Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: El fic es enteramente YAOI, hay parejas Crack, escenas +18, y muerte de personajes. Gracias.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben. Haikyuu no es mío, ojalá lo fuera.
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Las mil plumas del cuervo.
Por St. Yukiona.
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Apéndice dos: Blue bird.
—¿Estás en tu pueblo?
—Sí, te dije que vendría —Tobio miraba por sobre su hombro para notar como Oikawa hablaba con un par de personas, según le habían dicho las cosas estaban bien, no tenía mucho de qué preocuparse.
—¿Estás con Shoyo?
El silencio se formó en tono a Kageyama que más tarde que temprano acabó por suspirar. Era obvio que estaba con Hinata, después de todo él mismo se lo había dicho en el mensaje de texto que le había enviado. Nunca había sido tan complicado hablar con Atsumu. Al menos no desde que un día despertó en la cama de su habitación con el cuerpo adolorido.
—Estoy con Shoyo.
—¿Ahora en este momento?
—Algo así... —respondió Tobio incorporándose para caminar hacia la zona de fumadores, él no fumaba pero el olor del tabaco siempre ele había tranquilizado, al menos de un tiempo a la fecha, y sospechaba que todo era por culpa de Miya Atsumu que tenía la pésima costumbre de fumar a pesar de ser un deportista. Un vicio totalmente reprochable, casi al mismo nivel que el acostarse con sus compañeros de equipo.
—Explícate —Miya no sonaba molesto, todo lo contrario conocía demasiado bien al armador principal de la selección como para saber que algo le estaba molestando, y como ninguno de los dos tenía el tacto suficiente como para decir: "¿Todo bien? ¿Te sientes bien? Cuenta conmigo" y el otro respondiendo un: "Oh dios, qué bueno que lo mencionas porque me pasa esto y aquello", el mejor remedio era solo tratar de forma directa y sin rebuscadas oraciones para que se desahogara el moreno.
—Vine con Oikawa-san para pedirle a...
—Sí, a Shoyo hacer esa extraña trieja.
¿Cómo diablos sabía Atsumu lo que era una trieja?
—Esa parte me la dijiste en el mensaje. Se llama trieja, no "pareja de tres", por cierto, Tobio-kun —rió entredientes burlón del otro lado de la Miya, dando valor agregado al malhumor del armador.
—Vale, pues Shoyo está peor de lo que había dicho que estaba. Ayer, estuvimos hablando... nos empezó a correr cuando... bueno, cuando Oikawa lo besó, y después me besó a mí.
—¡Espera! ¿Toorucchi besó a Shoyo y después te besó? ¿A los dos? —ahora sonaba más entretenido el tokiense y Kageyama gruñó.
—Sí, eso pasó.
—Dios, no creo que lo hayas grabado pero... ¿lo grabaste?
—Miya-san —riñó el moreno y el otro se disculpó para que pudiera continuar—. Como sea... empezó a echarnos, y entre esto y aquello empezó a toser, la tos se volvió exceso y decidimos traerlo al hospital... —inquirió Kageyama suspirando, se recargó del balcón para ver hacia Sendai que lucía perfectamente tranquila a pesar de estar en plena hora pico. Nada se comparaba con una hora pico de Tokio. Un hombre más allá fumaba y dos mujeres a su izquierda, éstas parecían verdaderamente abatidas y una consolaba a la otra, el hombre solo parecía entretenido en su móvil, cada cual en su propio mundo.
—¿Entonces ahora estás en el hospital?
—Sí.
—¿Y cómo está?
—Estable, al parecer el medicamento no está respondiendo como debería y ha faltado a las últimas citas de exfoliación, sólo viene a exploración para ver cómo avanza el cáncer pero...
—Hmp, un suicidio bastante masoquista, ¿no? —Miya suspiró—. Hasta parece que quiere llamar la atención.
—Miya-san.
—No lo dije intencionalmente, Kageyama-kun, pero de pronto me suena como una de esas novelas donde la protagonista se corta las venas para llamar la atención de todos, es desagradable aunque... supongo que no es este el caso. Bueno, debes de cuidarlo, después de todo es lo que todo este tiempo ha estado persiguiendo Tobio-kun ¿no?
El menor se quedó en silencio y miró las nubes ahora. Miya tenía esa forma irritante de ser, incluso mucho más que Oikawa, pero agradecía que no pidiera más explicaciones. No era una relación ni mucho menos un noviazgo o algo más profundo, pero sea lo que sea que tuvieran había funcionado perfectamente para ambos durante el tiempo que había durado, ahora era tiempo de despedirse y seguir adelante, de despedirse definitivamente y cerrar ese ciclo.
—Voy a extrañar penetrarte, Tobio-kun, supongo que tendre que ir a rogarle perdón a 'Samu —rió cantarín Atsumu y Kageyama se rascó la nuca incómodo.
—Supongo que tendrás que hacerlo.
—Después de todo tu alcanzaste por fin a Shoyo, es mi tiempo de arreglar la mierda con mi hermano... no quiero ser más miserable que tú, ni mucho menos ser el exnovio celoso y frustrado.
—Miya-san, no eres el...
—Silencio, Tobio-kun —carraspearon antes de se escuchara un suave ronroneo desde el otro lado del teléfono—. Salúdame a Toorucchi...
—De tu parte, Miya-san.
—Te diría que puedes llamarme cuando gustes, en el momento que gustes, para lo que gustes pero... a menos que sea sexo por favor no me molestes, ahora mismo estoy muy molesto contigo, Tobio-kun.
—Lo entiendo, Miya-san.
—Suerte, publerino.
Y seguido colgó el teléfono.
Kageyama apartó el móvil de su oreja. No podía decir que le tranquilizaba el haber hablado con el mayor, pero ahora se sentía menos proclive a pensar que había hecho algo incorrecto con él. Cuando se giró para regresar hacia la sala, Oikawa lo esperaba con las manos metidas en su abrigo color marrón. Ambos llevaban la misma ropa del día anterior y lucían cansados pero ahora el mayor de ambos parecía enfadado. Tobio suspiró y metió sus manos en sus bolsillos llevándose con él el teléfono inteligente al que le quedaban al menos 25% de batería.
Cerró la puerta detrás de él y escuchó pacientemente los reclamos del mayor que parecían centrarse en "infidelidad de su parte". Lo tranquilizó con un suave golpe en el hombro que hizo que Tooru inflara las mejillas alegando que ahora lo quería lesionar y ambos se sentaron en la sala de espera a hacer lo que la gente normalmente hacía: esperar.
—Miya-san te manda saludos.
—¿Hablabas con Miya? ¿Cuál de los dos? ¿El serio o el idiota?
¿Es que acaso Tooru encontraba apelativos para todos? Aunque Kageyama se daba una idea de cuál era cuál.
—Con Atsumu-san.
—Ah. Gracias, pero no gracias.
Y entonces Oikawa cayó en cuenta de un detalle, girándose casi con violencia para volver a ver a Tobio que ya se colocaba los auriculares en sus orejas para recargarse de la silla. Mirar hacia el pasillo. Aguardar pacientemente. Shoyo había pasado estable la noche pero por orden de ambos al médico habían solicitado una revisión más elaborada para Shoyo para saber de dónde tenían que comenzar a trabajar porque aunque el menor dijera que no, ellos se harían cargo de la salud de ese cuervo testarudo. Así lo amarraran y lo llevaran a los tratamientos a rastra. Le harían aceptar el amor de ambos a la fuerza de ser necesario.
Obviamente, ese tipo de peticiones sólo las podía hacer la familia directa del paciente, pero ante el comentario de: "Estoy casado con él", por parte de Oikawa y la afirmación de Kageyama, al médico no le quedó más que acceder.
Ahora el cerebro de Tooru era un pequeño caos, mientras que el de Tobio se iba hacia varios meses atrás, un año aproximadamente, justo el día en que en Twitter la noticia sobre el matrimonio de Hinata y Oikawa. Fue una bofetada que le dejó devastado, incluso más fuerte que la negación del pelirrojo de huir con él lejos de toda esa mierda. Se había alimentado de la fantasía inexistente sobre el qué hubiera pasado en caso de haber huido los dos juntos y ahora ni siquiera esa satisfacción le quedaba del todo.
Kageyama recordaba que esa noche descubrió que los amantes vivían de las letras, de las palabras. Vivían en un contexto diferente. Uno inexistente pero que a la vez existía en el momento en que los recuerdos volvían a tomar forma en la cabeza del otro, sólo en ese momento y no en ningún otro.
—Iré a la cafetería por algo de tomar, ¿quieres algo?
Kageyama negó y observó a Oikawa alejarse con ese particular modo de caminar, ese que hacía parecer que el mundo no lo merecía. Probablemente era al revés, Oikawa no se merecía el mundo, y Kageyama rió en su fuero interno antes de bostezar y cerrar los ojos nuevamente.
Can anybody find me somebody to love?
each morning I get up I die a little
can barely stand on my feet
take a look in the mirror and cry
—¿Quieres venir a mi casa? —Es lo que preguntó Atsumu y yo sólo lo seguí sin responder un sí o un no.
Ahí en vueltos en calor posterior al agua tibia de las regaderas después del entrenamiento y el sabor amargo de cada uno en nuestras bocas se siente un poco incómodo el camino hacia el apartamento de Atsumu, ha sido un chispazo que dio fuego al cielo, y al parecer a ninguno de los dos nos importa que las nubes se caigan por completo. Se despedacen y nos aplasten en el proceso, porque las nubes no son suaves ni débiles, son pesadas y brutales, soportan el sueño y los anhelos de todos, los pasos de dios.
—¿Te importa si fumo un poco? —cuestiona y soy apenas consciente de lo poco que conozco a este hombre. Y aún así he aceptado irme con él. El cuerpo me palpita de anticipación, pues ir a la casa de alguien ya no es sólo ir a ver vídeos de vóley o jugar un rato a la consola o sólo tomar un café, o quizás sí significa eso, pero al menos después de sendo beso hambriento y desesperado, nada amable ni cortes, no queda duda de que ni él ni yo queremos buscar un vídeo o un café, o al menos no de primera instancia, aunque tampoco planeo hacer que esto se vuelva más.
—No sabía que eras homosexual —comentó, no por cortesía y él parece divertido. Maneja y el olor picante del cigarrillo me pone nervioso. Odio que mi ropa quede impregnada de otros olores que no sea mi sudor o mi perfume, en un tiempo me molestaba demasiado que Shoyo babeara sobre mi camisa de dormir esas noches en que pasábamos viendo repeticiones de partidos hasta quedar dormidos uno sobre otro, ahora admito que ese olor –aunque desagradable—también me gusta en mi ropa, o al menos me gustaría que el del humo del cigarrillo.
—No soy homosexual —dice él y parece convencido. No quiero insistir, si él dice que no es homosexual, le compró su palabra.
Apenas llegamos pasó titubeante pues nunca antes he estado en ese lugar y las luces tenues de ambientación no son lo suficiente potentes para advertirme si hay algo tirado o algún mueble en el medio, no sé si moverme a la salita de estar, o ir directamente a una habitación. Nunca me he interesado por los rollos de una noche, esta será la primera vez y probablemente tenga que investigar más tarde en algún foro de internet qué es lo que se debe de hacer después de lo que acontecerá y lo que acontecerá se manifiesta con las manos de Atsumu tocando mi cadera, empujándome hacia la pared y tropezando con la mochila que he dejado caer, ambos reímos contra la boca del otro y nos besamos.
Las lenguas hacen un nudo, un moño y escurren salida.
¿Me bañé bien? ¿O quedó algún resquicio de sudor? Usualmente me baño una vez más cuando llegó a casa, pero en esta ocasión pasaré de ello. y dejó que me quite la sudadera que cae a nuestros pies, él la patea, se quita él mismo la suya, y nos volvemos a besar. Baja el beso hasta mi cuello, permito que siga. Nos frotamos un rato más y antes de pedirle un tiempo para respirar y plantear las consecuencias de lo que estamos a punto de hacer, ya estamos sobre la cama, ya me besa la espalda y el cuerpo se me contorsiona por su respiración espesa sobre mi columna vertebral.
La piel se me curte y tengo escalofríos, soy una trémula hoja que tiembla a voluntad de las manos de Atsumu. Sus dedos son duros y su agarre es firme. Es el toque de un hombre que somete a otro. Su mano empujando mi cadera contra la cama mientras la otra mano recorre la silueta de mi cuerpo y maldigo porque estoy pensando en Hinata. En que nunca le permite estar de esa manera sobre mí y me siento un poco miserable. Muerdo la almohada de angustia y resentimiento porque enseguida la idea de que ahora es Oikawa el que le hace lo mismo me sale a relucir.
El toque deja de ser superficial y sus dedos juegan con mi paciencia, estirándome y haciendo que cierre los ojos, que las terminales nerviosas eclosionen, los dedos de mis pies se tensan y los de mis manos se aferran contra las sábanas. El frío del lubricante escurriendo y siendo la medida perfecta para prevenir una desgracia, aunque no hay mayor desgracia que la entrada lenta casi tortuosa de Atsumu en mis deseos más vagos.
Hinata, Oikawa, el entrenador, mamá y papá, lo siento, esta noche no hay lugar para ustedes, no hay oportunidad para pensar en algo más, sólo en lo largo de las ideas que Atsumu susurra a mi oído Quédate quieto, relaja el cuerpo... con tono oscuro que acaricia el oído y mis dientes se han unido para no dejar escapar un solo sonido ante las atenciones que entran, y se remueven, y se expande. Todo se expande. Y el estomago se contrae y se me ha olvidado cómo respirar. Aguanto la respiración sólo para dejarla de ir del todo al instante en que sus tésticulos pegan contra el filo de mi atención. Su pecho sobre mi espalda, su respiración en mi oído y siento como su corazón está tan acelerado como el mío.
Las pieles frescas por el baño se curten en sudor de forma rápida y sentimos la fricción pegajosa de la transpiración, apenas estamos comenzando y nuestros cuerpos ya están hirviendo, y todo a nuestro alrededor parece hacer lo mismo. Me sostiene de las caderas y alza un poco, mis piernas apenas se flexionan para apoyar, y recargo contra la almohada mi sien, mi boca se abre para poder respirar de forma regular, y no terminar por ahogarme más. Trago saliva para evitar que siga escurriendo por la orilla de mi boca.
—¿Puedo moverme? — De todos modos, ¿para qué pregunta si ya ha empezado a hacerlo? Lentamente, con calma. El lubricante no es suficiente pero cumple su función lo mejor que puede. ¿Se ha puesto condón? ¿Qué importa a esas alturas? Si Atsumu está contagiado de algo yo ya me tiré un clavado a ello sin mirar al fondo. Me encanta jugar a la ruleta rusa y esperar que la bala no me vuele lo poco que me queda dentro más allá del miembro de Atsumu empujándose.
Los movimientos son lentos, el interior se amolda, parece empujarlo y otros momentos absorberlo, pedir que se quede dentro. Es una sensación extraña que podría describir como una especie de remate bien hecho, la satisfacción que te da y la incertidumbre de fallarlo, o algo así, no lo sé, todo se desplaza ante el olor que ambos expedimos conforme los segundos pasan y los movimientos de Miya-san se vuelven cada vez más erráticos.
Me gira, para quedar pelvis contra pelvis. Ha sacado su miembro y me siento tan vacío de pronto. Estoy gimiendo. ¿Cuándo empecé a hacerlo? Recorre con cierta satisfacción extraña mi torso hasta llegar a mi miembro que apenas quiere endurecer, se encuentra fláscido y no me sorprendería pues en las últimas veces que intenté hacerlo con Ayame fue imposible lograr una erección, siempre se culpé al cansancio pero ahora veo que no es así, de verdad soy gay. Ya no cabe duda. Sigue empeñado en masturbarnos a los dos, con su mano llena de durezas rodeando ambos miembros y parece divertido por algo que no alcanzó a comprender hasta que habla.
—De verdad tienes aquí algo muy bueno... tendrás que enseñar como lo usas después —murmura antes de que entienda que se refiere al tamaño de mi propio miembro.
Ambos se han llenado de lubricantes, y verte más mientras éste escurre hasta mi vientre, moja los vellos púbicos y escurre más allá del periné, vuelvo a gemir, y en un solo movimiento entra, separándome los muslos, haciendo movimientos cada vez más provocativos. La erección que se iba ganando un lugar en mi virilidad termina por ceder nuevamente a una flacidez, el dolor combinado con el placer no es suficiente combustible pero aún así no puedo decir que me desagrada. Las embestidas son rápidas y el pecho me sube y me baja casi al igual que la temperatura del cuerpo que es frío y caliente, y vuelve a ser frío, como si algo subiera y bajara- Se sostiene fuerte con una mano, enterrando sus dedos en mi carne que firme parece repelerlo pero aún así entierra uñas. Se flexiona buscando la boca que antes devoró y parece satisfecho porque ríe sobre ella, yo sólo se que estoy sudando, que el cuerpo lo siento extraño y todo es un mero dolor que colisiona pronto en un desbordante placer cuando mueve sus caderas y logra alcanzar el punto más sensible en un hombre.
Jamás había intentado ni siquiera por mis propios medios saber dónde se encontraba pero ahora gracias a Miya Atsumu sé que existe y que está ahí siendo machacado por las embestidas del otro.
Lo hicimos dos veces más.
Las suficientes para reconocer que nuestros cuerpos son compatibles.
No dijimos durante la noche algo más que alguna broma entorno al ambiente, al frío del lubricante o a la posición en la que nos encontrábamos. Seguramente invertimos mucha energía pues apenas tocamos la almohada quedamos dormidos.
—Te traje café... —dijo Oikawa y Kageyama abrió los ojos observándolo.
¿Qué clase de amante eres, Tooru?
—Gracias —respondió Kageyama dando un sorbo.
—No sabía como lo tomabas así que lo traje negro y amargo, justo va contigo —comentó queriendo hacer enojar al otro armador pero para su sorpresa Kageyama parece bien cómodo con el café tal como se lo ha llevado.
Atsumu no fue un error. Sólo fuimos dos niños clandestinos al amor. Dos amantes que vivían en un contexto diferente, uno inexistente pero que a la vez existente en el momento en que las palabras evocando el recuerdo del amor perdido se pronuncian, sólo en ese momento y no en otro, mientras... no existe. Los recuerdos vuelan en nuestras cabezas como estrellas congeladas en un enorme manto negruzco como el espacio, una nada absoluta, pero al instante de ser pronunciados esos recuerdos, repetidos aunque sea en nuestra memoria, no importa cómo, ese amor revive y se reintegra en una extraña y deliciosa unidad. Oh los recuerdos, las palabras y las voces, el todo que me hiciste y por el cual seguí viviendo, Shoyo, la última frontera del amor propio y el respeto por mí mismo, mis límites llevados al precipicio mismo. Si Miya y yo no nos hubiéramos acostado, no estaría aquí en primer lugar, pues básicamente fue Atsumu el que dio a Oikawa mi número telefónico y el que hizo la cita que nos reunió a ambos en primer lugar y al cabo aquí estoy una vez más, y tú allá dejándote morir pero ¿qué podemos hacer sino reírnos lastimosamente y esperar que el dios del destino nos sonría a los tres de una vez por todas?
—¿Te sientes bien, Oikawa-san? —preguntó Kageyama mirando al castaño que aún más desconcertado alzó el rostro ofendido.
—¿Qué clase de pregunta es esa? Pf. Claro que estoy bien —rezongó—. ¿Y tú? Terminaste con el Señor A. seguro debes estar súper deprimido.
Kageyama bufó y miró su café.
—¿Celoso? —las bromas nunca se le han dado, y con el tiempo ha logrado saber dónde y cómo soltar alguna casual, y en ese momento parece que dio en el clavo pues Oikawa acabó por ponerse rojo hasta las orejas.
—Sólo te diré que esto es una trieja y me niego a que tú o el enano tengan a otra persona, conmigo les debe de bastar y sobrar.
Kageyama bufó otra vez ignorándolo y ganándose una letanía de discurso donde Oikawa enlistó las diez razones por las cuales era el mejor dentro de esa trieja.
A nosotros el amor nos duró lo que una estrofa, ¿no, Oikawa-san? Ese amor nos ha durado menos sí eso fuese posible, pero el sufrimiento de ese amor concluido es algo apenas equiparable con la vida, es largo y tortuoso, ni tú ni yo queremos admitirlos, somos demasiado vanidoso como para aceptarlo de buenas a primera y es algo con lo que tengo que trabajar. Lo reconozco, no nos llevamos bien porque ambos somos iguales aunque... tú tienes lo tuyo y es difícil de explicarlo.
—¿Seguro que vas a estar bien con lo de Señor A.?
—De pronto estás muy interesado —insistió en silencio Kageyama.
—Sólo es curiosidad, nada más.
—Sí, estaré bien —respondió una vez más.
Oikawa quiso decir algo más pero la mano de Kageyama su pierna reforzaba lo dicho. El castaño suspiró y se recargó de la silla por completo mirando por el pasillo. Ahí acompañado por un médico y una enfermera que llevaba una bolsita blanca apareció Shoyo, abrazándose a al abrigo de Oikawa que le había puesto encima en el momento en que lo subieron al auto para conducir con presura hasta el hospital que ni más ni menos estaba sólo a una cuadra de donde vivía el menor.
Los dos hombres se incorporaron, acercándose de forma apresurada hasta quienes llegaban.
—¿Cómo se encuentra? ¿Ya puede irse? ¿Por qué no está hospitalizado? —preguntó con urgencia Oikawa.
Kageyama miraba en silencio al pelirrojo, que con bolsas de ojeras bien marcadas debajo de sus ojos parecía no haber dormido las doce horas que había dormido, pero salir de un hospital no era precisamente un premio.
—Una de las llagas de la garganta parece haber reventado —explicó de forma simple el médico mirando a los "familiares" de Shoyo.
—Ya veo. ¿Pero ya está bien? —insistió Oikawa.
—Sí... estoy bien —la voz lastimada y rasgada de Hinata resonó en los oídos de ambos, quienes lanzaron una mirada acusadora al doctor, sonaba peor que el día anterior.
Hinata estaba sentado entre Kageyama y Oikawa, había sido demasiado accesible al momento de permitir que ambos entraran, se sentaran y escucharan lo que él ya sabía y el médico tenía para decir. El doctor acomodó sus lentes sobre su nariz recta y respingada, revisaba los exámenes y resultado de estudios que él conocía perfectamente, que no habían cambiado en lo absoluto, sólo algún muestro arrojaba un avance mínimo en la enfermedad del menor.
—El paciente no muestra desmejora significativa, pero mucho menos una mejora, por el contrario está lejos de mejorar —explicó el doctor mirando al moreno y al castaño, el pelirrojo seguía abrazando el abrigo de Oikawa, Kageyama le había llevado un cubrebocas negro y ya lo llevaba puesto—. Por otro lado, creo firmemente que aún estamos a tiempo de hacer las exfoliaciones en la garganta... en Tokio donde se estaban llevando a cabo antes es un lugar excelente para seguir el tratamiento, para iniciarlo, tienen el historial médico de Hinata-san.
Kageyama recordaba esos días en que Hinata se ausentaba de la escuela para ir directo a Tokio y pasar el rictus del procedimiento médico.
—¿En caso de que no llegue a funcionar las exfoliaciones? —habló Oikawa serio sus años dentrode estudios médicos le habían dejado bien enterado en el tema aunque ahora fuese un licenciado titulado de terapia física—. Es obvio que las exfoliaciones solo son un parche y a la larga el cáncer puede regresar y no tenemos la certeza de qué magnitud... ¿Cuál es el protocolo, qué más se puede hacer?
Kageyama permitía que Oikawa hablara y Hinata observaba de reojo aún cabizbajo al castaño. Aferrando más sus manos al abrigo.
El doctor entrelazó sus dedos mirando con seriedad al que había hablado. Comprendía perfectamente el enojo y la impotencia de los familiares en casos de enfermedades que tenían una tasa de mortalidad amplia como lo era el cáncer, por lo cual tomó un respiro y continuó.
—En caso de que el cáncer siguiera avanzando, y las exfoliaciones no fuesen suficiente... lo siguiente sería la radioterapias y una cordectomía o una laringectomía o en su defecto... ambos —respondió franco.
El castaño se recargó de la silla como si le hubiesen dado un golpe con una placa metálica y la mandíbula se le hubiese dislocado. Tragó saliva y miró sus manos. ¿Eso era todo? Hinata apretó los labios y Kageyama se sintió un poco más perdido.
¿Es normal este silencio? ¿Es normal contagiarme de esta impotencia aunque no entienda qué está ocurriendo? Oye, Oikawa-san, estamos sincronizados y ahora soy capaz de sentir tu frustación.
—¿Qué es eso? —cuestionó Kageyama.
El médico observó a Tooru, pues al parecer no tenía que explicarlo a él, pero si al otro. Una mirada a Hinata.
—Es la extirpación de la laringe y las cuerdas vocales... algo de la capacidad del habla queda afectado, Tobio-kun —respondió Oikawa.
—¿Y... y la quimioterapia? ¿Eso no funciona? —preguntó ahora un poco más alterado Kageyama—. Escuché que a veces funciona y...
—¡Basta! —fue un ruido gutural pero entendible. Hinata se había incorporado de golpe—. ¿No lo entienden? ¿Por qué no me quieren dejar en paz? Ya... ya tuve suficiente... ya... —Shoyo bajó el rostro apretando los puños, mordiéndose los labios y evitando las irremediables ganas de llorar, ese sentimiento voraz que le estaba consumiendo de afuera hacia adentro y estaba acabando con lo poco que quedaba de él, de su resistencia, de su personalidad, de su temple, de su alegría—. Déjenme morir... tranquilo... —suplicó tragando saliva.
El doctor se incorporó.
—Los dejaré... un momento... —comprendía que era un momento de ellos. Un instante que debían de discutir, pues si bien no era correcto dejar a un paciente alterado, él no encontraba ya la manera de hacer entender a Hinata que debía de tratar de forma adecuada su padecimiento.
—No, no se vaya... —dijo Oikawa serio—. Necesito el expediente de Shoyo —hizo una larga reverencia incorporándose.
Hinata Shoyo miró entre exasperado y sorprendido al castaño. Después observó a Kageyama y éste le regresó la mirada.
—Parece que tú eres el que no lo entiende... no te dejaremos morir, no hasta que no hayamos hecho hasta lo imposible por hacerte vivir más años, idiota —Kageyama se giró hacia donde el doctor y también hizo una reverencia—. Por favor... dele su expediente a Oikawa-san.
Y contra eso, a Hinata no le quedó más que maldecir su suerte y el amor que sentía por ambos hombres. La idea de Oikawa no era tan descabellada después de todo.
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Gracias por leer.
St. Yukiona.
Quien los ama de corazón y todo menudencias.
