. No soportaba verla llorar y hubiera hecho todo lo posible por apagar y consolar su llanto. Pero quería hacerla reaccionar de alguna manera, no podían seguir así.
Y aunque sabía que hacerse acompañar de Millicent no estaba en los planes, sabía que ella lo acompañaría si se lo pidiera. Ella había resultado, después de todo, y a pesar de la madre que tenía, una buena persona y una agradable compañía.
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Candy se pasó toda la mañana y parte de la tarde llorando, recostada en su cama y sin salir de su recamara. La charola con comida que le había mandado la tía Elroy estaba sobre su escritorio, no sentía ánimo ni fuerzas para comer y menos para enfrentarse a todos en la mansión. Especialmente a Alice quien, aunque no dijera nada, se las arreglaba muy bien para hacerla sentir un buena para nada como mujer. Se sentía completamente inútil, si Albert ya no la necesitaba, y ni siquiera era buena para darle un hijo, ¿entonces para qué servía ella?
Ya era de noche y ella se encontraba sentada en un diván frente a una ventana pensando, dándole vuelta a todo y meditando en los errores que había cometido. Tal vez si se sinceraba con Albert todo volvería a la normalidad. En esos días se sentía fuera de sí, que no era su vida la que estaba viviendo sino alguien con quien ella no había nunca se había identificado. Tal parecía que era una realidad alterna, pero el miedo de no ser suficiente para Albert y el gran dolor que sentía por la pérdida de su bebé la convertían en una cobarde. Finalmente comprendió que, todo lo que había hecho solo había sido para evadir el dolor tan profundo que sentía. Sintiéndose vacía por dentro, posó sus manos sobre su vientre. Lágrimas silenciosas rodaron por su rostro.
De pronto, la luz del exterior iluminó la habitación oscura.
-¿Qué haces aquí escondida, niña? – La voz estridente de Alice hizo evidente su intrusión. Candy cerró sus ojos pidiendo resignación, la prima de Elroy siempre hacía su aparición cuando menos lo esperaba, minando sus defensas y asegurándose que nadie más le viera ni escuchara. Y ese mote de "niña", no era porque obviamente ella fuera casi hermana de Tutankamón y Candy muy joven, sino para recordarle que no era "suficientemente mujer".
-Me siento un poco mal, Alice. ¿Podrías por favor retirarte y dejarme a solas? – Como Candy sabía, no se fue, se adentró más y prendió la luz sin pedirle su aprobación.
-Pues una buena mujer y esposa, aun sintiéndose mal, no dejaría solo a su esposo, y menos lo dejaría asistir a una fiesta con alguien más. Afortunadamente mi hija es lo suficientemente responsable como para aceptar acompañar a William encima de la hora. Cuando vivía su esposa ella siempre estaba dispuesta para apoyarlo y nunca permitió…
Candy dejó de escuchar, ya sabía la letanía. Millicent fue la esposa perfecta, las palabras "siempre y nunca" se podían aplicar a ella con facilidad. Por no hablar de los hijos, era asimismo la madre y mujer perfecta, nunca tuvo un aborto o se sintió mal en sus embarazos, pero claro, ella no tenía una profesión que solo era para los hombres y mucho menos pensaba que podía salvar al mundo. Aunque claro, Millie había sido educada para ser toda una mujer de sociedad, no como ella que solo fue criada por una mujer sola y una monja, en un orfanato nada menos, mezclándose con niños que quién sabe quién los había dado a luz. En pocas palabras, ella Candice White, una huérfana del hogar de Pony no valía nada. Alice McDonald, alguien que podía seguir su línea ancestral hasta "Adán y Eva", se la pasaba juzgándola y comparándola con su hija. En una ocasión le había dicho que, de no haber sido por ella, Millicent estaría casada con Albert.
-Hiciste todo mal y por tu culpa perdiste al heredero de los Andrew, y ahora, ¿ni siquiera puedes actuar como una buena esposa? No sé cómo Elroy te aceptó en esta familia, eres una vergüenza.
Bueno, definitivamente eso nunca se lo había dicho, y a pesar de todo, sus palabras la sorprendieron. Decidió no tomarla en cuenta y fijó su vista a través de la ventana, quiso hacer oídos sordos, pero las palabras venenosas le llegaban muy profundo. Alice ya había encendido la luz y se paseaba de un lado a otro por la habitación, demostrando su enojo.
-Candy, ya nos vamos, pero necesito decirte que… ¿madre? ¿Qué haces aquí?
Millicent definitivamente era todo lo contrario a su madre y se habían hecho buenas amigas. Y afortunadamente interrumpió el discurso de odio de su mamá, a la que vio con evidente interés.
-Solo quise hablar con Candice para hacerle entrar en razón y hacerle ver que…
-Madre, Candy ya tiene suficiente con su dolor de cabeza para que vengas a darle uno de tus…reconocidos discursos. Sabes bien que William nos pidió que no la molestáramos y la dejáramos descansar. La tía Elroy llegará más tarde para ver cómo está, creo que va siendo hora de que regreses a la casa.
Alice empezó a protestar, pero ella la tomó del brazo y casi la arrastró fuera de la habitación. Una vez hecho eso, regresó con Candy que se veía obviamente mal.
-Candy, tienes que perdonar a mi madre y te pido encarecidamente que hagas oídos sordos a todo lo que tenga qué decir – ella ya se había dado cuenta que en ciertas ocasiones su madre hacía sentir mal a Candy, pero no sabía hasta qué punto. – William me dijo que te sentías mal, así que vine a ver cómo estabas. – Observó a su alrededor y vio la comida olvidada y el aspecto de la chica –. Deberías comer algo y trata de descansar, me llevaré a mamá, y, como dije, la tía Elroy ya no tarda en llegar por si necesitas algo.
-Muchas gracias, Millie. No deberías ser tú la responsable de acudir con Albert, pero de verdad…
-Tonterías. William ya me explicó que como esta es su última reunión con sus socios por esta semana, es importante su presencia en la fiesta. Aunque si me preguntas por qué los hombres de negocios necesiten este tipo de reuniones para hablar de dinero, te diría que tal vez solo quieran tomar Cabernet gratis, o Whisky.
Candy sonrió levemente ante el intento de broma. En realidad, Millicent ya se había dado cuenta que algo extraño pasaba en el matrimonio Andrew. La Candy que tanto Elroy como William le habían descrito, y a la que había tratado por poco tiempo antes de su…pérdida, no se parecía para en nada a la mujer que había tratado las pasadas semanas. Además, sabía que no había sufrido el duelo por la pérdida de su bebé y no podía imaginar cuánto daño podría hacerle guardar tanto dolor. Y aunque ella había dado a luz a seis niños sanos, comprendía como madre, lo que sería perder a un hijo y no se lo deseó a nadie.
-Gracias por todo.
-No te preocupes, de verdad. Creo que ya me hacía falta visitar a la alta sociedad para recordar mis modales. Palabras de mamá, no mías. – Ambas chicas rieron. – En realidad las fiestas de sociedad ya no me llaman la atención. Extraño a mi casa y a mis hijos, siento que hace años que no los veo, creo que hablaré con mamá y le diré que regresemos cuanto antes.
Candy la comprendía. Millicent le había platicado que, su familia política era millonaria y vivían en Londres, ellos se encargaban de la manutención de ella y sus hijos, aunque no era necesaria, pues su familia también era adinerada. La familia Patrick, que era su apellido de casada, vivía en una casita acogedora en Castle Combe, considerado uno de los pueblos más hermosos y tranquilos de Inglaterra. Sus suegros los visitaban con regularidad y eran gente sencilla que no pertenecía a la aristocracia, por lo que, contrario a lo que pregonaba Alice, no asistían mucho a eventos sociales ni se rozaban con gente con títulos nobiliarios. Ella, como no necesitaba nada económicamente, daba clases de piano a quien quisiera aprender, gratis.
-Millicent, tu madre me dijo que estarías aquí. ¿Ya estás lista?
Albert hizo su aparición, y a Candy le dio un vuelco en el corazón, se veía extremadamente apuesto, pero su mirada era triste. Porque a pesar de que se había dirigido a Millicent, solo tenía ojos para Candy. Dándose cuenta de las miradas intercambiadas por ambos cónyuges, Millicent se despidió de Candy dejándolos solos.
-La tía Elroy fue a hacerse un chequeo, por su presión arterial, y pasó a tomar el té con una de sus amigas, pero ya no tarda en llegar. Creo que tiene algunas noticias que compartir contigo. – Se hizo un silencio incómodo mientras ella solo asentía –. Deberías recostarte, no tienes buen aspecto.
-Está bien.
-Bien.
-Albert yo…
-Será mejor que me vaya, no quiero llegar tarde.
Ella ya no quería llorar, pero la manera en que se fue provocó un nuevo estallido de lágrimas.
Y él… A él le rompió su corazón verla demacrada y con una profunda tristeza en su mirada. Y supo que por la mañana había actuado como niño caprichoso, pero se sentía frustrado. Solo esperaba que el siguiente día fuera mejor y pudieran conversar tranquilamente. Eso, siempre y cuando ella hubiera reflexionado y decidiera abrirse a él. Se fue dejando su corazón con Candy y rogando a Dios que pudieran resolver todo.
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Al día siguiente Candy despertó tarde. No había logrado dormir hasta que dieron las cuatro de la mañana. Había platicado brevemente con Elroy, quien, gracias a su aspecto enfermizo; creyó que, en efecto, se encontraba mal y la dejó para que descansara. Pudo constatar que Albert había llegado cerca de las diez de la noche, lo que quería decir que solo había asistido para atender sus negocios. Y pensó, y pensó…en lo dicho por Albert, y por Alice. Sobre todo, en la última, ¿en realidad era una vergüenza para la familia? Esa pregunta solo le rondaba por la cabeza y ya no sabía qué pensar.
Ese día sí le dolía la cabeza y sentía sus ojos inflamados y los tenía muy irritados como pudo darse cuenta al verse en el espejo. Hizo una mueca y se metió a la ducha. Eran las once de la mañana cuando bajó las escaleras y escuchó risas en la sala de estar. Quiso dirigirse hacia el lugar, pero el ruido de su estómago le recordó que el día anterior no había probado bocado, así que primero fue a la cocina a prepararse un sándwich.
-Señora, si quiere que le prepare algo, solo dígamelo. No es necesario que lo haga usted misma. – Le dijo Glenda entrando a la cocina.
-Está bien, Glenda, no te preocupes.
La cocinera sonrió y saludó a un recién llegado a la cocina, mientras ella entraba en una de las despensas.
-Albert, buenos días – dijo ella viendo a su esposo recargado en la jamba de la puerta. Su ropa delataba que ese día se quedaría en casa, como le había dicho el día anterior. Él solo la observó, intentó acercarse a ella, pero se detuvo en el último instante.
-Candy. Tienes visitas – dijo él caminando hacia una jarra con agua, se sirvió un vaso y lo bebió de prisa. En realidad, lo único que quería era estrecharla entre sus brazos y preguntarle si estaba bien, pero dada la tensión entre ellos eso era imposible. Primero necesitaban resolver sus cosas, pero con Annie de visita no podía hacerlo en ese instante.
-¿Quién es? – preguntó ella cuando vio que no decía nada más.
-Annie.
Sin decir más, salió tal como había entrado. Annie. Su gran amiga y casi hermana a la que no había querido ver por más de cinco minutos después de lo sucedido con su bebé. Ni siquiera quiso hablar con Terry cuando, él muy preocupado le había pedido a Albert que le permitiera verla. Pero no quiso enfrentarse a sus amigos, ni ver sus miradas llenas de lástima o condescendencia. De esa forma, había mantenido a Annie alejada, alegando estar siempre ocupada. Pero al parecer ese día no podría hacerlo, ella no tenía ningún evento ese día y aunque los tuviera no asistiría, y no creía que Albert estuviera dispuesto a excusarla, como siempre hacía. Después de darle solo dos mordidas a su sándwich, se resignó a lo inevitable.
-¡Candy! – Exclamó Annie en cuanto la vio entrar a la sala. La abrazó con fuerza. Había extrañado a su amiga.
-Hola Annie, ¿cómo has estado? – Contestó Candy con incomodidad. Elroy también estaba presente. – Tía abuela, buenos días.
-Buenos días Candice. ¿Te sientes mejor?
-Sí, gracias.
Lo cierto es que, aunque al principio a Elroy le había complacido ver que su sobrina por fin había tomado su papel de esposa del patriarca de los Andrew, con el tiempo se fue dando cuenta de que en realidad solo era una fachada, y que su relación con su sobrino distaba mucho de lo que antes había sido. Se habían distanciado tanto, y veía tan preocupado a Albert, y a Candy tan…extraña que hasta ella le había sugerido a él que se tomara unos días libres para estar junto a ella. Tanto deseaba que todo se arreglara, que hasta estaba feliz de recibir a Annie Britter en su casa si eso hacía que Candy saliera de la burbuja en la que se había encerrado, y eso que no le caía muy bien.
Candy se sentó junto a Albert, aunque se notaba la distancia que había entre ellos. Albert se pudo de pie, excusándose para dejarlas platicar, al igual que Elroy.
-Por cierto, Candy – dijo Elroy – aquí tienes, es una carta de Archie para ti, acaba de llegar.
Ella la recibió con agrado. Su primo le había escrito continuamente desde su partida que ya iba para seis meses, sin embargo, ella no le había contado nada de lo sucedido, y le pidió encarecidamente a Albert que hiciera lo mismo. Así, en sus cartas podía incluso fingir que nada había sucedido y todo era como antes.
-Pues me alegro que por fin podamos platicar, Candy. O, ¿tienes algo qué hacer este día?
-No Annie, hoy no tengo nada qué hacer, y me da gusto también que podamos hacerlo con tiempo.
-Escúchame bien Candy, no me voy a andar por las ramas, ni tampoco quiero recordarte cosas que tal vez no quieras, pero, ¿hasta cuándo vas a seguir así?
Candy vio con detenimiento a su amiga y se dio cuenta que estaba muy seria. Por más que quisiera salir corriendo no podía, además, Annie tenía razón. ¿Hasta cuándo seguiría fingiendo?
-No lo sé, Annie. – Murmuró con resignación bajando la mirada.
-Al menos sabes de qué estoy hablando.
-Sí.
Un silencio incómodo reinó en la habitación. Annie quería reclamarle muchas cosas, estaba enojada con ella, pero solo de verla, y de cómo había mirado a Albert cuando salió de ahí, con demasiado anhelo, y de cómo Albert casi la había ignorado, supo que no podía ponerle más carga a lo que ya llevaba a cuestas. Así que de pronto todo el valor y coraje que había reunido para hacerle ver su error, se desvaneció. Supo que no podía hacerlo.
-Albert se enojó conmigo.
Fue todo lo que Candy dijo antes de comenzar a llorar a mares. Era tal su llanto, que Annie corrió a su lado, no sin antes cerrar las puertas para que nadie escuchara.
La abrazó y tal parecía que Candy por fin había roto la represa que llevaba dentro, porque su llanto era desesperado, triste, desconsolado. Sabía que no se encontraba así solo por la pérdida del bebé, algo más le estaba carcomiendo por dentro.
-Cuéntame qué ha estado pasando, Candy. Estoy muy preocupada por ti. – Pidió Annie secándole las lágrimas, y mirándola con ternura. Recordó las veces en que su amiga la había consolado en el pasado y supo que era tiempo de devolverle algo, aunque fuera poco.
Y así fue como Candy le contó todo. Desde la pérdida del bebé, hasta la necesidad de hacerse la fuerte para Albert, para ser la mujer que, según ella, necesitaba. Y por fin también le dijo los tormentos que le hacía pasar Alice y su constante discurso de que no era lo suficientemente mujer para alguien como William.
-¡Pero Candy! – Exclamó su amiga, asombrada, pero más indignada en el nombre de Candy –. ¿Cómo es posible que hayas permitido que esa…vieja te insulte cada dos por tres? Eres la esposa de Wlliam Albert Andrew, la señora de esta casa, puedes correrla cuando te venga en gana. No lo puedo creer.
-Es la prima de la tía Elroy.
-Ni siquiera saben si en verdad lo es. Además, ¿quién se ha creído que es llamándote, "vergüenza para la familia"? Candy, esa vieja rechoncha lo único que quiere es quebrar tu confianza para poder instalar campantemente a su adorada hija como señora Andrew, ¿no te das cuenta? Estas haciendo exactamente lo que ella desea. Quiere que dejes a Albert.
-O que él me deje. – Lo dijo con tal resignación que le dieron ganas de zarandearla. ¿Dónde estaba el carácter de su amiga?
-Pues nunca lo va a hacer.
-Ahora no lo dudaría, yo creo que ni me quiere ver.
-Candy, por lo que sé, todos los matrimonios tienen dificultades y hasta peleas, eso es normal. ¿De verdad piensas que Albert te dejará alguna vez? ¿Crees que no tuvo miles de oportunidades para casarse y formar una familia con alguien más? Por otro lado, tu sabes bien porque está así contigo y, creo yo, está en todo su derecho. Si hablas con él, y le dices toda la verdad, estoy segura que todo volverá a ser como antes. Pero necesitas hacerlo antes de que esta brecha siga creciendo entre ustedes. A no ser que te encante ver a otra mujer del brazo de tu marido y que sean la sensación del momento en las noticias de sociedad. – Bueno, eso no era del todo cierto. Sí habían salido en las noticias de sociedad, pero no eran la sensación del momento ni mucho menos.
-¿Qué? – preguntó Candy alarmada.
-Por eso vine. Hay una foto que ocupa la primera plana del periódico de hoy, son Albert y Millicent entrando a la fiesta de anoche. Como ya muchos saben que es de la familia, no dieron mucho de qué hablar, pero hay quien dijo que fueron una de las mejores parejas.
-Pero Millicent no es así.
-Pero su madre sí. Y sabes lo que quiere, y tú se lo estas poniendo en bandeja de plata.
-He cometido muchos errores, ¿verdad, Annie?
-No tantos como para no poder remediar la situación, y está en tus manos hacerlo.
-Tienes razón. Annie…
-Dime.
-Perdóname por no hablarte y mantenerme alejada durante todo este tiempo. Terry y tú me ayudaron cuando más lo necesitaba, si no hubiera sido por ustedes es probable que me hubiera desangrado, pero actuaron con rapidez y no sé cómo pagárselos. Perdóname por favor.
-No hay nada qué perdonar. Estaba enojada, no lo niego, pero ahora que sé todo por lo que has pasado te comprendo muy bien. Es natural hasta cierto punto. Creo yo. Pienso. Espero.
Se quedó callada y ambas rompieron a reír, Candy se sintió relajada por primera vez en mucho tiempo, y supo que había creado ella solita una tempestad en un vaso de agua. Se sintió optimista y quiso salir corriendo a buscar a Albert.
-Ahora debo irme, tengo que ver a alguien más y ya voy tarde.
-¿A Terry?
-No, él en estos momentos está de gira y no lo veré hasta dentro de una semana. Voy a ver a Hilary, ella se va a casar.
-¿Casarse? ¿Con Ethan?
-No. Ella dejó de trabajar con él después de que la encontramos en el café cerca de la estación, ¿recuerdas? Volvió con su madre y pensó que las deudas de su familia ya estaban casi cubiertas pero ese hombre asqueroso tiene más pagarés en su poder, la amenazó con quitarles todo si no accedía a volverse su amante. Ella prefirió aceptar la propuesta de matrimonio que le hizo quien fuera su novio. A estas alturas él ya pago las deudas y se casarán en aproximadamente un mes.
-¡Un mes! Pero ella no lo quiere…
-No. Y él lo sabe, dice que recuperará su amor con el tiempo.
-De todo lo que me perdí por haber sido tan egoísta y pensar solo en mí. Hillary ha sido muy buena amiga para mí y yo ni siquiera he preguntado por cómo ha estado.
-Candy, ella ha estado igual o más perturbada que tú.
-Lo imagino. En cuanto pueda me contactaré con ella, tal vez pueda ayudarla en algo. Pero dime, ¿Ethan ya no buscó? ¿Por qué lo dejó?
-No quiso darme detalles, solo me dijo que ya no volvería a su casa. Y hasta donde sé, él anda con una y con otra. Pero nunca la ha buscado.
-Es una lástima, por un momento creí que acabarían juntos.
-Yo también, y es algo triste. Bueno ahora te dejo, van a ir a la tienda quiere comprar un vestido para su fiesta de compromiso.
Annie se despidió de ella, prometiendo volver a verse pronto. Entonces ella tuvo tiempo de pensar, se había comportado todo ese tiempo con egoísmo, centrándose en ella misma, sin siquiera preguntarse qué había sentido Albert cuando perdió al bebé. ¿Acaso había olvidado que también era su hijo y debió dolerle tanto como a ella?
Se apresuró a buscarlo, pero la servidumbre le dijo que había llevado a la tía Elroy a hacer unas compras. Ella aprovechó para subir a su habitación, a la de ella y Albert, en cuanto entró la invadió la nostalgia. ¿Cómo había podido dormir sin Albert tanto tiempo? Fue hacia el balcón y salió para sentarse en uno de los sillones de mimbre, pero sintió la luz del sol, escuchó el cantar de los pájaros, el viento sobre su rostro y recordó la tranquilidad que le invadía cada que estaba en la cima de un árbol. Sonriendo entró al dormitorio y rebuscó en su armario hasta encontrar un overol y una camisa a cuadros, se los puso y salió al jardín buscando el árbol más alto que pudiera subir.
Lo encontró un poco lejos de la mansión y comenzó a trepar como en los viejos tiempos. Se sentó en la rama más alta y se sintió optimista. Tenía una vida por delante, con Albert a su lado, y si Dios lo permitiese con algunos hijos también. Derramó las lágrimas que no había llorado por su pequeño bebé. Ni siquiera tuvo tiempo para planear su nacimiento, comprar su ropita o imaginar si se parecería a Albert o a ella, todo fue tan fugaz que había veces que pensaba que todo lo había imaginado. Había tenido tantas ilusiones…siguió llorando silenciosamente pensando por primera vez en el futuro con esperanza.
De pronto se encontró recordando las veces en que Albert la había consolado en el pasado. Desde que lo conociera, la había rescatado, adoptado, consolado y apoyado en todas las decisiones que había tomado. Se había enamorado de ella por quien era, no por lo que podía llegar a ser. Él no necesitaba a una esposa de alta alcurnia, porque ellos era almas afines. Así que no necesitaba que ella actuara como una mujercita tonta que solo pensaba en fiestas y en quedar bien con la alta sociedad… pero tampoco necesitaba una esposa que se pasara todo el tiempo en la clínica. Esa era su profesión y Albert había hecho todo eso por ella, pero había veces que casi no se veían por sus ocupaciones, y no es que la de ella valiera menos, al contrario. Albert siempre le decía lo orgulloso que estaba de ella y su interés en ayudar a los demás, pero ella tenía la oportunidad de escoger sus horarios de trabajo e incluso dejar de trabajar si así lo quisiera. Pero Candy estaba consciente que el trabajo de Albert no era como el de ella. De él dependían muchas cosas, llevaba una carga muy pesada sobre sus hombros, ya no tenía tiempo de pasear para olvidarse de ello como lo hacía antaño, o estar entre los animales que tanto quería. Ahora tenía el mando de la familia, era el patriarca de los Andrew y era un hombre responsable que no abandonaría el "barco", por decirlo de alguna manera.
Y, ¿qué le daba ella? Aparte de los últimos meses que fueron preocupaciones, no pasaba el suficiente tiempo con él. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se subieran a la copa de un árbol y compartieran el atardecer? Hacía mucho tiempo, porque cuando él estaba en casa temprano, ella estaba en la clínica, o ayudando al doctor Martin, o en el hogar de Pony. Sí, su profesión era importante, y no la menospreciaba. Pero si ella tenía el poder de hacer un tiempo en ella, ¿por qué no hacerlo por el bien de su matrimonio?
Paso tanto tiempo que se dio cuenta que el sol se estaba ocultando así que decidió bajar y ver si ya habían llegado a casa, no avisó a nadie a donde iba y no quería que pensaran que había huido o algo así. Hablaría con Albert con el corazón en la mano y trataría de apoyarlo, pero esta vez de verdad y no en cosas superficiales. Lo amaba con todo su corazón y eso era lo que le dictaba. ¿Por qué no había escuchado antes su voz?
Cuando regresó a la mansión, escuchó a Albert preguntando por ella. Bueno, acababa de regresar. Al menos no pensaba que estaba desparecida. Con paso decidido fue hasta el origen de las voces. El mayordomo le estaba diciendo que no la había visto en todo el día desde que se fuera Annie. Ella entró a la sala y todos se quedaron de piedra. Por supuesto, había olvidado cómo estaba vestida. Albert esbozó una sonrisa muy tenue al verla con su atuendo, bueno no tenía de qué preocuparse. Al menos por él.
Pudo ver que no estaban solo ellos y la tía Elroy. Lamentablemente ya había llegado la omnipresente Alice, pero no era la única. Estaba también Ethan, por él tampoco se preocupaba. Pero también habían llegado dos socios de Albert, y por la cara que tenía Elroy supo que no había dado una buena impresión.
-Pero, ¿cómo te atreves a presentarte en esas fachas, chiquilla?
La voz estridente y el reclamo, extrañamente no procedían de la tía, sino de la metiche de Alice. Recordó las palabras de Annie, ella era la señora de la casa y, en fachas o no, era tiempo de que fuera respetando ese hecho. Albert siempre había querido intervenir, pero ella no quería crear problemas y le había pedido que no intercediera. Porque ni siquiera Elroy, que a veces no aprobaba sus alocadas decisiones se atrevería a humillarla así. Pondría en su lugar a Alice, pero no era el momento, tampoco iba a montar un espectáculo. Sonrió con suficiencia dando una explicación a los invitados, o no invitados, no sabía si habían llegado sin aviso.
-Lamento que me encuentren en estas fachas señores, pero hacia una tarde tan linda, que decidí salir a tomar el sol al jardín. Y, bueno, me encuentro más cómoda así estando en casa. – Claro, tampoco era tonta como para decirles que había estado trepando árboles –. Pero si me disculpan unos momentos me pondré presentable.
-No es necesario, señora Andrew. Debo confesar que siempre he pensado que cada quien es libre de ponerse lo que le venga en gana en la intimidad de su casa – habló uno de ellos -, además nosotros hemos venido sin avisar, William no nos esperaba. Solo tomaremos un momento de su tiempo.
Ethan solo miraba divertido el intercambio. Albert se disculpó y salió con los otros hacia su despacho, entre más rápido terminara con ellos, más pronto podría hablar con Candy y averiguar si el cambio que había percibido en ella era verdadero.
-Muy bien Alice, creo que es tiempo de que regreses a tu país. No quiero que vuelvas a mi casa.
Todos se miraron sorprendidos, Candy estaba de pie, viéndose tal vez un poco ridícula con su vestimenta en medio de la sala de la mansión Andrew llena de lujos, pero estaba serena y firme enfrentándose a la mujer que le hiciera la vida de cuadritos los pasados meses. Alice no podía creer lo que oía. Dirigió su mirada a Elroy, que también estaba asombrada, esperando que pusiera en su lugar a Candy. Ethan se puso de pie, notando que era momento de darles privacidad.
-Si me disculpan señoras, saldré un momento a…al jardín a admirar las estrellas. – Candy asintió mientras él salía.
Después, vio como la tía se ponía de pie y se acercaba a ella. Y de pronto pensó que tal vez Elroy no estaría de acuerdo con ella, si pasaba eso, ¿podría también pedirle que se alejara de ellos? Porque ya no permitiría que nadie le dijera cómo dirigir su vida y su matrimonio...
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*Marcel Grateau creó el ondulado permanente en 1872. Apodado 'Le Roi' (El Rey) por sus colegas de profesión y sus múltiples clientas, el peluquero francés Marcel Grateau se hizo famoso a finales del siglo XIX por inventar los hierros o tenacillas que bautizó con su nombre. Marcel patentó su revolucionario invento en 1882, cuando contaba 30 años de edad, conquistando rápidamente el mercado de la peluquería en Francia, primero, y Europa después. De hecho, sus célebres tenacillas se siguieron utilizando durante décadas con pocas variaciones, demostrando lo acertado de su idea.
Las 'Ondas Marcel' empezaron a llevarse durante la Belle Époque, a caballo entre los siglos XIX y XX en Francia, y siguieron marcando el mundo de la moda durante cinco décadas.
El señor Grateau se convirtió en un personaje amado y odiado a partes iguales dentro de la peluquería, concitando numerosos celos y críticas en torno a su figura. Sin embargo, una vez ya retirado en Normandía, París le sigue recordando como "el más genial artista de la peluquería" de la época, refiriéndose a él como el "Ángel de la Ondulación". De hecho, con motivo de su 70º aniversario, en 1922, Marcel vuelve a la capital para recibir un multitudinario homenaje que se celebra con gran pompa en el mítico Luna Park. Por aquel entonces, las 'Ondas Marcel', aún vigentes, seguían marcando el mundo de la modacabello de los Felices Años 20...
Con información de estetica magazine . es
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CONTINUARÁ...
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Jelou, jelouuuu. Ya llegué, un poco tarde pero he andado con mis enfermedades, ya saben. Pero en fin, gracias a Dios por poderme recuperar un poco y terminar el capítulo.
Y bueno, espero que les guste. A ver qué les parece la reacción de Candy ante su situación. No olviden dejarme sus reviews y si llegamos a los 300 reviews subo otro capitulo y puéque hasta otra historia...Hmmm, bueno, la historia solo si llegamos a los 310 reviews, jejejeje.
Saludos a todas y espero que se encuentren con bien, junto a sus familias. No se olviden que estos tiempos tan difíciles podemos afrontarlos con optimismo y cuidándonos mucho.
Hasta la próxima y un abrazo del tamaño de Texas...
