La voz de mi corazón

Capítulo 21

Por Lu de Andrew

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"Arreglando las cosas"

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—Es maravilloso estar aquí nuevamente. El aire huele tan bien.

Candy descansaba entre los brazos de Albert, debajo del padre árbol. Se hallaban descalzos, llevaban ropa cómoda, y se sentaban sobre la hierba fresca. Habían salido a primera hora de la mansión hacia el hogar de Pony. Cuando llegaron hubo mucho alboroto, por todo lo sucedido los pasados meses. Entre risas, regaños y abrazos, la hermana María y la señorita Pony los recibieron y consintieron con un abundante almuerzo.

Después, Candy se entretuvo platicando con la señorita Pony, mientras Albert visitaba a Tom en su rancho. Quisieron disfrutar un poco de su día sin sentir el peso de responsabilidad alguna. Por lo tanto, Candy no había visto a Elisa, y esta se había mantenido en su habitación y cumpliendo con sus deberes, evidentemente esquivando a los recién llegados, que ya no eran muchos al cumplir veintiocho semanas de embarazo.

El doctor Martin, aunque extrañaba "La clínica feliz", disfrutaba de lo lindo estando lejos de la ciudad. Y estaba más que maravillado de estar trabajando con ellos. Y se quedaría, al menos hasta que Elisa diera a luz. Pues, aunque Candy ya era la elegida para ayudarla en su parto, él permanecería ahí mientras la rubia cumplía con sus obligaciones en Chicago.

Tiempo después la señorita Pony, comprendiendo por todo lo que habían pasado, e intuyendo la necesidad de la joven pareja de pasar tiempo a solas, casi les corrió de su presencia. Así se encontraron paseando, visitando los alrededores, para terminar al pie del árbol.

Ambos se sentían demasiado cansados para hacer otra cosa. Disfrutaron del atardecer y de la tranquilidad del paisaje. Cuando Candy sintió que ya no podía más, le pidió a Albert que fueran a su habitación a descansar, y a dormir. Él, a pesar de las protestas de ella, la llevó en brazos todo el camino, entre risas y besos robados llegaron y cayeron rendidos en los brazos de Morfeo. Era lo más normal pues, las pasadas noches no habían dormido bien.

Con los rayos de sol dándole directamente a los ojos, Albert los fue abriendo poco a poco. Su mirada azul se clavó en la mujer rubia que descansaba tranquilamente sobre su pecho. Candy se veía hermosa con sus rizos revueltos y esparcidos sobre él, gracias al sol, se veían como oro líquido. Suspiró satisfecho, a pesar de que inicialmente se habían dormido de inmediato, el apetito los había despertado, llevándoles inmediatamente a la cocina. Dado que era media noche, solo se habían preparado unos sándwiches e inmediatamente regresaron a la habitación, y después de eso, ya no durmieron mucho…

Se incorporó con lentitud pues no quería despertarla. Se dio cuenta que ya eran las nueve de la mañana, demasiado tarde para el horario al que estaba acostumbrado, pero algo normal después de la noche pasada con su esposa. Se duchó, y al terminar, Candy seguía dormida. Le dio un beso en la frente, le dejó una nota para recordarle lo que haría, y salió para el rancho de Tom, le había prometido ayudarlo a colocar alambrada en los límites de sus tierras.

Cuando Candy despertó, leyó la nota de Albert, se duchó, desayunó sola pues el desayuno se servía a las ocho y se dispuso a ver a Elisa.

—Señorita Pony, ¿cómo ha visto Elisa en este tiempo? —le preguntó una vez que terminó su desayuno. Quería ver qué terreno pisaba con la pelirroja. Si por fin se estaba acostumbrando a su vida en el hogar, y lo más importante, si le había hablado del futuro de su hijo.

—Está más tranquila, Candy. Desde que casi pierde a su bebé la veo más… ubicada, se ha adaptado más a su vida aquí. Sin embargo, no consideré apropiado que siguiera haciendo las mismas labores de antes. La pedí que fungiera como recepcionista de las oficinas, al principio le costó aprender, con el paso de las semanas, lo ha estado haciendo mejor. La semana pasada hablé con ella y me dijo que en realidad se sentía a gusto haciendo ese trabajo. En cuanto a sus pensamientos respecto al bebé…lamentablemente no ha dicho una sola palabra.

—¿Cree que siga pensando en darlo en adopción?

—Quisiera creer que no, hija, pero siento mucho decirte que es lo más probable. ¿Siguen pensando el señor Andrew y tú, adoptarlo?

—Ni siquiera lo hemos hablado. En realidad, solo lo dijimos para ver si la hacíamos reaccionar. Pero ahora…no sé. Difícilmente Albert estará de acuerdo en que el bebé, siendo de la familia sea dado en adopción.

—Y es lógico, Candy. ¿Por qué no hablas con ella y finalmente dejas de especular? Creo, además, que ya es tiempo debido al poco tiempo que le queda para dar a luz. En tanto, si deciden darlo en adopción, necesitamos empezar a organizar el papeleo.

—Creo que tiene razón —suspiró derrotada —. No tiene caso que siga retrasando lo inevitable. Iré a verla —se levantó apesadumbrada —. ¿Está en la oficina?

—Sí.

Meditando arduamente en la confrontación que tendría con Elisa, se dirigió al lugar donde la encontraría.

—Hola Elisa — La chica dejó los archivos que estaba guardando y se dio la vuelta para verla de frente. Fue un poco impactante verla en su avanzado estado de gravidez.

—Hola —Por fin respondió.

—¿Cómo estás?

—Más embarazada.

—Eso veo. ¿Estás lista para que te ausculte? — Elisa la miró como si quisiera decirle algo, pero solo asintió.

Fueron hasta la enfermería y Candy la revisó exhaustivamente. Afortunadamente todo iba bien. Le hizo preguntas pertinentes, si había tenido algún síntoma extraño que indicara problemas o incluso preeclampsia. Afortunadamente, todo estaba bien.

—Creí que ya no vendrías —comentó Elisa mientras Candy doblaba la manta que había utilizado —. Pero me alegro que lo hayas hecho —dijo tímidamente —, el doctor Martin es bueno, solo que me avergüenzo cuando tiene que revisarme.

—No te preocupes, Elisa, procuraré ya no faltar para tus consultas mensuales…aunque solo quedan un par de meses para que des a luz.

—Sí.

—Por cierto, ¿has pensado lo que va a pasar una vez que nazca el bebé?

El silencio reinó, mientras esperaba una respuesta. Elisa miraba fijamente al suelo. Candy se acercó hasta ella y le puso una mano sobre su hombro. Cuando la chica levantó la vista, Candy solo vio una infinita tristeza, era la primera vez que percibía una especie de vulnerabilidad en ella. Incluso, su manera de hablarle había cambiado.

—No lo sé. En realidad, no lo he pensado.

—Bueno, el momento ha pasado — dijo entre dientes Candy cuando escuchó el tono de voz que Elisa utilizó al responderle. La chica triste y vulnerable dio paso a la Elisa de siempre —. Elisa, es importante que tomes una decisión. Si decides darlo o darla en adopción, la señorita Pony necesita empezar con el papeleo necesario, incluso podría buscar a algunas parejas que…

—¿Por qué tienes que presionarme desde ahora?

—No te queremos presionar. Solo queremos asegurarnos de que haya tiempo suficiente para una buena adopción —al notar la indecisión que presentaba, le dio unos minutos para asimilar la información —. Aunque existe otra posibilidad — le dijo Candy después de pasado el tiempo.

—¿Cuál es?

—A que…Albert y yo estemos dispuestos a adoptar a tu hijo.

Al parecer la noticia le cayó como bomba, pues su expresión se tornó adusta e iracunda.

—¡¿Qué?! ¡¿Cómo se atreven?! ¡¿Se quieren quedar con mi hijo?! —gritó enojada.

—No nos queremos quedar con nadie. Es más, ni siquiera lo habíamos pensado. Pero comprende la situación, si decides darlo en adopción, ¿preferirías que criara a tu hijo alguien desconocido?

—Solo sé que ustedes quieren aprovechar la oportunidad para quedarse con mi hijo. ¿Acaso como perdiste al tuyo, te da derecho de decidir acerca del mío? —Candy sintió un golpe en el estómago. Elisa había dejado de gritar, pero sus palabras estaban llenas de rencor, lo que contradecía el dolor reflejado en sus ojos. Por primera vez, Candy no supo qué responder, pues Elisa había dado exactamente en su punto débil.

Sin embargo, no hubo ya tiempo de nada. Elisa salió corriendo sofocando su llanto. Candy se quedó de pie, en medio de la habitación sin saber qué pensar. Era verdad, Albert y ella no habían hablado del asunto de la adopción porque habían tenido cosas más importantes en qué pensar. Pero dado el caso, dudaba mucho que Albert se quedara tan tranquilo viendo cómo alguien de la familia era entregado y criado por alguien más.

—¿Qué pasó? Vi a Elisa que salía corriendo de aquí, ¿hay algo malo con el bebé? — Tom había entrado como remolino preocupado por la pelirroja.

Candy platicó a grandes rasgos lo sucedido y el chico salió para tratar de hablar con Elisa. Acompañó a Candy hasta donde estaba Albert, preparando todo para un juego de béisbol. No quiso dejarla sola porque la vio un poco descompuesta. Cuando Candy llegó hasta él, Albert dejó lo que estaba haciendo, la abrazó y levantándole el mentón. Tom alejándose poco a poco, vio como ella le empezó a decir lo que había pasado. Albert buscó a alguien con la mirada, seguramente a Elisa, hizo intento de caminar, pero ella volvió a abrazarlo y él comenzó a frotarle la espalda. Ese fue el momento que escogió Tom para ir en busca de la chica que tantos quebraderos de cabeza le había causado en los últimos meses.

La encontró en la parte trasera del cultivo de verduras. Estaba sollozando entrecortadamente recargada en una valla de madera. Se quedó a lado de ella, esperando que se tranquilizara un poco. Ella lo sorprendió abrazándole por la cintura.

—No debiste decirle eso a Candy —le reprochó Tom, devolviéndole el abrazo.

—Lo sé —admitió ella, para sorpresa del chico.

—Entonces, ¿por qué te comportaste así con ella.

—Tal vez fue la costumbre —se separó de él. Queriendo mostrar indiferencia, se encogió de hombros, pero falló miserablemente —. O simplemente fue por el hecho de saber que tiene razón. No sé qué hacer con la adopción. Hay veces que quiero quedarme con mi hijo. Hay veces que deseo darlo en adopción, pero…cuando pienso en que William y Candy puedan adoptarle, criarle como su hijo, saberlo cerca de mí… no creo que pueda soportarlo. Y con Candy haciendo esos comentarios, solo sentí que me estaba presionando.

—No te quería presionar. Ahora que trabajas en el área administrativa, debes haberte dado cuenta lo que tarda el hacer el papeleo necesario para las adopciones. En este caso, tu caso, la señorita Pony quiere asegurarse de que las parejas interesadas cumplan las condiciones necesarias y que sean buenas familias. El tiempo es oro, Elisa, y creo que, con siete meses de embarazo, ya debiste de haber pensado en el futuro del bebé.

La mirada que le dio estaba llena de reproche. Elisa se dio cuenta que hacía varios meses no la veía de esa manera. Con el transcurso de las pasadas semanas, la actitud de Tom hacia ella, había cambiado exponencialmente. Y le sorprendió darse cuenta que disfrutaba y anhelaba ese trato de su parte. Se quedaron en silencio, por unos minutos, viendo como jugaban varios niños a su alrededor. El pequeño Johnny estaba entre ellos, corriendo y sonriendo animadamente. Se detuvo de pronto y al verla, le sonrió alegre, saludándola con la mano. Ella se llevó las manos instintivamente al vientre, acunando a su bebé. Le regresó el saludo al pequeño y se volvió hacia Tom.

—Quiero quedarme con él, o con ella —esa aseveración, causó asombró en él, pero más en ella, no pensó nunca exteriorizar sus pensamientos más profundos.

—Te creo —dijo él —. ¿Pero ya te pusiste a pensar en lo que pasará si lo haces? Si te quedas con el bebé, sabes que no podrás regresar a tu vida normal. Tal vez tus padres no te vuelvan a aceptar en su casa, vas a ser la comidilla de la sociedad, te verás excluida de la vida a la que estás acostumbrada. Si algún día llegas a casarte, ¿qué pasará si tu esposo no quiere criarlo como suyo? ¿Si te condiciona que le abandones si deseas casarte con él? O, si tienen más hijos, ¿qué sucederá con el tuyo?

—Nadie querrá casarse conmigo, en dado caso —contestó con cierta amargura y la mirada fija en el suelo. Tom le tomó el rostro con ambas manos y levantó su mirada.

—Es imposible que alguien no desee casarse contigo — aseveró mirándola directo a los ojos —. Eres una mujer hermosa y, a pesar de que tu carácter es un poco extraño, eres admirable.

—No digas esas cosas —dijo ella con lágrimas en los ojos —. Sé cómo soy, mi carácter no es raro, es voluble, digo cosas sin pensar, cosas hirientes, cosas que me hacen sentir mejor cuando me siento acorralada. Soy egoísta. Estoy acostumbrada a una vida llena de lujos, de caprichos, de despilfarros, siempre he sabido como manipular a mis padres, y a salirme con la mía. No soy admirable, soy todo lo contrario —el llanto se derramaba por su rostro, y Tom la abrazó para consolarla.

—No demostraste ser egoísta al decidir tener al bebé. Era tan fácil hacer caso a tu madre, deshacerte de él y seguir como si nada. Pudiste seguir con esa vida que me acabas de describir, y no lo hiciste. Preferiste venir a este lugar al que, seguramente odiabas con el alma, y aprender a hacer cosas que en tu vida pensaste en realizar. Lo has aprendido y lo has hecho muy bien, has cambiado para bien Elisa, eres una mujer fuerte, y si decides quedarte con tu hijo, serás una excelente madre. Y estoy seguro que algún día serás una maravillosa esposa.

Se lo dijo cerca del oído, cuando escuchó lo último, lo vio directamente a los ojos. Ahora la veía con ternura y algo que Elisa no supo descifrar. Él observó detenidamente sus ojos, su rostro, se detuvo unos instantes en su boca. Ella lo miró anhelante, deseó que bajara su boca hasta la de ella y la besara. Pero no lo hizo, la dejó y se hizo hacia atrás, dejándola con frío en su corazón.

—Si deseas conservar a tu hijo, debes pedirle ayuda a Albert y Candy. Ellos no solo te apoyarán, sino que te ayudarán a encontrar la manera en que puedan vivir desahogadamente. Pero antes debes pensar con detenimiento en todo lo que te dije.

—Tal vez deseé quedarme aquí…si alguien me lo pidiera —dijo ella sintiéndose atrevida y esperanzada. Si Tom le pidiera que se quedara, ella lo haría sin importar nada. Él era el hombre que se había apoderado de su corazón, sin que se diera cuenta. Y ahí, al abrazarla y consolarla, deseó que lo hiciera siempre. Deseó ser alguien diferente, una mujer digna de él, pero su egoísmo le impelía a quererlo para ella. Lo que sentía por él, no se comparaba con lo que había sentido por el padre de su hijo. Ahora sabía lo que era amar a un hombre de verdad. Con tan solo una palabra de él y ella se quedaría sin dudarlo. Aunque solo le pidiera quedarse en el hogar de Pony. Pero el silencio de él, fue un mal augurio.

—Si quieres, puedo hablar con la señorita Pony para que te permita seguir trabajando aquí. Pero no creo que este sea tu elemento, te aconsejo que regreses con Candy, acércate a ella, y todo estará mejor para ti.

—Tienes razón —dijo ella dándole la espalda y tragándose el dolor que sintió al escucharlo —. Será mejor que hable con Candy.

Sin decir nada más, se fue en busca de Candy. Su primer impulso había sido decirle lo que sentía por él, pero se había prometido que nunca más le rogaría a un hombre.

Tom observó como ella se alejaba. Le dolió el corazón alejarla de él. Pero no quería volver a sufrir y sentirse vulnerable. Elisa le había dado varios indicios de que podría corresponder sus sentimientos, pero sabía de dónde provenía y, también sabía que la vida a su lado al principio sería una novedad, pero terminaría por aburrirse y lo dejaría para volver a la ciudad. Y no, no volvería a cometer el mismo error dos veces. Se alejó pensando que ya era tiempo de hacer el viaje que llevaba tiempo posponiendo, no quería estar más cerca de ella.

Elisa llegó hasta donde Candy estaba sentada sobre la hierba, viendo cómo continuaban jugando Albert y los demás niños. Al parecer ella había jugado también, pues tenía puestos unos pantalones e iba descalza, sus mejillas estaban arreboladas y se veía feliz. Candy notó su presencia, y se puso de pie.

—Elisa, ¿no te sentiste mal después del coraje que hiciste hace unas horas? —le preguntó Candy con evidente preocupación. Elisa resopló meneando la cabeza.

—¿Cómo le haces para no guardar rencor? Si yo fuera tú, en estos momentos estaría planeando qué decirte para vengarme de ti, y, ¿tu solamente me preguntas si estoy bien? — Candy no supo qué contestarle —. En fin…estoy bien, gracias, no me sentí mal. Al menos físicamente, moralmente, emocionalmente…me siento terrible. Yo…bueno…siento mucho lo que te dije antes. No quise decirte todo eso, es decir, sí quise decirlo, pues lo hice. Lo que quiero decir es que no lo sentí, bueno, sí lo siento, pero no hablo de ese sentimiento…en fin, lo que te quiero decir es que me disculpes.

—Elisa —Candy la tomó de las manos para tranquilizarla —. Lo entiendo completamente, y no hay nada que disculpar.

—Nunca quise sacar el tema de…de tu bebé, pero como siempre, hablo sin pensar. Genio y figura, ¿eh?

—No te voy a negar que me dolió lo que dijiste, pero Albert ya me hizo ver que, en ocasiones decimos cosas sin pensar y en tu caso era lógico que reaccionaras así. No es fácil la decisión que debes tomar, y te presioné demasiado.

—¿Albert te dijo eso de mí? Creí que me odiaba.

—Albert no puede odiar a nadie, y por supuesto que a ti no te odia. Solo le desespera un poco tu actitud.

—¿Un poco? Yo diría que, "un mucho". — Candy sonrió y ambas se sumieron en un profundo silencio solo viendo, sin ver, el juego de béisbol a lo lejos.

—Ya sé lo quiero —dijo Elisa después de un rato —, solo que también sé que no tendré el apoyo de mi familia.

—¿Qué has decidido? —preguntó Candy tentativamente imaginándose lo que diría.

—…Quiero quedarme con mi hijo. A pesar de lo que te dije, y aunque no lo creas, le he pensado detenidamente estos meses, y no quiero darlo en adopción. Solo que no me preguntes qué más pienso hacer, porque eso es lo único que sé en estos momentos.

—Ya veo. ¡Es una excelente noticia, Elisa!

—Pero, ¿qué va a pasar conmigo? Mis padres no me van a aceptar, no tengo donde vivir, o de qué vivir. Y, por otro lado, la tía abuela no me va a aceptar.

—Si estás decidida, no te preocupes por eso. Albert y yo te apoyaremos en lo necesario. Hablaré con él, y te consultaremos algunas opciones que podrás tener. En cuanto a la tía abuela, últimamente se ha suavizado en lo que a ti respecta. Fue ella la que me pidió que viniera a verte, porque se preocupó después de la llamada que le hiciste.

—Pero le va a dar el patatús cuando se entere lo que voy a hacer.

—¿El patatús?

—Es una palabra que he aprendido aquí. Y conociendo a Elroy Andrew, eso exactamente es lo que le pasa.

—Bueno, prepararemos a tía Elroy para que al darle la noticia no le dé el patatús. Por otro lado, quiero que te sientas tranquila, cuentas con nosotros para todo. — Elisa comenzó a llorar y Candy la abrazó calmándola.

—¿Albert de verdad querrá ayudarme? ¿No tienes que preguntarle primero?

—Bueno, evidentemente debo consultarlo con él, pero estoy segura que dirá lo mismo que yo.

—Gracias, Candy —dijo Elisa claramente conmovida. Se limpió las lágrimas, y por primera vez en toda su vida no se sintió sola —. ¿Sabes una cosa? Eres demasiado afortunada al tener a alguien como William en tu vida, aunque estoy segura de que ya lo sabes…

Y Candy le dio la razón.

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Más tarde, Albert y Candy se despedían de todos prometiendo regresar a fin de mes para el chequeo de Elisa y llevarles algunos regalos a los niños del hogar. Candy le prometió a Elisa que pronto tendría noticias de ella y de Albert. Ella, contra toda lógica, abrazó fuertemente a Candy y le sonrió afectuosamente a su esposo. Albert seguía anonadado aun después de tomar el tren de regreso.

—No puedo creer que Elisa me haya sonreído de esa manera — le dijo a Candy mientras le abrazaba, y besaba en tiernamente en la cabeza. Candy se arrebujó contra él, con una sonrisa en los labios —. Creí que nos iba a hacer algo, hasta me puse a orar en silencio.

—¡Albert! No seas malo, creo que la maternidad le ha hecho cambiar drásticamente. Por cierto, hay algo de lo que debemos hablar.

—¿Qué pasa?

—Elisa desea quedarse con su bebé. Le dije que nosotros le ayudaríamos, sabes bien que su familia no la recibirá en ese caso. Sé que no lo platiqué antes contigo, amor, pero, sí la vamos a ayudar; ¿verdad?

Albert la observó detenidamente. No le agradaba que Elisa de pronto entrara en sus vidas, Candy podía decir que ella había cambiado, pero él no confiaba tanto en eso. En todo caso, lo único que quería era que nada le causara una desilusión a su esposa.

—Sabes que haré cualquier cosa que me pidas. Pero si Elisa de pronto empieza a comportarse como antes contigo, no me tentaré el corazón para…

—Estoy segura que no pasará nada —Lo interrumpió ella, besándole fugazmente —. En todo caso, tenemos que pensar en lo que más le conviene a ella. Si vivir por un tiempo con nosotros, o tal vez, instalarla en otra casa.

—No. ¿Darle una casa para ella sola, para que haga y deshaga, dándole servidumbre y tratarla como niña rica? Es cierto que le daremos nuestro apoyo, cielo, pero ella tiene que afrontar las consecuencias de sus actos. Te recuerdo que el dinero que se empleó para darle por su chantaje al padre de su hijo salió de su fideicomiso, así que no tiene para gastar a manos llenas.

—Entonces, ¿crees necesario que viva con nosotros?

—La mansión es enorme, no creo que haya algún problema. Estaba pensando en que tal vez puedas emplearla en la clínica, una vez que el niño o la niña, se pueda quedar con una niñera.

—O, tal vez, yo pueda cuidarlo.

—Sí —contestó Albert no muy convencido —. Y hay que decirle a tía Elroy, no sé cómo va a reaccionar.

Candy le dio la razón. Sabía que Albert no estaba muy convencido de llevar a Elisa a sus vidas, ella tampoco lo estaba. Pero ambos le darían la oportunidad que necesitaba. Si al final regresaba su antiguo yo, al menos ellos ya habrían hecho lo suficiente por ella.

OoOoOoO

Contarle a Elroy lo que sucedería con Elisa, no fue como ambos esperaban. Inesperadamente ella, con lágrimas en los ojos les agradeció lo que estaban haciendo por su sobrina. E incluso propuso una idea que les convenía a todos. Con todo el pragmatismo que le caracterizaba, llamó por teléfono al hogar de Pony para decirle que vivirían con Candy y Albert durante una temporada, mientras se remodelaba una habitación para ella y su hijo, en la mansión donde ella vivía. Ahora ya tenía el pretexto para agilizar la salida de Alice de su casa que, al parecer, no tenía para cuando marcharse. De esa forma, Elisa viviría con ella y no con los Andrew.

Mucho más tarde, en la intimidad de su habitación, Albert y Candy por fin disfrutaban de tranquilidad. Ella estaba exhausta del largo viaje, y descansaba en la cama leyendo un libro de medicina, en realidad solo utilizaba para quedarse dormida, lo único que deseaba en ese momento era a su marido, pero no quería que Albert pensara que estaba loca o algo por el estilo. Se preguntaba cómo había podido permanecer tanto tiempo lejos de él. Lejos de sus brazos, de sus caricias, del placer de estar con él. Se dio cuenta que había dejado de leer, cerró el libro y lo dejó en el buró. En eso salió Albert del cuarto de baño, solo llevaba puesto el pantalón del pijama, le sonrió y se acercó a ella para darle un beso suave, cálido, apasionado.

Bueno, al parecer Albert sentía lo mismo que ella, porque se lo demostró la mayor parte de la noche.

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Hasta ese momento, Candy se dio cuenta que no había disfrutado libre y abiertamente de su matrimonio. A la mañana siguiente, sedujo, sí, sedujo a su marido y lo convenció para que se quedara con ella y se tomara el día libre. Algo que Albert aceptó sin hacerse del rogar. Y ahora estaba a punto de llegar a su oficina para llevárselo a comer. Nunca se había aparecido ahí, incluso cuando Albert le había dado carta blanca para que fuera a visitarlo. Solo que nunca lo había hecho, no contaba con el tiempo necesario. Ahora sabía que algún día tendría que regresar a la práctica médica, pero por el momento no veía la necesidad.

Cuando el ascensor llegó al último piso estaba un poco nerviosa. ¿Y si se encontraba muy ocupado y ella solo lo interrumpía?

Solo que no hubo necesidad de seguir preguntándose cosas porque la secretaría de Albert al verla, inmediatamente corrió a su encuentro.

—¡Señora Andrew! —dijo con cierto asombro —. Pase por favor, no se quede de pie en ese lugar. —La tomó del brazo cuando la vio que no se movía de la puerta del ascensor —. Inmediatamente le aviso al señor que está usted aquí, creo que tal vez su presencia sea de un poco de ayuda al señor Johnson.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Candy muy extrañada. Le caía bien la secretaria de Albert, a quien había conocido un poco antes de casarse. Era una mujer joven, casada y con tres hijos pequeños.

—El señor no está muy contento con los planos que le presentaron esta mañana. Ha estado un poco…exaltado, el señor Johnson ha estado tratando de calmarlo, pero al parecer los errores de los ingenieros, han atrasado el proyecto en el que están trabajando.

—Comprendo —dijo Candy, aunque no comprendía del todo. Nunca había visto a Albert enojado, o al menos tan enojado como para causar temor en sus trabajadores —. ¿Y crees que sea conveniente que yo lo interrumpa?

—Señora, créame, su presencia lo tranquilizará.

—Muy bien, pero entonces no le digas que estoy aquí.

Asintiendo la joven la acompañó hasta la entrada de la oficina. Cuando entraron, Candy fue testigo del mal humor de su esposo.

—¡No, George! Sabes bien que estos errores retrasaron la fabricación, mínimo seis meses. Eso es un lujo que no podemos darnos.

—Pero, William…

—No, ya te dije que…

—Señor, tiene una visita.

—¡Pearl, ya te dije que no quería interrupciones!

—Entonces, ¿mejor me voy? —preguntó Candy tentativamente.

Al escuchar la voz de Candy, Albert la miró con asombro desde la mesa donde revisaba los planos. Su expresión y actitud cambió completamente y caminó hasta ella casi corriendo. Le dio un beso en los labios y sonrió ampliamente.

—¿A qué se debe esta agradable sorpresa?

—Eh… —Candy pestañeó incrédula ante el cambio de actitud tan abrupto de su esposo.

—¿Candy?

—Bueno, pues, vine a invitarte a comer. Pero si estás muy ocupado, nos vemos en la casa.

—No, creo que necesito salir de aquí. ¿No es así George? —Candy que no tenía ojos para nadie más que su esposo, se sintió apenada por su descortesía.

—George, qué alegría me da verte. Disculpa por no saludarte antes.

—No te preocupes, Candy, sé muy bien que cierto hombre de las cavernas ha retenido tu atención. Y por favor, llévatelo a comer porque aquí ya no lo aguantamos.

—No te preocupes, George, que no pienso desaprovechar la oportunidad de comer con mi esposa.

Sin más miramientos la sacó casi a rastras solo dando la oportunidad a Candy de gritar: ¡Adiós! a George y a Pearl. Estos últimos dijeron adiós con la mano en un mar de risas.

—¿Tienes muchos problemas en la oficina? —preguntó Candy a Albert una vez que estaban comiendo en el restaurant al que lo llevó la rubia.

—No tantos. En realidad, lo que pasó fue que los ingenieros calcularon mal algunas medidas de los fuselajes de los aviones que estamos construyendo. Eso puede ser un gran problema si no se arregla de inmediato. Me exalté porque nos urge comenzar a construirlos, en 1919 fue el primer vuelo internacional de Londres a París con un solo pasajero. Nosotros queremos adelantarnos y crear una compañía aérea que se adelante a la competencia.

Candy escuchaba con embeleso a su esposo. Le encantaba que le explicara las cosas de su trabajo, aunque ella no comprendiera del todo. Pero amaba el hecho que no la tratara con condescendencia o como una ignorante.

—¿William? ¿Candy? —Una voz conocida los interrumpió.

—¡Hilary!

Candy se puso de pie, para abrazar a su amiga que hacía mucho que no veía. Hilary iba acompañada de un joven que se veía apocado, aunque no era del todo feo, no veía qué le había visto su amiga, pensó Candy. Tal vez solo la hacía reír, pues recordaba que buena persona no era. Hilary se separó de Candy y saludó a Albert como siempre. E hizo las presentaciones necesarias. Albert procuraba no dejarse llevar por lo que los demás decían de ciertas personas, en el caso del novio de Hilary, Candy le había hablado de él, pero no quiso hacerse ninguna idea. Ahora, al conocerlo en persona, pensaba que su esposa podría no estar tan equivocada. El joven se veía un poco antipático.

—Por favor, acompáñennos a comer —suplicó Candy a su amiga.

—No queremos interrumpirlos, señora Andrew —contestó el novio de su amiga.

—No hay ningún problema, señor Walsh. Por favor únanse a nosotros, ayúdeme a cumplir un capricho de mi esposa —dijo Albert siendo cordial.

—Por favor. No sé si le ha comentado Hilary, pero, hace mucho que no nos veíamos así que, por favor, acepten.

—Por supuesto que sí, Candy —contestó Hilary un poco incómoda al ver que Víctor no quería comer con los Andrew. Esperó a que Víctor le ayudara con la silla y se sentó, comenzando a platicar con el matrimonio inmediatamente, sin tomar en cuenta a su novio.

—Y, ¿para cuándo es la boda? —preguntó Candy finalmente.

—Dentro de un mes —contestó Víctor.

—Pues felicidades — dijo Albert más por compromiso que de cualquier otra cosa.

—Pero es muy pronto —comentó Candy —. Usualmente preparar una boda tarda meses, ¿quién es tu organizadora de bodas?

—En realidad, la están preparando mi mamá y mis hermanas —contestó nuevamente Víctor. Candy sintió deseos de contestarle que con estaba platicando era con Hilary, no con él, pero Albert debió anticipar algo, porque le apretó levemente la mano.

—Amor, debo irme. Quiero que esos planos estén listos hoy, y no deseo llegar tarde a casa, así que me cuanto antes termine con esto mejor —dijo Albert a Candy. el sentía la necesidad de su esposa por platicar a solas con su amiga, y con el novio presente no podía hacer gran cosa —. ¿Por qué no aprovechan para platicar y ponerse al corriente? Estoy seguro que el señor Walsh también tiene cosas qué hacer.

—Eh, claro. Sí, te puedes quedar a platicar con la señora.

Se despidieron de ellas dejándolas solas. Gracias a Dios, pensó Candy.

—¿Me puedo quedar? —repitió Hilary, entre asombrada e indignada.

—Hilary…

—Hay veces que siento que me asfixia, Candy.

—¿Y por qué te vas a casar con él? Por lo poco que he visto, toma decisiones por ti, la boda es muy apresurada y, ¿qué es eso de que se casarán en un mes?

—Ya sé que es precipitado, pero, él me ayudó, Candy.

—Algo de eso me platicó Annie, y lo he estado pensando. Sé que no estuve a tu lado cuando más lo necesitabas, que me aísle, y si yo hubiera estado cerca…

—No, Candy. Tu no tuviste la culpa de nada, atravesaste por una situación muy difícil. Sí te necesité, pero como amiga, para contarte lo que me pasaba.

—Siento no haber estado para ti.

—Pero ahora lo estás. Y te puedo platicar todo lo que ha pasado.

—Ya me hago una idea. Así que no perdamos tiempo, ahora tienes que escucharme. Sé que ese hombre te ayudó al pagar hasta el último centavo, y por eso decidiste casarte con él. ¿Voy bien?

—Sí.

—¿Y si le devuelves el dinero?

—Candy no tengo esa cantidad.

—Pero nosotros sí.

—¿Cómo?

—Albert y yo podríamos…prestarte ese dinero.

—Candy, te lo agradezco, pero, no tendría cómo pagarles. Y no me digas que no me preocupe por eso, porque sabes que me daría mucha pena con William y contigo, sentiría que me estoy aprovechando de que son mis amigos.

—Muy bien. Como sabía que me dirías eso, pensé también que podrías pagarnos, trabajando en el hogar de Pony. Muy pronto Elisa dará a luz y la señorita Pony necesita a alguien para que le lleve todo el papeleo de la oficina. Ella ya está muy viejita y, acá entre nos, la hermana María nunca ha tenido cabeza para encargarse de eso.

Hilary la miró detenidamente. La verdad era que Víctor no le había pedido nada a cambio del dinero, ella había tomado la decisión de hacerlo para ver si así se sacaba del corazón a Ethan Campbell. Quería que dejaran de dolerle las noticias que leía en las páginas de sociales, donde se hablaba de sus conquistas amorosas. Por eso había soportado todo, pero la familia de Víctor ya la estaba exasperando. ¿Podría casarse con él, sin amarlo?

—Mira Hilary, no me digas nada ahora. Piénsalo y me das tu respuesta el próximo sábado.

—¿Y por qué el sábado?

—Porque daré una cena por el regreso de Archie. Llegará el viernes por la noche, y solo estará un par de días. Le cena será íntima, solo amigos. Puedes venir con tu novio. Pero no olvides decirme la resolución a la que llegaste. Y por ahora, olvidemos el tema, y pidamos un postre que aquí los hacen deliciosos.

Candy esperaba que su amiga pensara bien las cosas. Albert y ella habían platicado muy largamente y estaban dispuestos a darle el dinero sin cobrarle nada. Así que deseaba que aceptara su propuesta, ella sabía que no sería feliz con ese hombre. Y si las cosas salían como lo había planeado, Hilary arreglaría sus asuntos el sábado por la noche...

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CONTINUARÁ...

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Holis, holis. Como pueden ver, ya las cosas entre los rubios van mejorando, lo que indica que el fic, ya está llegando a su fin. Solo queda atar los cabos sueltos y, ¡la grande fina! Solo que aun no sé cuántos faltan.

Gracias por la espera y no olviden decirme qué les pareció.

Gracias a todas.

Nos seguimos leyendo!

Hasta la próxima!