ADVERTENCIA: YAOI Y MUCHO SEXO, okno, pero sí es Yaoi.

Descarga de responsabilidad: HQ! no es mío, si lo fuera hubiera apresurado el encuentro carnal entre Kuroo y Oikawa SE AMAN aunque no se conozcan xD (?

Cronopios del autor: Cada vez me envicio más, y ahora terminé escribiendo esta rara narración, espero se entienda... si no, pos... me mandan mensaje y les explico de que se trataba. Agradezco como siempre y con todo mi amor a mi bella Rooss, musa de mi inspiración en el fandom, y a su bella página en fb: "Recomiendo fics" por recomendar este humilde trabajo. :v espero les guste, sino, hay chancla xD

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El circo de las rarezas

por St. Yukiona

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3.- La jaula del león.

No pudieron ganar las nacionales ese año, sin embargo, haber salido de entre la basura y lograr ser reconocidos como una potencia en el vóley de instituto fue más que suficiente para que reclutadores de todo el país pusieran sus ojos en la pequeña humidad que se atrevía desafiar todos los limites convencionales sobre estatura y el tabú relacionado con un deporte donde sólo se les permitía a los gigantes, monstruos con fuerza descomunal. Para ese año nadie se sorprendió que él junto a otros dos estudiantes recibieran cartas de petición con remitente en clubes deportivos en universidades importantes.

—¿Y ya decidiste qué vas a hacer? —cuestionó con voz suave Akiteru mientras comía varias mordidas de su bollo de carne, vivían más o menos cerca así que podían recorrer todo el camino sin verse sospechoso. Lo menos que querían en ese instante era llamar más la atención.

—Ir a un lugar donde pueda seguir jugando —respondió con bastante simpleza el Pequeño Gigante arrancando un pedazo grande del bollo y engulléndolo por completo—. ¿Tú vas aplicar examen para la universidad de Miyagi, no?

—Sí… no me gustaría alejarme mucho de casa, acabar la carrera y quizás quedarme a trabajar en Sendai.

—Suena a que tienes un plan —refirió el moreno mirándolo de reojo. Rascó su nariz y después metió una de sus manos en su bolsillo.

—Lo tengo, es más o menos sencillo… tú deberías hacer uno también, decidir pronto o las cartas pueden expirar…

—Sí expiran pues volveré a jugar vóley para que me vuelvan a ver —recalcó totalmente confiado—. No es como si hubiera algún otro Sakurai Shiiro… si están eligiendo a Sakurai Shiiro es porque tengo algo que otros no.

Akiteru parpadeó observando a su amigo y rió.

—Genial, Shiiro-kun, me encantaría tener la confianza que tienes tú… —golpeó el hombro ajeno.

—Hmp… deberías tener esa confianza, eres un hermano mayor que irá a la universidad para convertirse en adulto y que obviamente se volverá titular en su primer año —acabó su bollo y metió sus manos en los bolillos de su pantalón, su madre lo reprendía cuando hacía eso pues el pantalón adquiría un extraño olor a carne. Para ese momento Akiteru ya estrangulaba la correa de su morral por un pequeño ataque de ansiedad que le estaba aplastando ante toda la confesión, balbuceaba y Shiiro enarcó la ceja, golpeó fuerte la espalda del más alto para reír—. Anímate hombre… hemos practicado hasta que las uñas te han sangrado, la cagaste al mentirle al pequeño Tsukki pero bueno… son cosas que pasan y debes de aprender de ello…

—Shiiro…

—Además… era lógico que no fueras titular en Karasuno cuando yo fui y seré siempre la más legendaria estrella —estalló en ruidosas carcajadas para volver a caminar.

Quizás por eso no podía dejar de verlo, sólo quizás por eso mis ojos siempre estaba sobre su pequeña humanidad. Esperando el siguiente paso que le impulsara a volar. Fui un soñador que creyó en el sueño de las alas de cera. No me arrepiento en lo absoluto, pero tampoco estoy conforme con mi decisión, a decir verdad… muchas de mis decisiones fueron tomadas de manera egoísta sin pensar en cómo iba a terminar todo, cuáles serían la consecuencia y la gravedad del daño causado.

Mucha de esas determinaciones tomadas por aquellos impulsos desembocaron en terribles sismos que no pude controlar, no era dios, sólo un adolescente. El mundo se me había caído a pedazos y Shiiro con su increíble fortaleza los terminó de destrozar, pero en cambio me enseñó a cimentar un nuevo y brillante futuro producto de trabajo duro y esfuerzo. Poseía un talento natural envidiable además de tener vertida en cada una de sus fibras esa sustancia que los perdedores obstinados tienen para no perder la fe en sí mismos. Jamás se había rendido y dudaba en aquel entonces que nunca lo sería.

Capaz de hacer que el cielo se cayera y en a sus pies se arrastrara. Que las estrellas le erguieran como mínimo una constelación, que su leyenda se inmortalizara y que por fin un día todos lo conocieran como el pequeño gigante que caminó entre poderosos titanes.

Shiiro. En algún punto nos volvimos tan cercanos y dependientes uno del otro que no me importó verme arrastrado a cada una de tus locuras. Sabía que tan importante era para ti y por qué ambos preferíamos besarnos silenciosamente y voltear hacia otro lado al segundo siguiente. No es como si hubiera creído alguna vez durante la escuela media o ahora en la universidad que esta relación no tendría futuro, pero había muchas cuestiones de por medio: tu carrera en ascenso en un país donde la homosexualidad es un pecado, mi padre y su obtuso pensamiento homofóbico, mi orgullo herido tras destrozar la frágil imagen de hermano mayor y genial, mi falta de convicción por pedirte más o suplicarte que aceptarás la beca de Miyagi. Sé que te hubieras quedado y yo hubiera seguido aún más constante nada de esto estaría pasando y quizá…

—¡Izquierda! —gimió el moreno mientras corría paralelo a la red, impulsándose con la fuerza de sus poderosas piernas y estampar el balón en un corte más que complicado, totalmente imposible. Sus compañeros no sabían si gritar, llorar o intimidarse, ese mocoso con su insufrible estatura había destrozado con ayuda de su capaz armador la defensa y voluntad de juego de un equipo completo.

—¡Sí! —rugió el pequeño cuerpo mientras el resto del equipo celebraba como si fuese una victoria total, y es que cada remate del pequeño gigante se sentía como una fuerte y cruda ola refrescante en la cara tras la travesía en el desierto.

La camisa empapada en sudor, el cabello pegoteado por todo el rostro, su lengua lamiendo sus labios que sabían salados, podía sentir como el desodorante untado a consciencia había empezado a perder su fuerza y ahora quedaba la reminiscencia de éste combinado con su aroma natural.

A Akiteru el latido de su corazón lo mantenía al borde, peor que el borde, lo tenía al límite de su propia capacidad. Apretaba los dientes mientras esperaba otro exitoso remate que hiciera eclosionar su cabeza tal cual un huevo se tratara. Uno, y otro, y otro. En un punto la rabia fue tal por parte del equipo contrario que comenzaron a cometer muchos errores y fue cuando llegó su propia ruina. Los de la Todai celebraron cuando el tercer set llegó a su fin y fue tiempo de saludarse. Al rubio le pareció ver una sonrisa torcida de superioridad en el rostro que tanto amaba, pero lo que también pudo notar fue un flagrante movimiento inconsciente al caminar de Shiiro. No le gustó en absoluto al universitario de Miyagi.

Esa misma tarde tuvo la osadía de preguntarle si estaba bien.

—Claro que estoy bien —espetó de forma burda el Pequeño Gigante engullendo su tercera hamburguesa infantil de queso. Tenía seis más al frente y amenazaba con pedir otra porción de papas, soda y hasta una malteada extra.

—Bueno, hazte ver por el terapeuta físico ¿vale?

—Hmp —tajó el tema—. ¿Has visto el corte? Me lo he apañado viendo el intercolegial inglés… los tíos esos saben hacer cosas locas muy de vez en cuando, aunque nunca han conseguido nada sobresaliente hasta ahora —comentó.

La conversación durante las siguientes dos horas se trató sobre cual país tenía al equipo más débil a pesar de que tenía todo el recurso para potenciar. Pasaron un largo rato hasta que al Pequeño Gigante le volvió a dar hambre y volvió a comer. Hablar de voleibol siempre iluminaba el rostro del moreno y le hacía ver como que en cualquier momento iba a comenzar a levitar sin más. Akiteru había empezaba a creer que si la cosa seguía igual iba a cargar una soga en su mochila para amarrar al pequeño gigante y anclarlo a la tierra de un tobillo. Lo que nunca imagino fue que efectivamente fuese un tobillo el que lo dejará en la tierra con la incapacidad de volver a volar.

Primero fue en un partido donde no jugó un set completo, "está bien, lo están reservando para lo mejor", se dijo así mismo el que había viajado desde Miyagi hasta Tokio, como cada fin de semana, con tal de ver volar al que había sido su compañero y la estrella luminosa que había seguido durante tanto tiempo. Y por la cual no faltaba a una sola practica cada día de la semana por más cansado y disciplinado que ésta fuera, le habían advertido que no llegaría a ser titular en el primer semestre y que quizás en el segundo lo sería, el nivel universitaria era otro nivel, y por tal motivo comprendía porque cada vez jugaba menos Shiiro.

Pero conforme el tiempo y los partidos corrían parecía que el de cabellos negros, aquel cuervo orgulloso y soberbio se enraizaba junto a los otros suplentes. Hasta que un día definitivamente no lo vio más.

"Shiiro"

Pero para cuando tuvo reales intenciones de buscarle, de preguntarle qué ocurría, sí algo andaba mal. Era demasiado tarde. Se enteró por medio de conocidos y hasta un vídeo le mostraron, donde el Pequeño Gigante había alzado vuelo y al descender su pie se había desviado por completo. Un grito de dolor atravesó los oídos de Akiteru y su rostro se desfiguró al mismo tiempo que lo hacía aquel que yacía tirado en la cancha dentro de la pantalla del computador donde veía la grabación.

El rubio tuvo el primer impulso de salir corriendo a Tokio para auxiliar al voleibolista, pero entonces fue que notó, muy tarde, que apenas sabía de Shiiro que estudiaba en la Todai con la beca deportiva, que los partidos eran el domingo entre las seis y ocho de la noche y… que besaba condenadamente bien.

—¿Quieres algo de cenar? —cuestionó la voz ronca debido a la fuerte dependencia al cigarro que había adquirido en los últimos tres años.

Tsukishima Akiteru parpadeó, se había quedado embelesado observando la camisa del Karasuno con el aplicado blanco que rezaba el número 10 en su espalda. Inclusive en el cuello Hinata se había tomado la molestia de bordar a mano con temblorosa mano el nombre de su ídolo: Sakurai Shiiro, aunque en realidad decía: "Sakura Shiiro", se entendía la intención y el rubio lo agradecía de algún modo, podía ver ahora al Pequeño Gigante tranquilo, de algún modo la bruta intervención del bloqueador central había eclipsado de buena forma la vida turbia del exjugador.

—Tsukki —el aludido asomó su cabeza negra por el borde del marco de la puerta de la habitación—. Te pregunté si vas a querer algo de comer.

El más alto parpadeó y rió despacio mientras negaba tímidamente. Dejando de lado la camisa junto con el resto de ropa que habían aplastado y sobre la cual habían tenido relaciones minutos antes.

—Prometí a mamá que llegaría a cenar, y Kei dijo que él también llegaría a cenar —contó.

—Sabes… ayer que estuve en Karasuno vi jugar un rato a tu hermano.

—¿De verdad? —preguntó Tsukishima con verdadero interés mientras se levantaba recogiendo sus bóxers y colocándolos con cuidado. Estarían sucios de todos modos así que tendría que volver a casa sin pantaloncillos. Qué más daba. Caminó siguiendo la voz de Shiiro por la casa de cinco ambientes: Dos recamaras, una cocina, una sala y un solo baño. Por detrás y por frente había patio, había sido la casa de la abuela del Pequeño Gigante y la única "ayuda" que sus padres se habían ofrecido a brindarle a su hijo, más por ese desagradecido, adicto y pornógrafo no iban a hacer ellos.

—Sí —servía a empujones en un tazón de cerámica un poco de arroz vizcoso, nunca se le había dado cocinar al exjugador y estaba seguro que jamás iba a poder hacer eso. Akiteru suspiró resignado y le apartó para servir él, no podía hacer nada por la porquería de comida que estaba hecha, porque precisamente ya estaba hecha y sería pecado tirar. Así que trató de componerla un poco al menos que fuera comestible. Shiiro se sentó en la mesa y encendió un cigarrillo, aspiró fuerte por la nariz mientras jugaba con la perforación de su lengua—. Me recordó un montón a ti…

—¿Kei? ¿A mí? Para nada —reiteró volviendo sus ojos a su labor, se había girado antes para reprender al moreno que rió divertido—. Él tiene talento…

—Pero le falta motivación… a ti te faltaba talento y te sobraba motivación… tiene momentos de grandeza pero… nada sobresaliente, diferente a la pulga naranja.

—Hinata.

—Sí, sí… —jugó con su cenicero pensativo y el silencio llenó la cocina.

—¿Cómo te fue con eso? ¿Le distes las gracias?

—No, el entrenador… el nieto de Ukai, me pilló y me dijo que podía quedarme pero debía de guardar silencio y tal, así que eso hice pero… ya sabes —se recargó de la silla y la madera chilló—. Muchos recuerdos… mucho más de lo que estoy manejando ahora… así que mejor me salí, le dije a Ukai que le dijera gracias…

—Para sufrir uno de tus ataques nostálgico estabas más animado que de costumbre allá en la cama —bromeó el más alto sólo para recibir el calzoncillo de Shiiro en la cara quien se lo había quitado especialmente para eso. Akiteru rió a carcajadas cogiendo el calzoncillo y tirándolo al resto del desorden, una raya de más al tigre al cabo.

—Púdrete, mierda —agregó además sonrojado el Pequeño Gigante, se volvió a sentar sólo que ahora estaba desnudo. La comida llegó acompañada de las carcajadas del Tsukishima que se sentó para acompañar al otro a comer—. Pero… tienes un poco de razón… cuando salí el niño me siguió hasta el auto… estaba bien flipado —contó.

"¿Ya te vas?"

"Sí, no puedo estar tanto tiempo aquí…"

"Pero…" había un brillo de desesperación en sus ojos, me causo mucha ternura y me quedé para escucharlo. "Quería hacerte un montón de preguntas"

"Bueno…" aquí ya había puesto cara de pendejo y yo soy débil a ese tipo de caras, tú lo sabes. "Sabes donde vivo después de todo", le dije y el niño brilló, Akiteru, te lo puedo asegurar, iluminó todo Karasuno y el resto del pueblo, creo que si tuviéramos algún contacto en la base espacial J.F.K. y hubieran sacado una foto de ese momento se iba poder distinguir desde el espacio esa luz que irradió. Te seré sincero, me fastidió… pero él siguió.

"Antes de que te vayas… tú… ¿me podrías dar un consejo? Me viste en la práctica y en el partido… así que pensé que tú… tú podrías… sabes…"

—Ay no —murmuró Akiteru torciendo el gesto, esperando lo peor, conocía lo cruel que podía ser el Pequeño Gigante, pobre Hinata, pensó el Tsukishima—. ¿Qué hiciste?

—Bueno le dije el consejo que a mí me hubiera gustado recibir:

"Deja el voleibol ahora que puedes… el día de mañana no me recuerdes diciéndote: "déjalo" para después pensar: "Le hubiera hecho caso" mientras lloras sumido en mocos y fracaso"

—Shiiro…

—Hmp, eso no es todo, después llegó el chico con cara de amargado, no el otro Tsukki…

—Oye.

—Ya sabes… el setter.

—¿Kageyama?

—Sí, sí, Kageyama… ese el de los ojos de asesino serial confeso y carácter siniestro… bueno se acercó y me dijo algo como: "Hinata… la práctica no ha terminado".

"Kageyama…"

"Vamos…" Haló a Hinata del brazo y lo hizo volver, pero… cuando creí que lo había visto todo se giró hacia mí. "Oi… no busques más a Hinata… o prometo que te vas a arrepentir…"

"¿Hablas enserio? Suenas como todo un chico malo"

"Quizás lo sea… para conseguir la victoria me volveré "un chico malo", pero mientras tanto… necesito a este chico y tus mierdas lejos de su cabeza…"

"¿Mierdas?"

"No me importa que seas el entrenador del equipo brasileño o el Pequeño Gigante, pero mientras yo esté en la cancha… Hinata y todos los demás serán invencibles… ¿entiendes?"

"Es tu enemigo natural, altera el orden que sean tan unidos…"

"Antinatural es que alguien desperdicie su talento metiéndose porquerías" Después de eso arrastró a Hinata hasta el gimnasio.

—¿Y eso te tiene contento?

—Bueno, pocas veces ves tanta convicción y me preguntó si yo era igual cuando yo tenía su edad —torció el gesto mientras que empezaba a juguetear con sus palillos recibiendo el plato con arroz y huevo crudo encima. Lo sazonó con salsa de soja y empezó a comer.

—De todos modos… debiste ser más amable con Hinata, de momento deberías dejarlo en paz…

—¿Crees? —masticó con cuidado. El cigarro seguía consumiéndose en el cenicero, ahí encontraría muerte.

—Podrías meter a Hinata en problemas y sería injusto… —Akiteru se acomoda mejor y recarga su peso sobre la emsa.

—Entonces debería entretenerme contigo por aquí.

El rubio puso los ojos en blanco y suspiró, después se puso de pie.

—Iré a recoger mis cosas…

—Tsukki…

—No te escucho, Shiiro.

Media hora más tarde la casa volvía a quedarse en completo silencio. Shiiro cogió la ropa sucia y la lanzó de mala gana a la lavadora. Se dispuso a hacer el aseo pero al final sólo logró ponerse los calzoncillos, era un completo desastre en cada uno de los aspectos de su vida, incluyendo su propia vida como una sola totalidad. Se tiró contra la cama dispuesto a ahogarse cuando el timbre sonó. Sonrió divertido. Ese debía de ser Akiteru que había decidido regresar tentado por la provocativa insinuación y promesa del "Beso de Singapur" versión Sakurai. Su padre se moría si sabía para qué clase de retorcido truco sexual estaban bautizando con su apellido y el apellido de su padre y su padre antes que él.

—Así que tienes curiosidad por conocer a Singapur en un bes… —se quedó callado con los labios entreabiertos cuando dejó la puerta abierta y él recargado de esta.

—Ho-hola…

—Hmp… creí que tu amiguito te había dicho que no te acercaras… ¿no? Te puede pegar —anunció el mayor cruzándose de brazos. Se le apetecía ahora un cigarro que usaría como valvula de escape ante la vista abstinencia que tendría gracias al mamón de Akiteru.

—Bu-bueno… Kageyama… no tiene por qué enterarse sólo he venido rápido y…

—¿y?

—Quería hacerte una pregunta.

Shiiro suspiró, alzó su mirada notando como convenientemente la vecina chismosa regaba las plantas, ¡claro! A las nueve de la noche regando plantas hasta el punto de ahogarlas. Pff, idiota, pensó el moreno antes de bostezar y moverse.

—Adelante… sólo serán diez minutos en lo que encuentro mis cigarros, después borras tu trasero de aquí —gruñó.

Otra vez la sonrisa enorme de Hinata iluminaba el basurero al que entraba y Shiiro podía imaginar perfectamente que esa sonrisa suya. Lo llevó hasta la cocina que Akiteru había limpiado, el único lugar presentable de toda la residencia, aunque habían tenido que pasar por el resto de pocilga para llegar hasta ahí, terreno limpio de minas. Shiiro se sentó en la silla que ocupara antes e invitó a Shoyo a hacer lo propio. El menor con los nervios en punta y una sonrisa temblorosa de emoción pura no se podría borrar de su cara. Observó con absorta gloria el lugar y difícilmente sus ojos se posaban en el del cabello enmarañado y negro.

—¿Qué quieres?

—¿Por qué odias el voleibol? —fue directo y certero—. Es cierto… que quizás somos una excepción a la regla del volley y…

Una carcajada lo interrumpió sus ojos dejaron de emitir aquel virginal brillo y se transformaron en uno de deconcierto, el timbre de aquella burlona carcajada no le había gustado para nada al rematador que soñaba en convertirse en el as como el que tenía en su frente había hecho en algún momento.

—Para comenzar, cariño Hinata… no nos metas en el mis saco… Yo era el Pequeño Gigante no por ser una "excepción a la regla", yo era el motivo por el cual había reglas… —farfulló seriamente y alcanzó sus cigarrillos, encendió uno—. Escuché del hermano de Tsukishima —se refería a Akiteru—. Una anécdota sobre tu rematador y tú, que se llevaban mal… y aún así parecía que me iba a saltar encima porque te estaba distrayendo… ¿sabes por qué? —lo señaló tras dar una calada a su cigarrillo. Hinata negó—. Porque un colocador puede ser muy bueno, pero sino tiene un rematador que le siga el ritmo está perdido… no todos nacen para servir y colocar…

Hinata recordó a Oikawa y su monstruosa capacidad para adaptarse, estuvo a punto de contradecir pero se quedó callado cuando Shiiro alzó su mano para acallarlo.

—Hay, en estos casos, excepciones a la regla y puede que existan uno o dos jugadores que durante toda su miserable vida entrenan como perros hambrientos… entrenan tanto con tantas personas diferentes que al final se vuelven una arcilla dispuesta a moldearse a cualquiera pero… aquellos que nacen bendecidos… dotados para servir… la tienen difícil… creen que se merecen al mundo y cuando el mundo les demuestra que ni siquiera ellos son dignos es cuando comienzan a sufrir… pues por más que se acostumbren a servir a los otros siempre les hará falta ese eslabón con el cual compaginar para servir alegre y felizmente… pueden pasar años, quizás nunca lo encuentren pero en tu caso… veo que tu armador ya se amoldó a ti… y tú a él bajó su cruel yugo…

—Kageyama no es cru —habló pero Shiiro lo volvió a interrumpir.

—Ahora… tú y yo, no somos excepción a ninguna regla… porque ni tú eres yo ni yo soy tú… y peor aún… alguien con tu capacidad limitada jamás podría compararse a la capacidad que llegué a tener a tu edad —declaró fríamente, el rostro de Hinata se rompió y apretó los labios. La frustración nacía—. Claro está… yo tampoco me podría comparar a tu propia capacidad… mierda… estuviste saltando por todos lados como loco durante todo un partido y saliste en una pieza como si hubieras ido a caminar al parque… tú acondicionamiento físico es de verdad temible y de cuidado pero… mal encaminado —agregó.

—Pequeño Gigante.

Para esas alturas Shiiro esperaba haber cansado al menor lo suficiente como para correrlo, pero ocurrió lo contrario. Frunció el ceño al verlo de pie con ambas manos sobre la mesa e inclinado hacia él. El aludido subió un pie a su silla, se abrazó de su pierna y colocó su barbilla en su rodilla. Esperando a escuchar lo que el otro tenía para decir.

—¡Enséñame a volar como tú lo hacías! ¡Entréname para ser alguien como tú!

El moreno abrió los ojos y soltó otra carcajada. Rascó su mejilla.

—Lo siento, terminé con el voleibol, busca al entrenador Ukai y…

—No puede hacerlo.

—¿Ah?

—Él hizo su parte y… ya no puede hacerlo más —el semblante de Hinata se oscureció por completo antes de agregar con voz solemne—. Murió a finales del verano pasado.

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Gracias por leer.

St. Yukionna.

Quien los ama de corazón, costilla y pulmón.