Descarga de responsabilidades: Haikyuu!, no me pertenece a mí -obvio-. Le pertenece a la gente que lo hace (?

Advertencia: Es Yaoi. No mariqueen que no se los advertí. +18. No beteado (tal cual lo terminé así lo subí, así que sorry por las incongruencias ortográficas y de redacción).

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Las mil plumas del cuervo

St. Yukiona

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23.-Elecciones

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Ruta Oikawa.

Lo había estado pensando desde hacía dos meses aproximadamente cuando durante una practica de entrenamiento Hinata rodó por los suelos y se quedó tendido sin moverse, había resbalado con una toalla mal puesta después de hacer un bloqueo. Estaban practicando desesperadamente para la copa de la amistad de verano de la NCAA y la presura, siempre, siempre ocasionaba ese tipo de accidentes. Hinata había quedado tendido en el suelo y a Oikawa se le vino a la cabeza aquella vez que había ocurrido algo similar con el capitán del Karasuno en pleno partido de las regionales, solo que en aquella ocasión había chocado con otro jugador, aquí Shoyo se había llevado un porrazo directo al piso y había sonado haciendo eco.

El juego se había detenido y todos habían corrido a socorrer al pelirrojo, sin embargo el entrenador y después el médico dijo que no había ocurrido nada malo, que estaba bien sólo amanecería con un moretón del tamaño de una manzana, estaba bien si tomaba medicamento para el dolor y ponía hielo en el área dañada. Más allá de eso el hormigueo, la jaqueca y la somnolencia serían normales, no obstante le suplicarón que no se quedara dormido. Hanzel y Oikawa se encargaron de que el pelirrojo no durmiera. Durante las horas después del accidente Oikawa reflexionó sobre esa horrible sensación que había sentido al verlo inmóvil en el suelo, recordaba nítidamente como la sangre se le había helado y el pulso se volvió lento como el de un reloj al que la pila se le está muriendo.

Hinata se había vuelto algo así como una de las personas que más quería al punto que en medio de una de sus conversaciones con su hermana se le había salido decir que estaba saliendo con Hinata, durante un tiempo omitió que Hinata era un chico y no una chica, hasta que esa noche del accidente agitado le llamó a su hermana, que era médico, contándole lo ocurrido. Él mismo estaba estudiando para medicina general, cogería una especialidad en medicina del deporte, aunque sus profesores decían que era un desperdicio de intelecto, Oikawa tenía como plan secreto desarrollar una técnica que le permitiera curarse así mismo su propio ligamento de la rodilla, unos tenían ambiciones como curar a sus padres, hermanos, hacer del mundo un lugar mejor, pero Oikawa quería sanarse a él mismo.

—Tranquilo que si el doctor dijo que estaba bien, está bien, leí la tomografía que me pasaste por fotografía y aunque no se aprecia muy bien… todo luce genial —informó ella con calma desde Japón, estaba amaneciendo y ella estaba de guardia.

—Vale, pero tuvo cáncer así que… ¿está bien? ¿no afecta en nada o sí?

—Pues a menos que esto sea un drama escrito por una solterona y quiera mantener a su público en suspenso pues… no, no veo en qué pueda afectar que haya tenido cáncer.

Oikawa suspiró aliviado.

—¿Y lo vamos a conocer algún día? ¿O es tímido?

—Él no es para nada tímido.

—…

—…

Hubo silencio de ambos lados y después la risa burlona de su hermana de casi treinta años, era nueve años más grande que Oikawa y era muy receptiva con su pequeño hermanito, él sólo suspiró acongojado y una parte de sí mismo asustado por lo que ella pudiera decirle.

—Siempre pensé que nos darías la sorpresa con Hajime-kun —murmuró ella fumándose un cigarrillo mirando las estrellas de la madrugada que se iban apagando lentamente.

—Bueno… algo hay de eso.

—¿Y ya lo hicieron? Me imagino que usan preservativos, ¿cierto?

—Lo estás tomando con mucha calma.

—¿Sabías que en Japón hay brote de sífilis? Y si él es activo sexualmente aunque estén en USA no quiere decir que probablemente lleve consigo algo de acá, una sorpresa.

—Hinata no es de ese tipo de persona, oneesan —gruñó Oikawa, aunque debía de reconocer que ninguno de los dos había puesto ninguna restricción a tener sexo el uno con el otro.

—Bueno, de cualquier forma, procura siempre usar condón e ir a revisiones periodicas con el médico, puedo conseguirte el número de algún experto por allá —dijo con voz calmada saludando con la mano a unos colegas que iban a entrar a turno. Le faltaban quince minutos para acabar su descanso y regresar.

—Insisto, lo llevas con demasiado calma, muy a pesar que tuvieras tus sospechas que… Iwa-chan y yo…

—Desde hace unos meses que empezaste a hablar de Hinata-chan, y que empezaste a subir fotografías con ese pelirrojo guapo que por casualidad también se llama Hinata-chan pues… me duele que me creas tan idiota.

Oikawa se sintió idiota y suspiró pesadamente, sólo quería ahogarse en la almohada de su cama. Hinata llegaría en cualquier momento para juntos ver la nueva película de Star Wars que habían ido a ver al cine en su estreno y cada fin de semana hasta que la quitaron de cartelera. Tooru aún no superaba la muerte de Han Solo.

—¿Mamá…?

—Apostamos para ver cuánto tiempo tardabas en meter la pata y delatarte solo —dijo jodiendo mientras torcía los labios—. Pero venga, ¿cuánto tiempo llevan saliendo?

—Saliendo, saliendo alrededor de siete meses, pero… estamos en "algo" desde hace más o menos un año… —murmuró acongojado el castaño recargándose del pasamanos del balcón. Miraba desde su balcón los autos que pasaban y buscaban estacionarse en algún cajón disponible. Ese semestre había dejado los dormitorios escolares y ahora vivía en un modesto apartamento en una de las calles comerciales más bonitas del distrito. Estaba a veinte minutos del DownTown de Los Ángeles y como a una hora de Hollywood donde vendían las mejores palomitas del mundo.

—… bueno, es tu compañero de equipo —era obvio que sabía esa clase de información por todo lo que le tocaba tragarse en redes sociales de su hermano—. Así que me imagino que vas en serio, además… hace un montón de tiempo que están juntos, creo que no habías tenido una relación tan duradera ¿no? No creo que mamá te haga dramas, con Takeru es feliz, y dios gracia no dejarás descendencia, con una excéntrica diva tenemos suficiente los Oikawa pero… salir con un hombre no es "viva la vida*" de fácil.

—Lo sé, pero ¿qué más se puede hacer? —se incorporó cuando vio la cabeza roja que iba acompañado de Hanzel, el americano no había querido dejar al bloqueador después del golpe, Oikawa tampoco hubiera querido dejarlo pero tuvo clases y posterior regresar corriendo a casa para cubrir lo del arrendamiento con el manager del complejo de departamentos. Les tomaría unos tres o cinco minutos subir si iban por el elevador, quizás seis si iban por las escaleras—. Estoy pensando en… no sé, ir para navidad y año nuevo, llevarlo conmigo y presentarlo con ustedes. Porque quiero que lo conozcan.

En aquel momento muy probablemente su hermana había pensado en mil cosas que decir pero sólo dijo un "Oh vaya", y seguido se despidieron prometiendo hablar un poco más la siguiente vez, sin embargo, después de eso llegó la final, después los exámenes complementarios por el mes que perderían de clases y los entrenamientos para el viaje a Japón, preparativos y ta-dan apenas habían logrado intercambiar un par de palabras por mensajes de texto y ahora, estaban en Tokio con Oikawa temblándole las piernas mientras sus ojos se abrían de forma inconmesurable, el corazón estrujado por la ansiedad y la boca seca, amarga.

—No… —masculló conteniendo la respiración, su mirada no se podía despegar de aquella imagen, esa imagen que jamás se le iba poder borrar. ¿Cómo había acabado todo de ese modo? Sólo había decidido salir a comer un poco de ramen, quedar con alguno de sus compañeros del Aoba que estudiaban en la Todai –pero que no jugaban más al volley—para ponerse al corriente y escuchar tal vez algo de su equipo rival para saber cómo coger al toro por los cuernos.

¿Cómo había terminado parado frente a la imagen y revelación probablemente más impactante de su vida?

Lo había estado pensado desde hacía unos meses cuando al apretar la mano de Hinata éste reaccionó y pronunció un nombre entre sueños, ahí tuvo una certeza que había dejado de ser una incertidumbre.

Ruta Kageyama.

—Comprendo por qué fue que terminaste conmigo cuando estábamos en la preparatoria —murmuró el colocador mientras sus manos empuñadas juntas recibían el balón que pegaba contra sus antebrazos y salía disparada hacia la posición de Hinata que regresó a Kageyama el esférico con un boleo suave.

—¿De verdad? —preguntó un poco consternado sin despegar la mirada del balón, después de aquel acercamiento peligroso en el que pudo sentir sólo el aliento de Kageyama rozándole los labios había decidido por su propia seguridad mantenerse lejos del perímetro de Kageyama, porque de esa manera terminaría por sucumbir en los deseos infantiles de fantasmas que pregonaban un pasado que había sido y ahora jamás podría volver a ser.

—Sí. Fui un estúpido por no darme cuenta antes… sin embargo… —detuvo el balón y lo cogió en el aire mientras que ladeaba el rostro mirando a Hinata—. Mostraste tu punto… te hiciste fuerte, pudiste crecer y seguir en la cancha.

Hinata suspiró mientras veía al menor sus manos se mantuvieron laxas a sus costados.

—Por un momento pensé que no vendrías… porque era obvio que íbamos a tocar el tema.

—Yo sólo vine para que mi exarmador me diera unos pases, Kageyama, no por algo más.

—Hinata, uno no acepta la invitación de un "ex" después de un año sin importar cuál sea la excusa.

—Pensé que los dos eramos los suficientemente maduros como para poder hacer unos pases y después despedirnos para volvernos a ver en la cancha, fuimos compañeros de equipo, ahora somos rivales.

—Pero también fuimos amantes y jamás me diste oportunidad para luchar por ti.

—No había nada a lo cuál apelar, Kageyama.

—Me amas, Shoyo.

El aludido alzó la mirada ver fijamente los ojos azules que ya tenía casi sobre él. ¿En qué momento se había acercado tanto? Había bajado la guardia y ahora estaba contra la pared azul y el latido rojo de su corazón desbocado. Tragó saliva en seco, pero pasar ésta se sintió igual que tragar un puño de alfileres. Contuvo el aliento y bajó el rostro una vez más.

—No lo estás negando.

—No tengo porqué hacerlo —dibujó una sonrisa lastimada en su rostro que se deformó lentamente en una expresión que iba de la sorpresa al desconcierto propio, a la angustia—. Mi madre… mi padre, mi hermana, mis amigos y hasta Tooru, saben cuánto te amo, Kageyama, fuiste y serás mi primer gran amor… la primer persona que vi más allá del volley porque tu nombre… tu voz cuándo me llamaba ocasionaba en mí lo mismo que ocasionaba un pase directo, un peloteo largo, un bloqueo exitoso… hacía un "paw" en mi corazón que-

Las manos de Kageyama sostuvieron la barbilla de Hinata haciéndolo callar y la muñeca del pelirrojo para que dejara de temblar, el calor de la noche se convirtió en frío de pronto cuando la hálito tibio que escapaba entre los labios del colocador se coló por el cartílago de su oreja al pronunciar dos octavas más abajo por su tono normal un suave y lento: "Shoyo".

Jugó su carta oculta. La desastrosa. Efecto viuda negra, un piquete limpio y rápido directo a su sistema nervioso. Paralizándole incluso el pulso, por un instante dejó de respirarlo, al segundo siguiente empezó a hiperventilar y los ojos se le volvieron agua pero Kageyama no permitió que se desperdiciara ni una sola de las lágrimas de Shoyo pues enseguida le cogió de la mano y empezó a correr.

El balón Mikasa se quedó atrás, tirado, que algún niño lo recogiera, ese niño recibiría la bendición del dios de la fortuna y sería feliz, no pasaría por el drama que estaban pasando el par de amantes que ahora corrían. Hinata pudo haberse soltado de esa mano mientras la carrera se volvía frenética, pero en lugar de ello, aferró sus dedos fuerte a los otros, enlazándolos y haciendo que el corazón en su pecho siguiera doliendo. Salieron del parque directo hacia la congestión de las calles y siguieron andando mientras que ambos atletas jugaban al escapista sorteando transeúntes y autos que intentaban cruzar alguna calle cuando el semáforo pasaba de rojo a verde pero que el par de jugadores ignoraban las normas.

Una, dos, tres veces por poco fueron atropellados pero ahí estaba ese mismo dios sonriéndoles. Incluso cuando llegaron hasta la terminal de trenes y Kageyama pasó su tarjeta e hizo pasar a Hinata con él, un delito del cual se arrepentirían algún otro día, el tren los esperaba con las puertas abiertas. El par de adolescentes entraron empujándose el uno al otro, chocando contra un asalariado que solo les fulminó con la mirada, pero éstos, sudados y agitados empezaron a reír, apretándose más fuerte la mano.

Kageyama respiraba por la boca al igual que Hinata, que con sus mejillas coloreadas de rojo y melocotón parecía ser la criatura más hermosa de la vida, tiró otra vez de su mano y como si estuviera todo planeado empezó a caminar por el vagón hasta llegar a la puerta que conectaba al otro vagón y el tren empezó a andar, primero lento, después un poco más rápido hasta que fue un flechazo rojo en las vías subterráneas. El par sólo andaba hasta que en una curva ambos se tambalearon y terminaron por caer sentados en un par de asientos, uno riendo a lado del otro. Sus manos no se soltaron, ni porque estaban sucias o sudadas, más se aferraban.

Se encontraban calientes y probablemente pegajosas, pero era un agarre férreo que les hacía tener los nudillos blancos. Las uñas de Hinata se clavaron en la mano de Kageyama y éste era incapaz de dañarlo, permitía que el menor hiciera todo el daño que quisiera porque de eso se trataba el amor y sabía que de momento Hinata tenía una increíble lucha interna entre salir corriendo y quedarse ahí a su lado, porque el pelirrojo podía ser cualquier cosa pero jamás rompía una promesa, y Kageyama estaba consciente que Shoyo mantenía una promesa con el Gran Rey. Por más que lo odiase, se había estado mordiendo las ganas y rompiendo los huesos por no robar un solo beso de esos labios, de momento se conformaba con robarle la voluntad de ser rígido y suspiros color caramelo de la boca. Con eso le bastaba por el momento hasta que la mano del pelirrojo se fue aflojando lentamente. La respiración de ambos se acompasó discreta con el ruido de los rieles y las llantas metálicas.

Ruta Hinata.

Las piernas aún le temblaban, no era para menos, lo había visto, lo había visto y fue un poco más aterrador de lo que en algún instante creyó que sería. Antes había perdido toda una noche viendo posibilidades en internet, una noche entera. Después ocasionalmente y todo se redujo a un solo momento. Con el estómago lleno y el corazón hinchado de alegría se había contagiado del buen humor que sus compañeros de exequipo le habían demostrado al verlo. Se había puesto contento con ellos y había acabado por beber un par de cervezas confesando que estaba saliendo con un chico y ese chico era "Pulgarcito", para su sorpresa, los del Aoba también se las olían. Al parecer todos eran profetas y ya nada nuevo quedaba bajo el sol, ni siquiera su relación homosexual con su archirecontraenemigo.

—¿Y viene con todo y Tobio incluído? —preguntó alguien ya cuando el alcohol había subido suficiente y todos soltaron carcajada, pues por aquellos años de preparatoria el Rey y Pulgarcito eran inseparables.

A Oikawa no le había hecho gracia alguna el comentario, pero igual se vio forzado a sonreír. Fue entonces que lo decidió, justo después de salir del bar el caminar, el caminar y dejarse ir, que la suerte lo guiara hasta su destino. Y su destino fue una joyería.

Sólo por ver, quizás terminaba comprando un cursi anillo a juego de novios de esos que son bien económicos y que las adolescentes ahorran para comprarlos y regalarlo con sus novios hasta que el novio se vuelve gay enamorándose de su mejor amigo y la manda a la mierda. ¿Cuántos anillos de esos había utilizado? Probablemente ninguno porque le estorbaban para jugar, pero sí que en el cajón de su cómoda en su casa en Sendai tenía una basta colección de ellos pues todos los guardaba con agradecimiento y siempre había olvidado devolverlos a las chicas, aunque igual jamás se los pedía de regreso.

Había de muchos estilos, y quizás tampoco lo iba a usar ni él ni su "novio" puesto que no se permitía usar joyería en los partidos ni en las practicas, de hecho cada tanto tenían jaleo con la perforación en la oreja de Hinata pues a veces se le olvidaba quitarla. Y si lo pensaba mejor nunca le había preguntado qué demonios significaba esa perforación o porqué se la había puesto, puesto cuando llegó a Los Ángeles ya la llevaba hecha. Había personas que se perforaban solo por la excitación de perforarse pero Oikawa podía presumir que conocía a su novio como para saber que algo había detrás de eso.

En todo caso, consideró también regalarle algún zarcillo pero era lo mismo, el punto que no podría utilizarlo, y con lo descuidado que era Hinata, cada vez que salían terminaba comprando pares de aretes porque siempre olvidaba colocaba los que se quitaba. El castaño se iba a irritar demasiado si un día Hinata le decía que había perdido el arete, o probablemente lo atesoraba, pero sino lo cuidaba iba a romper el corazón de Oikawa y Oikawa no quería sufrir. Se rió solo recargándose del escaparate de la joyería mirando como todo resplandecía debajo de las luces amarillas que hacían parecer al oro más brillante y a la plata más hermosa. Las piedras preciosas soltaban destellos que le producían mareó y las pequeñas chispas de diamante le cerraban el ojo, siempre le gustó como lucían los diamentes en el cuello adulto de su madre, de haber nacido chica probablemente hubiese pedido sólo diamantes a sus novios, porque estaba seguro que hubiera tenido muchos, o quizás sólo uno.

Pensó en Hinata, y no en Iwa-chan como siempre, y la piel se le erizó. Tragó en seco antes de volver a reír. Dio una mirada hacia el interior notando como las dependientes le miraban fijamente algo acongojadas, no podía hacer nada para lucirse más sobrio, porque estaba borracho, pero era muy consciente de lo que estaba haciendo. Entró con paso decidido a la tienda y fue ahí cuando ocurrió. Cuando el mundo colapso y su realidad tuvo otro giro inesperado. Sus labios se entreabrieron y el aliento se le cortó. Las piernas le temblaron y enseguida volvieron a tener fuerza para correr hacia la vitrina.

—¿Esos son anillos de compromiso?

—Sí, son anillos de compromiso —sonrió amablemente la vendedora.

El castaño miró a la chica y después bajó el rostro hacia las argollas. Había una que asemejaba demasiado a otra que estuvo viendo durante días en internet, y sin lugar a duda en vivo y al alcance de su mano es mucho más hermosa de lo que imagino: es de oro blanco con una piedra negra por dentro, en el exterior no es perceptible, solo cuando se ve el interior es que la gema puede apreciarse. Le recordó a Hinata: Hermoso por fuera, valioso por dentro.

Lo había estado pensando desde antes, el irse a vivir juntos a su apartamento era apenas el primer pasó que quería dar con Hinata, un primer paso con una promesa incluída a la cual le había estado dando vueltas, pues si de algo estaba seguro es que había decisiones que se tenían que tomar con rapidez y con los sentimientos ardiendo en el pecho, sin dudar y con valentía, haciéndose responsable de sus actos. Había ocurrido con Iwa-chan, no quería que ocurriese con Hinata.

A él le faltaban dos años para graduarse, a Hinata tres. Después de eso Oikawa estaba completamente seguro que obtendría un contrato con algún equipo de volley y si no era el caso podría ejercer su carrera, ganar lo suficiente para mantenerse él y el sueño que iniciaba justo ahí, justo en el anillo de compromiso que tenía en su mano temblorosa. Esperaría para regresar a USA para hablar con Hinata, quizás esperaría hasta que la Champioship de invierno terminará, justo cuando regresaran a Japón no con el compromiso de ganar partidos, sino para que su madre y su hermana conocieran al futuro integrante de la familia Oikawa y la sombra de Kageyama no atormentara el corazón de Hinata, puesto que si de algo estaba seguro Tooru es que si quería una respuesta por parte de Shoyo, era una respuesta dada con certeza y honestidad, fuese cuál fuese.

Cuando llegó al hotel pasó por la llave de su habitación, e ignoró el vacío en la pieza, sólo se tiró al colchón dejando sus manos sobre su vientre y el corazón latiendo en su garganta. Apretó los labios con fuerza antes de soltar una gran exhalación e incorporarse de golpe mirar hacia el espejo, volverse a tirar a la cama abrazándose a la almohada y rodar con ella.

Tenía el anillo perfecto, sólo era cuestión de esperar que los tiempos perfectos de dios hicieran su magia.

Ni Kageyama, ni la incertidumbre, ni la duda o la ansiedad harían mella en su decisión.

Ruta alterna.

No pronunciaron palabra alguna mientras el recorrido duró. Avanzando con la velocidad requerida y la precisión japonesa conocida a nivel mundial. Las personas subían y bajaban, otras más apresuradas que otras, unas más cansadas que otras. Las manos de los dos chicos no se separaron y se sentía tan natural y correcto que la moral le escocía a Hinata al tanto recargaba su cabeza del fuerte hombro que reconocía. Cerró los ojos un momento mientras que contenía en su nariz el aroma adulto que no conocía porque no había estado ahí presente para ver en qué momento se había convertido en el atractivo hombre que ahora secuestraba el sueño de otro hombre.

Una estación pasó, otra estación más, quizás fueron cinco o seis estaciones hasta que el paisaje urbano dejó de aparecer rápido y fulguroso en las ventanas y los árboles de los suburbios se mecían para ellos. El aire acondicionado del vagón había dejado de funcionar pues no era necesario, por el contrario, había empezado a hacer frío perse y el par de atletas se pegaba más uno contra otro. Si el celular de uno o el del otro estaban sonando sin parar pocos le importaban. En algún momento Kageyama había puesto en silencio el suyo, y Hinata sólo bajó todo el volumen. Ese momento lo estaban robando para ellos y era perfecto.

De reojo Kageyama notaba entre todos esos rasgos faciales adultos los gestos que había añorado durante tantas noches y que se había aprendido por medio de fotografías y recordatorios pegados en su corazón. De vez en vez apretaba la mano y cerraba los ojos para guardarse para sí mismo toda la travesía que tenía la caída libre de la punta de la nariz de Hinata hasta la barbilla masculina pasando por los labios que ahora estaban ligeramente agrietados.

El tren bajó de intensidad progresivamente mientras que anunciaba la última estación: Kuki Station. La voz mecánica de los altavoces advertía a los usuarios a recoger sus pertenencias y se alistaran para bajar en la última estación, anunciaba también la salida del primer tren a las cuatro de la mañana y la partida del último tren de la línea vecina que podían coger para ir más hacia el sur, hacia la prefectura vecina y salir por completo de Tokio. Pedía también amablemente que permanecieran al otro lado de la línea amarilla hasta que se detuviera por completo el tren y que agradecia el haber viajado con ellos. El reloj de pulsera de Hinata dictaba las doce y medía de la noche, pero ninguno de los dos se percató de ello. Cogidos de la mano, con los dedos entumidos y las puntas de sus narices rojas bajaron en la estación.

Había unas escaleras eléctricas al frente y más allá una luz flourescente se podía ver destellar. Se miraron entre sí y decidieron avanzar.

Afuera era una calle bastante austera con algunos postes de luz, un salón de panchiko, un bar, dos love motel y un restaurante junto a una tienda de conveniencia, ambas estaban cerradas, aunque la segunda tenía un letrero de clausura. Había un par de personas por ahí pero ninguna parecía querer saludar al par que tampoco se interesó en socializar, por el contrario empezaron a caminar como guiados por un sistema GPS automático, era mejor si se apresuraban en salir de ahí. Y otra vez… a correr.

—¿Y cuál es el plan? —preguntó Hinata sentado en el taburete de una barra de una tienda de convivencia 24 horas, una ramen instantánea se enfríaba delante de él, el jugo estaba destapado y cogía pequeños pedazos del pan de melón que acompañaría la ramen.

—No sé… —masculló Kageyama tomando su propio pan de melón, dejando sobre la barra un pote de leche al cual le había recién dado un largo trago hasta casi vaciarlo.

El dependiente los vigilaba de vez en vez desde la caja registradora, pero iban demasiado bien vestidos como para ser ladrones, aunque la altura de ambos era cosa seria que lo ponía inquieto como la hora en que se estaban presentando para hacer una compra casual.

—¿Cómo qué no sabes? Tu plan fue correr por todo Tokio solo para comer pan de melón en una tienda en medio de saber dios dónde… ¿ese era tu plan?

Kageyama terminó de masticar su pan y sacó del bolsillo de su chaqueta un sobre, lo dejó entre el espacio que había entre ambas comidas, masticó con calma.

—Me enseñaste que si quería jugar volley lo podía hacer en cualquier parte del mundo así que… volvamos a jugar juntos, déjame ser otra vez tu armador… huyamos juntos Hinata.

Hinata parpadeó perplejo y después soltó una carcajada.

—¿Kageyama te sientes bien?

—No es una broma, Shoyo.

—Huyamos juntos —las manos de dedos largos y pálidos del armador desenvolvieron el empaque del sobre una hoja impresa en blanco y negro pero donde se podía ver pefectamente la captura de pantalla de los números de asiento para un vuelo que iba directo a Edimburgo en Escocia—. ¿Vienes conmigo, Hinata?

A Hinata el corazón se le disparó en un pulso arrítmico que sólo hacía competencia con aquella primera vez que se vio recostado en una mesa de cirujano esperando por una exfoliación. Sus ojos se llenaron de lágrimas una vez más y sus labios temblaron. Sus dedos tocaron el papel pálido y la impresión de media calidad en él. Era real y podía sentir la mesa dura debajo de la notificación. El vuelo salía esa misma madrugada.

—No hay necesidad de llevar nada… salvo tus documentos —informó con voz suave el armador sin dejar de ver a los ojos a Hinata—. Antes… no tuve la fuerza para defender esto —Kageyama jamás había sido bueno hablando, siempre dejaba que sus acciones transmitiera su sentir, sin embargo había pasado días y noches enteras practicando delante de un espejo, y ahora, y ahora fluía aunque la garganta amenazaba con cerrarse, su piel estaba fría y luchaba porque su mano no fuera trémula al sostener la del pelirrojo que sí temblaba conmocionado, en un estado catatónico—. Permíteme retomar esto, donde lo dejamos, Shoyo.

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Cronopios del autor: ¡Mazapanes! Es aquí cuando fangirlean y yo me parto de la risa mientras me como un helado. Pues nada. Estamos por entrar al último arco de la historia. Las cosas se pusieron color de hormiga. Este capítulo fue cortito, y todo sucede en una sola noche. ¿curioso no? Mis modos de manejar los tiempos es bastante cuestionable considerando que me fijo mucho en ese detalle con otros autores. LOL. Pero bueno, sabíamos que soy un desastre. Espero les guste y muchas muchas muchas gracias por leer. Nos estamos viendo el siguiente fin de semana donde les traeré alguna sorpresita.

*Viva la vida: Expresión usada para referirse a una etapa de libertad casi libertinaje y "fácil".

St. Yukiona

"Que los ama de corazón, pulmón y páncreas"