Descarga de responsabilidades: Haikyuu!, no me pertenece a mí -obvio-. Le pertenece a la gente que lo hace (?

Advertencia: Es Yaoi. No mariqueen que no se los advertí. +18. No beteado.

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Las mil plumas del cuervo

St. Yukiona

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21.- Petricor.

Petricor es el nombre que se le da al olor que la lluvia desprendía. Un olor que todo lo adquiría pero no perduraba, y que gracias a un elemento externo acababa por convertirse en algo desagradable por ejemplo cuando la ropa se mojaba y no se ponía a secar, o cuando el agua se quedaba estancada. De algo que retornaba a las nostalgias –porque el petricor siempre lograba causar ese efecto en las personas—podía volverse en un aroma pestilente. Hinata se había acostumbrado al aroma del petricor y había olvidado cómo es que era pues en Los Ángeles muy pocas veces llovía y el asfalto tenía un aroma bastante peculiar debido al humo del escape de los autos que siempre congestionaban la ciudad. Su nariz parecía anciosa en recordar cuál era ese peculiar aroma del petricor. Y para su sorpresa, cuando aterrizaron Japón estaba envuelto en petricor y agua. Un vuelo de más de veinte horas que creyó no volvería a recorrer en mucho tiempo, ahora tan solo dos años más tardes de haberse despedido de los nari y los kikkoman, regresaba portando colorres que no pertenecían a su cultura.

—Oye Shoyo, sé que eres gay y eso pero… ¿tienes conocidas que sean bonitas? —cuestionó Max acercándose al asiento de Hinata.

El pelirrojo frunció el ceño y le pegó en la frente. Empezaron a reír los que habían escuchado.

Todos parecían ir de un humor estupendo, hacía más de seis meses que no habían tenido un partido en el extranjero, el último había sido en noviembre del año anterior cuando viajaron a Argentina para jugar contra la selección de una de las universidades, y ahora tenían una especie de tour de tres países, doce juegos en total, cuatro oficiales en cada lugar que sería anfitrión. Comprendían que para finales de ese año también recibirían a los equipos que ahora ellos visitarían pero eso aún se estaba organizando. De momento se debían solo de preocupar por los huesos hechos polvos y los músculos entumidos.

Aunque el buen humor era contagioso, él patecía no prestar atención a ello. No obstante, la tormenta en medio de la cual habían llegado le dio un golpetazo de recuerdo. El zumbido de las gotas de agua estrellarse contra las ventanillas del avión, el frío que se percibía en el exterior, las personas abrigadas y el cielo gris atiborrados de nubes. Sonrió inconscientemente cuando en su memoria se dibujó el camino de las montañas cuando debía de moverse desde su casa hasta Miyagi por las mañanas, las curvas que cruzaba antes de divisar Karasuni. Había hecho desarrollado buenas defensas ante los virus gracias a ello, pero también ese recorrido matutino propicio a que las llagas se hicieran más grandes en su garganta cuando el cáncer atacó. Tocó su garganta inconscientemente. Estaba curado, y estaba bien. Pero se sentía extraño regresar a su hogar con la capa de héroe colocado por otro país. Era enemigo en casa y el corazón le dolía por más de un motivo.

—¿Te sientes mejor? —preguntó de pronto a Oikawa que estaba recostado sobre su hombro, usaba un antifaz de gatitos color rosa para bloquear completamente la luz de la cabina que había sido prendida hacía más de 10 minutos. El armador se removía con el cabello aplastado de un lado y revuelto en la nuca, del otro costado lo llevaba desarreglado pero no enredado pues Hinata se había pasado la última hora acariciándolo en pro de que descansara más tiempo.

—Sólo quiero que acabe ésto —gruñó el castaño demostrando su malhumor; la nariz fruncida y los labios hechos un mojin mientras que se retiraba el antifaz del rostro. Unas enormes ojeras que hacían ver sus ojos sumidos en su bonito rostro que ahora llevado hinchado.

—Ya llegamos sólo estamos esperando el permiso para bajar —comentó el menor buscando apretar la mano del mayor. Desde Nueva Delhi, en India, donde habían trasbordado Tooru se sintió mal del estómago, por muy experimentado que fuera en los viajes en avión, uno larga duración no era soportable para su cuerpo y su estómago que en pleno vuelo había decidido hacer un paro de labores y después reanudarlas de forma abrupta ocasionándole una diarrea explosiva y posteriormente vómito. Por un momento el entrenador se preocupó demasiado, pero cuando la azafata con conocimientos médicos de abordo le indicó que era de lo más normal por la cantidad de horas en el avión, estuvo tranquilo. Pero no Hinata que se mantuvo a su lado todo el tiempo. Incluso Hanzel, siendo Hanzel se abstuvo de chirriar cual quinceañera con el ending de la película de Boruto: The Next Generation, donde se aprecía que al final Sasuke se quedó –de alguna manera—en Konoha apoyando a Naruto. Para el americano ese había sido el final de Naruto, se negaba a ver Boruto con las malas críticas que había leído sobre el diseño de personajes y demás.

Las azafatas empezaron a pedir que de manera ordenada se empezaran a alistar pues había llegado el momento de descender del avión. Hinata fue el primero en moverse, sin embargo Max y Pedro bajaron apenas la compuerta se abrió. Jared y Julian fueron los siguientes. Los asistentes que iban platicando emocionados sobre conocer una geisha. Oikawa con ayuda de Hanzel fueron casi de los últimos porque se debatía entre ir otra vez al baño o esperar a estar en tierra firme. Hinata llevaba las mochilas de los tres para que Hanzel sólo se dedicará en sortear el alto cuerpo del otro japonés.

Pasaron por un pasillo que los llevó hasta una zona donde los hicieron sentarse en espera de la última revisión de su equipaje. Las autoridades japonesas eran sumamente estrictas, sobre todo porque hacía dos meses jugadores de basquét de la UCLA habían quedado presos en China por robarse un par de relojes de una tienda de diseñador. El mismo presidente del país, D.T., había tenido que intervenir para que se les dejará en libertad. Y ahora mismo los agentes de migración se aseguraban que todo estuviera en orden y que estos deportistas no traerían nada peligrosos con ellos.

Las conversaciones entre los jugadores del equipo iniciaron y hubo bromas, otros estaban de malhumor y uno que otro repasaba el calendario de juego que tendrían en Japón. De ahí saltarían a Alemania y por último Italia. Los tres países eran potencias en el deporte, no se podía decir que uno era menos que otro, por el contrario hasta que no tuvieran a los jugadores al frente y enfrentándose contra ellos no podrían dar un veredicto. En Alemanía medirían sus capacidades con las fuerzas básicas de la selección oficial del país, cuatro partidos en un rally que duraría dos semanas. En Italia jugarían contra la división junior de cuatro ciudades en las provincias del país y uno más con la liga 19 del país en un partido que sería televizado, y sería el último antes de volver a casa. Sin embargo, en Japón sería donde tendrían más variedad entre sus adversarios pues jugarían contra cuatro oponentes diferentes: Las cuatro universidades imperiales.

Las universidades imperiales en Japón eran sinónimo de ELITE, consideradas dentro de las más prestigiosas del país e incluso a nivel global. Por eso nada de extraño había que como visitantes a partidos amistosos recibieran de forma más o menos regular universidades extranjeras de alto calibre, algo así como la UCLA, que en esos momentos era la más fuerte dentro de la categoría universitaria de la NCAA, en dos meses ya no sería la más fuerte porque justo mientras los Bruins jugaban en el extranjero se llevaría acabo la Championship dela NCAA y saldrían los nuevos campeones a derrotar. Los Bruins tendrían que esperar hasta el campeonato de invierno para coronar algún título de la NCAA, de momento se tendrían que conformar con ganar la mayoría de juegos amistosos en Japón, Alemanía e Italia.

—La universidad de Hokkaido en Sapporo, la universidad de Kyushu en Fukuoka, la universidad de Tokio en Bunkyou y la universidad de Tohoku en Sendai, son las cuatro universidades imperiales, la de Tokio se puede considerar como nuestro mayor problema pues tiene deportista de alto impacto y capacidad, la mayoría de su escuadra se encuentra jugando con el equipo nacional —explicó Julian, el capitán mientras los jugadores daban el último tirón para mantenerse despiertos—. Sus armadores son formidables y le han pateado el culo en más de una ocasión a Tooru —sentenció y se ganó un golpe en el rostro con una sudadera del propio castaño y hubo carcajadas por parte de todos.

Se encontraban aún en la sala de inmigración mientras revisaban ahora la documentación de todos los deportistas, en breve serían llamados para presentar su visado, aunque Oikawa y Hinata no lo necesitaban se encontraban ahí pues el capitán afectado por el Jet lag parecía bastante movido y acelerado, era eso, o muy probablemente los tres "4Loco" que se había bebido antes de bajar del avión pues le habían dicho que era ilegal la bebida en Japón siendo que en USA la vendían en cualquier tienda de convivencia. Aunque la mayoría había expresado sus horribles ganas de dormir que tenían no podían evitar no reírse pues era increíblemente difícil ignorar la erección que le había crecido a Julian, así como los temblores que estaba presentando y los movimientos erráticos de los cuales no parecía consciente. El capitán siempre serio ahora estaba hecho un desastre.

—Capitán —habló Hanzel.

—Sí, sí —reaccionó de golpe Julian.

—Debería calmarse o probablemente lo llamen a antidoping y seguro que sale positivo a algo y nos regresan —dijo Hanzel.

Los colores se le fueron del rostro a Julian, y la mayoría soltó algunas carcajadas pues el hombre había empezado a hiperventilar el doble de alterado.

El entrenador tuvo que hablar con los agentes de inmigración japoneses explicando la situación, no hubo real problema aunque tuvieron que dar doble revisión al equipaje de todos. Cuando llegó el turno de Hinata, el oficial que se había mostrado reacio a mostrar la mínima expresión esbozó una pequeña sonrisa pero sin despegar su mirada del boleto de regreso fichado para un mes y medio después de la fecha de llegada y las identificaciones oficiales del menor.

—Hinata-san, debe de ir a su ciudad natal para solicitar una nueva carnet pues esta es de hace dos años y ya venció —dijo el oficial.

—¿No tardará mucho? —cuestionó Shoyo nervioso.

—Puede hacer la petición en la municipalía de cualquier distrito y ellos la giran hasta Sendai, nada más tendría que pasar a recogerla —selló el fichaje de que regresaba al país para después salir otra vez. A diferencia del resto del equipo ni Oikawa ni Shoyo tuvieron que sellar sus pasaportes, no obstante hubo algunos problemas con Pedro y Marin que no eran americanos sino que poseían una doble nacionalidad y eso producía conflictos en los formatos que se llenaban en migración—. Suerte, Hinata-san —dijo el oficial y el pelirrojo se sonrojo conmocionado, aún no se acostumbraba del todo a su vida como una pequeña celebridad.

Después de una agobiante hora el equipo de la UCLA se preparó colocándose las sudaderas azules y recogieron sus pertenencias para salir hasta el autobús que los llevaría al hotel de la concentración, tendrían tres días para prepararse y recuperarse del viaje para después pasar una semana entera entrenando directamente con los jugadores de la universidad de Hokaido.

—Ushijima estudía aquí —soltó de pronto Oikawa con semblante serio mientras que caminaba por el largo pasillo que llevaba a la salida junto a Hinata, del otro lado Hanzel revisaba sus redes sociales, se había restablecido tras tomar medicamento que los oficiales le dieron y ahora masticaba una barrita de granola, era lo único que su estómago amenazaba con soportar. Los otros del equipo parecían aún conmocionados, sobre todo por los acabados rústicos japoneses que revestían las paredes del aeropuerto, pero al mismo tiempo se sentían impresionados por el techo que parecía ser de cristal, la lluvía que seguía cayendo se divisaba a la perfección si alzaban sus cabezas. Antes habían salido del país pero era la primera vez en cinco años que la UCLA se presentaba en Japón, y nada se podía comparar a esa belleza que hacía que la antigüedad se viera de frente con la modernidad.

—¡¿Qué?! —gimió Hinata un poco alterado—. Ushijima —resopló el pelirrojo—. Si antes daba miedo con ese brazo zurdo, ahora ni siquiera quiero pensar cómo sea… —acotó en voz baja meditando sus palabras.

—Pero ya lo venciste una vez, ¿no, Shoyo? —intervino Jared, que tomaba el paso de los otros tres. Hanzel alzó la mirada cuando escuchó la voz de uno de los bloqueadores laterales.

—Hinata sí, pero a Oikawa le hizo morder el polvo durante los tres años de preparatoria, nunca le pudo ganar —explicó Hanzel—. Además de que tenía una obsesión con Tooru: "Ven al shiranoséquécoñoquenopuedopronunciar" —imitó en japonés una voz profunda y ronca que en nada se parecía a la de Ushijima pero que igual le pegaba a la imagen grande y feroz que presentaba. Jared no supo si se rió por el comentario en sí o por la rara imitación del americano.

Shoyo miró de reojo al castaño que sólo chasqueó la lengua y enfurruñado desvió la mirada. Los ojos avellana del bloqueador encontraron una nota de frustración en el aparente disgusto y ofensa del setter, era un tema serio y delicado, uno que involucraba el orgullo de un colocador y capitán. Pero más allá de eso sabía que existían cosas que probablemente ninguno de los que estaban ahí cruzando la puerta hacia la salida comprenderían: como el sentimiento de pertenencia y victoria absoluta con tus compañeros con los que lloraste, reíste y sangraste para construir una muralla capaz de contener al mosntruo del otro lado de la red. La estrategía más efectiva. El arma más letal. La colocación perfecta. El compañero ideal.

Pensó en Kageyama, y entonces se dio cuenta que probablemente Oikawa tuvo deseos de romper a Ushijima con Iwa-chan, el caballero favorito del emperador de la cancha.

—Ushijima es el menor de mis problemas —confesó Oikawa entrecerrando la mirada. Su mayor problema era el colocador que tenía Ushijima. Según había escuchado era tan bueno que había hecho reventar a Kageyama en más de una ocasión. Aunque le doliera reconocerlo, Kageyama había mostrado superioridad en cada uno de sus juegos –sí, hacía estado siguiendo la trayectoria de ese hombrecito porque era el enemigo y debía de mantenerlo vigilado-. Confiaba en sus habilidades y en las habilidades de las personas que con él conformaban el fuerte equipo que eran, sin embargo, cada tanto le daba la ansiedad y las piernas se le volvían flan—. Aunque si dice algo como: "Tuviste que quedarte en Japón y venir a la Tokkaido, juro que le reviento los hu-

—Oikawa —resopló Hinata y todos rieron.

Las puertas de cristal se abrieron deslumbrando a los jugadores.

Se habían esperado una pequeña comitiva que los guiaría hasta el hotel, o un par de fans que seguramente tenían. Más no estaba preparados para cámaras de televisión y varios fotógrafos, afisionados y profesionales de la prensa buscando retratarlos. Hinata contuvo la respiración e hizo instintivamente una reverencia profunda cuando un grupo de personas sostenía una pancarta que rezaba un: "Bienvenido Hinata-chan", otra más por allá llevaba una leyenda como: "El emperador que gobierna en la cancha". "Todos somos Osos Cafés". "Let's go Bruins!". Había un buen número de seguidores que en japonés e inglés animaban al grupo de jugadores.

Los chicos caminaron entre eclipsados y asustados por la valla de seguridad que se había montado. Oikawa más desenvuelto se acercó a firmar un autógrafo y permitir ser fotografiado, incluso tomándose selfies con un par de chicas.

—¿Es cierto que salen? ¿Es cierto que salen? —insistió una de las admiradoras mientras Hinata firmaba un balón.

Sonrojado lo miró, después a la cámara del celular que supuso lo grababa y no pudo evitar reír nervioso.

—Me lo tengo que llevar chicas —dijo Oikawa apareciendo por un lado para jalar por la cintura al menor. Las chicas se derritieron entre gemidos y gritos ahogados. Hanzel se rió siguiendo al par.

—Quién iba a decir que hace menos de dos horas estabas cagando como grifo descompuesto y ahora eres todo un Don Juan —comentó Hanzel y bien ganado, Hinata le golpeó el costado con la misma fuerza con la que remataba.

—¿Cuáles son sus expectativas en esta gira en Japón? —preguntaba un comentarista al capitán del equipo en un inglés ligeramente copioso pero entendible.

—Planeamos ganar la mayoría de los juegos, probablemente perder alguno para no hacer quedar mal a los chicos en casa pero vamos a ganar, el plan es ganar —afirmaba entuciasmado Julian—. Aunque en realidad a la mitad del equipo les tiemblan las piernas y no hemos dejado de tomar tranquilizantes porque vamos… los chicos japoneses son muy buenos, nacen como robots programados para ganar y…

—Gracias por su tiempo, no más respuestas, se dará una rueda de prensa más tarde cuando estemos descansados —dijo Hanzel en perfecto japonés empujando a Julian que confudido se dejó arrastrar. El director técnico terminó de dar los detalles frente a las cámaras y los jugadores ya estaban en el autobús.

Si su motivación había sido grande desde antes de bajar del avión, ahora estaba a la infinita potencia, los americanos se encontraban a otro nivel de felicidad y entuciasmo. Se mostraban entre ellos los obsequios que los fans les habían otorgados y conversaban sobre sus impresiones. El chófer esperó a que el último entrenador abordara y se dio marcha hacia donde descansaría la escuadra.

—¿Entonces estamos saliendo o también te vas a reír? —preguntó Oikawa hundiéndose en el cómodo asiento. No tenía fuerzas para ver de reojo a Hinata. Pero al no recibir respuesta rodó sus ojos hasta él y en cambio recibió un fuerte apretón de manos, sus dedos se entrelazaron discretamente y ambos se sumieron en un silencio, volviéndose extraños en una escena eufórica de sus compañeros de equipo. Ambos veían con sentido de pertenencia a flor de piel los letreros en hiragana y otros en takatana. Se anunciaba Mcdonalds con publicidad japonesa, se proyectaban películas con actores japoneses, se promocioba ramen y otras delicias que hicieron que el estómago de Hinata doliera. Estaban ahí, estaban en casa.

—¿De verdad crees que Ushijima te diga algo? —Hinata rompió el silencio de ambos, y el castaño volvió sus ojos al pelirrojo.

—No lo sé, nadie puede cambiar tanto en un par de años, excepto tú, claro pero… dicen que las malas mañas son lo último en cambiar y seguro sale con alguna idiotez como: "De haber estado en la Shiratorizawa habrías llegado más lejos", o qué sé yo… —Tooru acomodó su rostro contra el hombro del menor.

—¿Y no te arrepientes de…

—¿De no haber entrado a la Shiratorizawa? —meditó sus palabras y negó—. Viví alguno de mis mejores años de mi vida en la Seijouh, probablemente hubiera mejorado en la Shiratorizawa o quizás me hubiera estancado, su entrenador estaba muy obsesionado con el talento nato, la fuerza pura, los genios y sus dotes dados por dios… yo no tengo nada de eso, no soy un Ushijima, no soy un Kageyama, soy Oikawa y todo lo que tengo es porque lo he peleado durante años… en Seijouh alado de Iwa-chan, de Makki, de Matsun, logré sacar lo mejor de mí porque estaban ellos… —alzó la mano que tenía entrelazada con la de Hinata—. Pasa lo mismo… pude haberme quedado aquí, en Japón y esperar un año, recuperarme y reingresar a la Tokio, pero… hubiera estado Kageyama, Miya, y hubiera sido desplazado a un segundo lugar porque lo importante es el elemento que te hace ganar no el que se ha esforzado… el esfuerzo no importa si no das resultado en la cancha —inconscientemente besó los dedos del pelirrojo, su semblante lejos de ser tranquilo y sereno, parecía el de alguien que sospesaba algo más profundo. Algo que Hinata no llegaba a comprender del todo.

—Pero Oikawa, siempre fuiste bueno… aún ahora, eres bue-

—Hinata —pegó sus manos a su frente cerrando los ojos—. De haberme quedado en Tokio probablemente hubiera terminado siendo alguien diferente al que soy ahora —abrió sus ojos, de reojo observó al menor—. Inclusive fuera de la cancha… no me habría dado por vencido pero a la larga me hubiera visto frustrado, y con sentimientos pudriéndose dentro de mí… consecutivamente Iwa-chan se iba a casar, hubiera sido su padrino de bodas, después de sus hijos y yo me habría mantenido con todo dentro, envenándome —besó el dedo corazón de Shoyo y lo contempló medio minuto en silencio—. A veces los cambios y decisiones más radícales son las que más nos duelen tomar o adaptarnos pero las que nos favorecen.

—¿Pero ahora estás bien con Iwaizumi-san?

—Somos amigos, lo amo tanto que me alegro que haya encontrado a alguien especial, así como yo encontré también a alguien —declaró mirándolo.

Hinata semisonrió y enseguida se recargó de él.

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Tobio botaba el balón y después remataba contra la pared del gimnasio produciendo un estruendoso y ensordecedor sonido. De haber estado alguien recibiendo esos remates seguramente terminaba con los brazos destrozados, sin embargo, ahí no había nadie. Sólo su concentración y él. Las últimas semanas se había estado preparando con la fineza de un relojero, detallando cada particularidad. Él mejor que nadie conocía la capacidad que Hinata tenía, en los últimos meses que estuvieron juntos un año atrás cuando aún asistía al Karasuno supo apreciar la fortaleza de su juego aéreo, dudaba mucho que Oikawa como su ahora armador hubiese permitido que ese talento desmejorara.

De ninguna manera.

Por el contrario, Hinata en esos momentos probablemente se encontraba en su mejor estado. Con armas más desarrollada y la capacidad de salto en su máximo nivel e incrementando exponencialmente conforme se forzaba a ser mejor. No es que Kageyama hubiera estado sentado sin hacer nada, pero Hinata era del tipo peligroso. Esa sería la primera vez que lo enfrentaría de cara con diferentes colores en el uniforme y en el corazón.

—¿No crees poder ganarle a Hinata? —preguntó Miya.

Kageyama no se inmutó en girarse para ver a su compañero. Él seguía con el balón en mano y preparando su saque mientras que movía sus hombros para relajar los músculos de la espalda.

—¿O no confías lo suficiente en tu equipo?

—Son los representantes de la NCCA, vencieron a Ushijima hace dos días —espectó Kageyama. Fuese verdad o no, desde que el equipo americano había llegado a Japón hacía más o menos un mes atrás el humor del armador había sido ligeramente peor que antes. Más exigente, más estricto, más metódico. Las malas costumbres no se olvidaban pero sí se llegaban a corregir y se convertían en una virtud.

—Bien… vamos a practicar ese punto de dos, Kageyama-kun —Miya movió los brazos y señaló hacia la red.

El moreno torció los labios y afirmó decidido. Usaría todas sus herramientas para ganar, así como el Gran rey utilizaba sus peones.

Lo que se jugaría en un mes en esa pista no eran sólo puntos para ganar un set o demostrar a nivel emocional cuan bien estaban el uno sin el otro, lo que se jugaba en realidad en esa pista dentro de un mes eran las ambiciones de dos niños que habían prometido permanecer más tiempo que nadie en la cancha, y el último en la cancha era el que no dejaba caer el balón.

—Prepárate que hoy no vamos a descansar —amenazó Kageyama.

Miya torció los labios y se relamió los delgados labios.

—Esperó me dejes exhausto, Kageyama-kun.

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Hokkaido era bastante bonito. Durante su investigación Oikawa se dio cuenta que había la posibilidad de realizar sus planes en los campos de flores que había a las afuera de la enorme ciudad, o probablemente en el parque que conformaba una enorme estrella de seis picos. Aunque si lo veía de forma abstracta ambos lugares eran inalcanzables y por lo tanto se interponían con su propósito: Ir hasta los jardines les tomaría alrededor de cinco horas pues estaban en provincia, y el parque lucía como cualquier otro parque sino era visto desde una altura considerable arriba en el cielo.

En Hakodote, por el contrario, durante uno de los días libres que tuvieron se vio caminando solo, para variar, pues exumaba rabia. No soportaba a Ushijima y sus comentarios que sin mala intención lograban moverle el piso. Con Iwa-chan por lo menos podía conspirar en contra del grandote y lanzar comentarios de desprecio común hacia él, pero con su nuevo equipo nadie podía comprender la frustración que sentía. Ni siquiera Hinata pues el enano a diferencia de él si había logrado una victoria contra el obstáculo del Zurdo.

Para variar había discutido con Hinata, y aunque el pelirrojo no se lo merecía, Oikawa lo había dejado con la palabra en la boca. Ahora se encontraba caminando por las heladas calles del centro donde se reunían todos los comercios grandes y pequeños. Cuando el entrenador quiso detenerlo se detuvo a pensar que de todos los del equipo Oikawa era el menos irresponsable y no estaba indefenso en una ciudad que al menos para él era extraña. En caso de llegarse a perder seguramente el castaño podría comunicarse con alguien para pedir referencia sin tener que recurrir al traductor como había recomendado hacer a todos los demás jugadores. Japón era hermoso pero traicionero.

Nadie comprendía la frustración que había en su pecho, ni siquiera su novio –si es que se le podía llamar así—, solo aquellos que sufrieron con él la humillación de su esfuerzo y sueños. Mordisqueó sus labios al tanto sus ojos se desviaron de aparador en aparador hasta que se detuvo en uno en específico. No había nada de anormal en la boutique salvó a la pareja que dentro se encontraba comprando, la chica se probaba un vestido y su novio le tomaba fotografía, ambos veían la fotografía y ella negaba, él afirmaba. Una estúpida pelea de pareja. Suspiró y el váho fue expulsado de su boca como una nube de su aliento.

—Hace frío —susurró alguien detrás de él. Oikawa se giró y una sombrilla quedó por encima de su cabeza—. En breve comenzará a llover, será mejor que volvamos al hotel.

—¿Cómo sabes que va a llover? —preguntó el castaño sin que su malhumor mermara, seguía usando ese tono rígido y enfadado. Era una estupidez estar molesto por algo como eso que no era más que un jodido berrinche, pero no podía de pronto decir: Soy un niño de cinco años en un cuerpo de un adulto de veintitantos, porque sería doblegar su ego.

—Huele a petricor —inquirió Hinata mirando el cielo—. Tú también puedes llover —Oikawa enarcó la ceja, y el pelirrojo suspiró—. Quiero decir… puedes explicarme, yo te voy a escuchar… quizás no sé lo que se siente pero… —desvió la mirada—. Yo trataré de…

—Hinata —interrumpió Oikawa. Ladeó el rostro—. Eres horrible cuando tratas de explicarte —indicó el mayor antes de acercarse y abrazarse por el cuello al menor, hundir su rostro en el cuello y aspirar el aroma que el petricor dejaba en el cuervo—. Gracias por preocuparte…

Desde un tiempo lo llevaba pensando, probablemente no usaría los jardines de flores de Hokkaido, pero tal vez sí las fuentes de Fukuoka, la torre de Tokio o las montañas de Sendai. Algún lugar sería el escenario indicado para abrir su corazón a ese molesto enano.

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El partido con Ushijima no había sido fácil. Claro que no. Al contrario, probablemente había sido más complicado de lo que había creído entre lidiar con ese brazo zurdo y escuchar a Oikawa chasquear la lengua. De hecho, a mitad de la sed había sido reemplazado por Hanzel debido a que ante los ojos del entrenador la cabeza se le había calentado. Los recuerdos de un pasado de constante derrota había hecho mella en el, hasta ese momento, inquebrantable temple del armador. Hinata con esfuerzo había logrado sacar adelante su parte del partido. Cada vez que cerraba los ojos no podía evitar rememorar el esfuerzo que vino con cada recepción, con cada remate, con cada paso que se dio. Ushiwaka tenía como único objetivo en la vida ganar. Era una pena que el equipo al que pertenecía cogiara de una pata por la cual los de la UCLA habían logrado colarse para obtener la victoria.

En particular a Hinata siempre le sabía mal una victoria donde un elemento externo era el que daba favor a un equipo, como el calor o la distancia con el nivel del mar o el frío o las porras, la provocación e intimidación entraban en esa lista de factores favorables y desfavorables. El problema con los jugadores de la Universidad de Hokkaido es que todos eran estrellas y el entrenador junto con el director técnico eran demasiados jóvenes, no sabían como lidiar con los egos de sus jugadores que a cada tanto querían robar el espectáculo. Ushijima era el único que se eximía de ello pero un equipo no se llevaba a cuestas por un hombre y durante el último set había sido notorio cuan cuartiado estaba la relación dentro de la escuadra rojo y dorado que eran los locales.

—En el momento que te toque marcar quiero que marques a Ushijima —dijo el entrenador a Hinata.

—¿A Ushijima? Pero el colocador le ha estado dando los pases a su número seis —contestó confundido y acalorado el pelirrojo.

—Porque el número seis ha estado exigiéndoselo porque Ushijima ha sido el único que ha estado anotando —repuso el coach—. Sólo Pedro marcará al número seis.

El equipo pareció conforme.

—Entrenador…

—Vamos a romperlos desde adentro, fallaran y tomaremos la ventaja —puso su mano al centro y todos lo imitaron, Hinata más por obligación que por deseo.

—Bruins! —aullaron al unisolo antes de que ese tiempo muerto terminara.

Con paso titubeante y disperso el pelirrojo volvió hasta su posición secándose el sudor con la camisa azul con dorado mirando de reojo al seis y entrando enseguida en el plan elaborado por el que estaba a cargo. En efecto, el jugador que portaba el sexto número notó de inmediato como había tres bloqueadores cubriendo a Ushijima y sólo uno cubriéndolo a él. En lugar de ser una motivación y utilizar ese campo disponible a su favor, los celos y la envidía terminaron por consumirle llevando a su equipo a la derrota.

—El error fue del colocador al no aprovechar mejor la oportunidad —comunicó Kuroo viendo la repetición de ese partido en especifico—. Sin embargo, ahora con esto vemos que los Bruins no juegan limpio —apagó el televisor después de que el número seis de Hokkaido fallara un remata dándole la victoria a los osos de L.A.

—Pero no sólo es juego sucio y sin cuartel, es que ellos son buenos —murmuró el capitán del equipo de Tokio.

—Tienes razón, son buenos y utilizan todas sus armas de forma eficaz.

—Oikawa no jugó, aunque es obvia la razón —sentenció Kageyama malicioso—. Oikawa no es del tipo que se acobarde ante los retos pero tampoco es de los tipos que cometan la misma equivocación dos veces —tocó su mentón.

—¿A qué quieres llegar con esto? —interrogó Kuroo ladeando el rostro.

—Que ya lo mandaron a la banca por estar inquieto en la cancha, sus emociones fueron un obstáculo durante un partido… dudo mucho que permita que vuelva a pasar, después de esto, estoy seguro que Oikawa se volverá más cuidadoso porque él como nosotros es una criatura que se alimenta de las victorias… —miró hacia la pantalla pensando en Hinata—. No es el único en ese equipo que es un monstruo… debemos hacer una estrategia sólida para vencer a un equipo versátil.

Le recordaba un poco al Karasuno. No, el Karasuno tenía muchos huecos si le quitaban a uno o dos jugadores. UCLA siempre tenía un plan b, y un c, y un d. No se confiaban, ninguno era indispensable para ganar.

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Y de hecho, nadie era indispensable en la vida de nadie. Oikawa lo sabía mejor que cualquier persona. Había pasado casi veinte años de su vida a lado de Iwa-chan y ahora él dormía a lado de una bonita chica en un colchón que le había ayudado a escoger, pues eso era lo que hacían los mejores amigos: escoger los muebles para tu hogar, aunque la persona que compartiría y disfrutaría los muebles sería otra persona más. A la fecha aún le causaba retorcijón pensar en todas esas cosas pero más allá de todo el asunto le gustaba más en pensar en la persona que despertaba con él.

Ahí tirados los dos, en la incómoda cama individual del hotel donde se tenían que acomodar uno sobre el otro para poder caber perfectamente, aunque Oikawa jodía su espalda recargándola contra la pared permitiendo que el otro dormitara un poco más. El Jet lag lo jodía más que a cualquiera cuando eran vuelos cortos. Le daba risa cuando Hinata despertaba mucho antes que todos y era el último en dormir acabando por cabecear durante el primer día. Ahora, resentía el cambio de horario dentro del mismo país (sólo un par de horas de Hokkaido a Fukuoka) y Oikawa esperaba cuidadosamente a que su príncipe despertara, despertara ahí con él, como ella lo hacía con Iwa-chan. Hacer su propio futuro.

Desde un tiempo lo había estado pensando, y probablemente no necesitaba mucha ceremonia pues sus sentimientos estaban ahí, su sentir estaba ahí, su decisión estaba ahí: Hinata lo hacía feliz, lo complementaba y lo hacía sentirse bien. Se sentía tan correcto como él pensó que se sentiría con Iwa-chan, pero ahora Iwa-chan tenía su propio: "Y vivían felices por siempre", y él estaba a un paso de tomar su futuro por manos. La felicidad al alcance de sus dedos. La felicidad con una sonrisa tan grande como el sol y deseos de vivir más que cualquier otra persona.

Su piel bronceada por las horas que pasaban corriendo en la playa o jugando en el patio trasero del dormitorio en la universidad, sus bonitas pestañas tupidas, sus pequeñas cejas que se encrispaban cuando se enojaba, y las mejillas que habían dejado de ser redondas en algún punto entre duelo y duelo de pieles. Que tanto había cambiado Hinata que no se parecía en absolutamente nada al enano camarón rojo que conoció una vez durante un partido de práctica donde lo hizo morder polvo.

—¿En qué piensas? —murmuró Hinata contra el muslo ajeno. Acomodándose para volver a dormir.

Su voz incluso había cambiado, ya no era ese tono estridente y desesperante que había poseído en algún momento. Ahora era un tono grave, bajo, profundo. Masculino. Recordaba como una mañana había llegado diciendo: "Hola, buenas tardes, chicos", y más de uno tuvo que girarse para ver que efectivamente era Hinata. Así de mucho cambiaba dios a la persona, y sus dedos delinearon el pómulo enrojecido del menor. El tacto era suave y estaba seguro que Hinata sentiría la callosidad de las yemas que siempre estaban ahí raspando el borde de sus limitaciones.

—Que en uno o dos años creeran que eres mi hermano mayor y después cuando vivamos juntos pensarán que eres mi papá —advirtió Oikawa—. Yo seguiré joven y bello para siempre, así que no hay problema —dijo en un tono burlón.

Hinata, entre las piernas del castaño, no pudo evitar reír de forma divertida.

—Se supone que debo de sentirme mal pero…

—Cuando volvamos —interrumpió Oikawa casi al instante. Hinata se quedó callado mirándolo desde su posición contra la pierna ajena, relajando otra vez su postura—. Cuando volcamos —repitió el castaño dejando de acariciar el cabello naranja del menor, bajando el rostro para mirarlo a los ojos. La seriedad tiñó el rostro de ambos y Shoyo se incorporó lentamente paraquedar completamente de frente al colocador—, vamos a vivir juntos, Hinata —dijo Oikawa—, este semestre sé que habías decidido vivir nuevamente en los dormitorios pero… pasas más tiempo en mi apartamento que en tu habitación así que… —torció los labios cabizbajo y meditando mejor sus palabras. Frunció ligeramente la nariz buscando las palabras adecuadas—. Ahora que estemos en Sendai… quisiera presentarte con mi madre y mi hermana, Hinata —lo miraba a los ojos—. Presentarte como mi novio —soltó.

Los delgados labios ajenos se entreabrieron y sintió que la boca se le secaba, tuvo que pasar saliva para hidratar la garganta antes de sonreír lentamente.

—¿Qué no éramos novios? —ladeó el rostro el pelirrojo y a Oikawa se le derritió la cordura por el modo en que la sonrisa inocente de Shoyo se transformaba en una letal arma que gatillaba todo tipo de emociones impuras en él—. ¿Así que hemos estado haciendo esto y aquello sin siquiera ser novios? —preguntó con dos octavas de voz más baja de lo normal y Oikawa torció los labios desviando los ojos.

—Lo que yo trato de de-

—Tooru —azuzó Hinata y antes de darse cuenta, el castaño había sido arrastrado debajo del cuerpo delgado del bloqueador central. El tono rojo de sus mejillas se fue extendiendo desde éstas hacia su garganta, sus orejas, alcanzando sus hombros y sus ganas de mantenerse firme e indignado ante la burla del menor. ¿Cuándo se había vuelto tan cabrón? —. Así que… sólo éramos amigos con derecho ¿Tooru?

Y la fortaleza mental le tembló al colocador, fue la primera vez, probablemente en que reconsideró que sólo con Iwa-chan pudo haber logrado ir más allá en una relación carnal.

Sobretodo cuando la lengua de Hinata lamió desde la clavícula hasta la barbilla para macharle los labios y dejarle claro que todo estaba bien, y que ahora estaba con él, como si hubiera sospechado en algún punto, que el nombre de Iwa-chan había estado más tiempo del debido en sus pensamientos.

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Amantedelvolley09:

Cuando estés en Tokio. ¿Puedo hacerte algunos pases?

Hinata sopló a su té mirando el mensaje. No había querido dar muchs vueltas a las palabras de Oikawa porque estaba perfectamente claro que sus precipitadas decisiones se debían a la presencia de Tobio y de Iwaizumi. Dio un sorbo.

HinataShoyo-crow:

Claro.

Mientras que tu novia no se ponga celosa, todo bien.

¡¿Cómo mierda sabía que tenía novia?! ¿Acaso también lo había estado espiando en sus redes sociales? Y si era el caso, cómo coños lo sabía, después de todo Ayame no era del tipo de chica que la viviera en redes sociales. Por el contrario ella tenía cierta política en redes sociales.

Amantedelvolley09:

Son solo pases. ¿No?

¿Sólo pases? ¿Lo decía enserio? No se veían desde hacía dos años y seguramente se verían únicamente para hacerse pases hasta que alguno de los dijera algo como: Bueno, estuvo bien, mejor me voy ya. O probablemente ninguno de los dos lo diría porque sencillamente no sabían cuando parar.

Amantedelvolley09 –escribiendo—.

Claro que no eran sólo pases, pero ¿qué más podían ofrecerse? Era evidente que ambos estaban lo suficientes comprometidos cada uno con sus vidas como para meterse en un lío. Ninguno de los dos sabía como lidiar con líos, ni mucho menos cuando pintaba parda. El simple hecho de estar hablando ya era un problema en sí mismo.

Amantedelvolley09:

¿Un batido después de los pases?

Ahora le ofrecía un batido. ¿Por qué no de una vez le ofrecía un lugar en su cama ahí en la casa que compartía con Tadashi y Tsukishima, con el primero mantenía comunicación porque le caía bien y porque sin querer –apropósito totalmente—le pasaba información de primera mano sobre la vida del colocador sin tener que andar indagando, porque a Hinata también le comía la cabeza por saber más de su ex. Como a todas las personas, en realidad.

HinataShoyo-crow:

¿Qué es lo que quieres, Tobio?

Amantedelvolley9 –escribiendo—.

Espero paciente y torció los labios.

—Shoyo, ya va nos vamos —dijo Hanzel asomándose a la terraza donde el pelirrojo había estado matando el tiempo mientras el resto del equipo terminaba de alistarse para ir al partido con la Universidad de Fukuoka.

—Voy —contestó Hinata que se había puesto de pie de un solo brinco sacudiéndose por completo, sacudiéndose la culpa y el nerviosismo. Hanzel enarcó la ceja. Torció los labios y alzó los hombros caminando hacia donde Pedro quien iba con un paquete de Pockys mal escondidos.

—¡Pedro! ¡Tomodachi! —gimió el armador. Y Hinata suspiró. El teléfono había vibrado en el bolsillo de su sudadera donde había intentado ocultar la prueba del delíto.

—¿Enano? ¿Estás bien? —preguntó Oikawa colocándose los auriculares en el cuello, miraba a su pareja con gesto confundido pues el menor lucía rojo y a punto de una congestión.

—S-sí… vamos —ordenó empujando a Oikawa por la espalda evitando de esa manera que fuera testigo de cómo era su rostro ahora el que adquiría todos los tonos rojos que existía en la gama de colores existentes.

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Kageyama dio un sorbo a su batido de vainilla y sin gesto alguno guardó el móvil después de haber leído su respuesta para Shoyo:

A ti.

El olor de petricor antes de la tormenta.

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Cronopios del autor: Les presumo que la hermosa "e lucevan le stelle" ME HIZO UN DIBUJO, bueno al fic, esta bella mazapancito me sigue en , en fb, acá y creo que hasta me vigila mientras duermo. La amodoro tanto. Lo juro. Que god. No sé qué haría sin ella. El hermoso dibujo que me hizo está inspirado en el capítulo donde se habla de la "Chaqueta de la vergüenza". Hahaha.

Vayan a mi FB , ahí estará colgado el bello regalo3

La adoro. ¡Muchas gracias! Te quedó genial.

¡Y gracias a todos ustedes que hacen de este fic una realidad!

Lamento la demora, pero entre que me quedó sin Internet y que el trabajo me absorbe no he podido publicar con la misma fluidez que yo quisiera. Por ahí debo algo bonito a alguien, no se me ha olvidado, que aunque el cumpleaños pasó, yo sigo muy al pendiente.

Pd. Síganme en FB, ahí subo los regalitos que me hacen, y sobre todo les doy amorcito a mis mazapanes.

¡Gracias por leer! Los adoro.

St. Yukiona.

Que los ama de corazón, pulmón y páncreas.