Descarga de responsabilidades: Haikyuu!, no me pertenece a mí -obvio-. Le pertenece a la gente que lo hace (?

Advertencia: Es Yaoi. No mariqueen que no se los advertí. +18. No beteado (tal cual lo terminé así lo subí, así que sorry por las incongruencias ortográficas y de redacción).

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Las mil plumas del cuervo

St. Yukiona

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24.- Apocalipsis.

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Mis mazapanes: Antes que yo no hubo nada creado, a excepción de lo eterno, y yo duro eternamente. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! Vi escritas estas palabras con caracteres negros en el dintel de una puerta, por lo cual exclamé: - Maestro, el sentido de estas palabras me causa pena.

Divina comedia.

Siempre terminaba aturdido. Era algo que no podía evitar. Ocurría cada vez que viajaba a Japón. Las tantas horas de vuelo hechas de jalón después de un exahustivo entrenamiento claro que no eran cosa que fueran fáciles para su cuerpo, ya no tenía quince, aunque tampoco era un cuarenton. Pero sus ventípico casi treinta (en unos dos o tres años más) pasaban factura. Iwa-chan le decía con premisa que para ser deportista tenía más achaques que un viejito pero a Iwa-chan le gustaba joderlo, así que simplemente le respondía con un alegre: "Es que no todos somos unos salvajes como Iwa-chan fanático de los exatlones", agradecía que estuvieran en continentes diferentes porque de lo contrario quizás lo hubiese molido a golpes en más de una ocasión, y no lo culpaba, a vece si se merecía esas golpizas, esas golpizas lo habían vuelto fuerte emocionalmente pues muy pocas cosas lo provocaban al punto de querer coger a alguien a golpes. A Iwa-chan le debía mucho.

Iwa-chan había evitado que en dos ocasiones que él, Oikawa Tooru, hubiese terminado por golpear desenfrenadamente a Kageyama Tobio, una durante la escuela media, otra durante su primera visita a Japón en universidad. Qué cosas. Ahora probablemente no sentía el mismo odio que sentía hasta hace dos o tres años por Tobio, pero existía en su pecho cierto recelo que siempre quedaba cuando se tenía un rival. "Oye, Oikawa-san, ¿cómo se siente que alguien más joven que tú sea el armador oficial en la selección". "Oikawa-san, cuéntenos por favor, qué clase de consejos le dio a su kohai Kageyama-kun, porque es bárbaro". "Oikawa-san. ¿Usted cree que hubiera conseguido como armador de la selección japonesa los mismos éxitos que consiguió Kageyama-san?". Los periodistas en su país solían ser mordaces y directos, no dejaban pasar nota por alto sobre su pobre rendimiento cara a cara con figuras como Ushijima o Kageyama. Era algo que no podía evitar y con lo que durante años había aprendido a vivir.

Le recordaba ciertamente esa insana rivalidad entre Nancy Kerrigan y Tonya Harding, con todo y el cuadro psicópata por parte de Oikawa, aunque jamás llegando a una agresión tan fatal como la de Tonya hacia Nancy*. Ganas no le habían faltado en su momento pero ahora, ahora era tema pasado.

—El día que tú mismo dejes de creer que eres inferior a Kageyama, ese día podrás superarte, Tooru —le gritó un día Shoyo mientras que en sus días más tensos tuvieron una de sus conocidas peleas. Porque así como se amaban también podían explotar. Fue justo después de regresar de Japón a la UCLA, y darse cuenta que las cadenas que lo mantenían de mejilla al piso comiendo mierda, eran cadenas que él mismo se había echado, y que debía de quitarse de encima y comenzar a fomentar su propio camino.

Usaba lentes de sol aunque era media noche pero había muchos flachazos que no hacían más que lastimarle los ojos. Sonreía de forma cansada e inclinaba la cabeza en un agradecimiento corto aunque parecía más un cabeceo de cansancio que otra cosa. Alguien gritó su nombre y quitándose los lentes para acariciar el puente de su nariz y seguir posando sonrió a la persona que lo había llamado.

Según sabía no pasaba lo mismo en otros países, o al menos no en todos, Japón era una potencia en el vóley y era obvio que la cobertura medíatica fuera algo que se tomaban demasiado en serio. Se despidió con una leve reverencia y volvió a caminar empujando su maletín LV de viaje. El resto de su equipaje lo transportarían directamente al auto que esperaba por él afuera del aeropuerto. Estaba sumamente cansado.

En un principio la travesía de San Francisco a Japón sería más corta, pues exitía un vuelo que era con mucho menos horas de viaje, el problema con ése fue que no tenía cupo ni siquiera en clase ejecutiva, mucho menos en primera clase. Durante la preparatoria probablemente se hubiera quejado porque según él se merecía toda pleitesía, sin embargo el Oikawa egresado de la UCLA era mucho más humilde, o al menos lo más humilde que podía ser un rey que era consciente que necesitaba descanso para rendir a una ajustada agenda social medíatica y deportiva. Así que por comodidad durante el vuelo –y porque los asientos de primera clase eran mucho más cómodos que los ya por sí cómodos de clase turista de un boing capaz de hacer vuelos interatlánticos—tuvo que acceder a unas 24 o 25 horas de vuelo con dos escalas una en España, y otra en la India.

—Oikawa-san, bienvenido a Japón —dijo el comisionado de la Federación de Volley de Japón. Personalmente había ido, pues el agente de Tooru había sido claro en que quería que el comisionado oficial fuese el que recibiera al jugador pues fue la propia Federación la que en algún comentario bastante desagradable por medio de uno de sus burócratas expresó su rechazo hacia jugadores lesionados que jugaban en el extranjero. Tanto Hinata como Oikawa en su momento se sintieron heridos, pero las palabras se las llevaba el viento y ahora estaba ahí para vestir, después de tantos años, el uniforme rojo y negro de la selección.

—Muchas gracias, comisionado —sonrió amablemente, o lo más amable que se podía el castaño haciendo una reverencia.

Le sabía extraño hablar con otra persona japonés de manera tan fluída que le causo curiosidad como sonaba su nombre en labios extraños a los que ya conocía. Torció el gesto aguantando un bostezo contra su mano.

—Por aquí, por favor —el hombre de traje con el escudo de la Federación bordado en él le mostró la puerta abierta de una camioneta oscura dispuesta para ellos. Oikawa afirmó y subió sin más problemas. Se acomodó en su asiento.

—Gracias —dijo nuevamente Oikawa mientras que sacaba su móvil para enviar un mensaje. Por la mañana subiría alguna fotografía a redes sociales. La cosa había estado muy movida por ese medio que hasta hacía medio mes fue su lugar favorito en el mundo. Tanto Snap, como Insta, Twitter y Facebook se habían vuelto un campo de guerra gracias a una publicación que hizo, donde no quiso meter más manos por recomendación de su representante y el representante de marketing y publicidad del equipo al que pertenecía. Aunque ocasionalmente subía alguna fotografía para no mantener tan abandonadas sus amadas redes.

No obstante, el móvil fue para mandar mensaje a su madre avisándole que había llegado a Japón, a su hermana –quería ver a su sobrino—, a Iwa-chan –quería ver a su novia que ahora esperaba al primer hijo del moreno—, y obviamente, a Shoyo.

Suspiró pesadamente después de que pasaron segundos de haber enviado los mensajes correspondientes, su mano temblaba suavemente sobre su rodilla mala, apretándola, gracias a la oscuridad de la cabina del auto no se podía ver el gesto; no le dolía, sino que era una manía dejada de juventud cuando se encontraba sumamente nervioso.

Vería a Shoyo después de un largo tiempo.

El teléfono vibró, y enseguida lo tomó para pegarlo a su oído pues era una llamada. De su madre.

Mira que hijo tan más ingrato —Chilló Oikawa Satomi, madre del jugador que se tuvo que alejar un poco el teléfono del oído pues la mujer parecía tener un megáfono en la boca que amplificaba su voz en un diez o quince porciento, demasiado alto para alguien que tenía aún los oídos tapados, su madre sólo era así por dos motivos: porque había bebido demasiado café o porque había bebido demasiado sake. Lo primero era cuando tenía alguna investigación que la obligaba a estar muchas noches en vela, lo segundo sucedía cuando acababa alguna investigación que la había obligado a estar muchas noches en vela y necesitaba festejar su éxito.

—Vale, vale… mi culpa, por no avisarte cuando iba a llegar pero sabes que aún me confunde eso de que aquí es hoy y allá es ayer, y eso —resolvió Tooru tratando de no reír.

Cómo sea, el caso es que estás en Tokio, ¿no? ¿Cuándo vas a venir a Sendai?

—Muy probablemente el viernes, sino es que un poco antes —era martes, el asunto que lo llevaba a Tokio duraría solo uno o dos días.

Aún tenemos que medirte el haori*.

—Sí, sí —se acarició el puente de la nariz—. ¿El enano ya decidió si será negro o gris?

Todos concluímos que se verían mejor con negro.

—¿Todos quiénes?

El primer ministro de Japón, de Inglaterra y el presidente de USA —Soltó irónica la señora Oikawa haciendo que su hijo torciera los ojos y soltara un suspiró cansado, no estaba de humor para esas bromas, estaba agotado y su madre parecía ser una adolescente insolente con la cual no quería lidiar—. Obviamente la madre de Sho-chan, tu cuñada, tu hermana y yo.

—Ahora hacen cotilleos en conjunto.

El comisionado podía darse una idea bastante clara –por lo que estaba escuchando por parte de Oikawa, como algunas frases que se alcanzaban a percibir del teléfono así como lo que se sabía de redes sociales—sobre qué estaba hablando el jugador, no obstante pretendía que no escuchaba nada de eso, que estaba ahí como una planta decorativa sin mostrar su desaprobación total al estilo de vida del jugador.

Es lo que hacen las suegras con sus yernos, Tooru, y más después de tantos años sin verte la cara a ti o a Sho-chan —dijo indignada la mujer.

—Vale, nos veremos en Sendai pronto.

Está bien, Tooru, cariño —la voz amable y llena de amor de su madre siempre le hacía sentir que estaba en casa a pesar que estuviera en un auto en movimiento sobre la carretera rumbo al corazón de Tokio donde se hospedaría para al día siguiente ir a la concentración y conocer al equipo que dirigiría. Colgó enseguida y suspiró, un mensaje de su hermana, y otro de Iwa-chan maldiciéndolo por haberle despertado.

Después silencio sepulcral y un incómodo momento dentro del auto mientras avanzaba silencioso. Recargó su cabeza contra el vidrio cerrando los ojos, dejando que el frío de la ventana le calara la sien.

En ese pequeño transe entre mantenerse alerta y dormitar un poco más, recordó la última noche que Shoyo y él pasaron juntos. Era una escena por más curiosa pues en veces solitarias Shoyo se iba a un rincón del sillón más largo de la sala en aquella casa que arrendaban ambos y que con su esfuerzo pagaban mes con mes la factura, algo bastante regular pues era cosa del pelirrojo aislarse y reflexionar, sin embargo esa tarde fue especial por cierto motivo que descubrió después el castaño.

Usualmente en esas tardes no solía hacer particularmente nada el menor, sólo se quedaba ahí sentado con los audífonos puestos mientras acariciaba cual excéntrico un balón de volley mirando a la nada. Quizás era su forma de liberar el estrés o sencillamente descansar. Había cosas que perturbaban a Tooru y probablemente ese silencio en las tardes grises de Shoyo era una de ellas, le perturbaban y le molestaban porque no sabía como lidiarlas, eran guerras silenciosas donde sombras danzaban alrededor de la cabeza del bloqueador número 10 del WildFire del NorCal, equipo de volley profesional rankeado como el quinto mejor equipo dentro de la PVL por sus siglas en inglés de la Premier Volleyball League. Tooru siempre supo que muy dentro de él que en el corazón de Shoyo había algo más que sólo el volley y la promesa de amarse por siempre.

El sol no sólo estaba compuesto de luz y calor, sino de sombra y erupciones violentas que podían producir grandes desastes.

En esas veces solitaria, Tooru sólo estaba por ahí, mirándolo por el rabillo del ojo, recogiendo esto y aquello, haciéndose estúpido para no polular alrededor del menor de forma tan evidente, no instigarlo a que le dijera cualquier cosa, pues había aprendido que siempre era mejor darle su espacio. El pelirrojo lo hacía con él, porque Shoyo era muy bueno leyendo los silencios, los enojos y sus rabietas, tan bueno que temía que el enano e Iwa-chan estuvieran en constante comunicación, y era curioso porque después de la presentación oficial con sus familias se habían vuelto tan buenos amigos que sentía celos de lo bien que se hablaban, a veces dejándolo de lado en sus conversaciones y riendo a carcajada y poniéndose comentarios sosos en Instagram donde se seguían mutuamente, mal utilizando "hashtag" sin darle tag a él. Los odiaba, pero amaba que las dos personas que más amaba se quisieran y se gustaran tan bien.

Shoyo llevaba media tarde ahí, pronto sería hora de cenar y el menor no se había movido. Tooru entonces sospesó la idea de que algo había pasado en el entrenamiento, él había tenido que faltar por rehabilitación de su rodilla como cada miércoles como lo estipulaba su contrato desde hacía un año, así que no sabía con exactitud si alguien había sido desagradable con el pelirrojo o algo más ocurrió en su ausencia. Así que tras mucho penar por las inmediaciones se dejó caer a su lado mientras que aspiraba fuerte por la nariz para llenarse de aire y valor.

El menor saltó en su lugar girándose para ver al contrario. Le regaló una mirada seria al darse cuenta que las mejillas del pelirrojo estaban humedecidas y sus ojos estaban hundidos por el llanto. Había estado llorando todo ese rato y el corazón se le estrujo al mayor antes de carraspear, que estúpido había sido en el actuar hasta ese momento.

—Si no son lágrimas de alegría entonces deja que te las quite —inquirió, citando un libro pues no encontraba palabras propias que pudieran ser poderosas en ese momento, pero Shoyo le detuvo la mano mientras que sacaba de un costado una prenda de vestir para entregarsela. La había abrazado desde el inicio en que se sentó en aquel sillón, pero conforme pasó el tiempo terminó siendo una bola de tela contra su vientre.

Tooru no comprendió a que se refería, era una de las camisas oficiales del equipo en el que ambos jugaban y cuando la extendió seguía viendo solo una camisa con el logo de Wildfire Nor Cal, el número 10 en el centro y arriba el nombre de Shoyo. "Oikawa S.".

—Vaya, ¿a ti sí te agregaron el la inicial de tu nombre en el uniforme? —preguntó aunque obviando la respuesta al tenerla entre sus manos. Su uniforme únicamente decía "Oikawa", pero comprendía que sería todo un dolor de bolas para arbitro, comentaristas y entrenador el tener que distinguir entre un Oikawa y otro, pues muy a pesar de todo se les había respetado su condición como matrimonio que se consolidaría en menos de dos semanas.

A pesar que eran ambos extranjeros y que no estaban oficialmente casados en su país les habían hecho válida el acta de la unión civil entre ambos emitida por la ciudad de San Francisco, tenía un legal a los ojos de los superiores en el equipo y ante la misma Federación de la PVL. Al principio había sido toda una controversía la entrada de Shoyo al equipo donde Oikawa jugaba, pero la polémica creció –y enardeció—cuando se dio a conocer que la pareja había metido el acta matrimonial a la Federación para ser aceptados como matrimonio y reconocidos en su estatus como jugadores, con el derecho de portar el mismo apellido en la camiseta en juegos oficiales –muy a pesar de que Hinata era hasta ese momento un jugador de las fuerzas básicas—los altos mandos no se darían el lujo de perder a dos jugadores de la talla de Shoyo y Tooru por curiosidades como su preferencia de género, al contrario, seguramente terminarían atrayendo a un número considerable de fans y alguna que otra controversía por ser de los primeros jugadores extranjeros y homosexuales en jugar en un equipo de la USA PVL, y además uno tan bien posicionado.

—¡Tooru! —ya no era más el "Gran rey", ni "Oikawa-san", se había acostumbrado a llamarlo por su nombre y a no enrojecer hasta la nariz cuando el mayor lo llama por el suyo. El setter terminó por reír, sus risas debían de ser una especie de bendición que no merecía del todo Shoyo y aún así era acreedor de ellas. Los brazos del castaño rodearon al pelirrojo al tiempo que hundía su rostro en los cabellos rojos y rebeldes—. Entiendo… lo entiendo perfectamente y a mí… me cuesta trabajo creerlo, pero es una realidad —besó el cuello de su prometido/esposo –pues la boda oficiada en Japón y la que según sus padres era la de verdadera validez se llevaría acabo a finales de ese mes después de la final de la USA PVL y motivo por el cual se necesitaban prepararse—por otro lado parecía todo un sueño totalmente irreal, y ambos estaban cruzando por una especie de preludio irrisorio donde todo tenía matices fantásticos.

Los diplomas de terminación de ambos de sus respectivas carreras tenían un lugar en la pared junto con sus reconocimientos por los campeonatos ganados durante la universidad en la UCLA y uno que otro reconocimiento individual al setter del año o al bloqueador de la temporada; no obstante, el certificado de titulación de sus carreras –por otro lado—aún iba a tardar en llegar algunos meses pues el proceso era un poco más tardado al ser ambos extranjeros. Al final Oikawa Tooru había optado por cambiar su carrera por algo ligeramente más simple cuando le llegó el ofrecimiento del equipo profesional que representaba al Norte de California en la USA PVL, FireWild Nor Cal con sede en San Francisco, y de casi comenzar a hacer sus practicas y demás procedimientos largos y que seguramente le iban a acabar por absorber la vida como estudiante de medicina, terminó por volverse fisioterapeuta, aunque el último año en realidad de su carrera había sido un pequeño caos porque tuvo que hacer cierta cantidad de horas extras en materias adicionales y practicas de consultoria interna, hizo la mejor nota de su generación y llevó a la victoria a los Bruins en la Championship de la NCAA –además de tener una relación color de rosa y todo con el enano que parecía más un demonio que un adorable sol—.

En cambio Shoyo, tuvo menos problemas pues su carrera en realidad solo había sido la excusa para estudiar en la UCLA y ser acreedor de una beca que logró mantener durante los cuatro años de licenciatura. Sus padres se encontraron encantados por sus logros deportivos y académicos, pues aunque no había egresado con un promedio sobresaliente logró su cometido de volverse un profesionista universitario y un atleta profesional. Durante el último año de su carrera vivió una de las peores crisis de su vida al no saber si iba a regresar a Japón, o si tenía que buscar un trabajo lejos de las canchas apoyándose del título universitario, si hubiera sido mejor huir aquella noche calurosa de verano con Tobio sin mirar atrás absolutamente nada o si realmente estaba bien ahí a lado de Oikawa que no hacía nada más que apoyarlo desde la lejanía pues ese último año Oikawa ya se había ido a San Francisco manteniendo con él una relación –tortuosa y complicada—a distancia.

El último año de su carrera había sido el peor sin Oikawa en el equipo, con Hanzel ausente por una fuerte lesión y la doble tensión de la ansiedad como atleta pues nuevamente repetía aquella experiencia donde algunos de sus compañeros eran convocados por la propia universidad para volverse entrenadores asistentes de la UCLA, o llamados por equipos semi-profesionales, además de que aún con un curriculum brillante enriquecido por logros nada despreciables en su haber nadie en Japón había volteado la mirada hacia él.

Y fue dos semanas antes de terminar el semestre que FireWild, por medio de su setter, Oikawa Tooru, le hacía la entrega de la carta de ofrecimiento para estar en sus líneas, a su vez que el formulario para la solicitud de visa de trabajo y así mantener legal su estatus migratorio. Desde ahí las cosas se resolvieron de forma audaz y veloz hasta ese punto donde se encontraba en los brazos de su prometido siendo consolado ante la sensación de culpa.

—Esta vez no tuve nada que ver —había dicho en aquel momento cuando entregó la carta de ofrecimiento—. Ellos ya habían pensado en ti, en nosotros, incluso en Pedro y en otros jugadores de los Trojans, así que no creas que yo metí manos ahí —dijo antes de que Hinata empezara a maquinar teorías extrañas en su cabeza, además que ese mismo día sin más sacó un anillo de compromiso y otro papel que se veía ligeramente amarillento y mugroso por algunos bordes al estar tanto tiempo guardado.

Un registro de matrimonio de San Francisco.

—¿Ahora sí es tiempo de que nos casemos, Shoyo? —cuestionó Oikawa mirándolo a los ojos haciendo que el menor se deshiciera en llanto, mocos y berridos. Seguía siendo un pequeño sentimental, y él siendo otro manojo de sentimientos, acabó por llorar. Ambos abrazados en medio del pequeño apartamento de Shoyo mientras que los vecinos preocupados por si alguien había muerto llamaban a la policía para notificar los ruidos que se colaban por las delgadas paredes de aquel lugar en el centro de Los Ángeles.

Pasaron seis meses hasta ese día en que sostenían juntos la playera oficial de Shoyo, y un mes más para que ambos ya en Japón estuvieran a días de su boda, la oficial.

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—Oikawa-san —habló el comisionado a su lado y el castaño abrió los ojos mientras se incorporaba en su asiento frunciendo el ceño suavemente—. Acabamos de llegar.

Todo estaba oscuro alrededor y el atleta se restregó los ojos mientras bostezaba otra vez, la puerta se abrió y el chófer le esperaba. Escuchó ruido en la parte posterior, eran los botones del hotel bajando su equipaje. Bajó con lentitud pues seguía ligeramente mareado por haber sido despertado de forma tan brusca y estiró la espalda haciendo que todos sus huesos tronaran en una sinfonía que lo hizo sentir mucho mejor incluso que el propio movimiento. Empezó a caminar siguiendo a las personas de servicio, el comisionado lo seguía de cerca. Tardó alrededor de diez minutos entre papeleó de registro y la llegada a su habitación sólo para tirarse contra la cama y abrazar la almohada. Daba gracias a dios que estaba lo suficiente cansado como para no pensar que esa noche volvería a dormir solo.

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En Sendai las cosas habían ido más o menos bien, y lo decía sinceramente, puesto que se había encontrado dos veces con la madre de Kageyama, que muy a pesar de todo, seguía mostrándose cercana y amable con Shoyo, incluso agradecida cosa que no comprendía Shoyo del todo, pues era muy consciente que había "destruido" la vida de Kageyama, o al menos eso se aferraron las fans del astro de la colocación decir en algunos foros de chismorreos. ¿Era en serio que los aficionados se dejaran llevar por problemas de sábanas de los jugadores por encima de su desempeño en la cancha? Pues a decir verdad, Hinata había descubierto desde hacía un tiempo que era así. Con sus veinticuatro años, casi veinticinco, tres campeonatos de la NCCA americana, uno mundial de la liga profesional y varios regionales ganados debería de ser suficiente como para haber acabado con todo el "odio" que existía por las Kagelovers –como le gustaba llamar a las chicas haciendo alusión al fandom que a veces existía en artistas como Justin B. o agrupaciones como One D., aunque esos eran cantantes y ellos simples jugadores de volley— pero no era así, por el contrario. Shoyo estaba más que seguro que aquellos comentarios desagradables y ataques hacia Oikawa por medio de redes sociales después de hacer público que se casarían en menos de un mes había sido cosa de ellas.

En realidad Oikawa se le había declarado mucho antes, después de que regresaran de Japón aquella vez durante la gira que habían dado en Japón, Alemania e Italia, durante aquel viaje donde Tobio le había propuesto huir y que él, solo le sostuvo la mano fuertemente y…

—Hinata-kun —el menor abrió los ojos un tanto sorprendido por haber sido sacado de sus ensoñaciones. Estaba desvelado.

—¿Sí? —se restregó un ojo mientras sonreía de medio lado buscando verse más normal, pero la chica frente a él sólo alcanzó a reír divertida por el gesto somnoliento de su cliente.

—Le decía que sí quería más café o que le calentara el que tiene ahí —señaló la chica.

El pelirrojo bajó la mirada. ¿Por qué pediría que le calentara el café que ya estaba caliente?, detuvo el movimiento de la cuchara con la que revolvía el líquido y dio un sorbo notando que éste se encontraba frío, ¿cuánto tiempo llevaba agitando el café? Sonrojado solicitó que le calentara la bebida.

Se cubrió el rostro, el frío de la argolla de compromiso le lastimó el rostro cuando intentó restregarlo y lo quitó para contemplarlo frente a él en el mesón del café donde desayunaba diariamente desde su llegada a Sendai, hacía una semana más o menos, había llegado antes que Oikawa puesto que estaba encargado de supervisar que los preparativos con la boda estuvieran acorde. De hecho, esa boda se iba a realizar en tres meses más, pero una llamada de urgencia por parte de la Federación Japonesa de Volley convocando a Oikawa había provocado que todo se acelerara: aprovechando que Oikawa iba a estar en Japón pues de una vez matar dos pájaros de un solo tiro.

A Hinata realmente no le importaba si la boda era ese mismo día o en tres años más, estaban juntos como pareja desde comienzos de la universidad cuando él apenas había cumplido diescinueve años, ahora tenía veinticinco (Oikawa veintiocho) y uno de ellos casados por el civil de San Francisco, las cosas habían sido en medida perfectas (en un perfecto común y normal para una pareja de homosexuales públicos), tuvieron, tenían y seguramente tendrían sus malos –pésimos—episodios como todas las parejas, y quizás el doble por ser figuras del deporte pero era cosa que iban a pasar en conjunto. No obstante, una chispa muy dentro de él siempre metidaba sobre lo que hubiera pasado dos o tres años atrás cuando Tobio llegó enérgito con aquella propuesta.

¿Seguiría jugando? ¿Las cosas hubieran funcionado? No es que se arrepintiera en absoluto, pero de todas maneras la incertidumbre siempre iba a existir. Suspiró pesadamente y dio un trago al café que le llevaron.

Lo saboreó y acarició su garganta un momento.

Había cosas que no le había contado a Tooru, pero encontraría un momento de decírselo. Algo de esas cosas probablemente le harían odiarlo pero no existía prueba de amor más grande que el estar ahí sentado, sin dudas en su corazón de coronar el anillo de compromiso con uno de matrimonio. Además, el día en que Oikawa se le propuso y le contó que el anillo lo compró la misma noche en que Tobio dejaba caer los boletos de avión a Irlanda sobre una vieja barra de una tienda de convivencia, supo que todo había sido una prueba muy riesgosa del destino.

—¡Sho-chan! —unos brazos lo rodearon y el hombre no pudo evitar sobresaltarse pero regresar el abrazo. Enseguida más abrazos, besos, y Shoyo suspiró pesadamente con una sonrisa cansada y acostumbrada, aunque igual de brillante que todas las que él tenía.

Natsu, su madre, su cuñada y suegra entraban todas radiantes con bolsas y cajas en sus manos que pronto atiborraron la barra del café. Se acomodaron.

—¡Eres igual que Tooru! —gimió su cuñada, que era varios años mayor que él, pero lucía hermosa y distinguida, estaba en los genes. Su pequeña hermana, Natsu, una increíblemente bella adolescente parecía muy apegada a su concuña y es que no podía evitarse. Shoyo agradecía la hospitalidad y la forma en que la madre de Tooru aceptaba su hermana y madre de forma natural—. Pudiste haber pedido una mesa si sabías que íbamos a venir —regañó en forma cariñosa la mujer.

Shoyo rió divertido.

—Lo lamento, no pensé que tardarían tan pooc —soltó un poco mordaz y se ganó un golpe de la mujer haciendo que las demás rieran, aunque siguió recibiendo regaños por parte de todas.

Muy a pesar de estar ahí para supervisar los detalles de su boda eran las mujeres las que llevaban las riendas en elección de vestuario, el santuario, arreglo general, la fiesta y hasta la lista de invitados. Era obvio que Tooru tenía mucho mejor gusto que Shoyo que cada vez que podía se colaba lejos de la concentración y centro de operación de boda en la que se había convertido la casa de los Oikawa, pero no podía zafarse cuando lo pescaban y lo obligaban a ir a hacer compras.

La boda tenía alrededor de cuatro o cinco meses de planeación, pero todo se había apresurado y las mujeres habían entrado en función multitarea. La joven pareja de jugadores estaban totalmente agradecidos con la madre de Tooru pues había apostergado muchos proyectos por los arreglos de la boda así como la hermana de éste, mientras la madre de Shoyo y su hermana ayudaban en absolutamente todo. Mientras el padre de Shoyo solo se dedicaba a aportar dinero en parte igual que la familia Oikawa para solventar la boda de su hijo, pues debido a que ambos eran hombres el señor Tatsu creía que ir a partes iguales era lo justo por más que los Oikawa se negaran a ello.

—¿Terminaron de hacer sus compras? —preguntó Shoyo tras la ola de regaños y bromas.

—Sí, ahora íremos a hablar con el sacerdote del templo para ultimar detalles —dijo su madre, su suegra secundo.

—Yo iré con Natsu a buscar las hakamas y… se supone que tú deberías estar recogiéndonos en dos horas más en el templo a las cuatro —señaló su cuñada.

—A menos qué quieras ir —jugó con sus cejas la hermana menor de Shoyo ganándose una mirada de reproche del aludido.

—Las recogeré a todas en dos horas en el templo… —sonrió fastidiado el pelirrojo.

La menor se le colgó al cuello mientras que le propinaba un beso en la mejilla, ambos rieron.

Las mujeres le dijeron la larga lista de pendientes que quedaban, que en realidad se podía resumir a los dedos de una mano, pero las mujeres tenían una forma muy particular en contabilizar las cosas que las hacían parecer:

1.- Complicadas.

2.- Infinitas.

Así que él sólo asentía y se preguntaba dónde mierda estaba Oikawa, porque estaba seguro que él iba a disfrutar mucho todo eso porque éste si hablaba el mismo idioma que las mujeres que ahí se encontraban chachareando en un lenguaje desconocido: Blanco ostión, magenta apurpurado y céruleo. ¿Esos eran colores? ¿O códigos para jugar con el Pókemon?

Por suerte, pronto llegó la comida, almorzarón en paz y después cada cuál se fue a sus déberes. Él deambularía por ahí hasta que dieran las dos y tuviera que recogerlas para volver todos juntos, él cargando todas las compras, ellas parecían más emocionadas con todo el asunto que el novio mismo, no es que él estuviera desánimado pero… en medida, prefería estar jugando volley. Salió al mismo tiempo que ellas y un malestar regresó a él, decidió apresurar el paso para alejarse de las mujeres.

La menor olvidó despedirse de su hermano y volvió sobre sus pasos corriendo a buscar a su hermano que no pudo haber ido muy lejos, no lo encontró en el café así que corrió hacia la única dirección que pudo haber tomado éste, girando a la derecha y encontrando a Shoyo doblado sobre sí mismo sosteniéndose con una mano de la pared y con la otra el estómago, tocía de forma histérica mientras saliva con sangre escurría de su boca en una escena grotesca.

Seis años de diferencia había significado mucho cuando a su hermano le diagnosticaron cáncer y ella tenía una leve idea de que algo malo estaba ocurriendo sin que nadie le pudiera decir absolutamente nada al ser una niña, pero ahora, seis años de diferencia no eran nada y con el corazón desbocado supo que las cosas pintaban grises, negras, oscuras.

—Shoyo… —musitó apresurándose a socorrerlo.

El pelirrojo la alejó y negó escupiendo.

—No… no es nada… estoy bien —afirmó con una sonrisa de medio lado—. De verdad… —comunicó mientras que buscaba incorporarse para recargar exhausto su espalda a la pared. La garganta ardía y sentía la boca burbujeando en un desagradable sabor que ya había olvidado—. Me pasa… de vez en cuando… es por las exfoliaciones… —justificó sudando por el esfuerzo realizado—. Sólo eso.

Natsu preocupada pasó su mano por la cintura de su hermano, era mucho más alto que ella pero podía sostenerlo, por la voluntad de una hermana que amaba a su igual. Caminó con él hasta una banca en una parada del autobús y lo sentó ahí dejando que se relajara mientras sacaba su móvil. Con ojos alarmados le detuvo la mano pero la chica no le importó la súplica silenciosa del mayor. Pegó casi de inmediato el teléfono a su oído.

—Oikawa-san —hablaba con la cuñada de Shoyo—. Acompañaré a Shoyo a buscar algo para Oikawa-san —refiriéndose a Tooru—. Sí, nos vemos más tarde, bye bye —se despidió y colgó.

Shoyo por un instante sudó frío, mirando a su hermana de reojo, preocupado, sin saber qué decir, después dejó caer los hombros y vino otro exceso de tos que acalló con una mano y un pañuelo, esta vez sólo hubo un resquisio de sangre que había quedado de la primera vez, sólo eso. Natsu se tensó al verlo impotente sin poder hacer nada. Hasta que se calmó, al tanto ella iba a comprar una botella de agua que le pasó casi de inmediato.

El autobús llegó pero ninguno de los dos abordó, ningún pasajero bajó, el autobús siguió su camino. Seguían en silencio hasta que la pelirroja apretó sus manos entre sí, temerosa.

—¿Es otra vez el cáncer?

Él negó con ojos cerrados.

—Creía que era el cáncer… —dijo—. Pero no es el cáncer. Sólo son reminiscencias que quedan por las exfoliaciones y el tratamiento de hace años.

La chica lo miró acusadora y Shoyo se mantuvo firme. Ella suspiró.

—¿Oikawa-san lo sabe?

—Ni Oikawa, ni nadie, sólo tú y el médico en USA.

—Debes de contárselo a Oikawa-san —murmuró ella.

—No quiero preocuparlo, Natsu-chan.

—Lo sé, pero debes de decirle. Es tu pareja, y muy pronto tu esposo.

¿Sonaba raro decirle a su hermano aquello? Probablemente para cualquiera, no para Natsu que había aceptado con bastante facilidad el hecho que su hermano era homosexual, por el contrario, ella había estado casi encantada cuando se enteró de la boda, y se decía casi pues había cierto detalle que le hacía ruido.

—Bueno… ¿al menos ya le contaste lo de Tobio?

El pelirrojo se sintió nuevamente volverse de piedra en su lugar. Ahí no tuvo valor de mirarla.

—No sé de qué hablas.

—¿Ya le contaste que te has acostado con Tobio y que lo has seguido viendo?

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—Es para mí, un placer poder presentarles al representante de Japón en el próximo mundial profesional de volley, Oikawa Tooru-san —dijo el delegado y presidente de la Federación mientra s Oikawa hacía una pronunciada reverencia, sintiendo el peso de la sudadera que llevaba puesta. La sudadera negra con motivos rojos y a bandera japonés en el pecho y en la espalda por la parte inferior su nombre escrito en caracteres de la lengua materna. Sabía que aquellas palabras estaban llenas de hipocresía pero debía de tragarse el malestar y no permitir que ningún malestar opacara ese logró.

Ni esa actitud ensayada del delegado, o el hecho de que había sido llamado él porque Kageyama, el armador oficial desde hacía dos años, estaba lesionado e incapacitado para poder jugar. Ciertamente existían otros nombres sobresalientes en la lista para suplirlo, como Miya o Saori, pero por algún motivo que aún desconocía él estaba ahí y no ninguno de los otros dos.

En esos momentos sólo era la presentación oficial, en un mes más tendría que mudar su residencia durante al menos seis meses que duraba la concentración y el dichoso torneo. El equipo al que pertenecía en América había aceptado su ausencia aunque si solicitaba que se presentara en al menos cuatro de los varios juegos que se veían en el horizonte para los WildFire del Nor Cal así como en las finales mientras éstas no chocaran con partidos oficiales de la Federación japonesa, era algo común que ocurría con jugadores extranjeros así que era mera cosa de agenda que su agente se encargaría de resolver. Al tanto Kageyama se iba a recuperar de su lesión de rodilla y tobillo.

Hubo unos diez minutos de preguntas por parte de los reporteros que querían hacer notar casi con malicia y de forma mordaz que era el sustituto y él con un fino tacto contestó algo así como: "El sustituto, ¿qué tal si hablamos cuándo traiga el oro a casa?". Seguido dieron por terminada la sesión y fue escoltado hasta el cambiador. Nada lo afectaba en ese momento, sinceramente, su cabeza estaba a unas ocho horas de ahí, en Sendai, donde su familia (conformada por la de sangre y esos amigos intrañables) lo esperaban para estar presente en su boda.

O al menos creyó que nada lo iba a afectar hasta que vio una figura en una silla de ruedas. Se detuvo para hacer una leve reverencia a Kageyama y siguió de largo.

—Oikawa-san —dijo el menor, por dentro Tooru había estado esperando que éste no le llamara, que lo ignorara y cada cuál siguiera con su camino, pero al parecer Tobio había movido su inválido trasero hasta las instalaciones de la concentración sólo para hablar con él. Gruñó y se giró. El chirrido de las ruedas se escuchó sobre el piso blanco. El mayor ladeó el rostro.

No sentía ni lástima, ni pena por Kageyama Tobio pues cuando uno jugaba con tanta pasión como ellos dos, eran propensos a sufrir lesiones; él tenía una de la que llevaba años cuidándose con especial extremo, ahora al ver a Tobio con una férula blanca que iba desde la mitad de su pie hasta medio muslo, entendió que hasta aquel que creían dios era también un simple humano.

—Los dedos de tu pie son feos —soltó Oikawa señalando los que sobresalían ganándose un sonrojo del otro armador.

—¡Oikawa-san! —se quejó Kageyama, y el castaño bufó.

—Si piensas decirme algo o cualquier cosa sobre esto no tengo ganas de escucharte, pasé una pésima noche y quiero regresar a dormir.

—Que desperdicio.

—Ya te lo había dicho, descansar y perder el tiempo son cosas diferentes, ahora… con permiso, Tobio.

—Oikawa-san —insistió el moreno.

Tooru bufó y se giró mirándolo.

—¿Qué?

—Volveré para recuperar mi lugar —sentenció el moreno, Oikawa ladeó la cabeza.

—Pues… —Tooru pensó en algo, pero pronto suspiró se acercó a Tobio y dejó una mano sobre su hombro—. Recúperate, Tobio, y después… veremos si te mereces nuevamente éste puesto —no era amenaza, no era un comentario mordaz ni nada por el estilo, era un sincero deseo que iba de un jugador a otro. Tobio se quedó brevemente estupefacto y casi en medida que salía de su asombro Oikawa se irguió y ladeó la cadera—. Pero siendo tú un obseso del volley estoy seguro que no vas aguantar pasar tanto tiempo en cama y terminarás jugando solo para lesionarte más —empezó a reír moviendo la mano—. Bye, bye, Tobio —agitó la mano ahora sí decidido a irse.

—Felicidades por tu boda —murmuró como último Tobio.

Oikawa no agregó nada más, eso último le sabía un poco amargo viniendo de Kageyama, pero no era momento de iniciar una confronta, quería de verdad descansar y que el tiempo pasará rápido para que el sábado llegara. Quería disfrutar las cosas conforme fueran pasando, no mirar mucho en el futuro pues no quería perderse un solo segundo de su presente. Quizás Tobio lo comprendía y por eso se le veía tan tranquilo en esa silla de ruedas, comprendía perfectamente que se iba a curar conforme el tiempo pasara y volvería a jugar sin problema, porque en su genética estaba el no darse por vencido, la inyección de sensatez y el "no darse por vencido" fue al ver mucho tiempo a Hinata, sólo era cuestión de que el tiempo corriera a su propio ritmo y él pusiera de su parte.

Las cosas volvían a su lugar lentamente.

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En casa de los Oikawa las cosas se volvían cada vez más intensas. Natsu corría de un lado al otro haciendo equipaje mientras que Nanao, la hermana de Tooru, ordenaba a Takeru que ayudará a llevar el equipaje de los Hinata a una de las habitaciones vacías, y que las otras maletas, las de todos que se iban para el hotel donde dormirían las siguientes dos noches, las acercará a la puerta. A Oikawa los "dos días" que duraría en Japón por asuntos de la federación se le convirtieron en toda la semana y llegaría esa noche directamente al Ryokan que estaba cerca del templo donde sería la ceremonia y el jardín donde sería la recepción de los invitados junto con la boda de civil. En Sendai el matrimonio igualitario no era legal, sin embargo la madre de Tooru había logrado que un ministro de Shibuya llevara su jurisdicción hasta allá para casar a los dos jugadores.

—Todo está listo —dijo Takeru mientras que asistía a Natsu con otros bolsos que la menor cargaba, le sonreía de medio lado con esa falsa modestia propia de los Oikawa, pero a la chica como que no le hacía mucha gracia esa actitud del mayor y solo le agradecía silenciosamente para ir a hacer otra labor. El pobre adolescente que era apenas dos años mayor que ella se daba de topes contra la pared sin saber qué más hacer para ganarse la atención de la guapa hermana de su cuñado.

—Perfecto —respondió la señora Oikawa—. Es hora de irnos, Takeru ayuda a Hinata-san a subir al auto, Nanao, Natsu y yo nos iremos en mi auto, pasaremos a recoger a Tooru-kun.

—¿Eh? Yo quería irme con Natsu-chan.

—Natsu-san para ti —gruñó Shoyo, pues aunque Takeru le caía muy bien, no podía dejar de pensar en su hermana como una bebé a la que cargaba hacía apenas nada. Y que aunque conocía sus más oscuros secretos, seguiría siendo por siempre esa niña que se le aferraba a la pierna llorando que no fuera a la escuela pues estaba lloviendo.

—Sho-kun —chilló el adolescente casi adulto mientras que arrastraba los pies al auto. Era medio día y debían ir a registrarse pronto, además de revisar que en la recepción todo estuviera listo.

Así de agitada estuvo la casa, así de silenciosa se quedó cuando el auto de los Hinata y de los Oikawa arrancaron a sus respectivos destinos.

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El ryokan era un lugar de corte tradicional, uno de los poquísimos lugares de primera que había en el centro de la ciudad de provincia, tuvieron oportunidad –y recursos—para hacer la celebración en un lugar en Tokio o alguna de las grandes ciudades, sin embargo, ahí estaban sus amigos, ahí habían crecido como seres humanos y como rivales, y ahora se unían de forma definitiva como dos personas que se amaban, sin más, se amaban. Simple. O al menos era la firmeza que se repitió Shoyo mientras estacionaba el auto frente a la entrada de huéspedes. Los esperaba ya una diminuta comitiva de tres personas para ayudarles con el equipaje de la familia de los novios, así como las cajas donde iba el ajuar de cada uno de los novios y sus familiares.

Habían querido darle un aire totalmente tradicional hablando culturalmente, vivir tanto tiempo en una cultura contaminada de globalización los había dejado tocados a Oikawa y Hinata, así que decidieron la única condición para las organizadoras de la boda que ésta fuera tradicional, aceptaron sin problemas las cuatro mujeres encargadas y ahí estaba. Comenzando por el alojamiento y el festín para relajarse. Oikawa llegaría en un par de horas a Sendai y se verían hasta la mañana siguiente cuando tuvieran que abordar el transporte que los llevaría al templo. Se mantuvo tranquilo el pelirrojo. Hizo las firmas de las reservaciones: Su madre y su padre –que llegaría más tarde—dormirían en una habitación el anexo a ésta sería para su hermana y tres amigas que irían con ella. Mientras que la madre de Oikawa y la pareja de ésta dormirían en otra, en otra habitación la hermana de Tooru, y en otra más Takeru con un amigo al que había invitado. Algunos otros invitados, sobre todo familiares, también se hospedarían en el lugar. Incluso se llegó a topar aunos cuantos en el pasillo que bien o mal lo saludaron felices. Otros familiares y amigos habían rechazado la invitación por lo escandaloza que sonaba por sí sola la idea de dos hombres casándose, y la pareja no pudo hacer nada más que agradecer la honestidad al momento de cancelar.

La boda sería por registro civil, haciendo válida su unión y respetando sus derechos como consortes, al tiempo que sería también por la religión sintoísta, una de las poquísimas religiones que no veían, por suerte, ni bien ni mal la unión entre dos hombres. Culturalmente Japón aceptaba la homosexualidad desde la época de los samuráis donde era común que existiera un amor filial entre un guerrero veterano y otro más joven, así como la unión entre la clase media, sin embargo con la entrada del cristianismo todo se había salido de control hasta volverse uno de los países más homofóbicos que existían pero que poco a poco rompía el estereotipo para abrir su corazón al amor.

Cuando Shoyo se quedó solo en la habitación en la que pasaría sólo esa noche, sintió un hoyo en su estómago, en la boca, y se quedó meditando al ver la caja que aguardaba la ropa que usaría al día siguiente. Acarició sus bordes y suspiró. Una unión para toda la vida.

Eso era lo que quería, no cabía duda en sus pensamientos o su corazón, sin embargo, debía de exclamar con total sinceridad todo lo que había dentro de él, todos esos secretos que se había estado tragando, esos que lo habían llevado a él a empezar a recolectar plumas de cuervo.

Sacó de la caja el haori oscuro, el hakama, la yukata. Sus dedos acariciaron los escudos monz bordados sobre el pecho de la hakama y la forma intrincada que presentaba el obi que usaría. Era color rojo quemado y combinaba perfectamente con los pequeñísimos detalles del cuello del haneri. Los tabi oscuros también estaban ahí y seguramente los zori debían estar en el equipaje. Podía conseguir otros temprano si los había olvidado.

Ojala fuese así de sencillo el olvidar algunas cosas.

Escuchó un poco de ruido afuera de su puerta, y cubrió con una manta su atuendo para caminar hasta la puerta y descubrir a Tooru que había estado a punto de tocar. Sus ojos se conectaron y Shoyo no pudo evitar esbozar una sonrisa, que de menos a más se volvió gigante, sobre todo cuando notó la sudadera negra de la selección, no tardó nada en tirarse a sus brazos, colgarse de su cuello y besarse con hambre, necesidad. Oikawa los guió al interior de la habitación cerrando la puerta con el tobillo del pie dejando un tanto incómoda a la mucama que lo había guiado hasta la pieza.

El beso de bienvenida se volvió en caricias que acaloraron sus cuerpos y pronto se encontraron empujándose contra el futón de la habitación que ni siquiera estaba extendido sobre el tatami sino doblado en una esquina de la pieza.

Hinata buscando sostenerse mientras que ahogaba sus gemidos contra la espalda transpirada de Oikawa que se deshacía debajo del peso de Shoyo, éste aún meciéndose en su interior, abriéndole el corazón y haciéndolo llorar de puro placer; aún no se acostumbraba a esa posición, a ese nuevo rol, pero la versatilidad le daba sentido a la vida y se dio cuenta de lo mucho que se había perdido, sobre todo en ese momento en que su próstata era machacada de tal manera que los ojos le quedaban en blanco y juraba ver puntos de colores debajo de sus párpados y todo el mundo se derretía a su alrededor sobre su piel que se ponía caliente y sus hombros se sonrojaban mucho más de lo que usualmente lo hacían.

Escuchar la voz ronca de Hinata le hacía que el mundo saliera de su eje y diera vueltas violentas que lo dejaban en ascuaz hasta que pasaban bastantes horas y era consciente que se llama Oikawa Tooru y amaba a Hinata Shoyo. Pero ese momento no llegó pronto, de hehco, ni siquiera alcanzó a llegar cuando Hinata se quedó enterrado en él, arquéandose cubriéndose la boca mientras su cuerpo parecía convulsionar, en realidad soportaba las ganas de toser. Salió de Oikawa de golpe haciendo que éste se quejara pero el dolor fue mínimo cuando vio a su prometido salir corriendo con piernas temblorosas y desnuda figura hacia el baño.

La tos se volvió un arco al terror que hizo que Tooru, aún agitado y abochornado por la actividad, tirara de una de las yukatas que daba el hotel y que habían ignorado para ponérsela encima y poder correr hacia una triste realidad.

Hinata esaba flexionado hacia la zona de loceta azul marino que adornaba el área de la regadera donde tirado, literalmente, tocía descontrolado, tratando de que el aire alcanzara sus pulmones pero era imposible, era como tragar fuego y vidrios rotos: totalmente atroz.

A Tooru le costó sólo dos segundos reaccionar para correr a buscar agua en un vaso y ofrecerlo mientras que tomaba una toalla y la mojaba en el grifo para colocarla sobre la nuca, cuello e inicios de la espalda. Se quedó a lado de Shoyo pues no podía dejarle solo por si llegaba a necesitar intervención para no ahogarse. Sus ojos se humedecieron, ya no por el lujurioso placer que le ocasionaba el menor, sino por la triste certeza que había estado sospesando desde hacía un par de meses.

Cuando ambos estuvieron más tranquilos. El cuadro de tos se superó en medida y decidieron no llamar a ninguna de las dos madres o a alguien más, Tooru acariciaba la cabeza pelirroja de quien sería su esposo en escazas horas, no habían dicho nada, y Hinata humedecía la pierna ajena.

—¿Cuándo planeabas decirlo? —murmuró Tooru, quería arrojar esos sentimientos de engaño y enojo, pero se mantuvo firme acariciando el cabello.

—Hace una semana tuve voz ronca y pensé que era resfriado… hoy empecé a toser sangre y… —la voz de Hinata sonaba fatal, ronca, había desmejorado tanto en apenas una hora, o quizás era el exceso de tos y lo caliente que había estado la garganta minutos antes del cuadro. Contuvo el aliento—. No… yo…—el tono fue trémulo y Tooru lo miró con preocupación, aunque enseguida le sonrió y lo atrajo a su pecho con amor, ahí lo arrulló dejándole varios besos sobre la cabeza.

—No será eso… no es posible que sea eso…

—Yo fui al médico, Tooru —dijo en silencio—. Fui al médico para los exámenes prenupciales y… hay una pequeña posibilidad que sí sea eso… —se alejó del agarre, se sentó con la postura encorvada y los labios formando una línea recta sobre su rostro. De pronto Shoyo había envejecido diez años pues su aspecto era el peor que jamás le había visto Tooru—. Por eso… quiero cancelar la boda.

Tooru frente a él palideceo, envejeciendo con él no diez, sino unos cincuenta años.

—No… no sólo por esto sino… sino porque —dios, qué difícil era ser sincero—. Te mentí… —mordió sus labios cabizbajo—. Yo… yo me vi con Kageyama varias veces y... —tragó saliva duramente, el ardor infernal seguía ahí presente—…y tuvimos relaciones dos veces…

Las llaves al apocalipsis habían sido giradas.

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Anotaciones:

*Nancy y Tonya: Fueron competidoras de patinaje sobre hielo americanas. La segunda jamás pudo brillar porque no era la típica "princesa del hielo" que querían en aquellos años, y pues la prensa no era tan amada a pesar que era buena. Nancy en cambio parecía toda una hermosa princesa. Hubo rivalidad hasta que un día el exmarido de Tonya confabuló junto a un amigo suyo y éste lastimó a Nancy en las piernas antes de que fuera la selección para las olimpiadas. Es un asunto muy sonado y de hecho hubo película hace poco.

*Haori: Una pieza del kimono de gala de hombre. Es una especie de bata que se pone encima del kimono y es de orden ceremonial, aunque también hay para eventos más casuales.

Cronopios del autor: Yo soy el rey del jazzagogo y el más mono Rey del swing, más alto ya no he de subir y esto me hace sufrir. Yo quiero ser hombre como tú y en la ciudad gozar, como hombre yo quiero vivir ser tan mono me va a aburrir. ¡Oh dubi du! ¡QUIERO SER COMO TÚ! ANDAR COMO TÚ HABLAR COMO TÚ TÚÚÚ, A TU SALUD, DIMÉLO A MÍ, SÍ EL FUEGO AQUÍ ME LO TRAERÍAS TÚ.

Por sino lo conocían el fragmento inicial es de la obra maestra: "Divina comedia" de Dante. ¿Qué les pareció el capítulo de hoy? Shh. El siguiente capítulo ya está escrito, así que, espero tener lectoras después de esto –se ríe y se retuerce—nos leemos el siguiente fin de semana. ¡Muchas gracias por los follow! ¡Las lecturas! ¡Los comentarios! ¡Todo! ¡Me hacen un mazapán muy feliz!

PD. PRONTO RESPONDO LOS REVIEW ;A; PRONTO MAÑANA. ¡LO PROMETO! GRACIAS POR ESOS HERMOSOS REVIEWS. LOS AMO MUCHO.

¿Quién los ama con corazón, pulmón y páncreas? St. Yukiona, mis mazapanes bellos. ¡Gracias por leerme!