Cronopios del autor: Lo lamento mucho, perdí mi contraseña de fan fiction y ya me resolvieron, así que pude regresar. Espero que alguien recuerde este fic por estos lares. Los amodoro muchísimo. Gracias por su continúo apoyo.
ADVERTENCIA: El fic es enteramente YAOI, hay parejas Crack, escenas +18, y muerte de personajes. Gracias.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben. Haikyuu no es mío, ojalá lo fuera.
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Las mil plumas del cuervo.
Por St. Yukiona.
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26.- Ídolos.
Cuervos: Viven en el cielo, pero al morir caen".
No existía ni rabia ni de resentimiento u odio, sencillamente era cuestión de decepción consigo mismo. Veía el vacío a un costado de su cama y se daba cuenta lo cobarde que había sido en aceptar de buenas a primeras que Shoyo se fuera. Conocía su modus operandi, después de todo se había chupado toda la historia de cómo el menor ante la polémica que enfrentaba Tobio, su exnovio, en Japón al estar dentro de una relación homosexual había decidido por cuenta propia terminar todo y de esa forma salvar al moreno de una posible exclusión por homofobia por parte de los alto mandos. En su momento, llegó a pensar que Tobio había sido todo un pendejo al no darse cuenta de lo que realmente estaba ocurriendo, en permitir que Shoyo cargara con esa cruz por si sola, pero él ahora estaba haciendo algo peor.
Amaba a Shoyo, claro que lo amaba, y dios cómo dolía, pero ahí estaba aferrándose con saña a la oportunidad de ser el mejor armador que jamás había sido, permanecer en la cancha más tiempo aún si eso significaba permitir que Shoyo hiciera lo mismo que había hecho con Kageyama. La única diferencia es que él, Oikawa era totalmente consciente de ello, y peor aún, era consciente que Hinata no lo hacía por algo tan banal y superficial como una relación homosexual y sus represarías de una federación homofóbica, sino por algo tan humano como un cáncer que amenazaba con retornar. Era un monstruo pensando en que ni siquiera había tenido los huevos para preguntarle qué tan avanzado estaba ese asunto o si realmente, realmente iba a estar bien. Dios, dolía pero era el camino que él había decidido llevar, ese al que Hinata lo había cogido de la mano para dejarlo incursionado mientras se despedía de él agitando la mano y viéndolo avanzar.
—Es por tu bien, Tooru —se dijo esa noche abrazando la almohada y hundiendo el rostro, no regó una sola lágrima. No se lo merecía.
Esa noche fue imposible que lograra conciliar el sueño. Sobre todo porque esa no era su cama, era la cama de un hotel. En la cama vecina dormía uno de los otros seleccionados esa tarde había tenido la entrevista con Yuuta, una bonita reportera de una revista de deporte y había tratado de recordar cómo era ser amante de las chicas. Pero, lo había olvidado del todo, Shoyo se había llevado con él una parte importante de identidad, y eso no significaba que de pronto le habían comenzado a gustar otros hombres, sino que sencillamente no podía existir otra persona.
Era un proceso en el que tendría que perdonarse él mismo haber abandonado a esa persona que juró cuidar y permanecer a su lado. ¿Y si ambos hubieran dicho que sí en un altar? Firmado documentos irrevocables, perjurado frente a un ente superior un amor que por lo visto no era más fuerte que una galleta remojada en leche: sensible y frágil.
Rezó brevemente en silencio por Hinata, por su amor que seguramente iba a crecer pero que no le iba a pertenecer aunque conociendo al idiota de Shoyo no le guardaría rencor alguno, no le recriminaría jamás por permitir que se alejara para él poder brillar y seguir adelante. No se merecía llorar. No iba a llorar. Iba a sonreír, y en cada oportunidad agradecería por la vida, y por la oportunidad. Hundió una vez más su rostro contra la almohada antes de procurar que la ansiedad no le robara otra noche, que le permitiera descansar y poder seguir adelante como debía de hacerse por él, por el sacrificio, por Hinata.
Sin darse cuenta, repetía aquellos errores que habían llevado a Tobio a un abismo, una vorágine que se repetía entorno de la vida del rematador, de su vida y miseria.
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Quizás los ruegos de Oikawa aquella noche habían regado de forma propicia la tierra que permitió que el encuentro de Hinata y Kageyama se llevara a cabo. Y ahora se encontraban los dos sentados en la cama donde durmieron. El moreno con una soda de cola en sus manos y en medio de los dos un paquete abierto de par a par de galletas de sal. Tobio masticaba con calma para que al engullirlas no le diera malestar y acabara por vomitar. No quería seguir poniéndose en vergüenza así mismo delante de Hinata.
El silencio era atronador y ninguno de los dos parecía querer avanzar un poco más allá. ¿Desde cuándo se había vuelto complicado hablar entre ellos? Bueno, en realidad no eran del tipo que tuvieran grandes conversaciones, por el contrario, lo suyo era la demostración de afectos, enojos y malestares por medio del cuerpo, del contacto y la incursión en sus territorios privados. Jamás habían sido una pareja que se sentaran a dialogar, no eran Tsukki y Yamaguchi, aunque si lo pensaban un poco mejor probablemente con lo agrio que era el rubio tampoco existía mucha oportunidad para el diálogo.
El televisor estaba prendido delante de ellos y ambos encorvando sus estaturas, buscando relajarse de alguna manera aunque eso parecía imposible en esos momentos. En un instante se sincronizaron de tal manera que bebieron sus respectivas sodas al mismo tiempo y al segundo siguiente sus dedos chocaron al tomar la misma galleta. Shoyo apartó la mano de forma rápida y Kageyama miró al mayor sin ninguna expresión en particular, tomó la galleta y la llevó a su boca. El rostro de Hinata, por el contrario, estaba contrariado. La mirada azul cayó en el dedo anular del pelirrojo y prosiguió en el mismo mutis que habían instaurado en el ambiente que de haber sido cualquier otra persona no era pesado ni denso, por el contrario, parecía ser fácil respirar. Natural.
Y hablando de respirar, probablemente eran los nervios o el propio estrés del momento que le producía un curioso escozor en el fondo de su garganta al mayor, ese escozor le obligaba a dar largos tragos del refresco al tiempo que había decidido tomar. Además que había sido recomendación por parte del médico no beber líquidos fríos, las cervezas de la noche anterior fue su forma de rebeldía contra la enfermedad y una demostración hacia los dioses de lo poco asustado que estaba de morir.
—¿Cuándo te vas a ir? —habló primero Kageyama restregándose el ojo derecho queriendo parecer casual y no insistir con el tema de que Hinata dejará a Oikawa, no quería terminar siendo un Ushijima.
—Pronto. Digo, me iré ya mismo —dijo de forma automática Hinata mientras se incorporaba con presura teniendo que sostener fuerte la lata de refresco para que ésta no quedará derramada sobre la cama. Kageyama lo imitó, sin embargo él si terminó por regar lo que restaba de refresco lo cuál fue mínimo, lo limpiaría después.
—No, digo... no en estos momentos. Estaba pensando que quizás podrías quedarte, no tengo practica y... sólo es ir a la rehabilitación y eso... —trató de excusarse—. Pero supongo que debes de apresurarte a ir... pasaste aquí la noche y.
—Podemos pasar la mañana juntos —respondió Shoyo—. Debo viajar en la tarde.
Kageyama aspiró fuerte y después dejó ir con calma el aire, miró su rodilla que aún mantenía una venda elástica en lugar de aquella férula que usaba para inmovilizar cuando debía de salir a la calle, en casa podía usar solo la venda en su rodilla y su tobillo. El siguiente mes sería la operación, nada fuera de lo común dentro del deporte.
—Entonces... déjame bañarte, digo puedes bañarme... ah —entrecerró la mirada y Shoyo soltó una carcajada.
—Ve a bañarte, yo lo haré después.
Tobio chasqueó la lengua ante su propia estupidez y afirmó.
—¿O necesitas ayuda? Para trasladarte y eso... —informó sonriendo mientras atusaba un mechón de cabello tras su oreja.
—No, ya... me acostumbre —comunicó cogiendo un bastón que le ayudaba para no recargar su peso totalmente en el tobillo, de esa manera empezó andar por el pequeño espacio del apartamento. Hinata lo siguió con la mirada sin borrar la sonrisa amable de su rostro hasta que la puerta del baño se cerró y se dejó caer a la cama con ojos pegados al techo sintió cada célula de su cuerpo estallar. Se cubrió el rostro con sus manos, aspiró furiosamente tratando de no ahogarse con el aire o que éste no terminará por rasgar más de la cuenta en las cuerdas que pendían de empezar a presentar llagas.
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De estar sentados en la cama, pronto se encontraron sentados en la banca de un parque cercano al centro comercial del distrito donde vivía Kageyama. Los niños jugaban rayuela y otros Kagome Kagome, ninguno de los dos se había decidido por desayunar algo: A Hinata le ardía la garganta lo suficiente como para no desear deglutir, y Kageyama tenía un circo en su estómago en esos momentos.
—Pensé que vivías con Tsukishima y Tadashi —dijo ahora Hinata rompiendo el silencio que se había creado
—Sí, vivíamos juntos hasta que Tsukishima y Tadashi se volvieron ruidosos.
—Vaya, buena forma de decir que eran pareja y querían privacidad.
—En realidad eso me lo dijo desde antes Tsukishima pero... ellos dormían en su propio cuarto no entiendo en qué les afectaba.
Y claro, ahí iba la sutileza de Tsukishima que era igual a la sensibilidad de Tobio para captar las indirectas. Bufó el menor para evitar reír. Kageyama le miró de reojo y apenas elevó sus labios evocando una suave sonrisa de satisfacción. No extrañaba –tanto—el compartir momentos de cama con Hinata o el saber que éste lo prefería a él que por sobre cualquier otra persona. Lo que más extrañaba de Shoyo era el único y perfecto momento en que sonreía y el tiempo parecía detenerse por breves instantes.
Cuando creyeron que era pertinente se movieron del parque y anduvieron por la zona comercial encontrándose una tienda de suplementos deportivos que hizo que Kageyama se replanteará la idea de que tan factible había sido el solicitar salir con Shoyo en esos momentos o mínimamente el haber ido a esa tienda en específico, pues toda la sección de volley y futbol, estaba plagada con artículos promocionales del equipo nacional japonés, el color rojo y azul, del volley y el fut, respectivamente, se veía reluciente, pero más allá de eso, un largo afiche que colgaba desde el techo y se encontraba suspendido sobre los aranceles de Kageyama Tobio haciendo una colocación hizo que Hinata se quedará bocabierta admirando lo asombroso que lucía.
—¡¿qué demonios haces, idiota?! —gimió el moreno cuando notó como el pelirrojo sacaba su celular para fotografíar el anuncio. Toda esa campaña la conocía Shoyo por mero masoquismo se había metido a la página de Nike para ver las fotografías promocionales donde Tobio aparecía, pues como deportista laureado tenía contrato con diferentes patrocinadores, entre ellos Nike, siendo el de los más importantes, HBO internacional y una compañía de bebidas y comida para deportista de alto rendimiento. Al tener contratos tan importantes cualquiera se hubiera preguntado por qué no vivía en una casa ultralujosa o al menos en un barrio más movido y con más zonas de entretención, sin embargo, se estaba hablando de Kageyama. Un tipo simple que prefería las cosas simples sin complicaciones, la única complicación que existía en su vida y con la cual quería lidiar se encontraba a su lado riendo y señalándole la fotografía que había tomado.
Kageyama acabó por bufar y dejar de reñirle lo idiota que se veía tomando fotos a anuncios.
—Pareces mi madre —agregó solo para caminar hacia la zona de suspensores. Necesitaba uno, era cierto que solo bastaba llamar para que la compañía le enviara veinte cajas de ellos, pues él promocionaba los mismo, no obstante, secretamente, los de la Nike no le iban bien, preferían los de una marca mucho más modesta, era cierto que terminaba por cambiarlos en poco tiempo, pero eran bastante más cómodos que los caros de Nike.
Hinata no pudo repeler nada a ese comentario pues su madre hubiese hecho lo contrario. Incluso recordó con leve amargura como Oikawa había hecho lo propio cuando en el gimnasio de la UCLA habían colocado estandartes de cada uno de los jugadores para los partidos oficiales de la NCCA. Shoyo había sido particularmente fotogénico con la sonrisa ligeramente torcida mirando fijamente a la cámara, decían las chicas del club de fans que habían captado al demonio que solo se podía ver dentro de la cancha, porque fuera de ella el pelirrojo era un auténtico sol. Amable, cariñoso y humilde, siempre preocupado por atender a los pedidos, más absurdos, de su club de admiradores que durante los años en la universidad había crecido exponencialmente hasta el punto que se volvió uno de los deportistas favoritos en el circuito a pesar de no ser un americano.
Salieron de la tienda cada uno con una bolsa de compra. Era increíble ver como había personas trabajando por casualidad en ciertos puestos pues en ningún momento fueron reconocidos o Hinata o Kageyama por la persona que los atendió en caja. Ni siquiera cuando alzó la mirada y se fijó en el par que colocaba sus compras sobre el mostrador.
—Estamos de suerte, la última vez que vine a una tienda deportiva acabé firmando alrededor de veinte autógrafos —dijo con fastidio Kageyama caminando con el bastón con mucho cuidado. Reticente había tenido que entregar sus bolsas de compra a Hinata.
—Eres malo, Kageyama.
—No lo soy, sólo son molestos. No entiendo para qué les sirve una firma mía en un balón de volley, no es como si con eso pudieran mejorar a jugar.
—Las personas necesitamos tener algo en qué creer, Kageyama —contradijo casi de inmediato el mayor mirando al frente. El tránsito de las personas a esa hora del día, era bajo, se hacían a un lado cuando veían al chico con el bastón tratando de no estorbarle a su paso lento—. Por eso creamos a los dioses, por eso volvemos ídolos a los más fuertes y a esos que sobresalen. La gente necesitamos algo superior en lo que creer para no desfallecer ante nuestra condición de mortales.
El moreno miró con mayor atención a Hinata y después al frente, se quedó callado brevemente antes de contener respiración. ¿Qué tanto había experimentado Shoyo hasta el punto de hablar de esa forma profunda?
—¿Tú nunca has creído en algo en lo cuál aferras tus ideas, convicción, incluso tu vida?
La pregunta descolocó a Tobio que de pronto se detuvo, alzando la mirada hacia el cielo. ¿Mentiría y diría que no o le confesaría que aún guardaba las mil plumas que usaría en caso de emergencia? Porque aún no había perdido el último toque.
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—Shoyo.
—¿Sí?
—No me rindo.
—Es... absurdo, ¿sabes? —el pelirrojo abrazaba la bolsa de cartón donde estaba doblado su traje, junto con las bolsas de las compras que había hecho ese día—. Deberías.
—¿De verdad, debería hacerlo?
—Es algo que tuviste que haber hecho hace mucho tiempo, Tobio —aludió en voz baja—. Ni tú ni yo somos los mismos niños que se enamoraron sin querer. Ni tú ni yo podremos ser otra vez esas personas.
Probablemente era la voz permanentemente ronca que quedó en el fondo de la garganta de Hinata tras su pelea contra el cáncer, o quizás sólo era la forma intensa en la que sus ojos caoba le miraban tratando de convencerlo a pesar que en la cabeza de Kageyama ya tenía un plan A, B y C, incluso uno D para entrometerse en la vida del rematador. Esa coincidencia, ese día ameno que dejaba ese horrible tinte de cotidianidad y de que eso (salir a pasear, comprar, comer y después regresar juntos a casa con calma hablando de cualquier cosa) era lo que debía estar bien, y debía ser su presente, no sólo una triste alucinación con espectro de poco y sabor de resaca de accidente.
—Shoyo.
El mayor sonrió.
—No hagas esa pregunta, Kageyama. Es momento de que tú seas feliz.
La sensación de un beso no dado quedó al vivo en sus labios mientras la figura de Hinata avanzaba por el pasillo rumbo al elevador. Esa noche tomaría un tren que lo llevaría a su destino final.
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Durante muchos años luchó con violencia para alcanzar una imagen que en ocasiones se volvía opaca y otras nítidas. Tocar esa espalda que un día vio en televisión y ser capaz de pisar el mismo escenario que ese ídolo. Durante muchos años creyó que con eso estaría satisfecho, pero conforme su vida corría las ambiciones se volvieron voraces y él se convirtió en un ente insaciable que quería más y más, no sólo en el vóley sino en cada aspecto de su vida, hasta que el frenon llegó cuando entró en conflicto su naturaleza simple, burda y noble, su sentido de pensar en los demás y hacer lo que él creía conveniente para ellos sin importar el pensamiento era algo egoísta pero que a sus ojos estaba bien. Repetía errores que había repetido de niño y se preguntaba ahora si había aprendido algo.
Acariciaba su garganta y en instantes de calma como el que vivía mientras esperaba con paciencia que el tren se detuviera y pudiera bajar en Sendai le hacían sospesar la idea de que había cometido una auténtica estupidez, mas era consciente que había días pésimos en que los coágulos de sangre lo aplastaban contra el piso en frenéticas luchas para escurrir un poco de aire a sus pulmones y así seguir vivo. La muerte le susurraba al oído, podía sentir sus pasos sobre las huellas que iba dejando.
Era joven, sí era joven, pero iba a morir y era una realidad. Le hubiera encantado ser de naturaleza felina y haber huido a la lejanía para morir donde nadie le conociera, sin causar lamentos ni frustraciones, sólo dejar una ausencia que se llenara con duda y especulación. Sin embargo era un cuervo, en esencia, un cuerpo con sangre tibia de oso que buscaba invernar y hacer nido en el lugar donde había crecido. Así que apenas cinco horas después de bajar del tren bala que lo llevó de Tokio a Sendai, se sentía particularmente nostálgico y conmocionado.
—Shoyo —la voz rasposa y madura que reconoció de inmediato hizo una imagen mental de un hombre adulto, pero al darse vuelta encontró al mismo tipo de finta de yankee de pelo teñido y perforaciones. Seguía idéntico.
—¡Ukai-sensei! —el pelirrojo hizo una reverencia profunda y agradecida.
El teñido expulsó el humo del cigarrillo y lo apagó en su cenicero portátil para después guardarlo. Era increíble lo mucho que había cambiado el menor, era abismal la diferencia entre el enano hiperactivo con el hombre que se incorporaba avergonzado mostrando su nada despreciable uno ochenta y algo de altura. ¿De verdad era Hinata? Sí, su cabello rebelde y naranja destacaba desde donde se le viera.
—¿Me ha esperado mucho? —preguntó el menor.
—Para nada, acabo de llegar venía rezando porque no hubieras llegado tú antes —dijo y ladeó la cadera. Hinata llevaba ese aire de ciudad pero más allá de eso había cierta aura que lo rodeaba que era difícil de entender—. Me ha sorprendido un montón que me llamaras.
—Lo siento —dijo Hinata.
—Para nada —Ukai se acercó palmeándole la espalda para relajarlo, pues comprendía que aunque se viera así de grande probablemente había cosas "adultas" que a Hinata aún le costaba trabajo realizar por su naturaleza idiota y simple—. Pero me debes una, Shoyo.
—Sí, sí lo que quieras. De verdad agradezco muchísimo que pudiera ayudarme —inquirió y ambos empezaron a caminar.
—Hmp... no hice nada en realidad —contradijo el teñido—. Sólo me acerqué con Takeda, y él se encargó del resto, creo que es a él al que le debes una, pero no se lo menciones o se pondrá nervioso —soltó una alegre carcajada el mayor pues ante todo se sentía orgulloso y feliz de ver a uno de sus primeros polluelos, el menor sin duda había llegado mucho más alto de lo que muchos habían apostado que llegaría.
Siguieron andando uno al lado del otro por las calles rurales de la ciudad. El lugar no había cambiado absolutamente nada. Ukai había ido a buscar a Hinata hasta la estación de autobuses que iban desde donde viviría el menor hasta un poco más allá de cinco minutos de caminata hasta la tienda de la familia del entrenador –de la cual ya era dueño absoluto-, por otro lado el ir por Hinata era una formalidad que se da entre familiares más que una referencia para que el menor no se perdiera pues las cosas seguían casi igual. Un par de construcciones aquí, otras allá, nada que pudiera hacer desorientar al recién llegados. Sin embargo, el caminar con Ukai de alguna forma ayudó a que el corazón de Shoyo fuese tranquilo rumbo a la decisión que estaba tomando.
—Me sorprendió que llamaras y me hicieras esta petición.
—¿De verdad?
—Hmp. Vi tus últimos juegos en la NCCA, fueron brillantes —concedió Ukai—. Pensé que te quedarías en América, incluso leí que estaban en negociaciones con un equipo italiano.
—Terminé bastante mal con Oikawa.
—¿Y sólo por eso decidiste regresar a esconderte a casa?
—Más o menos —Ukai jamás había sido el tipo de persona o maestro que se entrometiera, sin embargo la relación con Hinata ameritaba la confianza para que existiera cierta presión, sobre todo ante la peculiar petición. Shoyo entendió, entonces, que era necesario que su exentrenador comprendiera algunas cosas y acabó por suspirar deteniéndose a medio camino—. No es... un viaje de "autodescubrimiento" —se rascó la nuca el pelirrojo—. Tiene más que ver con... —pensó las palabras adecuadas—. Tiene más que ver con algo así como que el cáncer volvió, y empezaré con quimioterapias... lo de Italia se canceló en cuanto salieron las evaluaciones, lo mismo iba a pasar con mi contrato con los WildFire en San Francisco, por eso... decidí salir por mi propia cuenta con la cabeza en alto en lugar de quedarme dando lastima en la banca... —miró hacia un auto que pasaba con frustración en su gesto.
—¿Por eso rompiste con Oikawa?
—Sí... él, él está sano y...
Era tan fácil hablar con Ukai.
—Igual que con Kageyama en aquel momento ¿no? ¿Te estás dando por vencido que repites los mismos errores?
Era tan fácil hablar con Ukai porque era franco y directo, muy al estilo Tsukishima pero sin los comentarios hirientes.
—Es tu vida, no me meto en ello, pero piensa mejor las cosas, Hinata.
El menor suspiró profundamente y siguió a su maestro que avanzaba por delante.
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Pisar Karasuno era un sentimiento extraño, por no decir que casi desconocido. Como si volviera a tener quince años y no casi veinticinco. Entrando corriendo porque Kageyama le pisaba los talones en una estúpida competencia que nunca había tenido un ganador decretado pues jamás habían decidido terminar esa competencia. Aunque si se veía desde un modo más subjetivo, debía de decir que el ganador era Kageyama, él había logrado ser el último en estar de pie en la cancha mientras que Hinata solo daba tumbos sin saber qué hacer ahora con su vida.
Había decidido regresar a Sendai después de todo, no a su pueblo, sino a Sendai. En su pueblo tenía que lidiar con las malas caras de su padre que tras el rompimiento con el compromiso con Tooru no podían hacer falta, al igual que la insistencia de su madre porque entrara a trabajar a una compañía. La única que parecía no querer involucrarse en los asuntos de su hermano era Natsu que con destreza había resuelto el misterio: Shoyo no le fue infiel a Tooru-kun, por el contrario, se sintió casi culpable por haberlo acusado de forma errónea de aquel detalle, muy probablemente ella le había dado la idea de usar aquella mentira para romper de forma estruendosa el matrimonio. Y sí que era cierta esa aseveración pero Shoyo jamás se la confirmó para no hacerla sentir mal.
La menor había confundido las cosas años atrás –y por lo visto había retenido esa información—después de que sin querer leyera unos mensajes en el celular de su hermano durante su visita con el equipo de su universidad donde Kageyama le decía a Hinata: "No olvides esa noche en Tokio". Esa noche en que casi huían y Oikawa había comentado, en algún momento durante una reunión familiar, Hinata no había vuelto para dormir en el hotel de la concentración concediéndole el privilegio de la duda pues confiaba en él ante todo. Natsu, había considerando el historial del par de idiotas del voley, hizo sus propias deducciones y el resultado ya era historia vieja, compleja y vieja. Sin embargo, Shoyo no hizo absolutamente nada por limpiar su honor o resolver los cabos sueltos, dejando que la pequeña Natsu atara sus propias conclusiones. Ahora tiempo después nuevas conclusiones salían a la luz y la menor se recriminaba furiosamente, sin embargo seguía sin comprender porque la decisión de su hermano.
El asunto del cáncer era top secret, información sabida por sus médicos, Ukai, Takeda y alguien la liga japonesa que se decía así mismo maldito por ser cobarde. Y ahora, también lo sabían los directivos de Karasuno que tras saber que un exalumno "brillante" (ignoraban sus nulos logros académicos durante su paso por la preparatoria y se enfocaban de sus logros deportivos y una beca en América) buscaba trabajo como ni más ni menos que profesor de inglés. Fue obvio que accedieron casi de inmediato dándole un par de horas como docente. El ciclo escolar estaba avanzado pero al dividir la carga laboral del docente actual daba cierto alivio al veterano que estaba en filas de retirarse, tener a alguien joven y que además era admirado, de algún modo era un héroe en Karasuno, como Hinata suponía un descanso al viejo profesor de la lengua extranjera.
La única condición que solicitó casi de rodillas el exjugador de los Bruins fue que no se hiciera una noticia pública que él estaba trabajando ahí, no por vergüenza sino por abogar a su paz y tranquilidad. El equipo de vóley no dudo en insistir una y otra y otra y otra vez la aparición de Hinata por los entrenamientos, sin embargo el pelirrojo siempre se sacaba con algún compromiso o carga de trabajo para no ir, no tenía ganas de hurgar más en la herida que viva y sangrante permanecía constante. Cada ladrillo en ese lugar le recordaba la nostalgia de sus días de infancia y el cómo se dejó envolver por una apasionante obsesión. Visitaba a su familia ocasionalmente y su presencia en redes sociales fue desapareciendo de a poco, cada tanto recibía algún mensaje de sus compañeros y uno que otro mensaje de Tooru preguntando dónde estaba y si estaba bien. No solía responder las llamadas, y cierta noche, casi madrugada, sospeso cambiar de número cuando en su teléfono se reveló el nombre de "Tobio" como registro de llamada entrante.
Durante breves segundos tuvo la intención de tirar el móvil, sin embargo, y por demanda contestó.
—Estaba pensando, seriamente, en que eres un idiota, de lo peor —fue lo primero que escuchó al otro lado de la línea mientras que él tropezaba de camino a su modesto escritorio, enseguida se sentó tomó aire y meditó unos instantes qué responder mientras revisaba sus apuntes para sus clases buscando relajarse y no darle muchas vueltas a lo que Kageyama le fuese a decir. El reloj de su muñeca marcaba cinco para las doce. ¿Era la misma hora en Tokio? De cualquier forma, ¿por qué le llamaba a esas horas?
—¿No se supone que debas estar durmiendo? —cuestionó Hinata guardando su libreta guía donde solía planear sus clases de la semana. Al día siguiente tenía tres clases seguidas y después iría al médico para revisión normal. Su voz no sonaba tan afectada pese a que había iniciado nuevamente con exfoliaciones de garganta.
—¡¿Por qué demonios no me dijiste que no te habías casado con Oikawa?! —chilló Kageyama al otro lado de la línea y Hinata suspiró sonriendo de medio lado.
—Nunca lo preguntaste, tú lo dedujiste, Bakeyama —respondió Shoyo dejando la mochila cerca de la puerta de salida. Su bento estaba preparado en el refrigerador y ahora bebía una cerveza mientras caminaba hacia el sótano donde estaba el dormitorio. Su madre le había dicho que esa casa era peligrosa, si había un sismo o tsunami iba acabar sepultado antes de que se diera cuenta, pero Hinata pensaba que cualquiera era un mejor final que el que ya estaba programado para él. Inclusive, no creía tener suficiente suerte como para morir de otra forma que no fuera por el cáncer.
—¡Pero tenías que decirlo! ¡Lo aludí varias veces y nunca me dijiste nada! —volvió a gritar Tobio.
—Bueno, no me casé con Oikawa —resolvió bajando las escaleras encendiendo la luz ambiental.
—... ¡Eso no me sirve ahora! ¡¿Dónde mierda estás?!
—Baja la voz, seguro estás molestando a tus vecinos, Kageyama.
—...—El moreno probablemente se había dado cuenta del detalle y carraspeó aclarando la voz—. Cómo sea. ¿En dónde estás? —gruñó enfadado—. No volviste a América, ya no apareces en la plantilla de WildFire, tampoco apareces en ninguna plantilla. ¡¿Dónde te metiste?! —volvía a rugir.
¿Se molestaría si omitía el hecho de que estaba en Japón? Shoyo rascó su nuca.
—Estoy en Sendai.
—...¿Sendai?
—Sí.
—Sendai, Japón.
—Sí.
—...
—...
—¿Aquí en Japón?
—Sí.
—Pero... dijiste que tenías que volver... ¡¿Desde cuándo estás en Sendai?! ¡¿Por qué mierda nunca dices nada?! —y enseguida colgó.
¿Se habría molestado más? Hinata miró su teléfono y suspiró mientras que lanzaba el móvil al futón que ya estaba extendido para que descansara. Terminó su cerveza y comprimió la lata para tirarla al bote de la basura y ésta hizo un eco sordo. Cierto. Su nombre no aparecía en ninguna planilla de jugadores de ningún equipo. Con su pobre condición física no era candidato para ser titular, tenía que resolver la mierda con su cuerpo para poder volver a ser el jugador que soñó ser, ya en una ocasión había logrado ganar su lucha contra el cáncer ahora debía de volver a cometer la misma hazaña aunque no estaba muy seguro si realmente quería hacerlo. No había algo que lo motivara realmente, había dañado a las dos personas que amaba y encima de ello su familia parecía tenerla cierta aversión, no los culpaba por ello. Había decepcionado a tanta gente en el camino de su vida que estaba considerando seriamente en abrirse las venas y acelerar todo el proceso.
Un destello de anhelo le asustó, no quería morir todavía y culpo al instinto de supervivencia. Su vida era una mierda, pero una mierda agradable, al cabo.
Era tiempo de dormir y de desconectar por esa noche.
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Su rutina comenzaba muy temprano. Salía a trotar con el mismo cubre bocas negro con naranja que Kenma le había regalado hacía varios años. La ventaja de los cubre bocas de tela es que solo requerían ser lavados para volver a ser utilizados y Hinata, pese a todo, era una persona que cuidaba mucho sus cosas, atesoraba aquellas que eran presente de sus amigos y familiares. Eran parte de un tesoro especial.
Regresaba casi una hora después agitado y transpirado sólo para bañarse de forma rápida y vestirse, partir caminando hasta Karasuno mientras escuchaba música en su reproductor.
Tenía apenas dos meses en el puesto y los alumnos a los que daba clases, así como otros aficionados del volley le saludaban en el trayecto. Algunas veces un par de estudiantes se acercaban para caminar con él. Preguntar sobre su corta trayectoria en el volley o su estadía en Estados Unidos, quién supiera por lo menos un poco sobre volley nacional y sobre todo historia del Karasuno sabía que la generación de Hinata Shoyo y Kageyama Tobio había sido la más lustre, la que catapultó a grandes talentos, una generación de genios. Probablemente Hinata era el menos sobresaliente pero no por ello el menos querido. Por el contrario, día a día se encontraba con alumnas que le mostraban su aprecio regalándole galletas o algún postre elaborada por ellas y aunque los maestros de antaño miraban con cierto recelo la admiración que el joven egresado parecía despertar en el cuerpo estudiantil, no podían negar que hacía un buen trabajo.
—Repet after me —solicitó en un acento propio del inglés americano: "I am a student of Karasuno High School" —pronunció de forma clara y lenta, exagerando el movimiento de su boca para que los alumnos lograran percibir toda la articulación.
—"I am a student of Karasuno High School".
—Again —pidió el pelirrojo recargado contra el escritorio mirando con calma como sus estudiantes repetían la oración—. One more time —ordenó en tono suave y rasposo. Los alumnos accedieron y el maestro se dio por satisfecho—. Excellent. Now, they will solve pages eighty and eighty four of the book —indicó tomando su libro para ejemplificar y hacer énfasis. Había aprendido, por la mala, que era mejor si los estudiantes eran sometidos a un inglés constante y fluído, atacando las órdenes mediante la observación y repetición. Algunos alumnos parecían incómodos con este medio, pues como él cuando tenía su edad, no se les daba muy bien un idioma que era tan diferente al propio, sin embargo, él conocía la técnica para volver ameno el idioma, y eso era la paciencia, procuraba no ser exigente, por el contrario, se acercaba a sus estudiantes para escuchar sus inquietudes. Y de hecho estuvo a punto de hacerlo cuando tocaron la puerta.
Giró su mirada y en la ventanilla de la puerta se encontraban dos alumnos que reconoció casi de inmediato. Querían llamar su atención haciendo gestos y sonrió casi de inmediato, cubrió su rostro trató de ponerse serio pero era imposible con los alumnos de segundo del equipo de volley haciendo muecas para que se acercara. Los alumnos en las primeras filas miraron entre asombrados y maravillados por la sonrisa radiante de sensei y pronto éste dio unas últimas instrucciones antes de acercarse a la puerta.
—¿Debería llamar al supervisor? Están fuera de su salón en hora de clases —acusó Hinata serio.
—Lamentamos interrumpirlo, sensei, sin embargo... pedimos permiso para venir hasta aquí, queríamos saber si puede volver a venir el día hoy a la práctica —dijo de forma apresurada Toshi-kun, el que reconocía como setter, era nervioso y algo tímido pero bastante hábil, tenía una destreza de observación igual a la de Kenma en su momento pero con una seguridad aplastante en la cancha, fuera de ella era un manojo de ansiedad constante. Lo había visto por casualidad en un juego de práctica que tuvieron contra el Nekoma y donde él asomó la cabeza por morbo.
—Oh vaya... —Shoyo torció los labios y afirmó—. Puedo hacerlo... ¿sucede algo en especial?
—Ukai-sensei no podrá asistir hoy por algo de su trabajo, así que... pensamos en que podría ayudarnos, pronto serán las eliminatorias.
—Claro —sonrió el mayor, asistir a un entrenamiento después de clases, eso era realmente nostálgico, probablemente era tiempo de regresar en forma a ese gimnasio y cerrar círculos.
Se despidió de sus alumnos y retornó a clases.
Empezó a escribir en el pizarrón las últimas indicaciones para su clase cuando volvió a sentir una mirada desde la puerta, giró el rostro y esta vez no hubo risas ni sonrisas. Su gesto se quedó brevemente congelado. A diferencia de los alumnos –ellos adolescentes casi niños—la persona tras el cristal golpeó varias veces el cristal haciendo evidente que le llamaba. Hinata volvió su mirada hacia la clase y se quedó callado tratando de solventar la pronta ansiedad que le cundió el cuerpo.
En la naturaleza de Hinata estaba el amar la vida, el luchar por vivir y preservar el amor. La naturaleza de Hinata era luchar y jamás darse vencida. ¿Entonces por qué él? —el que estaba afuera esperando por el pelirrojo—, se iba arriesgar tomando las enseñanzas que le había fomentado el menor.
—¿Ya te vio? —murmuró una voz detrás de la persona que seguía asomándose por la ventana.
—Sí, pero creo que finge no verme —se quejó.
Uno de los estudiantes en el grupo alzó la mano y Hinata levantó la mirada aún asustado.
—Maestro. ¿Esos no son Kageyama Tobio y Oikawa Tooru en la puerta?
Oh dios, no eran producto de su imaginación. Eran reales, y estaban ahí.
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Javi: No, Wattpad no me secuestro. Sólo no tenía la contraseña. Gracias por leer, soy feliz saber que un Javi o una Javi sigue mi historia. 3
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Gracias por leer.
St. Yukiona.
Quien los ama de corazón y todo menudencias.
