Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben, Haikyuu! no es mío, ojalá lo fuera.
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Las mil plumas del cuervo
Por St. Yukiona.
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Solsticio de invierno
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Sentía su cuerpo débil, la boca amarga . Por las mañanas debía de quedarse por lo menos treinta o cuarenta minutos quieto mirando el techo tratando de hacer encajar todas las piezas que era su cuerpo, su mente y su poca sanidad que le quedaba, como un rompecabezas que protegía celosamente marcando de a poco las piezas para no perderlas en el proceso. No obstante, nada se comparaba con el dolor que sentía en todo el cuerpo. Había logrado acomodar ese cuerpo grande suyo en las butacas de la sala de espera donde pasó la noche junto con Kageyama, una de las enfermeras se había compadecido de ambos chicos y les había prestado una cobija para pasar la fría noche. Así que aunque su cuerpo se lo pedía, él ya no lograba resistir un momento más acostado. Fue el primero en levantarse recordando poco a poco todo lo ocurrido el día anterior. Su estrepitosa llegada a Italia, su traslado al hospital, él comunicándose con el entrenador, y es que ante el estrés, la preocupación y la angustia el inglés se le había colapsado y no era capaz de citar una oración completa con coherencia. Sin embargo, lo peor había pasado.
Oikawa había despertado esa misma noche, y ese día lo darían de alta. No podía viajar en avión porque podría pasarla mal por los mareos, además de que tendría que ir hasta Rávena al Norte de Florencia para poder seguir con su control médico, pues el equipo se quería asegurar que su colocado estrella estuviera bien para la siguiente temporada que iniciaba en menos de dos meses. Había tenido excelentes resultados en la liga internacional, y en la Super Lega querían repetir la hazaña. No cabía duda que su mejor elección había sido la contratación del armamento pesado japonés.
—¿Te sientes bien? —susurró Kageyama incorporándose al otro lado de la fila de sillas junto a Shoyo. El pelirrojo asintió con una sonrisa cansada.
—Sí... —el viaje en avión le había sentado fatal y había estado vomitando constantemente en el baño del avión, cuando llegaron tuvo otra ronda en el baño del aeropuerto y después en el hospital. La noche anterior prefirió no comer en lo absoluto para así no tener nada que devolver., y era una pena, porque incluso las hamburguesas en los McDonalds parecían deliciosas.
Kageyama se retorció un poco porque su estómago dolía bastante del hambre pero pronto sería hora de que el médico del turno matutino llegara y después les darían de alta a Tooru. Según lo que el entrenador les había informado es que les brindarían un auto para que hicieran el viaje por carretera eran aproximadamente cinco horas de viaje, no sería realmente un problema pues con el GPS y las indicaciones del propio Oikawa dudaban que se fuesen a perder.
Ambos fueron al baño para espabilar un poco y posterior se acercaron a la isla de enfermeras donde pidieron una hora exacta para el alta de Oikawa. Cuando tuvieron la información decidieron que era de comer algo. Bajaron hasta el comedor y Kageyama se decantó por una ensalada mientras que Hinata pidió una avena con surtido de granos, ambos bebieron leche caliente con un poco de azúcar. Desayunaron en silencio mientras que veían el bonito paisaje que había por los ventanales del comedor del hospital.
—Pasado mañana regresaré —comentó Kageyama y Shoyo le regresó la mirada un poco ansioso.
—¿Estarás bien? —cuestionó en voz baja.
Kageyama asiente y da otro bocado, de verdad la comida sabe mucho mejor de lo que hubiera imaginado, los vegetales con los que está hecha la ensalada se sienten muy frescos y crujientes y el aderezo no es de ese mundo.
—¿Por qué no partes directamente de aquí? Ya viste que Oikawa está bien... —sugirió Hinata pero Kageyama se niega.
—No luces bien como para dejarte el paquete que es Oikawa... ¿Manejar tú sólo, cinco horas? No creo logres salir de la ciudad... luces como si en cualquier momento te fueras a desmayar —señaló el menor y Shoyo bufa.
—Eres increíble —susurró.
—¿Cuándo dijeron que tendrán tus exámenes?
Shoyo se quedó pensando.
—Mañana o pasado mañana, no estoy seguro me los enviaran cuando estén listos...
El colocador asintió antes de morder su labio pensativo otra vez.
—Avísame en cuánto los tengas... —suplicó.
Terminaron la comida y ambos se incorporaron para regresar, eran casi las once y pronto les regresarían a Oikawa, tardaron un poco más de lo previsto regresando a la sala donde tenían a Oikawa debido a que se perdieron y seguir las instrucciones en italiano fue un pequeño infierno que lograron pasar. Casi diez minutos después llegaron un poco agitados porque tuvieron que subir las escaleras y encontraron al castaño en silla de rueda con una maleta sobre sus piernas, la mirada asesina y el gesto amargado.
—¿Dónde demonios se metieron? ¿Dónde están mis flores? ¿Y mis globos? —exigió la Diva y los dos menores se rieron porque justamente habían discutido que Oikawa pediría de todo por su recuperación, lo dejarían ser caprichoso y le prometieron que apenas encontraran una florería le comprarían un hermoso ramo.
El entrenador del Ravenna los esperaba afuera con el auto arrendado por el equipo para el japonés y Shoyo se encargó de firmar todos los documentos, agradeció al entrenador y dialogo con él un par de momentos antes de despedirse, Oikawa discutía con Kageyama sobre la pronunciación de una palabra hasta que volvió el pelirrojo con las llaves y un Folder.
—El entrenador dijo que debías de recuperarte, me dio también los documentos médicos para el seguimiento en Ravenna —explicó—. Dijo que en dos días debes de presentarte en el hospital para el chequeó —sonrió suavemente y tosió un poco, la garganta le ardió y negó cuando Kageyama le ofreció un poco de agua. Shoyo sonrió—. Lo siento... se me secó un poco la garganta —tomó del agua del moreno y sintió alivio—. La siguiente temporada inicia en dos meses pero dijo que debías de ir sí o sí a mediado de mes para firmar el contrato y si no puedes lo mandará con tu abogado...
—Eres todo un adulto, Hinata-idiota —sentenció muy seriamente Kageyama.
El pelirrojo se sintió un poco ofendido, inflando sus mejillas bufó.
—En teoría... tú también deberías de ser un adulto —Oikawa no pudo evitar reírse y Kageyama sólo le haló un mechón de cabello al pelirrojo que se quejó. Después los tres fueron hasta el pequeño compacto color rojo que habían arrendado. Kageyama se colocó como copiloto, Oikawa en la parte trasera y Hinata conduciría hasta donde se sintiera bien, después le pasaría e volante a Kageyama y luego buscarían donde pasar la noche.
Salir de Roma fue la parte más complicada pues había reparaciones por todas partes, los italianos tenían una forma muy particular para manejar, inclusive para cafres desordenados como Hinata el modo errático de los italianos era demasiado. Cuando lograron salir hacia carretera revisaron el GPS.
—Tendremos que irnos por la vía de Florencia y pasar por Bolonia para después bajar hacia Ravenna porque la vía por San Marino está en reparación también —comentó el mayor de los tres y Kageyama torció los labios porque para él era todo igual.
Hinata asintió mientras que tomaba la desviación que decía con letras blancas y fluorescentes "Florencia".
—Ve buscando algún lugar donde pasar la noche... —comentó el pelirrojo mientras que Oikawa asentía y empezaba hacer lo que mejor sabía hacer: navegar en internet.
Eran al rededor de las cuatro de la tarde y seguían conduciendo el pelirrojo, el sol daba una vista hermosa pero Hinata comenzaba a sentirse fatigado, no obstante Oikawa le pidió que aguantará un poco más pues estaban por llegar a una posada que según marcaba AirBNB como disponible a la brevedad.
La fachada los encantó. Al menos a Hinata y a Oikawa. Kageyama se sintió un poco exceptico ante la pintoresca apariencia de aquel motel de paso, con sus paredes de adoquín rojo, techos de madera y enredaderas trepando por las paredes, en el toldo que estaba sobre la entrada principal se leía un letrero que anunciaba el nombre del motel: La vie in rose. Era muy bonito y encantador, como una pintura clásica y los dos mayores se apresuraron, Hinata porque necesitaba tirarse a una cama, los músculos de la espalda y las piernas le estaban doliendo terriblemente y Oikawa porque el estómago le ardía por las nauseas del viaje. Kageyama se encargó de hacer la reservación con un extraño inglés del que Oikawa no dudó en burlarse repetidas veces.
La propietaria era una mujer cuarentona de origen francés (de ahí venía aquel inusual nombre) que se disculpó con los viajeros por solo poderles ofrecer una sola cama, los tres fingieron desconcierto, y con falsa resignación aceptaron la propuestas, de camino a la habitación, no pudieron aguantar las carcajadas entre Hinata y Oikawa mientras que Kageyama, muy a su manera, también sonreía negando por la ingenuidad de la pobre señora.
A la hora de la comida ninguno de los tres dijo mucho, todo lo contrario. Hinata y Kageyama parecían sinceramente divertidos viendo cómo Oikawa se notaba totalmente desconfiado de absolutamente todo, pues si se había envenenado con un pudín ahora parecía que hasta una inofensiva fresa lo podría matar.
—Tranquilo, no sacará una navaja para cortarte la garganta —dijo Kageyama y Oikawa lo fulminó con la mirada, Hinata empezó a reír bajito.
Oikawa suspiró profundamente, tenía unas mil respuestas ingeniosas y comprometedoras para esa aseveración pero... no tenía fuerzas. Una intoxicación era una cosa seria. Además, el paisaje de Terní era hermoso, único. Por algún motivo, a Oikawa le pareció aquello como una ocasión única y especial: Tomando el almuerzo en la diminuta terraza de un hotel de paso con vista a los acantilados accidentados de una carretera por la que tendrían que pasar se le hacía especial, con todo y la extravagante comida que les habían ofrecido y que parecía desbordarse de la mesita de plástico donde habían decidido de comer porque en la de la habitación apenas entraba la tabla de queso con vinos espumoso corriente.
Jamás olvidaría ese momento. Con Kageyama intentando hacer chistes sobre su condición y Shoyo descojonado de la risa, él también sonrió.
Lo mejor sucedió a la hora de dormir cuando tuvieron que jugar un piedra, papel o tijeras para ver quiénes dormían en la cama y quién en el sillón, porque en una cama individual no cabían los tres, y aunque lo lógico era que Hinata y Oikawa se quedaran con la cama por ser los enfermos ninguno de los dos quiso ceder así de fácil. Tras una larga competencia un 26 de 50 o algo así de loco, Oikawa y Kageyama se hicieron de la cama, para al final acabar durmiendo los tres, Hinata sobre los otros dos. Lo mismo pasó en el baño: Uno ocupaba el inodoro, otro la regadera y el tercero se lavaba los dientes. Tuvieron que compartir el desodorante y la pasta dental porque ni Hinata ni Kageyama se habían preparado para viajar, y ahora estaban en un trip en Italia.
—Muchas gracias —dijo Hinata agitando la mano a la posadera que despedía a los tres "amigos" que habían compartido una recamara individual.
Y fueron felices.
Por un breve momento, eran felices.
...
El resto del camino fue bastante tranquilo, tres horas con pocas distracciones. En distancias se podría decir que Estados Unidos o incluso México era bastante más grande que Italia y eso era algo que en ese momento los tres agradecían. Shoyo había estado unas dos veces en el país y por eso no se sentía tan perdido cuando se trataba de conducir siguiendo las direcciones del GPS, sin embargo le preocupaba bastante lo cansado que iba a estar Kageyama al finalizar el día, volvía a Japón en dos días y los viajes seguramente iban a pasar factura a su condición física. Aunque tanto Oikawa como él habían tratado de dialogar con Kageyama para que volviera desde Roma a Japón, el colocado se negó rotundamente pues quería dejar a los dos instalados en casa. Hubiera deseado quedarse un poco más de tiempo, lo suficiente como para ver que Ka
Cuando llegaron a la casa donde vivía Oikawa tanto Kageyama como Hinata corrieron quitándose la ropa para tirarse a la pequeña pileta donde bien cabrían cinco personas. El agua salpicó para todos lados mientras el mayor torcía los ojos, aguantándose las ganas de hacerlo él, porque él había hecho justamente lo mismo la primera vez que llegó a ese lugar y lo hacía cada vez que llegaba enojado, estresado o con ganas de llorar. Se adentró al jardín recogiendo la ropa de los otros dos y suspiró, dejó todo a un costado, en una de las sillas de piscina, y se sentó en la orilla. Con tristes ojos recorrió el cuerpo de Hinata y después se fijó en el color vivo de las mejillas que se inflaban en carcajadas fuertes que llenaban todo el ambiente pero que lo dejaban con un mal sabor de boca debido a que se notaba la poca fuerza que el aire en los pulmones de Shoyo imprimía en ella.
Caminó al interior de su casa abriéndola y sonriendo al ver que todo seguía igual, había regalado a sus vecinos la comida que se podía descomponer en su ausencia y solo tenía atún enlatado y algunas pastas, tendrían que ir a hacer la compra apegándose a las dietas de Hinata y de Oikawa, sin embargo suspiró profundamente cuando abrió la mochila en la sala para sacar sus cosas, pero también un sobre que su hermana le había enviado hacía unos días por correo electrónico y él había impreso para poder leerlos durante el vuelo antes de que ocurriera todo aquel desastre. Estaban un poco maltratados, pero aún eran visibles, tragó saliva y fue a buscar un par de toallas, también un par de aguas mineralizadas de sabores que dejó cerca de la pileta, él se sentó en la orilla metiendo sus pies, viendo al par jugar.
Sonrió con tristeza, no podía dejar de ver el cuerpo débil y delgado del pelirrojo, había incluso algunos moretones, le dolía un poco más y sería difícil lo que iba a decir pero a final suspiró.
—Hable con Sakura-chan —dijo de pronto y los otros dos se giraron, nadaron hasta donde Oikawa les ofrecía las bebidas, Kageyama abrió la de Shoyo y ésta la bebió con cuidado porque las burbujas de gas lastimaban un poco.
—¿Sakura-neechan? —preguntó curioso y preocupado el pelirrojo.
—Sí —sentenció Oikawa.
Hinata entreabrió la boca queriendo preguntar pero por la mirada de Oikawa entendía que pronto sabría la respuesta.
—Y ella está... está dispuesta a prestarnos su vientre —aclaró Oikawa avergonzado—. ¡Cómo somos tres! Pensé... pensé que no quería que fuera el hijo tuyo y de Kageyama, o sólo tuyo y mío, o mío y de... —obvio la respuesta porque le costaba decirlo—. Porque estamos los tres juntos y haremos de ese bebé el mejor jugador de la historia y... como los tres no podemos aportar espermatozoide... hablé con Natsu y ella está de acuerdo en donarnos óvulos.
La botella de agua mineralizada de Shoyo resbaló de su mano, por suerte se encontraba recargado en el borde de la pileta y el agua de la misma no se vio comprometida. Kageyama observó a Shoyo y después a Oikawa.
—Yo donaría el esperma —supuso Kageyama pensativo.
—¿Ya lo sabías? —preguntó el pelirrojo al moreno, y éste desvió la mirada brevemente.
—Hmp... había hablado con Oikawa... y yo hablé con tu hermana... pero, aún no era nada seguro... pero no suena a tan mala idea...
Y tenía un deja vú cuando dos años antes se habían aparecido aquellos dos con una propuesta demasiado surreal como para creer que fuera cierto, pero que en medida les había aliviado la vida y ahora podía decir con certeza que vivía su sueño. ¿Se enojaba por no haberlo consultado con él? ¿Los golpeaba por haber ido con su hermana y pedirle algo así de íntimo? ¿O sencillamente se comportaba como un hombre valiente y se permitía llorar de felicidad?
—¿Por qué Tobio tiene que ser el donante? —susurró Hinata.
—Debe de ser porque cuando estábamos en la selección nos hicimos conteo de esperma y el mío es de mejor calidad —sonrió de medio lado el moreno—. No lo digo yo, lo dice la ciencia —declaró guiñando antes de volver a tomar su soda antes de que le cayera un cojín en la cara. Oikawa bufó y volvió su atención al pelirrojo.
—Así... no sería cien por ciento cierto, pero se tendría la sensación de que todos aportamos un poco de nuestro material genético.
Era mejor verlo de esa manera y no pensar en que su hijo en realidad sería hijo de su hermana con su amante y nacería de las entrañas de la hermana de su otro amante, algo totalmente descabellado. Y si lo pensaba más. ¿El apellido de quién llevaría? De pronto su propia idea no resultaba tan buena y empezaba a asustarse.
—Sé lo que piensas y para tus trenes —habló Shoyo antes de salir con esfuerzo de la pileta e incorporarse dando vueltas por el pequeño jardín, Oikawa sonrió al verlo así, concentrado y confundido, Kageyama terminó tranquilamente su bebida.
—En... ¿En qué están pensando?
—En que queremos tener una familia... hacerla más grande, y por mí no hay problema —dijo Kageyama sincero.
—Con el sueldo de los tres podemos tener una buena vida... si no es en Japón, entonces en cualquier otro lado —contestó Oikawa y Shoyo se quedó sin aliento.
—Pero estoy enfermo —sentenció con la voz ronca y un poco entrecortada.
—Pero te vas a recuperar, Shoyo... —Oikawa se incorporó para tomarlo de los brazos. Kageyama salió para tomar la toalla y colocarla sobre la cabeza pelirroja—. Y esto es lo que hacen las familias... planean cosas al futuro, cosas que los comprometen y les da responsabilidad pero que también los hace unirse y amarse más...
El corazón le brincó a Shoyo que se quedó sin habla jadeando con los ojos llenos de lágrimas.
—Son... unos... —pero no terminó de hablar porque Kageyama lo abrazó para callarlo y Oikawa sonrió suavemente.
—Hagámoslo pero después de saber los resultados de la biopsia —murmuró Shoyo y los otros dos estuvieron de acuerdo. En el piso, descansaban los panfletos sobre maternidad subrogada.
Un hermoso plan a futuro que sin duda lo llevarían a cabo.
...
"Tienes un email"
Shoyo suspiró porque sabía lo que contenía ese correo justo cuando vienen de regreso de despedir a Kageyama en la estación de trenes que conectaba Ravenna con Florencia y Florencia con Roma donde tomaría el vuelo de regreso a Japón. Prefirió ignorarlo pues Oikawa estaba muy al pendiente, y quiere digerir aquel resultado, fuese cual fuese con lentitud, sorbo a sorbo para después compartirlo con los otros dos.
...
—¿Señora Kageyama?
La mujer fue incapaz de reconocer esa voz cavernosa y profunda que le hablaba al otro lado de la línea, pero una corazonada la obliga a no colgarle.
—Sí... —Susurró con algo de miedo aunque de igual manera se mantiene expectante.
—Es Hinata Shoyo.
Y entonces la mujer se sorprende, la voz del chico suena bastante desgastada, como si se tratara de un señor de ochenta años con un historial de fumador extenso. Sabía que estaba enfermo, claro que lo sabía, pero no sabía que al grado que él ya no sonara como él.
—Disculpe que la llame —dijo él cuando hubo un silencio prolongado.
—No te disculpes... —respondió la mujer un poco desconcertada y caminó afuera de la sala donde estaba con su propia madre—. ¿Pasó algo con Tobio-kun? —preguntó un poco preocupada, desde hacía un tiempo que Hinata Shoyo y ella no hablaban. No es que le molestará a esas alturas la homosexualidad de su hijo pero Hinata Shoyo había sido un personaje más bien de grises en su vida y en la infelicidad depresiva de su hijo, sin embargo, también comprendía que nada de lo que le pudiera decir a su hijo iba a cambiar la perspectiva que éste tuviera hacia su relación, su extraña y escandalosa relación.
—No —contestó de inmediato Shoyo—. Todo lo contrario —tosió y gimió adolorido, se retuerce porque es fuego el que se expande en su cuerpo, mirando la servilleta con la que se cubrió la boca, limpió su boca y se volvió a concentrar ignorando el sabor de hierro metálico que las flamas le dejan, un regusto asqueroso—. Kageyama-kun va de regreso a Japón... Oikawa se intoxico y tuvimos que viajar hasta Italia.
La mujer de pronto se sintió indignada porque no se le había dicho nada y algo más fuerte nació desde su estómago.
—¿Te das cuenta que él tiene partido pronto? ¿Qué está en plena temporada? —preguntó con voz regia.
Shoyo se hundió en el sillón tragando saliva.
—Lo lamento... le dije que yo podía venir solo pero...
—No estás conforme con arrastrarlo a una relación... inmoral... sino que además también quieres arruinar su carrera... —suspiró—. Shoyo... Si tanto lo amas... ¿Por qué lo sigues empujando al desastre? Deberías sencillamente dejarlo libre y ya...
El menor se quedó callado largo rato, mirando de reojo la caja que encontró debajo de la cama de Oikawa. La cuál abrió sin permiso y revisó sin una pizca de arrepentimiento.
—Sólo le llamaba para decirle que va en camino a Japón... —exclamó—. Sería bueno que por lo menos una vez fuera donde él para acompañarle... necesita apoyo —seguido colgó mientras suspiraba profundamente recogió sus piernas y recargó ahí su frente volviendo a toser. Se encogió un poco más y tragó saliva con estrés porque la garganta ardió.
Desde hace unos días lo había notado, levemente pero lo había notado. No quiso decir nada pero supone que sus dos amantes, también tuvieron que haberlo notado: Las medicinas no habían estado haciendo el mismo efecto y sus uñas estaban más frágiles que antes. Cerró los ojos mientras que trataba no llorar de una, confiaba en que iba a mejorar, en que alguno de los ocho millones de dioses que había en Japón le escucharía la plegaría o, mínimo, que al juntar las mil plumas del cuervo de la leyenda de Miyagi... éste le concedería el deseo de vivir un poco más con las personas que amaba.
Oikawa llevaba doscientas en esa cajita. Shoyo se preguntaba cuántas tendría Kageyama. Él también empezaría a recolectarlas, porque no quería darse por vencido...
Al menos, no ahí tan lejos de casa.
Dejó de tomar el medicamento.
No servía de nada, y se dio gusto al comer todo lo que se le antojo ante los ojos atónitos de Oikawa que simplemente le daba lo que el pelirrojo pedía.
Fueron dos semanas perfectas hasta que una noche, el dolor en el cuerpo era una tortura mayor, había borrado el email de su bandeja de recibidos y podía oler el incienso incluso hasta Italia donde se encontraba.
Cuando los medicamentos fallan, y las esperanzas flaquean sólo había una persona a la que Shoyo solía llamar. Una única persona que le podía dar aliento sin sentirse patético. El cuerpo dolía cómo no se tenía idea. No podía con eso, no podía con esa carga. Dios, pedía porque todo se acabará. Había estado yendo a grupos de ayuda pero ver a un círculo de personas que tenían grabadas en su frente la palabra "muerte" más allá de ayudarlo lo hacían sentirse peor. Miserable. Era como estar ante una final y saber de antemano que el partido estaba arreglado para que tu equipo perdiera. Esa misma impotencia era la que se expandía por su cuerpo.
—¿Tobio?
—¿Shoyo?
—Lamento llamarte a esta hora...
—N-no... no te disculpes ¿estás bien?
—Oye ¿estás ocupado?
Un silencio respondió, después ruido que apenas fue audible. Hinata podía cerrar los ojos e imaginarse al setter moverse con cuidado para salir de la cama y caminar hacia la terraza de su habitación, esa terraza por la que tantas veces había reptado para llegar hasta el encuentro de su Julieta, aunque los roles se jugaban distintos llegada la hora de amar, a Hinata siempre le gustaba joder con que él era el Romeo de la relación. La respiración de Kageyama del otro lado sonó de pronto más intensa, sí, estaba afuera, en el frío invierno de Tokio.
—¿Te abrigaste?
A Kageyama se le encogió el corazón. ¿Cómo podía pensar cosas como esas cuando la voz sonaba tan afectada? ¿Así lo había dejado dos días antes? ¿Por qué sonaba como si hubiera envejecido de la nada?
—Sí, me abrigué, mamá... —rezongó en un tono bromista tratando de animar al otro. Lo logró porque escuchó una risita por parte del pelirrojo.
—Oye... la tía me va reclamar si sabe que te estoy llamando a esta hora y sales de tu pieza sin abrigarte bien...
—No creo que a mamá le importe —dijo Tobio, relajado, no quería mostrarse ansioso, aunque después de dos minutos de mutis compartida aclaró su garganta—. ¿Y bien?
—Kageyama sigue siendo un impaciente, estaba creando tensión.
—Idiota, ¿qué más tensión quieres? Estás en Suiza, yo en Japón, creo que suficiente tensión hay...
—No, no... ya sabes de esa tensión que hay en las novelas...
—Deja de ver programas para mujeres de cuarenta, por favor, Shoyo.
La risa del menor sonó sincera y eso le llenó al alma al colocador de la selección japonesa. Después la tos crónica y constante hizo que se rascara la nuca con cierta desesperación. Seguía experimentando ataques de rabia al pensar sobre la condición del pelirrojo.
—Oye... ¿estás bien?
—Estoy en Italia... idiota... —volvió a toser.
Más tos.
—Shoyo, ¿Estás solo? ¿No está contigo Tooru?
—Sí —Kageyama escuchó arcadas y supo que la cosa no iba bien cuando un ruido sordo se escuchó, más ruido por parte de Hinata. Decidió colgar y marcar enseguida al excapitán del Seijou. El pulso le tembló, mientras que buscaba en la agenda de su smarthphone el número que tuvo que haber borrado tras todo aquel incidente en Los Ángeles hacía cinco años atrás pero que aún así conservaba por cualquier tipo de situación y más ahora que eran esa extraña pareja de tres.
—Ya sé, ya sé, te llamó después —contestó Oikawa antes de que la llamada se cortara. Kageyama apretó los labios y una agitación se produjo lentamente en su pecho, empezando a crecer, y a crecer, como el huevo de un ave que eclosiona y en cuestión de segundos ya no es un polluelo sino una furiosa y hambrienta águila que rasga y pica, despedaza queriendo salir de su encierro. El teléfono en un momento de lucidez fue guardado en la bolsa de su pijama pero la pequeña y coqueta mesita de madera para tomar el café que mantenía en su balcón salió disparada contra el barandal; despedazándose en el impacto ante la fuerza furiosa que el colocador presto a la acción.
Maldijo el nombre de Oikawa. Maldijo a Shoyo por haberle llamado. Se maldijo él, y maldijo a la puta enfermedad.
—Te vas a poner bien —masculló Kageyama apretando sus manos una contra otra y rezando a los dioses. Rezando otra vez como lo hacía cada maldita noche.
Oikawa salió alarmado de la habitación cuando escuchó a Hinata toser de forma tan repetitiva y de manera tan brusca.
—¿Qué diablos haces aquí? —se sacó el suéter para colocarlo sobre la espalda del menor y llevarlo al interior de la habitación que compartían. Tosió una y otra vez hasta que la debilidad le llegó de golpe y Tooru tuvo que hacer mayor fuerza para sostenerle contra él, ayudándolo a entrar y recostarse en el sillón mientras él corría por agua para que el escozor y la incomodidad en la garganta se le pasará rápido. Pero parecía no funcionar, tanto que el vaso cayó haciéndose añicos y coágulos de sangre viscosa y de un espesor alarmante salieron de la boca. El colocador se asustó, no pudo evitarlo y por breves minutos se sintió más inútil que nunca, el mundo se le estaba deshaciendo y necesitaba a Tobio pero no estaba ahí.
Negó.
Nunca había necesitado a Tobio, Tobio no era su Iwa-chan, y él iba a lograr sacar adelante el problema. Corrió por su móvil y se recriminó en el instante en que recordó que el teléfono de la habitación estaba afuera en el balcón pero ya era tarde, ya estaba marcando a 118 donde el servicio de emergencia le decía que pronto estarían ahí.
...
Debió hacer el mismo ritual que hacía cada mañana en su cama, mirando el techo por breves momentos mientras sus ojos terminaban de enfocar el resto del mundo. Buscando su lugar en el mundo una vez más. Sentía el cuerpo lleno de plomo, la boca pastosa y amarga. Se pregunta si a esas alturas ya le avisaron a Oikawa sobre aquello que había estado ocultando por días, sobre eso que le llegó por correo electrónico dos días anteriores y que no necesitó de interpretes para saber que ya no había un punto de retorno.
"Pero puede mejorar", rezaba el correo electrónico de su oncólogo, el doctor Morita. Sin embargo, la verdad era que su laringólogo, el doctor Matthews en L.A., durante su última revisión antes de regresar a Japón le había advertido que en tres o cuatro años tendría que extirparse la zona afectada pues el cáncer que regresaba podía entrar en la etapa de la metástasis, diseminándose a otros órganos fuera de la garganta, regándose como una larga y profunda mancha de pintura corrosiva. Se tocó con pulso trémulo su garganta y después tocó el botón de la enfermera para que ésta apareciera solo dos segundos después.
—¿Está el doctor? —preguntó con la voz seriamente afectada, tragando largos sorbos de su propia saliva porque sentía que iba a volver a toser sin control.
—¿Le puedo ayudar en algo?
Shoyo negó.
—El doctor... —insistió.
Y la enfermera salió del consultorio mientras apresuraba los pasos de sus zapatos de goma blanca hasta el consultorio de turno, el cual al escuchar la petición del paciente tardó solo un poco en llegar. Cuando le solicitó, Shoyo, hablar en privada la cortina de la camilla donde se encontraba recostado se corrió y lo que ahí dentro se habló, nadie más lo supo.
...
Oikawa se comía las uñas mientras que esperaba noticias por Hinata. Tenía a Kageyama pegado al teléfono, iba a jugar en unas horas y no lograba concentrarse, sin embargo antes de pararse por décima vez en lo que iba de la mañana a preguntar sobre el estado de su paciente, éste apareció caminando con lentitud hacia él.
El corazón del armador se estrujó brevemente solo para enseguida reaccionar a la sonrisa que el pelirrojo le estaba brindando, el menor agradeció a la enfermera en un extraño italiano para después esperar por el castaño que se acercó a ayudarlo a andar, de pronto esa entrada y salida del hospital que había durado apenas unas horas en que lograban estabilizar a Shoyo parecía haberle absorbido la mitad de su vida. Lucía más pálido, más ojeroso, más débil, más frágil. Incluso él mismo se sentía de la misma manera, se sentía diez veces más envejecido y diez veces más aterrado pero lleno de amor y energía para aguantar con Shoyo lo que venía de frente.
Shoyo observaba cada detalle del rostro ajeno, y entendía el cliché de las novelas "memorizarlo para los momentos más difíciles". Ese era uno de esos momentos difíciles. Había cruzado el umbral y ya no había punto de retorno, solo un camino recto con una meta final que brillaba llamativamente.
—Me asustaste mucho —sentenció Oikawa indignado.
—Estaba celoso que sólo tú estuviste en el hospital —dijo riendo.
El castaño lo miró feo y negó.
—No vuelvas a salirte así como así de la nada al balcón y sin cubrirte bien... —le echó sobre los brazos un abrigo porque estaba fría la mañana. Salieron y un taxi los llevó hasta la casa del armador.
—¿Podemos volver a Japón? —cuestionó Shoyo cuando estuvieron por fin en casa y Oikawa preparaba de comer.
—Compraré los billetes por la noche —dijo el mayor.
—Tengo que ir a firmar mañana el contrato pero... podemos viajar por la noche —comentó y Hinata asintió viendo por la ventana.
—Este viaje... fue muy divertido.
Oikawa dejó de sazonar el pescado y miró al cuervo que pensativo y silente parecía un bonito cuadro pintado sobre su sala. Tooru sonrió y volvió a su labor.
—Sí... fue divertido —estuvo de acuerdo con el pelirrojo.
...
El regreso a Japón no tuvo tropiezos. Shoyo se entretuvo editando un vídeo de sus paradas turísticas en Italia durante esas dos últimas semanas que subiría a su canal apenas pudiera. Luego durmió. Luego jugó con su consola portátil. Luego vio Naruto y se acordó de Hanzel Senikov, el nuevo auxiliar del entrenador principal de la UCLA, le daba gustó saber que su amigo había logrado seguir en la lucha a su manera. Susana su novia, pronto futura esposa, seguía siendo un dulce que cada tanto le escribía para saber cómo seguía y tenían la promesa de ir hasta Japón para reunirse con Hinata y Oikawa, y por fin, conocer al dichoso Kageyama.
Cuando llegó a casa se encontraron con la victoria del equipo de Kageyama, Hinata se sintió orgulloso, feliz y conforme de ver que Kageyama, a su manera, también había encontrado la forma de luchar y seguir sus ideales, era un adulto que no se dejó intimidar por la salud de su amante y se concentró en la cancha.
—Si perdía por preocuparme por ti seguramente me hubieras pateado el trasero —dijo mientras cenaban curry para festejar al armador y Hinata asintió dándole la razón, y los tres se rieron en torno a la mesita de su apartamento—. ¿Qué dijo el correo de tus estudios? —preguntó Kageyama de forma directa como si él ya supiera algo de antemano y Shoyo se quedó pensativo.
Oikawa dejó de comer esperando una respuesta.
—Debo hacer quimios... —murmuró cabizbajo—. Dijo el doctor que con quimios, medicamento y reposo podremos encapsular sin problema esta vez el cáncer y olvidarlo para siempre —dijo confiado y aunque los otros dos quieren sentirse tan confiados como Shoyo no es así pero igual sonríen abrazando al pelirrojo que con un nudo en la garganta cierra sus ojos absorbiendo el amor que le están entregando.
...
La rutina regresó a sus vidas. A finales de noviembre todas las ligas estaban en receso salvo algunas sudamericanas pero no era volley de cámara si no de playa y el trío revisaba catálogos de muebles. En una semana más Hanzel estaría de visita con Susana y sus pequeños hijos, querían que llegaran a un lugar donde se sintieran cómodos y por eso la urgencia de tener todo presentable.
A Oikawa le habían gustado unos sillones color menta bastante modernos. A Shoyo unos negros estilo victoriano y a Kageyama unos austeros color café.
—Podríamos pedir uno de cada uno —dijo Oikawa sentado junto a sus otros dos amantes, Shoyo estaba entre los dos.
—Eso sería bastante conveniente —murmuró Kageyama y Shoyo no pudo evitar no reír asintiendo.
—Vale, entonces pedimos el grande café, el mediano negro y el pequeño de los menta —sugirió Kageyama y Oikawa le pegó con un cojín.
—¡Claro que no! El menta tiene que ser el grande...
—Es muy ancho... no cabrá.
—Sí lo hará.
—Oikawa-san... por favor reconsidere y dese cuenta —pidió Kageyama y ambos empezaron una lucha enzarzada. Hinata solo los puede ver y sonreír débilmente.
La fuerza lo abandonaba de a poco y sus manos sufrían suaves temblores. Aspiró por la nariz y se incorporó con esfuerzo y la mano de Oikawa lo ayudó a incorporarse del todo.
—¿Necesitas ir al baño? ¿Quieres vomitar? —preguntó asustado el castaño mientras que ve cómo el moreno ya corrió al baño a alistar todo porque seguramente vendrá uno de esos episodios donde Hinata lucha por no terminar por devolver el corazón y el resto de los órganos. Sus ojos se llenaron de lágrimas y negó.
—Sólo... quería ir al balcón —dijo mientras que caminaba hacia allá soltándose de Oikawa.
El par de deportistas respiraron suavemente y permitieron que Hinata fuera hasta allá. El convaleciente abrió la puerta y salió sonriendo al bonito día que hacía en Tokio, un clima como pocos en invierno. Sintió la fría corriente en su rostro y los recuerdos de su juventud más temprana llegaron: La revelación de su pasión, el pequeño gigante, su derrota contra Kageyama, contra Oikawa, sus victoria, los chicos, Tsukishima, Yamaguchi, Daichi, Sugawara, Ennoshita, Ryu, Nishinoya, Asahi, Kuroo, Kenma, Bokuto, Akaashi, todos ellos. Sonrió y abrió los ojos observando la tranquilidad con la que reposaba y parecía respirar la ciudad.
—¿Y si pasamos navidad en Sendai? —cuestionó mirando a sus dos amantes que estaban a unos pasos de ellos.
—Pero viene Senikov-san —dijo Kageyama.
Hinata asintió.
—Lo recibimos en Sendai... seguro a mi madre le fascinará tener otra vez la casa llena... —sentenció sonriendo como solía sonreír desde toda la vida aún con la muere respirándole sobre el hombro.
...
—¿Qué hacen aquí? —preguntó la madre de Shoyo sorprendida, pero no recibe respuesta solo un abrazó fuerte por parte de su hijo. La mujer le regresó el abrazo notando la delgadez de su cuerpo, miró a los otros dos con reproche pero no quiso decir nada. Prefirió solo disfrutar del amor de su hijo antes de dejarlos pasar.
—¿Hermano? —cuestionó Natsu asomándose con su bebé en brazos y sonrió grande mientras corría a recibirlo pero se detuvo en seco cuando observó el rostro demacrado, cansado y enfermo del otro, forzó una sonrisa, y se acercó con más cuidado para abrazar y saludar a todos.
Takahiro llegó poco después del trabajo, contento de que su tío y su cuñado estuvieran en casa, y el padre de Shoyo no tardó en llegar, de pronto la casa se llenó de gente para saludar a los que llegaban de Tokio y la madre de Oikawa y Sakura, su hermana, también llegaron, y todos parecían tener la misma reacción de sorpresa y abatimiento cuando les tocaba la hora de saludar al pelirrojo. No obstante nadie comentó nada. Se hizo un gran festín, todos comieron y celebraron, recordaron un par de cosas y Shoyo decidió que quería recostarse. Su habitación seguía siendo su habitación, y ahí tendrían que dormir los tres.
—Me iré primero para ganar el mejor lugar —dijo de pronto Shoyo mientras Takahiro lo ayudaba a incorporarse.
—Te acompaño —comentó.
—¿Eh? Lo puedo hacer solo —soltó orgulloso el pelirrojo.
—Pero es que quiero hablar contigo... —susurró el Oikawa más joven—, usted... con usted, señor Shoyo —compuso cuando vio el rostro furioso del pelirrojo. Éste asintió y ambos subieron.
Cuando Shoyo desapareció se hizo un silencio pesado sobre todos. Sakura suspiró profundamente.
—¿Qué ha dicho el oncólogo y el laringólogo? —preguntó la hermana mayor de Oikawa.
—¿Por qué no me dijeron que estaba así de mal? —atacó la madre de Shoyo con rabia viendo a los otros dos. Hablaban en susurros.
—Shoyo no quiso que les dijéramos nada —murmuró Tobio.
—Pero eso no lo decide él —sentenció la madre.
Tobio suspiró profundamente porque su suegra tenía razón no obstante mordió sus labios.
—Lo lamentamos —susurró Tooru—. Pues... a decir verdad no dice mucho: Quimioterapias y medicamento, reposo y cuidados... la siguiente semana empezaremos a ver a un nutriólogo clínico porque ha perdido mucho peso.
Sakura asintió.
—Conozco a uno muy bueno en Tokio... les servirá el contacto —murmuró la mujer y torció los labios, desde su perspectiva, Shoyo no lucía como alguien que con solo quimioterapias y medicamento fuera a recuperarse, hablaría con él después y con los médicos que lo estaban atendiendo.
El 22 de diciembre partieron un pastel para Tobio, y abrieron regalos, el de Shoyo fue quizás el mejor o el más original: Guía sobre cómo sonreír. Y el de Tooru le complementó perfectamente: Guía sobre cómo ser más social. Y los pudo haber golpeado pero la madre de Shoyo los regañó a los otros dos por ser crueles con el moreno.
En las vísperas del veintitrés de diciembre un enfadado y cansado Hanzel Senikov apareció con esposa y dos hijos, recibidos de la misma manera cariñosa por la madre de Shoyo que se emocionó de ver a los niños. El americano tuvo la misma reacción que todos, y solo forzó su sonrisa para abrazar a su amigo al que fue a ver a la cama porque la noche anterior había sido una de las malas. Susana se acostó con él, abrazándolo y diciéndolo lo guapo que se veía. Ambos se rieron y vieron juntos los últimos vídeos del blog de Shoyo, esos que había subido cuatro meses atrás.
—Se pondrá bien —dijo Oikawa cuando Hanzel le preguntó por la salud de Shoyo, pero tanto el americano como el armador sabían la realidad no pronunciada del pelirrojo.
La navidad la pasaron en familia, celebrándola al estilo americano. Los Oikawa y los Hinata se juntaron, y los niños abrieron sus regalos. Shoyo quiso salir a ver a la nieve y Hanzel lo acompañó. Ambos abrigados viendo la nieve caer y el vaho de sus bocas.
—Es un bonito lugar, siempre me gustó mucho... me alegra que me hayas invitado.
Shoyo sonrió a su amigo.
—Me alegro que hayas venido... —dijo sincero y después se encogió—. ¿No te alegras?
—¿De qué? ¿De estar aquí? Obviamente —comentó el americano.
—No... —negó Shoyo—. De que no te elegí... si te hubiera elegido... habrías terminado cargando todo esto.
—Me hubiera encantado cargar con el paquete completo... así como esos dos aman cargar con él... aunque no lo cargan... sólo te apoyan, te tocará apoyarlos a ellos cuando estés mejor y ellos no lo estén.
Shoyo le sonrió a Hanzel y Hanzel se rió.
—Amo a Susan pero... siempre serás mi amor homosexual, podríamos hacer un quinteto y creo que Susan sería feliz... está un poco colada con Kageyama.
Shoyo empezó a reír y Hanzel lo abrazó besándole la cabeza.
...
Cuando llegó el tiempo de despedirse Hanzel abrazó fuertemente a Oikawa, se despidió de la mano de Kageyama y sonrió con amor inconmensurable a Shoyo antes de abrazarlo y besarle la frente.
—Te amo mucho —le dijo y Shoyo se rió—. Si te maltratan esos dos, considera venir a América, hay una pareja que te va a tratar mejor.
—Eso es cierto... —sentenció Susan también abrazando a Shoyo—. Una pareja con más hoyos —susurró y los tres rieron, Oikawa suspiró y negó mientras Kageyama se ponía de todos los colores.
—Gracias, Hanzel... te prometo que lo voy a considerar —murmuró Shoyo volviéndolo a abrazar y después, dejarlo ir. Mojó sus labios y se despidió de ellos mientras abordaban el taxi, y éste se alejaba. Dentro del taxi Hanzel apretó sus labios, sus puños y abrazó a su pequeña hija que veía maravillada el paisaje de Sendai que le despedía.
—¿Vamos a volver, papá? —preguntó la niña porque se había divertido mucho.
Hanzel asintió sin decir nada.
—¿Por qué estás llorando?
Hanzel negó.
—No estoy llorando... sólo...me siento un poco mareado —sonrió y Susan le apretó la pierna para hacerle saber qué estaba ahí.
...
Tras unas vacaciones divertidas, Shoyo quiso regresar a Tokio, la madre de éste se negó pero Shoyo insistió. Se despidió de su madre, que prometió ir el fin de semana, de su hermana, de su papá y envió correo a Tsukishima y Yamaguchi para decirles que se iba y que les deseaba feliz año nuevo. Lo mismo hizo con Kuroo, con Kenma, Daichi y Sugawara, a Ennoshita le envió una postal, a Ryuu y Yuu les mando un WhatsApp, y para Tobio y Oikawa, dejó una nota:
"Lo siento, pero no les puedo seguir haciendo esto a ustedes, los amo".
...
El cáncer era agotador, aterrador y doloroso para todos lados, quienes lo veían, quienes lo padecían y quienes eran elementos circunstanciales de los eventos. Y ahora que de pronto ya no estaba Shoyo, la casa se sentía extrañamente relajada. Calmada. La puerta del baño estaba abierta, verla cerrada producía un efecto fantasma en Oikawa y Kageyama que se encontraban sentados uno a lado del otro en el sillón gris de la sala que no habían cambiado -el catálogo de los muebles seguía en la mesita donde la habían dejado antes-, si cerraban la puerta del baño, daba la sensación de que Shoyo estaría hincado al inodoro luchando por soportar y retener la comida para no vomitarla.
Sin embargo, ya no era necesario hacer guardia para ver quién iba a cargar a Shoyo hasta la cama y después quién iba a limpiar el inodoro. La última lista de compra se había quedado ahí pegada en el frigorífico con un imán de gatos con la Torre de Tokio, una baratija de las que a Oikawa le gustaba comprar y que Shoyo cuidaba religiosamente como cosas importantes. Para Shoyo todo lo que involucraba a cualquier persona que él amara, las volvía importante para él, incluso las cosas mínimas, imperceptibles, esos detalles que ni siquiera ellos mismos notaban.
El dolor que ambos sentían era reflejo el uno del otro, y sólo ellos podían comprender entre sí el vacío que quedaba, quizás con los años ese vacío se reducía y se volvería un pequeño hueco en una vida que tratarían que fuera perfecta porque a Shoyo le hubiese encantado que así fuera, pero ese pequeño agujero siempre estaría abierto, supurando, emitiendo sendas descargas que no haría nada más que recordarles que alguna vez ahí estuvo alguien para sonreírles. En Kageyama la agonía era quizás más grande y Oikawa lo sabía, fue gracias a la ruptura de Shoyo y Tobio, que ellos dos lograron estar juntos y podía ver la frustración con la que Tobio estaba ahí a su lado vistiendo dignamente ese traje negro y llevando el dolor de una vida encima. A Kageyama Tobio las lagrimas de una eternidad se le escaparían en cualquier momento y Oikawa Tooru estaría ahí para soportarlo, porque eran compañeros y amantes de la misma agonía, la partida de Hinata Shoyo.
Era fatal pensar que un clavo sacaba a otro clavo, porque ellos no eran clavos, no eran cosas, eran humanos que habían perdido la guerra y ahora pagaban en carne viva sus descuidos. Porque básicamente eso había sido.
—¿Qué les dijeron en la consulta?
—Se supone que Shoyo iría contigo...
—Pues no fue conmigo, él me dijo que estaría contigo...
Y no tuvieron que investigar mucho para saber lo que había ocurrido. Llegar a la casa desesperados y encontrar la trágica escena, aún sentían sus estómagos llenos de cal y agua. Tooru llorando desconsoladamente mientras que la operadora en la línea de emergencia trataba de hacer contacto y Shoyo...
¿En qué momento el dolor dejaría de arder?
—Kageyama-kun... Tooru —llamó alguien desde la puerta, ninguno de los dos notó en que momento se habían encerrado, ni mucho menos en qué instante la puerta fue tirada abajo por una patada que mandó a volar la chapa. Iwaizumi agitado observó a los dos en la sala, ninguno se movía. Oikawa lloraba abrazando la muda de ropa que le habían quitado a Shoyo mientras que Kageyama sostenía un balón de volley—. Están bien... están aquí en el apartamento —dijo para después suspirar y colgar el móvil.
Lidiar con Oikawa era una cosa pero lidiar con Kageyama, ahora lidiar con ambos... sería todo un reto.
...
Hubo una pequeña discusión en el hospital entre la familia de Shoyo, Kageyama y Oikawa se sentían miserables y el rostro les ardía porque no querían dar la cara a la madre de Hinata, sin embargo apenas este les vio sonrió aliviada y corrió a abrazarlos.
—Gracias a dios, están aquí... —murmuró mientras les cogía el rostro con cada manos y se los besaba repetidas veces, los abrazó fuertemente y los tres lloraron en silencio.
Cualquier otro probablemente se hubiera molestado, enfadado y odiado a Shoyo, pero ellos dos, entendían perfectamente lo que el pelirrojo estaba sintiendo, por eso cuando entraron a la habitación del pelirrojo y lo vieron descansar tan serenamente, juraron tomar un pasó a la vez. Tratar de no correr ni minimizar la gravedad de la enfermedad, aunque Shoyo dijera que estaba bien, no le iban a creer. Lo harían a que se aferrara con las dos manos a la vida, porque tenían planes a futuro que querían vivir los tres. O al menos, luchas hasta dónde les fuera posible y forzar un poco más al destino para ser de una vez por toda felices.
...
4 años más tarde.
Kuroo se quedaría con Tomoe, Natsu lo vigilaría de cerca y la madre de Hinata les haría de cenar todos los días. La madre de Oikawa se sentía excluída pero poco podía hacer con tantas responsabilidades a cuestas. Pronto se iba a jubilar, o al menos eso llevaba diciendo desde hacía cuatro años cuando nació su preciosa nieta, quería pasar más tiempo con ella, darle cariño y educarla como se debía de educar a una señorita y no como la educaban esos tres barbajanes, no obstante le era imposible con las investigaciones actuales. Sin embargo, lo que sí podía hacer era ir a dejar a la pareja hasta el aeropuerto. Ninguno de los dos había querido manejar.
—Pudimos haber pedido un taxi, Oikawa-san —dijo Kageyama en voz baja mirando por la ventana empezando a quitarse el cinturón de seguridad.
—Qué va, Tobio-kun, no es ningún problema —contestó la señora Oikawa despidiéndose del moreno con una sonrisa dándole palmadas en la pierna.
—Ah, a mí me gritaste que estabas ocupada —se quejó Tooru en reclamo.
—Porque eres un majadero —bufó ella tirándole de la mejilla—. Vayan con cuidado los dos... Tobio, ¿qué llevas ahí? Se te ha caído... —se estiró ella recogiendo lo que parecía ser una pluma negra, el hombre torcio los labios y la tomó agradeciendo, la guardó en su bolsillo. No dio explicaciones.
Ambos hombres empezaron a caminar, una vez dentro del aeropuerto sus manos se rozaban pero no se alcanzaban a agarrar del todo, aunque no les importaba que la relación se hiciera totalmente pública –había especulaciones—eso que ellos tenían, así como el asunto de su hija y su origen, preferían mantenerlo bajo control estricto, era su privacidad. Sus vidas. Las de nadie más.
—¿Aún las sigues juntando? —murmuró Oikawa empujando con una mano su maleta.
—Sí, me falta lo mínimo.
—¿Incluso ahora que no vale la pena? —preguntó el castaño mirando de reojo al moreno.
Tobio sólo afirmó.
—De verdad que eres insoportable, Tobio-chan.
—Shoyo y tú están bien con eso, para mí es suficiente —informó con calma el moreno.
—¡Ah! ¿Quién te dio permiso de ser tan genial? —preguntó Oikawa sonrojado por el contario, Tobio silbó y le cogió la mano de improviso haciendo que el mayor saltara en su sitio—. Eres escalofriante cuando intentas ser romántico.
—Se llama excitación y siempre podemos pasar al baño para ocuparnos de eso, no queremos a un señor con semejante erección abordando un avión internacional.
—Eres terrible, Tobio-chan.
—Lo aprendí de ti —acusó y el acusado arrugó la nariz, iba a seguir discutiendo cuando el teléfono de Kageyama sonó, enseguida contestó—. ¿Shoyo? ¿Ya llegaste? Sí, sí. La reservación está hecha, Oikawa-san la hizo con horas de anticipación por si tú llegabas antes, que era lo más obvio. Sí. Sí. Vamos en camino. Tomoe se quedó tranquila, le agrada tío Kuroo y el tío Iwaizumi así que ...
—¿Sho-chan? —Oikawa le arrebató el teléfono—. Ya estamos casi llegando.
—Oi... no seas mentiroso.
—¿Qué quieres que le diga que faltan catorce horas más para vernos?
—Pero tampoco digas mentiras, Oikawa-san.
Shoyo al otro lado de la línea no pudo evitar reír y suspirar, los dos eran la clase de hombre que se odiaban pero una vez asimilados era difícil de separarlos.
—Vale chicos, los veré en cuanto lleguen... —sonrió y colgó el teléfono antes de caminar hacia la salida del aeropuerto de la ciudad de Los Ángeles, el de Burbank, no LAX. Miró el fondo de su pantalla y siguió andando como si nada.
Kageyama y Oikawa no llegarían sino hasta dentro de unas catorce horas, así que tenía tiempo para dormir, asearse y visitar a Hanzel que vivía en Van Nuys que estaba a media hora de Burbank donde se hospedaría. Su canal de YouTube se había vuelto bastante famoso, y tras el periodo de recuperación del tratamiento de la quimioterápia y la extracción de una parte de sus cuerdas vocales había tenido dos cirugías más, los médicos no habían prometido que hablaría totalmente, pero al menos no iba a morir. Su intento de suicidio había sido sólo un grito de desesperación motivado por el sofoco, ahora si lo veía en retrospectiva se daba cuenta de lo estúpido que había sido.
Su voz sonaba rara, era profunda, como si le perteneciera a alguien más pero después de cuatro años, no había un sólo rastro de que la enfermedad regresara. No cantaba victoria pero al menos no pensaba en eso, se enfocaba en el futuro inmediato y en cómo había logrado lo que nunca imaginó que iba a lograr. Había sido invitado para ser comentarista para ESPN Internacional. Su conocimiento en el volley y dominio del Inglés, el japonés y mandarín lo volvían una adquisición valiosa, además que muchas personas le seguían, le querían y apoyaban alrededor del globo terráqueo, sin contar ese fascinante tono de voz, inusual y único, una rareza a la que le había sacado provecho.
Esa semana recibiría un premio, uno importante. La culminación de su felicidad, por eso su viaje a Los Ángeles. Los otros dos le iban a alcanzar para acompañarlo y verlo triunfar de una vez por todas.
Había quedado con Hanzel para comer, el rubio vivía con Susan y sus tres hijos hijos. El más pequeño tenía la edad de Tomoe, el otro era dos años mayor y la otra era mayor tenía la misma edad que el tiempo que ellos llevaban de haber egresado de la universidad, Karen era encantadora y siempre le mandaba fotos jugando porque ella quería ser como Shoyo: Un pequeño gigante.
Cuando llegó al AirBNB donde se hospedaría, se bañó para alistarse y dirigirse hacia la cafetería donde se vería Hanzel. Tomó asiento tranquilamente en la mesita que estaba cercana al barandal decorado con bonitas petunias y delimitaba la propiedad de la cafetería con la de la calle. Pidió un té chai y disfrutó los primeros sorbos aunque estos ardían en sus labios y lengua, esperó que la sensación desapareciera y como un gusto tortuoso volvió a beber caliente. Siempre pensaba en su vida como una novela escrita por alguien más, un vistazo en la imaginación de alguien que lo veía ahí mismo sentado en un casual café con un té chai delante de él, sus jeans rotos de las rodillas y sus zapatillas rojas que había comprado a juego con Tobio, la ganardina doblada en la silla de a lado y su camisa cuello tortuga oscura ocultando parte de la cicatriz que le habían hecho para estirpar por completo el cáncer. Si fuera el caso, probablemente le pediría que acabará justo ahí la novela, justo en ese instante en que sus labios tocan por tercera la vez la taza y el regusto de una vida feliz por delante le dándole el sabor a su alma.
Los ojos de Shoyo se fijaron en el cielo congestionado de nubes y suspiró dichoso.
No había tomado las mejores decisiones durante su vida, y dudaba que lo empezará a hacer en algún momento, pero sobre eso se trataba la vida: Equivocarse y volverlo a intentar, luchando contra corriente y arriesgándose. Lo entendió cuando Kageyama y Oikawa entraron en su vida; antes fue demasiado joven para comprenderlo pero ahora con un poco más de sabiduría sobre el cuerpo entendía a la perfección que nadie nace siendo sabio, ni siquiera en la muerte, esa constante que le había observado dormir muchas noches, podría asegurarse un conocedor. En lo único que podía ser sabio era en equivocarse porque era la mejor cualidad del ser humano.
De ser su vida una novela escrita por alguien más, Shoyo pediría que la terminaría ahí. Con él feliz y sus dos amores viajando para encontrarse, no con la imagen en París de la luna de miel, o el nacimiento de su hija, o recibiendo un importante premio, sino ahí, sentado a la espera de uno de sus mejores amigos sintiéndose en el mejor momento de su vida. El cáncer podía volver mañana o en diez años o incluso en ese mismo momento se desarrollaba una enfermedad letal o en la mente de algún psicopata se formaba la idea de ir a matar a alguien y ese alguien era Shoyo. ¿Quién podía saber? Quizás daba un bocado a la ensalada y moría intoxicado, quizás nada de eso pasaba y vivía diez años más con todo ese amor rompiendo .
Fin
St. Yukiona.
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
(Por cierto, ¿Ya me siguen en mis redes sociales? Facebook donde comparto cositas de anime: /tiayukiona y mi Insta donde les platico de mis viajes: Styukionna, espero me sigan y poder compartir más tiempo juntos. ¡Saludos y besotes, Mazapanes!).
